De la parroquia al cosmos

Los viajes de Fernando González
Alberto Saldarriaga V.
(1964)

(Archivo en proceso de edición)

La Nuit de Mai
(Fragmento)

Alfred de Musset

Lorsque le pélican, lassé d’un long voyage,
Dans les brouillards du soir retourne à ses roseaux,
Ses petits affamés courent sur le rivage
En le voyant au loin s’abattre sur les eaux.
Déjà, croyant saisir et partager leur proie,
Ils courent à leur père avec des cris de joie
En secouant leurs becs sur leurs goitres hideux.
Lui, gagnant à pas lents une roche élevée,
De son aile pendante abritant sa couvée,
Pêcheur mélancolique, il regarde les cieux.
Le sang coule à longs flots de sa poitrine ouverte ;
En vain il a des mers fouillé la profondeur ;
L’Océan était vide et la plage déserte ;
Pour toute nourriture il apporte son coeur.
Sombre et silencieux, étendu sur la pierre
Partageant à ses fils ses entrailles de père,
Dans son amour sublime il berce sa douleur,
Et, regardant couler sa sanglante mamelle,
Sur son festin de mort il s’affaisse et chancelle,
Ivre de volupté, de tendresse et d’horreur.

* * *

Todo es símbolo para el alma trashumante.

Fernando González

Un estanque de agua verdosa. En el fondo hay cadáveres de muchas cosas. Los renacuajos nadan presurosos. Una planta de loto crece fértilmente y sus hojas horizontales, muy recostadas contra el agua turbia, cubren toda la superficie y brillan al sol. Las libélulas, en vuelos presurosos, se detienen un instante sobre las superficies de las hojas de loto. En el centro, turgescente, una espléndida flor…

Un cirio grueso y pálido, vertical; está encendido. El viento hace mover la llama, el pabilo negro parece el centro de una hoja dorada. La llama funde el cirio y chorrean gotas, como lágrimas que adhieren al tronco del cirio.

Un niño lanza un cohete pirotécnico. Asciende en bellísima parábola hacia el corazón de la noche; estalla, y deja caer una lluvia de estrellitas multicolores, que se traga la oscuridad…

* * *

Fernando González fue un viajero locuaz. Los viajes de Fernando, dentro y fuera de sí mismo, constituyen una aventura mental apasionante. Se trata de un caso insólito. Invitamos al eventual lector para que se una a nosotros a seguirlo en estas singulares aventuras.

En estos apuntes no pretendemos hacer estudios críticos o de clasificación. No lo podemos comparar, porque es caso único. No se deja clasificar, porque no perteneció a ninguna escuela y no se adaptó a ninguna norma: fue personal e individual. Fue un solitario.

Es insólito porque dedicó su vida íntegra a meditar y a escribir. Escribió quince volúmenes.

Es insólito porque no tuvo Universidad. Sin embargo suplió esa deficiencia. En otro ambiente hubiera aprovechado el más genuino temperamento filosófico, porque tenía una extraordinaria capacidad de análisis. En otro ambiente hubiera sido un gran maestro de tipo socrático porque le encantaba preguntar y responder. Esa dedicación de su vida a ser mirón; era una mirada interrogativa. De sus preguntas y respuestas surgió una obra muy difícil de calificar porque Fernando no fue un filósofo, pese a su extraordinario temperamento filosófico. No lo fue, porque no tuvo el ambiente apropiado: no creó un sistema y menos una doctrina. Se llamó a sí mismo filósofo aficionado y reconoció el componente místico de su temperamento. Alguna vez, en arrebato dialéctico, se definió a sí mismo como el filósofo de Suramérica; pero, si no es irreverente, diríamos que quiso decir: soy el intérprete de Suramérica. Desde su iniciación se manifestó como despreciativo hacia la filosofía conceptual y esta postura espiritual persistió hasta el fin de su vida. Los filósofos buscan la verdad. Para Fernando no existió sino su verdad, con minúscula. No sólo la verdad, sino que todos los valores estéticos y morales los consideró dependientes del relativismo individual, variables y efímeros. Su liberalismo intelectual transigió con todo lo humano, menos con la mentira.

Dedicó su vida a luchar contra la mentira; su mentira y la mentira ajena. Fue el apóstol de la desnudez personal, y su obsesión fue desnudar a los tartufos de todas latitudes. Indirectamente fue un ansioso por decir verdad; pero no una verdad conceptual, sino una verdad de vivencia, de sinceridad. Por ello adoptó, desde temprana edad, una actitud vitalista, una reverencia hacia la vida y su misterio de tipo bergsoniano, y todo lo edificó basado en sus vivencias personales. No podía pretender postulados inconmovibles porque sus tesis sobre el hombre fueron esencialmente vitalistas. Al hombre sólo lo consideró como un esbozo, en la más tierna edad. Un niño no está preparado para decir verdades.

Al hombre lo consideró como un microcosmos, epifenómeno, con una conciencia en plena infancia. No lo consideró como un producto acabado, sino como un prometedor esbozo.

Fernando tampoco fue un místico en el sentido estricto de la palabra, porque, pese a su temperamento introvertido, gozó como el que más con el mundo de las formas y de los colores. Es verdad que su vida íntegra fue una búsqueda de Dios, pero se detenía a contemplar el paisaje, camino de Dios.

Fernando tampoco fue un poeta en el sentido estricto, aunque dejó páginas antológicas del más exquisito lirismo.

Nuestro viajero es un caso insólito porque en su robusta mentalidad se reunieron los temperamentos poético, filosófico y místico en proporciones variables. Nos parece que predominó el temperamento místico.

El temperamento místico de meditativo solitario le permitió que la introspección, llevada al más alto grado, lo convirtiera en agudísimo psicólogo. Y en esto no vacilamos en considerarlo como el psicólogo más agudo y más penetrante que haya surgido en estas tierras nuestras. Se refugió en el misticismo porque el gran interrogante de la supervivencia del «yo», le causó pavor. Quiso filosofar, pero prefirió buscar a Dios.

Para sus viajes se vistió con un disfraz de iconoclasta; quiso llevar tan sólo su disfraz y un bordón de peregrino. Quiso ser nuestro François Rabelais o nuestro François Villon, pero veremos que no lo logró. Cuando terminemos estos viajes, siguiendo a nuestro inquieto viajero por colinas, nevados, praderas, ríos y mares; cuando descendamos con él a esos turbios abismos del alma, veremos que este viajero buscaba una cosa. Por ello invitamos a seguir, muy de cerca, estas aventuras, porque ellas contienen un gran mensaje: por los tiempos que corren un llamamiento al estudio del hombre por el hombre; un llamamiento al individualismo, en estas épocas en que media humanidad está esclavizada y rebajada en su dignidad; un llamamiento hacia Cristo: son de una actualidad y pragmatismo insospechados.

Su lastre mental lo constituían las influencias extrañas sobre tan asiduo lector. Fernando abandonó la lectura para poder digerir lo que había ingerido en fuentes sagradas y profanas. Su prologuista, don Fidel Cano, con esa maestría y bondad, lo lamentó, pero nos parece que, en esto, su juicio no fue exacto. Fernando sólo confesó la influencia de Baruch Spinoza y una gran admiración por Federico Nietzsche. Veremos más adelante su posición frente al autor de Zaratustra. Lo tenía que admirar, porque Nietszche también buscaba a Dios y el estilo nietzscheano, de incomparable belleza, lo subyugó. Es posible que de Nietzsche hubiera sacado el gusto por la sentencia afirmativa y el aforismo. La gran influencia formativa la hubo de la Escuela de Ignacio de Loyola. A lo largo de la obra de Fernando, aun en la época que hemos definido como la época dura, en los tiempos de Antioquia, nueva forma de panfleto filosófico, expresaba su admiración incondicional por la figura más grande de la España de todos los tiempos: Ignacio de Loyola. Esa formación, iniciada en su juventud, dejó en su robusta mentalidad un sello indeleble. De allí arranca su pasión por los viajes, imitando la actitud ignaciana del andarín peripatético. Quiso sacudir el lastre mental, y al salir por la primera vez, en su Viaje a pie, simuló un rapazuelo ansioso de abandonar la cárcel de la ciudad y respirar el aire libre, acaparar la vida, dar un puntapié a los conceptos y a «las ideas generales» vendidas por el negro Cano, el librero de su ciudad. Quiso beberse todas las fuentes y no perder un solo tono de la luz; quiso besar esa tierra colombiana, con un amor casi pasional. Daba brincos como el becerro a quien marcaron con hierro candente, con la esperanza de que al brincar se cayera el sello, que ya tenía marcado con el hierro al rojo. En ese Viaje a pie, aun en la época que tal vez irreverentemente hemos denominado época poética, ya abandonó la terminología escolástica: no usó más la palabra «alma»; empleó el término de «fluido nervioso», más acorde con el episodio vitalista y fisiológico de su trayectoria espiritual. Anotaremos que ese término de fluido nervioso cambió en las etapas subsiguientes, y lo reemplazó por el término: conciencia, coordenadas y finalmente el yo. De su formación surgió esa obsesionante tendencia a la introspección, con miras al perfeccionamiento individual y colectivo. Repetidas veces y en las diferentes épocas de su trayectoria gustó de definirse a sí mismo como hombre de Iglesia, y muy claramente se definió como un jesuita suelto, andarín misionario por los caminos de la patria, para predicar su mensaje.

De su formación inicial, y por una particular predisposición espiritual, demostró su inclinación de predicador y de maestro. Pero aconteció, una vez más, que en Colombia no se le comprendió, y se desaprovechó la oportunidad de haber tenido un verdadero educador y uno de los pocos talentos espontáneos que suelen surgir, caprichosamente, en nuestro meridiano, muy de tarde en tarde.

Al considerar la totalidad de la obra de este poeta-místico-filósofo podemos afirmar que tiene dos características fundamentales: es autobiográfica y es auténtica.

Es autobiográfica porque, introspectista consumado, podía sacar suculento provecho para sus elucubraciones psicológicas, objetivándose y analizándose; y, en esto, nuestro viajero Fernando se puede colocar a la altura de los introspectistas más sobresalientes: no tiene qué envidiar a Marcel Proust. Como su vida fue relativamente accidentada, y en efecto hizo viajes, los aprovechó y sus goces y desilusiones los convirtió en materia para meditaciones y estudios psicológicos.

La ingenuidad, característica de los niños y de los genios, le hizo obrar, en sus aventuras consulares en Italia, de manera muy poco diplomática; y asumió las consecuencias de dicha ingenuidad valerosamente, y las consecuencias las aprovechó como un capítulo de su obra El Hermafrodita dormido. Lo mismo aconteció con aquellos amores, más ficticios que reales con la famosa Tony, cuyas íntimas prendas de vestir, sus calzoncitos, sirvieron de tema a la obra más aguda de introspección: El remordimiento. De su viaje a Venezuela surgió una obra maestra de penetración psicológica de las personalidades que Fernando denominó unidad psíquica: Mi Compadre, estudio sobre el gobernante venezolano. Pero el monumento autobiográfico de su tragedia personal de poeta-místico-filósofo-maestro es, sin lugar a dudas, El maestro de escuela. En él sintetizó la tragedia del «grande hombre incomprendido», del desadaptado social en un conglomerado humano inhóspito y áspero; la tragedia del magisterio colombiano, y no podía desaprovechar la ocasión para sintetizar el mecanismo psicológico de la frustración y del fracaso personal al describir un fenómeno psicológico muy complejo, cual es la localización de «la culpa». Esa tragedia, en apariencia ubicada en un ámbito parroquial, es la que han sufrido todos los grandes maestros, empezando por Sócrates, Cristo, Simón Bolívar y Gandhi. En cortas páginas con apariencia de novela, es tal el contenido humano que casi se podría catalogar entre las obras dramáticas de nuestro viajero Fernando.

La autenticidad de su obra es el pedestal sobre el cual descansa toda su estructura. Es el núcleo central y la suprema razón de ser. Esta autenticidad la llevó hasta los límites extremos del impudor y de la desfachatez. Sin exageraciones declaramos que la autenticidad es la nota dominante y quizás el mensaje más patéticamente expresado, dirigido a la juventud colombiana y a la juventud suramericana, siempre tenida en cuenta en sus prédicas. La autenticidad y «su verdad» sólo tenían un límite absolutamente infranqueable: la mentira. Desconoció de manera sistemática la adulación interesada de parte de sí mismo hacia los demás; y de los demás, hacia él; de tal manera que la llamada opinión no existía para nuestro viajero, fuera ella favorable, o adversa. Su autenticidad lo obligó a ver las cosas objetivamente, sin miramientos y sin contemplaciones, pues reiteradamente declaró que el filósofo analiza los hechos, tal se presentan a su ojo escrutador y que no califica: no llora y no aplaude; no tiene interés en señalar los responsables, pues su sabiduría le indica que aun los cataclismos sísmicos obedecen a las ciegas leyes de la causalidad biológica e histórica.

Esta autenticidad lo colocó en plano de escritor no comprometido, en el sentido de que no se consideró propagandista de ningún credo o ideología, y de ningún hombre. La autenticidad y la permanente prédica de su verdad tenían que provocar una reacción adversa, pues la ingenuidad que hemos anotado no paró mientes en las posibles reacciones urticariantes sobre los actores de las distintas gerencias sociales, en el orden económico y político. Como buen observador y penetrante sociólogo, asoció el hecho económico al político y por ello el blanco de sus baterías, en permanente actividad, fueron los políticos profesionales y los así llamados financistas de variados plumajes. Cuando en el ámbito de sus investigaciones aparecía una figura consagrada por el sentimentalismo nacional, tal como la del general Francisco de Paula Santander, su autenticidad lo forzó a decir su verdad sobre el personaje histórico y a analizarlo a su manera, sin parar mientes en las posibles consecuencias que sus conclusiones podrían tener en la opinión. Y cuando se trataba de estudiar sociológicamente el núcleo racial antioqueño que tanto lo enorgullecía como promesa para la patria, no vaciló en hacer énfasis en sus defectos y en compararlo con las características menos atrayentes del pueblo judío, al cual también alababa y vituperaba. Y cuando enfocaba la totalidad del grupo racial suramericano, tuvo la desfachatez y el valor de retratarlo en su estudio sociológico titulado Los negroides. Si el clericalismo daba notas falsas, también sufría el fuego de sus baterías, y cuando algún príncipe de la iglesia perseguía, Fernando se le enfrentaba; y si, por el contrario, era perseguido, encontraba en él un gratuito defensor. Y como el límite de su osadía era la mentira, no tuvo contendores pues sus planteamientos eran absolutamente verídicos, y la verdad, su verdad, quedó como verdad, sin contradicción. La única respuesta fue la de que «la opinión» lo declaró loco… temible loco… En el pueblo antioqueño encontró inmensas posibilidades para el análisis de sus facetas y lo consideró digno de tener novelistas y pintores y digno de tener verdaderos educadores. Los calificativos de peligroso ateo, de corruptor de juventudes y de payaso agrio y displicente, fueron la recompensa para su autenticidad.

Si fue auténtico al analizar las cosas del mundo exterior: hombres, sociedades humanas y acaeceres, lo fue también cuando la introspección lo condujo al estudio de sí mismo. Los ímpetus pasionales de todo orden y, en particular el ímpetu genésico y todo el complicado mundo pasional del erotismo que padeció, como todo humano normal, lo analizó casi de manera impúdica. Fernando rasgó sus vestiduras; arrancó la piel; se despojó de aponeurosis y de músculos; retiró el periostio y mostró su esqueleto con púdica desnudez metálica. Abrió las cavidades y tuvo desfachatez para mostrar la cara de sus vísceras. Por ello el poema de Alfred de Musset se aplica a nuestro viajero en toda su trágica belleza: el pelícano deja sus polluelos sin plumas, cotudos y cegatones, escondidos en las cavidades de los arrecifes de la costa del mar. Despliega sus alas, al amanecer, para inspeccionar la superficie ondulante de la inmensidad marina, y sorprender el descuidado pez que tiende a aflorar. Pero el vuelo ha sido inútil. Pasan las horas y la presa no aparece. Llega la noche y considera inútil la búsqueda. Recuerda que en la playa lo espera la hambrienta cuvada y que, con ansia, anhelan su regreso; y en pleno vuelo, con su propio pico, desgarra la piel del vientre y se exteriorizan las entrañas. Con sus alas amorosamente cubre los polluelos, los cuales, hambrientos y cegatos, se precipitan y devoran sus entrañas. Es el último festín.

Al analizar su propio mundo interior, con sus miserias y grandezas humanas, dio un ejemplo de valor para todos los escritores del mundo. Si un escritor que se respeta a sí mismo, no es verídico consigo mismo, no merece ese nombre, y no merece ser leído. Antes que todo la absoluta verdad de cada cual, cualquiera que ella sea. Esto lo manifestó reiteradamente al decir que el verdadero arte era el de la desnudez de la vivencia. En esta poderosa síntesis asoció los valores estéticos y morales. El valor con autenticidad se puede considerar como parte de su mensaje: invitó a la juventud a pensar por sí misma y a tener el coraje de sus convicciones. La invitó a rechazar lo conceptual y ajeno, y a descubrir su propia verdad. Esta prédica fue enfática y solemne en los precisos momentos de nuestra historia, en los cuales nos habíamos sumergido en el más lamentable colonialismo intelectual; en los tiempos del más despiadado entreguismo. El parasitismo intelectual lo describió, con inusitada vehemencia, en el ensayo sociológico titulado Los negroides.

Las dos características de la obra global de nuestro viajero que hemos someramente esbozado, la autobiografía y la autenticidad, nos permiten establecer los términos de punto de partida y punto de llegada: partió como un espíritu indeleblemente marcado con el sello de Ignacio de Loyola; quiso sacudir esa marca y deshacerse de ese lastre, pero no lo logró. En su trayectoria de hombre de Iglesia partió de Cristo, lo buscó con ansia extrema, ignoró que lo llevaba en sí mismo, y, en la serenidad de la tarde de su vida, lo descubrió en su propia intimidad; de allí su gran elogio de la sabiduría Paulina. Pero no cabe la imagen geométrica de un círculo: esta trayectoria se asemeja más a una línea zigzagueante y correspondió a los períodos de la vida: la rebeldía juvenil; los desengaños de la edad madura y la beatitud, representada en la paz interior del padre Elías. Su adhesión a la dialéctica materialista de la historia y la sujeción a las ciegas leyes de la causalidad, las englobó en el gigantesco círculo de la concepción cristiana del mundo, sin antagonismos, porque su sabiduría terminal le permitió ensanchar el ámbito cada vez más amplio de su conciencia.

Nos parece que nuestro viajero tenía una temática muy restringida: el estudio de la personalidad, tanto individual como colectiva, esto, en el orden macroscópico; y en el orden microscópico, empleó la introspección, con el fin de sorprender, en acción, en reacciones y en vivencias, los mecanismos del espíritu. Por ello desarrolló gran capacidad de psicólogo. Su sociología es más bien una psicología de multitudes. Si ensayáramos una clasificación de la vasta obra de Fernando, teniendo en cuenta la temática, nos parece, si no es irreverente, clasificarla en tres épocas: la época poética; la época dura y la época mística.

A la época poética, tal vez influenciada por el fascinante estilo nietzscheano y por la lucha de ese gigante, ante la pequeñez y sordera de los hombres, por una parte, y por la otra, aunque sólo hace al respecto una única referencia, recibió la influencia del místico belga Maurice Maeterlinck, aquel dulce poeta del Tesoro de los humildes; a esta época pertenecen las siguientes obras: Pensamientos de un viejo, Una tesis, Viaje a pie.

A la época dura corresponde el período en el cual abordó el estudio de la personalidad humana. Y estableció dos grandes categorías: la personalidad humana con adaptación al medio ambiente, y la personalidad humana desadaptada, o sea el complejo psíquico «del grande hombre incomprendido». En el gran grupo de la personalidad humana adaptada distinguió dos grandes subdivisiones: la personalidad humana adaptada con unidad psíquica y la personalidad humana adaptada pero con dualidad psíquica, es decir la personalidad capaz de tener el fenómeno psicológico del remordimiento.

La personalidad humana adaptada, con unidad psíquica, representa la escasa minoría de los hombres de acción cuyo ímpetu, en la adquisición de sus fines, no conoce vallas ni obstáculos y emplean la totalidad de sus energías en la adquisición de la finalidad que se han propuesto. A este grupo pertenecen los seres humanos capaces de una irradiación de energía, y dotados de un misterioso don de mando, por el cual se imponen y obligan al resto a obedecer, y a constituirse en sus voluntarios o involuntarios servidores. A este grupo pertenecen los grandes capitanes, los generales, guerreros, los directores de industria y los que Fernando englobó bajo el término de hombres representativos. Pero la más genuina expresión de este grupo lo constituyen los dictadores. Puesto que carecen de remordimiento nada los detiene y sus días y sus noches son tranquilos, pese a los eventuales fracasos.

La personalidad humana adaptada con dualidad psíquica posee los ímpetus o instintos, o manifestaciones de la libido, según el lenguaje freudiano, con una intensidad menor que la anterior, pero padecen de remordimiento y de potencialidad para objetivarse en el pasado y tener la autocrítica, con conciencia de los valores morales y estéticos; es decir, distinguen lo bueno de lo malo, y lo bello de lo feo.

Juzgan sus acciones, y tienen la facultad de catalogarlas de acuerdo con su evolución intelectual y moral. Este grupo engloba la mayoría de los seres humanos.

La personalidad humana desadaptada, con dualidad psíquica, engloba las personalidades con complejos psicológicos de timidez, de culpabilidad, y a su grupo pertenecen los solitarios, los tímidos, los «grandes incomprendidos».

Estas clasificaciones de Fernando, en apariencia ingenuas y superficiales, aparecieron mucho antes que las obras del psicólogo suizo C. G. Jung, sobre los tipos psicológicos de los introvertidos y los extrovertidos. Nos parece que Fernando realizó obra de gran interés, empleando para ello la mera observación y la experiencia resultantes de su profesión de mirón inveterado. También debemos anotar que, en nuestro medio, no se conocían los estudios de Freud sobre los complejos psicológicos, ni tampoco sus teorías del pansexualismo como factor dominante en el comportamiento humano. Obras de tal contenido no franqueaban nuestras fronteras. Anotamos que no pretendemos defender la paternidad del pensador antioqueño a toda costa; Fernando hubiera sido el primero en señalar la fuente de información, por ser verídico y auténtico. No lo hizo, concluimos que en esto tuvo originalidad. No se nos escapa el hecho que genios dramáticos como Molière personificaron el avaro y el hipócrita, pero sólo se limitaron a pintar; Fernando fue analista.

En la época dura, sus estudios de la personalidad humana adaptada con unidad psíquica los realizó en las siguientes obras: Don Mirócletes, El Hermafrodita dormido, Mi Compadre.

El tipo humano del desadaptado lo captó en obra titulada: El maestro de escuela.

Pero la psicología de personalidad colectiva mereció particular atención, y para ello dividió el tema en dos grandes grupos: la mentalidad del suramericano en general, y la mentalidad colombiana en particular. El primer grupo lo estudió en su obra Los negroides; el segundo caso lo trató en sus obras Antioquia, nueva forma del panfleto filosófico y Cartas a Estanislao.

Los más hermosos estudios de la personalidad los realizó en el campo de la introspección. Para ello estaba particularmente dotado por la predisposición innata de su temperamento y por la influencia de la escuela jesuítica de Ignacio de Loyola. En su obra titulada Mi Simón Bolívar anota este comentarista un cambio en su tónica: poco habla del fluido nervioso, porque enfocó el problema de la interioridad del hombre, en general, con un tinte de espiritualismo y decididamente habla de la conciencia. Hace el descubrimiento del Concienciámetro, y con este fantástico instrumento mide hombres y pueblos; con una marrulla y una malicia de analista alegre y juguetón. Unos calzoncitos de mujer le dan el tema para el libro titulado El remordimiento. Finalmente hace las dos grandes divisiones del mundo psíquico, en mundo pasional y mental, y redacta la parte analítica y teórica en la obra titulada el Libro de los viajes o de las presencias. La obra cumbre, la obra que necesitó cuarenta años de gestación y hace la síntesis de las meditaciones de su vida, pertenece al grupo de la época mística, como las anteriores, y la tituló La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera.

Nos parece indispensable anotar que Fernando es un escritor difícil de leer y de seguir, en la trayectoria temática. La explicación es muy sencilla: desde su iniciación adoptó la modalidad de escribir, en lo que él denominó «libretas», todos sus pensamientos del día; da la impresión de un diario íntimo redactado para satisfacer una íntima necesidad de trasladar al papel y en forma escrita sus vivencias y reacciones al mundo exterior. Por ello, al seguirlo, el lector desprevenido podría concluir que se trata de un escritor divagador y vagabundo, sin coherencia y sin propósito. Sin embargo nos parece que, en nuestro capítulo dedicado al análisis global de su temática, demostramos que Fernando es de una coherencia y casi de rigor estructural y arquitectónico. En su obra cabe el calificativo de piramidal, con ancha base y aguda cúspide. Cuando viene el caso, emplea el aforismo, sin la menor veleidad de pedantismo. Pensamientos, muy largamente madurados, los expone en forma corta y grandemente sugestiva. Cuando está de prisa, y quiere definir un personaje, emplea dos líneas caricaturescas que dicen más al lector que un largo y minucioso análisis. Para ello emplea su asombrosa capacidad de humorista. El humorismo lo dosifica muy inteligentemente. Para no herir susceptibilidades emplea dos técnicas: el retrato del personaje y la caricatura. Para el retrato se vale de dos procedimientos. Mira el personaje meticulosamente, con un rigor de entomólogo, sin perder el menor detalle de la fisonomía física. Pone particular énfasis en el estudio de los ojos, de la musculatura facial y de la sinergia de los movimientos; lo escruta casi con impertinencia. Su oficio de mirón lo perfeccionó en el arte descriptivo. Las descripciones del físico de Mirócletes, de Benito Mussolini y de Juan Vicente Gómez son obras maestras. Pero en donde llegó al máximo de su capacidad descriptiva fue en el estudio de las imágenes religiosas de las procesiones sacadas a la calle con motivo de la Semana Santa en su pueblo de Envigado. «Poncio Pilatos envigadeño» es, a nuestro sentir, su obra maestra descriptiva. Otra modalidad del retrato es la que adopta cuando deja que el personaje hable en voz alta; la empleó en Mi Compadre; o bien lo escudriña en los documentos escritos y deja que el personaje se retrate a sí mismo: esta técnica la empleó en Mi Simón Bolívar y en Santander. Dejó que su ídolo, El Libertador, hablase, y reprodujo los documentos históricos en los cuales Bolívar sintetizó sus pensamientos más trascendentales. Fernando escogió lo mejor y lo más íntimo de su Héroe. Lo mismo ocurrió con Santander: citó su correspondencia, de tal manera que su personaje se retrató a sí mismo.

Cuando recurre al procedimiento caricaturesco exagera un rasgo de la fisonomía del personaje, y cuando su humorismo juguetón está en alto, describe sus personajes como entes zoológicos y el zoomorfismo dejó en el ánimo del lector una imborrable imagen. Esta técnica la empleó al describir los actores de la así llamada política colombiana. Los comparó a la hiena, al gorila, al conejo, a la vaca lechera. En Cartas a Estanislao dejó escapar todo este humorismo zoomórfico. Como estrategia para hacer que su mensaje no se perdiera en el vacío lo envolvió, en muchas de sus obras, con el manto humorístico, pues, gran psicólogo, sabía muy bien que la risa es el ambiente psíquico más apropiado para envolver las más amargas y urticariantes verdades.

Nuestro viajero, con bordón y disfraz de iconoclasta fue un predicador de verdades amargas, sus verdades, por ello penetró como lezna, y cuando la masa que analiza es dura, empleó ácidos; su ironía es ataque envuelto en risa; y su sarcasmo es amarga verdad envuelta en cubierta dulce. Muy conocedor de su auditorio se convirtió a sí mismo en payaso, en payaso marrullero y malicioso, portador de mensaje. Conocedor de su ambiente le presentó un plato apetitoso y se dirigió al componente pasional de nuestra criolla psicológica: la pasión política y la pasión erótica. Hizo el simulacro de insultar políticos, e hizo el simulacro de obsesionado erótico. Y cuando su alegría es máxima, recurre al juego infantil de mirar hombres y hechos a través de una lente deformante.

El humorismo no es la única característica del estilo de nuestro viajero Fernando. Tiene páginas altisonantes, ramplonas, y páginas de una perfección lingüística dignas de antología. Entrañablemente enamorado de su Envigado y colinas aledañas, los describió con un lirismo, en el cual deja traslucir el poeta escondido tras el manto del místico-filósofo. Nadie ha escrito sobre las ceibas de su aldea, y sobre los árboles de su jardín, con más genuina emoción. El padre Elías acarició los árboles y ya decrépito, en su silla de hombre senil, colocó un plato con azúcar para que sus amigas las hormigas se regalaran en su presencia. Al padre Elías lo encontraron muerto, con su cara contra el plato destinado a las hormigas. En la evolución de su estilo anotamos una lucha interior: en Pensamientos de un viejo pulió sus frases, y aparece el poeta solitario, recostado contra la tierra, mirando las nubes y los celajes; describe crepúsculos de tintes evanescentes y cipreses melancólicos; es el enamorado de la música de las palabras y de lo que él denominó el ritmo. Esta tendencia la abandonó y en Viaje a pie sus cantos son marciales, recios, de estilo llano y sencillo. Luchó por concentrarse y escribir libros cortos, y lo realizó en El maestro de escuela y en La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera. Otras veces fue diluido, como en Mi Simón Bolívar y en el Libro de los viajes o de las presencias. En ambos casos sus obras fueron bien acabadas, obras de arte, siempre inconclusas, porque la temática restringida la presentó a su lector, con coherencia, pero en forma fragmentaria. Cuando intentó presentarla bajo el aspecto novelado demostró capacidades de novelista de alta calidad: Don Benjamín, jesuita predicador y «Poncio Pilatos envigadeño» merecen colocarse al lado de las novelas de Tomás Carrasquilla, con la diferencia que la preocupación por la penetración psicológica obligó a Fernando a sacrificar la trama del relato para enfocar, en cámara lenta, sus personajes. Son cuadros psicológicos, en forma narrativa. Muy pocas veces intentó obras dramáticas; pero cuando lo realizó demostró ser un conocedor de la mecánica teatral: «El paje (tragedia en dos actos)» demostró su dominio de la escena, sobre todo porque fue capaz de poner en acción personajes metafísicos como la Conciencia, y de describir un pequeño mundo en el cual se tramó y se ocultó el asesinato del famoso Mamatoco… Cruel, pero verídico.

Hay en el estilo de Fernando un punto que él mismo analizó reiteradamente y es el concerniente a la escatología. Este aspecto de su estilística le atrajo algunos lectores, de dudosa calidad, quienes experimentaron un goce muy elemental al ver que personajes endiosados recibían calificativos de arrabal, y eran salpicados con un chorro escatológico. Conocido, y analizado por Fernando, es el placer suramericano al insultar; y buen conocedor de sus lectores, los satisfizo, en mucho. Otros lectores, de más alta calidad, consideraron este aspecto como indigno, pasando por alto que hay clásicos españoles que lo superan en el condimento escatológico y en picaresca; no obstante, sin comprender y sin hacer caso a las explicaciones del escritor, lo calificaron como un caso de loco de aldea. Debemos admitir que Fernando tardó mucho en dar una explicación satisfactoria de su escatología estilística. Sólo en la penúltima obra, el Libro de los viajes o de las presencias, se dignó hacer las aclaraciones del caso. Sólo después de analizar su teoría del mundo pasional, tuvo a bien, como demostración de uno de los mecanismos mentales, explicar ese fenómeno; que no le es peculiar, sino que todos experimentamos como una necesidad de neutralizar la carga afectiva negativa, lanzando esas expresiones escatológicas, aunque sea mentalmente.

Son válvulas de escape. Agradecidos debiéramos estar para con el psicólogo, por las explicaciones al respecto: «Nadie es ofendido personalmente por mis anotaciones, ni el gato, ni Lucía, ni Ospina Pérez. Porque no es a ellos a quienes insulto, sino al concepto pasional mío, nacido de mi convivencia con ellos. La gente cree por aquí que odio, cuando me oyen insultarme a mí mismo en los prójimos. Lo insultado es el concepto, la limitación conceptual nacida en mí, al representarme en ellos, y ellos en mí: y mi intimidad ama a los prójimos, el gato y Ospina Pérez. Son realmente mi representación. A los ignorantes les parecerá que son paradojas. Es porque el habitante de unas coordenadas no puede entender lo que sucede en otras, menos cerriles…». «Hideputa: Se emplea este vocablo para insultar a la mentira, que es la vanidad, la nada de una representación, con respecto a la superior en jerarquía. En el sucediéndose, al ir siendo glorificada la nada por la Presencia, la ignorancia por el conocimiento, aparece la emoción y se manifiesta por insultos a la nada…».

En la vista panorámica de la obra de Fernando, en las páginas que preceden, nos hemos permitido algunos apuntes sobre los siguientes temas: hemos definido, muy someramente, el hombre; hemos analizado lo que nos parece fundamental en las influencias extrañas sobre el espíritu del pensador; hemos glosado sobre la naturaleza de su obra; sobre su temática principal, en las diferentes épocas de su trayectoria intelectual; nos permitimos algunos apuntes sobre la estilística del maestro.

Llegó el momento de preguntarnos sobre el propósito de la obra; y si ella contiene un mensaje; y a quién se dirigió dicho mensaje.

Colocándose a sí mismo en un plano de autenticidad y de verdad, su verdad, podemos afirmar que el mensaje de Fernando no fue iconoclasta, por el mero placer de ver rodar por tierra la cabeza y el penacho de los dioses de barro. Hombre de Iglesia, él tenía «dioses», y tenía a Dios como suprema deidad, y punto de referencia. No fue un sistemático destructor, sino, por el contrario, un constructor para quien era preciso barrer el campo; cavar las bases; y edificar en firme. Para barrer el campo era preciso señalar, con dedo apocalíptico, a todos los farsantes y pretendidos dirigentes, quienes por astucia o por violencia habían escalado posiciones para hacer el simulacro de dirigir y gobernar una masa humana híbrida y amorfa. En todo habían pensado los pretendidos dirigentes, menos en la transformación de esa masa amorfa, infrahumana, en seres de mayor categoría, en la escala de los valores estéticos y morales. Por ello no vaciló en definirse a sí como el filósofo o el intérprete de Suramérica. En toda la trayectoria histórica del continente hispánico no halló sino un solo genio, una conciencia continental, infinitamente comprensiva del porvenir de este continente: Mi Simón Bolívar. Por ello la constelación bolivariana fue el leitmotiv en la argumentación del solitario envigadeño. Toda delación, en el mejoramiento intelectual y moral de la masa suramericana, la interpretó como una cómoda posición para el aprovechamiento y usufructo de los indefensos pobladores. Su prédica la sintetizó en el anhelo de que nuestros compatriotas, y todos los suramericanos, saliéramos de ese grado cuasi zoológico de conciencia fisiológica a un grado más alto en la escala moral. Nunca asumió la postura de moralista; pero siempre asumió la postura de maestro.

Para barrer el campo era preciso que desaparecieran los falsos dirigentes en el orden político y administrativo; que desaparecieran todos los astutos enriquecidos a causa de la debilidad de conciencia de los oprimidos. Nunca asumió el bajo papel de demagogo, porque justamente sus baterías estuvieron en fuego ininterrumpido contra esta lacra y esta falsa modalidad de dirigentes. Era lo lógico que todos estos pretendidos dirigentes imbuidos por el espíritu de un falso héroe nacional, y continuadores de su falsa filosofía política, lo consideraran como un peligroso rebelde, y le cerraran las puertas de posiciones en las cuales su prédica podría socavar su imperio. Su primer mensaje fue dar una valerosa voz de alerta contra la falsedad política y administrativa.

Para cavar las bases era preciso, y lo es, dotar la masa amorfa de verdaderas Universidades, para que en ellas pudieran tener noción del perfeccionamiento personal, en contacto con verdaderos educadores, impregnados de lo autóctono, y no mediocres repetidores de lo foráneo, e inculcadores y sostenedores del complejo de ilegitimidad y de colonialismo. Dio un elocuente ejemplo: sin universidad se pudo formar espíritu libre; con Universidad, se pueden formar espíritus con ansias de Universalidad. Con sarcasmo, Fernando se refirió, varias veces en sus obras, al hecho de que su Universidad había sido la plaza de mercado y la plaza de las ferias de ganado; porque sólo ahí había captado lo autóctono y lo auténtico. Se puede aceptar su ideal Universitario de educación centrífuga, de tipo escuela socrática, o se puede disentir de su punto de vista, y admitir la necesidad de maestros y de guías, en ese difícil y laborioso proceso. Pero el hecho permanece que Fernando fue de los primeros en anotar nuestra carencia de Universidad en un sentido, o en otro.

Como hombre de Iglesia recalcó la necesidad de dotar los cavadores de bases con sólidos fundamentos religiosos, y, por consiguiente, era preciso barrer con el clericalismo que no representara la auténtica doctrina. En esto se demostró como pensador y hombre de Iglesia, valeroso y temerario. En países en donde el clericalismo fue absorbido por partidos políticos, estableciendo una simbiosis biológica, y un compromiso de sostén mutuo, Fernando dio la voz de alarma y enseñó que esa Doctrina se ha impuesto, durante milenios, sin recurrir a componendas y a pequeñas transacciones de orden político. Fustigó con tonalidad de Savanarola esos compromisos, y su más hermoso mensaje lo sintetizó en el cristianismo paulita y en la amencia del padre Elías. Es evidente que ese cristianismo del padre Elías tardará milenios en practicarse, en estas latitudes; porque es preciso que desaparezca primero ese complejo que Fernando denominó «lo tuyo» y «lo mío», y otros complejos, luminosamente expuestos en su obra postrera. Pero si ese cristianismo está lejos, podemos por lo menos irnos despojando de las formas falsas de cristianismo tal cual las practicamos en este continente: dar una mísera limosna «al pobre» para… para que se nos reconozca un rincón en el paraíso; especie de contrato leonino, que cambia un plátano, o una camisa rota, por una felicidad eterna. Si el padre Elías representa una aspiración futurista, Fernando encarnó, en la personalidad del padre Acosta, toda la bondad y el prototipo del sacerdote que nos urge. Esa prédica contra un clericalismo de componendas fue interpretada como ateísmo, y Fernando González, es decir el padre Elías, soportó, con cristiana resignación, ese anatema. Conocedor, como nadie, de la necesidad innata en el hombre de ser religioso, consideró la religion como el elemento más civilizador del hombre. Por ello se opuso a los traficantes y a los explotadores de ese sentimiento humano, que tiene mucho de pasional.

El mensaje del poeta-místico-filósofo-maestro puede resumirse en tres puntos: lucha contra los falsos dirigentes políticos y administrativos, a quienes acusa del crimen de parricidio, por haber abandonado la ruta futurista trazada por el más auténtico y genial conocedor de nuestro pueblo: Mi Simón Bolívar. Lucha contra los educadores, quienes desconociendo la realidad nacional persisten inculcando un sentimiento de colonialismo y a cambio de limosnas foráneas se someten a ensayar sistemas, e implantar métodos, posiblemente eficaces en otros países de climas y de gentes diferentes. Lucha contra los educadores que no quisieron estimular y aprovechar lo autóctono, con finalidades de simular cultura, y se hacen los sordos ante las sugerencias ajenas. Lucha para que la educación religiosa se ponga a la altura del espíritu del pontífice Juan xxiii.

Con estos cambios, los cavadores de bases pueden edificar en firme, para que la masa amorfa se transforme en individuos. Este término representa algo muy fundamental en su dialéctica. Hemos visto la decantación de su significado, profundo en la trayectoria de su obra y su evolución. En Los negroides lo definió con suma claridad. Es el tercer postulado de su mensaje, el corolario inevitable. Con Universidad y con Religión se forma el individuo capaz de perfeccionarse a sí mismo, y de adquirir un sentido comunitario. Esas prédicas de perfeccionamiento personal en forma de aforismo, y que abundan en Viaje a pie y en Mi Simón Bolívar, no las escribió con el solo propósito de demostrar su gran capacidad de hacer maromerías mentales, sino con absoluta seriedad y objetivo definido. Son comprimidos de moral. Quiso que el individuo fuera, en primer lugar, conocedor y formador de sí mismo; que se perfeccionara a sí mismo, en lucha permanente contra los impulsos destructores, y por ello definió el proceso como centrífugo. Antes que todo la cultura, y cultura significó para nuestro atormentado viajero el cultivo de la individualidad. Que la masa amorfa se transforme en individuos granulados, «ombligados», según su terminología, individuos con pensamiento propio, con autocrítica y con capacidad para criticar y desnudar los falsos apóstoles, aprovechadores de la energía de la masa amorfa. El individuo, formado y con autoexpresión será la única redención para el continente híbrido. Por autoexpresión no entendió el solitario envigadeño el alarido selvático del mulato; o la pedrada; o el blandir de afiladas puñaletas; o la antorcha incendiaria. Fernando se definió, con desfachatez, como aristócrata, despreciativo de los brotes afro-americanos. Pero, gran patriota, aceptó nuestra trinidad etnológica, hispano-afro-indígena, y la consideró como una fatalidad inexorable, a la cual es preciso hacerle frente, y tenerla en cuenta por los verdaderos educadores y sociólogos. Por autoexpresión entendió que se permita que cada uno de estos componentes raciales se manifieste, dando de sí lo mejor que ellos poseen. Tenía muy en mente al arte autóctono de México y del Ecuador. Esto a título de ejemplo. Un conglomerado de individuos, formados y con autoexpresión, y con capacidad de autocrítica y de crítica, lo consideró como la mejor profilaxia contra dictadores y falsos «salvadores» de las patrias. Pero esto no representa la única consecuencia de la granulación de la masa amorfa en individuos. Para el penetrante psicólogo existe una relación inversa entre perfeccionamiento individual y gobierno: a mayor perfeccionamiento individual, menor necesidad de gobierno; a menor perfeccionamiento individual, mayor necesidad de gobierno. El individuo, en altísimo sentido, poco o nada necesita que lo gobiernen.

En la época blanda o poética de la trayectoria de Fernando expresó este postulado en Una tesis; y este pensamiento lo elaboró y no lo abandonó hasta el fin de sus días. En 1919 provocó un escándalo al afirmar que el hombre debiera ser anárquico y comunista. Por anárquico entendió nuestro místico que el gobierno no tiene razón de ser en el sentido de querer influir en la intimidad de los «yoes», partiendo del postulado que este dominio es vedado y personal. Por comunista entendió que, en un lejano futuro, la concepción cristiana del mundo regresará a la hermosa concepción del cristianismo naciente, en virtud de la cual los bienes de «este mundo» serán comunes, comunitarios, en común, comunistas; porque habrá desaparecido el complejo de «lo mío» y de «lo tuyo». Puede calificarse de utópico, pero a un místico convencido no se le debe responder con un anatema condenatorio. El solitario envigadeño soportó igualmente, con resignación cristiana, ese anatema.

Tan alejado estaba de comunismo que ridiculizó los procedimientos de lavar cerebros y de imponer ideologías a causa de fatigas mentales; estos oprobios contra la dignidad del individuo, que vengan de la barca de San Pedro o del Kremlin, en abierta competencia para crear masas amorfas, lo anatematizó con cólera de místico. Esta tonalidad de su mensaje, pese a su aparente aspereza, significó su último llamamiento: en un continente en formación vale más pensar en crear naciones, que crear estados.

* * *

Si algún desocupado lector ha tenido la gentileza de leer estos apuntes, le advertimos que, para juzgar a nuestro viajero, no se puede basar en una cola de las obras. Es preciso estudiarlas en totalidad porque sus pensamientos, aunque de gran coherencia, se fueron cristalizando, en el lento decantar de las ideas. Como la obra es de naturaleza autobiográfica depende en parte de la tonalidad afectiva de nuestro viajero, en las distintas épocas y en las diferentes circunstancias. Si sólo se lee lo correspondiente a la época dura, da la impresión de una aspereza y de un resentimiento, cuya válvula de escape es la diatriba y el panfleto. Sí se toma la época mística da la impresión de un confuso introspectista, empleando unos gerundios de difícil interpretación y de un simbolismo casi incomprensible; si se toma la época poética, da la impresión de un espíritu perdido en divagaciones, y que busca un punto de apoyo. Pero cuando se mira en su conjunto, el lector encontrará una laboriosa construcción piramidal.

Desaparecido el pensador, y ya con obras completas, sólo nos resta invitar a la juventud colombiana y a la juventud americana a leerlas y meditarlas, no como un homenaje a un insólito y singular espíritu, sino por el interés personal del provecho que pueda obtener al leer el mejor de los escritores colombianos. Que el lector nos perdone esta larga introducción, antes de analizar, someramente, cada una de las quince etapas de estos viajes, porque es a él a quien corresponde el juicio.

— o o o —

La primera etapa de estos viajes la denominó Fernando Pensamientos de un viejo. La escribió cuando sólo contaba 17 años de edad. Y la maduró durante muchos años, antes de darle una forma definitiva. Esta etapa es de singular importancia, porque es el punto de partida de nuestro viajero y nos servirá como base de la pirámide que construirá piedra sobre piedra, como resultado de sus meditaciones durante medio siglo.

Sin arrogancias y desplantes, desde la iniciación de su obra se definió él mismo como un pensador serio y responsable, y no dejó dudas sobre la importancia que atribuía a sus escritos:

«Al escribir algo, pongo en ello todo mi amor, toda la energía de mi ser. Para mí son sagradas mis obras… Y sin embargo, tú vienes a hablarme de ellas: ¿ignoras que la bondad de una cosa se mide por el tamaño de aquellos que la admiran…? ¿No sabes que para que una alabanza no humille, es preciso que el admirador sea un poco digno y grande?».

Por respeto a esta perentoria admonición, el autor de estos apuntes, que en nada presume de crítico y de medidor de jerarquías, y cuya exclusiva finalidad es la de guiar al eventual lector, con la sola credencial de haberlo precedido en la lectura de estas tan apasionantes aventuras, sin que ello implique la más leve veleidad de pretender influenciarle, cedemos la palabra a uno de los más preciados estilistas de estas tierras de Antioquia, a un hombre cuya bondad y sabiduría son legendarias: don Fidel Cano. Don Fidel fue el único prologuista en la extensa obra de Fernando. De ese hermoso prólogo nos permitimos reproducir algunos apartes porque, como todo lo que decía don Fidel, tenía visos proféticos; tan profundo era su conocimiento de los hombres, y tan honda su sabiduría.

Don Fidel anota:

«… pero todo esto, con ser muy brillante, no es todavía más que una aurora: el orto de la inteligencia que así se anuncia no tardará, y será espléndido. […] [Q]uiero tan sólo dar a entender que el autor tiene fuerzas para obras de más aliento que la presente, y capacidad para síntesis que ahora no ha intentado o para cuya formación ha ejercido más de humorista que de pensador; que en dejando su criterio de escéptico, puede servir más eficazmente a la verdad, la cual gusta de ser amada y buscada con fe; que cuando se haya librado del prejuicio pesimista con que hoy mira la existencia, sondea sus misterios y trata de resolver sus problemas, sacará para sí mismo y para sus lectores mayor provecho del afán con que la analiza, tal como extraerá miel de las colmenas quien vaya a esa labor creyendo en la dulcedumbre de los panales, y no quien la emprenda en la errada persuasión de hallarlos amargos o desabridos, la cual le hará estrujarlos con repugnancia y arrojarlos lejos con desdén. He querido decir, además, que en varios de los temas apenas tocados en estas páginas, habría materia para otros tantos libros».

No se equivocó don Fidel en esta profecía. Pensamientos de un viejo contiene la totalidad de la temática que nuestro viajero Fernando desarrollará durante toda su vida. Sin perder un instante la vena humorística, la cual será la clave de la estrategia para alegrarse a sí mismo, y poner un tinte muy tenue de duda en todas sus afirmaciones, con el objeto de evitar caer en lo ridículo de los trascendentalismos pedantes, tal vez su único odio permanecerá fiel a la técnica de producir risa, o sonrisa, como lampo de luz, aún sobre los cuadros más obscuros; sobre los cuadros y situaciones que analizará su espíritu, y que su elocuente y habilísima prosa dibujara en páginas antológicas. Es y será un místico humorista y alegre: esta es una de sus peculiaridades. Alegre, sin solemnidad.

Tampoco se equivocó don Fidel en vaticinar cuál sería el término de esta trayectoria que se anunció zigzagueante y que, con el correr de los años, se tornaría en cohete con línea de ascenso inexorable hacia la suprema finalidad: Dios. Todo empezó en Pensamientos de un viejo: un espíritu de selección se desnuda y no tiene reato en demostrar que busca un punto de apoyo. En La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera, 44 años más tarde, el mismo espíritu confiesa que encontró ese punto y que su razón de ser ha terminado. El círculo se completó: partió de Cristo, zigzagueó ¡y volvió a Cristo!

Este espíritu de Fernando, el cual odia las definiciones, explicó el título de la obra Pensamientos de un viejo:

«¿Pensamientos de un viejo? Sí: es preciso fijarse en que el movimiento del espíritu sirve de medida al tiempo. Nerón, por ejemplo, murió a la edad de mil años. […] ¿Os parece imposible que yo escriba estas cosas? ¿Tendré necesidad de repetiros mi descubrimiento histórico de que Nerón murió a la edad de mil años?».

Todo puede ser así. Pero quien se da a la tarea de recorrer la misma trayectoria del viajero Fernando, encuentra que, si la trayectoria encontró su órbita, el caminante se transformó en su intimidad: partió con la música interior de un poeta melancólico, cantor de crepúsculos con tintes evanescentes de acuarela; cantor de cipreses y de silencios; cantor de las cosas indefinidas del alma, y que, con el correr de los años, agarró la vida y la cantó con música casi marcial y recia. Es posible que el noble prologuista, don Fidel, tenga razón en afirmar que en Fernando hubo mucho de su morral sacado de Nietzsche y de Schopenhauer; y nos parece más bien que hubiera sido extraído del más sugestivo de los místicos de los comienzos de este siglo: Mauricio Maeterlinck. Confesó Fernando:

«Aquellos primeros escritos revelaban un hombre apasionado. No dudé en decir que era el poeta de las cosas pequeñas del alma. Sabía escoger las palabras más silenciosas, más sutiles. Recordaba a Maeterlinck».

En cambio, cuando Fernando se refiere a Federico Nietzsche, en esta primera etapa y en las subsiguientes, tiene para Nietzsche admiración certera; porque Nietzsche también anduvo buscando a Dios, y la poesía nietzscheana subyuga a cualquier espíritu sensible, y más el de Fernando, en esa primera etapa de poeta místico. No obsta para que Fernando anotara:

«Dice Federico Nietzsche que no se debe hacer caso a un pensador cuando comienza a envejecer, porque entonces está, por decirlo así, más allá de la vida. Pero las sombras que desde lo alto arrojan las nubes a la tierra, ¿no pertenecen, por ventura, a la tierra? ¿No son de la vida también los terrores que sobre ella arrojan los fantasmas del más allá, los sueños que pueden ocurrir bajo la losa del sepulcro…?».

«Todos los grandes filósofos han presentido el silencio, pero les ha sido imposible hundirse en él. Mira a Federico Nietzsche: llegó a comprender como nadie la tontería de toda palabra. Y como era un hombre, un limitador, predicó al fin la filosofía del superhombre, del gran limitador, de aquel que impone a todo su propia alma, que se hace a sí mismo medida de las cosas».

«De toda altura se cae; toda alegría es preciso pagársela a la vida con tristeza. Federico Nietzsche es para mí el hombre que a mayor altura elevó su alma. Su Canto a la noche supera en pasión a todo lo que se haya escrito… ¡Y pagó a la vida de una manera grande también! Son horriblemente trágicas las palabras que decía a su madre durante la locura: “Madre, soy bestia”. (Müter, ich bin dümm)».

«Federico Nietzsche fue uno de los hombres más atormentados. La vida y el pensamiento le hirieron de tal manera, que por último predicó el superhombre, la glorificación más atrevida de la existencia. ¡Pero no os engañéis! El lloro, cuando llega al grado supremo de amargura, se convierte en risa… y de una gran desesperación salió aquel heroísmo».

«Los alemanes son orgullosamente pesados, tienen alma bárbara, de epopeya. Ven enormes fantasmas, grandes brujos imaginarios, pero son incapaces de ser sutiles y aristocráticos… Hasta el mismo Federico Nietzsche, que parece un francés, reveló al final su origen, soñando con el oso enorme y fantasmagórico del Superhombre. De ese sueño germano le viene la popularidad… Por la parte que tiene de psicólogo, de analista, merece ser colocado al lado, quizá por encima, de los autores refinados. Ese sueño germano le hizo popular (su gran temor), y le colocó al lado de Mahoma, de Buda y de San Pablo… ¿Qué más popular, más grandioso que un fundador de religión? ¿Y qué más silencioso, más extraño para las gentes, que un analista como Spinoza? Como inventor de ideales es grandioso Federico Nietzsche, pero nosotros no queremos cosas grandiosas…; nosotros, los escépticos, admiramos al maestro por aquella cualidad refinada de analista, en la cual superó a los franceses…».

Nos parece que Fernando, místico marrullero y malicioso, no niega el influjo de Nietzsche, pero tampoco lo confiesa; en cambio seguirá a Spinoza, como lo veremos en etapas subsiguientes.

No sigue a Nietzsche y nos dice la causa:

«Y mientras tú afirmas la vida, mientras predicas la venida del superhombre, la imagen de Jesús se te presentará, camino de la aldea de Magdalena, predicando el amor… Y tu único consuelo ¡oh soñador! es soñar todas las visiones posibles. Mientras las nubes son arrastradas en rápida procesión, sueña que vas por los caminos de Galilea, tras el Maestro… ¡Y sufre y goza todos los amores, tristezas y desfallecimientos que suponen sus bienaventuranzas! Y mientras pasan las nubes, tirado bajo el árbol frondoso, ¡oh soñador! suéñate todas las visiones posibles, todos los amores, y todas las tristezas…».

El término «soñador» sólo lo encontramos en esta primera etapa de los viajes de Fernando, etapa que podríamos denominar la etapa blanda. Tampoco usará más el término «alma»… El poeta se esconderá en su recóndita morada, para dar paso al místico. No al filósofo, sino al aficionado a la filosofía, por el fatalismo de la estructuración íntima de su espíritu. En esta única etapa se mostró como poeta más que como místico y dejó páginas de gran dulzura y colorido, pese a sus tintes crepusculares.

Advierte que no será filósofo:

«A todo pensador, cuando los ojos de la multitud comienzan a mirarlo, le pica la tarántula de las afirmaciones: se hace fundador de sistemas. Además, a los treinta años, el filósofo principia a descomponerse, y en su interior nacen gusanillos como estos: ¿para qué analizar tanto? ¿A qué fin conduce este disecar la vida? ¿No sería mejor inventar una doctrina, para que los hombres vivan según ella? Es decir, a los treinta o cuarenta años comienza el descenso hacia el misterio, y el inventar salvavidas para cuando el Requiescat in pace».

Nunca pretendió construir estructuraciones conceptuales y majestuosas catedrales de conceptos. Empezó como poeta, sintiendo la vida, y quiso conservar hasta el último instante una absoluta libertad de espíritu:

«Un hombre sólo por el hecho de ser discípulo pierde la mitad de su talento. […] El filósofo que acepta un discípulo renuncia a la libertad de pensamiento».

Se impone una vista panorámica sobre la fragmentación de Pensamientos de un viejo con el propósito de hacer resaltar los viajes o aventuras de este viajero, pues su temática es muy limitada: lo que cambia son los puntos de vista, bajo los cuales la analiza. No haremos una fragmentación arbitraria sino que adaptaremos los títulos por él colocados. Son: «Desde mi tinglado»; «La amada»; «Meditaciones»; «A los silenciosos»; «La muerte»; «El jugo de la manzana». Y cabe anotar que ni en esta ni en ninguna de las etapas subsiguientes variará su modalidad de escribir unas veces en aforismos, y la mayoría de ellas en cortos fragmentos disímiles los unos de los otros; porque desde un principio estableció ser de una fidelidad absoluta consigo mismo, y escribir la vivencia de cada momento. Por ello, juzgar su obra al leer una sola o varias de sus etapas es injusto para con Fernando; es preciso leerla en totalidad porque la obra es zigzagueante, variada en estilo, en concentración y en humor. Es zigzagueante como la vida misma, pero la obra de Fernando tiene la más absoluta coherencia y podemos seguir, paso a paso, su luminosa trayectoria. Tal vez se impregnó del estilo de Nietzsche al escribir algunas de sus obras.

«¿Qué es un aforismo? Es el fruto, la esencia de una larga meditación. Dice al lector: si eres capaz, medita. Se comprenderá, pues, fácilmente, que nosotros, los escritores de aforismos, sólo escribimos para espíritus nobles. Los escritores del vulgo son los grandes masticadores de las ideas. Un escritor plebeyo es siempre orador. Un aforismo sólo puede comprenderlo el que lo haya vivido; un aforismo no enseña: hace que el lector se descubra a sí mismo. Si éste no tiene en la alforja de su experiencia el porqué, el alma de la sentencia, ésta es para él una cosa vacía».

Es preciso que desde esta etapa nos acostumbremos a una modalidad muy peculiar de Fernando: la arrogancia. Nunca la impertinencia. Nunca el insulto. Como noble caballero presentó siempre la espada por la empuñadura. Y cuando entra en cólera, es la cólera santa de los místicos.

«Desde mi Tinglado» es un fragmento en el cual recoge vivencias que desarrollará en etapas subsiguientes, y que podrían resumirse en los diálogos del hombre con la naturaleza; el eterno diálogo que el hombre ha pretendido entablar con la naturaleza silenciosa y neutral. En estos análisis, en particular en los titulados «Vivir» y «Así hablaba el loco», enuncia temas que serán desarrollados en las etapas futuras: el Libro de los viajes o de las presencias y La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera. Es el tema de la individualidad y lo que Fernando denominará la «asombrosa originalidad» del universo. Todos tenemos un atavismo personal, somos determinados y tenemos puntos de vista y modos de ser propios; nuestro yo es un complejo de reacciones ante el universo y es ese complejo el «medidor». De estos dos análisis surgió ese tema de las coordenadas, cuya significación íntima elaboró con verdadero preciosismo analítico en las dos obras arriba mencionadas. No existe la verdad, sino mi verdad, o tu verdad, y de esta sencilla vivencia elaborará la posición filosófica personal de Fernando ante los temas de los valores estéticos y morales.

«En verdad os digo, amigos míos, que cada verdad tiene tantos aspectos como hombres hay, y que todo aquel que se estudie, llegará a ella por un sendero original, y serán originales también los sentimientos que despierte en su corazón. […] Si cada hombre se estudiara más a sí mismo, y se preocupara menos de la impresión que en otros ha dejado la vida, descubriría que su visión del universo es distinta a la de todos los demás… […] Si dejo caer mi mano sobre una hormiga, para ella el golpe será mortal, mientras que un elefante ni siquiera se dará cuenta de que lo he tocado; luego el golpe en sí es indiferente y sólo tiene significación relativamente al ser sensible, siendo además distinta según sea el ser. Tampoco son las cosas conforme nosotros las vemos. Para una hormiga será una montaña lo que para nosotros un pequeño guijarro. Se juzga al no-yo conforme al yo, o, mejor dicho, éste es creador de aquél. La misma lógica que rige nuestros razonamientos es una creación de nuestro yo. El espacio y el tiempo tampoco son conceptos en sí, pues uno sólo tiene conciencia de la duración de sí mismo (la cual cambia según sea el estado de alma), y según eso juzga lo demás».

Estas dos vivencias las desarrollará, con miras pragmáticas, cuando emprenderá, en la etapa del Libro de los viajes o de las presencias, el capítulo psicológico de la reconciliación de los opuestos, base para la beatitud, tema central de la última y luminosa etapa: La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera.

El fragmento titulado «El filósofo y el poeta» permitirá al lector percibir el impasse de nuestro viajero entre vivir la vida como poeta o como místico. Pero dejemos el capítulo titulado «Desde mi tinglado» y pasemos al capítulo titulado «La amada».

Este pequeño fragmento es una muestra de la capacidad del análisis psicológico de Fernando, en el tema más trillado de la literatura universal; lo descompone en elementos simples, y en pocas páginas resume lo que otros han dicho y escrito en montañas de papel. Pero tampoco tiene la crueldad de destruir la más bella de las humanas ilusiones. Recordemos que estamos en la etapa blanda de Fernando, la del poeta.

«Así termina el canto a mi Eulalia: Cuando Pericles y la cortesana Baquis llegaron al taller del escultor Demeter, las sombras principiaban a cubrir los edificios de Acrópolis… Y ante el mármol que mostraba apenas el torso de una Venus, dijo Pericles: al ver esta divina y futura diosa, tú, ¡oh Baquis! te la imaginas acabada, y con toda la belleza que quisieras en una estatua. Por eso repites extasiada: ¡Qué divina! Recuerdo, ahora, de una cortesana a quien conocí en mis viajes. Era sabia como jamás lo fue mujer ateniense. Decía: “No me pidas que quite de mi cuerpo todos los velos. Tú eres sabio ¡oh Pericles! y sabes que si muere el imaginar, muere el encanto”. Y Baquis dio un beso en la boca magnífica del griego: así terminaban todas las filosofías en aquella edad feliz… […] Todas las bellas aventuras suceden en dos caminos que se cruzan: con esa máxima me despido de tu amor…».

Estas son las bases sobre las cuales nuestro viajero edificará las etapas de El Hermafrodita dormido y El remordimiento. Sobre el papel que desempeña el imaginar, lo manifestará en las manos de Martina la velera, en la obra postrera La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera.

En el fragmento titulado «Meditaciones», el más hermosamente escrito, y en donde aparece el poeta escondido en Fernando, canta el existencialismo, la predisposición del hombre en el universo; y plantea el dilema de la tragedia humana: existir auténticamente y realizarse, sometido a la inexorable ley de la causalidad, o bien dejarse llevar, como leño, arrastrado por las olas, y suplir con ensoñaciones esa condición del hombre. Largos años permaneció Fernando fiel a las leyes de la causalidad, y sólo al fin de su vida confesó al cambio abrupto en su trayectoria.

En el fragmento titulado «A los silenciosos» está la síntesis de su definición del yo y de todos los estudios de introspección; y es la ponencia más clara y categórica de su actitud de introspectista inveterado. Este fragmento, con síntesis central de que sólo nos podemos juzgar en el pasado, y de que todos los valores estéticos y morales son subjetivos y variables, de instante en instante, y por lo tanto de una relatividad inexorable, lo expondrá magistralmente en la etapa de El remordimiento. Explica por qué abandonó el término «alma» y se lanzó por las rutas del existencialismo. Y establece de una vez por todas su modalidad de las vivencias y su tipo literario, en fragmentos que traduzcan, con la mayor fidelidad y exactitud, sus vivencias. Esta modalidad no la abandonará jamás.

En el fragmento titulado «La muerte» está la base para sus ulteriores estudios de introspección y de psicología. Es sencillamente grandioso en los análisis de los mecanismos íntimos, y allí establece lo que pudiéramos denominar la parte teórica de sus métodos de desdoblamiento del yo; el estudio psicológico de la vanidad, el cual lo tratará en la etapa de Los negroides; la gran división del mundo interior en mundo pasional y mundo mental, base de la etapa del Libro de los viajes o de las presencias.

En el fragmento titulado «El jugo de la manzana» brinca de tema a tema, sin orden, y nos da una muestra de la gran movilidad de su espíritu.

De esta primera etapa sacamos, tal vez abusivamente, la impresión de que en la temática de Fernando lo dominante es el análisis introspectivo.

— o o o —

En la segunda etapa de estos Viajes nos encontramos con Una tesis. Aunque el tema lo presentó bajo el aspecto de un ensayo científico, para optar el título de Doctor en Derecho y Ciencias Políticas, nos parece que pertenezca a la época poética de la trayectoria de Fernando. Es verdad que el título del primer capítulo de su tesis dice:

«De cómo en Colombia hay muchos doctores, muchos poetas, muchas escuelas y poca agricultura y pocos caminos».

Se anuncia una posición personal e inconfundible en la manera de juzgar el ambiente colombiano, pese a lo solemne de la ocasión. Dirá su verdad, con autenticidad absoluta. Su verdad le dice que las teorías del hombre-causa son absurdas. El clima mental de Fernando, en esta etapa, es el de un místico vitalista y evolucionista, con un componente poético que expondrá en las hermosas páginas sintéticas de la etapa siguiente: Viaje a pie. Por el momento su posición es clara: el hombre es un ser puesto en el Universo para convivir y reaccionar frente a los otros entes, que constituyen el mundo. A pesar de ser un prometedor esbozo, no tiene potencialidad para dirigir y regular las leyes naturales:

«Las leyes de la naturaleza se cumplen irremediablemente y el hombre mismo está encerrado en la irremediabilidad universal, pese a su orgullosa pretensión de creer dirigir la vida. […] Predico la armonía de la vida, y la ya mentada ley de la proporcionalidad de las actividades».

Para Fernando, las leyes naturales regulan los fenómenos económicos. Y los regulan porque nuestro viajero pertenece, en esta época de su trayectoria, a la escuela liberal evolucionista, cuyo núcleo ideológico es que el hombre hace parte de un todo; y esta escuela se opone a la escuela socialista, la cual promulga que el hombre es «causa libre modificadora de la vida»:

«El hombre desde que nace se encuentra lleno de necesidades, nace con el instinto de vivir y de huir del dolor; contra ese dolor y proporcionalmente a él reacciona; esa reacción para satisfacer sus necesidades es lo que se llama trabajo.

El hombre busca en lo que le rodea todo lo que le es necesario para llenar sus necesidades: lo que está fuera del hombre se llama económicamente Naturaleza.

Riqueza se llama todo lo que el hombre se apropia de la Naturaleza para llenar sus necesidades.

Hasta ahora tenemos, pues, al individuo, imperfecto porque necesita, y a la Naturaleza, que le suministra el modo de perfeccionarse».

El individuo busca compañera, crea la familia, las familias se unen para protegerse; el hombre legisla. Es la sociedad.

«Las necesidades del individuo hacen nacer las agrupaciones. Tenemos que aquéllas le hacen buscar en otros el medio de satisfacerlas, y que en este sentido puede decirse que los hombres, unos para otros, están comprendidos en el concepto económico de Naturaleza.

Consecuencia: hay que partir del individuo al estudiar la Economía Política, y terminar en el individuo; el ciclo económico es este: necesidad, satisfacción. La sociedad es un medio para cumplir ese ciclo. A cada uno, lo que está fuera de él, le sirve para llenar sus necesidades. El ciclo económico es egoísta. No es posible poner el fin de la actividad en la sociedad; ese es el error de los colectivistas, de los gregarios. La sociedad es un medio para el individuo, así como lo es el trigo; el fin es el individuo: en este sentido entiendo yo el Superhombre de la escuela individualista.

Entiendo por justo, en sentido lato, lo que es conforme a la naturaleza de las cosas, y en sentido restricto, lo que es conforme a la naturaleza de los hombres».

Nuestro viajero partió de una tesis evolucionista e individualista y su último aforismo tiene un tinte existencialista. Para Fernando las necesidades del hombre tienen un mínimum fijo y un máximum indefinido; el hombre nunca está satisfecho; vive en estado de tendencia; la felicidad es concepto utópico y tendría un sentido negativo: no desear.

La tesis individualista le hace comprender que hay diferencias en los individuos, y que la pretendida igualdad entre los hombres es un mito romántico. El progreso humano lo sitúa en el ámbito del perfeccionamiento individual. Esta posición la sostendrá durante toda su trayectoria intelectual, y es básica para entender la razón de su dedicación al estudio de la personalidad, estudios que pertenecen, como lo hemos anotado, a una época que hemos denominado la época dura:

«El progreso es, pues, el levantamiento general de la humanidad, pero no la igualdad de los individuos: esto último es contra el orden de las leyes».

Perdido, en disimulado rincón de su dialéctica, se encuentra un concepto que expondrá magistralmente en sus obras subsiguientes: la perfectibilidad humana y su ascenso en los distintos grados de la conciencia; esta tesis la expondrá en Mi Simón Bolívar. Por otra parte hay otra tesis de tipo sociológico que madurará durante mucho tiempo y es el tema de la Latencia. Es un tema en apariencia insignificante, y su significado es el de que los individuos, en grupos asociados, tienen anhelos que subyacen y fermentan por mucho tiempo, antes de surgir a la superficie y ser captados por los que Fernando denominó hombres representativos. Esos anhelos son necesidad expresada y no son función del hombre representativo, quien sólo se limita a personificarlos y a ejecutarlos. Esta posición intelectual, que denominaremos «la biología de la historia», la expondrá muy elocuentemente en su obra Santander.

Debemos explicar nuestro punto de vista para catalogar Una tesis en la época poética de nuestro viajero. No queremos dejar la impresión de que emitimos un concepto peyorativo al respecto, sino que consideramos los postulados y las conclusiones muy avanzados y futuristas para la época en la cual presentó y sostuvo dicha tesis. En efecto, en el penúltimo capítulo, Fernando anotó:

«Previas estas explicaciones, se entenderá fácilmente el sentido en que soy partidario de la Escuela Liberal

La necesidad de gobierno es proporcional al grado de civilización. El pueblo en donde menos necesidad haya de gobernar será el más civilizado. La máxima, dejad hacer, dejad pasar los acontecimientos, dejad obrar las leyes de la naturaleza, es el ideal al cual tienden las sociedades. El anarquismo, que es la supresión de todo gobierno, es un ideal hermoso, pero muy lejano aún de nuestra época. El anarquismo tiene una base científica, y no es otra cosa que los principios de la escuela liberal llevados a la exageración. Podemos afirmar que la intervención del gobierno en el movimiento de la vida social de hoy, debe ser lo más débil posible. Y el representante del pueblo no es el privilegiado que conversa con los dioses, y que tiene secretos poderosísimos para hacer venir la desgracia o la felicidad a los hombres; hoy los gobernantes son hombres como todos, sujetos a engaños y generalmente representantes de las pasiones más exageradas. Las sociedades han salido ya de la menor edad; son capaces de ejercer muchas de las funciones que antes tenía el representante divino. Eso de querer intervenir los representantes en todos los fenómenos sociales es una pretensión descaminada. Las leyes naturales rigen la vida actual y las leyes humanas no son otra cosa que obstáculos, cuando van en oposición con aquéllas, como sucede generalmente. El papel del Estado debe reducirse a la administración de justicia y a la conservación del orden interior y exterior; y puede afirmarse que vendrá un tiempo en que esto no sea necesario, en que sea una realidad la anarquía».

A esta tesis poética de la forma de gobierno agregó una tesis, más poética aún, sobre la gratuidad de la materia prima en el orden industrial.

Pero si analizamos su posición intelectual, en 1919, cuando Fernando se encontraba en un alborozo vitalista, absorto ante un universo que él mismo quería analizar, con esfuerzo propio, y ante una armonía natural en los acaeceres, nos parece lógico, desde su punto de vista, pronosticar una elevación de la conciencia humana, hasta el punto de no necesitar sino las formas más tenues y suaves de gobierno.

La síntesis de Una tesis la expresa así:

«En la materia amorfa de que se formaron todos los mundos estaba latente el devenir de la tierra; en el primer movimiento estaban encerrados todos los movimientos sucesivos. ¡Ridícula pretensión creer que el más infeliz ciudadano puede cambiar los destinos humanos! ¡Y aún esa ridícula pretensión estaba en la materia amorfa! La misma armonía que reina en el movimiento de los cuerpos celestes, reina en los fenómenos económicos. […] A los que digan que la escuela liberal es una antigüedad, les contestaré que los principios más modernos de la filosofía, la protegen; que el Socialismo de Estado, tan en auge ahora, no es sino una mistificación alemana, una forma de militarismo, una consecuencia de los grandes gastos que han hecho los estados europeos para sostener los armamentos. La prueba de ello está en que sólo los pensadores oficiales de Alemania han sido los propagadores del Socialismo de Estado».

Entre 1919 y 1964, fecha de la desaparición del pensador, el Socialismo de Estado se ha expandido sobre la tierra. Decíamos al analizar, panorámicamente, la obra de Fernando, que su mensaje es un llamamiento al individualismo, y un llamamiento al estudio del hombre por el hombre, porque media humanidad está esclavizada y denigrada en su dignidad. Pensamos que fue profético porque la crisis actual no es otra que el enfrentarse de esas dos tendencias, analizadas en su Tesis. Cuando se lee la obra del pensador Erich Kahler, Historia Universal del Hombre, y se contempla lo que advendrá si no se estudia y se pone en práctica lo que hay de humano en el hombre, vemos que tal vez nuestro viajero tuvo intuiciones, pese a que su tesis provocó en esta parroquia escándalo, y estuvo a punto de ser rechazada.

— o o o —

En la etapa Viaje a pie se inician los viajes de Fernando por el mundo exterior, los cuales no constituyen fugas de sí mismo o búsqueda para que le absuelvan los interrogantes que lo acosan; o consuelo para sus angustias. El viajero permanece alerta, medita, y también saca provecho de los incidentes del camino. Inicia su viaje advirtiendo al lector, para que no se pierda en sus divagaciones, y encuentre un hilo conductor:

«En cada época de su vida el individuo tiene tres o cuatro ideas y sentimientos que constituyen su clima espiritual. De ellos, de esos tres o cuatro sentimientos e ideas, provienen sus obras durante esa época».

El meditativo viajero se define como aficionado a la filosofía:

«Nos llamamos filósofos aficionados para no comprometernos demasiado y porque ese nombre es mucho para cualquiera. […] Todos nuestros colegas, desde antes de Thales, han sido modestos».

La temática del viaje, o mejor, su clima interior, nos parece que tenga tres sentimientos o ideas fundamentales: un canto a la Vida; normas para aprovechar ese don gratuito de infinito valor, y acrecentar o conservar la vitalidad, y, en tercer lugar, la inevitable meditación sobre la Instrospección.

Su primera preocupación es dar la primera lección:

«A los colombianos, a este pobre pueblo sacerdotal, lo enloquece y lo mata el desnudo, pues nada que se quiera tanto como aquello que se teme. El clero ha pastoreado estos almácigos de zambos y patizambos y ha creado cuerpos horribles, hipócritas. […] En Colombia, desde 1886 no se sabe qué sea alegría fisiológica; se ignora qué es euritmia, qué es eigeia».

La vida, para este poeta, es neutral y sólo el hombre la clasifica, de acuerdo con su estado anímico; no se aparta de su mente la juventud de Grecia, e invita a retornar al más agradable episodio de la historia humana. Y entona su primer canto:

«Aquí nos tienes, vida, diosa de los ojos maliciosos, tranquilos, sentados sobre esta dura piedra, seguros de tu amor; los celos no desbaratan nuestros corazones. Tú eres la infiel entre las infieles, a pesar de que no retrocedes ni abandonas al amante. Aquí nos tienes, sentados sobre la dura piedra, oliendo la grama olorosa a inocencia, llena de vitalidad, esperando tus dones».

«En el “Alto de las Alegrías”, bajo los yarumos blancos, cuando el sol descendía al Pacífico sin afanes, y cuando la tierra estaba tibia como virgen casta, y el viento hacía temblar las yerbas sensualmente y nos traía olores de todos los montes lejanos, nos acariciamos nuestras futuras barbas; echados allí en decúbito supino, y luego abdominal, y luego lateral, como el animal perfecto, sobre la tierra, para establecer el contacto con ella, que es todo lo real, que es nuestra madre y será nuestro sepulcro, cuna de nuestras transformaciones, nos acariciamos las barbas y filosofamos…

[…]

Filosofemos aquí, en donde hay yarumos blancos. Aquí hemos sentido, hemos vivido la verdad de que el hombre se ama a sí mismo con amor tan grande como es su vida; que todo ser vivo es egoísta en cuanto vivo, o sea, que el amor propio ocupa igual espacio que la vida. Esta es inseparable e inconcebible sin aquél.

[…]

La vida es fanatismo; es medir con la medida del que mide; nuestra propia vida nos sirve de vara.

Ganar el cielo, ganar dinero, ganar placer de los sentidos o de las tendencias psíquicas: eso es lo que buscamos en el altruismo o en el egoísmo. El asesino goza destruyendo, y el compasivo tiene su goce allí; cada ser es lógico, produce los frutos a que está destinada su savia, o mejor, cada ser es desarrollo en el espacio y en el tiempo de una unidad determinada, única y eterna. Lo que ha sucedido y lo que sucederá estaba latente en el primer instante de la vida. No hay pasado, ni presente, ni futuro. Al exponer esta grande idea de la unidad, cesa la antítesis entre el bien y el mal. Los adjetivos tienen su origen en nuestra limitación.

La vida es una unidad; si aislamos un hecho psíquico, lo desnaturalizamos; la vida no es fragmentaria. Nos parece fragmentaria porque la conciencia es apenas el retrato de una partícula de ella, la más saliente, pero no la principal de nuestro vivir, de nuestro devenir. ¿Hemos experimentado esta emoción? Sí; pero ella es la cresta de una de las olas del mar interior. En éste, todo es uno, no se puede concebir una parte sin el todo.

Vivimos buscando el goce. La quintaesencia de la vida es moverse en busca del placer propio a cada uno. La vida puede definirse así: movimiento en busca del placer. Es movimiento en busca de lo que nos hace falta; es la tendencia de lo imperfecto hacia lo perfecto.

Aquí llegamos a tener una vislumbre de Dios. Por cualquier punto por donde comencemos a filosofar se llega a donde se perciben luces de una unidad que alumbra como lejano sol; emanaciones de la unidad perfecta».

Y este místico-filósofo también encontró ligaciones de unidad en los dominios de la energía, inseparable de la vida:

«¡Qué estúpidos e insinceros estos enormes libros, casi siempre en latín, que tratan de la vida, de la esencia de las cosas y que no citan el amor! ¿Estos filósofos serios no sabían que la más pura elación espiritual es amor, ya sea religiosa, artística? Se ha creído que el amor es únicamente el amor sexual; pero en verdad esa es la materia bruta de todo lo hermoso y grande.

¡Cuán bella es la vida para el metafísico! Es él quien percibe lo que hay debajo de los fenómenos; el que adivina el hilo madre que sirve de eje para la tela efímera del devenir.

[…]

Toda nuestra actividad, y más aún, los mundos todos, son el surgir de la esencia; es Afrodita quien está en todas las burbujas del mar de la existencia, y es ella quien las forma. La energía, ella, Afrodita, es lo que palpita en las superficies y se manifiesta. Y el amor tiende siempre porque nunca se realiza completamente en los fenómenos. El palpitar de tu corazón, querida lectora, es un símbolo del palpitar infinito de la esencia que hemos percibido en estas noches estrelladas en medio de esta nieve. Para el hombre culto los conceptos se van unificando, hasta llegar al todo inespacial que es el amor, la esencia de todas las formas. ¿Qué otra cosa sino esto sostenía en mil novecientos cinco el padre Quirós cuando paladeaba la hermosa tesis de que los seres se componen de materia prima y forma sustancial? ¿Qué puede ser esa materia prima sino la misma que amontonó las burbujas coloreadas en el mar de Chipre y se convirtió en Afrodita?

[…]

¡Qué triste, cuando antes de emerger en la forma fuimos la posibilidad infinita, el amor! Porque somos esa esencia odiamos el límite formal; porque somos la esencia existe en nosotros el deseo de tener todas las facultades de los seres reales y posibles. Pero el hombre culto respeta su límite, acepta la suprema necesidad de la forma.

[…]

Pues las filosofías forman parte del fenómeno vital y son variables también: son manifestaciones del hombre por la variación relativa de su forma, ya de unos a otros, ya de la juventud a la vejez. Y todas son verdaderas, así como lo son las diferentes maneras de caminar en los animales, dadas sus estructuras. […] Y nosotros somos metafísicos y poetas, enamorados de ti, Julia; afirmamos que sobre la esencia, amor, se representa el fenómeno vida. Consideramos a ésta como una representación perpetua y creemos que somos actores del gran drama».

Este hermoso paganismo, de intensa poesía, y maravillosa síntesis, se transformará con los años a medida que nuestro viajero se sosiegue, y encontrará una manifestación de la energía unificadora en campos insospechados, como lo verá el lector. Conservará algunos fragmentos de su dialéctica para elaborar su obra Libro de los viajes o de las presencias.

Pero en el maravilloso discurrir, en presencia de los más imponentes paisajes de su tierra, meditó no sólo en la vida; no sólo en el impulso que subyace, y que se complació en denominarlo Afrodita, diosa del amor; meditó sobre esa parte de nosotros que nos hace vibrar ante la vida. Al confrontar el hombre, ante esa majestad, tuvo nuestro viajero el primer dolor en aquellas apasionantes aventuras, encontró que el hombre era triste:

«En el universo, sólo en el hombre se encuentra la irregularidad y la tristeza de estar perdido, de la contradicción de sus múltiples deseos. ¡La irregularidad! Todos los otros seres cumplen su destino dentro de la regla inmutable y están contentos; de todo el universo, menos del hombre, sale una armonía que es como canto de alabanza a la suprema energía o suprema ley que se llama Dios.

Esta observación nos ha llevado a colocar la causa de la tristeza humana en la irregularidad del vivir del hombre; y es irregular porque el hombre de hoy es apenas un ensayo, complicado como todo lo que es ensayo.

Los datos del problema son estos: todo es alegre y en el hombre hay tristeza; todo vive según medida y normas, menos el hombre, que es irregular y desmedido. Debe haber una relación de causa a efecto entre estos factores.

De esta inconformidad humana nació el misticismo, que consiste en colocar nuestros destinos en otra existencia que vendrá después de la muerte. Dicen los místicos: “El hombre está triste porque la tierra no es su patria, porque aquí está desterrado, porque aquí no es su medio ambiente”.

[…]

De aquí el concepto de Job: “Guerra es la vida del hombre sobre la tierra”; y de aquí el método místico de contradecir el cuerpo y de hipertrofiar una sola idea y un solo deseo: la idea y el deseo de Dios.

Nuestra hipótesis para explicar la tristeza del hombre es que somos un ser nuevo en el universo; y como ser nuevo, imperfecto y complicadísimo en su funcionamiento, como el primer telar que se inventó. ¡Cómo se enredaban y se contradecían las múltiples partes de ese primer telar!

Somos un ser nuevo. Esta extraña modalidad de la materia que llamamos espíritu aún no ha aprendido a vivir, a obrar; desea contradicciones; no sabe de dónde viene ni para dónde va y se admira al ver que posee ese don raro de volver sobre sí misma».

Peregrina y sugestiva tesis, muy explicable en la tonalidad de espíritu del místico-filósofo, en pleno éxtasis ante la vida y sus infinitas posibilidades: y nos preguntamos: si fue posible el milagro del hombre, ansioso, perdido y contradictorio, ¿no será posible que el hombre crezca, tanto en sabiduría como en conciencia, hasta hacerse digno de poseer juicio y de unirse al canto de los seres? Nuestro viajero ya columbró la posibilidad de esta evolución al meditar sobre la colosal figura de Mahatma Gandhi y ante su ídolo: Mi Simón Bolívar. Esta tesis la desarrollará en la próxima etapa de su viaje.

Para crecer nos da algunas normas. Para dar normas nuestro viajero hace otra síntesis sobre los impulsos del hombre. Son tres: el amor, el hambre y el miedo:

«En el espacio de tierra que rodeaba a un hombre y a una mujer unidos por el instinto de la procreación —esencia rudimentaria del amor—, en ese espacio de donde cogían con qué saciar sus hambres, estaba el origen de las naciones en que está dividido el mundo.

El amor unía bajo un mismo techo a un hombre y a una mujer, y el amor y el hambre unían bajo un mismo cielo a las familias próximas por la sangre y por la configuración de la tierra. El hambre impulsaba a unos grupos a robar a los otros. Así, porque el hombre es amante y hambriento, apareció la familia y la nación; apareció la organización política y todos los derechos. El hombre, al legislar, quiso amparar sus riquezas y defender su amor.

La formación de un pueblo, su desarrollo, sus depredaciones y desenvolvimiento de su religión pueden contemplarse detalladamente en los libros santos del pueblo judío. A impulsos del hambre y del amor se formó la familia de Abraham; el hambre los llevó a Egipto y de allí los sacó y les hizo recorrer la tierra en una carrera centenaria de robos y asesinatos. En este pueblo, el más hambriento, el pueblo de la banca, del anatocismo, aparecen hipertrofiados los tres móviles de la acción humana. La religión, el miedo a las fuerzas ocultas, el miedo a la muerte, aparece allí desde la forma bárbara del Dios escondido que hablaba a Moisés en la zarza ardiente, desde el Jehová terrible que los protegía del enemigo y les regalaba la tierra con la orden terminante de arrasarla, de no dejar ancianos, ni mujeres, ni siquiera animales, hasta la forma superior de Jesucristo. Era tanto el horror de los judíos por la muerte, era tan parecido al nuestro, que la última etapa de su religión fue la resurrección hasta de la carne. Mientras fue un pueblo joven estuvo bajo las garras del hambre, y su dios, Jehová, fue el protector de sus riquezas y el sustentador de ellas; cuando fue un pueblo viejo, bajo las garras del miedo a la muerte, Jehová se transformó en el dulce dios que promete la resurrección y la felicidad eternas.

[…]

Y por eso, porque fuimos el animal más desamparado, porque fuimos el animal que más hambres y terrores padeció, hemos llegado a ser los reyes de la tierra, pues para la grandeza se necesita una grande escuela de sufrimiento. Es una observación común que los pueblos grandes se desarrollaron en donde la tierra era estéril, en los peñascos en donde se refugiaban los aventureros de los cuatro puntos cardinales, en donde imperaba el hambre y el terror. Un puñado de asesinos hambrientos fueron los que se ampararon en la roca Tarpeya y fundaron a Roma; otro puñado de aventureros se estableció en la roca de la Acrópolis, y allí, en esa tierra “en donde el aire es más sonoro que en parte alguna”, en esa tierra estéril que sólo produce cosas bellas, mármol pentélico, olivares, viñedos, apareció la ciudad “coronada de violetas”, la ciudad de Palas Atenea, cuya estatua cayó de los cielos, y allí inventó Triptolemo la agricultura. En esa roca apareció la flor más exquisita de la humanidad. Y la causa fue el hambre.

[…]

Indudablemente el hijo del homínido que por primera vez sonrió, o que por primera vez cogió un pedazo de sílex y formó un hacha, debió ser uno de los más hambrientos de aquella oscura época. Para sonreír por primera vez es preciso que haya sentido mucha hambre; que haya cazado, después de una gran brega, un antílope y que, ya satisfecho, haya mirado hacia el poniente y sonreído al sol que moría».

Tal vez quien redacta estos apuntes sobre la trayectoria del maestro tenga razón en catalogar esta etapa en la época poética de nuestro místico. Pero como es un maestro, nos da su segunda lección. Tiene un tinte nietzscheano, pero que sepamos Nietzsche no lo acompañó en persona en estos viajes por el trópico. Al terminar su síntesis miró el paisaje humano y le produjo gran tristeza. Nos describió como angustiados, ansiosos, dispersos, lúbricos, locuaces, apresurados y obesos.

«El Diablo, el cura, el bachiller, el míster, el arriero y el mendigo. Ahí está nuestro país. […] Pero la gran tristeza es nuestra Colombia de hoy, que ya no tiene energía siquiera para producir revolucionarios. Vivimos en una paz cadavérica. México tiene energías inciviles, pero al fin energías. En nuestra patria todo, hasta la energía vital, se la roban los santones gordos y avarientos que emiten treinta mil votos y que moran a orillas del río Aburrá; tienen agarrado el reino de los cielos, y para que éste no se escape de allí han establecido la endogamia. Su oración vespertina es: “Únicamente en Medellín se puede criar familia”».

Estas características suramericanas las tratará muy a fondo en una etapa próxima: Los negroides. Mientras tanto formula las virtudes contrarias a nuestros vicios. Tal vez aquel otro caballero andante, quien recorriera las estériles llanuras de La Mancha, encontró algo muy parecido. Y va un canto a la alegría:

«¡Mejor que todo es la inervación! ¡Nada como la regularidad térmica del organismo! ¡Cuán horrible es la esclavitud! ¡La esclavitud del alma por los deseos es de temer como la muerte! ¡Peor que la muerte eres tú, apresuramiento!».

«La fuerza nerviosa es una cantidad determinada en cada uno y hay que gastarla con método. Educar la voluntad no es otra cosa que crear llaves de contención para los nervios; es un problema igual al aprovisionamiento de agua para una ciudad».

«El principio básico del hombre culto es no dejarse arrastrar por lo bueno que está fuera de su camino. La educación es centrífuga; se adopta un principio o una ciencia como núcleo alrededor del cual se va dilatando el conocimiento y la vida en círculos concéntricos».

Y el místico entona el último canto a la Castidad:

«¡Mejor que el calor del sol en la mañana eres tú, Castidad!

Porque las glándulas seminales son el origen de la vida.

Y la vida es deseo. La castidad hace crecer el deseo y el corazón rebosa de alegría.

¡Te amamos, castidad de ojos provocadores, porque el amor es bueno cuando tú presides!

Somos castos y por eso el aire, y el cielo, y el agua, y el olfato, y el gusto, y el tacto, y el oído, son acariciadores para nosotros.

¡Somos castos para poder amar! ¡Esta es la verdad! ¡Una verdad nuestra…!

Somos castos, Julia, porque así tus curvas son hasta tortura para nuestros cinco sentidos.

Así, tu olor de mujer es espolazo.

Castos, porque así la mañana es deseable como virgen desposada y el atardecer como mujer madura y triste.

¿Quién dijo que hay placer en el dolor? Sólo un gran casto puede gozar cuando se raja su carne. ¡Cuán bueno es el dolor de las heridas cuando las células están tonificadas por las glándulas seminales!

¡Todo viene de ellas! El amor a todo, dinero, amigos, patria, gloria y hembras…

Somos el joven casto porque queremos amar todo lo que existe en nuestra madre la tierra.

Castidad es paladearlo todo, acariciarlo todo sabiamente, y no dilapidar.

Somos el joven que no se deja poseer por nada, para no yacer como saco vacío.

Para estar siempre activos y ser siempre amantes».

Y como lo habíamos anunciado a nuestro lector, nuestro viajero siempre termina en Introspección, por paganos y por sensuales que nos puedan parecer estos cantos. Una cara de la medalla es la del poeta vitalista y la otra es la del místico atormentado, la del jesuita:

«En esta tierra de los yarumos blancos, en este “Alto de las Alegrías”, hemos pensado que al alejarnos del estrecho valle del Aburrá nos hemos vuelto trascendentales; el hombre gordo de Medellín, acariciándose la esfera llena de raíces y tubérculos, dirá que nos hemos vuelto materialistas.

No; hemos querido hacernos a un acopio de principios que sea nuestro bagaje por el camino de la vida; queremos adoptar una posición vertebrada ante el terror de la muerte. ¡Pero no lo conseguiremos! Hay indicios de que algo supremo, la armonía suprema, nos llama más allá de la tierra. Aquel pobre diablo agradable que se llamó Montaigne murió de rodillas y arrepentido, después de haber vivido bregando por reírse, a causa de estos leves indicios…».

Y el místico-poeta nos regala con lo que él mismo denominó su mejor canto:

«Jesús es el camino; Jesús que triunfó de lo fenoménico.

¿Quién otro ha vencido a la muerte? Esos pobres campesinos de Galilea no pudieron inventar la resurrección de Jesús y sus conversaciones de resucitado.

¿Cuándo será que arrojemos de la conciencia la idea nítida de que somos el cuerpo y la pasión, la memoria y el pensamiento? ¿Cuándo será que pasemos a otro plano de conciencia en que percibamos el ego como una entidad? Hoy nos parece imposible; somos mucha carne y osamenta; el cerebro es una proporción ínfima…

Nuestro plano de conciencia es aún muy inferior.

[…]

¿Quién superior a Jesús? Vivió como eterno; fue quien consideró la forma corporal como accidente, fue el Superador».

Este ego, como entidad, lo desarrollará en una de sus últimas etapas, y formulará su tesis sobre Jesucristo como El Camino, La Verdad y la Vida. Con ello se completará el círculo.

— o o o —

El libro titulado Don Mirócletes tiene la siguiente dedicatoria: «A las ceibas de la plaza de Envigado».

Sospechamos el significado íntimo de esta dedicatoria: el místico vitalista las cantó con unción casi panteísta; la silenciosa majestad de sus árboles, bajo cuya sombra hospitalaria y acogedora meditó tantas cosas sobre la pequeñez del hombre, lo impulsó a cantar la grandeza de estos gigantes.

En Don Mirócletes inició sus estudios sobre La Personalidad. Este libro lo consideró él mismo como uno de los mejor logrados en su analítica psicológica. Demostró en esta obra su capacidad de análisis. Fiel a su propósito de autenticidad y de verdad, no forjó personajes fantásticos, sino que tomó de la realidad viviente los prototipos por él analizados: don Mirócletes, Abraham Urquijo, el doctor Rincón, el padre Henao, etc., fueron personajes históricos y contemporáneos de nuestro viajero. El personaje Manuel Fernández, quien sirve de contraste y casi podríamos decir de antítesis, es el mismo viajero, en trance de introspección y de objetivación.

«La creación artística es, en consecuencia, la realización de personajes que están latentes en el autor. Nadie puede crear un criminal, un avaro, un santo, un idiota, un celoso, sin que los lleve por dentro. […] La creación de un personaje se efectúa con elementos que están en el autor, reprimidos unos, latentes, más o menos manifestados, otros».

«También en San Francisco estaban Pedro Bernardoni, el lobo y los ladrones. Por eso era tan humilde. En el más santo está el asesino, y ¿qué no habrá en mí? […] ¡Ojalá que algún día me dé a crear al santo que está dormido en mí, y entonces…».

Reiteradamente nos anuncia el santo: el padre Elías. Verdaderamente, ¡nuestro viajero es escritor coherente!

Y empieza su primer libro de la época dura en los siguientes términos:

«Trataré de la personalidad. Trataré duramente, porque yo quiero ser hombre duro y que mi Colombia lo sea. Lo dulce, la literatura, es de mujeres. Quiero ser duro, porque en realidad soy blando. Odio la literatura, porque en realidad soy poeta alcohólico e inconexo; yo nací con dientes y mordí a mi madre, que murió por eso. Colombia es dulzona, rábula, poetisa, alcohólica, nació con dientes y mordió al hombre duro, a su padre don Simón Bolívar».

Veamos su definición de personalidad:

«La personalidad es el conjunto de modos propios de manifestarse el individuo. Aquello que se manifiesta se llama individualidad. […] La individualidad es lo que se manifiesta: es igual en todos, pero más o menos dormida a causa de embolias psíquicas, como, por ejemplo, la herencia alcohólica. […] Este concepto de embolias anímicas es creado por mí, y es esencial. […] Eso que llaman algunos garabato, gancho, y que los yanquis llaman it, es la personalidad. Desde tiempos remotos, desde que el hombre existe, la ciencia ha querido robar a la naturaleza el secreto de la personalidad. Los yanquis escriben y escriben acerca de ello. Hasta el zapatero más desgraciado se cree con derecho».

Veamos la metodología de Fernando narrada por él mismo:

«Pero me comprenderéis mejor contando el modo como he llegado a estas vislumbres de la vitalidad y describiéndolas una a una. El modo ha sido vagando por las calles, observando a mis amigos y parientes, asistiendo a tumultos, sermones, ejercicios espirituales, mesas eleccionarias, teatros. He sido socrático y nada le debo a libros, que son imágenes apenas de la vida. ¿Cómo abandonarla por su imagen? Un retrato de río o de mujer puede ser bello únicamente en cuanto captó algo de la vitalidad de la fuente. Es necesario ver ríos y mujeres, los modelos; asistir a la vida y no leer novelas; viajar en vez de leer. […] Durante muchos meses efectué metódicamente mis observaciones, pues a un sabio de anteojos le oí que uno no debía concluir apresuradamente, por respeto a sí mismo. Yo he concluido después de experimentar mucho. Pero lástima que mi laboratorio haya consistido en pararme en un pie en el puente de Junín de la ciudad del Aburrá, a ver y oír. Lástima que la pobreza me haya impedido examinar todos los departamentos de Colombia y todas las naciones de América; pararme en sus puentes y plazas, asistir a los sermones y seguir a las mujeres. Allá en el puente que os dije, me paré durante varios años atisbando el alma mulata, esperando a que pasara alguno interesante para dejármele ir detrás y estudiarle su habituación: caminado, escupida y mirada; manera de hablar y modos de fumar y beber».

«Allí nació Manuel, en 1895, a las tres de la mañana, con dientes, o sea el filósofo de Suramérica y de la personalidad».

Fernando, maliciosamente, para acentuar su tesis, describe, primero, la atormentada personalidad de Manuel Fernández (F. G.) como el prototipo de una compleja modalidad psíquica, en la cual, lo que él denomina las embolias psíquicas, destruyen el equilibrio íntimo, y le sustraen posibilidades de realización. Considera que la embolias psíquicas son un descubrimiento propio, pero parece pasar por alto, en la descripción del caso clínico que analiza, que semejantes estados anímicos los trató Segismundo Freud con abundancia de ejemplos y de casos. Manuel, su personaje, es víctima de dos tipos de embolia psíquica, o mejor, de dos tipos de complejos freudianos: el complejo de inferioridad y el complejo de Edipo. El primero es obvio, el segundo se trasluce, pues, al analizar el alma de don Mirócletes y de Abraham Urquijo, se trasluce cierto odio, parte integrante del proceso descrito por el psicólogo de Viena:

«Así, pues, de mi madre heredé la convicción celular de que soy yo, de que nada debe resistirme, de que soy el mejor de los hombres. Pero viene la tragedia. De don Mirócletes no heredé su brillante personalidad, sino el principio de degeneración de su familia, que en él actuaba en debilidad por mujeres y por el alcohol. Y, como mi padre era un gran voluntarioso, su debilidad impresionó grandemente cada una de sus células, y yo nací sin unidad psicológica. Con una gran potencia volitiva y con un convencimiento subconsciente de mi impotencia. […] Un día me invitaron a una fiesta en mi honor. Me fui con mi hermano. Lo dejaron pasar a él, y a mí me atajó el portero. Otros días, al salir del cinematógrafo, mujeres y hombres quieren entregárseme. Se me quiere entregar la fortuna y la filosofía. Yo me parezco a ratos a Abrahán, un Abrahán literato y filósofo, con el vientre prognata hacia el futuro, y otras veces soy el pobre don Mirócletes y siento sobresaltos a la vista de la más fea de las sirvientas. Es una embolia. Estoy persuadido entonces de que nada se me entrega, ni la idea más común, ni la cocinera o ramera más fea. Y así sucede, y yo creo que es porque leen en mi cara la depravación, el sentimiento de la depravación. […] El hombre sano es unidad psíquica».

«Pero después todo se va alejando; y entonces, las mujeres bellas a quienes desprecié durante mi grandeza, porque durante mi grandeza soy casto y duro como una definición bien hecha, huyen de mí y yo las busco. Y apenas éstas me desprecian, busco a las sirvientas del hotel y huyen horrorizadas; y bajo hasta las putas, y me tratan con apresuramientos. Y entonces me hundo en la suciedad, y apenas estoy ahíto y herido me voy al cinematógrafo, y al ver una cara enérgica, una bailarina que baile con el alma en las piernas como alas, alcanzo a ver allá en el cielo a mi espíritu lejano y solemne y siento lo bello de la vida, y lloro, y se iluminan mis ojos, y doy conferencias acerca de las cosas que yo voy a hacer y a ser, y se renueva el ciclo… ¡Cuán bella y cuán fea es la vida!».

Y ese «espíritu lejano y solemne» no es otro que su ídolo, Mi Simón Bolívar; y otro, enérgico, «sombrerón», Mi Compadre. Pero antes de emprender esos viajes a lejanas tierras, aprovechó los prototipos que le son cercanos, para analizar en ellos a aquello que lo apasiona y de que carece: la personalidad con unidad psíquica. Como buen artista hace ejercicios gimnásticos, tanto en el análisis, como en la descripción, porque tiene en mentes el estudio de muchos enérgicos.

Afronta a Don Mirócletes:

«¿Quién diría, al verle esa imponencia, ese señorío en llevar su carne abundosa y alcohólica, que aprendió abogacía en la cárcel? Pequeño. Un metro con cincuenta. Grueso y sin cuello. La cara pegada a los hombros; caía sobre el pecho en varias secciones la papada o gordo de la barba, de modo que no había barba, sino una cara aplastada que ocupaba desde las mamilas hasta el sombrero de copa. El vientre, el pecho y la papada eran tiesos, y así, la cara era temblorosa de autoridad, dirigida siempre al frente, al horizonte. Para voltearse tenía que hacerlo con todo el cuerpo; para mirar abajo, agachar todo el cuerpo. No se distinguía cabeza, y esa cara ancha, grande, temblaba de autoridad, de persuasión, y las gafas solemnizaban unos ojos doctorales y enfáticos, pequeños y buscones. Todo ese cuerpo era autoridad, todo él era persuasión de ganar el pleito. […] Y lo despachaban primero, le abrían campo. Era una Universidad. ¡Oh, supremo poder de la sinergia orgánica! ¡Oh, supremo imperio de las armonías glandulares! ¿Quién manda? ¿Quién es el gobernador? El que nace para ello. ¿Por qué eligen al que no lo es? ¿Por qué los pueblos no confirman los nombramientos que hizo la naturaleza? Esos son los errores humanos. A don Mirócletes lo parieron autoritario y confiado en sí mismo. Lo conocí rico, difamado por todos y buscado por todos. Le cedían la acera, como a los obispos, y le denigraban; decían que era ladrón, y le buscaban después; decían que era asesino, y le llamaban doctor y bajaban los ojos en su presencia. Algo de la divinidad había en este señor, y los hombres hablan siempre mal de seres superiores. Su despacho de abogado era la casa de la alegría. Llegaba el hombre perseguido, el quebrado fraudulento o no, y allí oían la voz gruesa y bella del mago: “No haya cuidado; no perderá usted ni un centavo”. Pagaban la mitad al contado, firmaban un pagaré por el resto y salían felices, y dormían y comían como en los días buenos. Todo el que se entregaba a don Mirócletes se sentía seguro; era un dispensador de confianza en sí mismo».

«Así es como reinaba, sol generoso y magnánimo, dispensador de salud radiante y de silencio discreto para las debilidades humanas».

«¿Puede un ser poderoso, o mejor aún, puede un ser humano no tener un lado sin linderos con Dios…, con el alma indefinida?».

La unidad psíquica de don Mirócletes, cuya finalidad era la de acumular fortuna, en los turbios negocios judiciales, con una decisión inquebrantable, y como única razón de ser, tenía su lado blando, y abrazando a su hijo le suplicaba que rezara él, para que le fueran perdonadas sus culpas:

«Obtenme el perdón de mis vicios y de mis latrocinios, que lo hecho es porque no puedo contenerme, y por amor a ti, y a tu madre y hermana, por amor a las cosas bellas: piedras, casas amplias, haciendas, amor, autoridad, grandeza…».

En este análisis no olvidemos la frase: «… que lo hecho es porque no puedo contenerme»; como lo veremos, no fue escrita en vano por nuestro viajero, Fernando.

Fernando afrontó a Abrahán Urquijo:

«Da la impresión de que es el culminar fisiológico. Lo más imponente es el chaleco, vistoso, florecido, con una cadena de reloj que subraya su ombligo propincuo. En su dedo anular derecho luce una piedra amatista, barrigona también».

«Abrahán da treinta pesos a un funcionario y le hace firmar tres letras de cambio por treinta pesos cada una, a diez, veinte y treinta días fecha. Un peso con cincuenta centavos por cada diez días de mora. Eso es como el doscientos por ciento mensual. Ahí está la prueba de que no somos judíos, sino que los judíos son antioqueños degenerados. […] ¡Todo es lógico! Pues Abrahán ejecuta a sus deudores y los aprieta. Ningún arreglo, nada; que se demore el juicio; mejor que haya demora; más intereses».

«Vi a Abrahán Urquijo de perfil, con la nariz contraída. Me dio la impresión del desesperado en pos del dinero. Tiene una gran ansia. Es un principiante el que le da importancia a los deseos terrenos, oro, fama, etc. La vida del más rico y del más influyente en los destinos de un pueblo es apenas una línea en una historia de la humanidad en veinte tomos».

«Una cosa que admiro en Abrahán es que no se enoja. Dizque le dicen hijo de puta los empleados a quienes ejecuta, furiosos, y él tararea un aire…».

«Anteayer fui al embargo y depósito de una casa. Se encontró que ya es de propiedad de Abrahán. Dizque tiene como setenta propiedades compradas en estos días. […] Abrahán va y dice al deudor amenazado: “Su casa vale apenas lo que debe, y esto quién sabe. Tome diez pesos y otórgueme escritura de venta. Yo pagaré la hipoteca y usted se librará de los pereques y gastos del juicio”».

Y estudia la familia de Abrahán:

«Primero que todo diré que Abrahán vive ya en una casa de La Playa, el barrio de los ricos, cerca del puente que hay en la carrera “El Palo”; que sus hijas son dos bellas entre las bellas, y sus hijos son hermosos; bellezas carnalmente abundosas. Cuando pasan por mi lado pienso que así debía oler el paraíso cuando Dios estaba haciendo las nalgas y el vientre de Eva. Ese día el mundo olía a carne, a mariscos. Esta familia es la florescencia de la carne. En ella hay un secreto fisiológico. ¿Cuales glándulas son ahí supranormales? ¿Cuáles producen esa belleza del cutis, esa frescura de los tejidos muscular, adiposo y conjuntivo? ¿De dónde ese florecer de nalgas y vientres? Porque esta familia es belleza fisiológica. Impresiona sólo la mente instintiva. Vienen a las narices, tacto y gusto, complejos de coito sano, parto fácil, defecar agradable, tranquilo, y abundante y clara orina…».

Abrahán Urquijo no es el hombrecito ciento por ciento malo. Tiene contactos con Dios:

«Abrahán entra diariamente a la iglesia. Dios es su acreedor. ¿Lo perdonará o lo tratará como él ha tratado a sus deudores morosos? No sé. Coexisten en Abrahán un ansia desesperada por riquezas y un gran tormento místico. Ayer, al sacar el pañuelo, se le cayó un rosario y lo recogió con solemnidad. Hay un lado noble en este barrigón. Por un lado está sin alinderar con el predio común que llamamos Dios, la fuente de la vida. ¡Pobre barrigón del chaleco, cómo sufres y gozas! Igual a mí. Deseo desprenderme de lo que no es mío, botar el lastre y no lo hago».

«Sueña en riquezas, en cosas bellas, en piedras bellas, en oro bello, en sus chalecos, sus bigotes, su importancia, y entra a la iglesia a ver a Dios. ¿Cuánto daría el lector por saber qué relaciones hay entre Dios y don Abrahán?».

«¡Hombre, Abrahán es atraído por Dios así como el girasol por Febo! Pero lo grave es no podernos meter en su interioridad y saber qué dice a Dios, qué experimenta en su presencia. ¡Debe ser un gran pánico! Dígame, ¿es amigo de los sacerdotes?».

«Pienso que en Abrahán encontraré a Dios. Dios es el drama humano que se representa todo en el más humilde».

«Observé que es patizambo. Desde las rodillas se separan las piernas, formando allí un ángulo agudo. Parece que no tuviera rótulas, pues las rodillas, al apoyarse en el suelo las piernas, se echan para atrás. De las rodillas hasta las nalgas, las piernas están muy juntas. Desde cincuenta metros antes de llegar a él, le vi la cadena del reloj y pensé: voy a fijarme muy bien para describirla. Pero, por atender al caminado, no observé bien. ¡Qué lastima!».

«Es patizambo, porque al vivir en lucha con la sociedad, en su negocio leonino con los funcionarios, sus complejos psíquicos de luchador y despreciador, le sacaron el busto, le echaron los hombros para atrás y le engordaron la espalda… En fin, yo veo la necesidad suprema, la unidad lógica de la vida, en la forma del cuerpo de Abrahán. Ese complejo de ideas y de emociones que es Abrahán tenía que emerger en un busto así, en un bigote así, en unas piernas así. ¡Qué bella es la vida! ¡Cuán bello es todo ser para el que lo va comprendiendo! ¡Todos somos perfectos! […] Le estoy agradecido a Dios porque creó los hombres y cosas para que yo me deleitara estudiándolos y para que lo conociera y amara a Él en ellos. […] ¿Por qué me decían cuando niño que el libro era lo más bello? Lo bello es la humanidad. Fernando González, matriculado en la Universidad de la creación. El séptimo día descansó y vio que su obra era bella. Para Dios es bella su obra. ¡Pero hay burros que reniegan de esta tierra tan esferoide, tan virginal y conmovida cuando el sol la acaricia, tan dormida y susurrante bajo el beso estelar».

«¡Oh, Dios mío!, ¿quién estará a tu derecha? ¿Abrahán o yo? Comencé el estudio de Abrahán hace veinte días, convencido de mi superioridad, y ya voy dudando».

«Estoy por creer ya que está convencido de su inocencia, y que, por consiguiente, es inocente. ¡Vean, pues! ¡No sé si Abrahán, que se lleva la mitad de los sueldos de los funcionarios de Antioquia, es inocente o culpable! ¿Por qué existen jueces, si no sabemos nada de la conciencia de los semejantes? ¿Qué le dice Abrahán a Jehová cuando entra en la Metropolitana a saludarlo?».

Fernando, después de escudriñar estos dos personajes históricos de su estudio, postula una tesis de gran significación: la responsabilidad humana. Don Mirócletes afirmaba que «no se podía contener». Y Abrahán Urquijo conversaba con Dios y tal vez lo ponía al tanto de una irresistible tendencia a la usura, por determinismo biológico; por la misma ley que gobierna el canto de las aves; por la misma ley que rige el colorido de las corolas y los perfumes; la misma ley que rige el comportamiento de la hiena y el chacal:

«Nada se une, ningún mensaje nos alcanza, que no sea por la ley de causalidad. Todo lo que se junta tendía a juntarse. Todo lo que sucede iba a suceder desde los comienzos de la apariencia».

Pero ni don Mirócletes, ni Abrahán poseían el fenómeno psíquico del remordimiento, ese bello sentimiento que floreció por primera vez, en la historia del corazón humano, en los tiempos de María Magdalena. Las lágrimas que rodaron sobre los pies del Nazareno cayeron sobre la tierra para redimir la raza de los hombres; ¡son las azucenas del alma!

Pero Fernando no olvida que su misión es la de ser portador de un mensaje y lo afirma:

«Yo soy un jesuita soltado por estos pueblos de Colombia para mejorar a mis conciudadanos. Pero está lejos de ese jesuita nuevo la palabra verdad; no existe, ni tampoco el error, en los hechos: todo es manifestación de Dios. ¡Existir! Ex, fuera; stare, estar; todo existe, o sea, todo es manifestación divina. El latín, el griego y los otros idiomas padres gustan mucho a los jesuitas, porque ayudan a digerir los vocablos, así como las especias la carne cruda».

En sus prédicas de Bello, «tierra de los místicos colombianos», clamó contra esa tendencia muy nuestra de vivir ensimismados, soñadores despiertos, y cuando mucho, en pseudointelectualismo de fachada. En su prédica de Salamina, nuestro místico viajero nos fulminó por la dedicación a lo que él denomina vicio solitario, aberración espiritual a tener estímulos fuera de la realidad, y compara esta aberrante sexología a nuestro comportamiento y vivir alejados de nuestras tremendas realidades, esperando que nos lluevan soluciones para nuestros más íntimos y urgentísimos interrogantes. En su prédica de Aguadas trató sobre «la novela de Job» y sostuvo una tesis profética sobre el apelativo, hoy lugar común, de pueblos subdesarrollados; como si las lacras y llagas que cubrían el cuerpo del personaje bíblico fuesen de una inexorabilidad inapelable. Es impropio de pueblos jóvenes, en la mejor de las tierras, asumir posturas de mendigos, y tender una temblorosa mano para recibir la moneda del transeúnte caritativo. Y en la prédica de Arazanzu pensó en lo híbridos que somos y clamó para que aplicáramos una eugenesia racional, al mezclar inteligentemente las sangres y los genes, y obtener el gran mulato:

«Pues este tipo del mulato desquiciado es el que puebla y gobierna hoy a Suramérica, señores aranzazus. Me preguntaréis: ¿es una promesa el mulato? Os contestaré que abandonados al cruce entre ellos, al acaso, sin inmigración, tienden al anonadamiento. Pero que efectuando el cruce de modo que presida la ciencia, inyectando sangre negra y blanca en dosis determinadas, indudablemente aparecerá la raza definitivamente humana, el gran mulato. Suramérica es el campo experimental de las razas».

Se fatigó de predicar. Tenía en mente otras personalidades: Benito Mussolini y Juan Vicente Gómez. Esto, antes de meditar y escribir sobre Los negroides.

— o o o —

En la etapa precedente, Fernando la dedicó a las ceibas majestuosas de su aldea envigadeña, y trabajó en el laboratorio de la ciudad del valle del Aburrá, en el estudio de los hombres y sus debilidades. Viajero sorpresivo, en esta etapa da un brinco de singular anchura y nos lleva a Roma, centro del universo. Sus aventuras son apasionantes. Antes de iniciar esa peregrinación, sugestiva y peligrosa para un místico, nos advierte que ya no se apellidó Manuel Fernández, sino Lucas de Ochoa. Aceptémosle ese capricho, y más adelante comprenderemos su recóndito significado.

Lucas de Ochoa emplea el estilo epistolario, más íntimo y apropiado para descubrir el impacto que la ciudad luminosa, capital del imperio más vasto que hayan realizado los hombres, y síntesis de las proezas humanas, podría producir sobre el espíritu sensible y escudriñador del místico tropical.

Antes de emprender el viaje se escudriñó a sí mismo y nos dio una de sus más genuinas muestras de introspección, poniendo en claro sus propias debilidades con una ingenuidad y autenticidad que subyugan y fascinan. Este místico desconfía de sí mismo y por ello aquella frase de Jenofonte al describir a Sócrates como el espíritu más sensible a la belleza, pero al mismo tiempo como el espíritu más reacio a ser poseído por dicha belleza, lo taladra porque teme que el encuentro con El Hermafrodila dormido, con el Moisés de Miguel Ángel y con la Venus de Cirene lo dominen y lo tienten. La augusta serenidad de los mármoles romanos ha sido contemplada por miles de ojos humanos, y, entre los grandes de este mundo, el mismo Goethe; pero que lo sepamos, pocos relatos han quedado tan genuinos y auténticos, como el relato de nuestro místico. Nos parece que es un documento humano, digno de tenerse muy en cuenta.

En la dedicatoria de la etapa El Hermafrodila dormido, anota a sus hermanos lejanos:

«Pero mientras tanto cantemos a la juventud, que es lo único. Lo demás son las meras nadas. La juventud es bella aunque no se bañe. Por eso, por amor a ella, para no separármele, he querido permanecer siempre aficionado y no ser profesional. Así puedo contradecirme, no tengo obligaciones, me parece que estoy aún en el colegio de los jesuitas y que no he terminado mi documentación. Porque soy también un jesuita soltado. Me da hasta risa pensar en el asco que le tengo a la terminación de los estudios, a la vejez y a la muerte. Porque cuando uno cree que ya sabe una cosa, es porque ya se murió. Todos son muertos, menos los que nos documentamos y nos documentamos, como los jueces que se demoran y se demoran. ¿El juicio? ¡Va! Eso es matar el proceso filosófico… Lo único que sé es que la filosofía es un camino, una amistad y no un matrimonio con la verdad. Ésta no se ha casado, es virgen, una virgen juguetona. Quien afirme que ha poseído la verdad es un… viejo sofista».

«¿Quién es Lucas de Ochoa en los días en que saca en limpio sus aventuras italianas? Cada rato sale a la ventana del Consulado, donde trabaja, mira para el cielo y llama a Dios. […] Muchas veces despierta durante la noche y siente la solidaridad con las estrellas, siente que el sol está calentando el otro hemisferio y ve a la tierra que va por su camino, tan bella. […] Se entra a los templos y se está durante horas parado contra una columna, porque afirma que tiene relaciones con Dios. ¿Quién es Dios? Contesta que la esencia, lo que no es hecho. Que Dios no es formal. Dice que tiene algunas cosas como ayuda para sus relaciones con Dios: por ejemplo, los rayos del sol que entran por las ventanas de las iglesias y que se materializan en los corpúsculos del polvillo ambiente. […] Le pregunté cómo oraba en los templos. Dijo que apaciguaba la mente, hacía el vacío interior y recibía energía y órdenes. Que el espíritu comienza a hablar sin voces apenas uno lo pide y está listo».

«Cuando se ha oído la conciencia y no se obedece, se camina por las tinieblas. Que la conciencia le ordenaba quedarse en Colombia en 1931 y que se vino. Apenas lo sacaron de Italia, entre dos policías secretos, llegó enfermo a París».

En estos preparativos de introspección, nuestro viajero descubre los reflejos condicionados de la escuela de Iván Petróvich Pávlov, pues se sorprende de ciertos actos casi inconscientes que ejecuta cuando reprime otros, actos que tienen misteriosas asociaciones. Había cesado de fumar, pero cuando reprimió el impulso de seguir a una mujer que lo tentó, se consuela volviendo a fumar… Y cándidamente resume su estado de ánimo en estos términos:

«La esencia actual de la filosofía de Lucas es que la emisión de juicios hace parte de lo que llama excremento pasional. Lucha contra su persona, beber, fumar, cohabitar, amar, odiar, reaccionar, emitir juicios.

El juicio no hace parte del espíritu, sino de la persona. Toda proposición es reacción. “Italia es hermosa”; en esta proposición hay una reacción. “La tierra es grande”; “Dios es infinito”, etc., etc.

Hasta hoy se había considerado a la razón como facultad espiritual. Ochoa sostiene que hace parte de la apariencia. Dice que arte y ciencia son apariencias, pues no hay sino un verbo sustantivo: ser. No se puede concebir nada existente fuera del Dios escondido».

Estos postulados merecen subrayarse para quienes tenemos la impertinencia de seguir la trayectoria mental del maestro. La definición de la emisión de juicios como excrementos pasionales nos aclara su tendencia escatológica, y su aceptación de que sólo hay un verbo sustantivo, ser, nos aclara su posición teológica y ontológica.

Nuestro poeta-místico cayó en pecado en la ciudad eterna:

«Confieso que no hay día de mi vida en que no levante los ojos al cielo y en que no caiga en el pecado. Vivo levantándome y cantando la gloria de la continencia».

«Roma es en verdad el teatro insuperable de la vida: santidades y prostituciones, felicidad y tristeza. Es absolutamente imposible destronar a Roma. […] Y en Roma te urge la carne, te gritan los sentidos; allá todo es pintura, todo pasa, el amor es cosecha como la uva, el durazno y las cerezas. Roma apega. Me enamoré de ella como de virgen atrevida. Me parece imposible vivir lejos de Roma. […] ¡Qué familiaridad! Parece que los emperadores fueran los amigos de los cocheros y de los vendedores de recuerdos. […] En Roma la metafísica se hace pintura; el misticismo es del ojo y del tacto. Luz, llaman a Dios Leonardo y Miguelángel».

«Se repite uno: lo bello es lo sencillo y que arroja vida de dentro; la belleza es centrífuga. Después sale uno despacio, lleno de armonía, sintiéndose hijo de Dios. ¡Ecce homo! He ahí el fin del arte: producir emoción de grandeza y dignidad; producir el embellecimiento del género humano. ¿Quién no se siente grande al contemplar el Moisés? Esa cara de joven de treinta y ocho años, con esas barbas de setenta y ese cuerpo de treinta».

«Hay una discusión estética que aclara y explica mi aventura con el arte griego que me hizo alejar de la beatitud. Unos han dado como elemento de lo bello el desinterés; otros, el ansia de posesión. Me parece que San Agustín, o un platónico, dijo: “La contemplación desinteresada de la verdad”. […] Cuando pronunciamos ante algo la palabra bello, manifestamos un hecho emotivo, la tendencia a poseer lo contemplado. En este impulso de posesión de lo bello y lo bueno, está lo que constituye el instinto de propiedad. El comunismo es error psicológico».

«Bello es lo que produce en el hombre una incitación a la perfección. […] Si hay incitación, estímulo vital, el objeto es bello. ¿Ningún efecto? Es indiferente, y es feo si hay repulsión».

Nuestro poeta-místico se rinde y nos expresa las luchas interiores y los más íntimos conflictos:

«Así, pues, mi vida tiene limitaciones innumerables. Busco la Beatitud, o sea la tranquilidad que produce el desprendimiento de los deseos. Consiste en aquel estado en que jamás el día está más bello que nuestra alma. Quien lo adquirió, embellece al mundo y nunca éste le embellece sus horas; cuando más, le sirve de teatro a su gloria… Falto de beatitud, pues me siento apegado a las cuatro Venus».

Nuestro místico hace una solemne confesión:

«Diariamente iba a examinar, tocar, vivir y besar la Cabeza de Euménides durmiente, en el Museo Nacional. Allá está el Hermafrodita dormido… Si me vieras esperando a que el custodio se descuidara, para acariciar la Venus, sobre todo la carne palpitante que tiene entre la comisura de las axilas y los pechos. Da la impresión de que si uno aprieta, la carne resbala».

«No puedo decir cuál de mis mármoles es mejor. Sería infiel. Si dijera que la Venus de Cirene, ahí está el Hermafrodita… […] Ahí está acostado con la frágil cabeza entre los brazos, el busto retorcido, apoyado sobre un pecho que parece un lirio, por lo efímero […]. Pues así está el pálido, atormentado y frágil Hermafrodita, adormecido en el calor del vago deseo… Sólo que la tetilla es un pecho como un lirio […]. Es un cuerpo pecado; que atrae y repele. Cuerpo que nos explica cómo los atenienses enviaron a Alejandro un efebo, en premio de sus batallas sublimes».

«El Hermafrodita constituye el summum de la conquista en el arte: ¡reunir en la creación humana las bellezas de la mujer y del hombre, unificar la Naturaleza en un mármol!».

«Cada una de sus formas indica el tormento de todos los deseos humanos, pero que no pueden realizarse: quiere poseer y ser poseído; quiere engendrar y quiere concebir».

«Sólo puedo decir que desde mi encuentro con el Hermafrodita que duerme en el segundo piso del Museo Nacional de Roma, comprendo muchas cosas que antes ni sospechaba. El reino de nuestro Padre que está en los cielos tiene muchas moradas. El Hermafrodita griego no es la sucia inversión, sino la unificación de las bellezas, Dios padre y Dios madre. En el fondo de la inversión yace el ansia de perfección».

Y sigue un canto pagano-sagrado, hondamente humano y nuestro místico canta a todas las estatuas, a Roma y a la campiña romana. Otra vez reaparece en el ánimo atormentado de nuestro místico aquella obsesión por la intranquilidad del hombre y que tan patéticamente expresó en la etapa Viaje a pie, y anotó:

«La belleza abunda en los reinos vegetal, mineral y animal, pero no en la especie humana. Indudablemente que este fenómeno proviene de nuestra complicación; todos los seres tienen la sencillez del instinto y son obras maestras; todos ellos parecen definitivos como el Moisés. El hombre tiene la inteligencia y el pecado; se critica; percibe ideales y de ahí nace el remordimiento. Parece que el hombre no es obra definitiva; para mí tengo que es un espíritu que transita en la carne. Esto me contenta y me hace agradable la vida: pensar que no somos el cuerpo, ni las pasiones, sino transeúntes que pasamos por una experiencia terrestre. En todo caso, cuando raramente encontramos un ser humano sensible a la belleza y al bien, nos consolamos, nos sentimos contentos de ser hombres».

Y en estas frases, sinceras y auténticas, se retrata Fernando como el místico-poeta, quien lucha para que la belleza no lo absorba, y le permita meditar sobre la perfectibilidad humana, al contemplar lo que se ha realizado hasta hoy, leve indicio de lo que pudiera ser el inmenso porvenir del hombre, cuando expresa, como los escultores griegos, lo que hay de humano en el hombre; cuando quiere comportarse humanamente. Decididamente esta antropología filosófica de Fernando, y esta emoción depurada de tropicalismos, se nos parece un tanto al grito de Anatole France al declarar que si una hecatombe aniquilara la raza de los hombres, pero permitiese la supervivencia de la Venus, esa Venus redimiría, ella sola, la raza humana. A veces se nos parece a la oración de Renan ante la Acrópolis, cuando oraba frente a la estatua de Palas Atenea. Y si se nos acusa de amistosa exageración para con el maestro, pedimos que se nos muestre relato alguno de colombianos, en semejantes aventuras.

Pero no olvidemos que Fernando tiene sus marrullas. En Italia encontró otro objetivo digno de estudio: la figurita de Benito Mussolini, personalidad con unidad psíquica. Nuestro aplicado viajero no perdió la oportunidad. Fiel a su metodología, Fernando lo describe:

«El hombre tiene el cuello grueso y la mandíbula inferior prognata; los labios prognatas. Calvo, robusto, de mediana estatura y hace ojos para asustar. Está convencido de que se parece a Napoleón, pero se parece más el Coronel Mendoza, el hermano de Mendocita, de Medellín».

«Diariamente lo presentan en los cinematógrafos, en las películas llamadas acontecimientos mundiales. Me complace verlo entrar en la pantalla, caminando con meneos, para simular agilidad. De vez en cuando mira hacia nosotros los asistentes y se relame. En verdad, su mandíbula es poderosísima y tiene algo fatal en todo el rostro».

«Me ha gustado el hombre en el cinematógrafo. Cara y ojos de gran capacidad para el asesinato. Una fiera en defensa, pronta a saltar. Es atlético. Si me le acercara, creo que lo amaría. Estamos más cerca de lo que se cree. ¡Si no tuviera esa mandíbula! […] No hay contradicción. El hombre es repugnante, pero es agradable verlo en la pantalla. Es asesino, pero muy constante».

Esto, en cuanto a lo físico. En cuanto al retrato moral, dice:

«Su triunfo se debe a que desea una sola cosa y está resuelto a pagar el precio de ella, a dar la vida. No ha vacilado un segundo. […] Porque no tiene vicios; ni mujeres, ni alcohol, ni juego, nada. Porque no tiene desde la niñez sino ansia loca de dominio, ansia de vengarse, ansia de sangre. Por eso su alma es como catapulta a que nada resiste, ni siquiera la Iglesia católica. Cuando toma una decisión, se siente, se huele, se palpa que echó en la balanza su vida entera. Me gusta este hombre a medida que lo mido, pero es un terrible drama del cañón».

«Lo esencial en Mussolini es la hiperestesia de la personalidad; es un gran egoísta. […] Su finalidad consiste en ser poderoso».

«¡Qué joven para leer a Nietzsche! Nietzsche, que es el alma más noble y elevada, ha sido apreciado por lo exotérico de su doctrina de amor: la dureza. Los que no tienen mucha cultura, cogen de Nietzsche la violencia. […] La gente vulgar cree que la doctrina de Nietzsche está en la hiperestesia de la personalidad. Nietzsche tuvo muchas profundidades. Él no aprobaría el fascismo, doctrina en que el Estado es la única realidad. El filósofo de los Alpes fue todo lo contrario».

«Mussolini es un antiguo carnicero que leyó a Nietzsche a la carrera. En fin, nada tan fastidioso para mí, que estoy maduro, como este dictador».

Nuestro viajero fue profético:

«No triunfará, porque el alma humana no puede ser violentada».

Lo que nos ha interesado son las reacciones de Fernando frente a los hombres y acaeceres, encontrados y ocurridos durante sus viajes. Esa es nuestra pesquisa. Su odio a las dictaduras y a las estatolitarias viene de muy lejos: no olvidemos que, en la época poética de nuestro viajero, nos topamos con la segunda etapa que denominamos Una tesis. Pero Fernando no denominó esta etapa de ese modo: el título puesto por él fue: El derecho a no obedecer. Puesto que semejante título chocaba con la mentalidad aldeana ambiente, sus jueces se otorgaron el privilegio de cambiar el título. Pero no lograron que nuestro viajero modificara su modo de pensar. Sus prédicas fueron las del desprecio por los dictadores y las dictaduras, tomadas en el sentido vulgar de estos términos.

La posición de Fernando sigue inconmovible: prima el individuo sobre la sociedad. No acepta sino las tiranías morales:

«El alma humana no se manifiesta sino en la libertad externa y por medio de la tiranía individual sobre las pasiones».

«El bien y lo bello son dictadores, porque nos enamoran y queremos ser buenos y bellos. Es la dictadura del amor y de la inteligencia. Un grande hombre ejerce una dictadura y asciende a la especie humana. Únicamente que la humanidad pesa tanto que un Cristo apenas logra derramar sobre ella una aurora de espiritualidad, que luego tapa la ola inmunda de la carne.

Pero ese gran tirano de Cristo ¿a quién ató y azotó y abofeteó y desterró porque no lo seguía o para que lo siguiera? Lo seguían porque él era la felicidad del camino.

Hoy la humanidad tiene la gloria de poseer a Gandhi, quien ejerce la dictadura. Todos ellos son ejemplos, caminos, y de todos ellos puede decirse lo mismo: no ejercen coerción sino sobre sí mismos.

Son bellos. Y está en el centro del espíritu el amor, la tendencia a la belleza. Esta es para el hombre como el imán para el hierro. Es ley de todo lo viviente, someterse a la belleza.

Tal es la dictadura. Tal debe ser el gobernante: un dictador. Sujetos a él los hombres por la caricia irresistible de la espiritualidad, y por la firmeza de su alma».

Estos párrafos finales nos aclaran dos cosas: la infamia de quienes acusaron a Fernando de ser un áulico y adulador de dictadores; la otra la explicación de su introspección: constituirse a sí mismo como el buitre interior, en heráldica postura, listo a alimentarse con lo cadavérico de su espíritu: estar limpio, antes de predicar limpieza.

* * *

A don Lucas Ochoa

(Después de leer su último
libro El Hermafrodita dormido)

Cuando voy al jardín donde las fieras
la dicha añoran del juncal perdido,
no me detengo ante el tropel vencido
de leones, chacales y panteras.

Me voy derecho al tigre: sus maneras
finas, su andar sutil, su distraído
soñar, la luz de su mirar perdido
fijan mi admiración horas enteras.

Llego; no mira y, al dejarlo, sigue
en abstracción; mi grito no consigue
turbar la indiferencia. (Su escultura

de ritmo voluptuoso me suspende)
Y es tanta mi obsesión, que no me ofende
la acritud que difunde su figura.

Esa elástica piel color de oro
que parten rayas de vivaz negrura;
ese desdén soberbio, en apostura
perenne de retrato y de decoro.

El áureo titilar de aquel tesoro
de ágatas en el ojo que fulgura
y el candor de la bárbara criatura
que pincha, hiere y mata sin desdoro;

esa sed de pasión; ese maullido
quejoso en gama sorda; ese gitano
porte, si salta y aun si está dormido;

son de beldad resumen soberano
que me impide aludir al atrevido
álcali que trasmina del pagano…

Guillermo Valencia
Río de Janeiro, abril 7 de 1933

— o o o —

Lucas de Ochoa continuó sus viajes y de la Ciudad Eterna nos trasporta, en aparente paradoja, a otra ciudad que él denominó la Ciudad Santa, cuna de Mi Simón Bolívar, Caracas. Este viaje fue forzado, porque, con la ingenuidad de nuestro viajero, se imaginó que el dictador Benito Mussolini, cuya mandíbula y manierismos y modos de gobierno había analizado, comprendería la verdad y toleraría a este singular transeúnte por las calles de Roma. Fernando, con infantil candidez, respondió a los dos guardias secretos que él sólo se proponía analizar una metodología de gobierno y que nadie como él amaba los mármoles de Roma… Durante su peregrinación, con emociones paganas y sagradas, dejaba un campo en su espíritu para meditar sobre la suerte de su selvática Suramérica. Porque si la Europa que le tocó en suerte visitar, la encontró un tanto decadente y falla en moral y en Religión y estrecha, esta Suramérica representaba para Fernando un amplio, maravilloso y acogedor teatro para el hombre. Lejos de su patria acrecentó sus sentimientos y su orgullo y no se doblegó sino ante la majestad de El Hermafrodita dormido. Con gran sabiduría lo dejó dormido y retornó a este continente.

Reiteradamente, en Italia, meditó sobre la fuerza que irradiaba la figura del General Juan Vicente Gómez, y, estudioso de estas fuerzas, decidió hacer un viaje, no a pie, como el precedente, pero cabalgando «una mula patifina y mecida, camino del Orinoco», para acercarse al brujo de Suramérica, sentir su influjo, y hacerle un retrato.

Considerándose siempre solitario estampó en la primera página de la etapa Mi Compadre, y al pie de una iconografía del General sombrerón, esta leyenda:

«Figura de quien ha estado sesenta años sobre sí mismo, envolviéndose en el fluido para no perecer y para triunfar».

Con un presentimiento de su soledad, Fernando estampó también este autógrafo:

«Este camino es mío, opuesto al de todos los americanos, y no tengo más compañero que al Libertador».

Las dedicatorias de Fernando merecen tenerse muy en cuenta porque dan la tonalidad de la temática. ¿Visitar la cuna de Bolívar? ¡Qué lugar más santo! Con Bolívar, ¡qué incomparable compañero!

Con manía autobiográfica, y como en las etapas precedentes, define Fernando su mundo interior:

«Me definiré: creo ser detective de la filosofía, de la teología y de la virtud. Mi madre me parió cabezón, pero infiel; Dios me atrae, pero las muchachas no me dejan. Me explicaré: unas diez veces he creído acercarme a la verdad, y las muchachas me han hecho caer. Ocho por ciento tengo, pues, de filósofo. El resto está entregado al mundo y al demonio, pero nunca he dicho una mentira. Resumiendo, diré que soy un hombre, espíritu que desde la carne y por medio de los sentidos atisba con fruiciones a La Verdad Desnuda».

Y como nosotros también somos detectives de Fernando, anotamos que su definición del hombre la repite, nuevamente, y que para nuestro místico filósofo el hombre es un espíritu que transita por la carne. Esta posición espiritualista y esta antropología filosófica la madurará hasta darle claridad y rigor, a su manera.

Puesto que esta etapa se propone explicar la aparición de Mi Compadre en el horizonte histórico de Suramérica, y puesto que es el primero de tres estudios de índole similar, nos parece útil aclarar lo que nuestro viajero denomina su método emocional, pues dicho método lo aplicará cuando afronte el estudio de Mi Simón Bolívar y de Santander… El pronombre posesivo mi explica mucho: penetrar emocionalmente en el personaje, o en el ambiente histórico que analiza, hasta incorporarlo en sí mismo; hacerlo vivir, darle vida y calor: asimilarlo metabólicamente y luego objetivarlo. Nos parece que Fernando descubrió una metodología y una filosofía de la historia que no fueron ni comprendidas, ni apreciadas. Y este es otro de los mensajes del maestro: ver la historia a la luz de la biología, viva, móvil y no cadavérica en rígidos y apolillados archivos. Se puede hacer revivir los muertos, pues ellos viven en nosotros y la humanidad es solidaria:

«El método será el emocional: revivir la historia hasta sentir que se organiza e inerva, tibia como lo está mi mano. Nadie podrá decir que así no es, cuando yo sienta que está viva. Es verdad, puesto que vive».

Y si lamentamos que se haya frustrado el novelista nato que había en Fernando, lamentamos también que se haya frustrado el historiador nato. No obstante, su propósito fue orientar, y puede que algún día alguien siga sus huellas.

Por biología de la historia entendemos un complejo de fuerzas en acción y en reacción, con componentes telúricos y humanos, si nuestra interpretación del pensamiento de Fernando es correcta. Pero hay más: el pensador descubrió lo que él denomina las ideas madres. Es decir, ideas que explican el porqué de los hechos y el porqué de la aparición de los personajes históricos. Las ideas madres serían a la manera de mágicos imanes que atraen los hechos y los sacan de su aparente desorden y capricho y los colocan en un orden tal que semejan organismos armónicos y sinérgicos. La constelación vitalista de Fernando le hace afrontar el estudio de los hombres y de los acaeceres históricos bajo la sujeción de los procesos vitales:

«Las ideas generales nos libertan de las libretas, o sea, de la multiplicidad de hechos inconexos. La única libertad posible la da la filosofía. ¡Qué capacidad dominadora tienen, el mar, que atrae todos los ríos, estos, que atraen a todos los riachuelos! ¡Qué capacidad castigadora que tienen las ideas madres, que atraen a los hechos! ¡Qué suprema dominación ejerce el centro de la tierra, que nos retiene y retiene a los elementos según sus densidades! ¡Qué imperio el del sol sobre sus planetas y el de otro sol sobre los soles y el de La Verdad Desnuda sobre la apariencia!».

Pero continuemos descubriendo joyas en los planteamientos fundamentales de Fernando, antes de lanzarse en sus viajes o incursiones en los dominios de la historia. Una de las ideas madres la constituye la idea del hombre representativo. Este no surge por generación espontánea, sino que sólo tiene el mérito de personificar ese complejo de aspiraciones, anhelos, pasiones, inquietudes que subyacen y están en estado de latencia en las multitudes amorfas. Surge un hombre y absorbe el complejo de aspiraciones, lo personifica y lo individualiza.

Los hombres representativos aparecen en las sociedades humanas de bajo nivel de conciencia, en los escalafones del pensador envigadeño. Cuando el nivel de conciencia sube en las multitudes «la representación del país se efectúa un poco en cada uno. Igual a las aguas y su distribución, que si hay muchos canales, desaparecen los ríos». Una idea madre aclara el fenómeno: la dispersión de la conciencia patria, y su fragmentación, está en relación directa con la progresiva evolución de la conciencia:

«En los pueblos viejos, donde la instrucción ha llegado al pueblo todo, el destino se representa en mayor número de hombres. De ahí que la antigüedad esté representada únicamente por unos cuantos Césares y que Francia, por ejemplo, no tenga hombres representativos. Así como sus montañas fueron abajadas por las aguas, también su vida es llanura; todo ciudadano es Laval o Herriot; todos son primeros ministros. La energía vital irriga por igual a toda la población; hay trabajadores intelectuales sobresalientes, que cada día sobresalen menos».

Fernando enumera las siguientes leyes:

«1.ª Las tierras viejas se van convirtiendo en llanura por el correr de las aguas; los ríos van desapareciendo con el aplanamiento.

2.ª Los pueblos se van aplanando con el trascurso de la vida; la energía se reparte por igual entre los ciudadanos. Los hombres representativos van desapareciendo».

Refiriéndose a Suramérica afirmó:

«Suramérica es nueva en todo y tiene las montañas más altas, el ave que más alto vuela y el rey de los ríos. Nueva, y por eso tiene los Andes juveniles que la recorren de sur a norte, su columna vertebral; por tener tantas montañas, es donde hay más agua y fertilidad. Allá la naturaleza hace ensayos: ríos representativos y hombres representativos; también árboles. Inundaciones en las llanuras, durante el invierno, que cubren leguas y leguas. Mucha hojarasca en descomposición».

Por ello Fernando quisiera:

« …[escribir] un libro que atisbe a la verdad a través de la exuberancia sensual que es América».

No olvidemos que, en su restringida temática, nuestro viajero buscaba ejemplos para delinear casos clínicos de personalidad con unidad psíquica. Recordemos que los dictadores son prototipos psicológicos de esta modalidad. Su viaje a Venezuela tuvo, entre muchos, ese propósito.

Y mientras Fernando se detiene en el estudio de sus personajes, nosotros anotamos que ese estudio lo hace con deleite; parece que él quisiera ser esos personajes, hombres de acción, y que, en el fondo de sí mismo, experimentara un sentimiento de envidia para quienes poseen ese tipo de personalidad. Lo que envidia, en ellos, es la metodología para adquirir la fuerza y para irradiarla. Sus métodos de perfeccionamiento personal, esto parece ser una idea obsesiva en Fernando.

Detengámonos sobre el telón de fondo sobre el cual se destacará la figura del Brujo. Detengámonos sobre las grandes síntesis de Fernando. En primer lugar anota:

«Sólo la historia de Venezuela puede escribirse en tres capítulos que tienen por títulos tres hombres: Páez, Guzmán y Gómez. Hay otros tres de menor importancia: José Tadeo Monagas, Crespo y Cipriano Castro. El primero sirvió de puente para el advenimiento de Guzmán, o el liberalismo; y los otros dos para el de Gómez. Los demás —unos trece— han sido suplefaltas y ensayos desgraciados».

«[A Páez le] gustaba el dinero y le gustaba matar a los enemigos. […] La misma fuerza que se manifiesta en Teresa de Jesús, se manifiesta en las cortesanas; la misma que se manifiesta en Bolívar, está en el León de Payara: hay diferencia de evolución. La energía es siempre promesa. En los presidios están los indicios de los grandes hombres. […] ¿Qué más podría exigirse de Páez, que aprendió a coger el tenedor y a usar cuchara al lado de Bolívar? Dios carnicero de los Llanos, jinete inverosímil, orgullo del organismo. Era epiléptico. ¿Por qué exigirle que fuera también santo y un Solón?».

«[Guzmán Blanco es] el hombre de las estatuas. Liberales del trópico en donde la luna y el sol alborotan la savia, la imaginación, todos los jugos vitales. Estatuas que derrumbaban cuando se enojaban con él y que reponían luego. Es el rastacuero simpático que compra un palacio en la calle Copérnico, en París, casa sus hijas con marqueses de allá, construye teatros, concede el país a los extranjeros. Botarate, enamorado, verboso. En suma, la generosidad inconsciente del trópico».

«En Venezuela y en América en general lo admiran los que tienen aún la sugestión europea. Guzmán Blanco no podía hacer ningún bien porque no sentía a Suramérica, no la tenía arraigada en la conciencia. Por aquel tiempo no hubo americanos; fuimos colonia literaria. Se define su gobierno, en cuanto fue bueno, por cierta cultura, pero europea, que antes perjudicó, y por un prejuicio que ha llevado a nuestro continente al borde de la ruina: progreso material por medio de concesiones y de capital extranjero. Guzmán casi entrega a Venezuela».

Fernando anotó:

«Debía aparecer el remedio de cuatrocientos años de guerra a lanza, espada y fusil».

Antes de acercarse al Brujo de los Andes estampó el siguiente prólogo:

«A ratos pienso que los grandes hombres son más fatalidad que todos. Son instrumentos de Dios. No se detienen a meditar; el acto sigue a la idea, mezclados, sin espacio entre ellos. Van como llevados de la mano. Más que ninguno, no saben para dónde van. Obedecen. Pienso que el secreto de la grandeza es obedecer a las voces. Tienen una gran voz interior que no les permite oír otras. La prueba está en que no se cansan, son como posesos. No se fatigan de oír y ver a la misma gente.

Una gran voz que los llama, les sirve de columna vertebral o de bastón. Mientras que nosotros, humanidad amorfa, somos llamados por mil cosas contradictorias y nos fatigamos y cambiamos; nada nos enamora.

Los grandes hombres son posesos de la divinidad. No saben para dónde van; obedecen.

Buscaremos luego cuál es la voz que oye este brujo. Digamos ahora que fue hecho para oírla, pues tiene una facultad que compacta los detalles de su personalidad. […] Para mí, Gómez es una facultad racial al servicio de los destinos de Suramérica. […] Gómez es la facultad de intuir a Venezuela y a sus habitantes tales como los encontró. Es la inteligencia astuta».

«Por qué apareció – Porque el ataque llanero, despótico, directo, es vencido por la astucia dúctil. […] En la naturaleza, cada cosa crea su remedio […]. Venezuela fue llanera hasta 1908. El llanero tiene facultad para el ataque, amor a la guerra, al horizonte, pero carece de inteligencia, entendiendo por tal, la comprensión de los secretos. Para esto, un montañés. El llanero cumplió su obra: mezclar las razas, en sus correrías. En 1908 ya no tenía misión y arruinaba al país. Tal espíritu de rapiña, guerrilla, desorden, debía crear su propio remedio».

«Dónde apareció – Venezuela tiene una parte de los Andes, al occidente. Tal región permaneció en la miseria y oscuridad durante Páez, Monagas y Guzmán. […] Debía aparecer en la montaña. En la pobreza, en familia de trece hermanos huérfanos. Debía levantarse en medio de los negocios lentos y rumiados del campesino, en los cuales se gasta más pensamiento que en la Sorbona. Debía aparecer en la frontera colombo-venezolana, para aprender la neutralidad. Exigía también el destino, para que su fruto fuera digno, que acabara de formarse bajo Castro, disciplinándose con el sombrío déspota, aprendiendo a callar, a entender, a manejar hombres, bandidos, ladrones, mujeres, etc. […] ¿Para qué decir ya que es zahorí? ¿Que parece relacionado con las fuerzas elementales de la naturaleza? Llega su comprensión de los hombres y cosas de Venezuela hasta actualizar el futuro e intuir los sucesos. No se diga que en Venezuela, que en Suramérica, después de Bolívar, ha estado la inteligencia en el poder. La ilustración, sí. Ilustrados eran Vargas, Gual, Marco Fidel Suárez…, pero no eran inteligentes. Más inteligente era Páez».

«El hijo de los caciques – ¿Por qué dicen tantas cosas, entonces? Porque las carreteras las hizo con los vagos, porque quemó los ranchos de los guerrilleros, porque dio orden de acabar con los matones. En cada aldea había un gamonal y diez matones; en cada rastrojo, diez bandidos. ¿Quiénes protestaron? Había muchos del tiempo de Guzmán y los otros, que darían sus vidas por escribir un libro en francés. El liberalismo europeo estaba en todo su esplendor. Colombia y toda Suramérica eran presa de la literatura extranjera».

«Primera virtud: la paciencia – Esperar ocho años, sin cometer un error, ganándose al país por la fidelidad en sus compromisos y en la amistad, haciendo bienes, desempeñando a plena conciencia gobernaciones, presidencias, vicepresidencias, campañas militares».

«Segunda virtud: realismo – A pesar de ser hombre de orden, economía y trabajo; a pesar de tener como ideal un nacionalismo consciente, trabaja con lo que el destino le pone en la mano: guerrilleros que buscan el tesoro para bañarse en él. Les da dinero, funda fábricas, establece empresas, para enriquecerlos».

«Tercera virtud: sacrificar todo al fin – “Al principio me decían —palabras suyas cuando lo visité en 1931—: ¿Cómo va a acabar con los vagos? Yo quería hacer las carreteras con los vagos. ¡Vea que lo matan!, me decían. Yo les contesté: ¿Qué le hace que me maten, si estoy haciendo el bien? Y ya ve que no me han matado, porque Dios no deja que maten al que está haciendo el bien”».

«Es duro cuando su fin de trabajo y paz en Venezuela, lo exige; es manso, cuando el fin lo exige».

«“Yo recorrí toda la sierra y llegaba a los ranchos de los guerrilleros y les decía: vénganse con nosotros a trabajar, ustedes y sus hombres, o les quemo los ranchos. Quemé muchos…”».

«A los presidentes de los Estados les dijo textualmente: “A todos los guapitos de barrio o de municipio que usted no pueda emplear, mándemelos para el Castillo”».

«Cuarta virtud: suramericanismo – Métodos, sangre, formación e ideas son suramericanas. Ni ha salido, ni es letrado, ni tiene dinero fuera del país».

Antes de acercarse al Brujo de los Andes, nuestro viajero nos da una pequeña muestra de un tema que analizará, con mayor amplitud, en la etapa que él denominará Los negroides. En esto, Fernando hace una incursión en los dominios de la antropología racial, y si lo hace, es porque el tema pertenece a lo que él denominó Idea Madre, punto fundamental para comprender el significado de la obra de Mi Compadre. Fernando anotó:

«Detengámonos en esta idea: el blanco y el mulato (blanco y negro) son netamente europeos, viven vida europea. Aquél, naturalmente; éste, con exasperación meníngea. El cruce de blanco y negro da un producto amplificador, exagerado y falso. El mulato promete mucho y nada cumple, es jactancioso, impertinente y perdido para el acto, a causa de tanta palabra. Tiene la pereza del negro y la jactancia del blanco. El mulato no sirve…

Mi esperanza en Suramérica es debido a la sangre india. Tiene el indio gran malicia y reserva. Concentración dentro de sí mismo y comunidad con las fuerzas elementales, que no posee el blanco. Ahora bien: Suramérica es mestiza más que mulata. ¿Qué se hicieron las indias? Ahí está la prueba.

El producto verdadero de Suramérica será 45% indio; 45 % blanco y 10 % negro. Esto último lo necesitamos para la capacidad de impertinencia.

De ahí que sea un deber para los gestores en Suramérica cuidar como de cosa sagrada de las tribus indígenas.

Estas cantidades están listas: Bolivia, Ecuador y Colombia tienen la reserva indígena. En las costas y valles tenemos al negro, y la sangre blanca está lista. No hay necesidad de ninguna inmigración. La hay de caminos y unión entre las partes del continente. Nada más. La gran Colombia está en bloque».

Por ello, Fernando sintetizó la obra de Mi Compadre:

«Llamaremos a éste la sagacidad o la astucia: gobierno netamente suramericano. Con él aparece el primer ensayo de autoexpresión de la raza suramericana. Su gran importancia consiste en que se abandona la sugestión de Europa. Suramérica es mestiza, sangres española e india con pinta negra, y, en Venezuela, única parte en donde ya están completamente mezcladas, comienza a auto-expresarse. Le corresponde esta gloria también».

Fernando se preparó para mirar el Brujo, en Maracay; afirmó:

«Nuestro deber es averiguar por qué ha obrado; qué relaciones tiene con Dios. Hay un principio que debe guiar al filósofo detective: los superhombres son llevados como los niños, de la mano; los lleva una fuerza oculta».

«Me saludó con mucha dulzura y me sentó al frente y un poco a la izquierda suya. En los ojos está todo él; alargados, casi cerrados de costumbre y con gran potencia dilatadora. Por instantes, al emocionarse, los abre y se ve todo el iris. No son ojos locos, como los de Mussolini, que se fijan como alfileres (tal modo de mirar no es sino aparatoso; el mirado se pone en guardia). No; son ojos indios, suaves como la garra del felino».

«Es delgado, pero un delgado antiguo gordo; ojos largos, cara menuda, bigote delgado. Pero cara que fue gorda y bigote que fue ancho. Es la voluntad manifestada. Cuerpo que es envoltura de voluntad e inteligencia; un resultado de su vida de lucha continua, de autodominio. ¿Qué es? Misterioso y terrible como la noche. Parece muy dulce y sencillo, hombre fidelísimo. Sentí un sobresalto de mi alma. Esto es lo que he buscado siempre. No era así como aparece. Todo lo ha conseguido: caminado, saludar, figura, flacura. Nacer entre campesinos montañeses; crecer entre negocios lentos y difíciles de campesino; sufrir azote de guerrillas; vivir entre tiranos sombríos y vencerlos poco a poco, preparando milímetro a milímetro el camino, sin violencia: ¿cómo debe ser el cuerpo que envuelva tal espíritu? Así».

«Tiene comunión directa con las fuerzas terrestres: ama los árboles; está prohibido cortarlos. Ama los animales: hace colgar de los árboles racimos de plátanos para los pájaros. Aquí nada valía la vida humana y mucho menos la animal y vegetal: consiguió desarmar al pueblo con penas durísimas. Hace tres meses que estoy en Venezuela y no ha sucedido un homicidio».

«Cree que su vida es providencial. Esta es la mayor fuerza. Nada hace quien no se sienta unido a Dios. Por eso el fin de toda cultura psíquica es llevarnos a sentir el yo como independiente del cuerpo, eterno e indestructible. Conseguido esto, dice uno, como Gómez: “¿Qué le hace que me maten si estoy haciendo el bien?”».

«Gómez dice a cada momento: “Dios no permite que muera aún”. “Como hay Dios, yo haré tal cosa”».

«¡Qué dulzura pone en la voz para hablar a las mujeres y niños! Completamente voluntaria, pero una segunda naturaleza que cubre la otra. Mirando bien, con los ojos entornados, y escuchando bien, se ve al rígido a quien la voluntad hace agachar, y se oye la voz que no admite réplica y que quiere acariciar».

«Posee el don de la visión unificada. La batalla de Carabobo fue la entrada de Bolívar y el ataque de Páez. Posee la emoción creadora y nadie como él para comunicarla. Todos los coroneles sentían el instante. El superhombre trasciende detalles y se eleva a la emoción divina por medio del amor a las cosas bellas».

«Había allí dos mil personas y el 98% no tenían vecindad con Dios; algunos eran técnicos en la batalla de Carabobo. El hombre de 74 años, de chaqueta abotonada hasta el cuello, de sombrero alón, nos hizo vivir. Si el arte consiste en tener la emoción y comunicarla, Gómez es un poeta inmenso».

No sólo lo miró con ojo penetrante como lezna, sino que Fernando sufrió el influjo narrativo de Mi Compadre, relatando, como patriarca, sus hazañas inverosímiles. Como ya lo anotamos, esta es otra de las modalidades pictóricas del retratista. Fernando puso, como siempre, particular cuidado en lo que atañe a las relaciones con Dios de todos los personajes por él analizados.

Y continuó, fiel, a hacer cantos finales, esta vez el canto es en loor a su raza predilecta, a la raza cuya categoría humana fue puesta en duda por la soberbia de los penachos invasores:

«Padres de Suramérica, caciques que recorristeis nuestros ríos y que sabíais coger el pescado sin violencia, ¡protegedme!

Indios que sabíais vadear los ríos. Indios silenciosos que mirabais de soslayo al efluvio que emana de los ojos y de todo el cuerpo humano, para conocer las intenciones, ayudadme.

Indios silenciosos y sufridos que sabíais curar con las plantas de Suramérica; que ablandabais el oro, que oíais los ruidos lejanos en la selva… Padres míos, que estabais unidos a Suramérica y a su Dios como la pulpa del coco a su envoltura, libradme del mulato y del blanco que no saben de dónde vienen y para dónde van. Libertadme de ellos, que tienen aquí cosas que no han trabajado: aeroplanos, buques, inalámbrico, literatura… Nada han parido y nada han injertado a la vida suramericana.

Vuestra sangre servirá para el injerto. Invoco vuestra sangre, padres indios. En Venezuela sonríe la aurora; allí comienza vuestra conciencia a injertar la civilización que nos precedió en Oriente a la olvidada y despreciada de Suramérica».

Y para el místico-filósofo, saber tiene un hondísimo significado.

— o o o —

Nos parece que la música mental de nuestro viajero, con la cual cantó esa loa al aborigen, no extinguió sus ecos, y lo impulsó a más atrevidas aventuras. Continúa con la singular manía de las grandes síntesis, aferrado, como niño, del manto de las ideas madres. A esas ideas madres acudió cuando sus andanzas lo situaban en desfiladeros peligrosos y cuando los temas que maduraba tenían obscuridades que lo aterraban. En la etapa de Mi Compadre, una idea madre le proporcionó luz y fundamento para interpretar al Brujo de los Andes; esa idea fue la geografía y la topografía llanera de Venezuela, superficie apta para modelar el alma y los instintos de Páez y sus llaneros, jinete de rapiña, lanza en ristre, sin Dios ni ley. La montaña gestó y nutrió el alma del Dominador, y la montaña explicó lo que estaba implícito.

Esta vez, Fernando se encumbró y miró la totalidad del continente suramericano, el cual semeja una gigantesca hoja acorazonada, flotando entre los dos océanos, y cuyo pecíolo fue seccionado por manos extranjeras. Sobre esa gigantesca hoja, una oruga verde, inmóvil, parece protegerla de los vientos del Pacífico: la cadena de los Andes.

Y nuestro viajero, desde la etapa de Viaje a pie, nos ha regalado con esos cantos que le inspiran las grandes cúspides. Esta vez, desde la altura, respirando aire liviano y puro, en el ámbito silencioso inundado de luz, dirige su mirada hacia el cielo azul y descubre los maravillosos círculos que describe un pájaro enorme, muy negro, en contraste con la blancura de las nieves; pájaro en vuelo perpetuo, no lo llamará el cóndor de los Andes; ¡para este poeta es el espíritu de Mi Simón Bolívar!:

«Resulta, así, que Bolívar fue el que cumplió uno de los actos más trascendentales en la humanidad, lo cual se reconocerá cuando en los siglos se realicen los hechos. Se dirá entonces que el Libertador creó y dio carácter a uno de los capítulos más complicados y preñados de consecuencias en el desarrollo del hombre hacia su fin, que es la conciencia universal. Vendrá inmigración de todos los puertos, porque aquí hay tierra y riquezas y tendemos a la libertad, y se fundirán todos los organismos y aparecerá el verdadero hombre, El Gran Mulato Adaptado. Se fundirán todas las religiones y aparecerá una gran unidad ideológica, unidad de amor y de conciencia».

«¿Qué panorama se nos ofrece desde esta altura? La actividad de Bolívar es el círculo grandioso del cóndor, dentro del cual vuelan otras aves de menor plumaje y, a pesar de que el círculo las comprende, revolotean en sentidos opuestos las unas de las otras. O bien, es como flechas que se dirigen al norte, al sur, al oriente… pero que están dentro de la circunferencia».

Nos detenemos sobre estos dos cantos porque ellos representan una de las ideas madres que guiarán al filósofo aficionado en el análisis de la Historia Suramericana. El pensador, con su personal método emocional, asimiló tan íntimamente el pensamiento bolivariano, que este pensamiento se transformó en fundamento y criterio de verdad, y término de comparación en todas sus elucubraciones sobre la Historia y el destino del continente hispánico. Otra idea madre, que es preciso tener en cuenta por quienes nos hemos permitido la impertinencia de pretender escudriñar la trayectoria intelectual de nuestro viajero, es su adhesión a la causalidad o necesidad, y su aceptación de la dialéctica materialista de la historia. Más adelante veremos el momento en el cual abandonará esta posición intelectual. Otra idea madre es su posición vitalista y su continua apelación a la filosofía para que ésta le permita una interpretación, articulación y explicación de los hombres y de los acaeceres:

«Como vemos, de aquí está ausente la vulgar idea de causa: lo que comunica su ser a otro; creación de la nada. Y está ausente la noción de libertad. No caben aquí insultos ni alabanzas. Nadie es culpable ni tiene gracia: el Ser, el único, la sustancia, se representa en desarrollo lógico, que se llama vida y, en cuanto se refiere al hombre, historia. No cabe en este lienzo sino: ¿quién era Santander, qué hizo y por qué? ¿Qué significa?».

«En este lienzo todo se explica; a nadie se insulta ni se culpa; cada héroe da la latencia que representaba… Creemos que este lienzo y las figuras en él destacadas corresponden a la serenidad de la inteligencia, que es donde reside la libertad. Creemos que estos héroes y aquel semidiós son dignos de ser ofrecidos a la juventud americana, a quien dedicamos este libro».

«Hemos trepado a cima desde la cual vemos a los actores suramericanos en sus puestos, apaciblemente, guiados en la acción por sus demonios interiores o fatalidad biológica. Ésta nuestra colina es el problema del héroe nacional, planteado y resuelto aquí por primera vez. Nada nos importan panegíricos e insultos, que será la contribución y tributo de los colombianos en este centenario. Queremos un libro de filosofía y una estatua viva: Historia».

«Porque pretendemos llenar una necesidad de estos pueblos que viven en la apariencia, en la múltiple apariencia, sin vuelo, amando y padeciendo pequeñeces, vida atómica, pasiones minúsculas. ¿Y no es la filosofía el ascender, según la capacidad, a las colinas más o menos altas, desde donde se abarcan en conjunto los fenómenos?».

Apoyado sobre la base de las ideas madres, nuestro viajero se da a la tarea de las grandes síntesis, tal como lo pudimos apreciar en la etapa Viaje a pie. Su tendencia en esta etapa es la dramatización de la historia: sintetizar las multitudes en pocos personajes, los menos posibles; luchar porque el diálogo sea corto y muy denso; permitir que entren en escena los actores impersonales de la tragicomedia. La aparentemente fácil simplificación, en cuyo ámbito se mueve Fernando, con gran desenvoltura, nos da un indicio de lo que hubiera sido su carrera como historiador. Ya habíamos lamentado lo que hubiera sido su estela, como novelista. Decididamente en cada etapa nos descubre inesperadas facetas de su robusta mentalidad.

Pero nos parece que permanece fiel a su temática: lo que lo atrae no es la materialidad de los héroes, es el espíritu o la tendencia en ellos encarnados. Mi Simón Bolívar, Mi Compadre, Santander, son entidades cuasi metafísicas, o corrientes filosóficas en las cuales querrá no embarcarse:

«Los hombres intervienen en la historia como expresiones de la latencia, de lo que subyace y que brega por manifestarse. De ahí que el universo sea voluntad y representación. Hombres históricos son aquellos en quienes encarna la potencia en forma de instintos y reacciones actuantes; en ellos o por ellos se representan los pueblos y la humanidad toda. De ahí el criterio para medir el grado de historicidad de un personaje, que consiste en la cantidad de latencia que representa».

No olvidemos que nos encontramos en la época dura de Fernando, en la cual:

«Su rey o filósofo es Schopenhauer: El mundo como voluntad y representación. Pasean por allí, grandiosos y magníficos, Marx y Engels, en la región del materialismo histórico y la dialéctica materialista de la historia».

Y dispuso la dramatización histórica con asombrosa sencillez: la escena tiene la extensión del continente; amplitud extrema. Los personajes son: un semidiós, Mi Simón Bolívar. Y los héroes nacionales San Martín, O’Higgins, Washington, Santander, Juan José Flórez; entre estos flotan los actores impersonales, invisibles, pero actuantes, como las furias en las tragedias clásicas. La lucha se define claramente porque los actores tienen impulsos disímiles:

«Bolívar es el Libertador, lo cual significa quebrantador de fronteras: formas históricas y psíquicas».

«¿Cuál fue y es el impulso bolivariano? Libertar todo el Continente; unificarlo, y unirlo a los otros; Panamá, centro de confederación universal; influir en el mundo entero; crear nuevas formas universales».

«San Martín, Santander, O’Higgins y Washington son creadores de fronteras, héroes nacionales. Bolívar representa el impulso latente que va unificando al género humano a través de la historia; los demás, al elemento conservador. La historia es el drama resultante del conflicto entre esas dos fuerzas. Los semejantes a Bolívar se llaman semidioses; los otros son los héroes nacionales».

En esta lucha despojan al semidiós; los héroes nacionales se ayudan y las multitudes edifican con adiciones y sustracciones la imagen del héroe nacional, verdadera arquitectura de la historia: el personaje está listo para el mito o la leyenda.

La etapa Santander provocó un escándalo. Escándalo de lesa patria. Por segunda vez, Fernando desafió el ambiente aldeano y lo sacudió en sus fibras más íntimas. Pero no olvidemos que nuestro viajero se disfrazó con un disfraz de iconoclasta y que su placer no era el derrumbamiento de los dioses de barro, sino que detrás de sus gestos destructores había un mensaje y una intención creadora. En la etapa Una tesis, su temática verdadera la tituló El derecho a no obedecer, pero su intención fue noble. No se nos escapa el dicho que el averno está empedrado con buenas intenciones. Sin embargo, nuestro humilde papel de introductores nos obliga a recordar al lector que Fernando, cuando afrontó el tema Santander, estaba preocupado en el estudio de la personalidad con dualidad psíquica, es decir personalidad capaz de remordimiento. Entre los héroes nacionales, personalidades de su drama histórico, escogió al héroe nacional Francisco de Paula Santander como caso clínico, poseedor de dicha personalidad. No olvidemos que nuestro viajero, psicólogo ambulante, se empeñó en la singular manía de medir, con su fantástico concienciámetro, invención personal, hombres y pueblos. Tras este humorismo se escondía gran malicia y seriedad en la intención.

La etapa la maduró durante diez años, pues en 1930, cuando redactó la etapa Mi Simón Bolívar, anotó:

«A mí me ha envenenado el recuerdo del mayor Francisco de Paula Santander. ¡Qué horrible es el apasionado! Seré lento; sólo cultivaré la pasión necesaria para la idea. […] Mañana cristalina. Mirando al cielo me he desintoxicado del Mayor. ¿Me impedirá este hombre escribir con amor la biografía de Bolívar…?».

Nos da la impresión de que Fernando, pese al hecho de haber considerado los juicios como «excrementos pasionales», contra los cuales luchaba en sus batallas interiores, pues así lo anotó en El Hermafrodita dormido, no se había purificado lo suficientemente antes de abordar el tema Santander. Esta etapa se propone dos finalidades: el estudio psicológico del general Francisco de Paula Santander y la significación sociológica del héroe nacional, de cualquier país o nacionalidad.

En el estudio psicológico empleó su técnica de permitir que el personaje analizado se perfile él mismo y se haga un autorretrato. Para ello trascribió, con meticulosidad y preciosismo, cuanto detalle pudo utilizar para demostrar su tesis: Santander, hombre de acción, tenía remordimientos; prueba de ello fue el gran cuidado en no dejar huellas y emplear al mimetismo para aparentar pureza ante sí mismo y ante la posteridad. Semejante juicio o semejante cargo lo fundamentó nuestro viajero en documentos auténticos; documentos que no fueron contradichos por la Academia Nacional de Historia, y por quienes lanzaron el anatema de sacrílego de lesa patria. Lo que nos parece singular es que Fernando no haya podido encontrar en Santander el más mínimo indicio de bondad, puesto que esa posibilidad no se la negó ni a quienes pagan condenas en el fondo de los presidios. Un ser humano, sin el más leve indicio de bondad, nos parece inexistente. Stefan Zweig fue menos cruel con el espíritu reptileano de Fouché, a quien también persiguió con despiadado escrutinio.

Y Fernando nos da primero un apunte sobre el físico de su personaje:

«Por el camino de Santafé para Tunja. Sobre caballo flacuchento, lento y gomoso, que fue todo lo que pudo sacarle al padre Omaña. La frente estrecha pero alta, cabeza de bellota; pelo liso y mortecino como Judas, y sobre los temporales peinado para adelante; color rojizo el rostro, por los venenos hepáticos; cierta pesadez del cuerpo, que se confunde con la solemnidad y, sobre todo, los ojillos grises, quietos. Es artrítico».

En cuanto al retrato moral de Santander, ofreceremos unos cuantos apuntes:

«¡Y qué bella es la psico-biología! ¿Cómo explicar, sino por antioqueño, por los recuerdos prehistóricos del feto, el que Santander amara tanto el dinero, y el que fuera tan astuto para manejarlo?».

«¡Era muy duro, muy frío, muy cubierto, el hijo del alcalde de San Faustino de los Ríos! Podemos inducir su lejana niñez: desde que principió a gatear, sus padres admiraban la limpieza: cagaba, pero se comía la caca. No dejaba rastros. Hombre cubierto. Siempre se comió la caca; nunca dejó las pruebas».

«Allá, en la ciudad fría y teologal, semillero de jurisconsultos, tenemos a Santander de trece años, becado interno, destinado para cura. Estudia bien, pero su lucha terrible, la que va formando y desarrollando su carácter, es la de tener contento y sacarle dinero al tío cura».

«Santander era de suyo de inteligencia hábil y mimética, y en ese seminario aprendió que el pecado se tapa con una actitud y que ésta produce éxito social. Aprendió a reprimirse en público, a ejecutar en la soledad y a tapar con actitudes: el gran cómico».

«A Santander podemos compararle a una sierpe que se eleva enroscándose en espiral al tronco y ramas de una ceiba, que es Bolívar, hasta que la envenena y derriba, perdiendo la altura, la cual era robada a la ceiba».

«Las medias de hilo de Ramiriquí, sucias y rotas, caen en rodetes sobre los zapatos; los pantalones color de yema de huevo son muy cortos y dejan ver los pelos de las piernas: piernipeludo; las botinas son de cordobán, orejonas y rotas en las suelas… Esta ya no es indumentaria para el único que en la Nueva Granada tiene conciencia de sí mismo. Y medita así: ¿Para qué se es criollo, conocido de los que han tomado el poder y sobrino del padre Omaña? ¡Para comenzar! ¡Para eso! Por algo se ha estudiado y sufrido humillaciones: para reaccionar. Un puesto cualquiera… ¡Gobernemos, pues…!».

«Santander tiene el alma fría. El único en toda la Nueva Granada que posee un programa. Ya es el hombre de la revolución: sabe lo que puede; los medios con que cuenta y su fin. Su programa es aprovechar toda oportunidad para subir y enriquecerse de mando y dineros; su capacidad es el rápido conocimiento de los hombres; sus medios, simular y cubrirse de apariencias: pedir certificados, cartas, coleccionar las apariencias de sus simulaciones. Sobre todo, fingir como propio el deseo latente en el alma de la multitud. El calculador está perfecto ya».

«Como veis, siempre está envuelto en la bandera. Su estilo es altisonante, encubridor: no dice por qué no se fue con Baraya… Siempre creyó que falsificaría la historia, el gran coleccionista de certificados… No llegó a sospechar que las ciencias morales, la psicología, la biología y la sociología, podrían desnudarle alguna vez. En su tiempo ya se reconstruía un esqueleto con el hallazgo de un solo hueso; pero no las figuras morales. Nunca sospechó que llegaría el momento en que un solo párrafo de su literatura encubridora nos serviría para resucitarle. Fue gran psicólogo, pero la verdad no se puede matar. Creemos que ya va apareciendo vivo, resucitado el general Santander. Ya hiede. Se nos va apareciendo, salido de sus envolturas, como Lázaro. Pero éste hedía antes de resurgir, y Santander, cuando le desenvolvemos… Es hombre muy grande; carcoma grande y digna del Libertador».

«Siempre desafía a que se compruebe, pues su fuerte es la limpieza en el procedimiento. Es el Venerable Maestro de 1819».

«Esta frase se le escapa del subconsciente; es accidental en el documento, salida de su intimidad. Un hombre de 22 años, desacreditado, derrotado e insultado, que lanza este grito, no es un cualquiera. Es la serpiente, enemiga digna del león. ¿O acaso un bobo pudo vencer a Bolívar y presentarse en la historia como héroe nacional? Le amamos por momentos. ¡Nos da gusto que sea de aquí! Primero. —Es genio defensivo; genio de la literatura sofística. Siempre, hasta la muerte, convivió con el clero católico. Segundo. —Prototipo del que reacciona por envidia. Nadie puede estar por encima. Ansia de mando. Tercero. —Genio del escape, la fuga y el misterio. Sus retiradas de Ocaña a Piedecuesta y luego a los Llanos de Casanare, son obras maestras de la fuga. Si hay arte, ahí está, y Cuarto. —El trabajador de la oscuridad, sin huellas. ¡Hoy creemos que hacen bien en tenerle como héroe nacional! Le estamos amando mucho. Además, ¿quién más hijo de la Nueva Granada?».

«Comienzo de agosto de 1816. Setenta días hace que los fugitivos pasaron la tarabita del Rionegro, afluente del Meta. Nueva Granada y Venezuela están en poder de los españoles. ¿Todo en poder de los españoles? ¡Mire usted! Estamos en Trinidad de Arichuna… ¿Dónde? Cerca de las orillas del Arauca; estamos en el invierno de ocho meses, en medio del mar de agua dulce, y este levantamiento del terreno se llama Trinidad de Arichuna. ¡Mire usted! Aquel rancho, al pie de la palmera, es el Palacio Presidencial; ese hombre joven, carón y apacible, descalzo, en calzoncillos y que tiene el pie derecho sobre la rodilla izquierda, la cabeza agachada muy atentamente, en actitud de sacarse una nigua, es el Excelentísimo Señor Presidente de la República, doctor Fernando Serrano, ex gobernador de Pamplona, amigo de Santander. Más allá, a la entrada de otro rancho, estregándose los pies con una tusa, está el Ministro Secretario General de la Presidencia, doctor Francisco Javier Yanes. Los otros dos ministros, generales Manuel de Serviez y Rafael Urdaneta, están fuera: han ido a coger ramas de albarico para hacer lanzas. El ejército son 150 hombres en pelota, por aquí y por allí… Estos y unos 200 ancianos, mujeres y niños de la emigración, son los ciudadanos de la República de Casanare-Apure».

«Y en el rancho central, la gente dice que dormitando, pero es rumiando, se halla el Jefe Supremo Militar, coronel Santander. Se rasca la verija mientras medita en los problemas que bullen en su alma atormentada».

«¿Quién hizo esto? […] Es la obra de la Nueva Granada clerical, estudiosa y congresista; gente que toda quiere ejercer, por turno; que odia la guerra; que hizo la Patria Boba… Y el actor que encarna esta necesidad sociológica en Casanare es el carácter que exige por naturaleza mandar, aunque sea un piquete. Hoy le queremos mucho; quisiéramos resucitar al Santander de Casanare, para abrazarle».

«Si alguien ha sido alguna vez encarnación plena del carácter de un pueblo, es el Santander de Casanare. Le amamos; el artista biólogo no puede menos de enamorarse de él como de obra perfecta».

«Dejen a Bolívar, a Santander y, secundario, a Páez, y la representación, el nacimiento de las repúblicas colombianas se efectuará. Ellos son los padres; instrumentos del Dios que está escondido. Bolívar es la cima, el Chimborazo; Santander, el abismo que el océano Pacífico tiene al pie de los Andes para tragárselos, y Páez el bravío, el instrumento que manejará Santander para perder al Libertador».

«Hay un capítulo de Maquiavelo titulado paladeadamente así: Del modo como se ingenió César Borgia para asesinar en Sinigaglia a Vitello Vitelozzo, al duque de Gravina Orsini, al duque tal y tal, etc. Luego describe cómo les fingió amor, y les invitó, y les recibió, y les asesinó despacio, y termina: ¡Qué bello! Pues Santander es superior a César Borgia: más lento y más limpio en el asesinato. Lo que sucede es que por aquí no hay artistas pintores como en Italia».

«¿Quién ha igualado la belleza de esta frase de Santander después del asesinato limpio de Mariano París?: ¡Yo que he amado tanto a esa familia de Parises! Y respecto del Libertador dijo: Yo, que le he salvado dos veces la vida… Definitivamente, hoy amamos a Santander como a un hijo. ¡Carajo!».

«¡Dos antioqueños en el Orinoco! Se unieron Zea y Santander con los estrechos vínculos de la usura. Cuando dentro de poco el medellinense vaya a Europa por el empréstito, y el cucuteño esté ya de Vicepresidente, entablarán la más bella negociación: casarse Santander con la hija de Zea, de trece años, a quien no conoce… Santander, más vivo, destruyó sus cartas, pero se conservan las del otro. […] ¡Se hacían propaganda con el dinero del empréstito! ¡Malditos antioqueños…! […] La niña de la compraventa se llamaba Felipa Antonia y se casó en 1834 con el vizconde Alfredo Gaulthier de Rigny».

Con estas delicadezas, entre otras, dibujó Fernando el retrato moral del Héroe Nacional Granadino; en verdad que tuvieron más suerte los otros personajes del drama, quienes pudieron escapar a sus tenazas; sobre los otros creadores de fronteras, escasamente dibujó algunas líneas, pero con cincel empapado en ácidos.

Nos parece que si los rasgos que sirvieron para su caracterización del alma de Santander son verídicos, Fernando realizó una obra maestra de psicología analítica; si son falsos, excrementos pasionales, según su propia terminología, Fernando realizó una pseudo-novela histórica de mal gusto, incompleta, injusta y cruel.

Fernando reconoce el papel sociológico que desempeña el Héroe Nacional, como factor aglutinante de las nacionalidades. Su mensaje a la juventud, sin ser de índole iconoclasta, consiste en que no permanezca fiel al impulso que ellos representaron, cuando ese impulso discrepa con las latencias o aspiraciones que surgen en épocas posteriores; no incurrir en el pecado de la idolatría. En cuanto a nuestra patria se refiere, nuestro viajero sostuvo que el espíritu granadino «leguleyo y teologal» no se compagina con la realidad actual; si en 1940 esta apreciación era verídica, en 1964 la discrepancia es mayor y la realidad ha desbordado todas las previsiones. Decididamente la Colombia actual no es la Colombia del general Santander. En Antioquia hay una latencia de desagrado contra ciertos procederes centrales; no por el regionalismo agresivo, con el cual nos vimos calificados por boca de uno de los expresidentes, sino porque hemos crecido en muchos aspectos.

En cuanto a la visión global del mundo, Fernando vio claro: las nacionalidades se van tornando en entidades anacrónicas: fue profético en anunciar las confederaciones, ideal bolivariano: la confederación europea, la arábiga, se abren lentamente camino; la reestructuración de la Gran Colombia amaga, por lo menos en el orden económico.

Los místicos-filósofos suelen tener visiones futuristas.

— o o o —

Lo agradable en estas aventuras de nuestro viajero Fernando es lo sorpresivo y lo aparentemente caprichoso de sus desplazamientos. De las cumbres andinas, en donde meditó sobre los Héroes Nacionales, con recóndita intención, nos transporta a la parroquia, para contarnos una tragedia en forma novelada, escrita con desconcertante sencillez, pero de una densidad en la presentación y en el contenido, que semeja casi una dramatización.

Recordamos al eventual lector que, en las etapas precedentes, su temática ha sido el estudio de las personalidades fuertes, hombres de acción sin remordimientos o con ellos para la realización de sus impulsos.

En la última etapa, Santander, penetró en el análisis de una personalidad y la definió justa o injustamente, sin realizar obra histórica, por lo incompleto en el análisis, y por la sola presentación bajo el aspecto negativo, sin considerar lo que hay de positivo en las actuaciones históricas de su personaje. La reacción urticariante en el ambiente aldeano tenía que ser de desagrado, y de indignación. Un vacío rodeó al pensador, como protesta por lo que se consideró sacrilegio y crimen de lesa patria.

Pero esta reacción no constituye el solo telón de fondo en el espíritu de nuestro místico-filósofo. Las obras precedentes, en particular Viaje a pie, habían sido acogidas con recelo por parte de las autoridades eclesiásticas de su tiempo; no sólo recelo sino rechazo categórico. En cuadernillo editado por la Editorial Juventud de Barcelona, aparece el siguiente dictamen:

«Viaje a pie está prohibido bajo pecado mortal porque ataca los fundamentos de la Religión y la moral con ideas evolucionistas, hace burla sacrílega de los dogmas de la fe y con sarcasmos volterianos ridiculiza las personas y las cosas santas, trata de asuntos lascivos y está caracterizado por un sensualismo brutal que respiran todas sus páginas. —Manuel José Caycedo (Arzobispo de Medellín)».

Otro juicio es el siguiente:

«Basta leer sus páginas saturadas de volterianismo y lascivia para persuadirse de que Viaje a pie está prohibido por el mismo derecho natural. —Tiberio Salazar (Obispo de Manizales)».

Otro juicio dice lo siguiente:

«Por disposición del Excmo. Sr. Arzobispo, el libro Don Mirócletes está prohibido y es pecado mortal reimprimirlo, leerlo, retenerlo, venderlo, traducirlo a otra lengua o prestarlo a los demás. —Enrique Uribe (Srio. del Arzobispo, Medellín)».

La obra titulada El Hermafrodita dormido le causó a nuestro viajero su retiro del puesto diplomático que desempeñaba en Italia, durante la época de Mussolini, y el ser escoltado a la frontera por dos guardias secretos. La obra titulada Mi Compradre fue muy descalificada en Venezuela. No olvidemos que su tesis inaugural, para optar el título de Doctor en Derecho y Ciencias Políticas, titulada por él El derecho a no obedecer, causó escándalo y estuvo a punto de provocar una seria crisis universitaria. Por otra parte, Fernando captaba en el ambiente que sus prédicas no habían penetrado en la conciencia de sus conciudadanos, y su esfuerzo había sido inútil, por lo menos en apariencia. Recordamos igualmente un párrafo extraído de su obra inicial, Pensamientos de un viejo, en el cual, con arrogancia, y sin ningún equívoco, afirmaba la seriedad, el ahinco y la importancia que él mismo atribuía a sus obras. Sin falsas modestias, Fernando tenía, con marcada justificación, un altísimo concepto de su propia persona.

En la trayectoria intelectual de las etapas que han precedido, en particular las referentes a sus estudios sobre la personalidad, anotamos el hecho de que, en estos análisis, se detenía con deleite, y con un ligero tinte de envidia, sobre quienes habían nacido con el arte de dominar. En otros términos: sus estudios habían versado sobre el análisis psicológico del éxito, de las personalidades fuertes. El análisis de las personalidades desadaptadas, de las personalidades débiles, sólo lo esbozó cuando caracterizó, muy esquemáticamente, el personaje Manuel Fernández, y nos parece que consideró deber profundizar y escudriñar los mecanismos psicológicos de los tímidos, y sus reacciones hacia el medio ambiente.

En la etapa El maestro de escuela se dedicó al análisis y al estudio del complejo denominado por él «el grande hombre incomprendido». Y nos afirmó que dicho análisis se plantea por primera vez y es original.

Nos parece que sea una de las mejores obras analíticas del pensador. Su encanto radica también en el tono emotivo de la narración, en la cual expresó un sentimiento de piedad hacia sí mismo, y hacia todos los seres humanos, quienes, en una u otra forma, se han dedicado a orientar y a estimular en las amplias avenidas del pensamiento. Al redactarlo, el desengañado pensador tuvo en cuenta todo el martilogio y toda la tragedia de los maestros de todos los tiempos, desde la alta cumbre socrática, hasta el más despreciado de los héroes del magisterio colombiano. Su desengaño nos lo explicamos por la adversidad experimentada en su vida, y por la fría acogida de sus mensajes. La sordera de sus conciudadanos lo colocó en el punto de dudar de su misión, y de querer apostatar de su sacerdocio laico.

Fernando anunció la muerte violenta del maestro de escuela que había en él cuando anunció la muerte de Manjarrés:

«A fuerza de tropezones, apenas en la edad madura llegué a ciertas verdades útiles a que algunos privilegiados, Maquiavelo, por ejemplo, llegaron muy niños o las tuvieron de nación. ¿Será culpa del trópico?

Ahí está el ombligo de este libro; quiero decir, que ya en el umbral de las sombras llegué a saber que la felicidad terrena está en proporción de la adaptabilidad social del individuo. Esta verdad la tienen los jesuitas desde el siglo xviii y por eso son tan felices. El rey es mi gallo. Lo demás es Manjarrés.

En esta novela que leísteis me he deleitado en la pintura minuciosa del que habitó en mí durante mi niñez y juventud y que tanto me hizo padecer. Es, pues, algo de autobiografía. Reniego así de mi obra y vida anteriores, o, dicho con palabras más suaves, me despido del maestro de escuela. Hoy, viejo ya, me pesa el haber maltratado la realidad. Lo que suelen llamar verdad son los sueños de los desadaptados.

Este maestro que fui yo y que ya enterramos, no hizo sino dificultarme el camino. El que hoy habita en mi cuerpo es obediente como el agua, y así el cadáver que seré muy pronto irá en su automóvil de un solo pasajero, seguido de una lucida cola de senadores, directores, ministros e industriales».

«La sinceridad es de las vírgenes. ¿Soy acaso un sapo de tinajero? ¿Podía vivir así, debajo de mí mismo, nutriéndome de mí mismo? Creo que ya quedaron convencidos los que dudaban».

«Cierto es que a los del tinajero les corresponde “la gloria”, que es comida para muertos. A nosotros, realistas, dennos salud, poder y amor».

«A este nuevo hombre que somos desde ahora, el busto dénselo en plata. Vendo la lápida también, por cincuenta».

«¡No me hablen de contradicciones! Al segundo, ya era diferente del que parió mi madre, quien me hizo cabezón e infiel como la vida. ¿Soy acaso estacón de comino de alambrada de púas? ¿Soy por ventura habitación de ideólogos o de espíritus ciegos? Soy de carne y hueso; sufro las pasiones; padezco y reacciono; hoy río y mañana lloro. Estacón no, cagajón río abajo, sí».

«Matar a Manjarrés, cuando habita en nosotros de nacimiento, es lo más difícil. Nietzsche y Marx, por ejemplo, dizque lo asesinaron: ¡que mueran ya los predicadores de ultramundos!, gritaban, y ambos crearon ultramundos, el superhombre y cierta realidad… soñada».

«Decir lo que sentía y pensaba fue la inmunda práctica de Manjarrés. Eso lleva al nudismo y al vivir a la enemiga. Decir lo que debo y ocultar mis perjudiciales sentimientos, es la norma del que asesinó a Manjarrés».

«¡Denme el busto en plata! ¡Qué difícil convertirme en don Tinoso, gran lambón del presupuesto!».

Recordamos que nos encontramos en el momento álgido de la época dura de Fernando. Por ello se trasluce cierta aspereza en el lenguaje y cierta cólera contenida.

Veamos los grandes rasgos del repudiado Manjarrés, el «grande hombre incomprendido», y asistiremos, otra vez, a episodios autobiográficos y auténticos de Fernando:

«Manjarrés era más bien alto; las piernas muy largas y flacas. Pero se le veía que había nacido para gordo: era un enflaquecido, flacura de maestro de escuela; no era esa su condición natural, sino que la padecía. Usaba bigotes colgantes y, en el bolsillo interior izquierdo del saco, un cepillo para dientes, con las cerdas de para arriba, condecoración de todo maestro de escuela. Mientras discurría, abría y cerraba su vieja navaja de bolsillo, muy comida y limpia por sobijos y amoladuras; también sacaba de los bolsillos pedazos de tiza; estos y tiznajos son la única abundancia en casa del maestro».

«¿Era “un grande hombre”? Sólo puedo afirmar que en él podía estudiarse el sentimiento de “grande hombre incomprendido”. Aquí, por primera vez, se pone, alinda y analiza este sentimiento. Muchos somos los que nos sentimos “grandes incomprendidos”: todos los artistas y los que ejercen la filosofía; todos los pobres; los que padecemos y en cuanto padecemos. ¿Será defensa que suministra la naturaleza, para que los pobres no se aniquilen?».

«Manjarrés se cree “un filósofo” y un “postergado”. En el fondo goza con sus vestidos rotos. ¿Por qué no se afeita diariamente, si para ello no se necesitan riquezas? ¿Y el hedorcillo a sudor? ¡A mí no me engaña! Esos detalles miserables son la bandera desplegada de su orgullo; la publicidad de su sentimiento de “grande hombre incomprendido”».

«Hombre tímido en extremo, tipo del solitario por impotencia. Primero fue recadero de abogado y también abogadeó en su primera juventud; un su tío le tuvo en el bufete y allí aprendió. Estudió donde los jesuitas; con ellos se graduó en introspección, en creerse “condenado”, “perseguido”. Su primera experiencia amorosa fue con una joven mulata, fortísima y virgen; ella fue la incitadora y él fracasó en el trance, debido a que los Reverendos educan a los jóvenes de modo que cuando aman, piensan en el remordimiento y el infierno, quedando asociado el hecho del amor con tantos dolores y miserias que resulta una inhibición».

«Como era cariserio de nacimiento, seriedad nativa que se confunde con la santidad o con la investigación, y como todos sus movimientos eran de asustado (bruscos, con vergüenza), las mujeres no le amaban. Lo más remoto para ellas era que Manjarrés pudiera amarlas y perseguirlas; así, huían asustadas cuando les pedía algo o las miraba ansioso. Una dizque se expresó así: “Cuando Manjarrés está amoroso, se le ve el pecado mortal”».

«Estando de curial dio principio a eso tan en boga entre los tímidos, que llaman “educación de la voluntad”, arte que se halla en libros cuyas pastas ostentan caras con ojos muy abiertos, y fijos como candelas. A este arte maldito le somos deudores de Mussolini, Franco y Hitler».

«Coronó estas prácticas con un sistema de desdoblamiento que le perdió para las artes del tintero y le arrojó a las de la tiza y el hambre. […] Ahora se trata de mi invento para autocapturarnos psíquicamente en flagrante: objetivarnos. Con la introspección logramos hacerlo, pero como entes sucedidos; los actos ya sucedieron cuando tenemos conciencia de ellos. Se logra apenas producir el remordimiento. Se trata ahora de un invento que permita al hombre estudiarse como actual. […] El mecanismo fue el siguiente: la inteligencia sería Manjarrés, y el ejecutor, Jacinto. […] [Fernando González desdoblado en dos personajes]. Tres años duró la experiencia. Como resultado, cierta alegría, proveniente de la satisfacción de mandar. Téngase presente que los males que sufrió e hizo padecer Manjarrés provinieron de que pensaba en sí mismo. Para ser “un hombre” y no “un filósofo” hay que atender al prójimo».

«En este país —dijo Manjarrés— no quieren sino maestros a su modo, que sean del “partido”; no ascienden sino a los que beben aguardiente con los inspectores de educación. José Vicente tuvo que gastar ochenta pesos en aguardiente de caña para ellos, para que desistieran de mandarle a Heliconia…».

«La íntima actividad humana es objetivar los “males”, arrojando la culpa a los semejantes. Es la raíz del arte, de los mitos».

«“Los reyes también mueren y se pudren”. “Los ricos no pueden llevarse su oro”. Tal es el formulario del predicador. La gente sale consolada, se hace “buena”. El mecanismo consiste en que las imágenes de la podredumbre de la realeza y del viaje miserable del rico despiertan la conciencia de “grande hombre” en los pobres. Se trata de envidia satisfecha por medio del sermón».

«¿En dónde estuvo latente el triunfo del Evangelio cristiano? En la afirmación de que los ricos no entran al Cielo. La frase acerca del ojo de la aguja y del paso por ahí del camello, refiriéndose al Cielo y a los poderosos, satisfizo a los pobres, a los maestros de escuela, a todos los “grandes hombres”. Cambiar el sitio de riqueza y de honores, creando “otro mundo”, cerrado para los usufructuarios de la Tierra, curó del tormento a los pobres e hizo posible el régimen capitalista».

«Manjarrés, complejo en disociación, humano inútil para labor progresiva y mercantil. Todo el magisterio está acorde en apreciarlo así y ningún colega se le acerca: se junta consigo mismo, desdoblándose; de su nido de instintos, llamado “yo”, ha creado su sociedad. Pasa las horas rumiando sus problemas, que son: si tiene “espíritu”; si progresa; si siente a Dios; si posee capacidades y si le odian o aman. Egocentrismo. Periódicamente adopta resoluciones crueles para consigo: dejar hábitos. La finalidad inconsciente es el sentirse, y, por eso, apenas cesa el dolor de la amputación, vuelve al hábito. Los activos se realizan fuera; Manjarrés, dentro de su personalidad enferma: “Un hombre opinado por la cónyuge es como planta orinada, que se marchita. Josefa tiene la culpa”».

Y Fernando penetra como lezna en el análisis del hogar de Manjarrés y aumenta la intensidad de la tragedia:

«Desde la primera visita comprendí que se amaban mucho, con ese amor infierno que se tienen los que se entrematan por cierta necesidad cósmica. La clase de asesinos a que pertenecía Manjarrés aman a sus víctimas y se odian a sí mismos, como instrumentos que son de la necesidad. […] Aquí nos es indispensable analizar un mito: la culpa. “La culpa” es ente imaginario que está en razón inversa de la comprensión del suceso; no hay responsables… Un buen defensor… Los presidiarios lo son porque no tuvieron quién explicara sus vidas. […] El único compañero del hombre en la Tierra es la necesidad. Lo demás es opinión».

«Las creaciones maestras de la miseria son “las malas” y “la culpa”. Si recorremos la historia del arte, sólo hallaremos pobres y enfermos. El arte, “el otro mundo”, los mitos, son la objetivación de los tormentos. Suprimid el arte, quitad el Cielo prometido a los hambrientos de justicia, y al otro día tendréis la revolución contra el capitalismo».

«El mísero a quien se le comprueba que la gente no tiene “la culpa” se hace “bueno” y muere. Pierde la pugnacidad y muere. […] ¡Pero qué problema! ¿De suerte que el hombre “bueno” lo es porque se siente culpable? ¡Claro! Quien se hace “bueno” ya no es egoísta, se está descomponiendo. Manjarrés se moría también. La razón de su vida era la pobre esposa insultada».

«Hoy me quitaron la escuela. El inspector Pedro Alejandrino dizque dijo que yo era “un godo hijo de tal”. […] Empeñé los vestidos y los libros en la prendería de Vásquez».

Para aliviar la penosa situación económica de Manjarrés, las personas caritativas le pusieron una carbonería, la cual fracasó, pues:

«Vendió al fiado, pues al sentir desconfianza de alguien, pensaba que él era peor y le fiaba».

Manjarrés murió, fué sepultado, entierro de tercera. Los siguientes órdenes de damas caritativas aparecieron: las «damas de la gota de leche»; «las damas de la santidad»; las «damas de la columna de choque contra el mal»; «las vírgenes del altar», etc.

Y Fernando nos regala con uno de los cantos más sentidos y humanos, con los cuales nos haya regalado, hasta ahora, puesto en boca de Manjarrés, antes de morir:

«Desde anteayer llamé al infinito luminoso para que me envíen un guía, porque hace treinta años que estoy perdido, en angustia, en garras de la causalidad de tres pasiones: soberbia, lujuria y avaricia.

Ya llegó el enviado que pedí, pues siento la luz del cielo y la suavidad de la convalecencia. Experimento el santo dolor (remordimiento) que nos eleva, así como el duro cemento a la pelota rebosante. Sin el Ángel, los golpes de la suerte son como los de bola de caucho en el fango, que la hunden más y más.

Lo primero que me ha mostrado el guía alígero es la oración del Padrenuestro, principalmente en aquella frase que dice: perdona mis deudas así como perdono a mis deudores.

Las frases de Cristo son verdaderas, sea cualquiera la concepción filosófica que se tenga de la vida. Para panteístas, materialistas y espiritualistas, son igualmente verdaderas. Del mismo modo como el sol alumbra y calienta al cavernario, al acuático y al celícola.

Efectivamente, ya sea desde el punto de vista de la causalidad materialista, o de la mística, sólo rompiendo la causalidad, introduciendo en ella un nuevo elemento libertador, cesa la ley que dice: cada cosa es eterna: el odio engendra odio y amor el amor. Ojo por ojo: el primer ojo sacado creó al segundo, y éste al tercero, y así el ojo sacado es eterno. Pues viene Cristo y dice: “¡Perdona!”. Cesa entonces la causalidad del odio y es reemplazada por la del amor.

Queda así explicado el fenómeno de la Redención: Cristo dio sus ojos, todo su cuerpo, amorosamente, y mató así la causalidad antigua. Nació otra. ¿La Gracia?».

«… y luego fui a la iglesia, en donde estaban comulgando mis hijos. Les hallé que bajaban del presbiterio, comulgados, palma contra palma las manos, cerca de las bocas. ¡Qué envidia y qué goce! Necesito sentir a Cristo en mí. Entra, Señor, entra y barre y embellece… ¡Tú que llamaste a Lázaro de la podre, Tú que resucitaste y comiste luego pescado! ¡Qué hermoso eres, que no robaste, no opinaste, no te disfrazaste! ¡No pesas y trasciendes, no te corrompes y renaces! ¡Empuja, pues, y derrumba! ¡Llámame con voz más urgente! Yo no puedo ir a Ti, pues “venga a nos tu reino”. De mío voy a la prostitución. Empuja, urge, incita; todos son tus símbolos que me llaman, me hacen guiños. Estoy preñado de ganas de realidad».

«Cuando la Iglesia nació y trashumaba por Galilea, el usurero Judas era sacristán y el cabezón Pedro, jerarca; había un publicano y todos eran pescadores mugrosos. Vicentón sostendrá la patena debajo de mi boca cuando el reino me vendrá… Juntos saldremos del hediondo sudario, como mariposas».

Este canto, en boca de Manjarrés, lo descubrió el detective Fernando, antes de la muerte de Josefa. Manjarrés, en los momentos de más angustia, llamó al infinito luminoso con ecos tan humanos como los de los grandes místicos de la España ardiente. El fracasado nos tenía que mostrar, al igual que todos los personajes que hemos analizado, sus linderos con Dios; nos tenía que mostrar el trato, del que fue incapaz Abraham Urquijo, el usurero. Del diálogo de éste sólo nos quedaron conjeturas; del de Manjarrés nos quedó un documento humano.

Manjarrés dió un escape a su cólera y puso en venta hasta su propia lápida; y tal énfasis nos demuestra a nosotros, sus detectives, el inmenso pesar de renunciar a su razón de ser. Pues Manjarrés, Fernando, se consideró a sí mismo como un educador y un maestro nato, digno de ascender en el escalafón, y en la consideración de sus conciudadanos. Tuvo un momento de impaciencia, pues las grandes transformaciones tienen largos períodos de gestación; y Fernando debiera ser el primero en saber lo desigual de la lucha civilizadora, ante la tenacidad de la barbarie, y la inmensa fecundidad de la maleza. Las prédicas de Manjarrés se adelantaron un siglo y no tuvieron en cuenta que la historia humana nos trae episodios, como los que gestó Mi Simón Bolívar, y los de México, los cuales aún no han engranado en los anales de la historia universal. Felizmente el maestro se serenó y reanudó su cátedra, después de largo silencio, como el místico español, Fray Luis de León: y como decíamos ayer…

— o o o —

Muerto y sepultado Manjarrés, nos incumbía a nosotros, los detectives, buscar si este tímido maestro de escuela había dejado, fuera de pedazos de tiza y de tiznajos, algún testamento de orden espiritual destinado a la juventud de América, para poder justificar su nombre, y para justificar su razón de ser. Creemos haberlo encontrado en la presente etapa, Los negroides, y en las siguientes, en las cuales el heredero directo, Fernando, se presenta a sí mismo con carácter de educador, no en la forma simbólica usada anteriormente, sino en tono magistral.

Si en las etapas precedentes habíamos descubierto, como hilo o filón de su trayectoria intelectual, el estudio de las varias formas de personalidad, en esta etapa y en las siguientes el psicólogo se dedicó al estudio de la psicología de multitudes, y tendrá como objetivo estudiar los fragmentos de la Gran Colombia. Estos estudios son fundamentales para justificar su posición como maestro, y para servir de telón de fondo a sus enfáticas enseñanzas.

Y, como de costumbre, Fernando hace una dedicatoria y nos da la tonalidad de la obra: la dedicatoria dice:

«Esos animales que habitan la Gran Colombia, parecidos al hombre… […] Estos animales parecidos al hombre, que habitan hoy en América, carecen de pudor. Estos animales parecidos al hombre únicamente en la perversidad, son un castigo para la Tierra».

Pero prevenimos al eventual lector que no asistiremos al adiestramiento de fieras en el circo, y que el látigo no será el procedimiento pedagógico. El maestro tiene un mensaje áspero, pero menos temible.

Define su posición en los siguientes términos:

«Creo firmemente que yo soy el filósofo de Suramérica; creo en la misión; me veo obligado a ser áspero y seré odiado, pero ¿podría cumplir mi deber con dulces vocablos?».

«Soy el predicador de la personalidad; por eso, necesario a Suramérica. Dios me salvó, pues lo primero que hice fue negarlo, donde los Reverendos Padres. Tan bueno es Dios, que me salvó, inspirándome que lo negara. Luego le negué todo al padre Quirós. ¡El primer principio! Negué el primer principio filosófico, y el Padre me dijo: “Niegue a Dios; pero el primer principio tiene que aceptarlo, o lo echamos del Colegio…”. Yo negué a Dios y el primer principio, y desde ese día siento a Dios y me estoy librando de lo que han vivido los hombres. Desde entonces me encontré a mí mismo, el método emotivo, la teoría de la personalidad: cada uno viva su experiencia y consuma sus instintos. La verdadera obra está en vivir nuestra vida, en manifestarnos, en auto-expresarnos. Precisamente en el hombre más inhibido, y en el país más inhibido y en el continente más vanidoso, tenía que aparecer la filosofía de la personalidad».

La preocupación por la importancia del maestro de escuela la manifestó Fernando desde la etapa de Mi Simón Bolívar y anotó:

«El secreto del progreso para Colombia está en el maestro de escuela: enseñar a los niños a creer en sí mismos, en sus fuerzas; hacerlos sensibles al orgullo racial y al sentimiento de propia expresión. Necesitamos hombres que se sientan ofendidos al recibir de fuera. Recibir de otros es una cobardía. ¡Inventen, actúen, realicen, niños colombianos! ¡No tomen prestado, no reciban regalos, no pidan! ¡Qué vergüenza es hoy nuestra pobre patria! En tiempos del Libertador, Colombia irradiaba, imponía al mundo sus conceptos de Libertad y de Gloria. Pero, ya murió Simón, y debo contenerme».

Las cláusulas del testamento de Manjarrés pueden resumirse en las siguientes:

«Resumiré aquí, para la juventud, las normas que encontré en mí mismo, al separarme de los reverendos padres:

Primera.—El objeto de la vida es que el individuo se auto-exprese. La Tierra es teatro para la expresión humana; el hombre es cómico; la vida es representación.

Segunda.—La sociedad no es persona: es forma, función de los individuos; es para uso de los individuos. El último fin de toda actividad debe ser el individuo. El socialismo, sobre todo el católico, es blandengue, negación de las ideas de Cristo. […]

Tercera.—El ladrón y el honrado, el santo y el diablo, son igualmente buenos para el metafísico, pues ambos se auto-expresan.

Cuarta.—El individuo, al auto-expresarse, se acerca al Espíritu, pues se va desnudando, va perdiendo la vanidad.

Quinta.—La cultura consiste en métodos o disciplinas para encontrarse o auto-expresarse.

Sexta.—La pedagogía consiste en la práctica de los modos para ayudar a otros a encontrarse; el pedagogo es partero. No lo es el que enseña, función vulgar, sino el que conduce a los otros por sus respectivos caminos hacia sus originales fuentes. Nadie puede enseñar; el hombre llega a la sabiduría por el sendero de su propio dolor, o sea, consumiéndose. […]

Séptima.—Lo esencial en los programas de la escuela, es la lógica. Toda ciencia tiene un método, un ritmo; todo hombre tiene su método y su ritmo; he ahí cuál debe ser la base de las escuelas. Programa que no comporte curso de lógica en cada año de estudios, es fracaso».

Este testamento hace una diferenciación franca entre Educación y Cultura, y por ello debemos citar algunas cláusulas:

«El ideal pedagógico correspondiente al estado primitivo en que personalidades fuertes crean la verdad y la imponen como definitiva, es la educación; lo correspondiente a nuestros días y al futuro, es la cultura.

Educar es formar a los hombres conforme a modelo (éste es la verdad, la personalidad del genio). Hombre educado significa el que se ajusta a las normas. El tipo hombre educado es igual al perro sabio. En el período educacionista, el ideal consiste en que sepan las reglas, las leyes, los programas, los textos, los modos. […]

Pero resulta que educar o instruir es cosa de rebaño. Muy diferente es la cultura, el Ministerio de la Cultura que necesita la Grancolombia. Aquí se trata de cultivar la individualidad, de crear las personalidades individuales y raciales».

«Individualidad es la serie de instintos y complejos concretados en un ser».

«Personalidad es la manera como cada individuo se auto-expresa. Es la forma de la individualidad. Todo ser es individuo, pero pocos son personas. Casi todos los individuos están latentes, esclavizados por las maneras de la especie (formas sociales). Tales formas fueron impuestas por inducción (contagio, sugestión, imitación) de personalidades poderosas».

«El progreso consiste en la liberación de los individuos. Hoy casi no existen genios; hay hombres cultos, cada vez más numerosos. El fin ideal será la liberación de todas las individualidades. El progreso se mide por la cantidad de personas. En casi todos los países, lo miden por la cantidad de gente educada, o sea, por las maneras imitadas».

«El fin de los gobiernos es la cultura; libertar los individuos; obligar a individuos y sociedad a auto-expresarse. El fin de los gobiernos es la libertad absoluta; su medio es la disciplina. Llegar a la anarquía por medio de la coacción. El gobierno es instrumento cuya necesidad está en razón inversa del progreso de los individuos».

«Suramérica necesita mucho gobierno, porque no hay personas. Es Suramérica como rebaño inconsciente al que es preciso alambrar el camino, atajar en los desvíos, gritar y pegar».

«Las escuelas deben tener por fin la cultura, la libertad de los individuos, para llegar a la anarquía, a la auto-expresión, al Paraíso o Culminación».

«Todos los gobernantes nativos que hemos tenido desde la Independencia, y todos los letrados, han vivido usando y propugnando el crédito extranjero, por misiones, por inmigración: plagiar, aumentar la vanidad. Ni un solo instante hemos vivido para nosotros mismos y de nosotros mismos. Suramérica no ha sido libertada sino aparentemente. Bolívar murió sin haber realizado su obra».

Fernando continúa con su metodología de las grandes síntesis, y desde el punto de vista del psicólogo-filósofo, Suramérica sufre de tres complejos característicos: la vanidad, el complejo de ilegitimidad y el plagio.

El analista define la vanidad:

«Vanidad significa carencia de sustancia; apariencia vacía. […] Apariencia no respaldada, apariencia de nada, eso es vanidad. […] Llamamos vanidoso a un acto, cuando no es centrífugo, es decir, cuando no es manifestación de individualidad. […] Acto de vanidad es el ejecutado para ser considerado socialmente. Aparentar es el fin del vanidoso. […] Vanidad es la ausencia de motivos íntimos, propios, y la hipertrofia del deseo de ser considerado. […] La vanidad está en razón inversa de la personalidad. Es social, o sea, no puede existir en el hombre solitario. Es simulación, hurto de cualidades. […] La vanidad está en razón inversa de la personalidad. Por eso, a medida que uno medita, que uno se cultiva, disminuye. […] La vergüenza es condición de la vanidad; un in-di-vi-duo no tiene vergüenza, no simula. El orgullo es fruto del desarrollo de la personalidad, por ende, contrario a la vanidad».

«Hemos agarrado ya a Suramérica: vanidad. Copiadas constituciones, leyes y costumbres; la pedagogía, métodos y programas, copiados; copiadas todas las formas. Tienen vergüenza del carriel envigadeño y de la ruana. ¿Qué hay original? ¿Qué manifestación brota, así como el agua de la peña? Bolívar y Gómez. ¿Cúyos sus padres y cúyos sus hijos? He meditado durante años y don Simón me queda inexplicable. Fue meteoro. Fue enviado por alguien. Gómez sí tiene padres: hijo de la guerrilla, del asesinato, del cataclismo racial; lo explican cien años de luchas atroces en la brega por fusionar todas las razas en este continente de la sensualidad. Genio elemental, astuto, frío, inconsciente, encarnación del diablo americano. ¡Qué soberbia personalidad, qué bella individualidad la de Juan Vicente Gómez! ¿Entienden ya por qué lo amaba y fuimos compadres?».

Otra de las lacras de Suramérica la constituye el complejo de ilegitimidad. Este complejo de ilegitimidad parecen tenerlo todos los pueblos en relación con los que les han precedido en las grandes conquistas del espíritu. La orgullosa Europa, a pesar de sus grandes triunfos en el dominio de la técnica, y a pesar de ser la cuna de los fundadores de la llamada civilización Occidental, tiene cierto complejo de ilegitimidad con relación al Asia, apática y despreocupada, pero cuna de las religiones y del espiritualismo; el orgullo de los romanos, creadores del Imperio y del Derecho, experimentaron cierto complejo hacia los griegos, quienes enseñaron qué era el pensamiento, y hasta qué abismos podía penetrar, y recogieron, con piedad, estatuas y pedazos de mármol, no como trofeo bélico de sus conquistas, sino como homenaje a la humanidad del hombre. Y si esto aconteció en pueblos con verdadera historia, ¿qué podría acontecer en un continente descubierto por azar, y por el más fanático y rudo de los pueblos de Europa, y en momentos de gran necesidad? El español, sensual y codicioso, esperaba las sombras de la noche para asaltar el bohío del cacique y dominaba al aborigen, y con sentimiento de pecado renegaba del fruto de sus uniones pasajeras; o dominaba la esbelta esclava negra y repudiaba el mulato, hijo del hombre con penacho; y los descendientes, creyéndose mejores, ocultaban sus madres negras o aborígenes. Los dioses de estas selvas fueron derribados, y a estos asiáticos se les impuso un catolicismo itálico, y los nombres con que invocaban al Espíritu fueron burlados, los pajizos templos incendiados, y sus almas humilladas.

«Me enorgullezco de ser el primero que ha estudiado y analizado el complejo que he llamado hijo de puta. Aquí han dicho que uso palabras inmundas; lo que sucede es que estudio problemas nuevos, suramericanos».

«Pero este complejo es terrible en Suramérica. Nuestra individualidad está apachurrada, a causa de estos hechos:

1.º—En cuanto negros, somos esclavos, propiedad de europeos, fuimos prostituidos.

2.º—En cuanto indios, fuimos descubiertos, convertidos; discutieron “si teníamos alma”; rompieron nuestros dioses; nos prostituyeron moral, religiosa, científicamente.

3.º—En cuanto españoles, somos criollos, sin poder “probar la pureza de sangre”.

4.º—Lo peor: que somos mezcla de las tres sangres; ocultamos como un pecado a nuestros ascendientes negros e indios. Somos seres que se avergüenzan de sus madres, o sea, los seres más despreciables que pueda haber en el mundo. En realidad, tal mezcla es un bien; pero en la conciencia tenemos la sensación de pecado. Vivimos, obramos, sentimos el complejo de la ilegitimidad.

Por eso el suramericano simula europeísmo; por eso es dilapidador, prometedor, incapaz: porque tiene vergüenza del negro y del indio».

«Mientras simule, será inferior. La grandeza nuestra llegará el día en que aceptemos con inocencia (orgullo) nuestro propio ser. El día en que, mediante la cultura practicada en esta Universidad, el grancolombiano manifieste su individualidad mulata desfachatadamente; ese día habrá algo nuevo en la Tierra, habrá un aporte nuevo al haber humano».

«Las Universidades colombianas han dado ilegítimos; todos son como los diputados, ventosidades de marrano».

«Hijo de puta es aquél que se avergüenza de lo suyo. Por aquí me han llamado grosero porque uso esta palabra, pero la causa está en que mis compatriotas son como el rey negro que se enojó porque no lo habían pintado blanco».

En esta pintura, o mejor, caracterización, en tecnicolor, digna para estudio zoológico, más que sociológico, debemos, nosotros Los negroides, aceptar que nuestra ausencia de personalidad y de individualidad la suplimos con el plagio; este es la consecuencia de la vanidad. Los elementos foráneos blanco y negro, y sobre todo el mulato, simulamos; y el autóctono, el aborigen, no ha podido despertar de los ultrajes de la conquista y la colonia. Fernando insiste en recalcar que la única posibilidad de orginalidad está en la liberación de la fuerza humana del aborigen, en quien halla características psicológicas de gran valía, según las sintetizó en el emocionado canto el aborigen en la etapa de Mi Compadre. Pero considera que a esta liberación debe agregarse la reestructuración de la Gran Colombia, sobre todo en lo que atañe a la reunión de los impulsos de los tres fragmentos: Colombia, Venezuela y el Ecuador. El pacifismo, legalismo y espíritu de imitación de los colombianos; la desfachatez y egoencia de los venezolanos, y la malicia, lentitud y prudencia, con inmensa capacidad para el sufrimiento, características del espíritu aborigen ecuatoriano, constituirían elementos para reestructurar la Gran Colombia.

En estos estudios sociológicos el pensador pone particular énfasis en lo que él denomina el hecho antioqueño, o sea en la modalidad psicológica de las gentes nuestras, cuya laboriosidad, astucia, mercantilismo y tendencia invasora son promesa aún para la futurista nacionalidad.

Tan en serio toma Fernando estos temas que afirma enfáticamente:

«El deber de los tres gobernantes consiste en dirigir biológicamente la mezcla de sangres, de grupos. Crear institutos biológicos que tengan el cuidado de ello y que regulen la inmigración. Consiste, luego, en cuidar amorosamente el tesoro aborigen: atracción y comprensión del indio. Consiste, después, en la cultura: ciencia y arte de desnudarse, de encontrarse a sí mismo».

Pero reiteradamente insiste en que la vieja Europa, disimulada o francamente, continúa pensando que esta selvática Suramérica es campo propicio para el colonialismo y que por ello debemos mantener muy estrechas conexiones con la gran potencia norteamericana, única capaz de defendernos. En 1936, fecha de la aparición de la obra Los negroides, el pensador anotó:

«El único baldío que queda en el mundo es la Grancolombia; Europa y Asia la necesitan para su comercio y para su población. Pronto los Estados Unidos no podrán defendernos. El Japón amenaza. Llegó la hora de ser la Grancolombia o de ser ajenos. En el curso de estos 50 años venideros se decidirá si Bolívar fue loco o profeta».

El místico filósofo, como lo hemos anotado, tenía ciertos dones de vidente que desconciertan: en 1939 estalló la segunda conflagración mundial; la amenaza japonesa fue implacable realidad; Pearl Harbor; terrible arremetida de la flota japonesa en el Pacífico. El miedo al Japón torció el rumbo de la historia. Parece que Fernando hubiese intuido las conferencias de Yalta y de Postdam. También anotó:

«También instigan los europeos el odio suramericano a los Estados Unidos. […] Tal es el interés de Europa en acoger e incitar nuestros insultos al imperialismo yanqui».

Y al pensador tocole en suerte ver el triste espectáculo de la penetración más opuesta a su ideología, en tierras de América: un híbrido, mulato vanidoso, engañó los pobladores de la isla, bajo el mote de luchar contra el imperialismo, acogió, abrazó y simpatizó con el amo del Kremlin; sembró la isla maravillosa de cohetes y renegó de los mártires. Y no olvidemos que uno de los más grandes estadistas, figura colosal en la historia de Francia y del mundo, anuncia viaje a través de Suramérica…

Y no falta el canto final y esta vez lo titulará:

«Ideas para el Rector de la Universidad Grancolombiana:

Dictará un curso para todos los estudiantes, llamado Filosofía de la Personalidad.

Primera clase: El objeto de vuestros estudios es encontraros. Buscar el cauce por donde ha de correr vuestra energía.

Segunda: Vamos a sacar de nuestra historia las incitaciones. Los ejemplares serán los genios de la Grancolombia. Alguno de esos semidioses será propio para excitar a uno de vosotros. Secreto interesante es el entender que cada uno necesita de maestro.

En todo caso, sabed que sois individualidades y que si os perdéis en el montón es por no haberos conocido, por carecer de maestro apropiado que os haya servido de bordón y de acicate. Habrá algunos cuyo anonimato provenga de enfermedades o degeneración. Estos podrán corregir en algo su destino, si se conocen y dirigen.

Tercera: El secreto de este curso disciplinario está en prácticas para conocerse a sí mismo, y para cultivarse luego. Lo primero es conocerse, y lo segundo, cultivarse. Nuestra individualidad es nuestro huerto, y la personalidad es nuestro fruto.

Cuarta: Definamos, pues, los conceptos que sirven de cimiento a este curso disciplinario.

Individualidad es la obra posible que está en cada hombre en forma de instintos, facilidades, habilidades, tendencias; todo ello proveniente de la raza, el medio, la sociedad. Individualidad es lo que está encerrado en nosotros y que puede manifestarse o no, así como en la envoltura del capullo está la semilla, el árbol y los frutos.

Personalidad es lo que aparece, la individualidad en cuanto aparecida. Es la manifestación.

Cultura son los métodos, los medios artificiales empleados para manifestarse.

[…]

Quinta: La cultura es un arte, en el sentido de que se compone de métodos. Tiene su base en la psicología, pues ésta nos enseña la naturaleza del hombre, de sus instintos, tendencias, habilidades y determinaciones. El arte de la cultura es, pues, flor de la psicología.

No puede haber cultura sin metafísica, pues ésta trata de los destinos del hombre, y para saber cómo cultivarnos es necesario saber qué debemos devenir.

Por ejemplo, si el hombre tiene por fin formar un Estado conquistador, entonces la cultura se compondrá de métodos apropiados para hacer obedientes, máquinas guerreras y productoras. Tal sucede con Alemania, y tal sucede ahora en Italia y Rusia. En tal caso se evitará la compasión, la limosna, las relaciones de individuo a individuo. Caridad, religión, arte, ciencia, todo será social. Se producirán hombres educados según modelo único, como fabricaron ladrillos para la Catedral de Medellín.

Si la libertad y la anarquía son el fin de la vida, el gobierno y las escuelas, toda la cultura la consideraremos como medio para conseguir eso. Conseguir que cada ciudadano se auto-exprese cada vez más netamente.

Sexta: Complejo de la ilegitimidad.

[…]

Séptima: Trazar la biografía de personajes colombianos.

[…]

Octava: Estudio acerca del antioqueño».

Esta síntesis de Fernando como Educador, para quien la Universidad no necesita materialidad arquitectónica y flota en el ambiente como ente metafísico y ubicuo, es una aspiración futurista para incitar a nosotros los ilegítimos y vanidosos negroides a meditar sobre lo que fueron el sitio y el origen de la más maravillosa aventura de los hombres. Reconocemos en el pensador su posición individualista, en medio de la libertad, para que cada semilla germine de acuerdo con su potencialidad biológica y humana. Pero si es verdad que el individuo merece ese ambiente, también es cierto que un mundo poblado de sólo individuos, microcosmos, aislados y solitarios, formarían un mundo en el que faltaría la función humana del ideal comunitario. En el mundo predispuesto, entre la neutralidad ambiental de los entes que lo constituyen, el ente humano es el único capacitado para apreciar, estimular y satisfacer al hombre. El hombre necesita del hombre. La prédica del egoísmo y del egocentrismo, en boca de un hipotético Rector, significaría sólo una parte de su tarea magna. La humanidad del hombre tendría como medida la capacidad de comprensión del hombre mismo y su destino. Tal vez el humanismo, en su más amplio significado, sería una lección más pragmática para nosotros los negroides. Somo terráqueos y los celícolas son pocos. Por ello el hermoso canto final de Fernando nos parece futurista:

«Nosotros los solitarios, los de la Universidad selvática, pertenecemos más bien al Renacimiento. El amor a la libertad, al ágil pensamiento en medio de la naturaleza, entre el Sol; ese apego a su libertad entre la multitud, ese no comprometerse, no agruparse, ese apellidarse “hijo del padre Sol y de la Tierra madre”, ese no tener más patria que los cielos, es propio de épocas de ruidos musicales. Decididamente, los celícolas somos inactuales».

— o o o —

Quienes nos hemos impuesto como tarea seguir la trayectoria de Fernando, encontramos mucha coherencia en las curvas y en los zigzags de su camino. En la etapa precedente, áspera y agria, nos trató de ilegítimos, vanidosos, característica de los pobladores de la Grancolombia. Y puesto que su lema es la autenticidad y su verdad, al regresar a la parroquia colombiana, y vivir la vida colombiana en el período 1935, redactó, en forma epistolar, sus impresiones y sus vivencias. Si en Los negroides nos habló con urticariante verdad, en Cartas a Estanislao continúa con tonalidad mixta: humorística y seria.

Nosotros, sus detectives, creemos encontrar, disimulados entre muchas anotaciones, los orígenes de la tonalidad panfletaria característica de una época de nuestro viajero; y esos orígenes los hallamos cuando analizaba ciertos estados psicológicos del tímido y fracasado maestro de escuela, Manjarrés. Fernando anotó:

«En seguida tratamos mal del presidente y de los jefes políticos.

Nuestra conversación en sí no tuvo atractivo para el lector; la importancia reside en que me percaté de que poco a poco nos alegrábamos. ¿Por qué? ¡Mucho ojo, lectores!

En la medida en que dábamos un vistazo a la patria, nos íbamos mejorando. ¡Caramba! Estamos al borde de la llave del secreto vital. Recuerdo muy bien que fue al pasar una vaca cuando comprendí a Manjarrés. Se me entregó el conocimiento y lo expresé en esta frase interior:

—Manjarrés y yo somos “grandes hombres incomprendidos”.

Quienquiera que tenga por encima a otro, lo es. “Yo soy tu perro, Señor, pero, ¿cúyo perro eres tú?”. El lector cesante, o el artista de menos demanda que otro, gozan cuando se maldice del presidente, o del novelista muy leído, y mientras más pobres o inferiores en la escala, más gozarán. Los libelos son medicina para los que sufren, si comprueban que los incapaces gobiernan.

La gente no sabe por qué se alegra: es porque les nace el sentimiento de “grande hombre incomprendido”. El razonamiento de la subconsciencia es:

“Los imbéciles poseen honores y riquezas; si yo estoy pobre, olvidado, es por eso, por incomprendido. La culpa la tienen los demás”.

La íntima actividad humana es objetivar los “males”, arrojando la culpa a los semejantes. Es la raíz del arte, de los mitos.

[…]

Se trata del yo como cuerpo simple. Este, a pesar de misántropo, es sociable: la humanidad le es precisa para echarle la culpa y evitar así que se disuelva la personalidad, al tener conciencia de pecado».

Tal vez abusivamente identificamos a Fernando y a Manjarrés, pero sólo así explicamos la tonalidad de esta etapa y la siguiente. Por ello, el sentido y contenido de Carlas a Estanislao es el análisis de la vida colombiana en lo que atañe a una de sus características más sobresalientes: la pasión política y nuestra avidez por el reparto presupuestal. El «grande hombre incomprendido» encontró en este libelo panfletario una válvula de escape, y se dio el lujo de decirnos su verdad. Veamos, en concreto y con nombres propios, la encarnación de los complejos y modalidades viciosas de nuestro comportamiento, pues no olvidemos que estamos enfocados por un psicólogo ambulante.

Para el lector actual informamos que en el período de nuestra vida nacional analizada por Fernando correspondió al período álgido del fanatismo político, el cual utilizaba una de las formas más bulliciosas y estrepitosas y llenaba el ambiente con las arengas de diputados, congresistas y jefes políticos; la radiodifusión fue prácticamente monopolizada con finalidades de proselitismo, la prensa escrita también fue invadida con objetivos semejantes.

El regreso de nuestro viajero de Marsella a su parroquia envigadeña no fue voluntario, y por ello, al empezar su epistolario a Estanislao, echa «la culpa» a un superior jerárquico, tal como aconteció con Manjarrés, quien inculpaba a su esposa, Josefa.

En carta dirigida al doctor Eduardo Santos, anota:

«Al ver su bigotico, intuí que usted me calumniaría; que siempre han sido pelo y lana motivos de intuiciones… […] Pues al ver su bigotico pensé que usted era un indio a quien le nació lana y me convencí de que me calumniaría, y quedé aterrado».

«Las malas tienen la cara coloradita, el bigote en forma de alas de mosca que salen de las fosas nasales y usa calzones anchos, es decir, las malas es un bogotano. Creo que con estos razonamientos queda comprobado que no tenemos ley de causalidad».

«Intuí que ese hombre de El Tiempo me causaría males; el día en que me lo presentaron, me pareció que ese hombrecillo era la malignidad encarnada, y ¡ya ve!, él es el culpable de que yo tenga que dejar aquí a “Salomé” […]».

«La acusación vino de otra parte; fue oculta, artera, envuelta en consideraciones patrióticas, cablegráfica, bajo secreto de confesión. Fue de hombre cubierto, como los frailes de Bogotá».

En plena vida de parroquia, el místico-filósofo nos da una explicación de muchas cosas, en carta a Estanislao:

«Sí, iré a Bogotá, a tu casa, a conocer a tu Margarita, apenas me pase una manía de ver fincas para comprarlas al fiado, haciéndome cargo de la hipoteca. ¿Comprendes que la serie de sueños, de hechos íntimos, de paladeos, que están encerrados en esas palabras subrayadas, son una reacción, una defensa instintiva? Moriría si no me transformara, si continuara siendo el hombre que tuvo que venirse de Marsella, dejando al Hermafrodita del Museo Nacional de Roma, a mademoiselle Tony, a la gatica “Salomé”, a Theanós, de Atenas, al mar múltiple, a todas las cosas, vírgenes aún…

¿Qué sucedió al llegar a Sabaneta, fracción de Envigado? Pues que los instintos son más rábulas que Jacinto Salazar; que mi instinto de tener finca raíz en este valle del Aburrá, creció, y habló y cubrió los gritos del remordimiento. ¡Qué bella y sutil la vida que en nosotros se manifiesta! ¡Qué sutil la voluntad de potencia, descubierta por Nietzsche! Si no fuera por ella, el remordimiento me mataría, el remordimiento de no haberme acostado con todas las cosas de Europa.

Todo el día me paso recorriendo a Envigado y hablando de comprar fincas. Toda la noche sueño con propiedades raíces, con los árboles, con los animales que voy a tener en las fincas.

Pero entiende bien: no me gustan mucho sino las que no venden, o las de precio imposible. ¿Qué significa esto? Penetremos hondo, Estanislao, pues nos hemos dedicado a la filosofía. Medita, medita bien, que respecto de las muchachas no me han gustado sino las que no se acuestan; que las atizo, las atizo, y apenas me dicen que sí, ya no me gustan. También me acuerdo que no me gustaban sino los juguetes que no podían comprarme, los imposibles. Entonces, ¿qué principio hay detrás de estos hechos?

Sencillamente que el placer lo causa la resistencia, la serie de resistencias que oponen los objetos a nuestra conquista, hasta llegar al sí. ¿Somos, entonces, unos guerreros?

¡Échame, pues, cosas duras, cosas que resistan, cosas difíciles, porque allí está la felicidad de los soldados!

[…]

En todo caso, insulté a Mussolini, porque lo amaba; amaba al Hermafrodita, porque era imposible traérmelo; ataqué a la muchacha, porque me resistía; huí, cuando dijo que sí; me hice echar de Marsella, porque ya estaba satisfecho; lloro por el Mediterráneo, porque ya me vine y ya me resiste, y ahora no me gustan sino las fincas que no me venden.

¿Qué haríamos, si no resistieran? ¿Cómo creceríamos, si no se nos opusieran?».

Con esta aparente serenidad, Fernando comienza a analizar y descubre que nuestra gran pasión está en participar en el festín del presupuesto. La vanidad aparece a su ojo crítico, bajo las siguientes modalidades o fisonomías clínicas: la pasión por los nombramientos, los oradores tropicales colombianos, los opinadores. Estudiemos por el momento, y pongamos en boca del psicólogo sus anotaciones.

«También hay otra ciencia y es “conversar de nombramientos” en Sabaneta. Allí está la clave para comprender a Colombia actual. Como no hay orden establecido, carrera administrativa, judicial, diplomática, y como no hay trabajadores especializados, agricultores, médicos, artistas, etc., la vida de los pueblos colombianos consiste en conjeturar los nombramientos. En ningún otro país existe este placer; es actividad nueva en la especie humana. Mira a esos hombres que están sentados en taburetes de vaqueta en la puerta del estanco de Aguadas, deleitados, gozando del sentimiento de vitalidad; ¿qué hacen, Estanislao? ¿Hablan, por ventura, de amores? ¿Conversan del cielo, del futuro, de agricultura o ganadería? No. Conversan de nombramientos, paladeada, sibaríticamente».

«¿Oradores? ¡Eureka! Eso sí hemos tenido y tenemos, pero… es uno de los vicios solitarios. Es irritación meníngea. Precisamente producto de nuestra mísera energía vital. Es debilidad en los reflejos. Nuestro orador tiene la cuerda desenfrenada y habla, habla como si estuviera roto».

«Todo es hijo del pueblo, porque él hace la demanda. Esta determina la producción. Grecia demandaba estatuas y diálogos; demandaba la evidencia a los Pericles. Francia demanda realidad, claridad, orden, mesura, sueldos (sous). Inglaterra demanda máquinas para ir a comprar y vender fuera de la islita. Alemania demanda el opio de la metafísica, Italia, mi dulce Italia, demanda colores, colores para todo el tacto en todas sus especializaciones. Los pueblos de Suramérica demandan bulla, cominos y vanidad, porque ese compasivo de padre de Las Casas nos mató con el negro».

«Continuemos con el orador tropical. Continuemos, porque aquí en Envigado, en todas las casas y en el café La Puerta del Sol, todos escuchan en los atardeceres la hora liberal y la hora conservadora; aquí en Itagüí y en Aguadas, los agentes yanquis venden y venden radios para ilustrar al pueblo, para crear la alegría campesina. Esas radios están conectadas invisiblemente con la fuente de la sabiduría, con los micrófonos del Palacio de la Carrera, del Senado, de las casas liberales y conservadoras… ¡Qué burra me resultó el López de Mesa! Dile, vete a decirle que me devuelva mi abrazo, que él es un epifenómeno calvo, que tiene más realidad una pompa de jabón que su cerebro. Aquí siempre que uno le da la mano a alguien, lo untan. ¿Qué demanda nuestro pueblo a los oradores? Medita. Pregunta. Observa. Las barras de las cámaras, todo el país quiere oír los insultos: “¡Ladrón…! Lo cubro con el manto de mi oprobio”».

«Resumen: nuestro pueblo no demanda castigo para el culpable; no demanda hechos sino palabras. De ahí los grandes oradores. […] Hay un eco deformante; nadie ha gritado como lo hace un tropical cuando se cree preñado y llegado al momento de parir».

«Vaya a Bogotá, señor, y verá como se entristece. Se entristece al ver en las calles, oficinas, cafés y congreso a la juventud colombiana que opina como si estuviera escupiendo. Mírelos en el congreso, cuando hablan. ¿No les ve titilar las meninges? Se entristecen al oír al Presidente, quien continúa gritando por la radio. Grita y grita que es un liberal que va a discutir con el pueblo, como si el pueblo tuviera micrófono y como si el pueblo no necesitara de conductor. Verdaderamente que esta tierra es fértil en bobos; produce un bobo cada cuatro años».

«Colombia es rica en capaces de opinar y nadie es capaz de convencer».

En esta catilinaria era forzoso que Fernando nos diera una muestra de su capacidad de retratista, y esta vez empleó el zoomorfismo para mejor caracterizar la psicología elemental de sus personajes. Veamos algunos ejemplos tomados al azar:

«Contempla al General Berrío. Es como vaca lechera; todo el poder orgánico se fue al vientre, a la región sacra; los brazos, las piernas, la cabeza, todas las extremidades son esclavas del poder del culo. […] Testuz diminuto, patas finas, barrigona, barriga que tienda a las tetas; movimientos lentos, mansa, perezosa, bonachona, que rumia y rumia parada al lado de la cocina, lamiéndose, alargando la lengua roñosa para meterla en las narices húmedas, para lamerle el trasero al mamón».

«Contempla al otro jefe, Alfonso López. Son las mandíbulas, y, en éstas, los dientes. Mandíbulas ladronas, dientes para arrancar pedazos de la patria. Míralo bien y déjate mecer por la intuición y saldrá de ti esta frase: es la hiena».

«Observa al otro, a Olaya Herrera: largo, sobre todo largos brazos y piernas, huesos de la mano; alargamientos delicados; movimientos sinuosos. Organismo propio para labores femeninas, para abrazar, para envolver, para acariciar, para tejer, para hacer enredos artísticos. Tal organismo tiene que corresponder a espíritu femenino, diplomático, pasivo, cobarde. Claro que la cabeza tenía que torcerse, pues existe allí tendencia a la curva. Inteligencia, voluntad, todas las manifestaciones son de la pasión sexual pasiva. […] ¡Es la araña, la cruel y terrible araña, Estanislao! El amante debe acercarse por detrás, poco a poco, sin ruido porque ella se vuelve al menor aviso, ágil, y devora al pobre amante. El placer está en sepultar en la tela, para chupar luego, acariciando».

«Tiene don Bernardo una cara que es una nariz, la cual parece alero sobre la boca; es un espía de la boca. Nuestro héroe es olfativo. Aquí, en Envigado, tengo liebres. […] Sus narices son la esencia; dominan a la boca, esconden a la boca. Haz un pequeño ruido y tales narices hacen contracciones rapidísimas, poderosas: huele el ruido. Ese animal, al comer, no gusta sino que huele. El olfato y el gusto están íntimamente unidos, pero en nosotros, por ejemplo, al comer, domina el gusto. No así en el conejo y en don Bernardo».

«El jefe me buscó, me escribió, me ordenó y ahora me tienes aquí saboreando las delicias de que la verdad se me haya presentado. Es muy diferente de como la había imaginado: no tiene las nalgas gordas de Echeverri Duque; tampoco, sus mamilas hinchadas. No, Estanislao, esas son apariencias engañosas; tiene la sequedad de un vergajo y es feo como la vida completa; carece de bonitura; eso es artificio de mujeres sentimentales y de hombres peinados. Nuestro jefe es hermosamente feo, lo cual significa que es bello para quienes tengan el gusto fuerte. Es un… bruto. No tiene escrúpulos de mujer enferma. Don Alejandro le ha tenido miedo y a mí me causó pánico. […] Tal es la primera virtud del jefe: el pavor que infunde la vida completa, con todos los instintos, la selva con sus pantanos, culebras y monstruos, silencios y ruidos indescifrables».

«Bernardo Ángel, el hijo de don Alejandro, es el Jefe nuestro. Tiene las características: feo como un diablo y no tiene remordimientos, no tiene escrúpulos. Mírale la mandíbula cual herradura torcida por el uso, y la nariz, que esconde a la boca, cobijadora, poderosa. Cada palabra que salga de esa boca la olerá esa nariz. ¡Es el hombre para sacarles al balcón! ¡Hemos encontrado el hombre…!».

«Ya tenemos periódico; ya tenemos himno…, y, como los grandes ríos, nuestras aguas son turbias: recibimos a todos los descontentos, a los criminales, a los que sólo pueden esperar en auroras, a los que tengan ganas de matar, pues se trata de matar todo lo que domina en Colombia, asesinar a los monstruos de bajeza… […] Crearemos vestidos, lenguaje y todas las ropas. Toda idea o sentimiento profundo se manifiesta, quiere manifestarse en formas nuevas. Por eso, tendremos uniformes gallos para niños, jóvenes y viejos. ¿La mujer? La mujer ama la apariencia y estará con nuestros jóvenes… ¿No sientes envidia al saber que ya tengo partido, que ya estoy enamorado? ¿Que ya tengo a Colombia Nacionalista para leer bajo las ceibas?».

Esta caracterización de los políticos, cruel y un tanto apasionada, es la protesta por el abuso de las así llamadas clases dirigentes, para con la masa amorfa. Pese a su exageración contiene un fondo de verdad, y demuestra cierto valor de nuestro viajero al reírse de los pretendidos jefes, e inculparles el crimen de haber sembrado un fanatismo político, hasta llegar casi a crear dos bandos irreconciliables y dos antropologías distintas. En la historia crítica de Colombia, los libelos de Fernando figuran entre los más ásperos y valerosos. No los consideró como simple válvula de escape y manifestación colérica sino que les atribuyó una finalidad docente:

«Por ahora es preciso mostrar el mal, describirles la fealdad humana de Colombia, para ver si obtenemos una reacción. Labor ingrata y peligrosa; labor para gente sana, que pueda defenderse. Sólo desde la vitalidad de las cañadas andinas se puede resistir la contemplación de los hombrecillos que explotan esto. Describimos la fealdad, para hacer contraste con la belleza de cielo, suelo y aire. Es el método para que aparezca el nacionalismo».

La idea de nacionalismo tiene para Fernando mucha significación. En primer lugar se deduce del epistolario que establece una diferenciación entre Nación y Estado; en segundo lugar predica una armonía entre la Nación y el Estado; o por lo menos que la razón de ser del Estado es el mejoramiento de la Nación. El Poder, la gula de «nombramientos» y el poder para provecho propio lo fustiga con intensidad máxima:

«A un pueblo se le da un territorio para que allí se manifieste. La naturaleza física es el teatro o laboratorio de nuestras almas. Manifestarse en la extensión territorial, por medio del trabajo, es civilizarse».

«Considera el nacionalismo: consiste en adquirir conciencia de sus linderos, en determinar bien a los enemigos, en saber quiénes somos y hasta dónde podremos ir. La esencia de esta doctrina está en la siguiente proposición: el enemigo es quien nos concreta, nos fortalece, nos unifica».

«¿Dónde hay maestros por aquí? Y maestros deben ser los gobernadores; deben tener un alma tan bañadora del cuerpo, que excite como nalga de novilla; que acaricie tanto como las antenas de las hormigas a los pulgones. […] Sí Estanislao, reconozco que todos esos gacetilleros de El Tiempo y todos esos gobernadores de El Tiempo están grávidos, pero como la mujer de Sabaneta, que la abrieron y era un quiste…».

«Dame maestros, pero no de esos que enseñan sino de aquellos que disciplinan, y el pueblo podrá ser como lo queramos, grande, guerrero, artista, pensador, o pequeño, ruin, bruto y borracho. […] Todo instinto puede cultivarse; podemos vitalizar o matar instintos. Por consiguiente, podemos hacer del hombre lo que se nos antoje».

[Continuará…]

Fuente:

Saldarriaga V., Alberto. De la Parroquia al Cosmos – Los viajes de Fernando González. Medellín, separata de la Revista Universidad de Antioquia, n.º 158, julio / septiembre de 1964, p.p.: 373 – 494. (El ensayo va hasta la página 569).

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