Corporación Otraparte

La fidelidad al medio:
González, Gómez y Gómez

Tres creadores antioqueños

Por Alberto Upegui Benítez

A pesar del carácter forzado, erróneo de nuestra cultura —sobre el que se ha hecho hincapié tan repetidamente, a lo largo de las páginas anteriores—, algunos escritores y artistas se han conservado fieles al medio. Su insularidad relieva su importancia.

En el caso de los tres personajes que a continuación señalaremos, un extraordinario bagaje erudito hace más apreciable su capacidad para el afilamiento en lo autóctono y el respeto a lo propio, por encima de las hermosas realidades vistas o leídas en los campos culturales más refinados y eminentes.

El filósofo, moralista, humorista y escritor Fernando González; el cuentista Efe Gómez, el pintor y muralista Pedro Nel Gómez son personajes excepcionales en el panorama colombiano. No quiero decir que constituyan ellos solos las excepciones luminosas de nuestra desguarnecida y flaca cultura. Apenas en Antioquia podríamos encontrar pluralidad de nombres —Tomás Carrasquilla, Francisco de Paula Rendón, por ejemplo— de escritores o artistas que continuaron siendo ellos mismos a pesar de su encuentro, persistente y hondo, con las verdades más encumbradas de la cultura occidental.

En repetidas ocasiones he señalado el agudo peligro de esa arma de dos filos que se llama la erudición. De no dominarse, de no adaptarse o asimilarse a los íntimos procesos de la evolución, puede esclavizar al pensador y quitarle las alas al artista. En un pueblo tímido, como el nuestro, consciente de su insuficiencia ante las civilizaciones más evolucionadas, es hasta disculpable encontrar complejos de inferioridad que nos inciten a odiar los rasgos de nuestra exacta fisonomía y los pobres elementos psicológicos de nuestra descomplicada idiosincrasia.

Lo más difícil para los indoamericanos es permanecer iguales a sí mismos. Respetar el aluvión atávico que dicta sus claras lecciones de fidelidad. Porque es tan fácil —si se han mirado cinco o diez mil obras maestras de la pintura universal— adelantar un trabajo de zincograbado, imitar, apegarse a estilos o formas, aparentar una escuela pictórica, aunque se traicione la verdad terrígena y se rompan los lazos con ella.

¡Es tan fácil escribir al estilo de los escritores europeos, después de largos años de contacto diario con sus libros! El hombre de largas lecturas —y más si se suma la práctica de escribir, por ejemplo, a través del periodismo— aprende a dominar el oficio de redacción e inclusive se pega al nuevo “estilo” la orientación de los originales, la manera de jugar con las metáforas, el sistema para enfocar los temas, en fin, la posición espiritual del maestro.

¡Y cuántos escritores colombianos han nacido simplemente de este apegamiento a las formas de ultramar!

Nunca se enfatizará suficientemente sobre los peligros de la erudición. “Si Séneca hubiera pensado más y leído menos”, escribió Balmes, para afirmar que el exceso de lecturas perjudicó su clara visión de los hechos vitales.

Pero el erudito entre nosotros es un peligro mayor. Porque tiene menos elementos para la captación y asimilación de lo que lee. Porque su mente carece del refinamiento que dos mil años de trajín con los libros y las ideas ha dado al hombre del Viejo Mundo. Porque —si intentara confrontar con la vida los enunciados que lee— encontraría una realidad muy diferente. El desconcierto, entonces, es inevitable.

Por ejemplo en el caso de Fernando González, poder leer a los clásicos griegos, latinos, alemanes, ingleses, franceses, italianos, en su propio idioma y gustar de ellos hasta los más delicados matices estilísticos, es indudablemente un lastre para escribir en “antioqueño”, en forma vertical y sincera. Por su parte, Pedro Nel Gómez, después de más de diez años de estudios en Italia y de frecuentar todos los museos europeos, tiene que realizar un esfuerzo sobrehumano para poder “ver” a su gente mestiza, sus paisajes de sol rabioso —tan distintos a los dulzarrones escenarios de Europa, en donde la luz es de calidad y tonalidad infinitamente distintas—, sus problemas sociales, económicos, en fin. Y para Efe Gómez —un impenitente lector por más de cuarenta años— desprenderse de sus maestros admirados y mirar al minero, al campesino, al hombre suyo con tan acabada penetración psicológica.

Por todo lo anterior, considero que Fernando González, Pedro Nel Gómez y Efe Gómez son artistas colombianos de la mayor excelencia y constituyen auténticos paladines de la manera como debe enfocarse el hecho estético entre nosotros.

Fernando González:
un hombre que se desnuda

El maestro González es una personalidad polipatética, rica y extraordinaria. Intentar aprehenderlo en la endeblez de un somero estudio es, cuando menos, necedad. Multiforme y contradictorio, místico y mundano, lírico y escéptico, el hombre que talvez signifique la mayor inteligencia colombiana, se escapa de entre las manos, desconcertándonos a todo momento.

En filosofía ha sido tanto hijo de Nietzsche o de Spinoza como de Rousseau o de los jesuitas. En política ha sido conservador, liberal, comunista, socialista y nuevamente conservador. En literatura —poseedor de uno de los más bellos estilos en que pueda escribirse el idioma castellano— ha fluctuado entre el poeta de las descripciones panteístas de la naturaleza y del alma, y el panfletario del más nervudo esguince corrosivo. En su libro El remordimiento afirma que éste es el mayor timón para empujar relativamente al hombre y que quien carece de remordimientos es un ser inane y vacío, porque está estancado.

A nadie mejor que al maestro González pueden aplicarse las palabras de Hoffdin sobre el filósofo de Engadina: “Si Nietzsche ocupa un lugar en la historia de la filosofía, no es en razón del método científico de tratar los problemas, sino en razón de la manera apasionada, del patetismo, con frecuencia genial, con que los puntos de vista contradictorios luchan en él y aparecen, por consiguiente, clara y muy distintamente opuestos”.

Fernando González nos decía que la cultura es el desarrollo de las fuerzas íntimas latentes, de las posibilidades creadoras que cada hombre es. Nos explicaba que la personalidad no es más que el desenvolvimiento de esas potencias interiores, el parte de las cosas que dentro del espíritu tienen vitalidad y existencia activa.

En Viaje a pie afirma, después de envidiar largo rato las potentes barbas de Rasputín: “Absolutamente sinceros: este es el primer mandamiento. Pensamos que no debíamos hacer sino lo que saliera de nuestro carácter, y nuestra energía es pobre y no puede formar un borbollón y dar nobleza y elegancia a un apéndice corporal. Las barbas embarazaban nuestro espíritu y para éste no debe ser una traba lo exterior. Siempre hay que estar cómodos dentro de la carne y de las ropas; no se deben sentir ajenas. ¿Cuándo un feo, según las leyes de la estética, es bello según la vida? Cuando la fealdad es cómoda casa del espíritu; cuando la fealdad no es postiza; cuando las desarmonías y desproporciones son producidas por el borbotar de la energía. El problema está en que el espíritu, el soplo divino que Dios infundió al muñeco de barro, llene la carne y la ropa como la brisa marina hincha las velas”. Y más adelante: “El secreto de la elegancia, el secreto de lo que hace siglos buscan los psicólogos, o sea, de la personalidad magnética, consiste en ser natural; en que el espíritu esté a sus anchas en la carne, el vestido y el ambiente”.

Así ha intentado vivir él mismo. Con sorprendente naturalidad, con sincero desnudismo, sin poses, sin caretas, desligado de consideraciones ajenas y prejuicios. Por eso, por la sinceridad con que se ha buscado en sus libros —y con que ha buscado la verdad colombiana— Fernando González ha escrito los mejores apuntes, en veces geniales, sobre la psicología antioqueña y sobre los problemas sociológicos del hombre de América.

Ha chocado contra todos, es claro. Ha vivido en franca lucha contra las incomprensiones, los prejuicios estúpidos, los vicios de sus conciudadanos. Ha sido, como él mismo se clarifica, “un hombre a la enemiga”. Pero en su actitud no hay “pose”, no hay el deseo de llamar la atención o de que la fama recompense las luchas. Todo en él es espontáneo, descomplicado. La excesiva modestia que posee no es un gesto histriónico y estudiado. Es la sencillez con que opina de sus libros, de sus maravillosos libros: “No valen nada, Alberto. Son puras tonterías, pendejadas”. Y lo afirma como una verdad simple e incontrovertible.

Este filósofo de rostro rubicundo e infantil, de mirada clara y asombrada, de cabellos blancos y escasos, de andar elástico, busca, ante todo, ser igual a sí mismo. Vive buscando a América, en su entraña, mientras aparta el tremendo fárrago de su poderosa erudición universal. “Yo no he hecho más en la vida que intentar quitarme lo que los santos padres jesuitas —sus profesores— me echaron encima”. Por ello es capaz de escribir que, más que los centenares de obras observadas en los museos europeos, lo conmovió hasta las lágrimas una hojita de propaganda, que representaba a Ponce de León en busca de la fuente de la juventud. “¿Será que yo también estoy buscando la fuente de la juventud perpetua?”, se pregunta.

Nacido en Envigado, el Paraíso Terrenal, según ha sostenido, las ceibas antañonas, las quebradas límpidas y los claros cielos antioqueños han influido seguramente en su admiración por la naturaleza y facilitado sus descripciones admirables. El estudio del bachillerato donde los jesuitas fue la génesis de su amor por la disciplina ascética y su fervor por Ignacio de Loyola, sobre quien prepara un libro, hace más de treinta años, sin que jamás se resuelva a publicarlo. Su última afirmación es que quiere que ese libro —treinta años de trabajo— sea publicado después de su muerte.

En la Universidad de Antioquia, donde cursó estudios de derecho y donde recibió el correspondiente título, vivió también a la enemiga. En la cátedra de Filosofía del Derecho, donde el doctor Obdulio Palacio difundía sus tesis de humanista de la vieja escuela, le cansó la exposición metodizada, escolástica y tomística y abandonó las clases. Ya era filósofo. Cargaba consigo una serie de meditaciones profundas alrededor de pensadores universales como Nietzsche —tal vez su mayor influencia inicial—, Kierkegard, Spinoza, y hasta tenía sus asomos de la mística de Swedenbourg. La tesis de grado, también a la enemiga, fue declarada herética por Monseñor Caycedo. Versaba sobre temas económicos y sociales atrevidísimos.

Como juez, Fernando González ha dejado una serie de anécdotas divertidas y establecido un estilo sui géneris de impartir justicia. Consecuentemente con su teoría de ser natural y de estar siempre acorde consigo mismo, los problemas judiciales no los dilucida de conformidad con las leyes sino con su propia conciencia. Juez de circuito y de rentas, no ha tenido empacho en contrariar los artículos de policía y rentas, cuando estos no corresponden a la clara visión de la justicia que él tiene formada.

Fue de cónsul a Italia e insultó a Mussolini, sin tener en cuenta que un agente diplomático debe medirse en sus palabras y juicios sobre los dirigentes de países extranjeros.

Después, escribe: “Tenía razón Wilde. Todos matamos lo que amamos. Yo insulté a Mussolini porque lo amaba”. Él es, constitucionalmente, un amador. Sería infinita la lista de personas y seres que ha amado entrañablemente, en su peregrinar por los inacabables caminos del conocimiento.

Conservador por tradición, en 1928, en el gobierno de Abadía Méndez, atacó furibundamente a éste. Se entusiasmó por Olaya, votó por él y lo hizo luego blanco de los más acres denuestos. Con López sufrió un nuevo enardecimiento y, poco después de su posesión, lo llamó borracho y otras cosas peores. Después de sentirse agradado con Eduardo Santos, lo fulminó varias veces, en panfletos en los que era el más delicado epíteto compararlo con un cerdo. “Desde que yo lo conocí a usted en Bogotá, en casa de mi suegra, hace muchos años, al ver su bigotito, intuí que usted me calumniaría”. Después se encendió ante la reelección de López, para volver a rechazarlo.

Parece que haya vivido siempre esperando. En permanente expectativa. Pero la realidad no responde y, entonces, se siente defraudado. Su última carta a Estanislao es toda una declaración quijotesca sobre el desengaño final: “Debajo de las ceibas de Envigado no está la Eva de quince años de la mañana del Génesis, sino varios choferes. Don Benjamín (el protagonista de Viaje a pie) no filosofaba bajo los yarumos, sino que decía: ‘¡Qué maldito cansancio!’. Y Simón Bolívar tampoco existía. Fue mi imaginación quien los creó”.

Pero, después del desengaño, vuelve a creer, a buscar. Este es un aspecto impresionante en la personalidad del maestro: su gran poder de esperanza, su optimismo cariñoso sobre nuestro porvenir. Esto le dicta la teoría del gran mulato, cuando nuestras tres razas primigenias —negro, blanco e indio— logran la conjunción definitiva. Esto lo hace ver “hombres pechones” en personajes sin valor alguno, y le obliga a quemar incensarios en la loa de Juan Vicente Gómez, sin recordar que él mismo, en Viaje a pie, le había tildado de “tiranuelo de Venezuela”.

¿Le ha dado poco la vida? Talvez. En todo caso, desde El maestro de escuela está pidiendo que le den “su estatua en plata”. “¡Cómanse el busto, si me lo van a poner entre Envigado e Itagüí, al lado de Avelino Peña!”.

En su manera de enfocar los problemas, Fernando González es un humorista. Cuando afirma, por ejemplo, que “Dios está detrás de las zarzas, como los bandidos”, hiere poderosamente la sensibilidad. Sólo el adentrarse en la frase, el comprender que la Unidad está detrás de lo fenoménico y coruscante —como una zarza ardiente—, que Dios se presentó con ese símil a Abraham y a Saúl, etc., logra entenderse el profundo sentido filosófico, vital, histórico de esa frase, aparentemente desconcertante.

Por eso, porque es un humorista, contrapone conceptos diferentes, que al lector inexperto asombran. Sólo un humorista puede encontrar en un detalle común de la vida diaria, fuente para encumbradas elucubraciones. Sólo un humorista puede escribir agudos ensayos artísticos, basándose en la emoción que produce una estampa de hoja volante o almanaque. Sólo un humorista puede recorrer toda la teoría del vitalismo niestzscheano, cuando una vieja campesina, a quien pregunta si es factible llegar ese mismo día a La Ceja, le contesta: “¡Todo depende del ánimo!”. Por lo mismo, enfoca los problemas desde un ángulo propio. No tiene el rasero común como módulo de mensura. Mira con sus propios ojos, sin prejuicios. El filósofo debe estar por “ahí”, atisbando. La función del pensador es sacar conclusiones de las cosas que observa. Aún de las más insignificantes. Aquí está su gran misión. Su tremenda misión.

Como humorista, en consecuencia, al iniciar una teoría sobre la idiosincrasia antioqueña, echa mano de “los hombres gordos” de Medellín para aventar sobre su ancha panza todos los defectos burgueses.

Al contestar al gran escritor Antonio José Restrepo —Ñito— una andanada crítica sobre una de sus obras, habla de un amigo que tenía un ántrax y fue curado por una inyección que lo hizo reaccionar violentamente, con fiebre altísima. Y agrega: “Usted se enojó con mi libro. Es decir, reaccionó. Lo que indica que mi libro cumplió su misión curativa”.

En consecuencia, igualmente, al contestar como juez un oficio del Ministro de Gobierno —don Jorge Vélez— le manifiesta “siento mucho que esté tan atrasado en cuestiones de derecho”.

El doctor José Luis Molina, como magistrado del Tribunal Superior, le revocó una sentencia. Al volver el expediente, en vez de estampar la fórmula: “Cúmplase lo dispuesto por el Tribunal Superior”, dice: “Cúmplase lo resuelto por José Luis, pues”.

El abogado José J. Ossa le pidió reposición de una providencia, argumentando que, de no tener la razón, se dedicaría a la agricultura, pues, en ese caso, se consideraría excesivamente bruto. Fernando falló: “Tiene razón el doctor Ossa. Por tanto, se niega lo solicitado”.

Se encuentran otras muchas anécdotas de su vida judicial. Que una vez, por ejemplo, dejó pendiente la sentencia para la entrega de un dinero a la curia, dinero que un creyente había donado para el Niño Jesús, a espera, según anunció Fernando, que el Niño Jesús cumpliera la mayoría de edad y pudiera presentarse a reclamarlo. Y que otra vez solicitó firma, autenticada, de las Benditas Ánimas del Purgatorio, para la entrega también, de unos dineros legados.

Así en la vida, como en los libros: contra la corriente, burlón y enrevesado.

Su obra

La obra de Fernando González —paradójico— ha sido juzgada ampliamente por la crítica europea, especialmente la francesa y la española. Tres de sus libros fueron traducidos al francés nada menos que por Francis de Miomandre. En los círculos intelectuales galos tiene mayores amistades que en su propia patria, en donde todavía se le desconoce mucho. Y cuando no se le desconoce, no se le juzga acertadamente.

Los mejores ingenios peninsulares dedicaron estudios a Viaje a pie, a El Hermafrodita dormido, a Pensamientos de un viejo, etc. Unamuno estampó conceptos de sorpresa yadmiración. Por su parte, Benavente dijo: “¡Fernando González nos muestra de lo que es capaz el genio de un criollo de Suramérica!”.

Mi Simón Bolívar recibió este concepto de Rufino Blanco Fombona, el más conocido y eminente de los bolivarianos de América: “Es la mejor biografía del Libertador que se ha realizado hasta la fecha”.

Mi Compadre, biografía de Juan Vicente Gómez, ha recibido críticas y elogios de pensadores y escritores de prestigio continental.

Su obra, pues, ha sido juzgada por quienes tienen la obligación de no equivocarse. Simplemente quiero referirme a uno de los aspectos más sobresalientes de la misma, al reseñar someramente esta personalidad singular. Me refiero a su función de moralista, que sobresale por encima de todos los otros flancos de este humorista, panfletario, poeta, panteísta. De este humorista, pensador, psicólogo, pésimo político, extraño juez, cónsul falto de diplomacia. Ningún escritor nacional ha tenido la virtud de incitar hacia el bien con tanta fuerza como el maestro González.

Sus libros se abren en esfuerzos elativos, en denso laboreo de superación íntima. La conducta, el mejoramiento de las cualidades humanas, ha sido la tendencia que vertebra todo su trabajo.

En alguna ocasión escribí que era un maestro de escuela —término que él ama singularmente— y que enseñaba a pensar a sus contemporáneos. Era su intención y su afán. Es un incitador. El verdadero maestro no debe ser más, no debe ser dogmático, no debe imponer sus puntos de vista con fanatismo cerrado. Solamente dar temas, preocupar, agitar. Cuando estas incitaciones están encaminadas a un mejoramiento cualitativo de la entidad humana, el escritor es un moralista. Y el maestro González lo es, en grado sumo. ¿Cuántos lectores no han hecho ejercicios prolongados de abstinencia y castidad, después de leer ese libro admirable, Don Mirócletes, portentoso enfoque de nuestra realidad psicológica?

Filósofo de la muerte, ha dedicado a ésta profundas reflexiones. La muerte circundando su miedo metafísico, le ha tornado asceta y místico. Pero también es asceta por disciplina jesuítica y —paradójico— por la influencia del vitalismo nietzscheano. El hombre contenido —dice— es la fuerza, la potencia. El que tiene todas las cosas. El que puede lograrlas todas. Es una energía latente, sin gastarse. El que se entrega a todos, no se posee a sí mismo. Copiemos sus propias palabras:

Recogerse: significa retraer todos los deseos, los tentáculos que ha sacado el fluido nervioso hacia el mundo exterior. Significa unificarse, aislarse con todo lo suyo, en uno mismo. Significa evitar que el pensamiento se vaporice, que se dilate la voluntad. Significa comprimirse en un solo núcleo, egoísta, duro. Consiste en no amar, no desear, no pensar, ponerse en guardia contra todo. Con todo este método se adquiere lo que se llama el estado positivo. Nuestro joven practica este método durante el treinta por ciento de su tiempo. Y después, sale el pensamiento o el deseo, controlados por la voluntad metodizadora, con una fuerza inverosímil”. Cualquier profesor de arduas filosofías yoguis haría suyas esas palabras nirvánicas. Además, ya Nietzsche había afirmado que la dicha no consiste en la posesión de una cosa cualquiera, sino en una permanente superación de sí mismo.

La contención es el mayor dínamo energético. La contención, el evitar que se dilapide la energía íntima, hace al hombre superior. Y se experimenta, entonces, el goce infinito de no haberse entregado.

“¡Qué suprema armonía la de la carne juvenil y el sol de la mañana! ¡La carne joven, los muslos duros, el vientre enjuto, el torso más ancho que el vientre y al que la inspiración dilata...!”.

El miedo a la muerte que le lanza hacia la juventud, con violencia extrema, le dicta estas palabras: “Bien es verdad somos lo fenoménico; somos la cara, los brazos, el tronco y las piernas. Y como vemos que eso envejece, que los tejidos diferenciales se van atrofiando y los reemplaza el conjuntivo, ese manjar agradable del gusano, que todo se pudre en una bóveda en perfecta oscuridad y soledad... ¡temblamos de pavor!”.

Pero la castidad y la voluntad otorgan la sinergia, facilitan la juventud perfecta. Y el hombre contenido, es el mejor de todos. “Todo el universo es nuestro. Poseemos el universo con los sentidos. ¿Para qué comprarte, Julia? ¿Para qué comprarte, hacienda de Santa Elena? ¡Sois nuestras! Frente a ti, Julia, te hemos olido, visto y sentido. ¿Para qué más? No somos pródigos. Acostados sobre el césped hemos olido la yerba y después hemos bebido el agua... ¿Para qué más? La escritura pública de compraventa sería nuestra esclavitud”.

Es bueno recordar que Fernando González vendió una finca que poseía hace muchos años. ¿La razón? Una vez se vio obligado a arrojar a los palazos de la huerta a una vaca que se comía los sembrados. El hombre consciente —dice— reaccionó y se dio cuenta de que el sentido de propiedad le había despertado los malos instintos. Le había llevado a cometer una acción horrenda contra un animal que no había ejecutado ningún crimen, sino que sólo obraba de acuerdo con su instinto y su necesidad. Una vaca no es culpable de buscar su comida en la huerta de un señor filósofo. Pero éste reacciona, se deja llevar por los malos impulsos. Inconvenientes, terribles inconvenientes del sentido de propiedad.

La muerte

¡Qué miedo a la muerte tiene este pensador antioqueño! Todos los domingos se desnuda, en su finca, cerca de un arroyo envigadeño —donde vive actualmente, después de su último viaje diplomático por Europa, que duró varios años y después de la edición de su último libro (sic), el Libro de los viajes y de las presencias— se restriega arena en el estómago, “para asimilar energía cósmica”. Y alguna vez intentó, con varios amigos, un retorno rousseauniano a la naturaleza, quemando —cual modernos Corteses— sus trajes e internándose en un bosque, de donde salieron, algunos días más tarde, en compañía de agentes policivos y convenientemente cubiertos con mantas y abrigos. “¿Será que yo he vivido buscando la fuente de la juventud perpetua?”.

En una revista literaria que edité durante algunos años, el maestro González escribió cierta vez un artículo sobre el miedo. Afirmaba que todos estamos muertos de miedo. “Tiembla el industrial, creyendo que sus maquinarias se van a quedar anticuadas; tiembla el empleado, creyendo que le van a arrojar de su puesto; tiembla todo el mundo. Y el que menos miedo tiene, tiene miedo de la muerte”. Consideraba un deber de los gobiernos el libertar del miedo a los hombres. Su frase sobre los derechos humanos era definitiva: “Nacimos, ende tenemos derecho al pan, al albergue, al amor”. Así, por inalienable derecho natural.

Empero, algún día le hablé de la seguridad que pretenden otorgar los gobiernos socialistas. Me respondió: “Sería lo más grave. Un hombre, una sociedad sin miedo, irían a la disolución. El miedo ha creado las religiones, la filosofía y el arte”.

El flanco de moralista y de filósofo de la muerte, es acaso el más acusado en la personalidad vigorosa, única, del maestro González. No hablo del sociólogo, del profundo buzo de nuestras realidades, que en Los negroides nos descubre y analiza. Ni del artista de El Hermafrodita dormido; ni del psicólogo de Mi Compadre y Don Mirócletes y El maestro de escuela; ni del panfletario violento de la revista Antioquia. Ni del poeta de El remordimiento o Primavera; ni del biógrafo intuitivo de Mi Simón Bolívar o Santander.

Desde el comienzo dije que supersonalidad y su trabajo son imposibles de agrupar en un somero ensayo y necesitan la serenidad de densos, laboriosos, hondos estudios. La visión que he dado de él, necesariamente tenía que ser panorámica. Considerarlo, apenas, como poeta, ya se llevaría un profundo ensayo (que alguien intentó, con buen éxito). Cualquiera de sus apuntes cortos —por ejemplo, su estudio sobre Freud, a raíz de la muerte del psicoanalista vienés— es merecedor de un concienzudo análisis y un estudio enjundioso. Quizás me reste sólo pedir que se conozca más la obra del escritor antioqueño más original y atrayente.

Queda la juventud. La juventud tiene que buscar sus maestros. Y tiene la obligación de reconocerlos en medio de las voces postizas, de los llamados falsos. “La juventud me ama”, afirmó alguna vez el maestro Fernando, y estaba en lo cierto. La extraordinaria personalidad, inquieta y paradójica, del maestro de Envigado ha logrado apresar —en gran parte— de manera vigorosa, la afanosidad estudiantil de los jóvenes.

Estos no van a él atraídos por el estruendo de sus salidas panfletarias, sino que van a buscarlo en la esencia, en la íntima entraña, con ánimo de asimilar el portentoso bagaje de sus ideas, inquietudes y reflexiones.

Sin embargo, el maestro no es todavía un escritor popular. Sobre su nombre hay una clara división de conceptos: o se le admira ciegamente —porque se le conoce bien— o se le considera un deslenguado o un loco. No hay término medio. Por ello resulta tan interesante este flujo de muchachos hacia las límpidas doctrinas del único pensador, místico, sociológico y metafísico que ha dado este medio.

Don Efe Gómez,
cuentista antioqueño

Acaso porque la cercanía nos obliga a leerlos primero —y sin la suficiente información para comparar y pesar— es lo cierto que, por término general, miramos desprevenidos a los grandes escritores nuestros, a aquellos que podríamos llamar los “clásicos” de la literatura colombiana. Por modo eminente ocurre este fenómeno con el maestro Tomás Carrasquilla, portentosa personalidad literaria, de por sí digna de capítulo aparte, de amplio estudio pormenorizado.

Pero no es menos cierto que leemos primero a los extranjeros. Eso corresponde a toda la organización torcida de nuestra mentalidad, orientada —como tanto se ha dicho, a lo largo de las páginas anteriores— hacia lo extranjero y complejada de inferioridad frente a lo propio.

En el cuento, verbigracia, nos emocionamos hasta las lágrimas con Chejov, Andreiev o Maupassant, mientras desconocemos u olvidamos a Efe Gómez o a Francisco de Paula Rendón.

Y los dos escritores antioqueños son iguales, por lo menos, a los rusos y al francés. Simplemente, nuestro grave complejo de hombres con cultura prestada, de seres espiritualmente importados, nos inhibe para reconocer las bellezas propias y las valencias de nuestros hombres de letras. La inteligencia colombiana nos causa desgano y no podemos apreciarla con la emoción con que justipreciamos lo extranjero.

Se necesita, pues, el regreso. Cuando se vuelve de largas lecturas por otros escenarios de la literatura, es emocionante hasta el límite el encuentro con hombres de letras más grandes o tan grandes como los mejores entre los que han servido a la cuentística, la novelística o la poesía nacionales.

Si la efectividad literaria ha de medirse por la profundidad dramática de las situaciones, por la hondura psicológica dentro de los más recónditos secretos del alma humana, por extraordinarias dotes de observación, por capacidad para reflejar la naturaleza con pincelada viva y armoniosa, por habilidad para combinar los elementos de la trama en forma que hiera más directamente la sensibilidad del lector, por la perfección estilística o sea, la adaptación del estilo a la situación expresada, tenemos que convenir en que don Efe Gómez es uno de los más grandes cuentistas de la literatura de América y uno de los clásicos más eminentes de la de Colombia.

Don Efe Gómez conoció, como medio, la idiosincrasia colombiana. Entendió, pintó, estudió a sus mineros, sus campesinos, sus mulatos, sus hombres de ciudad, con brochazos magistrales, con aliento de creación y vida tan intenso, que viven en las páginas inmortales sus tragedias, sus amores, sus grandes angustias o su aburrimiento y fastidio de lo cotidiano.

Nada más simbólico que el título Mi gente para su novela. Porque él retrató el pueblo antioqueño en lo que tiene de más elemental y poderoso, en sus mineros, en sus bateadores, en sus montañeros, en sus taladores de bosques, en sus sembradores. Todos ellos enfocados en su más sencilla, prístina y recia humanidad.

De muy pocos creadores se salvó la obra en Colombia. A veces, muchas veces, se salvó —pese al enorme influjo de la literatura extranjera, como el romanticismo en La María o en la poesía de Pombo— por el aliento de amor a lo autóctono que en ellas se conservaba, pese a todo y a todas las influencias.

Don Efe —por razón de sus trabajos como ingeniero— estuvo en contacto directo, a lo largo de muchísimos años, con el barro primitivo que forma a Colombia. Hombre sencillo y recio, no establecía entre esos sencillos elementos de la nacionalidad y el “doctor” una barrera de prejuicios sociales. Era el diálogo cordial, de hombre a hombre. Era la ayuda personal de la siempre flaca economía del ingeniero a la angustia menesterosa del jornalero. Era la camaradería claramente humana del científico con el peón. De ella nació ese profundo, íntimo, ceñido compenetrarse del cuentista Efe Gómez con el corazón de las gentes humildes.

Los críticos que han analizado la obra de don Efe le han catalogado, desde hace mucho tiempo y como cosa ya sabida, en el capítulo de los cuentistas psicológicos. ¡Como si hubiera cuentistas que no lo fueran! Pero él fue muy distinto: no escribió sobre sutiles problemas mentales —amnesias, complejos, angustias metafísicas, descorazonamientos ontológicos—, correspondientes a los sedimentos de una larga trayectoria culta. No. Y no lo escribió porque esos fenómenos no se presentan aquí. Los hombres que expresó —y conoció— don Efe son elementales, rudos, primitivos, aferrados a la tierra, atormentados por pasiones, instintos e impulsos arcaicos, iniciales.

Nada de “complicaciones” psicológicas en un minero a quien inmensas rocas entierran vivo en el corazón pétreo de la mina. Se limita a decir a los compañeros que, inútilmente, intentan prolongar su agonía, que se alejen, después de dejarle algunos cigarros, porque él está resignado con su suerte. Es preciso —él lo sabe y lo saben sus compañeros— dejarlo morir, solitario en la inmensa tumba que le labró la naturaleza.

Nada de complicaciones y sutilezas psicológicas en Guayabo negro —y es uno de los más grandes cuentos psicológicos de la literatura americana— en donde las reacciones del personaje —que amanece, después de asesinar a su cuñado, en la cárcel, después de una noche de farra— son elementales en su complicación. ¿Qué quedan, en síntesis, sino sentimientos nobles y amables? El amor por la esposa, por el trabajo, por la paz. Por eso la tragedia revienta con mayor tenebrosidad, al romper una trayectoria limpia y sosegada.

Y está la tortura de la voluntad débil —propia de nuestros hombres—; la sed insaciable de alcohol —propia de nuestros hombres—; la falta de control una vez entre las mallas dominadoras de la bebida —propia de nuestros hombres—.

Por eso, más que la reacción de un individuo, Don Efe describió en Guayabo negro las reacciones de todos los colombianos en el día después de la farra. Es decir, hizo una obra definitiva porque empleó el material humano que tenía a disposición; porque utilizó un momento trágico, de intensidad desconcertante, y porque expresó a su raza en un aspecto interesantísimo de su naturaleza: en el encuentro con el alcohol y el vicio.

¿Qué tenía qué ver don Efe con el “complejo de Edipo” o el “complejo de Diana” o con la angustia mnemotécnica de los personajes proustianos o con los graves enredos casuísticos de los personajes de Sartre? ¿Por qué tiene un cuentista, un escritor colombiano, que ponerse a menear problemas que ni remotamente nos tocan, que no tienen que ver con nuestra entidad humana?

La disyuntiva de un personaje sartreano sobre si debe hacerse criminal por fidelidad a una idea política —el comunismo— o si debe distinguir entre las diferentes clases de homicidios, según la causa que a ellos impele, ¿cuándo demonios va a presentársele a un ciudadano de Peque o de Santo Domingo?

Los amantes del cuento falsamente llamado psicológico, los amigos de las complicaciones cerebralistas, hacen cuentos abstractos, sin bases vitales, sin escenarios verdaderos. Olvidan los tales escritores que como Faulkner o Steinbeck —pese a las complicaciones que ofrece sustécnicas nuevas— viven encantados de la naturaleza y de los hombres que los rodean. El creador, todo creador tiene que serun enamorado de la naturaleza y del hombre.

Es fanático del amor de Faulkner por su tierra sureña y sus personajes, paisajes y ambientes están nutridos en esas vegetales comarcas en donde la vida discurre con lentitud sencilla.

Si fuéramos a comparar la obra de don Efe con el trabajo de un pintor —y lo fue de su tierra y su gente— no podríamos asimilarlo a un paisajista ni a un pintor de caballete. Es un fresquista. Sus obras son inmensos murales. Amplios retablos multitudinarios, donde alienta toda la raza en turbión disperso y vigoroso. Ha realizado frescos de tanta reciedumbre que difícilmente son igualados en ninguna literatura. Con un sentido poderoso de la descripción y de la tragedia, ofrece pinturas desconcertantes en su potencia, que asombran y estremecen: el minero, sepultado en vida, que ruega a los compañeros que lo abandonen a su suerte; la lucha de dos jayanes, a varios pies de profundidad en un río del trópico, apuñalándose y tiñendo de rojo las aguas tumultuosas; la muerte del viejo campesino, en medio de los bosques, junto a los árboles ciclópeos que él mismo acostumbraba tumbar a golpes de hacha; la alegría de las mañanas tropicales en el monte virgen; la turbulenta fuerza de la naturaleza en los socavones mineros y en las soledades selváticas; la muerte y el amor, la vida y el odio, todo ello tiene cabida en la pluma de don Efe y una estatura magnificada por la eficacia del gigantesco creador.

En don Efe se nota una armonía entre la forma —a veces llena de lirismo, a veces de una inigualable reciedumbre descriptiva— y el fondo, que revela un conocimiento inusitado de la idiosincrasia antioqueña y una vigilante expectativa de sus vivencias y tragedias. Es, por lo tanto, el cuentista perfecto y el hombre que domina todas las formas de expresión, el artista que domina las formas de expresión, desde el brochazo rápido, fotográfico, de la naturaleza, hasta la honda introspección y el meticuloso buceo del alma atormentada de un personaje o de la raza.

Como persona, don Efe fue el protegido del caballero y del hombre de estudio. Era tan versado en metalurgia y matemáticas, como en literatura y poesía. Su profesión pudo influir en su obra. En el ingeniero, la influencia de las ciencias exactas acaso es lo que da tanta precisión a los trazos de sus cuentos, tanta seguridad y justeza y los aleja de la excesiva fronda y la redundante hojarasca, tan frecuentes entre los literatos de las décadas en que don Efe escribió sus mejores obras.

El cuentista mereció la amistad entrañable de los mejores hombres de su generación. Fue íntimo de Pedro Nel Gómez, de Fernando González y de los personajes que hacían historia. “Maravillosamente dotado —escribió Alonso Restrepo Moreno— para vivir con amplitud integral, sus elaciones chocaron siempre contra la resistencia despiadada del organal incomprensivo, en que se mantuvo sumido, a pesar suyo. Su afán desesperado e insaciable de experimentarlo todo, hizo que desde sus mocedades la mojigatería del medio lo señalara, definitivamente, como revolucionario peligroso. Influencia del medio calculador, de la hipocresía periférica, incapaz de querer comprender que sólo las personalidades amasadas con fuerza por la vida, le producen el confort y la placidez de que disfrutan, mientras creadores e innovadores se agotan y sucumben...”.

“Vivió pobre, agobiado de problemas, mientras enriquecía las letras patrias y fabricaba las fortunas extrañas con sus investigaciones mineras”.

Estoico, recio frente a la adversidad, don Efe perteneció a la generación anterior a la nuestra, es decir, a la que produjo una serie de hombres de estudio, de tan recia personalidad y tan noble espíritu que las generaciones que vinimos después no podemos remedar. A esa época de matemáticos y literatos, de hombres que dominaban los más difíciles resortes de las artes y las ciencias, para quienes el estudio permanente no reñía con el ejercicio varonil de la misión humana a llenar.

Y en esa generación se relieva en la cuentística, la figura austera de ese viejo minero y matemático, pintor de frescos inimitables, de nuestra raza y nuestro paisaje.

Pedro Nel Gómez,
pintor de América

Después de una docena de años de estudio en Europa, Pedro Nel Gómez, a su regreso —sobre la verde y enorme pradera líquida que separa a su Continente del Viejo Mundo— entendió una sola cosa. En ella resumía sus grandes experiencias en las academias, en los talleres de los viejos pintores italianos, en los museos de arte y en las cátedras eruditas: América es totalmente diferente, una realidad enteramente distinta a Europa. Y es, además, una realidad extraordinaria.

El amor de Pedro Nel Gómez por el continente fue, pues, el resultado de una confrontación minuciosa entre las viejas verdades de la cultura occidental y las abruptas, elementales, arcaicas, manifestaciones de América, de un mundo nuevo que se convulsiona entre los dolores del alumbramiento, en furioso vaivén de gesta.

Pedro Nel Gómez me ha dicho, con la sinceridad del hombre superior, que no sabe “exactamente” qué o a qué altura está pintando. Sólo sabe que tiene que hacerlo. Sabe que tiene artísticamente la necesidad imperiosa de expresar este mundo elemental, esta geografía no atormentada, sino de escasos lunares, por la uña civilizadora de los tractores, con selvas vírgenes donde la fauna y la flora son expresiones de paisajes del Génesis, con hombres iniciales, todavía no desembocados al mar étnico desde los tres ríos convergentes del blanco, el negro y el indio.

El artista sabe que tiene que buscar la entraña humana y geológica de su hemisferio en los rasgos toscos de las fisonomías elementales, en las montañas, sacudidas en imposibles esguinces monstruosos sobre las arrugadas tierras vegetales. Cree que es absolutamente imprescindible objetivar este mundo revuelto, sacudido, grosero, tan distinto de los escorzos dulzarrones de la naturaleza reflejada por los pintores europeos.

Sabe que aquí está el feto de un mundo grande, la semilla de la tierra del hombre futuro, el comienzo de otro ensayo omnipotente de la naturaleza para crear humanidad.

El hombre

Pedro Nel Gómez nació en Medellín y estudió en la escuela de Minas, hasta 1920, cuando viajó a Bogotá a terminar sus estudios. Viajó largamente por Holanda, Francia e Italia. En Florencia vivió cinco años, dedicado a pintar y a estudiar a los grandes maestros. En Venecia y Roma permaneció, también, largo tiempo. Profesor de matemáticas, hombre de estudio, con una impresionante capacidad de trabajo.

Ha realizado los frescos del Palacio Municipal de Medellín, dela escuela de Minas —cuya construcción realizó—, del Banco Popular y otros en su propia residencia particular. Es casado con una pintora italiana y tiene una hija también aficionada al arte plástico.

Un compromiso con América

El maestro aprendió, en los largos años de estudio europeo, a manejar la técnica de la pintura y a fabricar la armonía de los conjuntos, la distribución de los tonos, el ritmo del dibujo y la perfección del trazado. Pero vio que esto bien poco le serviría en la tarea de realizar la expresión plástica de su atormentado continente. Entendió que el mural, el método primitivo, los trazos toscos y aún feos eran los vehículos para transportar hacia el arte la realidad de América. “Lo feo puede ser bello, lo bonito, nunca”, había dicho Gauguin.

La mayoría de nuestros pintores vuelven de las academias extranjeras a imitar los alegres colores y los suaves paisajes italianos o franceses, bajo una luz encantada de primavera sureuropea. Se apegan a la técnica y a los modales estéticos de sus profesores. A veces consideran que llegan a la cúspide de su expresión artística cuando su obra es trasunto de cualquier maestro extranjero y cuando podrían confundir a los estudiosos por las marcadas analogías.

El paisaje americano es muy distinto y Pedro Nel lo sabe. El Hombre también es diferente y las dulces caderas que dibujó el Tiziano o los idílicos ángeles rafaélicos poco tienen que ver con estas anatomías primitivas, arcaicas en donde la materia apenas ensaya o busca, a través de la carne, la forma definitiva.

En los frescos de Pedro Nel alienta nuestra raza: los mineros titánicos y palúdicos; las mujeres gordas y desparramadas, que se abren en la maternidad, como monstruosas flores de carne; nuestros niños, anémicos y hambrientos; nuestros leguleyos, armados de papeles y de incisos; nuestros hombres, en fin, sobre quienes pesa la maldición de un ancestro lleno de recodos —al que la sangre baja después de complicados viajes por vericuetos inextricables— y que soportan, permanentemente, la férula de todos los imperialismos. Es el hombre de América, con sus grandes pecados, con sus debilidades y, al mismo tiempo, con su inmensa esperanza y su futuro promisorio.

La primera etapa de la creación es el conocimiento. Y, por este aspecto, los frescos de Pedro Nel llenan una función social. Son una exposición de las realidades de América, por todos los aspectos, a través de una sensibilidad profundamente honrada, masculina y, al mismo tiempo, esperanzadamente cariñosa.

La obra del maestro Gómez es un sacudimiento a la emoción colombianista, en frente a los grandes problemas humanos que nos acosan. La influencia extranjera, la ardua lucha de los hombres de estudio por imponerse a la naturaleza reacia y tremenda; la angustia de nuestras familias desamparadas; la reciedumbre de los riscos, la terrible oquedad de los socavones mineros, la tarea del baharequero; la batalla del hombre contra los elementos, mientras el paludismo y los flagelos tropicales encienden de fiebre las arterias fatigadas.

Allí estamos nosotros, en esos frescos reveladores, con toda la inocencia primitiva y toda la elementalidad ínsita. Eso somos, en nuestra desnudez sencilla, ajena a las pomposas máscaras de pseudocultura, que hemos querido, a veces, ponernos, en un afán vanidosamente carnavalesco.

Fuente:

Upegui Benítez, Alberto. “La fidelidad al medio: González, Gómez y Gómez”. En: Los anteojos y el lápiz. Editorial Artes y Letras, Itagüí, 2010, p.p. 151-175.

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