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Atisba y escucha

El método y la metafísica
en Fernando González

~ Introducción ~

Entiendo por filósofo el que se rebuja en las cosas de la vida, las revuelve, parece que vaya a tumbar el edificio del universo, y luego se para al pie de los árboles o en los rincones de la casa, como a escuchar, bregando por encontrar una sinergia entre él, el universo mundo y lo desconocido que está por detrás o por dentro.

Fernando González

Por Christopher Marín Cano

Atisbar y escuchar reflejan una actitud frente a la vida, una manera de situarse en el mundo y en la vivencia de los fenómenos, tal vez propia del filósofo. Es la actitud de quien mira su experiencia vital sospechando en ella la presencia de algo más, de una realidad plena más allá de las formas, de algo esencial que saca a la vida de la mera limitación fisiológica. Sin embargo, tal sospecha no está presente en todos los individuos. Para muchos, y en un contexto carente de autenticidad como el colombiano, desarrollar la personalidad es «comprar vestidos, automóviles y aviones» (CE, p. 113) en lugar de trabajar interiormente, buscando comprender la realidad en su totalidad. Tal problemática se ve expresada también en la sujeción a las verdades ajenas aprendidas de memoria y no mediante la propia experiencia.

Convencidos del carácter vital de la filosofía y de su aporte a los problemas reales de nuestro contexto vivencial, hemos querido explorar el aporte de un autor como Fernando González Ochoa a la problemática del desarrollo de la personalidad y el cultivo de la autenticidad. En esa tarea, centramos nuestra atención en su propuesta metodológica y en la formulación metafísica que de ella se desprende. Conscientes de lo disperso y asistemático que puede parecer su obra, emprendimos la labor de rastrear a lo largo de ella una unidad metodológica, llamada aquí el método de los viajes. Tal método no es un sistema teórico ni una formulación conceptual, se trata de la experiencia vital del mismo González en su lucha por superar sus propios límites y limitaciones, y en su anhelo por llegar a ser uno con Dios. Así, la mayor limitación de esta investigación, no contar con un sistema teórico propiamente dicho que le sirva de respaldo, se convierte en su gran posibilidad, pues es una incitación, al mejor estilo socrático, a emprender en la propia vida el viaje hacia la superación de toda vanidad, entendida como imitación, y a buscar la presencia divina, no en los conceptos ni en los principios metafísicos, sino en las vivencias.

Como vemos, la filosofía de Fernando González consiste en un viaje experiencial desde la causalidad hasta la libertad, desde la representación hasta la intimidad, el cual tiene por propósito realizar la existencia en el ser, es decir, se trata de un viaje desde la representación existencial hasta la intimidad del ser. En ese sentido, sus obras son su confesión y su itinerario, no un elenco de pensamientos y conceptos ajenos a su experiencia, pues para él vivir significó afrontar instante a instante, desde su individualidad y sin elusiones especulativas, la agonía de las vivencias fisiológicas, instintivas, pasionales, mentales, religiosas y espirituales (Restrepo, 1997, p. 21).

Nuestra investigación no pretende sentar bases teóricas sobre los modos de alcanzar una vida autentica, tanto a nivel individual como social, ni presentar una metafísica superada del anclaje científico. Quiere llamar la atención sobre la importancia de las propias vivencias en la configuración del conocimiento y de las verdades, quiere mostrar un camino filosófico por medio del cual cada individuo puede, mediante el padecimiento, la renuncia y la meditación, ascender desde la consciencia fisiológica hasta la consciencia cósmica, desde la necesidad causal hasta la libertad plena, desde el temor a la muerte y a la finitud hasta la comunión con la esencia absoluta de todo, en la eternidad. Pretendemos, además, mostrar la validez y actualidad de un autor como el nuestro, no contemplado en los cánones de la filosofía. Sin embargo, no se trata de una apología de González, ni queremos introducirlo a la fuerza en la reflexión académica, pues incluso él mismo rehusaba de hacerse llamar filosofo profesional y prefería verse como un modesto aficionado a la filosofía (VP, p. 31). Tampoco se trata de «rescatar» su pensamiento, pues estamos convencidos de que no lo necesita. Nuestra indagación encuentra su justificación al aportar una mirada particular a los problemas de siempre: la pregunta por el lugar del hombre en el cosmos, por la muerte, por Dios, por la manera como conocemos y, pese a que no ofrece respuestas definitivas, fija un horizonte de comprensión y una actitud de receptividad, no de huida, frente a la vida.

No podemos negar las dificultades presentes en el desarrollo de este trabajo, producto especialmente del carácter asistemático del autor y por lo tanto de la imposibilidad de seguir una línea discursiva sobre problemas precisos. Además, la limitación del material bibliográfico secundario fue un obstáculo en la investigación, pues realmente son pocos los comentaristas de las obras de González y la mayoría de estos se aproxima a ellas de un modo más biográfico que filosófico. Abordar un autor fuera de los cánones de la filosofía, del cual no tuvimos ninguna referencia académica durante los estudios, requiere partir de cero, emprender la lectura de sus obras, apropiarse de su vocabulario y enfrentarse a ellas con las herramientas adquiridas. Sin embargo, las dificultades son estímulos para ahondar en la tarea propuesta, para obtener el mayor provecho del material disponible y para sacar al autor de un círculo de comprensión determinado hacia una pretendida universalización de su pensamiento, más allá de la antioqueñidad en la que se le ha querido mantener. Al respecto valga aclarar que estamos convencidos de los aportes de la filosofía de González a la disciplina filosófica, sin embargo, aunque no podemos pretender que su pensamiento no refleje la consciencia de su pueblo, pues el filosofar como toda actividad humana no es producido por un ser abstracto ni sucede en la eternidad, sí podemos mostrar la validez de sus formulaciones más allá de contextos precisos.

Respecto de la bibliografía utilizada señalamos que se trata de la más apropiada para el fin propuesto. De las veintisiete obras publicadas de Fernando González tomamos en cuenta diecinueve, pues dado lo particular del pensamiento del autor podemos rastrear a lo largo de todos sus escritos el afán por encontrar un método, su presentación y vivencia. Sobre los comentaristas resulta crucial el aporte de los profesores Alberto Restrepo, Javier Henao, Julio Cárdenas y Santiago Borda-Malo; recurrimos a ellos dada su aproximación primordialmente filosófica.

Ahora bien, en términos generales nuestra investigación supone cuatro aspectos fundamentales del pensamiento de González, ellos reflejan su vitalidad existencial. El primero es el amor por la verdad. No mentir, no aparentar ser otro son puntos comunes en su pensamiento, por eso el constante llamado a la verdad y la burla irónica del verbalismo, de la máscara y del eufemismo. El segundo, es la invitación a conocerse y aceptarse humilde y orgullosamente. No se trata de una petulante valoración del yo, sino de la aceptación sincera de los propios límites y del llamado a la eternidad presente en la propia existencia. El tercer aspecto es la libertad, entendida no como la mera posibilidad de actuar de un modo u otro, sino como posibilidad de emprender el camino de la autenticidad y la aceptación de sí mismo, que culmina en la comunión con Dios. Y el cuarto, la idea de la vivencia mística como una viva relación del individuo con la divinidad, por lo cual se deben desechar las pretensiones conceptuales o abstractas (Vélez, 2014, pp. 31-33).

Con fines metodológicos nos hemos propuesto abordar la obra de González en tres momentos, cada uno de los cuales corresponde a una formulación del método de los viajes. Ellos son: el viaje pasional, el viaje mental y el viaje espiritual. Estas formulaciones condensan la actividad filosófica de González y nos permiten seguir un rumbo en la variedad de obras y asuntos tratados, teniendo como horizonte la pretensión de alcanzar la comunión con el absoluto, más allá de toda limitación.

Pues bien, en el primer capítulo exploramos las dos primeras formulaciones del método. Para tal fin exponemos la centralidad de las vivencias en la tarea de comprensión, la necesidad de vivir el mundo pasional sin juicios valorativos hasta agotarlo, pues la vivencia de las pasiones generadas por los fenómenos es indispensable si queremos adentrarnos en la comprensión de la realidad. Asimismo, nos referimos a la necesidad de la unificación emocional con los objetos de conocimiento, ya que la actividad conceptualizadora debe emprenderla cada individuo en su relación y vivencia del mundo fenoménico y no desde la aprehensión de verdades externas. Además, señalamos las herramientas provistas por el método, primero para viajar a pie por las pasiones y luego para entenderlas, categorizarlas e irnos integrando a la armonía divina, mediante la adquisición de la personalidad.

En el segundo capítulo examinamos la tercera formulación del método: el viaje espiritual, para mostrar que, una vez llegado a este punto, el hombre de proceder metódico se percata de aquello esencial escondido tras las pasiones y los conceptos. Así, el individuo percibe la carencia y limitación de los conceptos y emprende la búsqueda, más allá de toda oposición conceptual, de la presencia que da ser a todas las apariencias; sin embargo, para llegar a comprenderla y hacerse uno con ella, es preciso silenciarse y superar las propias limitaciones y carencias.

En el tercer capítulo nos ocupamos de la formulación metafísica presente en el método, la cual supone el punto de llegada de toda la actividad metodológica. Tal formulación pretende ser vivencial antes que teórica, por lo tanto, pone todo su empeño en la comprensión de las experiencias vitales como vías de acceso a la comunión con Dios y a la libertad plena. Esta metafísica, integradora de los distintos aspectos de la vida, busca superar toda limitación del mundo determinista-causal en la comprensión de la divinidad como aquello que integra y libera. Mostraremos, entonces, su carácter plenamente vivencial, en cuanto hacer metafísica no es una actividad abstracta, sino estrechamente ligada a los sucesos vitales. Lo anterior nos permitirá concluir que el fin del viaje se encuentra en la comunión con Dios, en la plenitud de la consciencia una vez superada toda limitación y oposición.

Finalmente queremos expresar nuestros agradecimientos a Otraparte, a su director Gustavo Restrepo y al profesor Alberto Restrepo, quienes influyeron en la orientación del presente trabajo hacia un campo poco explorado en la obra de González: la relación entre método y metafísica. Igualmente, a la profesora Marcela Forero por su apoyo, precisiones y orientaciones metodológicas y filosóficas.

Estamos a punto de emprender un viaje, un viaje alrededor de la vida de Fernando González, pues sus libritos pretendían objetivar sus vivencias y resolver sus conflictos, un viaje también alrededor de nosotros mismos, en cuanto su propósito es incitar al conocimiento de este misterio que somos cada uno de nosotros (LVP, pp. 20-21). ¡Feliz viaje!

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Fuente:

Marín Cano, Christopher. Atisba y escucha: el método y la metafísica en Fernando González. Trabajo de grado presentado bajo la dirección de la profesora Yelitsa Marcela Forero Reyes como requisito parcial para optar al título de Filósofo. Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Filosofía, Bogotá, 2 de noviembre de 2016.