
La Alcaldía de Andes, la Universidad de Antioquia y la Corporación Otraparte presentan esta exposición biográfica que conmemora los cincuenta años de la muerte del poeta Gonzalo Arango Arias (1931-1976), fundador del nadaísmo y figura central de la historia cultural de Antioquia y de Colombia en el siglo xx.
Sección 1 • La isla antes de la nada

El río sabía su nombre
«El río nos lavaba la mugre racional, la costra de deberes del catecismo, la oratoria de aludes de azufres dominicales consagrados».
Gonzalo Arango nació en Andes en 1931. Fue el undécimo de los trece hijos de Francisco Arango —telegrafista, concejal, personero y miembro de la Sociedad de Mejoras Públicas— y Magdalena Arias. En la escuela fue alumno dedicado: cantaba los himnos, izaba la bandera y aprendía que, después de Dios y la Patria, lo urgente era amoldarse y cumplir. Pero afuera corría otra educación. Por la plaza vagabundeaba como una hoja desprendida, iba a la iglesia, pecaba, dudaba, obedecía y se aburría; entonces el río rompía la lección. En sus aguas, el cuerpo recuperaba la inocencia que el catecismo declaraba sospechosa y pensar por cuenta propia comenzaba a parecerse a la rebeldía. Entre la parroquia, la calle, los libros y el San Juan se formó el niño-poeta-campesino que nunca dejaría de respirar bajo el profeta urbano. Cambiaría de ciudades, ideas y pieles; detrás de cada escándalo persistiría la nostalgia del río materno y de una libertad anterior a toda culpa.

De derecha a izquierda, Gonzalo Arango es el cuarto niño de la fila inferior.

Una isla de tablas contra el mundo
«La caseta se llama La Isla. La Isla que será en su juventud el nadaísmo. Y en su madurez la utopía de Providencia».
Antes de fundar un movimiento, Gonzalo construyó un escondite. En el solar de su casa levantó una caseta de tablas y la llamó La Isla. Allí se encerraba a leer los pocos libros de la parroquia y del colegio. Publicó un trabajo sobre el Quijote en el periódico de Jaime Jaramillo Escobar (X-504), con quien también organizó el Centro Literario Indio Uribe. Leer no era acumular cultura: era abrir una fuga en el deber, fabricar otra vida dentro de la vida prescrita. En aquella guarida se descubre el plano secreto de todo el viaje. El nadaísmo será otra isla contra la costumbre; Providencia, la tentativa de volver geografía ese refugio interior. Entre una y otra, Gonzalo se perseguirá sin descanso, levantando moradas para huir del mundo y abandonándolas cuando amenacen con volverse cárcel.

En el Liceo Juan de Dios Uribe, en la segunda fila (de arriba hacia abajo), de izquierda a derecha, aparecen: en el puesto número 7, Jaime Jaramillo Escobar (X-504), recién llegado de Pueblorrico, un año menor que Gonzalo y estudiante interno del Liceo; y en el número 9, Gonzalo Arango, con un libro abrazado contra el costado.

Medellín le cortó las alas al río
«La lectura ocupa cada vez más espacio en su vida».
La violencia partidista, la falta de oportunidades y la cesantía del padre empujaron a los Arango Arias hacia Medellín en 1947. Gonzalo terminó el bachillerato en el Liceo Antioqueño e ingresó a la Universidad de Antioquia para hacerse abogado. Fue secretario de la biblioteca, publicó en la revista universitaria y atrajo a profesores y estudiantes con su conversación y su gusto por impugnar. Conoció a Fernando Botero —se graduaron juntos como bachilleres en 1950— y se internó en la lectura de Verlaine, Kafka, Mallarmé y Dostoievski. Los libros ocuparon poco a poco el lugar del Derecho. Es como un niño-poeta-campesino trasplantado a la ciudad competitiva, con las alas del río cortadas. Medellín era laberinto, ruido y edificios de ventanas iguales; también imprentas, tertulias, bohemia y el escenario inevitable de su profecía. Gonzalo necesitaría aquella ciudad para inventarse y combatirla. Nunca conseguiría habitarla del todo: en el espléndido poeta urbano seguiría respirando el desterrado que buscaba el regreso.

Antigua Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia y Gonzalo Arango de aproximadamente veinte años.

Después del hombre, antes del Profeta
«Mi destino estaba en ser hombre y me elegí escritor».
Cuando abandonó la universidad en 1952, Gonzalo se retiró al «Sinaí», la pequeña finca familiar en las afueras de Medellín, para entregarse a la literatura. Lo acompañaban un perro viejo y una calavera robada del cementerio de San Pedro, recordatorio ácido de sus ensueños de gloria. Él y el perro comían naranjas; la otra, decía, ya había comido. Allí escribía Después del hombre. Don Paco llegó preocupado y encontró al hijo macilento, amarillo, obstinado en un oficio que la Antioquia práctica juzgaba pérdida de tiempo. Le rogó volver a la carrera de Derecho. Gonzalo permaneció inflexible: su vida estaba puesta en la literatura. El padre cedió, pero le pidió una sola cosa: que fuera siempre un hombre bueno. Gonzalo siempre intentó ser fiel al ruego de su padre. Alberto Aguirre leyó la novela mientras Gonzalo la escribía y custodió el manuscrito que este puso en sus manos. Una copia de la obra ardería más tarde en la hoguera nadaísta; la elección no. Desde entonces, escribir significó hambre, ruptura, destino y una exigencia moral difícil de cumplir.

Portada y primera página del original de Después del hombre, novela escrita en un cuaderno de contabilidad y dedicada a Alberto Aguirre.

La derrota parió la Nada
«¿Qué tenía? Se preguntó. Nada. Nadaísmo. Alumbró el futuro sobre la ruina».
Antes de ser Profeta, Gonzalo participó en la política. Durante la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla formó parte del Movimiento Amplio Nacional (MAN), hizo periodismo, fue corresponsal del Diario Oficial en Antioquia y suplente de la Asamblea Nacional Constituyente. Cuando el régimen cayó en mayo de 1957, los antiguos aliados huyeron y él quedó colgado de la brocha, cordero expiatorio de la nueva respetabilidad. Se ocultó, escapó al Chocó y al río Arma, probó suerte en Cali y durmió donde lo sorprendía la noche: cantinas, plazas, oficinas prestadas, hoteluchos. Tenía veinticinco años, una causa perdida y el porvenir clausurado. Entonces se preguntó qué poseía. Nada. La palabra alumbró sobre la ruina. Nada era derrota, capital y equipaje; nadaísmo sería la forma de regresar con las manos incendiadas. No nació de una teoría serena, sino del naufragio y de la desesperada voluntad de convertir el fracaso en aventura.

Gonzalo Arango durante una conferencia en la época de su militancia en el Movimiento Amplio Nacional (MAN), y artículo suyo sobre la ciudad de Cali, publicado en El Colombiano Literario.
Sección 2 • La nueva oscuridad

Un guante blanco entró en La Bastilla
«Eso es el nadaísmo, se dice. Eso, no babosa filosofía libresca».
De regreso en Medellín, Gonzalo comprendió que una palabra no bastaba: necesitaba gente. Alberto Escobar le habló de un exseminarista que enseñaba literatura por las tardes y por las mañanas servía tinto en el café de un tío suyo. Amílcar Osorio llegó a la cita del café La Bastilla vestido de negro, metido en un traje de duelo demasiado grande, con un guante blanco cosido sobre el corazón. Tenía diecisiete años. En aquella aparición, Gonzalo reconoció lo que su proyecto todavía no sabía decir: sorpresa, desenfado, desafío; poesía convertida en conducta. «Eso es el nadaísmo», pensó. Amílcar se volvió segundo de a bordo de la chalupa pandillesca para tres, cambió su firma por Amílkar U, se peinó como una escoba y vistió camisetas que bombardeaban el machismo católico. Juntos inventaron gestos, poemas y una felicidad irresponsable. El nadaísmo dejó de ser la desesperación solitaria de Gonzalo: se hizo amistad, disfraz, juego y escándalo antes de adquirir doctrina.

Foto 1: Amílcar Osorio y Gonzalo Arango. Foto 2: Alberto Escobar Ángel y Gonzalo Arango.

Primer Manifiesto Nadaísta
«El nadaísmo es, en un concepto muy limitado, una revolución en la forma y en el contenido del orden espiritual y la cultura».
En 1958 apareció el Primer Manifiesto Nadaísta. La palabra nacida del naufragio se volvió programa: una revolución en la forma y el contenido del orden espiritual, armada con duda, negación e irreverencia. La sociedad colombiana, si no había muerto, «apestaba»: a regimiento, sotanas sacrílegas, maquinaciones políticas y literatura rosa. Gonzalo y sus compañeros no querían decorar ese mundo, sino desacreditarlo para abrir espacio a otra sensibilidad. En la plazuela de San Ignacio quemaron sus bibliotecas personales: María, La vorágine, Carrasquilla y una copia de Después del hombre, la novela inédita de Gonzalo. El fuego era ruptura y liturgia, destrucción de la herencia y sacrificio de la propia obra. El nadaísmo no ofrecía todavía una doctrina completa. Ofrecía una alarma, una juventud que se negaba a morir en el orden de sus mayores. La hoguera fue su primer autorretrato: iluminación levantada con ruinas.

Portada y primera página del original del Primer Manifiesto Nadaísta, impreso en 1958 en Medellín en la Tipografía y Papelería AMISTAD Ltda.

gonzaloarango, oficio de Profeta
«El Profeta, se hizo llamar. No era una broma nadaísta. Se sentía sembrado en el poder de la misión».
Gonzalo Arango fundió nombre y apellido, los puso en minúsculas y fabricó una presencia capaz de entrar en combate antes que sus textos. Se hizo llamar el Profeta. No era una broma. Sentía en los huesos la misión de alterar la vida de quienes se acercaban a su sed. Vestía chaqueta de pana, líricas flores de escobo en el ojal y una gabardina que le daba aspecto de espía del diablo. La timidez se escondía en el humo; la indefensión, bajo el aire cultivado del enigmático. Predicaba barbarie, anarquía y desarreglo, aunque es recordado como el más circunspecto del grupo. La contradicción no destruía al personaje: lo alimentaba. Inventó una jerga —el inventico, el monjecito, el planetica— y sostuvo la insurrección con manifiestos, café, cigarrillos y fe. En una cultura adormecida, el poeta debía exponerse. Gonzalo necesitó creer en su profecía para no volver a hundirse en la nada.

Gonzalo Arango: fotos 1 y 2 por Hernán Díaz; foto 3 por Abdu Eljaiek.

Una cuadrilla escabrosa
«Y por gravedad, poco a poco se les van adhiriendo un montón de muchachos inteligentes, camajanes despistados, hijos de papi, sicópatas, poetas, pintores».
Alrededor de Gonzalo y Amílcar se fueron adhiriendo muchachos inteligentes, camajanes despistados, hijos de papi, poetas, pintores, estudiantes y algún buscón. La librería Horizonte de la calle Caracas, justo al frente del teatro Ópera, era cuartel sin disciplina. Allí rodaban de mano en mano Baudelaire, Maiakovski, Camus, Sartre, Cernuda y Faulkner, porque los libros no eran tan caros, pero ellos eran más pobres. Guillermo Trujillo hacía panes; Humberto Navarro cargaba muestras médicas; Darío Lemos todavía debía llegar temprano a casa; Eduardo Escobar y otros adolescentes llevaron sus poemas. En Cali aparecieron Jotamario Arbeláez, Elmo Valencia, Fanny Buitrago y nuevos cómplices. No todos creían con la misma fe. Mientras Gonzalo empujaba el carro de la nada, algunos preferían la fiesta, el pasatiempo o la irresponsabilidad. Avanzaban entendiendo lo que querían. Esa diversidad fue fuerza y herida: el nadaísmo era una cuadrilla escabrosa donde cada cual ensayaba su libertad.

Foto 1: Amílkar U, Jesús Arbeláez (padre de Jotamario), Gonzalo Arango y Jotamario Arbeláez, en Cali. Foto 2: Darío Lemos, Gonzalo Arango, Amílkar U, Jaime Espinel y otros nadaístas.

Pólvora perfumada
«La poesía es pólvora perfumada. En eso confiábamos. En que destruiríamos el orden viejo con martillos de papel».
La falta de blanca empujó a los nadaístas hacia tabernas baratas, parques y antros cuya mala fama les prestaba un prestigio facineroso. Bebían lo que hubiera, discutían a Heidegger o los zapatos de Van Gogh y leían poemas hasta el amanecer. Regresaban por las mismas calles donde sus antiguos condiscípulos marchaban, recién afeitados, hacia el trabajo. La bohemia fue hambre, irresponsabilidad y laboratorio. En el primer recital sonaron la Sonata metafísica para que bailen los muertos, la Tardecita tísica, plegarias nucleares y poemas cubistas. Gonzalo corregía, proponía cartas, fabricaba noticias y anunciaba desastres encaramado sobre una estatua. Bajo la bufonada ardía una convicción: la poesía debía abandonar el libro respetable y perturbar la vida. Era pólvora perfumada. Con manifiestos, voces y martillos de papel querían destruir el orden viejo. No sabían si podrían cambiar el mundo; por lo pronto, estaban cambiando la respiración de la calle.

Foto 1: Gonzalo Arango, Alirio Ozogar, Malgrem Restrepo y Alberto Escobar. Foto 2: Gonzalo Arango, Jotamario Arbeláez, Amílcar Osorio y Elmo Valencia (El Monje Loco).

Cristo entre mimeógrafos y policías
«Por razones nadaístas, a veces justas y otras no, he ido a parar tres veces en la cárcel».
Cuando Medellín comenzó a acostumbrarse a sus cabelleras, los nadaístas pidieron un milagro que resucitara el mito. Llegó en 1959 bajo la forma del Primer Congreso de Intelectuales Católicos. De noche imprimieron un manifiesto de bienvenida en un mimeógrafo de Coltejer. Durante la instalación en el Paraninfo repartieron su «literatura de alcantarilla» entre clérigos, poetas y funcionarios. La radio volvió el episodio un sacrilegio; Gonzalo huyó y terminó en la cárcel de La Ladera. En Cali y Bogotá otras conferencias fueron cerradas o dispersadas a bolillo. Las fuerzas oficiales, los intelectuales liberales y los católicos coincidían, por distintos caminos, en considerarlos una amenaza. Pero no era una simple guerra de ateos contra creyentes. Detrás de la blasfemia respiraba un misticismo feroz: Gonzalo peleaba con Dios y con sus administradores. La censura hizo publicidad involuntaria. Cada condena alimentó al Profeta que pretendía silenciar. Alberto Aguirre, en su condición de abogado, lo asistió durante el proceso y fue a la cárcel La Ladera con la boleta de libertad para obtener su excarcelación.

Las Memorias de un presidiario nadaísta fueron publicadas en dieciséis entregas en el semanario Contrapunto.

Otraparte: el brujo reconoció al pirata
«Una profunda simpatía los ligó para siempre en la admiración mutua, el afecto, el respeto».
Cuando Fernando González invitó a Gonzalo a Otraparte, el joven Profeta se conmovió: el viejo Brujo había reconocido en su revuelta una búsqueda verdadera. Fernando vio en él algo de sí mismo, revolviéndolo todo. Una simpatía profunda los ligó en la admiración, el afecto y el ideal de autenticidad sin vergüenza. Gonzalo encontró un maestro que hacía de la escritura camino de introspección y transmutación, palabra de tierra y enseñanza viva. La relación sobrevivió a sus mudanzas y herejías. Años después, cuando vendió la pequeña biblioteca y declaró que los libros solo lo confundían, conservó a Nietzsche, Rimbaud y Fernando González. Bajo la piel del pirata estaba el anacoreta; bajo el mesianismo satánico, una sed religiosa. Otraparte no fue una escala decorativa en la biografía. Fue el espejo donde Gonzalo reconoció que la obra podía ser el hombre que uno consigue ser. Entre tanto, Alberto Aguirre trabajaba en la edición del Libro de los viajes o de las presencias, publicado bajo el sello Aguirre Editor en agosto de 1959. El capítulo «Primera libreta regalada» está dedicado por Fernando González a Gonzalo Arango.

Foto 1: Fernando González y Alberto Aguirre. Foto 2: Fernando González, Morelia Angulo y Gonzalo Arango. Fotos © Guillermo Angulo (1959).
Sección 3 • El Profeta ante la multitud

gonzaloarango en El Automático
«Sacude y fascina. Hace publicar sus textos y los de sus amigos en los periódicos bogotanos».
Gonzalo desconfiaba de Bogotá: le parecía una simulación mortal para la cultura, una enfermedad del alma con cielo de sudario. Fernando González le advirtió que no se dejara bogotanizar; pero era necesario hacerse oír desde allí. En el café El Automático leyó una conferencia escrita sobre papel higiénico y no dejó títere con cabeza: atacó el trabajo, la moral burguesa y las glorias de la literatura nacional. Un reportaje de Iáder Giraldo en El Espectador lo puso de moda. Envuelto en la gabardina, escondida la timidez tras el humo, trasladó su cátedra a los cafés. Sacudía y fascinaba. Hizo publicar sus textos y los de sus amigos; revistas de Brasil y Venezuela recogieron el alboroto. Medellín y Cali lo acusaron de exhibicionismo y entrega. Bogotá le dio la resonancia y el peligro: el nadaísmo se volvió debate nacional y el Profeta comenzó a ser prisionero de su celebridad.

Primera conferencia de Gonzalo Arango en Bogotá en 1961.

Los papeles que dejó el incendio
«El nadaísmo es su obra: los libros son apenas los indicios de la vida interna que ardía».
El vocerío del Profeta puede ensordecer al escritor. Gonzalo publicó teatro, cuentos, poemas, manifiestos, crónicas, reportajes y una copiosa y hermosa correspondencia. Su teatro tuvo vida escénica real: HK-111, obra impresa junto con Nada bajo el cielo-raso en la Imprenta Departamental dirigida por Manuel Mejía Vallejo, fue un ensayo serio de teatro nuevo para Colombia y alcanzó montajes en Medellín y Bogotá con el joven Santiago García. Después vinieron Trece poetas nadaístas, Sexo y saxofón, De la nada al nadaísmo y Prosas para leer en la silla eléctrica. Durante años, la columna «Última página» de la revista Cromos —firmada como Aliocha— fue su tribuna más constante, junto con los reportajes publicados en las páginas centrales: allí el Profeta hablaba semana a semana con una Colombia que leía. Así, mucho quedó disperso en periódicos, revistas, volantes y comunicados mimeografiados; otro tanto ardió por voluntad del autor. Sus libros son apenas indicios de la vida interna que lo consumía. Por eso cada carta, recorte, manuscrito y cinta conservados tiene valor de superviviente. Gonzalo aplazaba la obra maestra mientras aporreaba la máquina para animar a sus amigos y sostener el movimiento. Gastó su literatura al servicio de una fe: hacer de la vida la obra.

Los primeros libros del movimiento nadaísta y aspectos de la columna «Última página» de Gonzalo Arango en la revista Cromos. Foto superior por Nereo López.

Los discípulos queman al fundador
«Gonzalo es acusado de entreguismo y expulsado del movimiento».
La fama convirtió a Gonzalo en sospechoso ante sus compañeros. Mientras publicaba, viajaba y ocupaba la prensa, algunos nadaístas defendían la marginalidad y el derecho a no volverse escritores profesionales. Desde Medellín lo acusaron de aburguesamiento; en Cali lo quemaron simbólicamente sobre el puente Ortiz. Fue expulsado del movimiento que había fundado. Respondió, atacó y siguió trabajando, pero también cambió su idea de una poesía gratuita, separada de la ética y de la historia. En 1963 declaró cancelada su etapa de desesperación nihilista y derrotismo. Pero las rupturas no fueron accidentes externos: pertenecían a la respiración de un movimiento nacido de una división del alma. Cada éxito parecía claudicación; cada cambio, traición. Gonzalo y el nadaísmo se expulsaban mutuamente sin lograr separarse. La criatura era el espacio inventado donde él luchaba por conquistarse; negarla también era una forma de permanecer dentro de su incendio.

Elmo Valencia, Gonzalo Arango, Jaime Jaramillo Escobar y Jotamario Arbeláez en el puente Ortiz de Cali.

Diez mil ojos y un barco a la deriva
«Y vi el drama de una multitud que espera todo de su poeta: no eran diez mil cabezas sino una sola llena de ojos y de alma».
En el Paraninfo de la Universidad de Antioquia, Gonzalo regresó como hijo pródigo, vencedor y pobre, con la sola riqueza de sus palabras. La multitud escuchó sin respirar. Habló de la justicia vendada, pidió que le quitaran la venda y convirtió la conferencia en homenaje al Che Guevara, asesinado en Bolivia. Fue evidente allí el don de la palabra y el drama de un poeta obligado a reflejar los sueños de miles. Al salir, acompañado de Rosemary Smith (Rosa Girasol) y Eduardo Escobar, Gonzalo quedó hundido en un silencio abrumado, asustado de ser volcán. Pocos días después, en la inauguración del buque Gloria, elogió al presidente Carlos Lleras Restrepo y lo llamó «poeta de la acción». Sus compañeros no podían creer que fuera el mismo hombre. Lo expulsaron otra vez mediante cartas que él ayudó a publicar en Cromos. Entre la apoteosis y la ceremonia oficial, el Profeta quedó a la deriva dentro de su propia contradicción.

Foto 1: Gonzalo Arango y Rosemary Smith (Rosa Girasol). Foto 2: Artículo de Gonzalo Arango en respuesta a las críticas de sus compañeros por haber llamado «poeta de la acción» al presidente Carlos Lleras Restrepo en una ceremonia en el buque Gloria. Foto 3: Carlos Lleras Restrepo y Gonzalo Arango.

Nadaísmo 70, periodismo digno
«Todo empezó hace siglos con el asesinato del primer indio».
Con Nadaísmo 70 se cumplió por fin el sueño de una revista propia: ocho números de vanguardia, crítica, erotismo y reportajes. Gonzalo la impulsó junto con Jaime Jaramillo Escobar (X-504) hasta cansarse de perseguir anunciantes y hacerles antesala. Allí apareció «Planas, crimen sin castigo», investigación sobre la persecución y las torturas sufridas por indígenas guahibos en los Llanos Orientales. Frente a la retórica oficial, el texto reunió documentos y voces grabadas: un niño sometido a electricidad, hombres quemados con cigarrillos, familias expulsadas a la selva. La irreverencia ya no buscaba solamente escandalizar las buenas costumbres; acusaba la violencia que el poder y la gran prensa intentaban sepultar. Es una muestra del periodismo digno que ejerció Gonzalo Arango: una literatura contingente, nacida de las circunstancias y atenta a reflejar el mundo, en la que puso todo su ardor. La máquina del Profeta, antes cargada de burlas y manifiestos, se hizo tribunal para quienes no encontraban justicia.

Portada del número 5 de la revista Nadaísmo 70 y primera página del artículo «Planas: crimen sin castigo». En la imagen superior: Luis Alberto Quintero, niño indígena de 13 años.
Sección 4 • La última isla

Adiós al inventico, buenos días al sol
«Los ideales que no cambian la vida corrompen el alma».
El sueño de Nadaísmo 70 duró ocho números. Gonzalo se hartó de perseguir anunciantes, renunció a la revista y declaró que el nadaísmo era una tienda de ilusiones, un desierto gastado. Se marchó a San Andrés a diseñar otra utopía: una comuna de poetas, lejos del materialismo y del próximo apocalipsis utilitario, bajo la protección de los brujos isleños. Quería reunir a sus amigos en un reino solar de amor. La comunidad no existió, pero dejó señales en Providencia (1972). Allí el antiguo Profeta de la destrucción buscó tierra, mar, manos unidas, fraternidad y regreso. Pero cada isla de Gonzalo contenía ya su desencanto: la felicidad era contaminada por el remordimiento de desertar del deber. Abandonar el inventico fue, sin embargo, un gesto profundamente nadaísta: negar la negación cuando empezaba a volverse costumbre, escapar de su propia estatua y apostar otra vez la vida.

Samuel Ceballos y Gonzalo Arango en la isla de Providencia.

El lobo entrega su piel
«El nadaísmo fue el camino que conduciría al lobo a la solidaridad, a la unión con el mundo contra los oropeles pudridizos de la página social».
Angelita cambió la dieta, la compañía y el rumbo de Gonzalo. Con ella se apartó de muchos amigos nadaístas, quemó archivos, vendió libros y comenzó a escribir textos que pudiera entender el zapatero de la esquina. La poesía le parecía farsa; la filosofía, confusión. Las lecturas de Nietzsche, Rimbaud, Fernando González y Arturo Paoli, y la experiencia de un predicador religioso, avivaron su deseo de humildad, servicio y retorno cristiano. Algunos compañeros vieron una claudicación. Otros reconocieron otra cosa: el feroz misticismo de los primeros manifiestos se quitaba por fin la piel satánica. El lobo caminaba hacia la solidaridad. En Villa de Leyva, a la sombra de los monasterios, Gonzalo ensayó la última copia de su isla y escribió frases simples como cucharas. Seguía oscilando entre fe y desesperación, inteligencia y animal feliz, soledad y entrega. Su fidelidad consistía, una vez más, en cambiar de dirección y de vida. Ya no hubo más deseo que ese de volver a la tierra. La preparación para la muerte: «Ser Cristo es un estado del alma, un estado por el cual el hombre manifiesta la divinidad».

Foto 1: Gonzalo Arango y Angelita (Angie-Mary Hickie). Foto 2: Eduardo Escobar, Jotamario Arbeláez, Gonzalo Arango y Angelita en «El Monasterio». Foto de Villa de Leyva por Hernán Díaz.

Bien o mal, el Profeta cumplió
«Bien o mal, he cumplido; gracias».
Un viernes, por azar, Gonzalo volvió a encontrarse en la casa de Eduardo Escobar con Amílcar Osorio, después de quince años de evitarse. Se reconciliaron. Al día siguiente, camino a su retiro en Villa de Leyva, el taxi chocó contra un camión. Gonzalo alcanzó a decir «mierda» y perdió el conocimiento. Murió camino a Bogotá el 25 de septiembre de 1976. Tenía cuarenta y cinco años. Poco antes del accidente, había escrito: «¡No hablar más! Ser mudo. ¡Sola vía a la purificación de la vida!». Su obra fue el hombre que consiguió ser: una búsqueda encarnizada que mudó de piel para permanecer fiel a su sed. El nadaísmo no redimió a Colombia, pero la literatura colombiana tampoco salió ilesa de su incendio; la poesía entró en la calle y en la historia. Gonzalo no debe quedar inmóvil en una estatua. La vida del poeta se perpetúa en los otros. El río de Andes sigue corriendo en esa memoria.

Noticias de prensa sobre el accidente y el funeral y uno de sus últimos manuscritos. Según uno de los artículos, «la ceremonia se llevó a cabo en los Campos de Paz de la capital antioqueña y a ella asistieron destacadas personalidades de la literatura antioqueña». Foto de Gonzalo Arango por Félix Tissnes.
Créditos y reconocimientos

Eduardo Escobar cuenta a Gonzalo
Foto © Indira Restrepo
Esta exposición sigue la voz de Eduardo Escobar en su libro Gonzalo Arango, biografía publicada por Procultura en 1989. Eduardo escribió sobre el fundador del nadaísmo desde un lugar que ninguna cronología puede reemplazar: fue poeta de la misma aventura, testigo de sus incendios y amigo del hombre oculto bajo el Profeta. Lo recordó sin volverlo estatua. Vio su generosidad y su miedo, la misión y la vanidad, las mudanzas de piel, la sed religiosa escondida bajo la blasfemia. Gracias a esa cercanía crítica, Gonzalo aparece aquí vivo y contradictorio: no como ficha bibliográfica, sino como una presencia que continúa cambiando en los otros. Las citas destacadas a lo largo del recorrido proceden de su libro y de la antología de textos de Gonzalo que el mismo volumen reúne. Este breve recorrido cronológico e iconográfico reconoce en Eduardo Escobar a su narrador fundamental.
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