Conversación

La sombra viva

Otras miradas al suicidio
en el valle de Aburrá

Invitado: Daniel Alfonso
—1.° de septiembre de 2022—

Fotografía antigua de una multitud en las calles

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Ver grabación del evento:

YouTube.com/CasaMuseoOtraparte

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Daniel Alfonso es escritor, antropólogo, cianotipista, jardinero, fotógrafo analógico y ciclista apasionado por la literatura.

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Quien se mata desafía la principal ley de la guerra, el «sálvese quien pueda». Por esta razón, en una sociedad acostumbrada a continuas procesiones de cadáveres, sorprende cuando víctima y victimario yacen en el mismo cuerpo inerte. En esta charla indagaremos el fenómeno del suicidio desde una perspectiva antropológica, no con el fin de explicarlo, sino de ubicarlo, de hallar el lugar que ocupa en el entramado simbólico del valle de Aburrá.

Daniel Alfonso

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Introducción

Por Daniel Alfonso

«Es posible que pueda llegarse a pensar, malinterpretándome, que he concebido aquí una apología de la muerte voluntaria. Insisto en prevenir que esta lectura será incorrecta. Lo que puede parecer apologético no es, en realidad, otra cosa que el rechazo de un tipo de investigación que se ocupa del suicidio sin preocuparse por conocer al ser humano que busca la muerte voluntaria. Su condición es absurda y paradójica. Yo no he intentado más que afrontar las contradicciones irresolubles de la condition suicidaire para dejar constancia de ellas hasta donde el lenguaje alcance». —Jean Améry

Al observar las investigaciones respecto al suicidio, frecuentemente comienzan con una cita de Albert Camus de su libro El mito de Sísifo. Se entiende que este autor sitúa el problema en el punto más alto, dándole sus reales proporciones: «Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía» (Camus, 1985).

A pesar de la profunda frase y el nivel donde sitúa el suicidio, su uso en la mayoría de trabajos es mero adorno estilístico, pues la forma de tratar y entender este fenómeno es hoy enmarcada en unas estrechas márgenes disciplinares que reducen el asunto a la química, una selva leída como un grano de arroz.

La racionalidad científica, embelesada aún con el secreto que se abría de par en par tras la piel humana, creyó que una juiciosa disección del cuerpo llevaría a asir no solo este ser, sino la naturaleza misma de la vida. Los límites impuestos en las «leyes divinas» fueron relegados, meros trazos de tiza que el desatado niño rebelde saltó como un juego de golosa. El humano se convertía en ser divino, hecho a imagen y semejanza de sí, de primate saltarín a especializado carroñero cocinero del caldo prebiótico; aminoácidos, ácido nucleico, ribo, dioxi, el génesis creador. ¡Eureka! El mundo a los pies del hombre blanco católico, heterosexual, como nunca antes en la historia, efímeras hormigas descifrando el movimiento de los astros.

Pese a lo anterior, un fenómeno escapa a la comprensión de estas divinas hormigas, un hecho que ocurre dentro de su misma especie: individuos que se quitan la vida… ¿Cómo entender este acto? ¿Cómo entender a quien lo lleva a cabo? ¿Dios mismo poniéndose fin? Primero pecadores, luego criminales y finalmente enfermos, estos incómodos individuos desafían la única ley que no había sido puesta en duda, el instinto de autoconservación o supervivencia. Eran «enemigos de la vida».

Aparece Durkheim y, con insípida numerología maquillada de positivas sentencias, «demostró» que los suicidas no son solo enemigos de sí, sino amenazas a la vida social misma. Algo se debía hacer, al menos entender. La erudita civilización que admiró gustosa y orgullosa las «iridiscentes pompas de jabón» sobre Hiroshima y Nagasaki, sentencia: alguien sano no puede querer abandonar el mundo por su propia cuenta. De criminales a enfermos, de la cárcel al hospital, sobre los suicidas se posa una nueva mirada, una reevaluación concluye fallas orgánicas, algo no anda bien en sus cuerpos y las ciencias de la conducta aceptan el reto de atender a esos lastimeros sujetos.

Fuente:

Comunicación personal.