Lectura y Conversación

Citlali Ferrer

Agosto 17 de 2006

Políptico - Citlali Ferrer

Luis Argudín – “Tormenta I”

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Citlali Ferrer (Ciudad de México, 1963). Estudió danza y teatro en las escuelas de Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBA). Obtuvo un premio en el Festival Internacional de Teatro en Nueva York (1980), una mención honorífica en el concurso de cuento de la Casa Universitaria del Libro (1990) y otra en el Concurso Nacional de Cuento Edmundo Valadés (1996). Becaria de Jóvenes Creadores (Fondo Nacional para la Cultura y las Artes) en el área de Literatura (1998 – 1999). Ha publicado: “El enigma de una jornada” (Colección Letras de Pasto Verde, Orizaba, Veracruz, 1996), “Salmo 23” (Houston, Texas, 1996), “Corazón Roto” (Colección La hoja Murmurante, Toluca, 1998), “11:00 a.m. – Mujer al sol” (Colección Gato encerrado, UAM-Xochimilco, 2000), “Desde el fondo de la gruta” (Universidad Autónoma Metropolitana, 2004), “Los mil y un insomnios” (Instituto Mexiquense de Cultura, 2006) y “Políptico” (Universidad Autónoma Metropolitana, 2006). También aparece en diversas antologías. Ha recibido reconocimientos internacionales y nacionales por su trayectoria literaria. Colabora en la revista “Universo del Búho”, dirigida por José Emilio Pacheco. Imparte el taller de creación literaria en la Universidad Autónoma Metropolitana – Xochimilco desde 2003 a la fecha. Actualmente es becaria en Colombia del Programa de Intercambio de Residencias Artísticas (Fonca-Conaculta – Ministerio de Cultura de Colombia, 2006). Toda su obra está intrínsecamente ligada a la plástica y considera que al escribir mantiene un diálogo consigo misma frente a un espejo estrellado y a oscuras.

Presentación por Juan Guillermo Gómez García, Doctor en Filosofía, Coordinador del Programa de Letras: Filología Hispánica de la Universidad de Antioquia, profesor de la Escuela de Historia de la Universidad Nacional.

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Citlali Ferrer

“Yo le apuesto a la literatura, estoy con la fiel convicción de que ese es mi camino y no un trabajo con el que tenga seguro mi cheque de fin de quincena. Creo en lo que hago”.

“Lo que yo escribo es crudo, desolador; no puedo escribir sobre las margaritas; lo que veo es doloroso”.

“Siempre he sido libre y rebelde, no me gusta encasillarme. De hecho, creo que es una línea transparente la que divide la poesía y la narrativa, aunque los poetas, en particular, se enojan cuando se les dice que existe una hermandad entre estos dos géneros”.

Citlali Ferrer

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Mini ficciones

Montaña

Así solía llamarme y desde mi falda emprendía la escalada.

Viaje

Hoy, sin evitarlo, empobrecida, me reconozco en el exilio de tus manos. Aquí estoy en el mismo lugar de tu ausencia, tu recuerdo como tren lleva como equipaje mis deseos.

La espera

Policarpo sentado en una banca del parque de Fátima, fuma taciturno un cigarro sin filtro. Mira su reloj. El sonido rasposo de unos tacones interrumpe su único deseo. La mujer se aproxima. Murmullo de hojas secas en el camino.

Tres gatos

Escalan con agilidad, afilan sus uñas en las ramas, luego cada uno ocupa su lugar. Duermen su siesta en el ciruelo, al verles les digo: “Mis pajaritos”. Y entonces, obedientes, se desperezan y cazan y comen: pajaritos.

Cielo

Escuchas los acordes del piano de Melero, imposible ocultar tu soledad, negra noche, sin estrellas, vuelves a preguntar dónde está y te pesa la edad, no encontrar un rumbo, la monotonía de los días que pasan sin sorprenderte ya. Quisieras ir en un descapotable de antaño por una estrecha carretera rumbo al mar, pero lo único que puedes hacer es escuchar esta melancólica canción y a los perros que ladran a lo lejos.

Fruta

Mi madre me trajo unas frutas que se llaman lichis, nunca antes las había mirado. Parecen huevos de adolescente chino. Al morder una, el jugo de color blanco se escurre por mis labios y mi antebrazo. Pienso en el divino marqués. No puedo parar, definitivamente, cuando algo me gusta: soy insaciable.

Media noche en el Amazonas

Todas estas niñas bailan descaradas ante nuestros ojos, Almodóvar estaría fascinado con la decoración de motivos selváticos y el sórdido ambiente de este tugurio de mala muerte. Bebo mi cuba, veo mi reloj, media noche en el Amazonas y pienso que me hubiera gustado ser como ellas. Todos tenemos nuestro lado oscuro.

Violenta

Supe que me llamaban Violenta, aunque me llamo Violeta. He roto platos, sillas, en fin cualquier objeto que tenga a la mano. Sobre todo relojes. Me ha dicho mi psiquiatra que tengo aversión al tiempo, a llegar tarde o demasiado temprano, a la edad, al irremediable destino que es envejecer.

Dogs son rapegsten

La sonrisa se dibujaba en mi rostro al escuchar la frase, ¿qué significa? No significa nada. Lo ininteligible suele lanzarme al pozo de la verdad.

Asalto A

Me siento junto a un muchacho en el vagón del metro. Al abrirse la puerta, un hombre corre hacia él y le arranca una cadena de oro que llevaba en el cuello. Nadie hace nada. Todos permanecemos quietos y silenciosos. Tengo miedo.

Asalto B

Esperamos el taxi unos minutos y como no pasaba, decidimos caminar rumbo a la avenida más cercana, un coche compacto apareció a toda velocidad y frenó rechinando sus llantas, bajaron cuatro individuos, nos encañonaron y nos pusieron de rodillas contra la pared y con las manos en la nuca, al tiempo que nos despojaron de nuestras pertenencias. Luego nos dijeron que nos tiráramos al piso boca abajo con las piernas abiertas. Me enojé mucho.

Fuente:

Ferrer, Citlali. Políptico, 60 pzas/ acrílico/ masonite/ 90×90, Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, primera edición, 2006.

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Políptico - Citlali Ferrer

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Autómata

Dogs son r’apegsten,
Dogs son r’apegsten…
Oxomaxoma

Entro en un café y pido un turco. Sólo tu piel constelada, el recuerdo, íntimo jardín. Miro el contenido de mi taza, humeante oscuridad. De mi boca sale un deseo cansado y se desliza mármol de la mesa, frío como el invierno que me hiela los huesos. No hay nadie más en la cafetería, la noche la tengo encima. Me cansé de volar y sobrevolar una y otra vez, tu territorio. Cielo constelado, enigma, lágrimas cafeteras, bostezo. Vestida con la ropa que heredé de mi abuela, a la que de niña admiré tanto, permito que algo de ella viva en mí. La recuerdo por la sensación que me produce el invierno, el café y el mármol, besos de hielo, sí, besos de hielo los que me enseñó. Se servía sus martinis con aceitunas y ponía música, me obligaba con sus siameses, después me tomaba en sus brazos y me llevaba hasta la cocina. Abría el refrigerador y luego el congelador hasta pegar mis labios a la escarcha de hielo, ahí me dejaba un rato y luego de modo inesperado me retiraba y me ponía en el piso. Besos de hielo, yo todavía no sabía hablar. Anda, ve a jugar. Y yo corría a la biblioteca del abuelo y me metía debajo de su escritorio. Miro el asiento de la taza, profundo negro igual que la noche. Regreso a esos años de infancia en donde aprendí que el amor era sufrimiento, rechazo y desconfianza. Saldré a la calle, el frío me hará compañía. En todos los rostros que se crucen por el camino, buscaré el tuyo. Estoy en el límite de la nostalgia, un frío amarmolado se apodera de mi corazón-piedra, soy polvo, gris espanto, puerta sin salida. Me arrastro hacia la sombra y me remite a mi interior, repleto de recuerdos y de ansiedad. Pero no debo caer, debo continuar el viaje que me lleve a un lugar donde pueda sentirme segura, aunque siempre regrese al mismo café que frecuentábamos y me siente en el mismo lugar y tome mis dos tazas de rigor, sin levantar los ojos, sin hacer evidente que miro lo que me rodea y que te sigo esperando. Todo está en la mente. ¿No? Eso dicen, qué es lo que brota de mis pensamientos, a dónde me llevan mis pies, si mi cabeza no tiene otra meta que encontrarte, volver a ti, que vuelva a mí, que aparezcas. ¿Dónde estás? En escultura de hielo te convertiste y es invierno, por eso aún no te derrites. ¿Por qué mientras estuvimos juntos nunca pensé que te irías? Creí en la permanencia eterna de tu compañía y ahora si pudieras verme. Me molestaban tus silencios. ¿En qué piensas? En nada, de veras, en nada. Pero supongo que en esos momentos pensabas en tu definitiva ausencia. Ojalá lo hubieras dicho, quizá me encontraría menos mal. ¿O peor? No sé. Fue un domingo en la sobremesa cuando me dijiste: Hay que hablar. Preparé café y encendimos unos habanos. He perdido siete años de mi vida contigo y ya me voy. ¿Perdón? Y me reí. Para ser una broma, me parece de muy mal gusto. No, no te rías, en serio. He   perdi   do   sie   te   a   ños   de   mi   vi   da   con   ti   go   y   ya   me voy. Me quedé mirando el fondo negro de mi taza, sentí como caía a un abismo profundo del que no sabría salir. A los ocho días te fuiste de la casa, con la mitad de nuestras pertenencias. Fue un invierno muy duro. El café turco se sirve en pequeñas tacitas  de porcelana, para prepararlo según la tradición, se necesita poner una cucharada copeteada por cada taza y por cada taza dos de azúcar, el café, debe estar molido finamente y se retira del fuego justo antes del hervor. Yo creía que estábamos en el mejor momento de la relación. Era un gran alivio llegar a casa y encontrar nuestro universo, cada cosa en su lugar, tener un sistema de vida, una filosofía. Para la víctima el victimario. Debo sobrevivir a la estación. Abro la libreta de mi diario y leo lo que escribí ayer. Si encuentro la salida que Dios me salve, hay todo tipo de salidas. La salida a la calle repleta de vendedores, la salida a la terraza llena de soledad, la salida a la playa de la ola verde, la salida al monte de las lajas, la que da al panteón donde un niño descansa, la salida al jardín de la hamaca, la salida al estanque donde se ama, sin riesgo, sin condición, la salida final, la salida de emergencia, la que está al fondo de un bar, la salida a la azotea donde la ropa escurre desgracia, la salida final que no tiene boleto de vuelta, la salida final. Si encuentro la salida correcta, que Dios me salve. El deseo es frustración. ¿Adónde puedo ir? ¿Adónde me llevarán mis viejos zapatos? Todo cambia, todo rueda, soy vértigo, movimiento infinito. Vagaré por el camino y lloraré hasta cansarme. Despertaré al espanto para que nadie pueda reconocerme con mi cara de plato. ¿Cómo puedo volver a ser la de antes? Creo que ya me perdí, te perdí. De dónde sacaré fuerza para reponerme si permití que me exprimieras. Mis años de juventud se quedaron en la entrega desinhibida, en todo el trabajo que hice para ti. Te di todo a cambio de nada. Y no pude defenderme porque te amaba, te lloré, te sigo llorando. Nunca pensé verme así, nunca. ¿Existirá el amor y la felicidad? El vacío. Ése sí existe, en mi garganta callada, que no puede gritar, en el lado de la cama que ya no ocuparás, en el perchero, en la mesa, en la casa. El vacío que traigo en el centro del centro. El vacío es ausencia, tu ausencia. Y la necedad de venir a los sitios en donde podría encontrarte, pero no apareces, nunca apareces, nunca volviste a aparecer. Sólo en los sueños, en las transfiguraciones de mi mente. Sólo tu piel constelada, el recuerdo, el follaje oculto, íntimo jardín. La incertidumbre y la extrañeza me llevarán hasta otro estado. A pesar del trance en el que me encuentro reconozco que hay costumbres que no perderé jamás como esta de beber café, un turco terroso, donde leo mi futuro. Ya no soy la que solía ser, ni podré volver a ser aquella que fui. El tiempo se me quedó en la piel. Bebí de tu veneno y me voy marchitando poco apoco. Ya no debería insistir en pensar en todo esto, qué caso tiene, mejor pedir la cuenta, salir de aquí, volver a mi casa. Escuchar a Dexter Gordon y ver la ciudad encendida. Sobrevivir a la estación a pesar de todo. Después del invierno viene la primavera. Corazón. Qué extraño amor. Abrimos para cerrar. Cuando recuerdo tus ojos veo la muerte que me sonríe. Después del invierno la primavera. Después del amor el odio. El odio. Helado. Helado como este invierno que me hiela los huesos. Me levantaré y buscaré la salida.

Fuente:

Ferrer, Citlali. 11:00 a.m. – Mujer al sol, Colección Gato encerrado, UAM-Xochimilco, 2000.