Presentación

Cristina se baja
del columpio

Agosto 20 de 2009

"Cristina se baja del columpio" de Oscar Hernández Monsalve

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Óscar Hernández Monsalve (Medellín, 1925), periodista, poeta, narrador, músico, actor y ensayista. Hizo parte del grupo de intelectuales más importante de su momento en la entonces llamada “Bella Villa”, junto a figuras como León De Greiff, Tartarín Moreira, León Zafir, Belisario Betancur, Fernando González, Manuel Mejía Vallejo y Alberto Aguirre, entre otros. Cumplió un poco más de sesenta años de periodismo desde La Voz del Triunfo, pasando por otras emisoras y programas. Director del periódico El Obrero, de la revista Vea Deporte, corresponsal de Estampa y de El Espectador. En Cuba fue colaborador de una agencia europea con artículos sobre Colombia. Publicó sus primeros poemas en el periódico La Defensa. Cofundador del diario El Sol en l950. Libretista en RCN con Miriam Mejía Toro. Fundador de la Editorial Papel Sobrante. Comentarista cultural y Jefe de Redacción y de Armada en El Diario y El Correo. Colaborador y empleado de El Colombiano durante cincuenta años. Premio de novela ESSO 1965, compartido con Manuel Mejía Vallejo y Alfonso Bonilla con la novela al “Final de la Calle”.

Actor en nueve películas colombianas, entre ellas “Rodrigo D. No Futuro” y “Sumas y restas”. Premio al mejor actor en 1987 por la actuación en “Los Músicos” de Víctor Gaviria. En El Diario escribía tres columnas diarias con distintos nombres. Comentarista deportivo en Sutatenza y en RCN. Columnista del diario Occidente de Cali. Boxeador en teatros de Caldas a los trece años. Dirigió la Imprenta Departamental. Profesor del Liceo Antioqueño y de la facultad de comunicaciones de la Universidad de Antioquia. Obrero de Coltejer. Trabajador en la primera fábrica de plásticos en Medellín. Cantinero de un barcito propio en Guayaquil, “Bar Martini”, y luego propietario de un estadero llamado “Caminito”, donde tenía que cantar cuando se emborrachaban los músicos. Futbolista en la primera A de la época. Vendedor de libros y gerente de una compañía de investigaciones de seguros. Organizador de festivales del libro en varios países, entre ellos Venezuela y Cuba, con ventas que superaban el millón de libros. Soldado voluntario a los l6 años, preso por política en La Ladera, cuando no se podía ni respirar. Premio Mono Núñez por la canción “El Premio”.

Ha publicado: “Poemas del hombre” (1950), “Mientras los leños arden” (cuentos, 1955), “Las contadas palabras” (poemas, 1958), “Antología de la poesía antioqueña” (1961), “El día domingo” (crónicas y ensayos, 1962), “Habitantes del aire” (poemas, 1964), “Al final de la calle” (novela, 1965, premio ESSO), “Versos para una viajera” (1966), “Poemas de la casa” (1966), “Del amor y otros desastres” (poemas, 1978), “Las contadas palabras y otros poemas” (1987, 2007), “Después del viento” (poemas, 2001), “Papel sobrante” (notas periodísticas), “Hoy besarás y habrá buen tiempo” (poemas, 2009) y “Cristina se baja del columpio” (novela, 2009). Próximas publicaciones: “Fondo de hormigas” (novela) y “Tratado de los actos mínimos” (ensayo). En su obra se destaca la ironía, el humor negro, la sátira social y también una íntima preocupación metafísica y existencial. Utiliza el seudónimo de “Don Fulano”.

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Óscar Hernández es el escritor colombiano de quien debemos jactarnos; entre los demás de antes y de ahora los hay distinguidos pero todos son pintarrajeados de “otros”; pretenden ser “otros”; escriben como “otros”. Óscar Hernández es casa sin puertas y por eso vive o está en él la realidad, la vida. Óscar Hernández es uno de aquellos de quienes se dijo: Bienaventurados los limpios de corazón porque verán a Dios.

Fernando González

Milagro de la inteligencia, de la sensibilidad, de la intuición. Óscar Hernández tiene una voz cargada de mensajes maravillosos para quien sepa descifrarlos.

Eduardo Zalamea Borda

La obra de Óscar Hernández es escueta, sin oropel, buscando limpias palabras con el mayor acento de humildad, como calificación exacta de las cosas.

Otto Morales Benítez

Su dimensión literaria es la sutileza servida por la gracia en las vecindades de la sátira y del sarcasmo. La sutileza es profundidad en superficie: “Nada más profundo que la epidermis”. Los que poseen este don son siempre los más incomprendidos.

Javier Arango Ferrer

De su fundamental formación periodística Hernández ha guardado el gusto por la narración objetiva, clara, que encierra la realidad de las cosas sin perderse en la tentación del paisaje ni de la palabrería escrita para que en ella aprendan “buena literatura” los estudiantes.

Uriel Ospina Londoño

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Palabras innecesarias
para un libro necesario

Por Juan Manuel Roca

Mientras leo la novela de Óscar Hernández, desgloso un fragmento de Elías Canetti en “La antorcha al oído”, no solo por su honda reflexión sobre el arte de narrar sino, casi privativamente, por el fuego que me transmite la prosa sin artilugios de esta novela.

Cuando leo en el escritor búlgaro que no hay “que torturar, vejar o extorsionar el recuerdo, ante el recuerdo de cada ser humano”, en “Cristina se baja del columpio” encuentro el mismo esguince sutil.

Se trata de una narración basada en el recuerdo que entrelaza una vida patibularia, barriobajera, que no extorsiona al pasado desde el mero ángulo maniqueo de la miseria humana. Más bien se gesta la historia desde un ámbito que no sataniza a su personaje, que no está inmerso en una cultura culposa o condenable.

Cuando vuelvo a Canetti y a su idea de que no oculta su aversión por quienes se permiten pensar que cada hombre puede ser sometido a “prolongadas intervenciones quirúrgicas hasta igualarlo al recuerdo de todos los demás”, me solazo al ver que Hernández deja vivir a sus personajes en un ejercicio de la libertad no amarrado a un recuerdo único, a un ajuste de cuentas con la realidad.

La historia de Cristina está enlazada a su infancia y aún en futuro y precoz oficio prostibulario no deja, por malformación, por ignorancia o por otras instancias propias de una sociedad inmadura, de tener un alto sentido de inocencia. A veces de una brutal, de una perversa inocencia.

Son seres, los habitantes de esta novela, de una poderosa carnadura humana, contradictorios y atrayentes.

Entre una mujer que se avestruza, una de esas personas que nacen solo “para esconder la cabeza”, Cristina encara los días como si en el vaivén del columpio de su parque subiera para ver un mundo ancho y más que ajeno, y en su descenso tuviera que darse de bruces con una realidad vejada que la niñez por momentos ennoblece.

El autor sabe muy bien que “en los velorios de los chicos no cuentan chistes” y que “los niños saben más de la tristeza que los mayores”, de ahí la profunda melancolía que invaden todas sus líneas.

La vida, o lo que así llamamos, transcurre entre los cromos de un álbum de moda, otro álbum de ausentes y el negro álbum de la muerte.

Se trata de un mundo oscilante, pendular, un mundo de mentiras oscuras y clarísimas verdades.

Construida con mirada puntual, mas no periodística, esta novela nos arrastra por una ciudad tragada por el tarascazo del tiempo, en jirones, en desgarraduras de hombres, mujeres y niños de vestidos efímeros, como los días.

Cafetines. Heladerías. Ebriedades retadoras. Hombres que aprenden a caminar como futbolistas profesionales y que pretenden tener la eternidad en sus bolsillos. Muchachos de camisas floreadas que hacen de su pecho un jardín ya que viven en espacios secos, fóbicos al árbol y a una vida muelle y “decente”.

No hay verbosidad, alardes de honduras psicológicas sino pura y monda observación del mundo, un mundo visto por alguien que al decir de Héctor Rojas Herazo es “un traga-cosas”, un “bebe-penas”.

Lo que en la narrativa de otros puede ser utilería, tópico, gardeleanismo de cartón piedra, trilladas canciones o manierismos sicariales, en Óscar Hernández es testimonio humano, profundamente humano, de unas vidas limítrofes entre el tedio y la rabia, la ensoñación y la impotencia.

Un mundo provinciano que a veces quiere jugar a la metrópoli, un mundo agonista, en fin, una galería de espejos en los que creemos reconocernos todos, uno en una mirada levantisca, otro en un labio ansioso de beso, irnos más en una ronda de milagros y miserias humanas.

Ya se preguntaba el resabiado Fernando González en un texto escrito en los años sesentas a propósito de la escritura y de la andadura de Hernández: “¿Por qué no ha sido muy alabado? Porque no aprecian sino a las rameras pintarrajeadas, a los estafadores”.

Creo que no se puede escindir su novela de su bella poesía, una lírica que ahora vuelve a la mirada de lectores y poetas jóvenes, como un inesperado bumerang.

Fuente:

Prólogo en: Hernández Monsalve, Óscar. Cristina se baja del columpio. Editorial Lealon, Medellín, julio de 2009.

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"Cristina se baja del columpio" de Oscar Hernández Monsalve. Diseño de carátula por Tatiana Hernández y Sandra Sansón.

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Cristina se baja
del columpio

—Capítulo I—

Así te ha vuelto el mundo en poco tiempo. Te recuerdo, Cristina, con las uñas rojas, risa fácil, dura, de barrio; el cuerpo ligeramente arqueado a los 19 años como si te pesaran las sombras de los varones. Si de cargar vientres está así la espalda adolescente; como se ven curvados en los omoplatos aquellos que se llenan los hombros de flores o de piedras. Da lo mismo, has cargado hombres.

Debe ser lo mismo, Cristina; por eso estás doblada en dos, de la cintura hacia arriba con tu risa y con tu ombligo a veces al aire con aquellos trajes que abrevian. Y de allí hacia abajo un trozo de tela que nunca o casi nunca te ha resultado inconveniente levantar, porque vos, Cristina, vas a morir siendo eso: una mujer inocente, no de dos centavos ni de veinte, como dicen los literatos y los “chulos”, ni de tantos pesos. Pienso que cuando te digo putica inocente estoy ofendiéndote, porque en los diccionarios elaborados por señores de barbas blancas y negras se ha escrito como sentencia espantosa una frase de la cual no pueden salir las que entran: mujer que comercia con su cuerpo.

Y vos, Cristina, no has pasado la factura. Te morís de necesidades secretas, te fumás los puchos, te caés de anemia y te aburrís de la misma ropa que se va haciendo brillante, la lavás por la noche y la secás en el patio mientras tose y escupe el papá, gruñe la Gorda y se enciende todo ese doméstico infierno que son la mayoría de los hogares. La secás en el patio con el primer sol de la mañana, que también te vuelve a traer la certidumbre de estar viva y de no haberte disuelto bailando toda la noche ni fumando con la mano sobre el hombro del muchacho. Mientras la blusa está tibia y lista tomás un desayuno pobre y colocás en el bolsillo las monedas del bus.

Algodón al sol, si es que la blusa no tiene muchas mezclas de fibras sintéticas. Humo de un desayuno que en fin de cuentas sirve para tenerse en pie durante muchas horas. Los gritos son abrebocas, postres, finales, parte de ese alimento, de ese sol, de ese hombre que es tu padre, que te hizo después de ver una película sueca o algo así.

De tu madre que todavía puede creer en el amor pero no lo ve en la camiseta ancha del papá. De los chicos que escandalizan porque su vida parece hecha de un largo grito agudo, y al fondo esa canción molida desde hace veinte años que ya se lleva en la sangre como una enfermedad benigna. Pasillo lento, donde llora un trío o un dueto ecuatoriano. Y a veces, la Gorda, mientras voltea magistralmente una arepa, hace campo en su alma para dos frases de la canción y vos la oís y te das cuenta de que la mamá sigue viva, así no le interese la música que te hace estremecer al lado de Mike, de Antonio, de Camilo. Como se te acabó la pasta de dientes, seguís el consejo de otra amiga pobre y te das una estregada con soda o con sal. O a veces con el mismo jabón de baño. En fin, te arreglás para sostener los dientes en su sitio porque un “trabajo de la boca” cuesta tanto como una enfermedad grave. ¡Otra! Se acaba el desodorante, pero allá está la voz de la chica sabelotodo y entonces te preparás aquella cosita de una cucharada de dioxogen y medio litro de agua… Total que estás bien. Buenos olores. No te faltan calorías y la blusa ya está casi como las arepas que la Gorda orea en las parrillas de círculos rojos, sobre la rejilla de alambre.

Aprieta el sol. Soplás sobre la taza para espantar un poco ese vaho caliente y tomás esa gran hostia de maíz que te hizo la Gorda. Un día de tantos. Mañana soleada, la canción en la radio. Tos, esa tos tabacal del papá y de repente algún grito hondo de la mamá que siente su desgracia a lampos y también su medida felicidad en gotas mínimas.

—¡Ave María! ¡Se quemó esta berraca arepa!

Estás de brasier en la mesa y terminás de comer, mirando al patio donde crecen unas rosas del color de tus uñas. Rojas, profundas en su rojo las rosas que cultiva la mamá cuando le da tiempo el infierno aquel de la casa donde le cantan sus canciones, sus pasillos dolidos, sus tonadas que le siguen hablando al alma. Por eso la ves en el fogón con los ojos calientes y llorosos. No es porque en la radio le han enviado otra canción desde su pasado.

Aprieta más el sol, carga contra tu blusa. Ponés los dedos en el tejido, la ajás y te das cuenta de que no queda gota de agua. Unos pases de plancha y cubrís el brasier que se te sigue viendo a través de la blusa caliente de sol y plancha. Y ahora, de vos, Cristina, que te lavás los dientes como si estuvieras sonriendo a un duende metido en el espejo.

Toses, canciones, músicas de antes y de hoy, pero en el fondo hay un rescoldo amoroso en toda aquella mañana que seca el llameante sol terrenal.

Vos, Cristina, salís a la calle limpia de culpas, con un fresco baño que en su espuma se llevó eso que llaman “pecado”. Te saboreás la boca; es el mundo que te sabe bien, Cristina, el mundo de la mañana y de la luz, de la canción de las rosas que hace la mamá Gorda, tan perfectas como sus arepas.

Te veo, te pienso, Cristina y digo sentado en esta mesa mirando cómo un borracho termina su tarea.

—Con todo eso y todavía hay quien llora por su vida.

Fuente:

Hernández Monsalve, Óscar. Cristina se baja del columpio. Editorial Lealon, Medellín, julio de 2009. Diseño de carátula por Tatiana Hernández y Sandra Sansón.