Presentación

Cuentos de Cupido

—Julio 21 de 2016—

“Cuentos de Cupido” de Luis Felipe Gómez Isaza

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Luis Felipe Gómez Isaza (Medellín, 1961) es profesor y Jefe del Departamento de Medicina Interna de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia. Articula su profesión con el placer de escribir cuentos y ensayos breves. Ha participado en las escuelas de escritores de la Universidad de Antioquia y en los concursos de la facultad. En 2013 publicó los “Cuentos del cartujo” y continúa escribiendo y trabajando en su consultorio como médico de los de antes.

Presentación del autor
por Cruzana Echeverri

Facultad de Medicina - Universidad de Antioquia

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Hace poco, en un pasillo de la Facultad, mientras esperábamos el comienzo de un evento académico, un profesor de psiquiatría se le acercó a Luis Felipe para pedirle un libro suyo. Lo hacía por encargo de otro profesor para quien la lectura de los cuentos de Luis Felipe es la cura del insomnio que padece. Si es cierta la idea de que la primera medicina es la misma persona del médico, nos encontramos ante una curiosa variante de esa farmacia.

Tenemos, pues, en las manos, un nuevo brebaje, otra mezcla sanadora elaborada con “imaginación y realidad, realidad e imaginación”. Historias corrientes de un hombre de familia en ámbitos cotidianos y de salud, en las que la vida real se transforma gracias a la mirada desacralizadora de un narrador que usa la parodia tanto “para que los lectores gocen y se rían”, como para criticar la doble moral de curas y mojigatos, y advertir del peligro que esconden los fundamentalismos. Difícil el tema anunciado en el título: Cupido, ese niño travieso e irresponsable que causa estragos con su juguete, cuando se atraviesa en la vida de los mortales.

Paloma Pérez Sastre

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Luis Felipe Gómez Isaza

Luis Felipe Gómez Isaza

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La carátula

Por Luis Felipe Gómez Isaza

Había la señorita Isabel terminado de plasmar sus inspirados esbozos en el papel de la carátula. Una a una las ilustraciones, a pesar de su agitada agenda de estudiante de primer año de diseño gráfico de la pontificia universidad de Laureles, estaban listas. Yo que estaba un poco aturdido e impaciente ante la demora de los dibujos para que los Cuentos de Cupido nacieran, había optado por un metódico silencio, el cual muchas veces era interrumpido por gestiones ante su madre para que mediara ante Isabel, entregara los dibujos y no fuera catalogado como “intenso”, que es como ahora bautizan a los que andan creyendo que nunca se van a morir a todo aquel que por cuestiones de tiempo, necesidad o comportamiento obsesivo compulsivo, desee ejecutar cualquier proyecto de manera rápida.

Cualquier mañana, antes de pasar mi barbera sobre la espuma de mi cara, fui sorprendido por un sobre con paisajes y un te amo, que contenía los dibujos para el libro, al abrirlo, me encontré con los tres personajes ángel y el Cartujo, bien sentados y dibujados. A la izquierda del gráfico, el Arcángel del Sinú, portando su grúa milagrosa, vestido todo de blanco como le gustaba a su mamá, doña Leonor, y, con sus alitas listas para volar en la imaginación de las líneas que vendrán. A la derecha, estaba yo, cargando flechas y con cara inerte, de pendejo y de sorprendido escritor, y en el centro, por supuesto, Cupido, que había sido interpretado por ella, descarnadamente, en pañales y con un vaso posiblemente lleno de escocés. Inmediatamente aprecié el escenario, solté una carcajada ruidosa y desenfrenada que por supuesto fue reprimida severamente por doña Patricia, quien me dijo que a esas horas no era bueno reírse así, que despertaría a los vecinos y que por favor, me calmara de una buena vez por todas. Como no me voy a reír, está fantástico, sobre todo el dibujo de la caratula. Qué delicia de obra de arte había producido Isabel, con su humor gráfico, certeramente había dado en el blanco, así que no tuve otra si no difundirla a través de las redes sociales; escogí el WhatsApp para anunciar que los Cuentos de Cupido venían con todos sus entuertos y para compartir la carátula que me había impactado tanto (con el dibujito principal).

Las respuestas fueron inmediatas. El chat del grupo de compañeros de egresados de treinta años, usualmente perezoso y mudo, se activó súbitamente y se puso a reír a destajo, escribían sin parar los añejos compañeros, “¿qué es eso?”, “¡qué maravilla!”, “ felicitaciones, qué belleza de libro”, “¡yo lo quiero ya!”, “lo mejor es la carátula”, “quedaron igualitos”, y no solamente dicho grupo de cibernautas escribía desentendidas carcajadas y mandaban sonrisas, sino también los alumnos de la Facultad, los familiares, en fin, como pedrada en ojo tuerto aterrizaba la impertinente y curiosa mirada de Isabelita, quien luego de un análisis pormenorizado del texto, el conocimiento de los personajes y su inspiración filosófica, asentó con sus respectivas indumentarias a los ocupantes de la banca trasera del bus que viajaría a la montaña imaginaria de los cuentos.

Cupido, que por supuesto no maneja redes sociales (de hecho las odia, léanse con cuidado el cuento, “Cupido es llevado a cirugía”), celulares con WhatsApp, correos electrónicos, ni mucho menos el Facebook, fue sorprendido por un compañero de estudios, a quien con carcajadas en mano, le presentó el retrato, precioso, en fino carboncillo digital, donde aparecían los ángeles y el portador de la flechas. Apenas vio su imagen, parece que sus alitas no volvieron a batirse y se encogió en la desagradable sorpresa de su desintegración. Dos horas después del desencanto, y por curiosidad, le llamé por teléfono para solicitarle la evaluación de un paciente. Me sorprendí bastante con su lacónica respuesta, ya que él siempre ha sido cariñoso y atento conmigo y por lo regular me contesta feliz como si fuéramos para una fiesta. Pero esta vez no, esta vez, una desasosegada voz me dijo que no le parecía que él debía salir en pañales, que aunque Cupido viaja empelota por todo el universo, él no podría soportar viajar en la carátula del libro con sus piernas peludas, sus faltantes capilares y la prominencia abdominal a bordo. Colgó, y no me volvió a contestar, aunque si envió un mensaje de texto que decía “dale tiempo al tiempo”. Muy mortificado tuve que esperar a reunirme con el Arcángel y pedirle que me solucionara el impasse, también le solicité a Isabel que lo volviera a vestir, ella muy molesta me dijo que no le parecía correcto vestirlo, que Cupido siempre andaba en bola, que era su interpretación sobre el tema. Isa, es un amigo, entendé, ponele una ropita. Una semana después, me presentó al dolido protagonista con camisa de tiburones y tenis Nike, igual de feliz, portando un vaso de whisky. El Arcángel como amigable componedor nos citó en una fonda del vecindario, “La última estación”, cerca de la carrera 34 y en las montañas de la comuna catorce.

—Pidamos ron de ocho años, te vamos a mostrar tu nuevo dibujo, de pronto lo apruebas.

—¿Lo cambiaron?

—Claro que sí, te lo cambió Isabel.

—Siquiera, porque en el que me mostraron salí como un degenerado, yo sé que estoy viejo y acabado pero tampoco para salir así como sin nada.

—Ve, acordate que Cupido no usa ropa, Cupido solo tiene alas.

—No me importa, este debe salir con una mudita. Eso mi Cartujo, así, sí, así, sí. ¡Brindemos!

Fuente:

Gómez Isaza, Luis Felipe. Cuentos de Cupido. Facultad de Medicina / Universidad de Antioquia, Medellín, 2015, p.p.: 16 – 18.

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“Cuentos de Cupido” de Luis Felipe Gómez Isaza - Ilustración por Isabel Gómez Machado

Ilustración por Isabel Gómez Machado