Presentación

Desarraigo

Mayo 26 de 2011

“Desarraigo” de Eduardo Peláez Vallejo

Emecé Editores
Bogotá, 2011

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Eduardo Peláez Vallejo (Medellín, 1949). Se dedica a la literatura y al arte de criar caballos de paso fino colombiano. Publicó, con el sello de la Universidad de Antioquia, el libro “Retratos” (2001), en torno a personajes del arte y la literatura como Manuel Mejía Vallejo, José Manuel Arango, Darío Ruiz Gómez, Elkin Restrepo, Óscar Jaramillo y Clemencia Echeverri, entre otros. En el arte de la crianza de caballos, su obra maestra es Vitral del Salado, campeón mundial en 1999 en Tampa, EE. UU., uno de los mejores caballos y reproductores de la historia del paso fino colombiano.

Presentación del autor
por Elkin Restrepo

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Eduardo Peláez Vallejo

Eduardo Peláez Vallejo

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Experto en el retrato hablado, cada adjetivo y cada sustantivo de Peláez están pensados como trazos básicos e imprescindibles de una imagen completa. Sin estridencias, con mano recia y blanda al mismo tiempo, el narrador lleva el ritmo de su historia con la ambladura nerviosa, pero precisa y suave, de un caballo de paso colombiano.

Héctor Abad Faciolince

El lector de Desarraigo se desliza con verdadero placer por una prosa rica y visual, que trasmite los paisajes con la hondura de una emoción. Esta es una historia que uno sigue con pasión y en la que se halla el escaso toque maestro del desenlace inesperado, asunto que podría llevar a cualquier comentarista a mostrar la dolorosa y, qué remedio, cómica paradoja consistente en que la tragedia es arte.

Darío Jaramillo Agudelo

Un texto conmovedor que se inscribe en ese extraño género del que hacen parte libros como El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince, Patrimonio de Philip Roth y La vida de mi padre de Raymond Carver.

En abril de 1970, un grupo de hombres armados le ordenó al acompañante de Arturo Peláez: “Diga que a don Arturo lo secuestró el EPL”. Para ellos, se trataba de un representante de la oligarquía. El secuestrado intuyó lo que ocurriría y se sintió satisfecho de haber enviado una carta a su familia aquella misma mañana. De alguna manera, lo que estaba sucediendo era una confirmación de su destino. Desde el momento en que emprendió el viaje a las llanuras de Córdoba, como encargado de la ganadería Mundo Nuevo, don Arturo sabía lo que le esperaba.

Eduardo Peláez Vallejo recuerda cada frase de la última carta de su padre. Línea a línea va desentrañando un sentimiento, una verdad, una intención más profunda que aquella que las palabras parecen revelar a primera vista. Con ese punto de partida, reconstruye las claves de su existencia y, paso a paso, como sin quererlo, la historia de un pueblo, una ciudad y de todo un país.

Los editores

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“Enamorado pero
no mujeriego”

Por Centrópolis

Eduardo Peláez Vallejo pertenece a ese círculo de intelectuales y artistas de Medellín del que han hecho parte figuras como Manuel Mejía, Darío Ruíz, Elkin Restrepo y Óscar Jaramillo.

Su reciente libro, Desarraigo, se ha convertido en éxito editorial.

“En el amanecer del 28 octubre de 2008 sentí como un empujón. Ese día coincidía con el aniversario de la muerte de mi mamá y del matrimonio de mis padres, y me desperté con una frase que es la primera del libro. Desde ese momento esa frase está viva, me tuve que levantar a escribirla y se me volvió una obsesión”.

“Antes de cruzar el río San Jorge en la canoa de madera de un remo, mi padre escribió su última carta”. Así empezó su libro y así empezaron para Eduardo Peláez Vallejo los dos años más felices y dolorosos de su vida, aquellos en los que a mano alzada y con pluma escribió Desarraigo —que en pocos meses ya va por la segunda edición y que se deja leer de un solo tiro— gracias al cual se reconcilió de un todo y por todo con su padre muerto, al punto de que “en este momento lo quiero más que cuando estaba vivo y regañándome, porque nuestra relación era difícil: yo era rebelde y él era complicado”.

Cuando se sale el apellido

Es de los Peláez de El Retiro, “esa estirpe digna que se convirtió en tragedias casi que innombrables”, las mismas que menciona en Desarraigo, donde exorciza ese recuerdo doloroso del digno y absurdo descenso de su padre hacia la muerte.

Testarudo, amante de la conversación, la lectura, el aguardiente (en otras épocas) y las noches de largo alcance, así como de la soledad y la holgazanería, Eduardo, a quien como al resto de sus hermanos también le dicen “Cuca”, es célebre por su buen humor y su cultura literaria.

Alcohol, mujeres, literatura y un selecto grupo de amigos intelectuales y bohemios, así como el inevitable legado del Peláez Vallejo, han hecho parte de su personalidad y de su vida, pero, por sobre todo —lo que algunos no asimilan ni logran conciliar—, los caballos de paso fino colombiano, en cuya cría ve el verdadero arte.

“La sangre de los varones de mi estirpe se agita en un buen caballo de paso fino colombiano”, dice el escritor en Desarraigo. A nosotros nos cuenta, con su característico entrecejo contraído, heredado de su padre tanto como la alegría y la melancolía —“mis dos herencias más apreciadas”—, que para los literatos “los caballos suenan como una cosa rara, una especie menor, como gallinas al lado de avestruces y, sin embargo, para mí son más grandes que los avestruces y más brillantes que los mismos literatos porque han acuñado un lenguaje muy especial y muy hermoso”.

Nació en el 49 como el séptimo hijo de Arturo y Alicia, “el número de la suerte, expresada en la forma más deseable: pereza y rebeldía”. Esa pereza que lo incita a fijar esta entrevista en todo caso para después de las 10 de la mañana, pues “tan temprano no tengo oficio, no doy nada”. La misma pereza que no lo deja escribir con más frecuencia y de la que no se arrepiente o avergüenza, pues le permite otros placeres como el ensimismamiento. Esa pereza que su padre trataba en vano de doblegar obligándolo a arriar novillas, cuando el niño Eduardo prefería sentarse en lo alto de alguna colina de El Retiro “para dejarme llevar por mis humildes ensueños de niño solitario, tímido, melancólico y holgazán”, colinas que le permitieron comprender que su libertad consistía en ensimismarse. Desde entonces sabe que la libertad “aísla, purifica y dignifica”.

“Qué jartera ser abogado”

¿En qué momento a ese abogado casado y formal que intentó ser Eduardo a inicios de los años 70, experto en sociedades familiares y títulos valores, se le salió con fuerza el apellido, se dedicó a la bohemia, a la cría de los caballos de paso fino y a la literatura?

“El derecho se acabó desde antes de empezar”, se apresura a contestar. “Estudié derecho porque no había más remedio, porque era lo más fácil de estudiar y tenía que vivir de algo, pero a mí lo que siempre me ha provocado es vagar y dormir, hablar paja con los amigos, jugar fútbol (en esa época) y leer”, dice con honradez suprema.

Así fue como el principio del fin de su carrera de abogado se precipitó hacia el año 76, cuando empezó a estudiar filosofía y cada vez trabajaba menos y leía más. “Se me metió el diablo hasta los tuétanos cuando empecé a leer a Heidegger. Me sacó de las mechas de la abogacía, el matrimonio y la crianza de perros San Bernardo, que tenía con mi esposa”. No por otra cosa su señora solía decir por aquel entonces “ese tal Martin Heidegger me quitó el marido”.

Y Eduardo se fue a vivir solo a la finca en El Salado, en El Retiro, le dio rienda suelta a la lectura, cambió la crianza de san bernardos por la de caballos de paso fino y a principios de los 80 conoció a ese grupo de escritores y artistas plásticos con los que lo unió el amor a primera vista. “Fue un flechazo”, dice al recordar el momento en que entraron de manera definitiva a su vida, entre otros, Elkin Restrepo, Óscar Jaramillo, Darío Ruiz y Manuel Mejía. Precisamente sobre varios de ellos escribió su primer libro: Retratos, editado en 2001 por la Universidad de Antioquia.

“No tengo planes distintos a seguir como estoy, porque vivo feliz así: leyendo, criando caballos y escribiendo cuando me dé la gana”, dice este defensor acérrimo de dormir solo, pese a tener una novia hace 10 años.

“He sido enamorado pero no mujeriego”, aclara finalmente ante cierta fama que lo rodea. “Me gusta el amor pero con amor”.

Fuente:

Centrópolis, el periódico del Centro de Medellín, jueves 21 de abril de 2011, edición 150.