Presentación

El cielo de abajo

Relatos

—6 de diciembre de 2022—

Portada del libro «El cielo de abajo» (relatos) del grupo literario «El Aprendiz de Brujo»

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Ver grabación del evento:

YouTube.com/CasaMuseoOtraparte

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El Grupo Literario «El Aprendiz de Brujo» fue creado en 2008 por Ángel Galeano Higua con la intención de compartir experiencias en la lectura creativa de obras literarias de grandes autores, a fin de aprender de su técnica narrativa, construcción de personajes y manejo del tiempo y el espacio. El taller ha tenido como sedes la Biblioteca Pública Piloto y la Casa Museo Otraparte. En la presente antología participan Álvaro Jiménez Guzmán, Andrés Osuna Solar, Ángela María Berrío Arango, Diana Carolina Betancur Saldarriaga, Diana Patricia Álvarez Betancur, Francisco Pinzón Bedoya, Giovany Arana Loaiza, Javier A. Burgos Cantor, John Fredy Bedoya Marulanda, Leandro Alberto Sánchez Vásquez, M. Felipe Franco, María Eugenia Velásquez Toro, Martha Cecilia Cadavid Moreno, Nidya Bedoya Castrillón y Nubia Amparo Mesa Granda.

Presentación de la antología
y sus autores a cargo de
Ángel Galeano Higua.

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Logo Fundación Arte & Ciencia

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Seré su tumba

~ Leandro Alberto Vásquez S. ~

Maté a mi papá. No dejé huella. Al fin le devolví todos los golpes. Aunque no fue lo peor que recibí. Lo odiaba por la vida miserable que nos impuso. No tuve que luchar. Escogió mi carrera, mi universidad y mi trabajo. Construyó nuestra casa, donde reinaba sin discusiones e imponía su voluntad imperial. Rindió a mamá hasta el servilismo. No imaginó que su caída la causaría algo tan letal y silencioso como unas pocas gotas de veneno.

Mamá lo extrañaba. Antes de salir a trabajar, ella colocaba camisas limpias y planchadas en mi cuarto. Eran del difunto. Al principio me quedaban grandes. Engordé y mis carnes rellenaron su ropa, gracias a que ella preparaba a diario los platos preferidos de mi papá. A veces me miraba al espejo y con mi figura rolliza y esas camisas a cuadros, descubría un extraño brillo en mi mirada.

Una noche le mandé un mensaje a mamá. Me respondió en medio de sollozos: hablas idéntico a él. Escuché el audio muchas veces. No era mi voz sino la de mi padre. Me miré al espejo de nuevo. Era cierto, me estaba convirtiendo en él. Y lo que era aún peor, ahora sostenía su decadente reino. No pude derrotarlo ni matándolo.

Jamás me convertiré en lo que más desprecio. Tal vez él pensó que ganaría, pero ahora lo tengo donde quiero, arrinconado en mí mismo. Seré su tumba. Necesitaba otro veneno que lo matara de nuevo, pero que me dejara vivo, no le iba a dar el gusto de suicidarme. Se sorprenderían de lo fácil que fue encontrar los ingredientes y preparar el bebedizo. Después de ingerirlo, me levanté en un hospital. Esperé a que amaneciera con impaciencia, viendo cómo cambiaba la penumbra de un azul oscuro a la luz naranja cálida del poniente. La primera persona que entró se sentó junto a mí. Usted sí es un hijueputa con su mamá, me dijo. Reconocí su voz, lo miré a la cara. Me arranqué las mangueras y los cables y me abalancé sobre su cuello. Lo atravesé, como si fuera de viento. Los enfermeros me levantaron del piso. No vieron a mi papá.

Traté de volver al trabajo, a la vida con mamá, incluso quise cultivar relaciones amorosas con algunas mujeres, pero mi papá me atormentaba con que fracasaría y así sucedió. A veces discutía con él, le lanzaba puñetazos, apretaba su cuello. Se volvió indestructible y su cantaleta, un torrente inagotable. Mamá estaba tan preocupada de verme pelear con las sombras que preferí abandonarla. Empaqué algo de ropa y una gorra de mi papá. Tenía poco dinero, caminé por callejones sórdidos, cumbres tempestuosas y precipicios inescrutables para escapar de él. No lo logré. Me perseguía como el sol. Cuando el verano arreciaba y el calor era tan agotador como su perorata, me ponía su gorra. Entonces me descubría hablando solo y me daban ganas de regresar a casa. Mendigábamos unas monedas y llamábamos a mamá. Siempre se quejaba de sus enfermedades, hasta que una tarde supimos que murió. Desde entonces, sólo me pongo la gorra en las noches y cuando los grillos cantan, escuchamos otra vez a mamá.

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A manera de prólogo

Por Ángel Galeano Higua

Sin viaje no hay narración. Sin narración no hay literatura. Y sin atrevimiento no hay obra que valga la pena. Palabra más, palabra menos, esta es la brújula que nos guía en nuestra travesía de aprendices. El viaje que emprendimos desborda la traslación geográfica y transforma nuestra conciencia. La obra no cae del cielo, no es una dádiva de la tecnología, ni una inspiración industrial o la manipulación de una red cibernética. Ni siquiera depende del dinero y las comodidades materiales, títulos académicos o creencias políticas o religiosas. Tampoco del accidente de género o nacionalidad. Brota de los infiernos terrenales donde los fantasmas rondan sin cesar y alardean en la oscuridad de los prejuicios. Nos gobiernan. A veces aparecen a plena luz del día y se muestran amables y simpáticos. Nos hacen guiños seductores en nombre de la fama, del éxito y del poder. Inflan los egos donde sucumben los débiles. Solo el aprendiz atento sabrá detectar la verdadera tensión oculta en ese camino sembrado de trampas. Y para identificarla necesita más que la razón, los conocimientos y sentidos, tendrá que guiarse por el radar intuitivo de su inconsciente que de manera arbitraria llamamos «magia», lo inexplicable e ineludible a la hora de transitar el dilatado y siempre inédito horizonte de la literatura y el arte.

Los escritos que recoge este libro son ejercicios en los cuales cada uno aplicó lo aprendido: que su más elevada gracia, antes de esfumarse como autor, consiste en haber inventado un narrador. No queda más rastro suyo que ese personaje hecho de palabras encargado de contar una historia, de dar vida a los protagonistas y entretejer sus destinos desde un arranque seductor, hasta un final soberbio e impactante, pasando por un título afincado en la veta poética que subyace en la trama.

Es un libro sangrante, salpicado con el barro del camino y llagado por ese ajuste de cuentas con la figura del padre, de la madre, de sí mismo. Una indagación sobre la existencia humana que parte del fogón de la cocina y llega al cosmos. Una lluvia de recuerdos en los cuales un cigarrillo de papá, una camisa, un perdón de mamá, una filigrana sirven de detonantes para el drama humano. Unas alas invisibles o la llegada a la ciudad con las bestias alebrestadas sugieren el tránsito de una ilusión salpicada de frustración. Un semáforo donde dos hermanas se baten por sobrevivir acosadas por los peores zarpazos. La hija de una lavandera produce con su fantasía la percepción delirante de una nueva atmósfera. El mar se convierte en escenario para que fabulosos mitos y espantosos seres se muestren y pongan a prueba el valor, la solidaridad y otras virtudes. Los habitantes de un pueblo se dan a la tarea de reconstruir a un hombre cuando ya no está y ocurre algo inesperado. En este collage también vibra el festejo de la lectura como homenaje a la amistad, o al hermano, quien a pesar de sus limitaciones supo llevar una vida envidiable para quienes lo conocían por la plenitud con que la vivió. Otro personaje intenta descifrar los códigos que las grafías musicales ocultan. La música signa su sendero, marca sus pasos, tritura las monotonías. Sin música tampoco hay viaje.

Los autores se descubren como lectores activos porque se propende una transformación de la visión del mundo, de la vida, del ser humano mediante la palabra. No toda metamorfosis profunda es medible de inmediato, sobre todo si corresponde a procesos inmateriales de pensamiento y creación. De esta manera queda en entredicho la afirmación de que ningún libro cambia el mundo. ¿De qué mundo estaríamos hablando? ¿A qué cambios nos referimos? Los autores de este libro, por ejemplo, al realizar su viaje literario se han visto afectados y no sólo por el hecho de producir el libro como objeto, prolongación del aprendizaje en público, sino, y sobre todo, por la experiencia vivida en la elaboración de sus escritos, los reveses y frustraciones, las efímeras alegrías de haber hallado una frase perfecta, la extraña sensación de regurgitar energías que los atosigaban, el alivio de extraer el dolor y la tristeza del oscuro pozo de su interior, las orgías y delirios en la soledad de los renglones, las íntimas vergüenzas, las cobardes fugas, los envalentonamientos innecesarios, las mentiras escuetas y las esbozadas. Los miedos y bajezas que afloran cuando un personaje nos mira directo a los ojos. Pero también reconforta la firmeza y la lealtad, la compasión y el dolor compartidos. Escribir, como leer, es un sublime aprendizaje de vida y cultiva el jardín de la memoria. Esto va en serio para los navegantes del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. Se involucran en el juego más profundo que alguien pueda imaginar. Atrapan los fogonazos, los destellos, las sombras escurridizas… Liberan una furiosa búsqueda en la cual sus deficiencias y errores son grandes tesoros que los enriquecen y que recogen en su diario literario, una suerte de baúl sin fondo donde acumulan saberes e intuiciones sin filtros. La soledad es su sortilegio y viajar en silencio es su grito más consistente. Ajenos al aplauso, sus escritos se levantan como banderas para saludarnos en medio de tanta mediocridad y farandulería. Libros como este nos envuelven en un halo de admiración y asombro al conocer su génesis.

Todo atrevimiento implica riesgos y ellos los asumieron. Unas veces como niños, perplejos ante lo desconocido, pero dispuestos a la curiosidad. Otras, muchachos pletóricos impelidos por una fuerza de conquista ante la cual los obstáculos no opacaban su iniciativa. Por momentos traslucían el cansancio y sentían la amenaza de una derrota porque el ritmo les era esquivo, el tono se evaporaba o alguna frase chillaba y hacía cojear el relato. Un escollo estaba en que, como autores, se entrometían en la vida de los personajes, querían gobernar sus destinos y suplantaban al narrador. Se resistían a despojarse de su gusto, el más lancinante y soterrado prejuicio. En ocasiones se distrajeron, perdieron el rastro del camino y se privaron de ser los cronistas, notarios del relato que habían echado a andar. Revisaron y corrigieron, se apertrecharon con nuevos bríos para retomar el hilo embolatado, experimentando, entre otras cosas, el angustioso e íntimo interrogante de si se tiene o no se tiene talento.

Más allá de la entereza y las intensas jornadas en solitario, las puestas en común ante un grupo que ha aprendido a escudriñarlo todo, fue indispensable el juego de la imaginación. Propiciar las rupturas interiores como poderoso resorte para contar una historia en forma sencilla, porque la sencillez es hermana de la creación, en contraposición con la simpleza entendida como pobreza propositiva o imitación servil.

No faltará quién se pregunte si los textos de este libro son cuentos o relatos o crónicas, nuestra exhortación no será otra que invitarlo a sumergirse en el libro, donde podrá hallar, si está predispuesto a la apertura, su propia respuesta. En todo caso, esa discusión está superada por la difuminación, por no decir demolición, de dichas fronteras o géneros que hicieron crisis ante las transformaciones culturales del mundo actual.

Medellín, octubre de 2022