Ciclo de Conferencias

El mapa de los
objetos perdidos

Cadenas y cadejos

—23 de marzo de 2021—

Cadejo encadenado

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YouTube.com/CasaMuseoOtraparte

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El cadejo, representante de la zoología fantástica latinoamericana, a veces opacada por los prestamos fantásticos extranjeros, está condenado a cargar con sus cadenas. La cadena, motivo de castigo y represión. Las distintas narrativas que emplean las cadenas tienden a alimentar su condición de condena y humillación. En su obra, Pablo Delgado ha adoptado la figura del cadejo encadenado, una creatura que servirá como excusa para hablar de aquellas otras figuras que, al igual que el cadejo, son víctimas del peso de una condena, a veces injusta. El lobo nórdico Fenrir, el fantasma de Jacob Marley e incluso Prometeo acompañarán al cadejo en esta conferencia que intentará comprender las condenas que suponen sus cadenas y la manera en que estas se han representado en diferentes textos literarios.

El mapa de los objetos perdidos responde a una preocupación por el territorio hispanoamericano y las formas de construcción memorística en torno a elementos concretos de nuestra realidad. Por ejemplo, ¿qué nos contaría una victrola si le diésemos voz? ¿Hablaría bambuco, son cubano o quizá tango? Y ¿acaso estos lenguajes no contienen en sí una gran parte de lo que es Hispanoamérica? Al mirar una construcción cusqueña, cualquier paseante avisado notará que en la piedra comulgan la cultura inca y la española; el pasado y el presente unidos por el mestizaje en forma de muro. ¿Por qué no hablar entonces de las piedras y la historia de un pueblo? ¿Por qué no hablar de los ríos y la guerra, ya en nuestro contexto más cercano? Para establecer dichas relaciones empezaremos por caminar un sendero que nos es familiar y conocido: el de lo literario. El programa de Estudios Literarios debe cruzar a la otra orilla y explorar diferentes instancias con el fin de enriquecer su entramado discursivo y fortalecer la divulgación de los productos académicos, tanto del cuerpo docente como estudiantil.

Expositores:

Pablo Delgado (Costa Rica) es licenciado en Ingeniería Industrial y cuentacuentos. Autor de libros publicados en Argentina, Chile y España como La noche de los espantos y Lo que me contó el sombrero. Ha sido incluido además en diversas antologías de tinte fantástico.

Nicolás Cruz es estudiante de Estudios Literarios en la UPB. Ha sido ponente en cinco oportunidades, cuatro de ellas en Medellín y una en Tolima. Ha trabajado en revistas digitales como Sinestesia y Straversa, con las cuales ha colaborado en la publicación de fanzines. Cuenta con un artículo en la revista Tinta y actualmente trabaja con un equipo independiente en la traducción del video juego Fate: Grand Order.

Invita:

Universidad Pontificia Bolivariana

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Con el paso del tiempo había empezado a acumular lodo, mugre y hasta insectos; un collar metálico le rodeaba el cuello dejando caer dos oxidadas, sonoras y gruesas cadenas que se enredaban entre su cuerpo y terminaban arrastrándose en el suelo.

Pablo Delgado
Los espantos

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—Ya está­—dijo Odín—. Ahora, Fenrir, ¡intenta romper tus cadenas! ¡Enséñanos cuan poderoso eres! […] Al principio los dioses hicieron muecas burlonas, después empezaron a reírse entre dientes y, cuando estuvieron seguros de que la bestia no podría soltarse y de que ya no suponía ningún peligro, estallaron en carcajadas.

Neil Gaiman
Mitos nórdicos

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Cuento de Navidad

~ Fragmento ~

Por Charles Dickens

Scrooge tomó su triste cena en su habitual triste taberna; leyó todos los periódicos y se entretuvo el resto de la velada con su libro de cuentas; después se marchó a su casa para acostarse. Vivía en unas habitaciones que habían pertenecido a su difunto socio. Era una lóbrega serie de cuartos en un desvencijado edificio aplastado en el fondo de un patio, donde desentonaba tanto que uno podía fácilmente imaginar que había corrido hacia allí cuando era una casa jovencita, jugando al escondite con otras casas, y había olvidado el camino de salida. Ahora ya era lo bastante vieja y lo bastante lúgubre para que nadie viviese en ella, salvo Scrooge; todas las demás habitaciones estaban alquiladas para oficinas. El patio estaba tan oscuro que el mismo Scrooge, que conocía cada piedra, no dudó en ir tanteando con las manos. La niebla y la escarcha pendían sobre el negro y viejo portón de la casa; parecía que el Genio del Tiempo estaba sentado en el umbral, en dolientes meditaciones.

Ahora bien, es una realidad que el aldabón no tenía nada especial excepto que era muy grande. También es cierto que Scrooge lo había visto noche y día durante todo el tiempo que llevaba residiendo en aquel lugar. Cierto también que Scrooge tenía tan poco de eso que se llama fantasía como cualquier hombre en la City de Londres, incluyendo que ya es decir la corporación municipal, los concejales electos y los miembros de la Cámara de Gremios. Téngase también en cuenta que Scrooge no había dedicado un solo pensamiento a Marley desde que había mencionado aquella tarde el fallecimiento de su socio siete años atrás. Y entonces que alguien me explique, si es que puede, cómo ocurrió que al meter la llave en la cerradura de la puerta, y sin que se diera un proceso intermedio de cambio, Scrooge no vio un aldabón, sino el rostro de Marley en el aldabón.

El rostro de Marley. No era una sombra impenetrable como los demás objetos del patio, sino que tenía una luz mortecina a su alrededor, como una langosta podrida en una despensa oscura. No mostraba enfado ni ferocidad, pero miraba a Scrooge como Marley solía hacerlo: con fantasmagóricos lentes colocados hacia arriba, sobre su frente fantasmal. Sus cabellos se movían de una manera extraña, como si alguien los soplara o les aplicara un chorro de aire caliente; y aunque tenía los ojos muy abiertos, mantenían una inmovilidad perfecta. Esto y su coloración lívida le hacían horripilante; pero a pesar del rostro y de su control, el horror parecía ser algo más que una parte de su propia expresión.

Cuando Scrooge miraba fijamente este fenómeno, volvió nuevamente a ser un aldabón.

No sería cierto afirmar que no estaba sobresaltado, o que sus venas no notaban una sensación terrible que no había vuelto a experimentar desde su infancia. Pero puso la mano en la llave que había soltado, la hizo girar con energía, entró y encendió la vela.

Con una indecisión momentánea, antes de cerrar la puerta hizo una pausa y miró cautelosamente hacia atrás, como si esperase el susto de ver la coleta de Marley asomando por el lado del recibidor. Pero en el otro lado de la puerta no había más que los tomillos y las tuercas que sujetaban el aldabón, de manera que dijo: «¡Bah, bah!», y la cerró de un portazo.

El ruido retumbó por toda la casa como un trueno. Todas las habitaciones de arriba y todos los barriles de la bodega del vinatero, abajo, parecían tener una escala propia y distinta de ecos. Scrooge no era hombre que se asustara con los ecos. Aseguró el cierre de la puerta, atravesó el recibidor y comenzó a subir las escaleras, pero lentamente y despabilando la vela.

Se podría hablar por hablar sobre la manera de conducir una diligencia de seis caballos por un buen tramo de viejas escaleras o a través de una mala y reciente Ley del Parlamento, pero sí digo de veras que se podría subir por aquellas escaleras con una carroza fúnebre y ponerla a lo ancho, con el balancín hacia la pared y la puerta hacia la balaustrada; y se podría hacer con facilidad. Había anchura suficiente y aun sobraría sitio; tal vez por esta razón, Scrooge pensó que veía moverse delante de él, en la penumbra, un coche de pompas fúnebres. Media docena de lámparas de gas del alumbrado público no hubieran sido excesivas para iluminar la entrada de la casa, de manera que se puede imaginar la oscuridad que había con la vela de sebo de Scrooge.

Siguió subiendo sin importarle un comino: la oscuridad es barata y a Scrooge le gustaba. Pero antes de cerrar su pesada puerta recorrió las habitaciones para ver si todo estaba en orden; deseaba hacerlo porque seguía recordando el rostro.

Cuarto de estar, dormitorio, trastero. Todo como debía estar. Nadie bajo la mesa, nadie bajo el sofá; una pequeña lumbre en la parrilla de la chimenea; cuchara y bol preparados; y sobre la repisa de la chimenea el cacillo de las gachas (Scrooge estaba resfriado). Nadie bajo la cama; nadie dentro del armario; nadie metido en su bata, que colgaba contra la pared en actitud sospechosa. El trastero, como de costumbre; el viejo guardafuegos, zapatos viejos, dos cestas de pesca, un palanganero de tres patas y un atizador.

Bastante satisfecho, cerró su puerta y se atrancó por dentro echando un doble cierre, cosa que no solía hacer. Así, a salvo de sorpresas, se quitó la corbata, se puso la bata y las zapatillas, el gorro de dormir y se sentó junto al fuego para tomarse las gachas.

Era una lumbre muy débil para una noche tan cruda. No tuvo más remedio que arrimarse a ella como si estuviera incubando, para sacar de aquel puñadito de combustible la mínima sensación de calor. La chimenea era antigua, construida hacía mucho tiempo por algún comerciante holandés, y todo su contorno estaba alicatado con pintorescos azulejos holandeses que ilustraban las Sagradas Escrituras. Había Caínes y Abeles, hijas del Faraón, reinas de Saba, mensajeros angélicos descendiendo por el aire sobre nubes como colchones de plumas, Abrahanes, Baltasares, Apóstoles zarpando en barcos de mantequilla, cientos de imágenes para distraer sus pensamientos; sin embargo, aquel rostro de Marley, muerto siete años antes, venía como el antiguo callado del Profeta y se lo tragaba todo. Si cada uno de los lisos azulejos hubiese estado en blanco y Scrooge hubiese tenido la facultad de representar en su superficie alguna figura extraída de los dispersos fragmentos de su pensamiento, en cada uno de ellos habría aparecido una copia de la cabeza del viejo Marley.

«¡Tonterías!», dijo Scrooge, y empezó a caminar por la habitación. Dio varias vueltas y volvió a sentarse. Al apoyar la cabeza en el respaldo de la butaca, su mirada fue a posarse sobre una campanilla, una campanilla fuera de uso que colgaba en el cuarto y, con algún propósito ahora olvidado, comunicaba con un aposento situado en el piso más alto del edificio. Con gran sorpresa y con un miedo extraño, inexplicable, cuando la estaba mirando vio que la campanilla comenzaba a oscilar. Al principio se balanceaba tan poco que apenas hacía ruido, pero pronto repicó fuerte, y también lo hicieron todas las demás campanillas de la casa.

La cosa debió durar medio minuto, tal vez un minuto, pero pareció una hora. Las campanillas enmudecieron igual que habían sonado: a la vez. Luego siguió un ruido estridente que venía de muy abajo, como si una persona estuviese arrastrando una pesada cadena sobre los barriles de la bodega del vinatero. Entonces Scrooge recordó hacer oído que en las casas embrujadas los fantasmas arrastraban cadenas.

La puerta de la bodega se abrió de repente con un estruendo, y Scrooge oyó aquel ruido con más claridad en los pisos de abajo; luego, subiendo por las escaleras y, seguidamente, aproximándose directamente hacia su puerta.

«¡Siguen siendo tonterías!», dijo Scrooge. «¡No me lo puedo creer!».

No obstante, se le demudó el color cuando, sin pausa, aquello atravesó la pesada puerta y se quedó en la habitación ante sus ojos. Cuando estaba entrando, las mortecinas llamas saltaron como si exclamasen: «¡Le conocemos! ¡Es el fantasma de Marley!», y volvieron a decaer.

El mismo rostro, el mismísimo. Marley como siempre, con su coleta, chaleco, calzas y botas; las borlas de las botas tiesas y erectas, al igual que la coleta, los faldones de la levita y los cabellos. La cadena que arrastraba la ceñía por medio cuerpo; era larga y se le enroscaba como una cola; estaba hecha (Scrooge la observó atentamente) con arquillas para dinero, llaves, candados, libros de contabilidad, escrituras de compraventa y pesadas talegas de acero. Su cuerpo era tan transparente que al observarlo y mirar a través de su chaleco, Scrooge podía ver los dos botones de la espalda de la levita.

Scrooge había oído decir frecuentemente que Marley no tenía entrañas, pero nunca se lo había creído hasta ahora.

No, ni siquiera ahora se lo creía. Aunque miraba al fantasma de arriba abajo y la veía de pie ante él; aunque percibía el escalofriante influjo de sus ojos, mortalmente fríos; aunque observó incluso la textura del paño doblado que le enmarcaba la cara, desde la barbilla hasta la cabeza, envoltura que no había notado antes…, aún seguía incrédulo y luchaba contra sus propios sentidos.

«¿Qué significa esto?», dijo Scrooge, cáustico y frío como nunca. «¿Qué se le ha perdido aquí?».

«¡Mucho!». Era la voz de Marley, sin la menor duda.

«¿Quién eres tú?».

«Pregúntame quién fui».

«Pues ¿quién fuiste?», dijo Scrooge alzando la voz. «Eres puntilloso… como sombra». Iba a decir «para ser una sombra», pero le pareció más apropiado lo otro.

«En vida yo fui tu socio: Jacob Marley».

«¿Puedes… puedes sentarte?», preguntó Scrooge, mirándole dubitativamente.

«Sí puedo».

«Entonces, hazlo».

Scrooge había formulado la pregunta porque no sabía si un fantasma tan transparente podía estar en condiciones de tomar asiento; presentía que, en caso de que le resultara imposible, tal vez se haría necesaria una explicación embarazosa. Pero el fantasma se sentó al otro lado de la chimenea como si estuviera acostumbrado.

«Tú no crees en mí», observó el fantasma.

«No, yo no», dijo Scrooge.

«¿Qué otra demostración quieres de mi existencia, además de la de tus sentidos?».

«No lo sé», dijo Scrooge.

«¿Por qué dudas de tus sentidos?».

«Porque —dijo Scrooge— cualquier cosa les afecta. Un ligero desarreglo intestinal les hace tramposos. Puede que tú seas un trocito de carne indigestada, o un chorrito de mostaza, una migaja de queso, un fragmento de patata medio cruda. ¡Hay en ti más salsa de carne que carne de tumba, seas quien seas!».

Scrooge no tenía mucha costumbre de hacer chistes y en modo alguno se sentía gracioso entonces. La verdad es que intentaba estar ingenioso para distraerse y dominar el terror que le invadía; la voz del espectro le removía hasta la médula de los huesos.

Scrooge presentía que iba a desmoronarse si seguía sentado en silencio, sin apartar la mirada de aquellos ojos inmóviles, vítreos. También había algo muy espantoso en el halo infernal que envolvía al espectro. Scrooge no podía verlo, pero se notaba claramente, pues aunque el fantasma estaba sentado en perfecta inmovilidad, su cabello, faldones y borlas seguían agitándose como por el vapor caliente de un horno.

«¿Ves este palillo de dientes?», dijo Scrooge volviendo con rapidez a la carga por el motivo ya señalado y deseando apartar de sí, aunque fuera tan sólo un segundo, la petrificada mirada de la aparición.

«Lo veo», replicó el fantasma.

«No lo estás mirando», dijo Scrooge.

«Pero lo veo», dijo el fantasma, «de todos modos».

«¡Bueno!», prosiguió Scrooge. «Sólo tengo que tragármelo y el resto de mis días me veré perseguido por una legión de diablos, todos de mi propia creación. ¡Tonterías! Eso es lo que te digo, ¡tonterías!».

En ese momento el espíritu lanzó un espeluznante quejido y sacudió la cadena con un ruido tan lúgubre y aterrador que Scrooge tuvo que agarrarse a los brazos del sillón para no caer desvanecido. Pero el espanto fue todavía mayor cuando al quitar el fantasma la venda que enmarcaba su rostro, como si dentro de la casa le sofocara el calor, ¡se le desmoronó la mandíbula inferior sobre el pecho!

Scrooge cayó de rodillas y, con manos entrelazadas, imploró ante él:

«¡Piedad!», exclamó. «Horrenda aparición, ¿por qué me atormentas?».

«¡Materialista!», replicó el fantasma. «¿Crees o no crees en mí?».

«Sí, sí», dijo Scrooge. «Por fuerza. Pero ¿por qué los espíritus deambulan por la tierra y por qué tienen que aparecerse a mí?».

«Está ordenado para cada uno de los hombres que el espíritu que habita en él se acerque a sus congéneres humanos y se mueva con ellos a lo largo y a lo ancho; y si ese espíritu no lo hace en vida, será condenado a hacerlo tras la muerte. Quedará sentenciado a vagar por el mundo ¡ay de mí! y ser testigo de situaciones en las que ahora no puede participar, aunque en vida debió haberlo hecho para procurar felicidad».

El espectro volvió a lanzar otro alarido, sacudió la cadena y se retorció con desesperación sus manos espectrales.

«Estás encadenado», dijo Scrooge tembloroso. «Cuéntame por qué».

«Arrastro la cadena que en vida me forjé», repuso el fantasma. «Yo la hice, eslabón a eslabón, yarda a yarda; por mi propia voluntad me la ceñí y por mi propia voluntad la llevo. ¿Te resulta extraño el modelo?».

Scrooge cada vez temblaba más.

«¿O ya conoces —prosiguió el fantasma— el peso y la longitud de la apretada espiral que tú mismo arrastras? Hace siete Navidades ya era tan pesada y tan larga como ésta. Desde entonces, has trabajado en ella aún más. ¡Tienes una cadena impresionante!».

Scrooge miró de reojo a su alrededor como si esperase encontrarse rodeado por cincuenta o sesenta brazas de cadenas, pero no vio nada.

«Jacob», dijo implorante. «Querido Jacob Marley, cuéntame más. Dime algo tranquilizador, Jacob».

«No puedo», contestó el fantasma. «Eso tiene que venir de otras regiones, Ebenezer Scrooge, y son otros ministros quienes lo aplican a otra clase de personas. Tampoco puedo decirte todo lo que quisiera; sólo un poquito más me está permitido. Yo no tengo reposo, no puedo quedarme en ninguna parte, no puedo demorarme. Mi espíritu nunca salió de nuestra contaduría, ¡óyeme bien! , en vida mi espíritu jamás se aventuró más allá de los mezquinos límites de nuestro tugurio de cambistas. ¡Y ahora me esperan jornadas agotadoras!».

Siempre que se ponía meditabundo, Scrooge tenía la costumbre de meter las manos en los bolsillos de los pantalones. Así lo hizo ahora, pero sin alzar la mirada y sin ponerse en pie, mientras ponderaba las palabras del fantasma.

«Has debido estar un poco torpe, Jacob», comentó Scrooge con tono de negociante profesional, aunque con humildad y deferencia.

«¡Torpe!», repitió el fantasma.

«Siete años muerto», musitó Scrooge, «¿y viajando todo el tiempo?».

«Todo el tiempo», dijo el fantasma. «Sin descanso, sin paz, con la incesante tortura de los remordimientos».

«¿Viajabas rápido?», dijo Scrooge.

«En las alas del viento», contestó el fantasma.

«Has debido pasar por encima de muchos terrenos en siete años», dijo Scrooge.

Al oír esto el fantasma dio otro alarido y restalló la cadena en el silencio de muerte de la noche, con tal estrépito que la Patrulla Nocturna habría tenido toda la razón si le hubiera denunciado por escándalo público.

«¡Oh!, cautivo, preso, aherrojado — gimió el fantasma—, ¡sin saber que son necesarios años y años de incesante labor de criaturas inmortales para que esta tierra entre en la eternidad después de haber hecho en ella todo el bien que sea posible! ¡Sin saber que todo espíritu cristiano, actuando caritativamente en su pequeña esfera, sea la que sea, se encontrará con que su vida mortal es demasiado breve para sus grandes posibilidades de servicio! ¡Sin saber que ninguna clase de arrepentimiento podrá enmendar la oportunidad perdida en vida! ¡Y ése fui yo! ¡Ay, eso me sucedió!».

«Pero tú siempre fuiste un buen hombre de negocios, Jacob», balbuceó Scrooge, que ahora empezaba a aplicarse el cuento.

«¡Negocios!», exclamó el fantasma entrelazando otra vez las manos. «El género humano era asunto mío. El bienestar general era negocio mío; la caridad, compasión, paciencia y benevolencia eran todas de mi incumbencia. Mis relaciones comerciales no eran más que una gota de agua en el anchuroso océano de mis asuntos».

Levantó la cadena con el brazo extendido, como si ella fuera la causa de su irreparable dolor, y la tiró con violencia contra el suelo.

«En esta época del año es cuando sufro más», dijo el espectro. «¿Por qué habré andado entre la multitud de mis semejantes con la mirada baja, sin alzar nunca mis ojos hacia esa bendita Estrella que guio a los Santos Reyes hasta el humilde portal? ¡Como si no existieran hogares a los que me hubiera podido conducir su luz!».

Al oír al espectro expresarse en aquellos términos, Scrooge se sentía sumamente acongojado y empezó a temblar como una hoja.

«¡Escúchame!», exclamó el fantasma. «Mi tiempo se acaba».

«Lo haré», dijo Scrooge, «¡pero no seas cruel! ¡No te pongas poético, Jacob! ¡Te lo suplico!».

«No podría decirte cómo me aparezco ante ti de manera visible, pero he estado sentado a tu lado, invisible, durante días y días».

No era una idea muy agradable. Scrooge se estremeció y enjugó el sudor de su frente.

«Y no es una parte ligera de mi penitencia», prosiguió el fantasma. «Esta noche estoy aquí para advertirte que aún te queda una oportunidad para escapar a un destino como el mío. Una oportunidad, una esperanza que yo te he conseguido, Ebenezer».

«Siempre fuiste un buen amigo», dijo Scrooge. «¡Gracias!».

«Vas a ser hechizado por Tres Espíritus», continuó el fantasma.

El semblante de Scrooge se quedó casi tan desencajado, como el del fantasma.

«¿Era eso la oportunidad y la esperanza que mencionaste, Jacob?», preguntó con voz quebrada.

«Lo es».

«Yo…, yo casi estoy pensando que mejor no», dijo Scrooge.

«Sin esas visitas —dijo el fantasma— no tendrás esperanza de evitar un destino como el mío. El primero vendrá mañana, cuando las campanas den la una».

«¿No podrían venir los tres y acabar de una vez, Jacob?», insinuó Scrooge.

«Espera al segundo a la noche siguiente a la misma hora. El tercero, a la siguiente noche, cuando se extinga la vibración de la última campanada de las doce. No volverás a verme y, por la cuenta que te sigue, ¡recuerda todo lo que ha sucedido entre nosotros!».

Tras pronunciar estas palabras, el espectro recogió el pañuelo de encima de la mesa y se lo volvió a enrollar bajo la mandíbula, tal como lo tenía antes. Scrooge supo que así lo había hecho por el sonido de los dientes al chocar cuando el vendaje volvió a juntar las mandíbulas. Se atrevió a levantar la mirada otra vez y se encontró con el visitante sobrenatural encarándole en actitud erguida, con la cadena enroscada al brazo.

La aparición se alejó retrocediendo y a cada paso que daba la ventana se iba abriendo poco a poco, de manera que al llegar el espectro estaba abierta de par en par. Le hizo señas a Scrooge para que se aproximase y éste así lo hizo. Cuando estaba a dos pasos de distancia, el fantasma de Marley levantó la mano para advertirle que no siguiera acercándose.

Scrooge se detuvo. Se detuvo más por miedo y sorpresa que por obediencia: nada más levantar la mano comenzaron a oírse extraños ruidos; sonidos incoherentes de lamentación y pesar; quejidos de indecible arrepentimiento y compunción. El espectro, tras escuchar por un momento, se unió al macabro gorigori y salió flotando hacia la negra y siniestra noche.

Scrooge continuó hasta la ventana con desesperada curiosidad. Se asomó.

Por el aire se movían sin descanso, de un lado a otro, numerosísimos fantasmas que gemían al pasar. Todos llevaban cadenas como las del fantasma de Marley; unos cuantos (tal vez gobiernos culpables) iban encadenados en grupo; ninguno estaba libre de cadenas. Scrooge había conocido en vida a muchos de ellos. Había tenido bastante relación con un viejo fantasma que llevaba un chaleco blanco y una monstruosa caja de caudales atada al tobillo, que lloraba compungido porque le era imposible auxiliar a una desdichada mujer con un hijito, a la que estaba viendo allá abajo apoyada en el quicio de la puerta.

Claramente se percibía que el tormento de todos ellos consistía en que deseaban intervenir, para bien, en situaciones humanas, pero habían perdido para siempre la capacidad de hacerlo.

Scrooge no sabría decir si aquellas criaturas se disolvieron en la niebla o si la niebla les ocultó, pero ellos y sus voces espectrales desaparecieron a la vez. La noche volvió a ser como cuando él llegó a su casa.

Cerró la ventana y examinó la puerta que había cruzado el fantasma. Seguía con el doble cierre que había echado con sus propias manos y los cerrojos estaban intactos. Intentó decir «¡Tonterías!», pero se quedó en la primera sílaba. Estaba extenuado y, ya sea por las emociones vividas, las fatigas del día, los atisbos del Mundo Invisible, la sombría conversación con el fantasma o lo tardío de la hora, se fue directamente a la cama, sin desvestirse, y se quedó dormido al instante.

Fuente:

Biblioteca.org.ar

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Ebenezer Scrooge y el fantasma de Jacob Marley. Ilustración de John Leech (1843) para la novela «Cuento de Navidad» de Charles Dickens

Ebenezer Scrooge y el fantasma de Jacob Marley. Ilustración de John Leech (1843) para la novela Cuento de Navidad de Charles Dickens.