Ciclo de Conferencias

El mapa de los
objetos perdidos

Puertas que se cierran solas

Casas de terror en la literatura

—19 de mayo de 2022—

Ilustración de una casa encantada

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Ver grabación del evento:

YouTube.com/CasaMuseoOtraparte

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Mal llamadas casas embrujadas, las casas de terror plagan con su presencia oscura las páginas de la literatura y se han convertido en un lugar común de las narrativas de género. Sus fachadas siniestras, tapiadas y sombrías también han encontrado un lugar importante en la literatura latinoamericana, reinventando los tropos góticos y europeos en las geografías tropicales y urbanas. En esta conferencia les seguiremos el paso a algunas casas de terror que desfiguran completamente la idea confortable y segura del hogar, para entender por qué no están embrujadas, por qué el concepto que mejor les aplica es otro, el «haunted» del inglés. Hablaremos del ambiente espeluznante que las habita, que las ronda, que hace que cambien su arquitectura, aprisionen y coman gente. Casas poseídas por el trauma de la violencia, infestadas de fantasmas, de ruidos y de conciencias acechantes.

El mapa de los objetos perdidos responde a una preocupación por el territorio hispanoamericano y las formas de construcción memorística en torno a elementos concretos de nuestra realidad. Por ejemplo, ¿qué nos contaría una victrola si le diésemos voz? ¿Hablaría bambuco, son cubano o quizá tango? Y ¿acaso estos lenguajes no contienen en sí una gran parte de lo que es Hispanoamérica? Al mirar una construcción cusqueña, cualquier paseante avisado notará que en la piedra comulgan la cultura inca y la española; el pasado y el presente unidos por el mestizaje en forma de muro. ¿Por qué no hablar entonces de las piedras y la historia de un pueblo? ¿Por qué no hablar de los ríos y la guerra, ya en nuestro contexto más cercano? Para establecer dichas relaciones empezaremos por caminar un sendero que nos es familiar y conocido: el de lo literario. El programa de Estudios Literarios debe cruzar a la otra orilla y explorar diferentes instancias con el fin de enriquecer su entramado discursivo y fortalecer la divulgación de los productos académicos, tanto del cuerpo docente como estudiantil.

Expositora:

Lina María Parra Ochoa es autora de los libros de cuentos Malas posturas (Editorial Eafit, 2018) y Llorar sobre leche derramada (Animal Extinto, 2020). Es además cofundadora y editora de Atarraya Editores, editorial independiente de Medellín, y crea y dirige talleres de escritura creativa. En 2017 ganó una beca de creación de la Alcaldía de Medellín en la modalidad de Cuento.

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Invita:

Universidad Pontificia Bolivariana

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El hogar embrujado, entonces, no es un lugar al que se pueda asistir buscando sustos. Se puede hacer, claro, pero la verdadera posesión no se halla en la geografía, sino en la mente; aunque los dioses y los fantasmas existan, el horror último, la Madre Terrible que hace nacer todos estos lugares embrujados, es la mente de todos nosotros, visitantes de lo macabro, quienes nos atrevemos a rasgar el velo, y mostrar el lado invertido, el sendero siniestro.

Gerardo Lima Molina
El hogar siempre arde

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Recuerdo que caminamos de la mano bajo esa luminosidad que parecía eléctrica, aunque en el techo, donde debería haber lámparas, sólo había cables viejos, asomando de los huecos como ramas secas. Parecía la luz del sol. Afuera era de noche y amenazaba tormenta, una poderosa lluvia de verano. Ahí adentro hacía frío y olía a desinfectante y la luz era como de hospital. La casa no parecía rara por adentro. En el pequeño hall de entrada estaba la mesa del teléfono, un teléfono negro, como el de nuestros abuelos. Que por favor no suene, que no suene, me acuerdo de que recé así, de que repetí eso en voz baja, con los ojos cerrados. Y no sonó.

Mariana Enríquez
«La casa de Adela»,
Las cosas que perdimos en el fuego

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«Cuando eras niño —me decía hoy mi madre—, tenías un miedo horrible a las puertas cerradas». Sí: lo recuerdo claramente. Era un miedo indefinido. Yo no podía decir por qué me daban miedo las puertas. ¿Qué habrá en ese cuarto? […] Y el futuro es como un cuarto solitario y desconocido. El joven se imagina tantas, tantas cosas en él. «Todo es posible, y todo es mío…». «Puedo ser como…». «Puedo llegar a ser…».

Fernando González

(Pensamientos de un viejo, 1916)

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La mansión de Araucaima

~ La muchacha ~

Por Álvaro Mutis

La muchacha fue la víctima. Tenía diecisiete años y llegó una tarde a la mansión en bicicleta. El primero en verla y quien la recibió en la casa fue el guardián. Se llamaba Angela.

Tenía el papel principal en un corto cinematográfico que se estaba filmando en un vasto hotel de veraneo, cuyos accionistas estaban interesados en promover la venta de lotes en una urbanización aledaña a los terrenos del establecimiento. El documental mostraba a una rubia adolescente, con el pelo suelto y un aire de Alicia en el País de las Maravillas que recorría en bicicleta todos los lugares de interés y paseaba por entre las avenidas que bordeaban los cafetales. Se bañaba pudorosamente en el río, a cuya orilla había bancas de parque pasadas de moda y quioscos para picnic.

La filmación había terminado y sólo permanecían en el hotel el fotógrafo de la película con sus dos hijos y algunos empleados de la producción. Ella se había quedado también y se dedicó a visitar en su bicicleta todos aquellos lugares que no estaban en el guion y que atraían su curiosidad. Uno de estos sitios era una gran casona de hacienda dedicada al cultivo de los cítricos y a la cría de faisanes y gansos. Era la mansión.

A primera vista parecía una belleza convencional del cine. Rubia, alta, bien formada, con largas piernas elásticas, talle estrecho y nalgas breves y atléticas. Los pechos firmes y el cuello largo, siempre inclinado a la izquierda con un gesto harto convencional, completaban la imagen de la muchacha que se ajustaba perfectamente a su papel en la película.

Sólo los ojos, la mirada, no se avenían al conjunto. Tenían una expresión de cansancio felino y siempre en guardia, algo levemente enfermizo y vagamente trágico flotaba en esos ojos de un verde desteñido que miraban fijos, haciendo sentir a los demás por completo ajenos e ignorados por el mundo que dejaban a veces adivinar tras su acuosa transparencia tranquila.

Su padre había sido un abogado famoso que se suicidó un día sin razón alguna aparente, aunque luego se supo que sufría de un cáncer en la garganta que había ocultado hasta cuando el dolor comenzó a traicionarlo. Su madre era una de esas bellezas de sociedad que, sin pertenecer a una familia renombrada, frecuentan el gran mundo merced a su hermosura y a cierta rutina de buenas maneras que oculta toda probable vulgaridad o aspereza de educación. Al quedar viuda, la breve fortuna que heredara se le escapó de entre las manos con esa ligereza que suele acompañar a las bellezas tradicionales. La muchacha comenzó a trabajar como modelo y empezaba ahora su carrera en el cine con papeles modestos en comedias musicales. Tenía un novio que estudiaba medicina y había sido iniciada en el sexo por uno de los electricistas de los estudios, por quien sentía esa pasión desordenada y sin amor que nos une siempre con quien nos ha develado el placer hasta entonces desconocido y lejano. Le gustaba hacer el amor, pero se sentía extraña y ajena a sí misma en el momento de gozar y, en ciertas ocasiones, llegaba a desdoblarse en forma tan completa que se observaba gimiendo en los estertores del placer y sentía por ese ser convulso una cansada y total indiferencia.

El guardián, curtido por su vida de mercenario y su familiaridad con la muerte y la violencia, se sintió, sin embargo, apresado de inmediato por los ojos de la visitante y la dejó entrar, olvidando las estrictas instrucciones que impartiera Don Graci respecto a los forasteros y la tácita norma que regía en la mansión en el sentido de que el grupo ya estaba completo y ningún extraño sería jamás recibido en él. El romper ese equilibrio fue tal vez la causa última y secreta de todas las desgracias que se precipitaron sobre la mansión en breve tiempo.

Fuente:

Literatura.us

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Afiche de la película «La mansión de Araucaima» de Carlos Mayolo