Ciclo de Conferencias

El mapa de los
objetos perdidos

Entre la pluma y la espada

El papel de las armas en la ficción

—12 de abril de 2024—

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YouTube.com/CasaMuseoOtraparte

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En la ficción, cada objeto presentado debe tener una motivación y un propósito detrás; nada ocurre al azar. Por lo tanto, las armas son elementos cruciales que deben cumplir un papel significativo en la trama, ya sea motivadas por la venganza, el amor u otras razones. Su presencia no solo es esperada por el lector, sino que también se espera que estén intrínsecamente ligadas al desarrollo de la historia. Existen miles de armas en todas las culturas: armas de fuego, cortopunzantes y la más utilizada sin importar el tiempo, el lugar o con quién: las palabras. Son un arma letal que posee el poder de construir o derribar. Su filo reside en el tono y en los detalles de sus fonemas, no se necesita algo más afilado para causar un impacto profundo en el lector o en la trama.

El mapa de los objetos perdidos responde a una preocupación por el territorio hispanoamericano y las formas de construcción memorística en torno a elementos concretos de nuestra realidad. Por ejemplo, ¿qué nos contaría una victrola si le diésemos voz? ¿Hablaría bambuco, son cubano o quizá tango? Y ¿acaso estos lenguajes no contienen en sí una gran parte de lo que es Hispanoamérica? Al mirar una construcción cusqueña, cualquier paseante avisado notará que en la piedra comulgan la cultura inca y la española; el pasado y el presente unidos por el mestizaje en forma de muro. ¿Por qué no hablar entonces de las piedras y la historia de un pueblo? ¿Por qué no hablar de los ríos y la guerra, ya en nuestro contexto más cercano? Para establecer dichas relaciones empezaremos por caminar un sendero que nos es familiar y conocido: el de lo literario. El programa de Estudios Literarios debe cruzar a la otra orilla y explorar diferentes instancias con el fin de enriquecer su entramado discursivo y fortalecer la divulgación de los productos académicos, tanto del cuerpo docente como estudiantil.

Expositor:

José David Rodelo Conde es estudiante de Estudios Literarios de la Universidad Pontificia Bolivariana, promotor, animador de lectura y community manager. Disfruta pintar botánica en acuarelas, escribe sus pesadillas y las series y películas animadas lo motivan a crear sus propias ilustraciones.

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Invita:

Universidad Pontificia Bolivariana

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Elimina todo lo que no tenga relevancia en la historia. Si dijiste en el primer acto que había un rifle colgado en la pared, en el segundo o tercero debe ser descolgado. Si no va a ser disparado, no debería haber sido puesto ahí.

Antón Chéjov

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Los accesorios y los episodios pueden ser introducidos para desviar la atención del lector de la situación real. […] El engaño se descubre al final, y el lector se convence de que todos aquellos detalles habían sido introducidos con el único objetivo de preparar una solución inesperada.

Boris Tomashevski

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Los estudiosos de la literatura del Siglo de Oro conocen los lazos estrechos que unen honra y duelo, no sólo porque saben que los casos de honra, particularmente en la comedia, suelen desembocar en desafíos, sino también porque pueden observar, como lo hizo William J. Entwistle en su artículo Honra y duelo, que en algunos casos las dos palabras llegan a ser sinónimas.

Claude Chauchadis

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El conde de Montecristo

~ Fragmento ~

Por Alejandro Dumas

Excusado es decir que Albert vivía en dicha calle, daba todos los días su paseo de moda y comía cotidianamente en el único café en que se come cuando se está en relaciones con los jóvenes solteros de París. Maese Pastrini quedóse un instante silencioso. Era evidente que meditaba la respuesta que le había dado Albert, respuesta que sin duda alguna no le parecía del todo clara.

—Pero, en fin —dijo Franz a su vez interrumpiendo las reflexiones geográficas de su huésped—, vos habéis venido aquí para algo; servíos, pues, indicarnos el objeto de vuestra visita.

—¡Oh! Justamente. ¿Habéis mandado venir el carruaje a las ocho?

—Sí.

—¿Teníais intención de visitar el Colosseo?

—Es decir, el Coliseo.

—Es exactamente lo mismo.

—Sea.

—¿Habéis dicho a vuestro cochero que saliera por la puerta del Popolo, que diese la vuelta por el lado exterior de las murallas y que entrase por la puerta de San-Giovanni?

—Eso fue lo que dije, en efecto.

—¡Pues bien! Ese itinerario es imposible, o por lo menos muy peligroso.

—¿Y por qué es peligroso?

—A causa del famoso Luigi Vampa.

—Ante todo, mi querido huésped, ¿quién es el famoso Luigi Vampa? —preguntó Albert—. Puede ser muy famoso en Roma, pero os advierto que en París es completamente desconocido.

—¡Cómo! ¿No le conocéis?

—No tengo ese honor.

—¡Pues bien! Es un bandido junto al cual son niños de teta los Deseraris y los Gasparone.

—Atención, Franz —exclamó Albert—. ¡Al fin encontramos un bandido! Os prevengo, querido huésped, que no voy a creer una palabra de lo que digáis. Sabido esto, hablad cuanto queráis, estoy pronto a escucharos. Había una vez… Vaya, ¡y qué! ¿No proseguís?

Maese Pastrini se volvió hacia Franz, que le parecía mucho más juicioso que su compañero, y le dijo gravemente:

—Excelencia, si creéis que miento, es inútil que os diga lo que quería deciros; puedo, sin embargo, afirmaros que lo hacía por el interés de vuestras Excelencias.

—Albert no dice que mintáis, querido señor Pastrini —replicó Franz—. Dice que no os creerá enteramente, pero yo sí os creeré; tranquilizaos, pues, y hablad.

—Mas, sin embargo, Excelencia, bien comprendéis que si ponéis en duda mi veracidad…

—Amigo mío —interrumpió Franz—, sois más susceptible que Casandra, la cual era una profetisa a quien nadie escuchaba; siendo así que vos, a lo menos, estáis seguro de la mitad de vuestro auditorio. Vamos, sentaos, y decidnos quién es ese señor Vampa.

—Ya os lo he dicho, Excelencia, es un bandido cual no se ha visto otro después del famoso Mastrilla.

—Pero, ¡vamos a ver! ¿Qué tiene que ver ese bandido con la orden que he dado a mi cochero de salir por la puerta del Popolo, y de entrar por la puerta de San-Giovanni?

—Tiene —repuso maese Pastrini— que por la una sin duda podréis salir, pero dudo que por la otra podáis entrar.

—¿Y eso por qué, señor Pastrini? —preguntó Franz.

—Porque llegada la noche, ya no se está seguro a cincuenta pasos de las puertas.

—¿Palabra de honor? —exclamó Albert.

—Señor conde —dijo maese Pastrini, siempre picado por la duda que tenía Albert de su veracidad—, no hablo con vos, sino con vuestro compañero, que conoce a Roma, y que sabe que no se gastan chanzas sobre tal punto.

—Oye, querido —dijo Albert dirigiéndose a Franz—, puesto que se nos presenta ocasión de emprender una aventura, oye lo que podemos hacer: cargamos nuestro coche de pistolas, trabucos y escopetas de dos cañones. Luigi Vampa viene a prendernos, y en lugar de prendernos él a nosotros, le cogemos nosotros a él. Le llevamos inmediatamente a Su Santidad, que nos pregunta qué puede hacer en reconocimiento a nuestro servicio, y entonces reclamamos lisa y llanamente una carroza y dos caballos de sus caballerizas, sin contar con que probablemente el pueblo romano, reconocido también, nos corone en el Capitolio, y nos proclame, como a Curcio y a Horacio Cocles, salvadores de la patria.

Entretanto Albert deducía esta consecuencia, maese Pastrini gesticulaba de una manera difícil de describir.

—En primer lugar —preguntó Franz a Albert—, dime dónde encontrarás esas pistolas, esos trabucos, esas escopetas de dos cañones, con que quieres atestar el coche.

—Lo que es en mi armería no será —dijo Albert—, pues que en la Terracina me despojaron hasta de mi puñal, ¿y a ti?

—A mí me sucedió lo mismo en Acuapendente.

—¡Ah!, querido huésped —dijo Albert encendiendo su segundo cigarro en la punta del primero—, sabéis que es muy cómoda para los ladrones esa medida, y que me parece que ha sido tomada de acuerdo con ellos.

Sin duda maese Pastrini encontró aquella pregunta muy embarazosa, pues no respondió sino a medias, dirigiendo aún la palabra a Franz como al único ser razonable con el cual pudiera entenderse.

—¿Sabe su Excelencia que cuando uno es atacado por bandidos, no es costumbre defenderse?

—¡Cómo! —exclamó Albert, cuyo valor se rebelaba a la sola idea de dejarse robar sin decir una palabra—. ¡Cómo! ¿Que no es costumbre defenderse?

—No, porque toda defensa sería inútil. ¿Qué queréis hacer contra una docena de bandidos que salen de un foso, de una choza o de la misma tierra, si así puede decirse, y que os apuntan a boca de jarro todos a un tiempo?

Albert exclamó:

—Pues quiero que me maten.

El posadero se volvió hacia Franz, con un aire que quería decir: «Decididamente, vuestro camarada está loco».

—Querido Albert —replicó Franz—, vuestra respuesta es sublime, y vale tanto como el Qu’il mourût de Corneille, sólo que cuando Horacio respondía esto, se trataba de la salvación de Roma, y la cosa valía por cierto la pena. Pero, en cuanto a nosotros, daos cuenta de que se trata sólo de un capricho que queremos satisfacer y que sería ridículo que por este capricho arriesgásemos nuestra vida.

—¡Ah! ¡Per Bacco! —exclamó maese Pastrini—, eso se llama saber hablar.

Albert se llenó un vaso de Lacryma Christi, el cual bebió a pequeños sorbos murmurando palabras ininteligibles.

—Y bien, maese Pastrini —replicó Franz—, ya que mi compañero está tranquilo, y ya que habéis podido apreciar mis disposiciones pacíficas, decidnos ahora, ¿quién es ese señor Vampa? ¿Es pastor o patricio? ¿Es joven o viejo? ¿Alto o bajo? Describidnos su figura con objeto de que si le encontramos por casualidad en el mundo, como Jean Sbogar o Lara, podamos a lo menos reconocerle.

—Pues para obtener detalles exactos, a nadie mejor que a mí pudierais dirigiros, porque he conocido desde la niñez a Luigi Vampa, y un día que había caído en sus manos al ir de Ferentino a Alatri, se acordó, felizmente para mí, de nuestro antiguo conocimiento. Me dejó ir entonces, no tan sólo sin hacerme pagar nada, sino que quiso dárselas de generoso, me regaló un precioso reloj y me contó su historia.

—Mostradnos el reloj —dijo Albert.

Maese Pastrini sacó de su bolsillo un magnífico Bréguet en que se veía grabado el nombre de su autor, el timbre de París y una corona de conde.

—Aquí está.

—¡Diantre! —exclamó Albert—. Os doy la enhorabuena. Tengo uno semejante —añadió sacando a su vez el reloj del bolsillo de su chaleco—, que me ha costado tres mil francos.

—Ahora contadnos la historia —dijo Franz a su vez, haciendo señas a maese Pastrini para que se sentara.

—Si permiten sus Excelencias…

—¡Qué diablos! —dijo Albert—, no sois ningún predicador para estar hablando de pie.

El posadero se sentó, después de haber hecho a cada uno de sus oyentes una respetuosa y profunda cortesía, lo cual indicaba que estaba pronto a dar los informes que le pedían acerca del famoso bandido Luigi Vampa.

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