Presentación

El medidor de tierras

—9 de agosto de 2023—

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Esteban Duperly Posada (Medellín, 1979) es comunicador social-periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana y aspirante a magíster en Historia de la Universidad Nacional de Colombia. Durante los últimos años trabajó en curaduría y salvaguardia de patrimonio fotográfico y documental. Ha sido periodista y fotógrafo independiente y colabora regularmente con textos y fotos para revistas y periódicos. Durante dos años reseñó libros para el suplemento «Generación» de El Colombiano en una columna titulada «Tinta seca». En 2018 publicó «Dos aguas», su primera novela de ficción. Actualmente se desempeña como jefe de la Editorial Eafit.

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Un ejército se moviliza hacia una guerra en el sur, mientras un teniente reservado y solitario marcha al norte con la misión de marcar la frontera nacional. En el camino quedará varado en una sabana reseca, atrapado en un paupérrimo puesto de caballería lleno de proscritos, bajo las órdenes de un mayor que enloquece de calor y cree cumplir alguna función en una batalla cuyo teatro de operaciones está muy lejos. La llegada del teniente supone el fin de la espera de un apoyo que ha pedido durante años, pero el nuevo oficial resulta ser todo menos un hombre de guerra.

Hombres huérfanos y desterrados deambulan en busca de un padre por un desierto simbólico, a la espera del agua que nunca llega y de una guerra que no pelearán. La vida y la muerte se disputan la partida. Entonces acontece la temporada de lluvias y todo, a pesar de una cruda violencia, vuelve a reverdecer.

En la segunda novela de Esteban Duperly se demuestra el talante de un escritor que ha pasado por el cedazo de su inteligencia decenas de lecturas que tienen en estas tremendas páginas, escritas con una belleza ominosa, un correlato: aquí navegan juntas las voces e imágenes de Buzatti y El desierto de los Tártaros, de Rivera y La vorágine, de La tierra éramos nosotros de Mejía Vallejo y de El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez, entre muchas otros tropos y lenguajes que hacen de esta narración un verdadero prodigio, un hallazgo, una revelación en la literatura que se está escribiendo en la Colombia del siglo xxi.

Los Editores

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Esteban Duperly Posada

Esteban Duperly Posada

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El medidor de tierras

~ Fragmentos ~

«Los tres caballos y la mula cargada se detuvieron al pie de un caño cuya corriente pulsaba lenta como la arteria de un hombre dormido. Después de la tempestad de toda la noche y el aguacero que todavía caía, la sabana empezaba a derramarse. Los cauces secos durante meses rebosaban ahora de agua y la tierra se convertía en un extenso pantano.

El hombre con zamarros que montaba adelante bajó del caballo para sondear el caño. La corriente barrosa fluía despacio. Sobre ella flotaban hojas y tallos, y espigas de hierba larga y seca. Trataba de descifrar el agua; tal vez algún tronco grueso que bajara mitad sumergido, pero la sabana era un llano vasto y casi desnudo de árboles hasta donde comenzaba otra vez la selva».

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«El Teniente quedó solo en la plaza de armas, con sus botas altas sucias de polvo y el uniforme manchado de sudor en la espalda y en las axilas, y una v larga oscura que bajaba por el pecho.

Sacó el reloj del bolsillo de la camisa. Cuatro y treinta y seis. Luego miró el de la muñeca. Eran las seis y media de la tarde. Giró alrededor y recorrió todo el lugar con la mirada. Estar ahí se sentía inusualmente familiar. Había algo similar a la casa, similar a la escuela. Un lugar para un hombre sin lugar en el mundo».

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«El Teniente volvió a mirar hacia la sabana. Allí cabalgaba Guerra al frente de su piquete de ocho soldados rasos y un cabo: diez siluetas de centauro con carabina en un mar de hierba. Se dirigían hacia un trozo de bosque en galería que crecía a lo largo de un caño seco, y era el único vestigio cercano de la selva inconmensurable que alguna vez había imperado allí. La arboleda, verde en los inviernos, ahora no era más que un charrascal amarillo.

Guerra era sanguíneo, ágil, rápido como una jabalina; estaba muy vivo. Tenía el pecho ancho y los brazos gruesos, los músculos se le apretaban entre las mangas. En el cuello tenía la insignia de la infantería. Esa mañana lo vio llamar por los apodos a los soldados de la patrulla que corrieron a formarse delante de él».

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«Regresaron al calabozo y pusieron la comida en el suelo. La placenta expulsada y los restos del cordón estaban rodeados de hormigas. El Teniente perforó la lata de leche condensada con la punta del puñalito y se la ofreció a Pía, que permitió que le acariciaran el pelo. Adentro de su pecho la criatura había empezado a succionar con ritmo el calostro que finalmente empezaba a bajarle.

Lobo se inclinó y se acercó a ella.

—Ayúdele al mame—le dijo, y acomodó mejor el cuerpito de la niña para que embocara completo el pezón, a la manera de los terneros. Después pasó el revés de su dedo calloso por la espalda de la niña».

Fuente:

Duperly, Esteban. El medidor de tierras. TusQuets, Bogotá, 2023