Lectura y Conversación

Jennifer García Acevedo

—15 de septiembre de 2002—

Portadas de tres libros de la poeta Jennifer García Acevedo

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YouTube.com/CasaMuseoOtraparte

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Jennifer García Acevedo (Medellín, 1995) es poeta, gestora cultural y tallerista. Ha publicado «Estaciones de lo invisible» (Sakura Ediciones, 2019), «Escribir lo invisible» (antología personal, Nuevas Voces Editores, 2021) e «Incertidumbre del nombrar» (Sakura Ediciones, 2021). Sus poemas han sido publicados en diversas revistas, periódicos y antologías nacionales e internacionales y han sido traducidos al inglés, vietnamita, árabe, francés y creole haitiano. Ha participado en festivales internacionales de cine y literatura y en 2019 obtuvo el Premio Nacional de Poesía José Santos Soto. Es directora del Festival internacional de Poesía de Fredonia.

Lectura y conversación de la poeta Jennifer García Acevedo con Camila Charry Noriega y Víctor Raúl Jaramillo.

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Logo de Sakura Ediciones

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Incertidumbre del nombrar revela una profunda conciencia del lenguaje, una alta sensibilidad frente a la poesía que va más allá de la certeza de un oficio, o de la escritura asumida como un saber convencional, adquirido. Nos hallamos aquí ante una palabra que oscila entre el silencio y la súbita aparición del misterio, la palabra como hesitación oscura y reveladora a la vez, belleza de lo que está del otro lado del lenguaje, del propio nombrar.

Lucía Estrada

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No hay en la autora de Incertidumbre del nombrar ningún acomodo para aceptar los pases hipnóticos de los falsos esteticismos o de los vanguardismos tardíos. Con palabras claras, descalzas, nos recuerda que muchas veces no logramos ver las cosas sino sus sombras. Me parece que su poesía cumple con dos señales de Max Jacob: «Condición de la belleza: que esté en usted». Y también con recordarnos que «lo propio del lirismo es la inconsciencia, pero una inconsciencia vigilada».

Juan Manuel Roca

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Incertidumbre del nombrar es un libro de visiones que conjura lo invisible. Jennifer García Acevedo, como escribe Blanca Varela, cierra los ojos para ver. Hay algo poderoso en estas apariciones: la creación de un universo antiguo donde la triste soledad de Dios se sostiene en su complicidad con los hombres. El pensamiento, el sueño, son la luz que fisura las palabras en su origen. La voz no designa: les da color a las sombras, revelando los objetos. En esta obra la poesía es entonces «un lenguaje común para lo oculto» que nos reconcilia con lo que siempre nos ha rodeado, pero no advertimos.

Michael Benítez Ortiz

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Jennifer García Acevedo

Jennifer García Acevedo

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Tres poemas de
Jennifer García

El centro de la fiesta

A Daniel

La infancia es una casa sin huésped, dices. Y tu palabra ahuyenta a los que cantan. Basta un gesto para saber que permanecen ciegos a la sombra de la orquesta, detenidos en la madera del oboe, indiferentes al lenguaje secreto del mundo. La infancia es una casa sin huésped, insistes, pero nadie responde. Extraviados, tocan las cuerdas invisibles del aire, mientras sus voces se agolpan, cercanas y diferentes como letras de un mismo alfabeto. La infancia es una casa sin huésped, te oigo decir tantas veces, pero el sonido del timbal es todo cuanto existe, más allá de eso, poco importan tus cavilaciones, tu condición de asmático en la habitación cerrada, tu memoria atravesada por la herida. Esto es lo que temen. Escuchar a un hombre hablar desde la orilla oscura cuando las puertas de la fiesta se abren y Dios baila en su centro.

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Sobre la necesidad de nombrar

«Alguien debe hacerse cargo de lo que no se sabe».

Jorge Cadavid

No existe aquello que no se nombra, solo lo que se nombra existe, dicen los hombres todo el tiempo, pero hay quienes nombran el mar para acabar con la sed del mundo y quienes nombran la fiebre como si revelaran la aparición del sol entre los huesos. Pregunto por lo que existe, y en cambio escucho a las mujeres dar un nombre al hijo que nunca tuvieron, las veo mecer su sombra hasta el amanecer, mientras llenan de leche una vasija de la que nadie bebe. He visto también a hombres ciegos hablar del relámpago como de un objeto conocido, señalar la intensidad de su luz y su recorrido hasta el suelo, luego están quienes aseguran haber visto a Dios de pie sobre el agua. Entre tanta verdad improbable y tanta visión amenazadora, la incertidumbre es nuestro consuelo. ¿O acaso bastaría con nombrar la cuerda imaginaria para que fuera posible sujetarse de ella?

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En mi defensa

A ustedes,
por quitarme la potestad sobre mis palabras.

Dejé de nombrar la poesía como la única patria, incapaz de reconocer por segunda ocasión la voz de Dios que latía en mi oído izquierdo o el rugir del tigre que vio caer lentamente la luz sobre la casa. Hubo un día en que quise retornar de mi descanso a las orillas de lo banal y lo efímero, pero sentí piedad por esa extraña alegría que descendió veinte años después y fue a caer al centro de mi carne. Nunca se olvida el país de origen, el águila no olvida el nido donde descansan sus hijos, ni el libro la desgarradura de la hoja, por eso la poesía siempre vuelve a mí, como un destino implacable semejante al abismo de los primeros años. Hay quienes me acusan injustamente, se jactan diciendo que no son mías mis palabras ¿y de quién si no? He vivido en las tierras bajas de la incertidumbre, recordando una infancia de trazos incomprensibles, vigilando el árbol eternamente arraigado al centro del patio. Nunca descansé bajo un naranjo, ni vi el mar amarillo que tantas veces nombro, tampoco es verdad que mi padre viajó a Bakú, y que las mujeres de la casa dejaron la puerta abierta antes de la partida. Sin embargo en la hora del sueño todas las imágenes toman una validez absoluta. Nunca escribí sobre aquello que vi, escribí sobre aquello que nunca me será permitido ver, pues dadas las leyes de lo inabarcable, cualquier hombre podría ser forastero de sí mismo y sin embargo reconocerse.

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