Lectura y Conversación

Luis Miguel Rivas

Junio 2 de 2005

"Intensity" | Dpchallenge.com

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Con la participación de Luis Miguel Rivas
Granada, comunicador social, escritor y realizador audiovisual. Tanto
en sus textos como en sus videos realza el poder de la palabra y
demuestra su capacidad para tender puentes en los abismos de la
soledad. Recrea el ambiente social de la Medellín de los años ochenta
y comienzos de los noventa, con historias comunes de la gente que no
es famosa ni vive grandes aventuras; historias que resaltan los
conflictos, las dudas, los miedos y sentimientos de personajes
sencillos. Como escritor, aunque permanece prácticamente inédito, sus
relatos han servido para inspirar los guiones de diferentes
producciones audiovisuales y ha recibido las siguientes distinciones:
Segundo Puesto Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra
(1996), Mención Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Barrancabermeja
(1997), Mención Concurso Nacional de Cuento de Navidad (Bogotá –
1997).

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Huid de la primera mirada

Por Luis Miguel Rivas Granada

Escuchad hombres y mujeres ingenuos
de todo el mundo. Vengo a advertiros de cosas que a lo mejor ya habéis
vivido sin percataros. Vengo a preveniros, vengo a ayudaros: ¡Huid de
la primera mirada! Estad atentos, sed perspicaces cuando un hombre o
una mujer os mire, aprended a reconocer en el fulgor de unos ojos que
se encuentran con los vuestros las sutiles partículas que pueden
perderos definitivamente. En esas imperceptibles partículas está
sintetizado el germen explosivo del amor. Si lo reconocéis podéis huir
a tiempo. Si llegáis a ser concientes de ello podréis escoger, definir
el rumbo de vuestra historia. Si no lo hacéis, si sucumbís, no os
quedará más camino que renunciar a las riendas de vuestra propia vida.
Entonces ateneos: sufrid y gozad al caprichoso vaivén de los
sentimientos ingobernables. Si no lo hacéis probablemente os ocurra
algo parecido a lo que os voy a contar.

Soy Benjamín Correa, vecino del barrio Mesa ubicado
en la llamada ciudad señorial, Envigado. Nací y crecí en una casa de
bahareque, techos altísimos, alerones sobre la acera y ventanas de
madera. Una casa hecha para que vivieran personas. No tuve padre y no
es del caso contar esa parte de mi vida, pero quiero deciros que mis
padres fueron los libros: anaqueles llenos de ediciones antiguas
empastadas en cuero. De niño, adolescente y mayor conversé con don
Alonso Quijano, con Robinson Crusoe, con los piratas de Sir Robert
Louis Stevenson, con los expedicionarios de Jenofonte, con los
aventureros de don Julio Verne, con los angustiados hijos de Federico
Dostoievsky, con los fantasmas de Edgar Allan Poe y con otros
contertulios amables, sabios e incondicionales que me enseñaron a
hablar, a caminar, a vivir. Nunca salí de mi casa a otra cosa que no
fuera dirigirme a la biblioteca pública José Félix de Restrepo. Y así
hubieran transcurrido plácidamente mis días, hasta la fecha ineludible
que el destino tiene tachada en un almanaque que desconozco, sino
fuera por una mirada que no supe reconocer a tiempo.

Fue una tarde de hace dos años. Había tomado de los
anaqueles de la biblioteca pública un ejemplar de la colección
Jackson. ¿La recuerdan?, esa que tiene como introducción algo así
como: “Un gran librepensador inglés dijo: la verdadera universidad hoy
en día son los libros”. Se trataba del tomo de las conversaciones
entre Goethe y Eckerman. Me senté a la mesa, abrí el libro y al cabo
de unos segundos empecé a sentir un leve calor en el hombro. Levanté
los ojos del texto y nada distinto a dos muchachas haciendo malamente
sus tareas vi en la mesa del lado. Volví a iniciar el párrafo y cuando
iba por el sexto o séptimo renglón, una sombra oscureció la página.
Detuve de nuevo la lectura y giré el rostro a todos lados: Al fondo
había una madre haciendo la tarea de un párvulo que construía un
castillo con libros; en el cubículo de la bibliotecaria estaba la
empleada haciendo croché y en la mesa del lado las dos jóvenes. No
observé nada extraño a excepción del gesto abrupto con que una de las
muchachas giró la cabeza cuando las miré.

Volví a Eckerman y Goethe pero no pude
concentrarme. Algo inusitado ocurría. Pasé mi mano por la cabeza,
levanté el mentón, moví el cuello a un lado como tratando de relajarme
y en ese movimiento me detuve como petrificado. Ahí estaba la mirada.
La joven que hace unos segundos había volteado el rostro tenía sus
ojos puestos en mí. Fue sólo un instante, duró poco más de lo que dura
un parpadeo. Pero todos sabemos que basta con entrever al basilisco
durante una milésima de segundo para morir. En un intento torpe por
describir lo que sentí puedo decir que el calor inicial volvió a
calentar esta vez no sólo el hombro sino la totalidad de mi cuerpo y
que de súbito se apropió de mí la sensación de no estar solo en el
mundo. En ese momento todavía hubiera podido salvarme, hubiera podido
huir si mi corta inteligencia y mi precaria experiencia me lo hubieran
advertido. Si alguien me lo hubiera dicho, si alguien lo hubiera
escrito. Pero no lo sabía. Por eso hoy refiero mi historia para que
sirva de testimonio aleccionador para las presentes y futuras
generaciones.

Esa tarde me olvidé definitivamente de Eckerman y
Goethe. Fingía leer y levantaba la cabeza cada dos minutos. Y cada dos
minutos estaban los ojos de ella esperándome. Cada dos minutos, con mi
voluntad de mirarla, decidía yo insuflar más aire a ese globo de goma
que me maravillaba ver crecer. Cada dos minutos (voy a utilizar
metáforas gastadas pero precisas) decidía impulsar el descenso de esa
bola de nieve que me divertía ver rodar, cada vez decidía echar trozos
de leña en la fogata para disfrutar de su crepitar.

Si, a pesar de la conmoción de la primera mirada,
hubiera hecho un leve esfuerzo para volver a Goethe y hubiera valorado
el acontecimiento en su real dimensión, como una “circunstancia bella
y fugaz”, de esas que nos ocurren a diario, mi vida sería hoy otra.
Por el contrario la periodicidad y la duración de las miradas se
aumentaron sin pudor alguno. Al final de la tarde las muchachas
terminaron su consulta y salieron. Antes de cruzar la puerta de
salida, Ella se detuvo, hizo como si acomodara su cabello a la altura
de la nuca y me miró. A pesar de que el gesto era directo y podría
parecer provocador, los ojos hablaban de timidez, de humildad, de
necesidad de protección, y ¡ay Dios! de amor.

Volví a la biblioteca al día siguiente y Ella fue
sola. A pesar de mi timidez de ostra decidí hablarle y Ella respondió
de modo natural, amable, familiar. ¿Qué fue lo primero que le dije? No
lo sé, no lo recuerdo. Quizá le pregunté la hora o pedí permiso para
tomar un libro de su mesa. En las primeras horas de la noche estábamos
hablando en una de las bancas del parque de Envigado. A partir de ese
día mis salidas de casa tuvieron como destino cada vez menos la
biblioteca y cada vez más las calles, tiendas y lugares de Ella. Fue
mi Dulcinea, mi Beatriz, mi Eurídice, mi Remedios La Bella, mi Sonia.
Le escribí sonetos al mejor estilo de Petrarca, cartas que hubiera
envidiado el mismo caballero de la mancha, acrósticos, décimas,
coplas, poemas en verso libre y alguno que otro cuento en el que Ella
era la heroína. Mi dama los leía y los disfrutaba más con el placer de
quien recibe un elogio desacostumbrado que con la fruición de quien
valora o por lo menos entiende una pieza literaria. “Tan lindo”, me
decía después de acabar la lectura y doblaba el papel.

El proceso fue así: De las miradas pasamos a las
palabras, de las palabras a las caricias, de las caricias a los besos,
de los besos a los encuentros cotidianos, de los encuentros cotidianos
a la pasión, de la pasión a la necesidad mutua, de la necesidad a
mutua a los compromisos tácitos y luego al compromiso declarado: nos
hicimos novios. Yo gozaba de su universo de bailes familiares, chismes
de barrio y preocupaciones cotidianas. Un universo que había estado a
una cuadra de mi casa toda la vida pero al que nunca me había acercado
porque permanecía absorto en mis deliciosas y largas conversaciones
con los hombres de los libros. Ella a su vez se entretenía con mis
palabras, le parecía distinto y original (a pesar de lo anacrónico) mi
modo de hablar y de ver las cosas. Decía que yo no tenía los pies en
la tierra, pero que así me quería. Me mostró lo que era la vida real.
Me enseñó que un hombre no puede pasarse toda la vida huyéndole a la
realidad en un mundo de ensueños y me hizo caer en la cuenta de mi
ignorancia en cuestiones prácticas.

Ante su deslumbrante racionalidad me sentí
culpable, comprendí y traté de aprender. Bajé de mi nebulosa para
estar al nivel de Ella, para merecerla. Un día me dijo que un hombre
no se podía pasar soltero toda la existencia, que debía asumir la
realidad, enfrentar el mundo, formar un hogar y luchar por la vida.
Concluí que tenía la razón y decidí que nos casáramos.

Repito que una de las cosas que más me admiraba de
mi doncella era su prodigioso talento para resolver los asuntos
prácticos. Esa maravillosa lucidez la hizo caer en la cuenta, por
ejemplo, de que la casa donde nací y que había pasado a ser de mi
propiedad luego de la muerte del abuelo, era un desperdicio. Dijo que
los dos quedaríamos excesivamente amplios allí. Propuso negociar el
caserón con un urbanizador que planeaba construir un edificio y que a
cambio nos ofrecía uno de los apartamentos y una cantidad de dinero
con la que, según Ella, nos podríamos hacer a nuestro automóvil. Como
ya dije, Ella era brillante. Su sentido común y su lógica, que parecía
aprendida directamente del propio Bertand Russel, me parecieron
precisos para consolidar mi proceso de aprendizaje de la vida real.

En el nuevo apartamento no cabían todos mis libros,
pero Ella dio con una solución genial: encontró un comerciante que
compró una gran cantidad de los ejemplares empastados en cuero a un
precio poco razonable para mi antiguo criterio lírico, pero excelente
si teníamos en cuenta la crisis económica que sufría nuestro país, en
el que además, a excepción de este comprador, nadie daba nada por un
libro.

Pero no fue por esa razón por la que abandoné a mis
viejos amigos de la infancia, la adolescencia y la adultez. Los dejé
porque ya no tenía tiempo para ellos: conseguí trabajo y nunca más
pude volver a leer. Aunque me hacían falta las palabras de mis viejos
compañeros, acepté alejarme de ellos porque sabía que era el precio
requerido para empezar a pensar como un marido de verdad. Yo sabía que
esa era una de las condiciones fundamentales para mi proceso de
aprendizaje de la vida real. Por otro lado, mi Dulcinea había salido
una tarde en nuestro automóvil y había tenido un accidente, en el que
afortunadamente no sufrió ninguna herida, pero en el que había
destrozado por completo el vehículo y ocasionado daños a otros dos
carros que debíamos pagar. Por esta razón mi salario era indispensable
para la economía familiar y mi trabajo una circunstancia insoslayable.

Y así creo que me estaba acercando a la felicidad
—nunca la sentí pero sabía que iba a llegar cuando realmente
aprendiera a vivir como un hombre aterrizado— hasta ese fatídico día
en que Ella no regresó del trabajo. La esperé toda la noche sin poder
cerrar los ojos. Al día siguiente incumplí mis obligaciones laborales
y fui a su oficina. Me dijeron que había renunciado la mañana anterior
y que se había llevado las cosas de su escritorio. Cuando volví al
apartamento, descorazonado, unos hombres estaban sacando los muebles
de nuestra sala y los montaban en un camión. Corrí, presa de la ira de
Hércules, y me enfrenté a los maleantes. Uno de ellos, muy aplomado,
sacó del bolsillo la identificación que lo acreditaba como empleado de
una gran empresa de bienes raíces y un documento con la firma de Ella
en el que se comprobaba que el apartamento había sido vendido,
incluido todo el amoblado, dos días antes con pago en efectivo. Miré
la firma de Ella durante un rato. Era su letra, inconfundible. Me
quedé como clavado sobre el pavimento, sintiendo cómo el globo de goma
estallaba en mi cara, cómo la bola de nieve monumental me aplastaba,
cómo la hoguera atosigada de leña me calcinaba. Los hombres sacaron de
nuestro apartamento una caja en la que alcancé a ver el lomo de cuero
de una edición de las obras completas de Thomas Mann, la pasta de un
ejemplar de la Divida Comedia y algunas hojas sueltas con las
ilustraciones de El Quijote hechas por Gustavo Doré. Vi pasar los
libros, observé cómo montaban mi universo de ensueños en el camión de
trasteos y entonces, cómo un rayo lanzado por Zeus, una frase retumbó
en mi cabeza: “Esta es la vida real”.

Los habitantes del barrio Mesa, por cuyas calles
deambulo días y noches luciendo el mismo traje raído que tenía puesto
aquel día, dicen que estoy loco. Pero se equivocan. Alguna vez
quisiera explicarles que no hablo solo: repito en voz baja fragmentos
de libros incunables que perdí. Me consuelo con el recuerdo de algunas
frases que quedaron en mi memoria. Y cuando me paro en alguna esquina
y a voz en cuello arengo a las masas, no digo incoherencias. Entrego
un mensaje que podría salvar a más de uno: “Escuchad hombres y mujeres
ingenuos de todo el mundo. Vengo a advertiros de cosas que a lo mejor
ya habéis vivido sin percataros. Vengo a preveniros, vengo a ayudaros:
¡Huid de la primera mirada!”.

Fuente:

Comunicación personal.

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