Presentación

Nabu

Cuentos fascinantes sobre la
historia de la escritura y el libro

—10 de diciembre de 2020—

Portada del libro «Nabu: cuentos fascinantes sobre la historia de la escritura y el libro» de Anacristina Aristizábal

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Anacristina Aristizábal es comunicadora social-periodista con especialización en Ética y maestría en Filosofía. Tiene experiencia en radio y televisión, es columnista de opinión y docente en la Universidad Pontificia Bolivariana. Ha publicado «La persona: el reto de los medios de comunicación social» (2010), «Armada de amores, relato ficcionado de la vida de Ana María Martínez de Nisser» (2012), «Medellín a oscuras, ética antioqueña y narcotráfico» (2018) y «Nabu, cuentos fascinantes sobre la historia de la escritura y el libro» (2019). Participó además como compiladora y autora en los libros «Víctimas de la Ley 100 en Colombia» (2017) y «¿Por qué no fracasa Medellín? – Periodismo para no perder la esperanza» (2019).

Presentación de la autora y
su obra por Janeth Posada.

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Logo Editorial Universidad Pontificia Bolivariana

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Nabu, dios babilonio de la escritura, es también el nombre del personaje con el que comienza este viaje. Es un niño, como todos los protagonistas de los relatos, y su mente inquieta, curiosa, nos abrirá las puertas del pasado, para recorrer el camino que va desde los primeros trazos cuneiformes hasta la invención de la imprenta; de Oriente a Occidente. Un viaje temporal y geográfico, para el disfrute de lectores de todas las edades.

Janeth Posada

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Estos cuentos trazan una ruta de la inteligencia que comienza en Mesopotamia (en la ciudad de Lagash) y sigue por Alejandría, Roma, Samarcanda, la región de Piacenza en el reino Lombardo, toca Toledo y termina en Mainz (Maguncia), entre los ruidos de una imprenta que apenas se construye. Y en esta ruta, antes que datos y hechos, lo que hay es gente que se hace preguntas y siente la necesidad de expresarse […]. En los relatos de Anacristina, uno es sombra de Nabu, Yafeu, Manio Ofonio, Li Po, Simberto, la Velasquita y Hans, que son los personajes y los que hacen la ruta de la escritura. Sin ellos, el camino va sin cara, sin gestos, sin palabras, sin letras. Y esto es lo que dota a la escritora de esa magia que nos propone: que nos veamos cara a cara con los que hacen que nosotros podamos escribir, siendo así menos animales y más inteligentes. Leyendo estos cuentos, pienso en un santoral pagano y me lleno de imaginaciones.

Memo Ánjel

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Anacristina Aristizábal

Anacristina Aristizábal

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Velasquita, la encuadernadora

Toledo, siglo xiii

El sábado día de Corpus Christi de 1275, en la plaza de Toledo llamada el zocodover, hay más movimiento que de costumbre. Las triunfantes tropas del rey Alfonso el Sabio se pasean con el pecho inflado exhibiendo las inmensas espadas con las que, en pasadas batallas, arrebataron el reino a los infieles moros. Algunos soldados llevan puesta la armadura completa, incluido el casco con la cimera bajada que oculta el rosto, para dar un aspecto más feroz, y los penachos multicolores, cosa que muchos ven como un exceso de vanagloria, pues las guerras son cosa del pasado y ahora se goza de cierta paz. Una paz que permite al mismo rey ocuparse de asuntos no menos importantes en su reino de Castilla-León, como ampliar su biblioteca, y al pueblo disfrutar de las ferias que ahora pueden recorrer los territorios castellanos, libres de la guerra.

El viento en calma y la fuerza del verano no intimidan a los animosos toledanos, pues además de los cuatro días que llevan en feria, lo que no habían podido vivir a causa de la guerra, su señor, el rey Don Alfonso se ha ocupado no solo de embellecer el alcázar, la fortaleza militar donde pasa largas temporadas, sino que ha ordenado construir matacanes para la defensa en la fachada que da al saliente, para que los cristianos se sientan aún más seguros por si los infieles intentan reconquistar la ciudad.

Y desde el alcázar se escucha la música que corre por cuenta de las parejas de saltimbanquis que, acompañados de dulzainas, van recordando las hazañas soldadescas, pues bien saben que hay que alegrar el alma e inflamar el pecho de quienes les pueden impedir, si así lo quisieren, el trabajo durante los días de feria. Hay soldados con mala cara y hay que tocarles el corazón.

Mientras la música llena los rincones del zocodover con dulzainas, arpas, laúdes y trompetas, las narices de los toledanos aspiran los olores que traen las especias aromáticas como la canela, el clavo, el aceite de azahar y los colorantes, y sobre todo el apetecido pero escaso azafrán de la Horta de Sant Joan, en Tarragona, tan codiciado en estas tierras para amarillear las comidas blancuzcas de los cristianos, distintas de las comidas coloridas de los moros.

Entre los sastres corre el rumor, iniciado por los pregoneros, de que la seda de Bizancio, de magníficos y brillantes colores, está por primera vez a la venta en Toledo; y que también han llegado de Londres unos pocos fardos de paño verde y grana, y que hay cordobanes de piel de Córdoba y cuero guadamecí de vaca adornado con hermosos dibujos pintados en relieve.

Los orfebres recorren la feria buscando materiales para las empuñaduras de sus ya famosos cuchillos, pero ven con el ceño fruncido que algunos mercaderes ofrecen candelabros, lámparas, cruces y cálices, como si los de ellos no fueran mejores o suficientes; los armeros miran formas de espadas y lanzas y se encuentran, con inmensa sorpresa, que hay para la venta cotas de malla, corazas, escarcelas, espuelas y grebas; pero algunos se burlan de esos mercaderes, confiados en que no tendrán buena venta, pues al menos corazas y escarcelas deben ser hechas a la medida.

También los zapateros y tejedores caminan entre el bullicio y el gentío, buscando materiales más resistentes o coloridos. Los carniceros curiosean cuchillos de diversos tamaños, aunque en el fondo saben que no encontrarán nada mejor que los cuchillos toledanos, capaces de cortar un pelo de arriba abajo por la mitad; los toneleros miran y miden aros metálicos para barriles de agua, vino, aceite o tintes y los vidrieros atisban para sus vitrales tinturas fuertes y más baratas.

En esos días de feria, gente y algazara, trovadores y saltimbanquis, cambistas, soldados y artesanos que buscan comprar y vender en el zocodover de Toledo, serpentean entre el gentío don Lope y su hijo Goto, de 12 años, quienes, atraídos por la música que envuelve la ciudad y los rumores de las novedades y las ventas, han ido a mirar por curiosidad si hay manuscritos de los árabes o provenientes del al-Ándalus para ver la manera como están encuadernados. Adara, la esposa de don Lope y madre de Goto, ha quedado en casa atizando la leña para preparar la comida. Y a la Velasquita, la hija de 11 años, se la ha ordenado perentoriamente no abandonar la casa, pero ella ha ido para mirar, también inflamada la imaginación por las habladurías que envuelven la ciudad en feria: que hay muchos libros y, cosa extraña, a la Velasquita le encantan los libros.

Ese amor por los libros comenzó desde el año anterior cuando se le había encomendado la labor de mantener aseado y ordenado el taller de encuadernación de su padre. La niña, de rizos azabaches, sueltos y cortos, casi siempre ocultos por una toca azul rectangular que le caía sobre los hombros, emprendió con un fervor impecable a ordenarlo todo: daba gusto mirar cómo arreglaba agujas, hilos, cordeles, pinceles, bollones de adorno, navajas de todos los tamaños, martillos, compases, recipientes con cola, esmaltes, pieles de cabra, badanas de vaca, tapas de madera. Lo primero que había agradado a su padre era la habilidad natural que demostraba para disponer los elementos por tamaños, colores y usos. Mientras más tiempo pasaba en el taller y más se familiarizaba con la actividad, disponía mejor los elementos y evitaba que el espacio pareciera un desastre. Además, durante el tiempo que pasaba allí, miraba con la curiosidad propia de una edad que todo lo quiere saber, cómo el padre realizaba el trabajo. Cuando Goto, por algún motivo, no podía darle una mano con algún volumen, don Lope acudía a la Velasquita, quien por pura observación ya sabía qué esperaba el padre de ella.

Una tarde, no hace mucho, cuando la Velasquita había concluido su labor de ordenar el taller, aprovechó que su padre atendía un compromiso en el alcázar, para mirar qué había entre aquellos folios de pergamino que su padre manejaba con tanto esmero. Al abrir los folios quedó deslumbrada con ese hermoso mundo lleno de imágenes, letras góticas, miniaturas de colores y capitulares inmensas. Al regreso, le preguntó a su padre cómo se llamaba todo aquello; don Lope tartamudeó porque no sabía leer, pero le explicó que las figuras más pequeñitas se llamaban letras, que se usaban para escribir y que allí estaban escritas palabras que personas habían dicho en otro tiempo y lugar, y que esos pergaminos las habían atrapado para que ahora algunos pudieran conocerlas, leyéndolas. Entonces de manera impulsiva y la cara llena de expectación, la Velasquita señaló con el índice izquierdo una palabra:

—¿Y qué dice aquí? —preguntó alborozada.

—Solo saben leer los principales como los monjes, los escribanos y los reyes. Los artesanos no sabemos leer.

—¿Y por qué no sabemos leer? —preguntó extrañada.

—Porque no nos hace falta. Ellos escriben oraciones que después nos enseñan en la iglesia, así que los monjes leen por nosotros. —Don Lope había dicho esto sin convicción mientras miraba con inquietud los signos que no sabía interpretar.

Pero además de esta aclaración, el padre no podía dejar de pasar por alto otra justificación, que era absolutamente necesaria para ambos.

—¿Y sabes otra cosa? —miró a la niña que estaba embelesada con las formas del pergamino. Ella sintió la mirada y lo miró—: No sabemos leer nosotros, los artesanos. Tú no eres artesana.

—¿Y por qué no? —levantó las cejas para preguntar con más ahínco.

—Porque solo los hombres somos artesanos.

—Pero yo ya estoy aprendiendo —reclamó la niña.

—Pero eso es un secreto entre nosotros. Nadie puede saber y menos en el alcázar. Si quieres seguir ayudándome, no se lo puedes contar a nadie.

—Papá: adviérteselo a Goto, que es un bocón —sentenció.

—Lo haré —respondió don Lope sabiendo que tenía que hablar rápido con Goto.

—¿Entonces yo no puedo aprender a leer? —preguntó la Velasquita sacándolo de su reflexión. Don Lope la miró con extrañeza ante semejante impertinencia. «¿Una niña leyendo?», pensó para sí.

—Nadie querrá enseñarle a una niña. Solo saben leer las reinas —don Lope dijo esto casi como una orden.

La Velasquita comprendió que jamás aprendería a leer: ella, no era una reina.

Fuente:

Aristizábal, Anacristina. Nabu: cuentos fascinantes sobre la historia de la escritura y el libro. Editorial UPB, Medellín, 2019.