Noche de Campo Literaria

Viviendo a la enemiga

Fernando González,
Alberto Aguirre,
Antonio Caballero
y otros autores

18 de noviembre de 2012

Fernando González, Alberto Aguirre y Antonio Caballero

Fernando González, Alberto Aguirre y Antonio Caballero – Fotografías © Guillermo Angulo, Julián Roldán, Arquitrave.com

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Lectura de textos y audiciones

Decir con fuerza y convicción lo que otros no quieren escuchar. Decirlo con belleza, con inteligencia. Decirlo con verdad, como si se tratara de un grito. Vivir en contra de la corriente. Fijar la mirada donde nadie hace pie. Liberarse de todo prejuicio. Desnudarse. Ser la palabra que señala una grieta en el muro, pero también la que señala el cielo, la raíz de una recobrada inocencia.

Para muchos, esta actitud vital es tan incómoda como una piedra en el zapato, pero cuánto refresca cuando la sociedad se marchita en medio del aburrimiento y la estrechez mental; cuán necesarias son sus ideas cortantes, sus cuestionamientos, su risa burlona, su rabia… Rabia que viene de un amor insobornable por todo aquello que nos significa.

Vivir observándonos a nosotros mismos, reconociendo en cada gesto propio la sustancia de la que todos estamos hechos. Sin concesiones. Sin falsos argumentos a nuestro favor.

Quien tenga una mirada limpia y rigurosa, pero también llena de generosidad (condición tan escasa en nuestros días), una mirada que no acepte ninguna cosa que no sea en sí misma auténtica, convincente, vive a la enemiga, es decir atento, aguzando bien todos los sentidos.

Que nada nos llame a engaño, que nada nos complazca sin perturbarnos…

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No escribía para la gloria. Por eso vivía a la enemiga, pues los colombianos no hacen cosa alguna, ni escriben cosa alguna, ni intentan cosa alguna que no sea para asegurarse el pedestal y una fama aldeana. En un país así, Fernando González no tenía «copartidarios». Ni escribía para ganar medallas. Al escribir a la enemiga, desechaba adeptos y condecoraciones.

Alberto Aguirre

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¿Por qué afirmo que
vivo a la enemiga?

Porque he luchado contra todo lo existente. No puedo tener amigos sino cuando mueran los colombianos de hoy y desparezcan los intereses actuales.

Porque me odio mucho en cuanto soy persona, o sea, odio y lucho contra mis instintos. No he logrado aprobarme un solo día. Nada de lo que hice me parece bien. Es otra la vida que quisiera para mí. Quiero ser otro. Padezco, pero medito. Tengo abundancia de instintos.

Vivo pues, como hombre moral, en lucha conmigo mismo, derrotado casi siempre; hace cuarenta años que vivo derrotado, en angustia, amando a un santo que yo podría ser y siendo un trapo sucio; llamando a Dios y oliendo las ropitas de Toní. En realidad, soy un enamorado de la belleza, pero también hombre que persigue a las muchachas, que piensa a lo animal, etc., 99% hombre vulgar. Apenas si de vez en cuando puede mi alma mirar con hermosos ojos verdes a través de la inmundicia de mi conducta.

Y así como me odio a mí mismo, odio a la Colombia actual; y así como amo al santo que podría ser, amo a la Colombia que sueño. En consecuencia, mi lema será: Padezco, pero medito.

Fernando González

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Cuadro - Alberto Aguirre

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Odio a Medellín

Por Alberto Aguirre

Donde yo administraba justicia en nombre de la República de Colombia y por Autoridad de la Ley, hoy venden condones y calzoncillos. Es esta una ciudad de traficantes: convierten lo sagrado en zoco. En el Palacio Nacional, sede entonces de los jueces de la República, se ha instalado un Sanandresito, que aquí le dicen «Hueco». El primer comercio de contrabando y cucherías, en menudos locales, como buhardillas, se llamó «El Hueco», para señalar su intento de escondite. Aún existe, en extensión centuplicada. Ahí, al borde, el propio Palacio Nacional se volvió «Hueco»: en cubiles como desvanes se vende lo que usted quiera: mercancía de contrabando, mercancía legítima, mercancía chiviada, mercancía de segunda y de primera y aun de cuarta.

Y también es un Hueco el antiguo Seminario Mayor, en todo el centro de la ciudad, al pie de la Catedral Metropolitana y enseguida del Parque de Bolívar. Sus amplios salones de cátedra y sus extensos comedores fueron reducidos a locales. En el viejo despacho del señor arzobispo hoy venden Lotto Lotín, y la antigua capilla es un restaurante de comidas rápidas.

Decía el viejo López que el meridiano político de la nación pasaba por Medellín, y que para atisbar el rumbo que tomaría la República era preciso venir al Club Unión. Allí, en el Salón Dorado, con sus puertas pomposas imitación cobre, escuchaba, López, a los patriarcas antioqueños, y de paso les exprimía la bolsa. Hoy, el Club Unión, en la carrera Junín, también está convertido en Hueco: dividido y subdividido en menudos aposentos; encuentras el chance en un chiribitil; en otro, te recetan para el sistema endocrino; zapatos, lociones, candongas, body piercing, McDonalds, pollo paisa, lociones, bolsos, bodies, calzones, panties, rollos de telas. Y en el Salón Dorado con estatuas en imitación mármol van a poner un casino.

El Banco de la República, edificio de un pálido estilo republicano, situado en el Parque de Berrío, colindante con la iglesia de La Candelaria, se acaba de convertir en Hueco. Venden todo tipo de chucherías. Y hay un local con curas para la vena várice.

Es esta una ciudad de mercachifles. Y así ha sido siempre. Nunca tuvo dignidad. Solo que ahora, con ayuda de la coca, ha ido amasando fortunas aún mayores y demoliendo conciencias. El espíritu traficante del antioqueño se cifra en Medellín, y aquí erige su puesto de mando. El Hueco extenso de ahora es la culminación de un proceso, y paso a nuevas degradaciones. Que se tenga fino La Candelaria. ¿No prostituyeron el Seminario?

Ya en 1914, León de Greiff, antioqueño de nación, escribía este ritornelo, con el título «Villa de La Candelaria»: «Vano el motivo desta prosa. / Nada, cosas de todo día, sucesos banales, / gente necia, local y chata y roma; / gran tráfico en el marco de la plaza, / chismes, catolicismo y una total inopia en los cerebros. / Cual si todo se fincara en la riqueza, / en menjurjes bursátiles / y en el mayor volumen de la panza».

Y cincuenta años más tarde, Gonzalo Arango escribía: «Medellín, nunca comprendiste la humilde gloria de tener un poeta errando por el corazón desierto de tus noches considerándote mi hogar, mi amante y mi única patria. Eres utilitaria en cambio, y preferías acostarte con gerentes y mercaderes. También eres tiránica, pues te place la servidumbre, dominar soberana en el reposo de los vencidos y los muertos». Dice el poeta, en medio de su diatriba, ¡oh, mi amada Medellín! Talvez por ese mismo amor, mayor su desilusión y su amargura: «Así coaccionas el espíritu de creación, la libertad y la rebelión. Eres endemoniadamente astuta para conservar la vigencia de tus estúpidas tradiciones. No admites cambios en tu poderosa alma encementada. Solo te apasiona la pasión del dinero y aforar bultos de cosas para colmar con sus mercancías los supermercados».

Otro espíritu de alcurnia, Fernando González, que aquí vivió y aquí agonizó y aquí murió, decía: «Medellín, dominada por inhóspitos vendedores de rollos de telas; Medellín, guarida de fariseos hipócritas» (1936). Y más tarde (1939) escribió esto: «El latrocinio propiamente antioqueño es la estafa. Aquí se trabaja con la inteligencia. Por eso el Diablo es de Medellín. Antioquia es pueblo comerciante, y el comercio casi, casi se confunde con la estafa: por lo menos se parecen mucho. Pongan a Santo Tomás a que diga en determinado caso en dónde terminó la habilidad comercial y comenzó el engaño, y verán que se les queda pensando».

Es propio del oficio de cacharreros ocultar sus lacras. El engaño. Medellín es diestra en ocultar las suyas. Más de la mitad de sus dos millones y medio de habitantes viven en la pobreza, y un cuarto, en la miseria. Eso quiere decir que para millones no está segura la comida de mañana. Apenas dan, asordinado, el dato estadístico, que ni se proclama ni se lamenta. Es fama de que tiene la mejor empresa de servicios públicos del país, pero no dicen que hoy en día 68.718 familias de la ciudad tienen cortados los servicios por falta de pago. No tienen con qué; son pobres, y es más necesario un plátano que un bombillo. Infame una ciudad en la que se da esta opción.

Es otro vicio de traficantes la pompa. Gastaron 30 mil millones de pesos en un esperpento: ponerle techo a la plaza de toros. Una ofensa en medio de la miseria. Y el otro estigma es el estraperlo. El presupuesto inicial del Metro de Medellín fue de 650 millones de dólares, pero salió costando finalmente 10.500 millones de dólares. A esto le dicen, pudorosamente, sobrecostos. Se pagó una coima, a los señorones de la Villa, de 25 millones de dólares. El asunto es real, tanto, que está en investigación. Solo que la investigación dura ya diez años. Es otra destreza: la impunidad.

Para vivir a la enemiga, como manda el filósofo, es conveniente vivir en un medio hostil.

Fuente:

Revista Soho, marzo de 2005.

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Monólogo - Por Antonio Caballero

Monólogo - Por Antonio Caballero

Monólogo - Por Antonio Caballero

«Monólogo»
Por Antonio Caballero

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La izquierda y la guerrilla

Comparto la conclusión de Jorge Orlando Melo: «Si en Colombia la izquierda es débil e impotente es porque hay guerrilla».

Por Antonio Caballero

No creo que se necesite en Colombia otro partido de izquierda: otro más. Creo que se necesita uno solo, unido y en consecuencia fuerte. Es no solo necesario —como lo es la izquierda en todas partes— sino absolutamente indispensable en un país en donde solo parece tener existencia la derecha en sus diversas manifestaciones, políticas, religiosas, económicas, sociales, estéticas. Ese partido no existe. Intentó serlo el Polo Democrático Alternativo, aunque su nombre múltiple daba a entender desde el principio que no lo era; y, en efecto, no duró. A pesar de haber logrado el éxito de alcanzar el gobierno —o bueno: el desgobierno— de la inmensa ciudad de Bogotá por tres periodos consecutivos —Lucho Garzón, Samuel Moreno, Gustavo Petro (pues, aunque en cuerpo ajeno, los votos de este último fueron los del Polo), —esa tentativa de unión de la izquierda acabó disolviéndose. Se fueron a otros toldos algunos de sus fundadores —Lucho Garzón a los Verdes, Angelino Garzón a La U, creo, o a no sé dónde: al poder burocrático—, y después se partió en tres: el Polo propiamente dicho, representado por los hermanos enemigos del Partido Comunista y el Moir, que se quedó con las ideas; los Progresistas, a donde Petro se llevó a los electores; y la nunca difunta Anapo populista, cuyos jefes, los Moreno Rojas, están por el momento en la cárcel. Hay hoy, pues, por lo menos cuatro o tal vez cinco, que se llaman partidos de izquierda en Colombia, sin tomar en cuenta a los que dicen «yo nunca he sido trotskista ni lo volveré a ser». ¿Se necesita uno nuevo?

Parece ser que sí.

En todo caso, parece ser que se está fundando. Aunque nada está claro. La semana pasada desembocó en Bogotá una movilización de tres días de 30.000 o 60.000 personas (depende de quién da las cifras) venidas de todos el país en una Marcha Patriótica. Completamente pacífica y hasta respetuosísima: nadie tiró una piedra, no quedó ni un solo grafiti en las paredes de las calles por donde pasaron en orden los manifestantes, vestidos con camisetas blancas y llevando banderas de Colombia de cientos de metros de largo. Pedían, más que proponer, cosas necesarias y lógicas en este país de inequidades monstruosas: derecho a la salud, a la educación, al trabajo. Defensa de la soberanía nacional frente a los imperialismos (al norteamericano que sufrimos ahora; los otros, tal vez peores, que padeceremos más adelante). Reforma agraria. Etcétera. Lo mismo que promete, aunque no cumple, la Constitución nacional. ¿Para eso se necesita un nuevo partido de izquierda?

Pero es que pedían, además (y es de ahí de donde saca la ultraderecha, y también la derecha a medias moderada del gobierno, su argumento para denunciar a la Marcha Patriótica como un instrumento de la guerrilla de las Farc), una salida negociada al conflicto armado. Salta José Obdulio Gaviria, el pepito grillo del uribismo irredento, a hacer advertencias apocalípticas. Y también las hace —y es más grave— el comandante del Ejército y el ministro de Defensa. Y el presidente Juan Manuel Santos pide explicaciones: que se diga quién financia y quién impulsa esa Marcha Patriótica.

Entre los impulsores de la marcha hay figuras conocidas, como Piedad Córdoba, de Izquierda Liberal en Marcha, o Jaime Caicedo, del Partido Comunista. ¿Quiere decir eso que han abandonado sus respectivos partidos para fundar uno nuevo? ¿O que el Partido Comunista se ha salido del Polo? Los participantes son muy variados: grupos afrocolombianos, la Minga Nacional Indígena, la Asociación Campesina del Valle del Río Cimitarra, la Federación Nacional Sindical Agropecuaria, la Mesa Amplia Nacional Estudiantil que hace unos meses encabezó la protesta contra la reforma de la educación propuesta por el gobierno, la ya mencionada Izquierda Liberal en Marcha. «En total —le dice Piedad Córdoba a La Silla Vacía— son 1.471 organizaciones sociales y políticas en 28 departamentos».

¿Y quién organiza a 1.471 organizaciones?

Nada está claro todavía. Y es verdad que el nombre de la Marcha es el mismo de aquella Unión Patriótica que fundaron las Farc en la época de su primera tregua: aquel partido político desarmado que fue exterminado por los mismos que ahora se indignan de que haya sobrevivido por lo menos el nombre. Muy valientes son los que han vuelto a tomarlo, vistos los antecedentes. Pero volviendo al principio de este artículo: desde el punto de vista de la izquierda me parece que la fundación de un nuevo movimiento, o la resurrección de uno viejo, es un retroceso para la izquierda colombiana con relación a lo que quiso ser, y no pudo, el Polo Democrático Alternativo. Para verlo basta con contar votos, que es como se define la política cuando se dejan de lado las armas. En las elecciones de 1986 el candidato presidencial de la Unión Patriótica, Jaime Pardo Leal, obtuvo un 4,6 por ciento de la votación. En las de 2006 el candidato del Polo, Carlos Gaviria, recibió el 22 por ciento (duplicando los resultados del Partido Liberal).

Pero, como recordaba en una columna de hace pocos días Jorge Orlando Melo, «Colombia, en los últimos 60 años, ha tenido guerrillas fuertes y partidos de izquierda débiles, muchos y muy divididos». Y de ahí extrae una conclusión que comparto: «Si en Colombia la izquierda es débil e impotente es porque hay guerrilla».

Para la nueva Marcha Patriótica, como para la vieja y exterminada Unión Patriótica, como para el desbaratado Polo Democrático, el problema está ahí.

Fuente:

Revista Semana, sábado 28 de abril de 2012.