Presentación

Precursores
y otros relatos

—26 de agosto de 2021—

Portada del libro «Precursores y otros relatos» de Santiago Serna Lopera

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Santiago Serna Lopera (Medellín, 1995) estudió Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Pontificia Bolivariana. Creó y dirigió durante algún tiempo los talleres «En la huerta de las naranjas», grupo de estudio de «La Diosa Blanca» de Robert Graves; «El Horla y otros cuentos», miradas al cuento contemporáneo; y «Nadaísmo 70: Club de Lectura». El libro «Precursores y otros relatos» es su primera publicación.

Presentación del autor y
su obra por Gilmer Mesa.

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Casa Editorial El Corzo Blanco

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Historias sin antes ni después. Lo indecible parece ocurrir ante nuestros ojos de la forma más sencilla, como si abriéramos una ventana al azar de lo cotidiano y viéramos en juego el amor, el odio, el horror… Aparecen voces, rostros, sombras, paisajes que huelen a tierra, a lluvia, a desconsuelo, a desconcierto, y personajes que nos miran, nos interrogan…

Ocho cuentos que nos muestran la crudeza de nuestra sociedad, y que auguran un camino, el comienzo de un mediodía rabioso en la ciudad… Imágenes, palabras que Santiago Serna Lopera va recogiendo en sí mismo y que son urgencia en esta escritura que ahora celebro y que traerá nuevas fortunas en lo sucesivo, nuevos y viejos lectores. Hago votos porque así sea.

Lucía Estrada

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Santiago Serna Lopera

Santiago Serna Lopera

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La noticia

Había terminado la zanja para el riego a las cinco y se había puesto a guadañar. Vestía botas, bluyín, camisa de manga larga, unos guantes, una gorra y un trapo que le cubría el rostro. Su mujer le había llevado café.

Cuidao se mocha un dedo como le pasó a Uriel—, le dijo.

—Eso le pasó a Uriel—, le respondió.

Miró desde allí al horizonte, ya se había despejado la bruma, derretida por los rayos del sol. Los palos de aguacate estaban impecables, los separaba un radio de diez metros. Más allá, se divisaba la serpiente de agua que dividía el valle. Entró a la casa y la mujer le sirvió el desayuno.

—¿Qué será lo que le pasaba al condenado perro?—, dijo la mujer.

—¿quién sale, pues, a esa hora, con ese frío?

demás que era una chucha, donde vea una chucha le meto un tajo— , dijo con una voz ronca de fumador.

—y ese, ¿has sabido algo?

—Nada. Allá estaba empezando a guadañar.

—¿cuánto sacó?

—como cien kilos me dijo el cargador cuando fui a llevale mi parte. Cien kilos a doce pesos el kilo…, se está llenando los bolsillos—, dijo mientras encendía un cigarrillo.

—A las diez vienen el compae Miguel y el primo, a ver qué podemos hacer, desde lo del negro José todo está muy raro—, dijo el viejo.

La mirada parecía traspasar los muros de ladrillo de la casa, se sobaba el boso ralo y parecía dirigir sus pensamientos hacia algún lugar indeterminado.

Más tarde llegaron los dos hombres en una moto y detrás de ellos salió el perro ladrando. Se sentaron a la mesa y la mujer les sirvió café y pandequesos.

—cuénteme bien primo cómo fueron los hechos—, dijo.

—No sé si usté primo conoció al negro José en persona, el que trabajaba en la finca del patrón, era un buen hombre, por eso a mí me entra una corazonada, primo… Yo estaba en Las quince letras, eso fue el viernes; recuerdo que Arcesio, el oficial, me estaba ofreciendo una bomba eléctrica, y en esas yo miré pa’otro lao y se me hizo muy raro velo ahí sentao, ahí en la barra solo y yo, ¡ve!, pero que es esto tan raro y mire usté a mí me dio escalofríos cuando escuché los tiros, me voltié azarado, pero después vi de nuevo hacia la barra y el hombre no se había inmutado y seguía tomándose su trago.

—¿Pero qué tenía que ver ahí el negro José?

—No sé, ¿asustarnos? —Fue un accidente hombre, Arbey—, dijo el otro que hasta ahora había estado en silencio.

—Pues, es que, ya había acabao el jornal y nos habíamos ido al pueblo a tomanos unos aguardientes, como le dije, y el negro José se había puesto a apostar con unos tipos, entre ellos el León ese que anda pa arriba y pa abajo con el patrón y el compadre Casimiro, ese pobre diablo también se puso a jugar. Yo no los había visto beber, pero parecían borrachos. En una de esas, me contó el mismo Casimiro, León empezó a acusarlo de estar haciendo trampa en las cartas y entonces se paró, parecía tambalear y echó tres tiros a quemar ropa y uno le estalló la garganta al negro y los otros dos fueron a dar al muro y al techo.

—La gente tiene miedo primo, se dice que los Velásquez están con los muchachos de la gallada, la gente está vendiendo las tierras por palos de tabaco.

—No diga eso primo—, dijo el mocho, lanzando una mirada inquisidora a Arbey.

—Casimiro no es de los que se anda con trampas—, dijo Arbey que se quedó mirando de nuevo al vacío. Estaba convencido de que la muerte del negro José no había sido un accidente.

Los dos hombres se fueron y no pudo conciliar el sueño de la siesta de las tres de la tarde. En la noche salió a tomar café y fumar. En la oscuridad alcanzó a ver una figura que descendía renqueando por la ladera. Esa noche no escucharon al perro ladrar, pero a la madrugada, en medio de la bruma, vio en el alambrado una bolsa, una especie de trapo; se acercó para ver mejor y vio al perro colgado de las tripas en el alambre. «Desde eso todos hemos sido más dóciles, más callados y ahora el gobierno está diciendo que va a haber unos cambios, que van a mejorar unas vainas para volvernos los mayores exportadores de aguacate en la región y están trayendo camionetas y máquinas, y he visto en la noche hombres armados a la entrada de las fincas, hace poco vinieron dos tipos, primo, nos dijeron que teníamos que vender o quedarnos sin nada».

Fuente:

Serna Lopera, Santiago. Precursores y otros relatos. Casa Editorial El Corzo Blanco, Medellín, 2021.

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