Presentación

Pudo ser así

—Febrero 20 de 2018—

“Pudo ser así” de Mario Alberto Duque Cardozo

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Mario Alberto Duque Cardozo es periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana y magíster en Escrituras Creativas de Eafit. Gracias a una beca trabajó como periodista en Madrid, España, y actualmente se desempeña como editor temático en el periódico El Colombiano, donde ha escrito sobre cultura, tecnología, salud, emprendimiento, educación, literatura y series televisivas, entre otros temas. En 2009 obtuvo el premio de periodismo “Enrique Carvajal Arjona” por la serie sobre donación de órganos “Así vive un trasplantado”. “Pudo ser así” es su primer libro de cuentos.

Presentación del autor y su
obra por Beatriz Mesa Mejía

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frailejón editores

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Leer a Mario Alberto Duque Cardozo es como estar conversando con un amigo. Sus frases limpias y sensibles hacen que cada lectura de un texto suyo sea un placer, aunque hable de enfermedades difíciles de comprender.

Beatriz Arango S.

“Así vive un trasplantado” es la mezcla de la técnica narrativa, que incluye la intuición y la habilidad de reportero y de poeta para encontrar historias y paradojas, con la profundidad y la exactitud de la investigación.

Jurado Premio “Enrique Carvajal Arjona”

Los cuentos reunidos en Pudo ser así tienen dos tiempos y un mismo origen: beben de la realidad, se nutren de lo noticioso y ofrecen una mirada posible de los hechos que registran los medios de comunicación. Si los primeros cuentos se detienen en la suerte de un torero, el golpe de unos ladrones o la inocencia de un viejo electricista que trabajó para Picasso, la segunda mitad recrea, tomando sucesos reales, lo que vivió Medellín el 9 de abril de 1948, el día que mataron a Jorge Eliécer Gaitán.

Mario Alberto Duque Cardozo

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Mario Alberto Duque Cardozo

Mario Alberto Duque Cardozo

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Tablas

Por Mario Alberto Duque Cardozo

Era ya de madrugada cuando llegó. El viaje desde Calahorra hasta Madrid se le había hecho eterno y la faena lo había dejado exhausto. Cayó dormido, como una piedra. Lo despertó el repicar del teléfono cuando el sol aún no salía. Curro Romero había dejado libre su plaza y lo necesitaban para completar el cartel en Colmenar Viejo. Dijo que sí. Era una corrida a las puertas de Madrid, una oportunidad para dejar las pequeñas plazas a las que lo habían ido relegando, un camino para volver a Las Ventas y salir de nuevo en hombros por la puerta grande al grito de ¡torero, torero! Además, la paga era buena.

Se levantó sin prisas y sin sueño, pese a haber dormido poco. Se dio una ducha rápida. Desayunó café y churros, que le sirvió su madre.

—¿Dormiste bien? —le preguntó su vieja, acariciándole la mejilla.

—Lo suficiente, Mamurriña —respondió con una sonrisa.

Se bebió a sorbos el café, sin mirar el reloj. Se demoró en la mesa, hablando con su padre y ajustando detalles antes de partir para Colmenar Viejo. Se burló de su hermana y utilizó una servilleta para lidiar al gato.

—Vámonos —lo apuró Juan, su hermano, banderillero en su cuadrilla.

—Cálmate, que no nos vamos a ir caminando —le respondió con una mueca. —Espérame abajo, me despido de mamá y ya los alcanzo.

Abrazó a su madre y volvió a su cuarto. Empacó apenas lo necesario, incluido un terno azul y oro de la sastrería Fermín, que estrenaría esa tarde. Pasó la mirada por el cuarto y se encontró con su propia cara que lo miraba desde un portarretratos. Era una foto en la plaza de Burgos, cuando tomó la alternativa. Se encontró luego con él mismo en la Feria de San Isidro, de pie junto a José María Manzanares, su padrino. Y vio, finalmente, la foto con la dedicatoria del rey don Juan Carlos, que el diestro del barrio Canillejas también se codeaba con los Borbón. Torció la boca en un amago de sonrisa.

Cerró los ojos buscando otras faenas, otros aplausos, y se le coló un recuerdo que lo tomó por sorpresa. Lo vio todo otra vez, como si estuviera aún en el callejón. La verónica incompleta, el gesto de dolor, la lucha para escapar de la bestia, el bamboleo en el aire, el esfuerzo de sacar el asta del muslo, la sangre, la eternidad que dura apenas cinco segundos. Luego la urgencia, el cuerpo llevado en volandas, los gritos, el llanto.

Volvió a escuchar la voz que le decía “Te toca terminarlo a ti, Yiyo”. Giró sobre su cuerpo buscando un estoque. Alguien se lo alcanzó, pero la memoria no le trae el quién. Salió a la arena, apretó con fuerza la empuñadura y se le fue encima al animal, como Teseo en Creta. Un par de pases, pero de olés nada, que no estaba la gente para ir dando vítores.

Acabemos con esto —recuerda que se dijo—. Se paró delante de los 420 kilos de la bestia, a la que le corría la sangre del matador agonizante por el cacho. Bajó la muleta y apenas el toro le mostró la cruz anduvo los pocos pasos que los separaban y se dejó caer contra su cuerpo con fuerza y rabia.

—Me cago en la puta vaca que te parió— masculló mientras hundía el estoque hasta la guarnición. Le dio la espalda al tal Avispado, al que ya se le iba la vida del cuerpo después de haber mandado al otro lado a uno de los grandes. Lo supo desde el principio. Joder —pensó—, que no hay alma que no se salga del cuerpo por ese tajo, como si los toros supieran por dónde corren la safena y la femoral.

Caminó despacio de regreso al callejón, que las dos orejas que le ofrecían y la vuelta al ruedo estaban de más. Lo suyo, por ese día, iba de oficio.

Sacudió la cabeza, como si los recuerdos se espantaran con la cola, como hace el ganado con las moscas. Ningún día era bueno para estar pensando en Pozoblanco. El pito del carro lo terminó de sacar de su ensoñación.

Antes del mediodía ya estaba en Colmenar Viejo, pasó por los corrales, donde se realizó el sorteo. Antoñete y José Luis Palomar irían primero. Él cerraría la jornada lidiando a un bragado de nombre Burlero.

Buscó un hotel para descansar un rato. Almorzó poco y cabeceó unos minutos. Soñó con orejas y rabos. Lo sacó de la duermevela José Bellido.

—Venga, Yiyo, que hay que vestirse —le susurró su mozo de espadas.

Se vistió despacio: medias y taleguilla primero. Se pasó los tirantes sobre los hombros desnudos para poder apretarse los machos. Camisa, corbatín rojo, fajín, chaleco y chaquetilla. Se persignó varias veces camino a la plaza.

Midió el ambiente durante el paseíllo. Los tendidos de sombra estaban a reventar, había algunos blancos en los de sol. Desde niño estaba acostumbrado a lucirse ante el público, era lo que esperaba. Vio a Antoñete lidiar al primero sin mucho problema y sin mucho lujo. El segundo fue un astado aburrido que desesperó a Palomar. El tercero de la tarde fue para él, demasiado manso para su gusto, que se iba suelto en las suertes. El cuarto, le confesó Antoñete tras estaquearlo, resultó demasiado tímido como toro de lidia. El quinto apenas si valió para una oreja que Palomar agradeció a un público poco satisfecho.

Le tocó su turno, de nuevo. Vio salir al toro, brioso, con ganas. Le gustó.

—¿Cómo es que se llama el animal? —preguntó al aire, girando apenas la cabeza si dejar de mirar a Rafael Atienza mientras lo picaba.

—Burlero —le respondieron.

Astifino, 497 kilos. Hubo algo en el toro que lo entusiasmó a él y a la gente en los tendidos. La bravura, quizá. O eso que llaman casta. Apretó el capote y salió a la arena. Caminó firme, siguiendo a la bestia con la mirada. Puso rodilla en tierra y lo invitó a embestir. Burlero corrió hacia él, con ímpetu.

—Venga, toro —le susurró al animal antes de pedir la muleta—. Vamos a lucirnos.

Lo hizo pasar debajo una, dos, tres veces. Hizo series largas, de hasta cinco pases, siempre con las zapatillas enterradas en la arena, casi sin moverse del sitio, que el público agradeció con olés y aplausos. Se sintió pleno toreando al desmayo, con la muleta en la mano izquierda y con esa delicadeza que cualquiera sin huevos podría juzgar afeminada, pero que para él era arte.

Recordó las primeras líneas de un viejo artículo de prensa: “Vino de suplente y ahí está, candidato a triunfador de la feria. Yiyo, esa es la figura. Yiyo, torerazo”. ¿De dónde era? De El País, quizá. La mente se le iba, pero volvió a la arena para ejecutar dos pases de pecho que enloquecieron a los tendidos.

Cambió de espada y vio a la gente de pie. Les regaló cuatro molinetes, con Burlero pasándole a milímetros. Luego tres naturales y ya estaba listo el animal para su última acometida.

Se paró frente al toro, firme, y le pareció que tenía de nuevo 11 años y miraba fijamente la cruz de un becerro. Recordó que entonces, como sentía ahora, era más el temple que el miedo. Apuntó el estoque, se precipitó y pinchó en hueso.

—Joder —dijo entre dientes.

Se perfiló de nuevo. Silencio en la plaza, otra vez. Preparó el volapié y se vio en Las Ventas, saliendo en hombros. “¡Torero, torero!”, le gritaban. Burlero esperaba quieto, con la vista en la muleta. Se irguió el diestro, levantó el estoque. Echó el pie derecho hacia atrás, apenas un paso. Flexionó las rodillas e inclinó el cuerpo hacia adelante.

Entró rápido y, esta vez sí, dejó la hoja enterrada en el astado, donde indican los cánones.

—Ya está, me dan las dos orejas y el rabo —pensó.

Júbilo en sombra y en sol. Salió por el lado izquierdo del animal, que giró sobre sí mismo buscando al matador, resistiéndose a caer, a morir. Le puso la muleta para hacer un natural, pero Burlero ya no hacía caso a nada que no fuera Yiyo. Alcanzó a tumbarlo y en los tendidos pasaron de la admiración al miedo. Él no, se sintió volar y caer contra la arena, pero sabía qué hacer. Dio un par de vueltas sobre su cuerpo, para alejarse de los cuernos. Y vio dos sombras cruzar por su lado, llevando capotes, y se sintió tranquilo. Ya se rendiría el animal.

—Joder, pero cómo resiste la bestia —se dijo, aún en el suelo.

Y entonces lo vio ignorar los capotes. Burlero iba por él, decidido, veloz, con los cuernos casi rozando el suelo. Lo empujó, primero. Sintió un pinchazo, leve, pero doloroso.

—Listo, me ha soltado —deseó.

Pero Burlero tenía aún arrestos, embistió de nuevo contra el hombre en el suelo. “Pitón izquierdo al corazón. Tú dices mate, yo propongo tablas”, pudo haber sido su argumento. El toro lo levantó, con el asta dentro de su pecho, y lo dejó de pie. Se oyó a sí mismo respondiéndole a algún micrófono de la Radio Nacional: “Mejor morir de una cornada que en la M-30”. Alcanzó a correr hacia la barrera, mirando caer al toro, antes de desplomarse él también. Lo alzaron los de su cuadrilla. Lo llevaban en volandas en una carrera inútil hacia la enfermería.

—Mejor así que en la M-30 —alcanzó a repetirse—. Joder, eran orejas y rabo.

Fuente:

Duque Cardozo, Mario Alberto. Pudo ser así. Frailejón Editores, Medellín, 2017.