Presentación

Rumor de río

Recopilación de escritos
de «El Pequeño Periódico»

—15 de febrero de 2024—

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Ver grabación del evento:

YouTube.com/CasaMuseoOtraparte

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Ángel Galeano Higua (Bogotá, 1947) se enroló con su esposa en la campaña de «los pies descalzos» en los años ochenta en Magangué, donde fundó El Pequeño Periódico y la Fundación Cultural «Héctor Rojas Herazo». Debido a la violencia regresaron con su hija a Medellín, donde el periódico renació. Creó la Fundación Arte y Ciencia y el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo (2008). Ha publicado varios libros de crónicas y reportajes, siendo el primero «Rumor de río», fruto de 30 años de periodismo cultural. Escribió la biografía de la artista antioqueña Débora Arango: «El arte, venganza sublime», y del científico bonaverense Raúl Cuero. Obtuvo los premios de cuento «Carlos Castro Saavedra», «Alfonso Castro» (Facultad de Medicina Universidad de Antioquia) y Cámara de Comercio de Medellín. Autor de «Palabras al viento», «Los niños de Aquitania», «Las siete muertes del lector» y «Fronteras de humo». De las novelas «El río fue testigo», «No miraré su rostro» y «Camino a La Eneida». Las dos últimas le merecieron el Premio a la Creación Literaria de la Alcaldía de Medellín en 2020 y 2023. Obtuvo dos veces el Premio de Periodismo Cultural de la Alcaldía de Medellín como director-fundador de «El Pequeño Periódico». Finalista en el Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá 2023 con su obra «Cantata para un rescoldo».

Presentación del autor y su obra por la comunicadora y periodista Ángela María Berrío, integrante del Grupo Literario El Aprendizde Brujo.

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Dedicado a:

Carmen Beatriz, Bárbara y María Paz.
Y a los descalzos del Sur de Bolívar,
que me alentaron en este segundo viaje.

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Aquí, en este libro, su fundador y director presenta una primera selección de los trabajos más importantes que se publicaron en su pequeño gran periódico. Son el retrato de una de las varias caras que posee toda obra. Estos artículos y reportajes pertenecen al rostro de las infinitas lecturas de lo que se publica. Las fatigas y las privaciones de esta tarea ejemplar permanecen todavía en la oscuridad, reclamando un testigo de excepción que las siembre en la historia de los que sólo historia tienen. Ahora Galeano ha querido revivir su tabloide en Medellín. Sin embargo, los periódicos, como las uvas, tienen su tiempo y su lugar. El Pequeño Periódico fue uña y carne de una misión que a pesar de estar hoy interrumpida, no se dejará de cumplir. Para algunos el periódico será inseparable de ese puerto bullicioso que preside un inalcanzable mundo de vastos cultivos y espectros acuáticos.

Juan Leonel Giraldo

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Rumor de río y El Pequeño Periódico son obra primordial de Ángel Galeano Higua. Una obra revolucionaria en el sentido más ennoblecedor de la palabra: una obra que ha cambiado un fragmento, una zona o la totalidad de una realidad, comenzando por cambiar a su propio gestor. Galeano se enfrentó con su propia vida diaria (y aquí no cabe exageración ni patetismo) a un proyecto en el que nadie creía, y muchas de cuyas características él mismo apenas intuía en el alba de la aventura. Aquí ni siquiera funcionaba la razón, esa virtud endiosada por cierta clase de revolucionarios; aquí, en cambio, funcionaba la pasión, el sentimiento, la intuición, virtudes que nuestro pueblo ha conducido a la categoría de requisitos del conocimiento y la sobrevivencia. El ansia de saber desplazó el ansia de mostrar, la obstinación rebasó el cálculo, la locura personal sobrepasó la cordura ideológica.

Jorge García Usta

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Ángel Galeano Higua

Ángel Galeano Higua

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Presentación

Cronista de una utopía

Por Ángel Galeano Higua

Testigo excepcional de la epopeya de «los descalzos» en el Sur de Bolívar, tuve el privilegio de enrolarme como cronista de este atrevimiento sin parangón en la historia de Colombia. Para testimoniar esta proeza, di vida a El Pequeño Periódico, tabloide que, a la postre, se convertiría para muchos en una formidable escuela.

Fue en los últimos años de la secundaria cuando me interesó contar lo que veía, a diferencia de la escuela primaria donde tuve que aprender a defenderme de los castigos inventando historias.

Estábamos tan mal equipados en el Instituto Técnico Distrital de Bogotá que el aburrimiento de tantas horas vacías se hizo insoportable y con varios compañeros comenzamos una campaña para tener biblioteca, laboratorios y talleres dotados con las herramientas y material adecuados. Queríamos estudiar, pero la desidia oficial nos lo impedía.

En esa atmósfera nos llegó el periodismo en forma de carteleras. Publicábamos testimonios y reclamos y nos valíamos de fotografías robadas a revistas y periódicos para ilustrar los reportes. Teníamos que ahorrar palabras para salvar dos límites imponderables: el reducido espacio y la brevedad de los recreos.

Cuando la poderosa alborada del movimiento estudiantil de los años 70 se desbordó por todo el país y líderes como Marcelo Torres y Alejandro Acosta clamaban por una educación nacional, científica y al servicio del pueblo, nuestras peticiones pasaron de las carteleras a la acción. Brotaron miles de volantes y un periódico clandestino que elaborábamos en un mimeógrafo prestado. Combinábamos asambleas y paros con manifestaciones callejeras y así alimentábamos el «Lea, piense y actúe», nombre que le dimos a la octavilla. Creamos un comité estudiantil que en aquel entonces no era permitido, pero fue tan arrolladora su acogida que las directivas se vieron obligadas a reconocerlo. El Comité estimuló la creación de grupos de teatro, concursos literarios, presentaciones musicales y encuentros con otros colegios. Los delegados, elegidos en cada curso, eran los más destacados no sólo por su rendimiento académico, sino por su disposición crítica. El silencio impuesto tras varios años de autoritarismo, se rompió y el rector fue trasladado a otro plantel, superado por la efervescencia de la lucha estudiantil.

Imbuido por este espíritu crítico, ingresé a la Universidad Nacional a estudiar Ingeniería Eléctrica. Reinaba un ambiente efervescente de discusión política. Entre clase y clase asistí a las reuniones convocadas en la cafetería por un estudiante de último semestre con el propósito de echar a andar el periódico «Alta tensión». Escribimos fogosos y sesudos artículos, pero no pudimos publicarlos por falta de dinero.

Durante una de las refriegas estudiantiles fui a parar a un salón del Concejo de Bogotá, donde se realizaba una singular reunión: algunos estudiantes compartían sus experiencias de viaje por diversas regiones del país: encuentros con cultivadores de café y caña, tabaco, sorgo y algodón, con mineros y pescadores del río Magdalena, músicos de gaita del Caribe y bailadoras del Chocó. Una potente revelación que me abrió un horizonte inimaginado. Después comprendí que aquel momento correspondía a los albores de una generación que se conocería como «los descalzos».

Desde entonces no tuve sosiego. Una extraordinaria fuerza me incitaba a echarme el morral a la espalda e ir a esos lugares, conocer las historias de sus gentes y contarlas. Durante un largo cierre de la universidad me marché a Medellín. Quería continuar mis estudios en la Facultad de Minas y trabajar en el Inem «José Félix Restrepo». Conocí a Carmen Beatriz durante una marcha del Primero de Mayo y mi vida entró en órbitas superiores. Además del flechazo, ella hacía parte de un torrente revolucionario en la Facultad de Medicina que planeaba crear un centro médico a orillas del río Magdalena, en el puerto de Magangué. A la cabeza de tal atrevimiento estaba el médico investigador Roberto Giraldo Molina. Con el corazón cautivado y el pensamiento volando en la gran aventura, me enrolé como cronista en esa empresa de sublimes locos, el intento concreto de «los descalzos» por construir, sin violencia ni discriminaciones, una nueva propuesta de sociedad más justa y digna.

Carmencita y Bárbara camino a Ciénaga de Oro, Córdoba, 1983.

Apertrechados con dicho sueño, Carmen Beatriz, nuestra pequeña hija Bárbara y yo, arribamos a Magangué en 1982. Nos recibió el anchuroso río Magdalena y un explayado cielo ensangrentado por el sol. Nos abrazó un calor endemoniado como de mil Comalas juntas. Me conmovía ver a Roberto Giraldo, Silvia Casabianca, Carmen Beatriz Zuluaga, Gladys Espinosa y Álvaro Garcés, lejos de sus comodidades en la ciudad, atendiendo a los pobladores del Sur de Bolívar que, desamparados de cualquier atención estatal o privada, acudían al Centro Médico de Especialistas acosados por sus enfermedades y dolencias. Niños y adultos eran atendidos sin discriminación por este infatigable equipo de profesionales de la salud. Practicaban exámenes de laboratorio cuyos resultados entregaban sin demora para que los pacientes venidos de muy lejos no tuvieran que repetir ese viaje tan largo y costoso. Algunos pagaban con un aporte voluntario.

Sesión educativa de salud en Palenquito, sur de Bolívar. Carmen B. proyecta diapositivas.

La noticia de la existencia del centro médico corrió por la cuenca del Bajo Magdalena, entonces se organizaron brigadas de salud en poblados tan apartados que, para llegar con los microscopios y demás elementos necesarios, se requería una logística rigurosa y una coordinación detallada con varias semanas de preparación, que incluían chapolas impresas en el legendario taller de la Tipografía Prins. No conozco una experiencia semejante en el país. Como cronista de aquellas brigadas, testigo de semejante iniciativa, no tuve ninguna duda de mi compromiso de contarle al país sobre la existencia de esta maravillosa aventura humana, quizás única en nuestra historia nacional.

De manera simultánea se tejieron las circunstancias para que brotara una organización de campesinos que desembocó en una cooperativa tejida por los descalzos con paciente labor cuyos resultados, al cabo de los años, se plasmaron en beneficios materiales y culturales. Llegó a contar cinco mil afiliados en la cuenca que comprendía el sur de Bolívar, Sucre y Magdalena. Su crecimiento requirió de una embarcación propia, una bodega en Magangué, una red de tiendas y centros de acopio regados por la región. La cooperativa compraba las cosechas a precios justos y capitalizaba para crecer y llevar otros servicios como salud y cultura a sus afiliados. Ayudaba a regular los precios del mercado evitando que los campesinos fueran víctimas de los intermediarios. Callar ante esta formidable gesta hubiera sido imperdonable.

Comité campesino de Magangué, coordinado por Manuel González, 1986.

El mismo año de nuestra llegada, tuvimos la idea de crear El Pequeño Periódico, cuya primera edición apareció el 8 de septiembre de 1982, gracias a la guía de líderes como Liborio Pineda y Antonio Botero Palacios, David Ernesto Peñas en Mompox, Totó La Momposina y Javier Burgos Cantor en Talaigua, Jorge García Usta en Cartagena y Conrado Zuluaga desde Bogotá. El apoyo de los descalzos del Centro Médico, de Rosario Ricardo, Julio Castellanos, Eduardo Gutiérrez, el legendario Alberto Moreno y esa pléyade de dirigentes gremiales y sindicales del puerto. Los estudiantes del Liceo Vélez y otros colegios, como Lucía Quintero, Omar Basanta, Edwin Acosta y Miguel Romero Baldovino. Silvia Casabianca fortaleció el periódico con sus aportes editoriales y logísticos, escribió artículos sobre las injustas condiciones de vida de las mujeres y jugó un papel clave en la conducción de varias ediciones. Muchos profesores de la región hicieron del periódico un apoyo para su labor pedagógica. Y los comerciantes de La Albarrada, esa franja cosmopolita a orillas del río donde se tejía la red más densa y diversa de la economía regional, con protagonistas turcos, libaneses, palestinos, alemanes, italianos, entre otros.

Inspirado por El Pequeño Periódico nació el Club Infantil Los Fogoneritos, cuyos integrantes engalanaron con sus dibujos y pinturas los muros abandonados de Magangué y jugaron al asombro con títeres y celebraciones musicales. El equipo juvenil de fútbol vistió la camiseta del periódico y conquistó varios campeonatos bajo la batuta del profesor Héctor Comas. Con el apoyo del poeta, escritor y periodista Jorge García Usta dimos vida a la Fundación Cultural «Héctor Rojas Herazo» en el Salón de Los Espejos del Hotel Mardena, a orillas del Magdalena. En la sesión inaugural del capítulo de Cartagena estuvo el gran poeta de Tolú, que poco después publicaría su monumental novela Celia se pudre.

Jornada de pintura de murales en Magangué con el Club Infantil Los Fogoneritos y El Pequeño Periódico.

Los lectores estaban allí, en las barriadas y veredas. Gracias a su entusiasmo organizamos una biblioteca ambulante que viajó por muchos barrios y caseríos. Realicé giras por varias ciudades solicitando libros, hasta tener más de mil que llevamos a los villorrios más apartados en canoa, a caballo o en burro, y muchas veces a pie con nuestros morrales cargados de libros a la espalda.

Las sesiones del comité editorial eran auténticas jornadas de lectura crítica y escritura creativa alrededor de la vida cotidiana con el río como testigo. El comité editorial se convirtió en una escuela de reportería impregnada de atrevimientos y nuevos enfoques.

Segundo aniversario de El Pequeño Periódico, «descalzos» reunidos en Mompox.

La financiación del periódico siempre tuvo como base a los lectores, quienes lo compraban y difundían, y los anunciadores que se arriesgaron con sus avisos publicitarios. Reforzamos con campañas, bonos de apoyo, rifas, eventos y el servicio de asesoría editorial.

No sabría definir de otra forma a nuestro periódico sino como una necesidad nacida de una aventura sin precedentes en Colombia, protagonizada por una generación conocida como «los descalzos», cuyo inspirador indiscutible fue Francisco Mosquera, el más versátil y revolucionario pensador político a quien tuve el privilegio de conocer durante un encuentro campesino en 1983, en las estribaciones de la Serranía de San Lucas, y con quien sostuve después varios encuentros para hablar de literatura y periodismo.

Hasta que la oleada criminal de guerrilleros y paramilitares, junto con los desatinos y complicidad de los gobiernos, enturbiaron la región y tuvimos que huir para salvar nuestras vidas. El país vivía un baño de sangre y terror. Todo se derrumbó: las brigadas de salud del Centro Médico de Especialistas fueron asaltadas por cuadrillas de la guerrilla. Algunos líderes de la Cooperativa, como Clemente Ávila y su hijo Lucho, fueron asesinados en la Serranía de San Lucas. La lista de los descalzos asesinados la encabezó Luis Eduardo Rolón, baleado por la espalda cuando ayudaba a construir un puente sobre el río Boque. La Unión Campesina fue amenazada. El Club Infantil, la Fundación Cultural y la biblioteca quedaron acéfalos. Los descalzos debieron abandonar la región cargados con esa brutal derrota y cada uno tomó el camino de su propio destino. El Pequeño Periódico, creado como herramienta para testimonio de aquella epopeya, también dio cuenta de esta dolorosa retirada. En 1990 regresamos a Medellín para empezar de cero y encontrarnos con una situación peor debido a la lucha contra los narcos. ¿Cómo no contar también sobre este repliegue trágico?

Taller de teatro con el dramaturgo Henry Díaz V. de Medellín, Fundación Héctor Rojas Herazo y El Pequeño Periódico, Magangué.

Gracias al entusiasmo de escritores como Mario Escobar Velásquez y Henry Díaz, periodistas e intelectuales que conocían el tabloide porque lo recibían por correo, El Pequeño Periódico renació en Medellín en 1992. Comenzamos una segunda etapa rica en experiencias de reportería urbana y alimentando una sección permanente para Magangué y el Sur de Bolívar. Dimos vida a la Fundación Arte y Ciencia y el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

Con el cambio de siglo, cambió también el diseño y la diagramación gracias a Saúl Álvarez Lara, maestro del diseño gráfico y destacado escritor. Así, el periódico entró en una tercera etapa de modernización formal y de contenidos.

Este es, a vuelo de pájaro, el periplo de El Pequeño Periódico. De sus páginas nació Rumor de río, mi primer libro publicado (1993). Comprende una selección de escritos del periódico en la década de los 80. Hoy, treinta años después, entregamos su segunda edición, enriquecida con la presentación que hizo el poeta y escritor, Jorge García Usta (1994) en la Biblioteca Bartolomé Calvo del Banco de la República en Cartagena de Indias. El libro hace parte de una trilogía aún inédita (Años 90 y lo que va del siglo 21), además de los libros ya publicados en 2012: Perfil de mujer y La última página.

Los textos que constituyen esta segunda edición de Rumor de río pueden considerarse testimonios de una época, incluido el generoso Prólogo que el periodista J. Leonel Giraldo escribió para la primera edición. Pinceladas de un enorme cúmulo de aprendizajes en el viaje hacia la memoria de un país que sueña con salir de la caverna, para conectarse con el mundo moderno y transitar su propio camino.

Altamira, Medellín, noviembre de 2023.

Fuente:

Angelgaleanoh.wordpress.com

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Chambacú,
¡la historia la escribes tú!

Las luces del teatro disminuyeron su brillo como si se alejaran avergonzadas. En medio del rugido de los tambores, Totó levantó sus brazos al cielo y cantó un saludo legendario que electrizó a la multitud.

Por Ángel Galeano Higua

«No es tan importante el sitio donde uno haya nacido, ni cuándo se empezó a cantar o a bailar. Casi siempre la raíz está en nuestros antepasados. Mi abuelo, Virgilio Basanta, tocaba el clarinete y tenía una Banda de viento que se movilizaba por esta región. A donde él llegaba, se armaba el fandango. Esa gran banda se la llevó el viento».

¿Cuál es el baile más acostumbrado en esta región?

Depende de la época del año. En Pascua están los bailes cantaos. Las danzas siempre las han sacado para carnavales, las danzas nunca salen para otra época. En cambio los bailes cantaos los sacan para los festejos. En las danzas sale la gente a bailar al son de los tambores y de la gaita, y en los bailes cantaos la gente acompaña con palmas a las cantaoras y a los tambores. Siempre es con tambores, sólo tambores. En carnaval se puede montar un chandé o una cumbia.

¡Chammmmbacú, la historia la escribes tú! La voz retumba, los tamboleros castigan los cueros con furor.

Negrita… la historia la escribes tú, la historia de las murallas, Chambacú chambaculero. Viene la descarga y los aplausos; vapulea la cumbia Antonio María, la culpa la tienes tú; alegre viene Julio Moreno, viejo porro, paseándose entre palmas llega, se acomoda y se va y el guache lo despide y La Totó tiempla su voz más, mucho más; cunden las palmitas y la muchedumbre sigue el trotesito indígena de La Momposina que se enfila hacia el Pacífico abrazando el currulao y cae, cae, palito cae cae; acariciando la sonrisa de la coquetona garabato un silbido atraviesa el aire; adiós fulana garabato, dijo Antonio María, adiós fulana garabato ae ae ea, de pie la muchedumbre y aeeeee ea, esto va a ser la locura, compadre, hay que menearse así, como ella, así, al ritmo pegajoso; ¿sí o no, comadre caderona? Este es tu currulao adorado, del Pacífico otra vez, porque no importa de dónde es uno. ¡Todos, todos!, grita La Totó y su grito se hace bandera y penetra las venas y hace hervir la sangre tropical; compadre, así es el conflor de ella, oye mi cumbia…, caen del cielo mil cimbronazos, son las cajas sonoras, el cascabeleo del guache y el murmullo de la marímbula, oye mi cumbia eterno rincón de amor del Magdalena… y el chorro luminoso es más intenso y ya no es la silueta indefinida con turbante y falda larga, no, es La Totó increíble, apabullante, real, trepada en la música, con su magia que atrae reinas, como a Silvia en Estocolmo. Oye mi cumbia le dijo Totó y se elevó por encima de todos en la Sala Real y usted canta muy lindo le dijo una soberana a la otra, porque compae, La Totó también es una soberana, es una reina del conflor con sus pies pelados allá y aquí, en el Radio City de Nueva York o en la Argentina; agitacional en Alemania o candelosa en la Unión Soviética; compae, mírala cómo baila, óyele su canto, ese canto que jadeó en el festival del Coco Dorado y del Otoño Dorado, allá en las estepas o en el de la Rábida de España o en el Pedirak de Francia, porque ella ha sido reina en esas tablas. Quema el sol esta mi tierra, cumbia dorada; rejuntados en la arena los golpeteos de tambor asemejan un traqueteo de locomotora. Oyela, es el tren donde viajaron los hombres muertos, nuestros recuerdos de ayer, porque los otros hombres murieron de pena, de hambre, de sed, o huyeron al monte. La multitud oye, mira, recibe a Totó, pero ella se esfuma y al final de la soledad cantada se repiten los aplausos. ¿Cuántas veces has oído estas palmas, mujer de turbante perseguido? Ovaciones espontáneas tal vez en alemán o inglés. ¿Cuántas veces has bailado esa cumbia, ese chandé, mujer cantaora, con tus pies desnudos?

Yo digo que cuando uno tiene realmente comunicación, cuando la establece persona a persona, artista a vidente, a espectador, en ese instante nace el diálogo y ahí empieza uno a hacer su trabajo y se olvida de todo y es como un temblor a extrovertirse y extrovertir a los demás, a mostrar lo que uno sabe, lo que uno tiene; uno se eleva, no oye ni ve caras, ni entiende, olvida todo lo demás.

Casi siempre me sucede eso.

¿Dónde has vivido esa experiencia con mayor intensidad?

En Estocolmo. Tuvimos muchos roces, nos trataban mal los dirigentes de la delegación; nos decían «negro e indio» como si fueran un insulto, pero eran un desafío. Había que demostrar quiénes éramos, que nuestro trabajo es más valioso que los de corbatín que aparentemente saben hablar bien. El otro diálogo es más importante, nuestro diálogo del conflor, como le digo yo, que lo entiende todo el mundo porque es la expresión de un pueblo, de nuestro pueblo.

Oye tigre de Talaigua, aquí te traigo tu chandé, mi canto para ti, viejo amigo, cuadrúpedo rayado de uñas legendarias endurecidas por siglos de camino en la isla de Mompox, esta es la tradición de voz en voz, la leyenda, tu cacería, la historia enseñada por Doña Ramona y otras cantaoras de Talaigua Viejo. Sí, este es, viejo tigre en extinción, tu baile cantao que le aprendí a las mujeres que lavan ropa arrodilladas, en el río Mayor, mientras pasa la enlodada historia de Colombia; ellas que fuman su tabaco al revés, comiéndose el placer, viejo tigre, muerden el humo y mastican el fuego. Oye tigre, oye… es el ritmo veloz de tus saltos, tu chandé, tu rugido. Viajan reina y tigre y con ellos los corazones en pos del piano de Dolores, en pos del bullerengue, arañando los palenques y al son de la tambora; canta Mi Caballito, Totó, por el caño de Altos del Rosario, enrumbados hacia la ceiba, al galope acuático por el Brazo de Loba, tumbé la ceiba mamá, tumbé la ceiba, tumbé tumbé la ceiba, María.

En toda parte no vivieron los mismos indios. En el interior se dice «Costa Atlántica» y quieren sacar un estereotipo de la cumbia. Pero resulta que la cumbia se toca con gaita, con millo, con acordeón y hay sitios de la costa donde no se baila cumbia, como en La Guajira y en algunas partes de Bolívar; en Altos del Rosario no se baila cumbia, en Magangué sí, pero en el Brazo de Loba existen lugares donde no bailan cumbias sino tamboras. Cuando uno está haciendo su trabajo del conflor tiene en cuenta estos ritmos y los va explicando, va diciendo a la gente el lugar de origen y la gente va sacando conclusiones, como que tenemos una riqueza musical enorme, que no es solamente el mapalé, ni el cerecesé, ni la cumbia. Son varias. Los bullerengues varían de acuerdo a las zonas y subzonas, a los movimientos que uno haga. Si me pongo a trabajar en Bolívar los mismos ritmos cantaos, son bullerengues en zonas de palenque y resulta que si me vengo para la isla, esos bullerengues cambian de nombre y se llaman chandé y si me voy para el Magdalena se llaman «pajarito» y si me voy para Matamata (Santa Marta) se llaman «sambapalo».

¿Cuál has incursionado más?

Los bailes cantaos, pero tengo contacto con los que hacen danza, porque los tamboleros que tocan los bailes cantaos tocan el bombo, la danza de los indios, la de las pilanderas. La danza está involucrada en los bailes cantaos. No se puede desprender.

Que no se puede sostener, que el negro se emborrachó, palo con él. Por el suelo anda caído, rodando como un ovillo, palo con él. El negro se emparrandó, doña María, tal como nos contó, allá, a la sombra del fogón cuando la leña ardía… Viene el ritmo de las palmas, La Totó a un lado de la elipse amarilla con su voz eterna; en el centro, bañado de luz, el tambolero remeda al borracho y se le cae el sombrero sabanero y se tropieza y todos se ríen y tiene hipo y se ven reflejados en él y la farsa termina con el eco del bombo; se abre paso Juana María y empieza otro ciclo imperecedero, la temperatura también trepa vertiginosa y agarra los cuerpos y estruja las frentes, las exprime, es el desbarajuste compae; otra descarga inmortal y… arrégleme el pantalón señora Juana María, mire que van a venir de mi pueblo tropical y todos los pies abandonan el piso y se encumbran en las sillas y esto se descompuso, que vengan de Santa Marta, que vengan para bailar en este cumpleaños de la Virgen, no importa que las sillas crujan, pero que vengan de Cartagena y pilá pilá pilandera, que esta si es la noche más buena; oye el ruidaje, parece que el teatro se desbarata, el techo se agrieta y chorrean porros, bullerengues y chandés; es la bulla costeña, es la histeria, los silbidos y los gritos compae, sí, avivada por una multicolor ráfaga de luces, Dios mío, esto es único, para el cumbión, ay pilá piláááá pilandera, esta es la noche más buena, no cabe duda, súbete al ambiente que el termómetro se rompe, es la temperatura de Mompox compae, La Totó es una vorágine, el tambor macho está extenuado, desfallece el tambor hembra, tremula agotado el bombo y La Totó va por el mundo, aterriza, vuelve y arrastra lo que encuentra, empieza el descenso, baja la temperatura, viene el reflujo mi viejo, ay ay, óyeme a mí, oye mi tambora cansá, oye el chasquido indígena legado, metido en este instrumento perpetuo, es el lamento, ay, le lo lé, le lo lá, quejido del pasado, gemido entrañable de las cajas inmortales y resonante garganta de La Momposina; es el vaivén endemoniado de su conflor, la contorsión acompasada y bella del cuerpo bello empujado por el ritmo bello; quirimbumba quirimbá, quirimbaba quirimbuá, negrita prende la vela, prende la vela negrita que la cumbiamba pide candela, préndela hoy como ayer, no la dejes apagar jamás, que sigan ondeando las polleras y los turbantes negrita, prende la vela, bravo, otro y plas plas plas, tu tren indomable maestro José Barros, es tu porro omnipresente, la risa histórica, el incansable tam tam a todo vapor, prende la vela compadre, que la negrita tiene candela.

«Mi inspiración está en que no sólo he aprendido estos bailes, sino que hago parte de ellos mismos… Cuando estoy en el escenario imagino que estoy cantando en las calles de Talaigua. Siempre lo he hecho así; desde pequeña, cuando mi mamá me lo enseñó, cuando me enseñó a cocinar con leña, hacer el fogón, hacer viuda, matar gallina, caminar con el pie pelado».

¿Qué tal el ambiente para el folclor?

Esto del conflor nunca ha tenido ambiente favorable en determinados círculos, por la sencilla razón de que es producto del pueblo, es una riqueza de tradiciones y leyendas que el pueblo lleva metida en el alma. Yo llevo más de trece años dedicada por entero al conflor y hasta ahora se me empieza a reconocer. Colombia es un país muy rico, no sólo en conflor, tenemos cuatro climas y la gente posee talento, los campesinos y el pueblo saben que somos ricos pero no nos dejan ser ricos. Imagínese, por ejemplo, estas tierras tecnificadas. La técnica es muy importante. La gimnasia ayuda para la danza… Sin embargo la gente no puede conocer absolutamente todo, un erudito en música del interior no puede serlo al mismo tiempo en música de la Costa Atlántica; podrá haberla visto, conocerla y hasta bailarla, pero los campesinos son los que conocen en sus mínimos y máximos detalles el conflor. Yo soy alumna, en cambio Doña Ramona y Estefanía, de Talaigua y Cartagena, son eruditas.

¿Cuál es tu principal dificultad en el trabajo?

El dinero. Lo poco que ganamos lo invertimos de nuevo en cosas del grupo para mejorar el funcionamiento: papelería, transporte, ensayos, vestuario, instrumentos y, en mi trabajo de campo: grabaciones con los campesinos, trabajos de fotografías, cosas fundamentales para sustentarlo y diferenciarlo de la tergiversación que existe, por ejemplo en la televisión.

¿Recibes alguna ayuda de Colcultura?

Económica nunca. Lo máximo ha sido para transporte en uno u otro festival, que como en el de Tunja, le conviene que estemos. Siempre me ha tocado ir de escritorio en escritorio, solicitando apoyo. Fuimos a Estocolmo por circunstancias especiales y porque teníamos mérito para ello; estamos en el presupuesto nacional porque, después de una gira por Europa, quedamos debiendo un millón de pesos que yo dije que iba a pagar con canciones. Pero no fue por cuotas políticas, ni de izquierda ni de derecha, sino por nuestro trabajo. Yo no dependo de Colcultura, más bien ellos me han llamado a mí para hacer trabajos de investigación. Yo no he funcionado por el patrocinio de Colcultura. ¡Imagínate eso!

Una pregunta que muchos de nuestros lectores se hacen, ¿cuál es tu compromiso político?

No tengo compromisos distintos del que me une con el pueblo. En el instante en que tenga compromisos políticos distintos no podremos hacer nuestro trabajo.

¿Qué opinas de los artistas que militan en algún partido?

Eso es distinto, el artista tiene derecho y hasta la obligación individual de tener sus ideales políticos. Por ejemplo, el Grupo de Teatro La Candelaria y el Teatro Libre de Bogotá, cada uno tiene su línea política; eso se puede hacer y ellos lo hacen, porque una cosa son los ideales individuales y otro el trabajo cultural que hacen en función del pueblo.

Fuente:

El Pequeño Periódico, Magangué, Bolívar, Año 2, N.º 7, 1983.