Conversación

¿Y cómo es posible
no saber tanto?

—Noviembre 21 de 2018—

“¿Y cómo es posible no saber tanto?” de Marda Zuluaga Aristizábal

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Marda Zuluaga Aristizábal (Medellín, 1982) es psicóloga de la Universidad de Antioquia. Su interés en los procesos de violencia social y política la llevaron a realizar una maestría en Historia y Memoria en la Universidad Nacional de La Plata, Argentina, donde también es candidata a doctora en Ciencias Sociales y Humanas. Su trabajo reciente se centra en los procesos de reconstrucción de la memoria por medio de la escritura en regiones apartadas de Colombia. Actualmente es docente en el Departamento de Psicología de la Universidad Eafit, donde además coordina un grupo de estudio sobre Arte y Psicología. Ha publicado, entre otros libros, “Identidad y devenir” (2014) y “¿Y cómo es posible no saber tanto?” (2015).

Gracias a la iniciativa e invitación del Centro de Fe y Culturas conversaremos con la investigadora Marda Zuluaga Aristizábal sobre su libro “¿Y cómo es posible no saber tanto?” y la importancia de esclarecer la verdad del conflicto armado colombiano.

Centro de Fe y Culturas

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El Centro de Fe y Culturas es una comunidad constituida por líderes provenientes de diversos sectores de la sociedad. Fundamentada en la espiritualidad ignaciana, promueve la reflexión sobre la crisis ética y la apropiación de valores encaminados al reconocimiento de la dignidad de cada ser humano. La institución busca consolidar su trabajo en pro de una sociedad más equitativa, justa y pacífica.

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¿Y cómo es posible no saber tanto? de Marda Zuluaga Aristizábal es un texto sólido y juiciosamente construido, palabra a palabra, gesto a gesto, imagen a imagen. Se trata de un análisis de las transformaciones en la definición y aplicación del deber de memoria del Estado a partir de la creación y elaboraciones del Grupo de Memoria Histórica. Indaga por el conflicto armado colombiano desde la perspectiva de una ciudadana que, enfrentada a la vida fuera del país, se interroga por una historia que, al igual que muchos colombianos y colombianas, vivió sin saberla y mucho menos comprenderla. Su involucramiento personal al abordar el tema, antes que una desventaja, le da todos los méritos al libro: no es una historia sucedida no se sabe dónde o no se sabe a quién, sino sucedida a ella, a su familia, a su región, a su país, y eso es algo que la autora descubre al escribirla, gracias a una búsqueda académica documentada, a una sensibilidad que se permite los matices y a un lenguaje fluido y certero que asume sus propias palabras.

Elsa Blair

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Marda Zuluaga Aristizábal

Marda Zuluaga Aristizábal

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¿Y cómo es posible
no saber tanto?

Fragmento

Como siempre, hay que tomar palabras prestadas para poder decir alguna cosa. No sé a qué se refería Pizarnik cuando escribió esas líneas*, pero a mí me resultan de una precisión pasmosa para “explicar” por qué yo, que estudié Psicología, terminé haciendo una maestría en Historia y Memoria y eligiendo como tema de tesis el discurso oficial sobre el conflicto armado colombiano. Desde que decidí viajar a Argentina e inscribirme en dicho posgrado tenía la idea de estudiar algo relacionado con la violencia, aunque partiendo de una perspectiva distinta: las creencias que la legitiman, específicamente en Medellín. Esa pregunta había surgido en el último de mis trabajos en la Facultad Nacional de Salud Pública de la Universidad de Antioquia, a raíz de una investigación que habían hecho allí y que mencionaba ese factor como uno de los determinantes de la situación de violencia que se volvió, hace mucho, permanente en la ciudad. Sin embargo, una vez en Argentina, comenzaron a surgir otras preguntas y en una clase en la que se dio una discusión sobre la posición del Estado colombiano frente al conflicto, empecé a tomar conciencia de que había muchas cosas que no sabía sobre él. Comenzó a parecerme inverosímil y vergonzoso que una persona como yo, descendiente de una familia de Granada (Antioquia) —donde han pasado cosas muy graves en relación con el conflicto armado— y que creció en Medellín durante la conmocionada década de los ochenta, supiera tan poco acerca del surgimiento y expansión del conflicto, de la historia del país, de las responsabilidades intrincadas y complejas que han permitido que alcance semejante magnitud y duración.

¿Por qué me enseñaron a los trancazos la historia de Colombia? ¿Por qué sólo albergaba en mi mente nombres vacíos que no me remitían a ninguna comprensión —la Patria Boba, la Guerra de los Mil Días, el Bogotazo, el Frente Nacional—? Comencé a sentir que me lo habían ocultado todo, que el Estado se conformaba con que cada quien, dependiendo de la región donde viviera, fuera testigo o víctima del pedazo de conflicto que allí operaba y que de historia supiera lo que alcanzaba a ver y poco más. Eso, obviamente, no era una certeza sino una intuición, una sensación que me incomodaba y me dolía, y de la que nació la pregunta por cuál ha sido el discurso oficial sobre el conflicto, el que nos ha llegado, el que se ha difundido más.

Como muchos profesionales formados en una Facultad de Ciencias Sociales de una universidad pública, desconfiaba de todo lo que viniera del Estado, lo miraba con sospecha, pero también por la misma formación que allí recibí quise emprender una búsqueda en la que los prejuicios no me aturdieran. El punto de alarma que me sonó un día en clase, muy al comienzo de la Maestría, tenía que ver con la Ley de Justicia y Paz y el hecho de que en ella se sustituyeran los principios internacionales de “verdad, justicia y reparación” por los muy cuestionados de “perdón y olvido” para poder continuar (una especie de borrón y cuenta nueva). Busqué el texto de la Ley y lo leí completo y, aunque muchas cosas en él me causaron molestia (como la negación del conflicto y la preponderancia que se le daba a los grupos armados ilegales por encima de las víctimas), hubo algo que me sorprendió: la creación de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR) y, dentro de ella, un área de Memoria Histórica. No tenía idea de que había un Grupo de Memoria Histórica (GMH) en el país, conformado durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, que llevaba ya varios años de labores y varios informes publicados. Pese a esta sorpresa —casi grata— volvió, esta vez con más fuerza, la misma pregunta: ¿y yo por qué no sabía que ese grupo existía? ¿Cómo era posible que una ciudadana medianamente “ilustrada” (o al menos educada), de clase media, cuya formación académica se dio íntegramente en el sistema público, no tuviera idea de que en el país sí había iniciativas (gubernamentales y no gubernamentales) que trabajaban por la memoria? ¿Todo eso pasaba a mis espaldas? ¿O era que yo se las había dado siempre y sólo tuve ojos para ver cuando me fui muy lejos y el conflicto ya no era mi pan de cada día?

La distancia, indudablemente, tuvo algo que ver. Vivir en un país cuyas convulsiones no pasan por grupos guerrilleros y paramilitares, y en una ciudad en la que, aunque hay inseguridad, no es común que se oigan tiroteos por las noches, me hizo percibir de manera distinta esa realidad en medio de la cual habité siempre. Toda la vida me dolieron los muertos, me pregunté por qué a tantos les resultaba aparentemente sencillo armarse y disparar contra otros, por qué algunos aplaudían a los encapuchados que cada tanto irrumpían con explosivos en la universidad; pero desde lejos todo comenzó a verse más nítido y terrible, a doler más, a desconsolarme a veces.

Dicho desconsuelo no podía ser simplemente un punto de llegada, y pronto se convirtió, por el contrario, en un aliciente para comenzar a explorar lo que el Grupo de Memoria Histórica había estado haciendo; indagación que hizo brotar nuevas preguntas y perplejidades y que terminó por convencerme de que era importante emprender un proyecto que me permitiera reunir en un solo lugar, de manera sencilla y coherente, lo que ha sido la historia de la confrontación armada en Colombia y, muy especialmente, las posiciones que ha asumido el Estado en cuanto a sus posibilidades de comprensión por parte de la sociedad.

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* “¿Y cómo es posible no saber tanto?” es la última línea del poema «En un otoño antiguo» de la escritora argentina Alejandra Pizarnik.

Fuente:

Zuluaga Aristizábal, Marda. ¿Y cómo es posible no saber tanto? – Tensiones y vicisitudes en la reconstrucción oficial de la memoria histórica del conflicto armado en Colombia. Editorial Eafit, Medellín, 2015.