Érase una vez… en Otraparte

Lecturas en voz
alta para niños de
todas las edades

Coordina: Mauricio Quintero
—Octubre 21 de 2018—

Origami

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Este será un espacio para leer juntos, para acercarnos a las palabras, al disfrute que ellas nos proporcionan desde siempre. Palabras que se trenzarán en poemas y cuentos para chicos y grandes, imágenes que saltarán por las ventanas hasta nuestros ojos, sensaciones de no tiempo y no lugar como en el paraíso de la infancia. Paladear los acentos, los ritmos y las desconocidas sonoridades que llevarán de la mano a nuestros niños (y a nosotros mismos) por paisajes e historias que de otro modo no habríamos soñado.

Se trata especialmente de abrir a los niños, en su experiencia cotidiana, un lugar para que no pierdan el asombro ni las preguntas, para cultivar su mirada y su sensibilidad, su percepción de la vida. Se trata de restituirles una región de la belleza y el sueño que en esta época de consumo y derroche tecnológico han empezado a perder.

La lectura y disfrutar el arte libremente será para ellos una experiencia enriquecedora que el tiempo, nuestra ciudad, nuestro país y la vida misma sabrán agradecer.

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En esta sesión contaremos con la participación de María Elena Valencia Uribe, bibliotecóloga pensionada y directora del taller de origami en la Ludoteca del INDER de San Marcos en Envigado. Se armarán figuras de papel con los niños según los personajes que aparezcan en las lecturas de los cuentos.

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El Principito

A León Werth

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños. Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada.

Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan). Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria:

A León Werth cuando era niño

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El pingüino que
quería vivir en la selva

Por Eva María Rodríguez

Había una vez un pingüino que vivía en el Polo Norte, pero cansado de pasar frío decidió irse a vivir a la selva.

—¡No digas tonterías! —le decía su familia.

—¿Qué vas a hacer tú en la selva, con el calor que hace? —le decían sus amigos.

Pero el pingüino era muy cabezota y tenía muy claro lo que quería.

—Mañana me iré —dijo—. Voy a dormir un poco para reponer fuerzas.

A la mañana siguiente, el pingüino se fue de polizón aprovechando que zarpaba un barco de científicos que habían estado estudiando las costumbres de los pingüinos en el Polo Norte.

Tardó mucho en llegar a la selva, pero lo consiguió. Y cuando llegó ya estaba medio muerto. Apenas había comido en los últimos días y estaba reseco.

En un último esfuerzo por sobrevivir, se metió en una charca a bañarse, pero el agua estaba tan caliente que el pingüino tuvo que salir en cuanto se metió.

—Tendré que comer algo —pensó el pingüino. Pero por allí no había nada que el pingüino pudiera comer.

De repente, el pingüino oyó un ruido aterrador. Miró y vio a lo lejos un animal a rayas que caminaba a cuatro patas y que tenía unos enormes bigotes.

—¿Qué es eso? —preguntó el pingüino.

—¡Corre, corre! —le gritó una lagartija que pasaba por allí—. ¡Es un tigre! ¡Y está hambriento! Vete antes de que te coja para la cena.

Pero los pingüinos son bastante lentos caminando. Era imposible que saliera de allí con vida. Entonces…

—¡Despierta, despierta, pájaro bobo! Si quieres irte tendrás que hacerlo ya. Hay un barco a punto de marcharse y podrás irte de polizón en él.

Era uno de sus amigos. No estaba de acuerdo con su decisión, pero, a pesar de ello, la respetaba.

—¿Sabes qué? —dijo el pingüino—. He cambiado de idea. Puede que esté harto de pasar frío, pero aquí tengo a mi familia, a mis amigos, tengo comida, agua y ya conozco todos los peligros a los que me expongo.

—Entonces, ¿te quedas? —preguntó su amigo.

—¡Me quedo!

Y así fue como el pingüino que quería vivir en la selva cambió de opinión. Desde entonces disfruta mucho más del frío, de los baños y de los peces que come.

Fuente:

Cuentoscortos.com

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