Club de Lectura

Yo leo

La melancolía de los feos

Coordina: Simón Tamayo
—16 de noviembre de 2021—

Portada del libro «La melancolía de los feos» de Mario Mendoza

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La iniciativa «Yo leo» pretende suscitar el amor por la lectura y el deseo de desarrollar competencias de análisis crítico frente a situaciones de la vida real. Este espacio para «compartir lecturas» será una oportunidad para conversar y pensar en el impacto que tienen las ideas de sus autores en la cotidianidad.

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Simón Tamayo es administrador de negocios y magíster en Mercadeo de la Universidad Eafit. Actualmente se desempeña como profesor de Mercadeo en la Universidad de Medellín y está convencido del poder de la lectura como hábito transformador de la ciudad, generador de arte y difusor de ideas. La lectura es la conexión con nuestro pasado, con nuestros valores y nuestra cultura.

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La melancolía de los feos

Mario Mendoza
~ 2016 ~

Firma de Mario Mendoza

En La melancolía de los feos dos amigos de infancia se comunican por medio de cartas, cuestionando sus vidas y liberándose de un pasado difícil. En esta correspondencia Mendoza discute sobre las implicaciones de la apariencia física y las inseguridades de las personas. Alfonso, el protagonista, padece una malformación congénita que le ha impedido desenvolverse sin preocupaciones en la sociedad. Y esto te hace reflexionar sobre la marginalidad, no desde una perspectiva material, sino estética. El concepto de melancolía en la historia me parece muy particular porque te encuentras a un Alfonso con un profundo temor a exponerse a los demás, un temor que lo aparta, pero que al final del libro le da la determinación y la fuerza para actuar. Es algo que me hace pensar en que la melancolía es un sentimiento devaluado actualmente y se encuentra bastante asociado a la depresión, a la enfermedad. Pero también es un estado creativo, pues nos hace mirar lo que somos y expresar lo que sentimos.

Simón Tamayo

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Mario Mendoza Zambrano

Mario Mendoza Zambrano

Mario Mendoza Zambrano (Bogotá, 1964) es escritor, catedrático y periodista, licenciado en Literatura Hispanoamericana de la Fundación José Ortega y Gasset Toledo y maestro en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana. Ha combinado su carrera literaria con la docencia y la colaboración en medios como la revista Bacánika y El Tiempo. En 2002 obtuvo el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral por su novela Satanás. Entre sus numerosas publicaciones se cuentan, además, La ciudad de los umbrales (1992), Scorpio City (1998), Relato de un asesino (2001), Cobro de sangre (2004), Los hombres invisibles (2007), Buda Blues (2009), La locura de nuestro tiempo (2010), Apocalipsis (2011), La importancia de morir a tiempo (2012), Lady Masacre (2013), La melancolía de los feos (2016), Diario del fin del mundo (2018), Akelarre (2019) y Bitácora del naufragio (2021).

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La melancolía de los feos

~ Fragmento ~

Por aquel entonces acababa de cumplir los treinta y nueve años de edad y tenía la vaga impresión de estar llegando al límite de algo, como si me estuviera acercando peligrosamente a una línea divisoria de la cual dependía por completo mi vida. Muchas veces, en un parque o en una cafetería, me llegaba de pronto esa sensación de estar acercándome a una zona oscura y tenebrosa cuyas trampas yo desconocía, pero que debía atravesar para poder continuar hacia adelante y, quizás, construir algún día un futuro, si no feliz, al menos razonable.

Había estudiado medicina en la Universidad Nacional y luego, con mucho esfuerzo y ahorrando dos pesos acá y trabajando por tres pesos allá, había logrado terminar mi especialización en psiquiatría. Desde muy joven tuve claro que la rama más atrasada y desconocida de mi profesión era aquella que se dedicaba a investigar el funcionamiento de la mente. Por un tiempo dudé entre neurología y psiquiatría, hasta que al final, gracias a un apoyo del instituto donde trabajaba desde hacía tres años, decidí empezar los estudios de psiquiatría en uno de los hospitales estatales.

La entrega a mis pacientes fue absoluta. Intentar descifrar los mecanismos internos que los atormentaban y desquiciaban se volvió, en muy poco tiempo, una obsesión. Descuidé otras instancias de mi vida privada en aras de buscar una perfección profesional. Por eso no me había casado ni había construido una familia todavía. Mis pacientes eran mi única realidad. Después, al graduarme, esa radicalidad, en lugar de disminuir y brindarme la posibilidad de relacionarme con una mujer, lo que hizo fue aislarme aún más hasta el punto de asfixiarme y de empezar a hacerme daño de verdad. Sabía muy bien que el amor excesivo a una vocación puede llegar a destruir la vida completa de un sujeto, pero por más que me esforzaba por escapar de esa celda que yo mismo había construido para mí, no lograba ni siquiera asomarme a los barrotes de la ventana.

Y ahora, con treinta y nueve años y unas primeras canas insinuándose en mi cabeza, en el bigote y en la barba, allí estaba, atrapado en mi propia profesión, yendo y viniendo de mi casa al hospital psiquiátrico de lunes a sábado y sin tomar vacaciones ni siquiera en la temporada navideña. Los domingos me quedaba en casa leyendo y tomando notas acerca de los progresos o retrocesos de mis pacientes.

Poco a poco se fue haciendo evidente que un hombre así, enterrado en un hospital oficial con un sueldo miserable y sumido hasta las narices en suicidas, depresivos y esquizofrénicos, no era muy atractivo que digamos para una mujer joven que soñaba con un futuro próspero y una familia triunfante.

Me fui acostumbrando entonces a tener una que otra amante entre las enfermeras con las que trabajaba, mujeres gentiles y cariñosas que por un tiempo aceptaban ir los sábados en la noche hasta mi casa, pedir a domicilio dos platos de comida china, acostarse conmigo y luego llamar un taxi que las llevara a su casa a descansar del trajín semanal. Con el paso de los meses, se aburrían conmigo y de mis conversaciones repetitivas acerca de mis pacientes, hasta que finalmente conseguían a otro médico o se relacionaban con cualquiera que sí lograra sacarlas del marasmo conventual de la rutina hospitalaria.

Ese era yo. No había nada de qué enorgullecerse. Un tipo con una vida mediocre y sin una salida a la vista. Recuerdo que justo por esos meses uno de mis pacientes bipolares me dijo:

—¿Sabe una cosa, doc? Yo lo veo a usted con esa bata blanca, caminando por los pasillos o sentado en su oficina escribiendo informes sobre nosotros, y la verdad es que no lo envidio para nada. No, señor. Al menos lo mío es pasajero y después salgo a vivir otra vez intensamente, al límite, porque al fin y al cabo para descansar tengo toda la eternidad. Y a veces, en la mitad de una carretera, con mi cacharro a toda velocidad, o en la mitad de un buen polvo, con una mujer desnuda entre mis brazos, me acuerdo de usted y me digo: «Pobre hombre, debe seguir allá metido y no sabe de lo que se está perdiendo». ¿Sí capta lo que le quiero decir?

Claro que lo captaba. No era imbécil. Yo mismo no hacía sino repetirme día tras día la misma idea, pero no sabía por dónde empezar ni cómo escaparía de esa trampa tejida con tanta laboriosidad.

Tal vez valga la pena aclarar que yo no había sido así desde la infancia. De niño y de joven había sido un joven audaz, precoz en la lectura, buen deportista, y mi decencia y mi porte me auguraban una vida tranquila de profesional de clase media. Durante la carrera había hecho amistad con una compañera brillante pero inestable emocionalmente: Inés Santamaría.

Habíamos entablado una amistad divertida con algo de sexo ocasional y, poco a poco, sin darnos cuenta, nos enamoramos a fondo hasta volvernos inseparables. El problema era que Inés tenía unos antecedentes por vía paterna terribles: depresivos y suicidas desde su abuelo, su padre y sus tíos, hasta sus primos más cercanos. Era como si un gen especial que los predisponía a la locura se hubiera esparcido por toda la familia, obligándolos a recluirse en instituciones psiquiátricas o a cortarse las venas cualquier tarde en medio de una crisis extrema.

Inés no escapó de ese destino macabro. Apenas cumplió los veintitrés años, empezó a sufrir de depresiones crónicas que la enterraban en casa de sus padres durante días enteros. Le costaba trabajo bañarse, arreglarse y salir a la calle. El mundo de afuera le parecía amenazante, difícil, como si la estuviera esperando una jauría de bestias para devorarla. De pasar tantos días sin lavarse la boca, sus dientes se llenaron de caries y perdió los dos colmillos y varias de las muelas traseras. Bajó de peso y dos ojeras muy marcadas le hirieron el rostro de mala manera. Las drogas que tomaba (Prozac, Zolof) no le hacían efecto y en cambio le destrozaron el estómago.

Recuerdo que una tarde, sentada en la cama de su cuarto, me dijo con una voz de ultratumba que era apenas un hilo:

—No sé qué sigues haciendo aquí, León. No entiendes que tu presencia, en lugar de reconfortarme, lo que me hace es más daño. Yo ya no tengo remedio. Me voy a morir y ya lo sé. Tú, en cambio, tienes toda la vida por delante. Así que te voy a pedir un favor: vete y no vuelvas más. Consíguete a otra novia y olvídate de mí. Hablo en serio. Si me quieres de verdad, no vuelvas más. Tu presencia es una tortura en este estado.

Como es apenas obvio, leí todo lo que estaba publicado sobre depresión, hablé con expertos, busqué salidas en tratamientos con los que hasta ahora se estaba experimentando, pero nada, el agujero negro que crecía y crecía en la mente de Inés se iba tragando su vida a pasos agigantados. Al final fue necesario recluirla en la clínica para inyectarle suero y vitaminas. Hasta que una noche el corazón no aguantó la debilidad y se detuvo súbitamente.

Intentaron revivirla, pero no pudieron hacer nada. Después de una muerte cerebral era peligroso seguir intentando una recuperación: podía quedar parapléjica, amnésica de por vida o conectada a unas máquinas como un zombie. Era mejor dejarla partir.

Su madre, después del entierro, me citó en su casa y me entregó una carta que ella me había escrito en los últimos días. Le agradecí el gesto, me despedí de ellos y, cuando llegué a mi casa, la abrí con una urgente ansiedad que me quitaba el aliento. Eran unos pocos renglones escritos con una caligrafía temblorosa, como si sostener el esfero hubiera sido un esfuerzo muy grande para ella. Decía así:

«Querido León:

No lamentes lo que ha sucedido. En este último tiempo, mi vida ha sido literalmente un infierno. Cada noche soñaba con no despertarme a la mañana siguiente. Tanto era el sufrimiento. Tú no alcanzas a imaginar lo que es una depresión clínica. Intentas salir de este estado, pero no puedes porque no tienes un “yo” dónde apoyarte. La voluntad no puedes ejercitarla porque el centro de tu identidad está desmoronado, agujereado. Así que lo mejor es morirte y no sufrir más. No lamentes nada, por favor. Esta enfermedad estaba en mi herencia, en mi código genético, y eso significa que durante generaciones mis ancestros fueron destruidos por ella. Más bien dedícate a rehacer tu vida, enamórate de nuevo, termina la carrera y procura ser muy feliz. Te lo mereces. Has sido un compañero maravilloso y solo quería darte las gracias por tu lealtad y por tus infinitos gestos de cariño. Gracias, León, de verdad gracias por quererme tanto. Te amará siempre, Inés».

Esa carta la cargué durante años en mi morral universitario y aún después, cuando ingresé a la especialización en psiquiatría. Me la sabía de memoria, pero necesitaba ver de nuevo esos trazos inseguros, dubitativos, y entonces la sacaba en la cafetería del hospital o en las horas de la noche antes de irme a dormir y pasaba mis dedos por esa página escrita con tanto cariño hacia mí. Imaginaba el esfuerzo tremendo que había tenido que hacer Inés para concentrarse y poder escribir unas líneas legibles. Era estremecedor imaginarla recostada en la cama de la clínica, con el esfero a punto de caerse de su mano una y otra vez, intentando dejar un último mensaje de gratitud y reconocimiento para la persona con la que había compartido su intimidad y sus afectos más sinceros.

Desde ese momento en adelante, mi vida se concentró por completo en mi profesión. Mi único objetivo era adentrarme cuanto antes en los enigmas psiquiátricos y dar con las claves de esas enfermedades entre las cuales estaba la que había aniquilado al único amor de mi vida. Como sucede con tantas personas que transfieren una situación a otra, yo también quise ayudar a Inés ayudando a mis pacientes. Lo cual, por supuesto, era un error de perspectiva tremendo. Transferir siempre es el origen de un sufrimiento que es fácil de evitar: solo basta con hacer consciente ese error de apreciación. Si hemos tenido un padre alcohólico, por ejemplo, lo más seguro es que después, en nuestras parejas, busquemos personas que necesitan ayuda y que estén pasando por alguna dificultad. Y entonces transferimos la situación: como no pudimos ayudar a nuestro padre a salir de su alcoholismo repetitivo, buscamos ayudar ahora a nuestra pareja, como si al salvarla estuviéramos salvando también al fantasma que está detrás. Error gravísimo. Lo más seguro es que no salvemos a nadie y que lo único que logremos sea nuestra propia destrucción.

Así, exactamente, me sucedió a mí: creí que ayudando a mis pacientes depresivos o esquizofrénicos estaba ayudando a Inés, salvándola, rescatándola de la muerte, cuando lo que en realidad estaba sucediendo era que mi vida se me estaba yendo por un agujero insondable: el agujero de la culpa y de un duelo mal elaborado. Y cuando empecé a tomar conciencia de la situación, ya estaba atrapado en una vida rutinaria y poco feliz, cercano a los cuarenta años y sin saber cómo recomponer las fichas de un juego en el que estaban a punto de darme un jaque mate.

Esa era mi vida cuando, de repente, una tarde la secretaria del pabellón de Cuidados Intensivos me entregó un sobre abultado.

—¿Qué es esto? —pregunté con cierto fastidio.

—No tengo ni idea, doctor. Lo dejaron aquí esta mañana, pero nadie sabe muy bien quién lo hizo. Ahí está su nombre escrito.

—¿Habrá sido algún paciente?

—Lo que le diga es mentira. Lo mejor es que lo abra, así saldrá de dudas.

Entré a mi oficina, me recosté en un sillón mientras afuera caía la tarde apaciblemente. No había remitente y solo estaba mi nombre completo (León Soler), escrito con una letra de trazo indeterminado e irregular. Abajo estaban las iniciales E.S.M. (en sus manos). Para cerrar, en el centro del sobre había un dibujo de una especie de roedor que sostenía un letrero que decía: Melencolia. No sabía si se trataba de un error en el que habían escrito una e por una a. Escribí la palabra en Google rápidamente. Era la palabra que había utilizado el artista alemán Durero en uno de sus más famosos grabados: La Melancolía.

No había nada más. Rasgué el sobre con cierto cuidado. Saqué unas veinte hojas escritas por ambos lados con una letra diminuta, la misma que había dibujado mi nombre en el sobre. Y desde el primer párrafo quedé atrapado por completo en esa narración delirante que vendría a recordarme un pasado que yo creía ya extinto. La transcribo sin cambiarle ni siquiera una coma.

Fuente:

Mendoza, Mario. La melancolía de los feos. Planeta Lector, Bogotá, 2016.

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