Los viajes de un maestro

Por Ángel Castaño Guzmán

Fernando González es una de esas figuras polémicas de la vida literaria nacional: unos lo consideran un maestro del pensamiento —entre ellos Gonzalo Arango, la cabeza de ese movimiento cultural de los setenta que se llamó a sí mismo nadaísmo— mientras otros lo ven como un simple predicador vitalista, más cercano del culebrero que del filósofo.

Lo cierto es que Fernando, además de escritor, ha inspirado momentos memorables de las letras colombianas: basta recordar el poema de José Manuel Arango y su inclusión con el nombre de Elías en La historia de Horacio, novela de Tomás González. Pasajes de Fernando González, selección y prólogo de Carolina Sanín, es el nuevo título de la bibliografía sobre el brujo de Otraparte.

En el prólogo del libro “Pasajes de Fernando González” usted señala que la lectura de la obra del pensador de Otraparte le dejó la sensación de estar frente a una persona que buscó la dignidad y la verdad al tiempo que se construía en su propio autor. ¿Qué significó esa lucha en la Colombia de esos años?

Fernando González, con su libertad de pensamiento y sus afinidades eclécticas, constituyó, efectivamente, una excepción en el contexto en el que vivió. Supongo que la libertad del espíritu de González y su individualidad explican que haya sido una generación posterior —la de los nadaístas— la que más dialogó con él. Sin embargo, esto no es del todo preciso. Hubo contemporáneos suyos que compartieron su búsqueda y su inquietud, como consta en su correspondencia con Estanislao Zuleta o con Andrés Ripol, por ejemplo.

¿A lo mejor, como en otros casos de la literatura, el legado de Gonzaléz esté más en su persona que en su obra literaria?

No, no creo que su legado esté más en su persona que en su obra literaria. Creo que, en el caso de un escritor auténtico, no es posible separar las dos. Fernando González es la persona que él construyó, es decir, es su obra literaria. En la antología y el trabajo crítico que he hecho, no me ocupo de los hechos biográficos ni de las anécdotas o los testimonios sobre él, pues no me interesan particularmente. Creo que la percepción que tenemos de este autor ha sufrido y se ha empobrecido, como sucede en tantos otros casos, por cuenta de la anecdotización.

Al señalar la posible relación de ciertos momentos del trabajo de González con el de Michel de Montaigne, ¿cree que ese carácter asistemático, de muchos intentos y pocos hallazgos, sea el responsable de que la academia universitaria, hasta el momento, poca atención le haya prestado al autor de “Viaje a pie”?

No creo que sea ‘asistemático’ —para usar el término por el que preguntas— el trabajo de Montaigne, en ningún caso. En algún punto de mi introducción relaciono la obra y la figura de González con la de Montaigne específicamente en cuanto a la articulación entre el intento por estudiar el carácter humano y el intento por dar cuenta de la propia experiencia. González, como Montaigne, escribe ensayos, ensaya —esto no implica ni falta de rigor ni falta de método, sino, precisamente, una investigación profunda del método—; estudia el mundo y la posibilidad de representarlo mientras que, al mismo tiempo, hace una autobiografía.

En cuanto a la poca atención de la academia, no diría, como sugieres, que se deba a que hay en la obra de González ‘pocos hallazgos’, pues lo que halla un ensayista no es otra cosa que los textos que compone. Quizás se deba a que se trata de un autor místico. Como digo en el libro, no es fácil —y quizás tampoco posible, ni deseable— transmitir o explicar lo que él dijo. En la academia el estudio de los autores místicos es excepcional, y esta circunstancia no es ni curiosa ni lamentable: quizás simplemente la búsqueda del místico está en la antípoda de la búsqueda académica de Platón en adelante.

Hay un fragmento de su prólogo en el que señala ciertos pasajes sexistas en la obra de González. ¿Cómo reaccionó una mujer del siglo XXI, con un doctorado en Yale, como usted, ante eso de que “la mujer, por sabia que sea, si no es madre no tiene vitalidad” o “que ninguna hermosa es bachillera”? ¿Imposibilita esto una lectura de las feministas de los textos de González?

Que tenga un título de doctorado es irrelevante. Lo que cuenta es cómo reacciona una mujer, con títulos o sin títulos, ante un texto misógino. La respuesta, en mi caso, es: estudiándolo, analizándolo, tratando de ver de qué es síntoma la misoginia. Con eso respondo negativamente a su pregunta de si la misoginia imposibilita la lectura de los textos de González por parte de una feminista. Copio el pasaje de la introducción del que procede la pregunta y que la responde:

“No quiero ser ingenua con respecto al sexismo de nuestro autor, por último. Fernando era un viejo verde, y de esa característica germinan buena parte de sus más ricas reflexiones. A pesar de que explícitamente se feminiza en algunos de sus pasajes más inspirados, en no pocas ocasiones hace de la mujer el término literal de metáforas inútiles y prejuiciosas y en juicios repartidos por toda su obra la simplifica y menosprecia. Dice que ‘es bella, perfecta, pero en cuanto mímica, plástica y muda. Cuando habla, es insoportable’; que ‘siempre, por inteligente que sea, por sabia que sea, si no es madre, si no tiene vitalidad maternal en potencia, su trato repugna y esteriliza a las almas masculinas’; que ‘ninguna hermosa es bachillera. Coincide el bachillerismo con la sequedad vital’, y que ‘es imposible encontrar el alma de las mujeres si no es en la cama’.

Habiendo sido contemporáneo de Simone de Beauvoir y habiendo nacido dos siglos después de la muerte de Juana Inés de la Cruz, excusar sus opiniones aduciendo la parroquialidad de su entorno sería tratarlo sin el respeto que merece. Termino esta presentación con la alegría de poder perdonarlo sin disculparlo, asumiendo el perdón no como consecuencia de la seguridad que tengo de desmentirlo ni como una concesión a la que me sienta obligada por el peso de cuanto encuentro verdadero en su obra, sino como una promesa de amistad y como la más alta prerrogativa que se puede conceder a un interlocutor, prerrogativa que buena parte de nuestra mejor literatura, gracias a su ignorancia, ha reservado para las lectoras”.

En “Pensamientos de un viejo”, escrito y publicado en la juventud de Fernando González, están presentes ciertos elementos de su escritura que con el tiempo se refinarán. ¿Qué lo hace, como usted dijo, un autor místico?

Lo que hace que González sea un autor místico es que escribió literatura mística: es decir, escribió el testimonio de una búsqueda de la experiencia de la divinidad.

Fuente:

Crónica del Quindío, jueves 3 de septiembre de 2015.