Revista Antioquia

Fernando González

1936 – 1945

Antioquia 9 / 1937

Dos sonetos de
Guillermo Valencia

A don Lucas Ochoa
(Después de leer su último
libro El Hermafrodita dormido)

Cuando voy al jardín donde las fieras
la dicha añoran del juncal perdido,
no me detengo ante el tropel vencido
de leones, chacales y panteras.

Me voy derecho al tigre: sus maneras
finas, su andar sutil, su distraído
soñar, la luz de su mirar perdido
fijan mi admiración horas enteras.

Llego; no mira y, al dejarlo, sigue
en abstracción; mi grito no consigue
turbar la indiferencia. (Su escultura

de ritmo voluptuoso me suspende)
Y es tanta mi obsesión, que no me ofende
la acritud que difunde su figura.

Esa elástica piel color de oro
que parten rayas de vivaz negrura;
ese desdén soberbio, en apostura
perenne de retrato y de decoro.

El áureo titilar de aquel tesoro
de ágatas en el ojo que fulgura
y el candor de la bárbara criatura
que pincha, hiere y mata sin desdoro;

esa sed de pasión; ese maullido
quejoso en gama sorda; ese gitano
porte, si salta y aun si está dormido;

son de beldad resumen soberano
que me impide aludir al atrevido
álcali que trasmina del pagano…

Guillermo Valencia
Río de Janeiro, abril 7 de 1933

— o o o —

Tres lamentaciones

A Guillermo Valencia, porque sólo él
es columna al morir mi ilustre suegro.

I. Un cadáver muy limpio

23 de junio de 1937. —Padezco un complejo de inferioridad; tan inverosímil es mi situación entre esta gente y estos sucesos, que hoy un muchacho me dio una palmada en el sombrero desde un automóvil que pasó a mi lado velozmente. En tres años de vivir en Colombia he llegado a sentirme casi nulo.

* * *

Hay un perrito que me espera por las mañanas en la puerta de mi quinta, para ir conmigo al café. Le doy una empanada. Se llama Tilín.

El arzobispo Cayzedo murió hace tres días. Hoy lo enterraron. Vi el cadáver: pequeñísimo; se fue casi todo él. No sabemos cómo es el postmortem, porque entonces se sale del espacio y el tiempo y todo conocimiento está en ellos. Olaya Herrera se pudrió todo. Me alegré mucho cuando me dijeron que hedía.

…………………………………………………………………………………

6 de julio de 1937. —A las 3 y 20 de la mañana murió Carlosé y con él murió mucho mío. Su enfermedad, agonía y muerte fueron horno en donde me consumí. Estoy atormentado.

* * *

Espíritu nobilísimo, envíame de eso que tenías; envíame ritmo.

* * *

Murió bellísimamente, tal como vivió.

* * *

Secura mens quasi juge convivium. —Murió Carlosé el 6 de julio de 1937, a las 3 y 20 de la mañana. Hacía fresco; lloviznaba; muy limpio: ni se orinó, ni se babeó, ni hizo gestos ni movimientos. Quedó muy buen mozo. Cuando llegué del balcón en donde acompañaba a Margarita, respiraba por la boca espaciadamente. Respiraría unas diez veces. No se supo cuándo terminó. No se estiró. Nada. Un cadáver que no daba la sensación de podredumbre. Es porque era flaco y no tenía remordimientos. Porque su esencia era no contradecirse; por eso careció en absoluto de la noción de remordimiento; compartía con Dios la propiedad de no dudar. Tenía en todos sus actos eso de la verdad desnuda: ¿inocencia o limpieza…? Jamás lo vimos dudar o retroceder. ¿Quién le oyó censurarse o quejarse?

Mi terror es porque él era mi bordón. Siempre me sentí inferior ante él, dominado por él, muy vil ante él. Este cadáver no puede ser opinado. Carlosé fue centro en el hogar, en las reuniones, en la patria, en su casa, en casa, en su alma y en mi alma. Y, cosa rara, que su cadáver sigue emanando seguridad, ¡como la verdad desnuda!

Yo no podré morir así. Margarita y todos los de casa sentían que «así era», cuando él decía cosas que yo había dicho. ¿Qué le ponía él a sus proposiciones? ¿De qué sustancia salían embadurnadas? ¿Estaría emparentado este hombre con la verdad desnuda?

En todo caso ¡qué limpio, cuán seco y bello su cadáver! Ni una baba, ni un hedor ni una descomposición en este cadáver del hombre que al morir me hizo sentir que yo sí me podriré todo, porque soy vana opinión, saco de remordimientos. Al morir él, yo soy el que me estoy pudriendo.

En todo caso, el mundo se compone de seres y opiniones y, como los seres son apariencia, todo es opinión. La belleza consiste en aquello que simula o participa de la seguridad.

Por ejemplo, la esencia de un entierro es el cadáver y el enterrador.

La causa de esta ceremonia es que el cadáver se pudre, hiede, asusta e incomoda.

Todo lo demás es circunstancia: el ataúd, las flores, los asistentes, los honores, lamentos, etc.

El ataúd es accidente del cadáver; es para cubrirlo mientras se le entierra y para que no se confunda con la tierra, para conservarle la individualidad. Una ilusión. En el invento del ataúd hay sólo sentimientos de los vivos: creen que el cadáver siente, que sigue sintiendo gusto por las comodidades, etc.

La moda domina la forma del ataúd.

En todo caso, el ataúd no es esencial; lo esencial es el muerto, que se pudre, que hiede y asusta. A muchos han enterrado sin ataúd y no hay entierro sin cadáver.

La bóveda o el hueco: su forma, etc., son accidentes. Lo esencial es tapar al muerto para que se descomponga ignorado. Lo esencial es enterrar un cadáver.

A mi querido suegro le sucedió que su cadáver quedó tan limpio y seco, tan parecido a él, que Margarita y yo no sentimos necesidad de enterrarlo. Esa fue una de las bellezas de su muerte, que quedó como vivo. Hay gente que se pudre, que se deshace en vida. Una vieja de Envigado agonizó durante ocho días, retorcida como anzuelo, con la cabeza entre los pies y gritaba: ¡Mama…! ¡Ma..ma! ¡Ma..mama…!

Olaya Herrera se pudrió todo, aun después de embalsamado. Murió arrepentido, desdiciéndose, renegando de su vida y de sus obras; engañó a mi ilustre suegro y comenzó a vender la patria… Y no es por censurar, pues yo estoy podrido desde que nací y mi alma está tan insegura, que grito: ¡Ma..mama…!

Esa gente que leía telegramas; no quisieron creernos a Margarita y a mí, que ese cadáver tan bello no necesitaba entierro: era como estrella muerta pero que aún irradia.

Los lamentos, opiniones, discursos, flores, honores, son accidentes del enterrador. Veamos:

Se entierra el cadáver porque se descompone. Los lamentos vienen de la misma causa; las opiniones, ídem. Estas son vulgaridades acerca de la brevedad de la vida, lo efímero de los placeres, etc.

Los discursos proceden de lo mismo y contienen vana opinión.

Las flores son para simular vida, para cubrir la podre.

Las mujeres opinan, generalmente echadas por ahí en las camas, manoseándose unas a otras, moqueando y hediendo, pues no se han bañado hace días y las mujeres casi siempre se pudren todas porque son apariencia engañosa.

Margarita y yo no quisimos enterrar ese cadáver, porque era una estrella muerta, pero que irradiaba; queríamos enterrarnos nosotros, enterrarme a mí, porque hiedo como la opinión. Pero no quisieron; querían flores, caja, telegramas para ese cadáver que estaba vivo en medio de los muertos. ¡Estrella titilante en esta patria muerta!

Hay quienes son grande de suyo y quienes por libro. Los demás son el homínido.

Desde niño supe que de mí no emanaba virtud, es decir, que no era conjunto de maneras e instintos, sino un anárquico. La personalidad o grandeza consiste en la sinergia, en organización de facultades e instintos.

Por ese conocimiento, resolví desdoblarme y ser grande por nota.

Hay un ser que va detrás de mí, viéndome actuar, criticando y dirigiéndome; se llama Jacinto, hombre carón y vital, tanto, que no lo enterrarán los hombres de telegramas y de oraciones fúnebres. ¡Vayan a opinar a sus madres, a erectarse sobre los féretros de sus madres!

Y tengo libretas donde anoto el modo como debo obrar en cada circunstancia. Me insultan, por ejemplo: abro el libro y consulto cómo debo reaccionar.

Así es como he llegado a simular al hombre que no se pudre, al hombre enamorado, al que no robó a la patria.

Mi suegro era grande de suyo, sin remordimientos, organización creada por labor milenaria de una familia virtuosa.

Él y yo nos encontramos y nos amamos. Pero yo sufrí mucho, porque su personalidad natural dominaba a la mía, que era de notas. Él era en esto de la virtud, de la personalidad, respecto a mí, como lo es un poeta nato a un poeta de diccionario de la rima. Él reaccionaba con inocencia y con mucha emanación de dominio, inconscientemente, así como perfuma la rosa, y yo no reacciono heroicamente, sino mediante consulta de mi libreta. Era manantial. En toda circunstancia mi suegro era el centro y yo un ser alocado. Mis hijos y yo sentíamos que él era la columna; a mí me miran y yo me siento como fantasma de columna, estafador de la seguridad. Mil veces todos dijeron que las opiniones suyas eran la verdad y yo sabía que yo había expuesto antes esas mismas opiniones. ¿Por qué sucedía así? Porque de él salían como balas de cañón y bañadas en gracia vital, y de mí, indirectamente, desde mi cuaderno.

¿Quién puede robarse la grandeza? ¿Qué gigante podrá escalar el cielo y violentar a eso que se llama gracia vital?

* * *

7 de julio. —Pero hay un modo para ser grande, divino: la sinceridad; no temer; cumplir con aquello que se nos aparece como la verdad. ¡Música…! ¡Música…! Acorde el interior con los actos. Hay que ser músicos. Siento necesidad de ir donde Guillermo Valencia. Carlosé me dijo que obedecía a su conciencia sin atender a si se quedaría solo; me lo dijo cuando lo traicionó Olaya Herrera.

* * *

Su espíritu me estimula a ponerme a paz y salvo en aquellas cosillas que me atormentan.

* * *

¡Jamás hubo un contraste tan grande ente el muerto y los accidentes del entierro!

Como siempre, cumplió su papel perfectamente; como siempre, fue insuperable durante enfermedad, agonía y relajación final; su alma no se descompuso, porque no tenía remordimientos; su cadáver quedó insuperable. Suprema es la belleza de una agonía limpia, sin llamadas, sin reproches ni encargos: así, es como una coronación o como la salida ordenada de una fiesta. Lo que dependió de él en esa representación final, ni careció ni abundó.

¡Pero qué disonancia en los accidentes de la otra parte! Ya dije que la esencia son el cadáver y el enterrador y que flores, lamentaciones, opiniones, ataúd y discursos son accidentes de la gente que nos entierra. En Colombia no hay enterrador que consuene con un cadáver limpio. Aquí no hay música.

Sobre todo, suprema disonancia de unas mujeres que fueron a reír y que también lloraban, inducidas. ¡Una mujer que reía y que devoraba, toda paladar y accesorios, boca de la carne, tuétano de la carne!

¡Qué disonancia el telegrama de ese hombre que preside en Bogotá, rata de Colombia!

¡Llevar este cadáver al salón de asambleas, en donde han opinado esos…!

¡Y cuatro ministros aquí! ¡El Pumarejo aquí!

Cuando iban con el ataúd, un hombrecillo, pero gigantesco, pasó corriendo menudamente para coger el primer puesto y de un nalgazo me arrojó lejos del cadáver: era Alfonso Araújo. Así fue como yo no fui enterrador.

Los jesuitas sí saben enterrar. No hay flores, porque el jesuita muerto es una flor. Van a pie los ignacios, porque el jesuita muerto ya no se apresura: comprende. No hay automóviles. No lloran ni ríen y, sobre todo, no hay mujeres que se manosean echadas en las camas, que se inducen, emanando opiniones. No hay mujeres que comen y que a un mismo tiempo ríen, lloran y se manosean, consolándose. Como en todo, es el jesuita quien posee la noción de enterrar; parece, cuando llevan un cadáver, que llevaran a guardar un vestido inútil ya.

Así era el cadáver de mi suegro: era su casa vacía; era su forma en que se representó su espíritu; era una custodia sin hostia.

Un periodista bogotano andaba retratando gente para publicarla en periódicos y todos los que vinieron de la capital se afanaban para quedar ahí. No hay enterrador; dos muertos ha habido para bellos entierros, pero no hubo enterradores.

Un desdentado se acercó a preguntarme anécdotas para una necrología exitosa. ¡Vaya donde otro, que yo no soy el enterrador!

¡Jamás he visto gente tan pequeña trepada sobre un cadáver tan hermoso! Sobre todo, cuando los dos ministros decían sus discursos, subidos sobre el ataúd, comprendí que el enterrador sólo pensaba en robarle luz al muerto; que el contraste consistía en que el muerto iluminó e iluminaba a estos homínidos.

Cuando respiró las últimas veces, en un gran silencio, vi que un hombre alto y fornido miraba al agonizante y lloraba; apenas acabó, este hombre, nerviosamente, movió el brazo derecho, diciéndole adiós con la mano. Esto fue bellísimo. Era Gonzalo Mejía: el hombre exuberante amaba al hombre enjuto.

* * *

Su muerte fue lección: que hay un modo de vivir en que la muerte es accidente. Cuán ancha era su presencia: jamás le oí quejas; cuando comenzó a perder la vista, a causa de cataratas, se le aumentó el amor por la posesión visual; lo veíamos ocupado en mirar los variados verdes de este valle y las figuras que pasaban, enamorado. Pero no se quejaba.

* * *

¡Grande espíritu, envíame serenidad!

II. Un cadáver sin enterrar

19 de febrero de 1937. —Ayer, a las siete y media, hora bogotana, murió en Roma Enrique Olaya Herrera. La noticia repentina hizo un caos de mi estado mental, en el cual sólo distinguía lo siguiente, repetido, repetido como un verso obsesionante: Era bueno…, como todos los muertos.

Ley: Todo muerto fue bueno y todo vivo es malo. Esto es indudable en psicología humana.

Razón de ello: porque los muertos ya no hacen competencia y porque los vivos la hacen.

En todo caso, aquí estoy bajo el sol, calentándome y pensando; inquiriendo por qué este muerto ha mejorado mis sentimientos. ¿Por qué los enemigos que se pudren, dejan de serlo? Porque no nos limitan; el hombre cuyos enemigos desaparecen, se agranda, se hace bueno.

* * *

Todos se quitan el sombrero apenas pasan con un cadáver; dizque es regla de urbanidad; la causa es el miedo que le tiene el hombre a la muerte.

En esto que dicen de los muertos: «era bueno», etc., los hombres lloran por sí mismos, lloran a sus futuros cadáveres. Es de nosotros mismos de quienes tales cosas afirmamos.

En todo caso, Olaya era un lindero de mi personalidad. Me hace falta y anoche estuve triste. En el fondo, lo que hay es que me gustó que hubiera muerto, pero también me entristecí. Era astuto, inteligente y amaba las formas. Tenía magnetismo femenino y muy bella la voz. Era una persona, y aquí hay muy pocas. Nos quedamos con ese residuo de alcohol de Alfonso López. Por eso, ni me fastidió la frase que le oí a un negro borracho, en el parque de Berrío: «¿Para qué vivir, para qué vida, si ya murió Olaya Herrera?».

20 de febrero. —Anteayer, Quijada, el viejo setentón que lleva el guión en las procesiones, orejón, ojiasustado, el que fue alcalde y que casó a La Moda con el viejecito, venía en el tranvía molestando a dos escueleras de trece años. Las tocaba disimuladamente y se adivinaba en él al cobarde sátiro. Where do we go, dear God? Y parece que eso es natural en los ancianos: perseguir a la juventud. ¿No será el mismo impulso que lo hace portador del guión en las procesiones del Santísimo?

También observé anteayer que todos se alegraban por la muerte de Olaya. Había gente triste, pero vi que era porque sus enemigos estaban contentos. Todos lamentaban el suceso, pero detrás de actos y palabras había muchos sentimientos inconfesables. Detrás de la hermosa tapa del ataúd hay siempre algo que hiede, oculto según los principios de la urbanidad. ¡Pero si no es feo! Es sencillamente la competencia vital.

Muchos me preguntaron qué opinaba de esa muerte. Lo hacían para que me contradijera o para que hablara mal de un muerto.

¿Ignoran que, por sobre todo, anhelo el conocimiento? ¿Soy, por ventura, necróforo? ¿Soy gusano, para ponerme a comer cadáver? Somos malignos, a causa de la competencia vital.

En resumen, el sentimiento causado por la muerte de Olaya era compuesto. No hay sentimientos simples. Nos alegrábamos: primero: porque desaparecía un competidor, segundo: porque al sufrir y morir vimos que él tampoco era del todo feliz; era igual a nosotros, etc. Nos entristecíamos: porque desapareció el que azotaba a nuestros enemigos; porque nos recordó que moriremos y todo lo dejaremos y porque al desaparecer un hombre hay un desequilibrio, se pierde el statu quo. Nos hace falta el que nos servía de lindero. Huimos de todo desequilibrio.

* * *

Los que escribimos acerca de muertos, alabando o poniendo peros, desocupamos el alma sobre los cadáveres. Somos necróforos. Tenemos todos los instintos de la escala zoológica: The worm striving to be man… Emerson.

* * *

Contemplando al hombre desapasionadamente, se me ha ocurrido que cuando muere, los dioses lo reciben con sonrisa indulgente, por malo que les haya parecido a sus semejantes, pues el hombre apenas si es un mono más gesticulante, y un gusano más sucio y un necróforo que come cadáver con vergüenza. Es decir, es animal avergonzado. ¿Por qué iban los dioses a recibir airadamente a Olayita porque le gustara que le dijeran excelencia, y hablar en inglés y torcer la cabeza? Si allá se van a poner a averiguar si Laureano tenía razón al insultar a Olaya, y si fue mala la venta de las petroleras y si hizo mal en traerme de Marsella…, pues entonces allá también es Colombia. Y así ¿para qué todo, inclusa la cruel y fea agonía?

* * *

Me hace falta Olaya. Me limitaba; era lindero de ese sentimiento resumen a que llamamos «yo». Era para mí como parte de la vasija que determina al contenido: quitada, se derrama.

Estos hombres «importantes» contribuyen en cada país a determinar la personalidad de cada ciudadano y la de los grupos sociales. Así, conservatismo, liberalismo, etc., todos estamos desequilibrados con su muerte.

* * *

Mi finalidad única elegida es el conocimiento y, así, bregaré por no engañarme respecto de mis sentimientos por la muerte de Olaya.

En primer lugar, cuando creí que se aliviaría, noté cierta tristeza en mí. Apenas murió, me entristecí y me pareció que era hasta bueno. Desde su muerte estoy aterrado con la mía y con mis sentimientos. Sobre todo, me duele que de pronto vaya y yo me hubiera equivocado y que él hubiera tenido ideales. Hasta ahora, eso es lo que puedo leer en mí.

Tan terrible crisis es la muerte respecto de la apreciación, que me pregunto: Apenas muera Alfonso López ¿me parecerá también bueno? ¡Carajo si la muerte es purificadora!

Eduardo Santos

La Razón dice que varias veces ha desechado el sacrificio de ser presidente.

El Espectador lo candidatizó al otro día de muerto Olaya. El Espectador es suyo.

Ricardo Uribe Escobar le dice en telegrama: «Espero que continúes el sacrificio de nuestro Olaya, siendo tú presidente».

Eduardo Santos será presidente 1938 1942: a) Porque es dueño del trust de la opinión, Tiempo-Espectador; b) Porque es habilísimo en las artes del mayor Santander, es decir, representativo de Colombia.

Fernando González

Está triste porque el presidente será Eduardo Santos y así no tendrá honores: ni sus libros serán leídos ni volverá a Marsella; porque murió Olaya y porque el orejón Quijada (80 años) lleva el guión en las procesiones y en el tranvía brega por manosear a las muchachas. Creo que en Quijada odia el miedo a la muerte y a la pérdida de la juventud.

* * *

No me quiero engañar, aunque la verdad sea asquerosa en mis sentimientos y en los de mis amigos.

¿Quién será el presidente? Eduardo Santos: trust Tiempo-Espectador; inteligencia de seminarista, encarnación de Colombia.

¿Uribe Echeverri? Su única fuerza es monseñor González, demasiado juvenil y femenino; los González no son políticos; degeneran muy pronto; gente muy vieja.

¿Gabriel Turbay? Este me gustaría. Tiene lo que más vale en el hombre, el control, capacidad de proponerse un fin y de sacrificar a él sus gustos, sus pasiones laterales. Es ambición de poder servida por un organismo.

¿Echandía? A causa de ser candidatura oficial, la pelea será entre él y Santos, pero se retirará, mediante promesas. Quien haya colaborado con Alfonso López y que sea apoyado por él, no será presidente de Colombia.

Fernando González no está con nadie, no es copartidario de nadie. Es anarquista ex-sanguine. Ni siquiera su mujer e hijos piensan ni sienten como él; ni siquiera sus ropas se someten: los sombreros se tuercen y los papeles y libros se desordenan. Es anarquista hasta en el modo de amar. Fernando González no puede esperar nada, absolutamente nada, de la sociedad. Para ésta es un pereque. Todo lo social, el amancebamiento, le está vedado ex-sanguine.

Muchas veces ha querido F. G. asociarse y no ha podido; es como si alguien se lo impidiera. No ha podido conseguir un amigo que le dure. Y no es por honradez, como dicen, pues quisiera simular y ser amado, pero no puede. No se siente bien si no es solo y en la anarquía. F. G. está perdido para el «éxito» desde que lo parieron cabezón pero infiel.

Pero es que la «fidelidad» es renunciar a sí mismo, en aras de un muerto: amor, opinión, amistad, etc. ¿Cómo podría F. G. ser «fiel», si la verdad es redonda, y se resbala? ¿Cómo permanecer años y años repitiendo una opinión? Hay gentes que son como las piedras, que como las pusieron así mueren. Son muertos, cascarones en medio del flujo de la vida. Y Benicio, mi abuelo, dijo que el hombre es cagajón agua abajo. ¿Cómo amar mi triste personalidad? Uno a quien conozco mucho, un grande hombre a quien envidio, cree que la verdad es lo que él va diciendo desde que estaba mamando y se enoja si la vida no se parece a sus opiniones; cree que tiene la verdad guardada entre los calzones, así como esta muchacha que encuentro diariamente, y que camina como si llevara la custodia y lo que lleva son tetas.

* * *

22 de febrero de 1937. —Este cadáver de Olaya me está pudriendo a mí. No tengo ya ninguna ambición social. Vivir sano, contento, positivo, egocéntrico. Este cadáver de Olaya se va a quedar insepulto. No escribiré más para publicar.

23 de febrero de 1937. —Martel, al año y cinco meses, comenzó a irse de casa por las noches, en busca de perras. Parece que no supiera que «aquel cadáver» hiede, está insepulto.

Para escribir un librito bueno, como Viaje a pie, es preciso limitarse, haciendo previamente un cuadro sinóptico: lo mismo que para triunfar socialmente: hay que sa-cri-fi-car-se.

* * *

Hay que ser muy prudente cuando se envejece, pues ya la belleza juvenil no nos hace perdonar las ofensas que causemos. Si no me hago prudente, me aplastarán; mis enemigos están triunfando.

No debo escribir: soy inactual.

III. El cadáver de mi amigo

23 de mayo de 1937. —Ayer enterraron a Olaya, los restos traídos de Roma. Un espectáculo de pueblo clueco. El cadáver dizque hedía, se salía a través de las tres cajas; consuenan ese cadáver y este pueblo.

Anoche, después de quince días de enfermedad, murió Martel al pie de la columna izquierda de la portada. Ahí lo está enterrando Manuel, ahí mismo. La finca se llamará Martelia.

Tengo angustia por la muerte de Martel. Desde aquí, sentado en el corredor, alcanzo a ver su tumba. Me parece que ahí estará, cuidando mi hogar.

* * *

24 de mayo de 1937. —Gran sentimiento de soledad con la muerte de Martel. No siento a Dios (eternidad).

* * *

Manuel le hizo a Martel una tumba muy bella, un hueco como el de los indios, con su cabecera para poner recuerdos y alimentos. Dice Manuel que al enterrar mujeres la tierra sobra y que, cuando son hombres, falta. También dice que vio un espíritu, y que no tenía piernas sino busto y que era de un metro. Se movía como flotando y él no se asustó sino cuando el espíritu desapareció.

* * *

No; no soy derechista ni izquierdista, esto o aquello; no soy amancebado. Soy F. G.

* * *

Hay honrados por hábito, y los hay por miedo, y por prejuicios, y por conveniencia, etc. No es gracia ser honrado, ni vituperable ser ladrón. Todo es explicable.

* * *

Tengo vergüenza de ser echandísta. ¡Fue ese maldito cadáver de Olaya! Como se querían trepar sobre él…

* * *

Murió arrepentido, gimiendo, como el mayor Santander. Hay un modo de vivir en que uno se apaga bendiciendo, como los jesuitas y como murió Juliano: vivir sinceramente, sin miedo, pegado a la voz interior. Pero todos estos Santanderes dejan un cadáver que es como un culero. ¡Cómo irá a ser el de Alfonso López! ¡Oh puto, puto y qué hedor que va a tener!

* * *

Desde las muertes de Martel y Olaya ando bajo fuerzas enemigas, muy asustado. Mejor que la salud no hay nada. Salud, egoencia y dinero.

Lo cierto del caso es que me ganan los colombianos. Soy anarquista universitario.

A Martel dizque fue un chofer que le pasó el carro por encima. Estuvo diez días sin comer.

Compré por $3,20 otro perrito, delgaducho, y en casa no lo quieren; lo puse Aquileo, en recuerdo de este amigo astuto, pero en casa lo llaman Chucha Negra (Chuchanel). Don Tilín, el perrito que regalé, iba a cuidar la casa, apenas murió Martel (eran amigos), y apenas compré a Chuchanel no volvió. ¿Se enojaría?

No tengo ni he tenido amigos; sólo he tenido perros en calidad de amigos; ellos me han causado mucho bienestar. Del hombre me separa una muralla: ¡es tan astuta su inteligencia!

* * *

Ayer me dijo Jorge de Hoyos que unos señores de Bogotá deseaban hablar conmigo, porque iban a publicar un libro sobre España izquierdista. Le contesté: «No quiero ver hombres de la ciudad del cadáver; soy anarquista y jesuita».

En realidad ¿qué alegría buscar sino dentro de mí? ¿A quién, sino a mí mismo? ¿De quién esperar sino de mí mismo? Nacemos y morimos solos. Lo demás es vanidad del enterrador y del partero.

Epílogo

El espíritu de mi suegro me hace mucho bien; me incita a vivir de manera que sienta que no hay muerte. Los muertos cagados, arrepentidos, es porque eran el tiempo. Enfermedad, preagonía, agonía y cadáver son la piedra de toque de la existencia que tuvimos. Mi suegro era virtuoso a lo griego: ahí están su agonía y cadáver, serenos, si lo dudáis.

El otro, ése que lo traicionó, ése que le amargó los últimos años, se sale de las tres cajas, a pesar de embalsamado.

Y Martel era tan inocente que por allá debe estar saliéndose por las noches, del cielo, en busca de perras, pues él ni se da cuenta de que «aquel cadáver» está hediendo en Bogotá. A mí me hace casto.

Fin

— o o o —

Esbozo de
sociología colombiana [I]

Introducción

Voy a bregar por hacer, en pequeños capítulos, un cursito de sociología colombiana al alcance de todos los bolsillos y de todas las inteligencias.

Hasta hoy, los que se han ocupado en nuestra patria de estos temas lo han hecho de un modo muy profundo, quiero decir, que uno se duerme; parece que los que leen mucho se envenenan y adquieren la virtud narcótica; y como yo no leo, sino que oigo lo que cuenta mi mujer y camino mucho, me ha parecido que podía ocuparme útilmente de esta ciencia tan nueva, de un modo desfachatado; a los que no somos eruditos suele ayudarnos esa gracia del Espíritu Santo, que se llama desfachatez.

El atrevimiento no es nuevo sino en cuanto al tema, pues he visto que los yanquis hacen cursos periodísticos de idiomas, embellecimiento, etc.; parece que América esté llamada a muchas novedades.

Entiendo por sociología colombiana la descripción y explicación de los modos de manifestarse nuestra patria.

Tiene dos partes, descriptiva y explicativa.

Para la primera usaremos de la observación y de la documentación histórica; la segunda se lleva a cabo mediante el razonamiento inductivo.

Su finalidad es averiguar qué leyes han determinado la vida colombiana, para prever y profetizar; es pues la ciencia de los profetas, pero que profetizan como el loco que le dice al tranvía que se detenga cuando ya se está deteniendo, pues esta ciencia es una niña, prometedora eso sí y que a la larga nos dará muchos Elías… El sujeto de esta ciencia es muy complejo; las reacciones de las sociedades son fenómenos tan esquivos como los fantasmas.

En todo caso, un buen tratado de sociología colombiana, de que soy incapaz, consistiría en descripción clara y emotiva de los modos como reacciona y vive nuestra patria, de manera que el que viniera a Colombia a negociar, por ejemplo, supiera, al leerlo, cómo debía conducirse para conseguir sus fines, y el que deseara ser conductor, supiera cómo debe ponerles el efecto a las bolas de este billar, etc.

Sociología colombiana es, en resumen, la psicología de nuestra sociedad. Sin el adjetivo, es el estudio de los modos de nacer y reaccionar comunes a todas las sociedades humanas.

Espero que mi estudio sirva en algo para que los políticos disminuyan el azar en sus jugadas; para que los inmigrantes digan al llegar a Puerto Colombia: «Ya conozco algo esta gente»; para que advenga el gran mulato que esperamos y para que los nuevos periodistas profeticen como Alejandro López, que es nuestro Elías, pero a quien no se llevarán para el cielo unos caballos enteros en un carro ígneo, sino para los infiernos, porque es liberal… A él, al sabio maestro, tribútole aquí un homenaje. Comencemos.

I. Reacciones exageradas y efímeras – Presentismo

El colombiano es:

De reacciones a la enemiga

Así como el día y la noche se oponen aquí bruscamente, sin ese prolongado abrazo que se dan en Europa, en donde el día se va muriendo de puro gusto, el colombiano vive en los contrarios, a la enemiga: «hombre bueno» y «hombre malo».

Presentista

Entiendo por tal, aquél en quien la impresión del instante ocupa todo el yo.

En los hombres cultos, en los pueblos ya definidos biológicamente, las impresiones que se van sucediendo son asimiladas por la personalidad, la cual las armoniza con el complejo a que llamamos el yo. Este se enriquece, va apropiándose el universo, unificando la varia apariencia y llega así al verdadero comunismo, estado de culminación de la conciencia, en que no existe el «tuyo» ni el «enemigo».

En los pueblos en formación, como el nuestro, no pueden comprender que comunismo es un estado de conciencia en que sentimos que todo el universo es nuestro, porque el yo posee todas las doctrinas, vive todos los aspectos y ama a todos los seres.

El colombiano está muy remoto del estado de conciencia comunista o cósmico. Cuando oye la palabra comunismo, entiende sólo expropiación.

El hombre primitivo necesita de la escritura pública para amar los bienes terrenos, del cerco de púas, para emocionarse con árboles y animales y de la partida de matrimonio y de nacimiento, para amar y respetar a la mujer y a los niños. El presentista vive únicamente su instante, su odio, su gana de ahora: es un epifenómeno.

De ahí la importancia que tiene en sociología el concienciómetro, de que por primera vez hablé en Mi Simón Bolívar.

El destino humano es el engrandecimiento de la conciencia, la extensión del sentimiento de propiedad, universalizarse. Y eso es comunismo; el futuro humano es comunista, no habrá cosas ajenas, cerco ni enemigo; el hombre será «el hijo de Dios». Así, Rusia no es comunista sino en Dostoievski y Tolstoi; en Lenin vive a la enemiga: es propietaria de un lote únicamente.

Ejemplo: mientras más culto un pueblo, más comunista de hecho: allí los hombres gozan y respetan los parques, bosques y aguas, como a su propiedad; a los niños, como a sus propios hijos y a las ideas ajenas como si las hubieran dado a luz. Estos son indicios de comunismo. El primitivo mata la vaca «ajena» que invade su predio, daña las flores de los parques y ensucia el agua que cree que no ha de beber. Tan presentista o primitivo es el colombiano, que, por ejemplo, hoy tenemos este fenómeno desagradable de que los jóvenes que leen algo acerca de Mussolini o de Stalin, desaparecen y se convierten en caricaturas gesticulantes del Duce o del otro, según el ritmo. Claro que en todo el mundo juegan las leyes del contagio emotivo y de la imitación, pero los cultos asimilan y en Colombia y toda Suramérica hacen gestos únicamente, gestos que no tienen raíces en la personalidad.

A causa de este periodo biológico presentista en que vivimos, resulta que el colombiano es variable y que no se puede confiar en él.

El presentista es simiesco: exagera y es inconstante. De ahí la exactitud de esta frase: «En Colombia nadie se desacredita bien desacreditado».

Experiencias para comprobar el estado presentista del colombiano: yendo con un amigo, decirle repentinamente: «¡Mira, chico, a esa pobre mujer, ahí, en la esquina, con sus hijos hambrientos…!», etc. El colombiano tendrá un verdadero ataque de compasión, querrá socorrerla y dirá: «Estos gobiernos tan malos, tan ladrones; estos ricos avarientos…!», etc. Inmediatamente digámosle. «Pero mira, ella nos engaña…; lo he visto en sus ojos…; saca a los hijitos esqueléticos, para ablandarnos… y me han dicho que no son hijos suyos, que los consigue en préstamo para ejercer con ellos su industria de la compasión». El colombiano presentista exclamará entonces: «¡Sí, hombre…! ¡Es una corrompida! Lo que decía Nietzsche, que la compasión es una cochinería», etc.

Se puede observar en nuestro Congreso el caso frecuente de que «prueben» que fulano es «ladrón», y entonces congresistas y barras desean «matar» al «acusado convicto». Al día siguiente habla «el ladrón» y todos lloran y abrazan «al hombre más grande de Colombia».

Repetimos que la imitación o contagio emotivo es juego normal en el hombre y que por medio de él progresamos en el conocimiento y nos universalizamos; que se le da el nombre de presentismo cuando el contagio emotivo es anormal, cuando la emoción presente mata la personalidad; que la moda es fenómeno normal de contagio; que en los pueblos adelantados psíquicamente lo novedoso se asimila a la personalidad, mientras que en Suramérica se trata de algo primitivo, propio de pueblos que están muy bajos en conciencia: lo novedoso se coloca encima del yo, tapándolo y sin injertarse. Por ejemplo, jóvenes que indudablemente podían ser una promesa, bajo la dirección de buenos maestros, están completamente tapados por el general Franco y por Mussolini. Mucha lástima, pues creo que tienen algo por dentro; con un buen maestro, no morirían vírgenes, triste fin que los amenaza. Desde 1928 dije que en Colombia todos morían así, que nadie se autoexpresaba.

II. El colombiano aborrece mucho, pero de lejos y escribiendo editoriales; de cerca es manso – «Grandes hombres incomprendidos» – Niños con pelos e instinto de gobernar

El colombiano parece que aborreciera mucho, y así lo escribe, pero basta acercársele, darle unas palmaditas en el hombro y entonces ama. Por eso, es aconsejable aquí el método amoroso; mucho de la tragedia bolivariana se debió a ciertas inhibiciones que tenía el Libertador para este método; el Gran Mulato lo usará.

El extranjero desprevenido que llegue a nuestras puertas y que lea los periódicos, creerá que por aquí el principal oficio es matar gente, y a los pocos días comprenderá su error y anotará en su libreta: es pueblo derramado en el habla y en la escritura, pero amoroso.

Este derrame se manifiesta también en los otros instintos, elementales: una «miss», por ejemplo, cuando desembarca en Puerto Colombia y ve cómo la miran de lejos, que parece que unas fieras la quisieran devorar, y oye lo que murmuran los transeúntes, también de lejos, se ilusiona; pero luego apuntará en su libreta: es gente derramada.

Humboldt apuntó en las suyas: son prometedores, inconstantes, etc.

¿Las causas? No; los sociólogos no decimos que el padre, por ejemplo, sea causa del hijo, sino que éste es una evolución de aquél: Claudio Bernard dice acertadamente que no hay causa sino transformación de fenómenos en condiciones determinadas. Toda ciencia es descriptiva de biología de fenómenos y la nuestra es descripción del hombre colombiano en cuanto sus modos sociales.

Las condiciones en que principió a formarse el hombre colombiano fueron estas: en el siglo XVI se reunieron en clima tropical y montañoso tres tipos humanos definidos: indio, español y africano. Comenzó pues a aparecer nuestro hombre en épocas en que los otros sabían ya hacer muy bien las cosas necesarias y útiles para la existencia. La psicología de este recién llegado tenía que ser, por consiguiente, colonial: no podía competir en actos.

Os pregunto: un pueblo hecho en tales circunstancias ¿cómo saldrá? Inactivo, porque toda obra suya le resultará más cara e imperfecta que la de sus padres. Un pueblo aparecido en tales circunstancias no podrá competir ni en el amor, pues su hijo mulato será despreciado socialmente, por ineficaz.

Y si la corriente nerviosa no se emplea en obras, ¿en qué, entonces?: en alharacas.

Esta gente es alharaquienta en odios y amores porque no tienen qué hacer; porque su aparecimiento tuvo lugar en época de grandes adelantos en comunicaciones terrestres y marítimas, que le hicieron imposibles los mercados de la vida.

La corriente nerviosa es continua; la mente no descansa, siempre está más o menos ocupada; y así, el colombiano, pobre, irritado meníngeo por la hibridez, uncinario y paludoso, se llena la mente de imágenes obsesivas y parece que odiara mucho, que amara mucho y, en verdad, lo que padece es… hambre de realidad.

El Gran Mulato pondrá a trabajar a este pueblo, indudablemente.

¿No les parece muy racional, muy interesante, la idea del doctor Francia al cerrar las fronteras del Paraguay? Ese genialoide quería que su pueblo aprendiera a hacer cosas antes de soltarlo a competir, y no sólo cosas materiales sino todas las cosas, pensar, amar, pugnar y hacer muchachos. Ni siquiera Bolívar entendió la maliciosa verdad que había detrás de los actos «extravagantes» de aquel melancólico paraguayo. La idea del doctor Francia es hoy muy difícil, desgraciadamente: el mundo necesita estas «colonias».

Pero sigamos describiendo hechos que todos puedan comprobar. El razonamiento apriorístico está desterrado de nuestra ciencia y de todas; nosotros, suramericanos, latinos, debemos cuidarnos mucho de este vicio de seminario; no nos cansemos de repetir a la juventud, así: observar, observar, observar; experimentar, experimentar, experimentar. Repitiendo de a tres veces estas palabras, llegaremos al fin a no ser viciosos solitarios en sociología, pues ya vemos cómo se llega a la presidencia, repitiendo tres vivas.

Experimentemos: acercaos a estos hombres tan bravos que escriben hoy en los periódicos, y habladles suavemente, decidles, por ejemplo, que son «grandes hombres incomprendidos» y veréis que sus almas se abren como los labios de un sediento. Por ejemplo, yo tengo dizque «enemigos mortales», a causa de ciertas rudezas en mi modo de matar pulgas; los periodistas dicen y repiten que «no se puede tolerar a ese loco, a ese demente», etc.; pues bien, cuando los encuentro por las calles y «me van a matar», les digo con la mirada que son «grandes hombres incomprendidos», y se echan en mis brazos. ¿Soy Onofroff? No, sociólogo.

Perdonen que haya caído en el «yo», pero como se trata de una ciencia de observación y también experimental, hay que narrar las experiencias personales.

Alfonso López y Laureano Gómez son «grandes hombres incomprendidos»: cualquiera creería, al oírlos o leerlos, que se odian de muerte… ¡Pero, hombre, si en Europa dormían, no juntos, pero sí en el mismo hotel! Lo que sucede es que nada tan peligroso como esto que hacen por aquí de comenzar a escribir y a gobernar antes de tiempo; se les hipertrofia el yo; por eso vivimos ente «grandes hombres incomprendidos».

Desde 1934 (Cartas a Estanislao) sostuve que a Colombia la gobernaban unos púberes con barbas. Efectivamente: complejo colonial de inferioridad, endemias, clima, etc., tienden a producir este hombre raquítico que madura a destiempo, muy avispado, a quien le aparece demasiado pronto el instinto de gobernar. El hijo de alcohólicos, por ejemplo, es como una hoguera, vivísimo, se consume en la malicia, parece una hormiga en la inquietud y el tamaño y, en dos lustros, vive la niñez, juventud, madurez y ancianidad. Conocí uno que a los tres años tenía pelos.

Ayer no más veía que los periodistas están admirados de que hayan nombrado ministro de educación a un jovencito que no es bachiller. ¡Lo «raro» sería que Alberto no fuera ministro! Uno de los inconvenientes de la sociología es que nos quita la capacidad admirativa, al mostrarnos la determinación de los sucesos. Coged un retrato de Alberto y miradlo detenidamente: la vivacidad de los ojos, pequeños, de animal efímero; el acabado menudo de las facciones; los mamones prognatas; la sonrisa de muchacho malicioso; toda la figurita nos conduce a la conclusión de que a los tres años ya tenía pelos e instinto de gobernar.

Nosotros no criticamos este nombramiento; somos sociólogos; observamos la determinación y tal nombramiento nos parece natural, así como si un naranjo resulta con naranjas. Cuando nombraron a Luisito Cano para diplomático, nos alegramos, porque hacía tiempos que del estudio de las entrañas de la patria habíamos concluido que Luisito iría a Río de Janeiro, así como los sociólogos romanos auguraban mediante el estudio de las entrañas de otros pájaros.

Porque la sociología no es nueva sino en cuanto al nombre que le dio Augusto Comte; los antiguos la practicaron mucho y nuestros colegas se llamaban «augures», «profetas», «magos», etc. El más antiguo de los sociólogos fue Hermes Trismegisto, que anunció por vez primera el principio de causalidad, diciendo: «Como es arriba es abajo y como es abajo es arriba». Así, resulta que el gran Hermes predijo lo que iba a pasar en 1937 en Colombia, en el ministerio de la cultura: «Como es arriba es abajo».

Creo que mis discípulos amarán la sociología, al ver que permite profetizar con cuatro mil años de anticipación un pequeño suceso en un pequeño país. Recordad siempre que no hay acontecimiento que no tenga ombligo ni ombligo que no tenga acontecimiento, quiero decir, que el universo es uno, que en el presente están pasado y futuro y que, en una palabra, la sociología nos agranda la conciencia.

(Continuará).

— o o o —

Jorge de Hoyos

(Prólogo para el libro Reminiscencias)

Mi amigo Jorge de Hoyos no es animal social sino individuo protuberante. El animal social es aquel hombre aclimatado en su pueblo, habituado a su gente; individuo protuberante es aquél que posee una manera de reaccionar diferente de la común. Así, desde el instante en que se me acercó de Hoyos, hace tres años, y me estiró su mano larga, huesuda y nerviosa y me dijo tres adjetivos, arreo, inconfundibles, pronunciados silabeada y abiertamente, sin miedo a nada, apunté en mi corazón que este hombre era individuo protuberante y lo amé. Amélo porque siempre y en todas partes he rendido homenaje a Dios en su gran atributo de la protuberancia.

El animal social no perturba el ambiente; la sociedad lo aprecia; hace lo que esperan de él y, por lo tanto, es muy útil; es la «moral encarnada». Animales sociales son todos los «buenos empleados», ya del Gobierno o de las industrias; su esencia es que jueguen en la armonía; por ejemplo, en la Colombia de Alfonso López el animal social es el ratero; todo eso que llaman el equipo es ratero; el hombre honrado es hoy entre nosotros individuo protuberante. En resumen, animal social es aquello que las mamás llaman partido ideal para sus hijas.

Tenemos pues que hoy, en Colombia, el hombre normal es el ratero habituado; constituyen el equipo; jamás fue tan evidente que el Gobierno de un país era su imagen, pues en éste, venal, tenemos de presidente a un lotero, hijo de venus callejera. ¡Y es la ampliación del animal social colombiano!

El individuo protuberante rompe las habituaciones, perturba los ambientes, choca a los hombres buenos; es el revolucionario, ya en su hogar o aldea, ora en los negocios, o bien, en las apreciaciones de otra índole; llámanlo extravagante, inventor, libertador, redentor, etc. En general, Jorge de Hoyos pertenece al grupo genérico, encabezado por don Quijote, al que llamaremos locos del cerebro, en contraposición a los dementes o locos de las nalgas, como el gobernador de Antioquia y su equipo (1).

No equivoquéme ni en un ápice en mi intuición de aquel día en que topé con este hombre expresivo. Lo distingue el amor, el delirio por las cosas buenas.

Digo las cosas buenas porque su delirio no es metafísico como el de Sócrates sino terrenal como el de Casanova. No persigue a los seres buenos y bellos como símbolos apenas de la belleza y bondad en sí, sino para tocarlos, olerlos, oírlos y gustarlos. Podríamos decir que es un poseedor, ya se trate de la mujer o de los otros frutos de la tierra. Varias veces le he oído aconsejar así: comed, gustad, usad, que después de muertos no hay ni ganas. En definitiva, es… un poseedor. Así, pues, su locura es la menor, llamando mayor a la socrática, pues el ateniense perseguía la pretenciosa sensación de un parentesco demasiado próximo con Dios, mientras que de Hoyos se contenta con la graciosa donación de esta vida en carne organizada, frágil, deleitosa, diciendo: «Mejor es estar vivo que reventar espalda» (estar muerto, porque los cadáveres yacen de espaldas). No soy yo el para decir cúya es la razón en este pleito que, paréceme, depende de la armonía glandular; sólo diré que eso de querer ser hijos de Dios comprueba que el hombre es animal excesivo, demasiadas pretensiones… ¿Por qué un parentesco tan próximo?

En fin, poco a poco iremos acercándonos a la esencia de este joven deleitoso; y digo joven porque parece que la Tierra, siempre agradecida, hale pagado sus caricias y fidelidad con el don de la eterna juventud, pues, como aquel divino Cagliostro, tiene veinte años, siempre veinte años, vientre duro de veinte años, capacidad de veinte años en el ingenio, en el gesto que subraya a la expresión verbal, en el ataque amoroso y en la gratitud; todos los que llegaron con él al año venusino están hace días reventando espalda, mientras que él convive con nosotros los cuarentones, les dice a las bellas de treinta años: ¡adiós, otoñal, simpsoniana! y revienta mellizas protuberancias elásticas… ¡Oh, tierra esferoide, agradecida como toda mujer, le has dado a tu amante Jorge de Hoyos la eterna juventud, y estoy seguro de que le abrirás tu vientre y lo recibirás, duro aún como un vergajo, y lo acariciarás durante su eterno reventar espalda…!

Todo lo consigue la paciencia laboriosa, que ya dijo el sabio anónimo que con mañas y saliva un elefante se ayunta con una hormiga, y así hemos logrado definir al autor de estas reminiscencias: es individuo protuberante, perseguidor de todas las cosas buenas, mozo de la Tierra.

Sus calumniadores y aborrecedores son muchos, son todos los enemigos de la Tierra y de sus frutos; son todos los moralistas hipócritas, narices de Poncio Pilatos; son los sudorosos carniceros enriquecidos; a todos ellos molesta su perenne juventud; atorméntalos su eterno vivir entre los mejores amigos, las mejores muchachas; aíralos el verlo usar y gozar, nunca abusar, de los mejores jabones, las mejores aguas, los óptimos olores, las más elásticas formas; acongójalos su ausencia de brega, pues de Hoyos es la prueba plena de que el hombre es máquina tan delicada como perfecta, hecha para amar y no para sudar, y que la Tierra es durísima para quienes la calumnian e inagotable para quienes la aman. «Es la mamá, dice de Hoyos, y el padre es el Sol». Y esta frase no es atea, pues en verdad que tales son nuestros padres inmediatos.

—De qué vive usted, don Jorge, preguntóle un antioqueño; ¿trajo platica…?

—Yo vivo de lo que me como, paisa…; como para vivir y ustedes viven para comer y mi bolsa está en mi inteligencia y corazón, mientras que ustedes tienen el corazón en las bolsas.

Bañarse en compañía de Jorge de Hoyos, en río o en alberca, desnudos bajo el sol, padre del hombre sátiro o tropical, es una lección, pues de Hoyos paladea el agua con todos los poros de su cuerpo juvenil y filosofa alrededor de las sensaciones y del arte de conservarse hábil para usar de los frutos terrenales. ¿Quién lo iguala en el conocimiento de los múltiples usos de las cosas que produce la tierra o que recoge y adoba la industria humana? Ni el limón, ni la naranja, ni la fruta más humilde tienen secretos para este acariciador.

¿Quién como él para saber la hora propicia para los baños y las bebidas? ¿Quién lo supera en la apreciación de un plato, de una muchacha o de una amistad? ¿Quién tiene esa voz imperante, silabeada, voz de multimillonario, para mandar a mozos de café, restaurante, hotel o casa? Todo en sus modales es de millonario; de millonario son sus pensamientos, gustos, ropas, comidas y aficiones venusinas; todas las hadas millonarias, menos una, rodearon su cuna; faltó el hada que reparte el oro físico amonedado… pero tiene amigos, tiene el don de la amistad y, a cambio de ingenio y alegría, posee lo que desea. ¿Quién viaja así como él por los caminos del ardoroso y sensual valle del Cauca, en busca de sus amigos y de cosas buenas? De Hoyos es caleño de corazón; hay perfecta consonancia temperamental entre el río Cauca y él… Y hallado un amigo ¿quién tan grato como de Hoyos? En su boca se convierte en paraísos las fincas «Morillo» y «Puertobello» y en dioses de la amistad Rafael Uribe Restrepo y los Jaramillo Ochoa y Jaramillo Montoya. Para todos sus amigos se convierte en Homero errante, cantor de sus virtudes. Vive cantando la belleza de aquellos a quienes ama: Ignacio Gutiérrez, Martínez Velasco, García Vásquez, a quien llama «Blancón», porque, dice, tiene el alma más que blanca… Cali es su patria adoptiva… Pero ¡ay de quien lo ofenda o se muestre pequeño!, pues Jorge de Hoyos, como todos los que aman de verdad, sabe aborrecer… Si alguien lo ofendió en Bogotá, Cali o Medellín, durante uno de sus viajes, al recordarlo se enardece y apellida a tales ciudades así: Mierdópolis, Negrópolis y Ciudad libero-godaica, respectivamente… A una amiga que lo ofendió con sus habladurías, la bautizó para siempre, recordando el nombre de la más vulgar de las vulgares radiodifusoras colombianas: La Voz Catía

De este hombre ¿qué dirá el medio ambiente, el abundante ciudadano, el hombre que suda? Que es un loco… ¿Y quién es en realidad? Un haz de nervios, un constante reaccionar, corazón tan bueno como la inocencia, carente de la noción áspera de lo mío y de lo tuyo.

Estas reminiscencias son apenas un resumen de la vida de Jorge de Hoyos; lo más íntimo no se publica hoy; se guarda para cuando el autor yazga de espaldas en brazos de su única amante y esposa, la Tierra.

¿Qué alabar más en este libro, la suprema certería de los adjetivos, en lo cual es maestro de maestros el autor, pues el adjetivo indica la reacción y nadie reacciona tan originalmente como el nieto de Román de Hoyos, o bien, ese capítulo final en que se describe a Medellín durante el gobierno de Alfonso López o «el hombre que ríe»…?

¡Oh puto, puto y qué católico que es aquel adjetivo que le mete al ex presidente Abadía Méndez al llamarlo viejo casómano! ¿Qué otra cosa se merece un viejo setentón, viudo, que estando de presidente de este bobicomio al que llaman Colombia se casa con una muchacha…? ¡Pues casómano! ¡Es el tuétano de lo atinado!

Lo referente a Medellín es acertadísimo; nadie podrá corregir ese capítulo y, si de agregaciones se tratare, muy poco habrá qué decir; sólo, que el medellinense es muy bueno con la gente que se murió o que padece cáncer; que sólo son simpáticos en los entierros o en casa del moribundo; que el único bien simpático es Arturo Mejía, Artureme, alias «Políglota», y que los demás son Aquileos, que viven haciendo gestos, y el que se enojare pregúnteselo a Jorge de Hoyos o échele encima el automóvil a Jorge de Hoyos, que él tiene la culpa y yo ya estoy viejo para peleas.

El anecdotario de este mi amigo simpsoniano es largo y de los mejores y, como siempre, malditos sean por ello la vida y el pudor, habrá de ser guardado para la edición póstuma de las Reminiscencias. Sin embargo, bregaré siquiera con una anécdota, para hacerme acreedor a los aplausos de los hombres de gusto.

¿O será mejor dos? Vamos a ver…

Cuando aquella primera juventud, si tratándose de Jorge puede hablarse de primera juventud, gustó del amor pícaro, de la vida picaral; español pur sang, tuvo el mismo lema del Lazarillo de Tormes: Que la vida filósofa y la picaral son una mesma.

Pues bien, en una de sus crisis pecuniarias (o más bien, el tener dineros era la crisis y lo otro lo normal) hallóse de huésped en el gran hotel de Buenaventura; hacía ya tiempos que estaba allí y el míster administrador pensaba para sus adentros: ¿Quién será este príncipe que tanto consume y que tan poco paga…? Y un día se le fue yendo en el comedor y le dijo muchas cosas y que se fuera…

—¡Jorge de Hoyos no se va…! ¡Jor-ge de Ho-yos se que-da…!

Otra vez, cuando abusaba de alcoholes, pues hoy vive mesuradamente, porque siempre van juntos el otoño y la abstinencia, el otoño y la moral, se fue de viaje para la infantil Armenia del Quindío, a propagar el cigarrillo «Vampiro» de la Compañía Colombiana de Tabaco; era un producto nuevo, de mucho porvenir… y ¿sabéis por qué desapareció? Por lo siguiente: que Jorge se demoró para comenzar la propaganda y que entonces un malnacido agente vendedor, envidioso, avisó a la Compañía acerca de la tardanza y Jorge recibió un telegrama en que lo suspendían en sus funciones… Fue un domingo cuando llegó el dicho telegrama: aírase de Hoyos; sube al balcón de la alcaldía; reúne a la gente dominguera con el atambor de los bandos y

«¡Ciudadanos armenios!: ¡El que fume cigarrillo “Vampiro”, se en-ve-ne-na…!».

Ni alto ni bajo; delgado y muy duro: «Toca, díceme en el baño; aprieta estas paredes abdominales para que sepas lo que es juventud…». Así, en pelota, se parece mucho al don Quijote que vi en mi niñez en aquella escena de la feroz batalla con los cueros de vino. Tiene la cara alargada; boca y nariz muy hermosas, subrayantes, como de español pur sang; brazos y manos como haces de nervios, que dicen más de la mitad de lo que él habla. La cabeza pequeña y dolicocéfala y, como la cara es más grande, el conjunto es la filosofía sensual hecha apariencia, pues la gente metafísica es hidrocéfala. Tal cabeza es bello cofre, hermético para «la Causa Primaria, que no se sabe de dónde es oriunda ni qué viene a hacer por el globo terráqueo», según frase del Indio Uribe…

Camina desfachatadamente, cual corresponde al mozo de la Tierra y todo lo expresa en voz alta y con todo su cuerpo, recalcada, silabeadamente, sin miedo… ¿No es el secreteo propio de los temerosos…?

Va el lector por una calle de Medellín, una de estas calles en donde las enemigas nos tumban las ideas morales; al doblar una esquina, Jorge de Hoyos se le deja venir rectamente y le entrega su mano cálida que aprieta cordialmente…

—¿Quieres un café para estimular las reservas de la vitalidad?, dice…

—Gracias; ahora estoy mal del hígado…

—¡Oye!: en estos climas tropicales, en esta ciudad de erotómanos, sátiros hijos del Sol, hay que tomar lo que acostumbran los ingleses en sus colonias todas las mañanas, en ayunas: ¡u-na cu-cha-ra-da-de sal de Ep-son…! ¡Mírame! ¡Juvenil!, ¡y es porque todas las mañanas de-so-pi-lo el hí-ga-do con sal de Ep-son…! ¿Sabes…?: recibí carta de Rafael Uribe Restrepo… ¡Es todo un señor! ¡Es un blanco! Me llama para «Morillo»… Me voy de esta ciudad de ulcerados duodenales… ¿No ves que aquí comen mucha grasa de marrano y son copólogos…? En la hacienda «Morillo», con Rafael, me olvidaré de estas mujeres, mitad panteras y mitad sacristanas… La verdadera muchacha es la caleña, así como palmera sólo es la caucana, despeinada por el viento en el ambiente sensual del río…, etc.

Réstame sólo dirigirme a los amigos del sur, recomendándoles al Homero errante que va a partir con sus manuscritos, en busca de editor; recíbanlo como se lo merece; que en todas partes tenga la sensación de que llega a su casa; no cometan el pecado antioqueño de amar sólo a los muertos y desahuciados, que eso es amar en sueños y, sobre todo, el amado nada se saca con ello, que más vale el pájaro en la mano y cambio por cinco los mil que me van a dar en retratos cuando esté reventando espalda. ¡Abran las bolsas, ahora cuando duran las ganas, que después nadie sabe para quién trabaja! Para allá, a la fría y bella Manizales, a la rijosa Cali, a «Morillo» y «Portobello», hacia Ignacio Gutiérrez, Uribe Restrepo, Jaramillo Ochoa y Jaramillo Montoya, Martínez Velasco y los García Vásquez va el Homero errante, portador de un mensaje y de un canto a la amistad fecunda… ¡Reciban como se lo merece al hombre que con un adjetivo edifica y que con otro adjetivo mató a los difuntos Abadía Méndez y cigarrillo Vampiro!

Envigado, septiembre de 1937

— o o o —

Algo de música

Con la música es con lo que más suelen llamarnos los dioses y entiendo por música el ritmo, el aleteo que nos saca de por aquí, de la dura habituación.

Hace quince días que me están llamando con unos versos de Paul Géraldy, que dicen:

Ainsi, déjà, tu vas entrer dans mon passé!
Nous nous rencontrerons par hazard dans les rues.
Je te regarderai de loin, sans traverser.
Tu passeras avec des robes inconnues.

A uno de Bogotá se le metió traducir este libro Toi et moi, y en la capital dicen inconscientemente que lo hizo muy bien y resulta que Ismael Arciniegas lo que hizo fue afear, pues parece que Colombia nació para eso, menos Guillermo Valencia.

En el primer verso, que dice: Así, ya, tú vas a entrar en mi pasado, hay la música de un amor que se va a morir fatalmente, y el amante, al sentir esa fatalidad, le dice a ella, lamentándose:

¡Así, ya, tú vas a entrar en mi pasado!

¡No era posible dañar esta lamentación, esta queja lanzada desde la Tierra a los inmortales!

¿Y cómo tradujo el Ismael de Bogotá?

Vas a entrar desde ahora por siempre en mi pasado.

Le quitó el «así», que significa: a causa de eso irremediable y contra mi voluntad…

¿Y cómo puso «desde ahora»? El «vas a entrar» indica que es luego, muy pronto, ahorita.

¡Y ese «por siempre»! Lo que entra en el pasado entra para siempre, porque es irremediable.

¡Qué cabeciduros son en Bogotá!

Con esa traducción suprimió la melancolía de la fatalidad. El amante francés le dice a ella: Así, por lo que dices y ha sucedido, vas a entrar en mi pasado y

Nos encontraremos por azar en la calle,

es decir, sin habernos citado, como se encuentran los desconocidos, y eso es muy triste…

Y el Ismael tradujo:

Tal vez nos encontremos en la calle algún día.

¡Pero si el amante no duda de los encuentros! ¿Cómo poner esos «tal vez» y «algún día»? Hay gente muy bruta. El amante se le queja a ella porque ya se van a encontrar por casualidad en la calle y porque

Yo te miraré de lejos, sin atravesar.

Es decir, sin atravesar la calle para ir a juntármete. Ese «sans traverser» es supremo, palabras divinas. Le dice: Así pues, vas a entrar en mi pasado: nos encontraremos por casualidad en la calle y yo tendré que mirarte de lejos, sin atravesar para ir a tu encuentro…

Y el Ismael traduce:

Te miraré de lejos, con aire descuidado.

Ese «con aire descuidado» indica que ya no la ama. Pero, hombre, ¡si sí la ama! Si precisamente se está quejando de que esas cosas tengan que suceder y de que

Tu passeras avec des robes inconnues.

Es decir, que irás con otros vestidos, otros que no son los que tanto he tocado, poseído con ojos, olfato y tacto. Ese hecho es lo más doloroso para los que hemos amado.

Y traduce pasablemente:

Y llevarás un traje que no te conocía.

Léase en francés y en la traducción y comprenderán lo que es Colombia, capital Bogotá, y lo que es Francia, capital París. Aquí se insultan al separarse; allá se aman mucho, quizá más porque

Tu passeras avec des robes inconnues,

como debe ir ahora aquella muchacha cuyo recuerdo me hace llorar…

Envigado, noviembre de 1937

Fernando González

* * *

Nota:

(1) No me refiero al actual sino a todo gobernador de este periodo presidencial que padecemos.

Fuente:

Antioquia. Medellín, Editorial Universidad de Antioquia, marzo de 1997. Introducción por Alberto Aguirre.

— o o o —

Revista Antioquia - (1936 - 1945)

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Ultima revisión en septiembre 14 de 2012

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