Fernando González y algunas
provocaciones a los maestros…

Estoy preñado de ganas de realidad.

El maestro de escuela

Por Luis Fernando González Gaviria *

¿Qué es un maestro sino un dador de ganas, un partero del deseo, una silenciosa voz de fe en medio del caos? Fernando González sigue provocando, quizá esta sea la palabra que mejor defina al «maestro de escuela». En su «otra parte», aquella que rompe esquemas, sacude conciencias y lanza más allá de lo establecido, podemos encontrar un auténtico provocador, uno de esos que nos hacen falta en este presente. En medio del lamento de algunos por las nuevas formas de educar, la voz de este hombre puede ayudarnos a atisbar lo esencial de entregar la vida en la ardua labor de ser maestro. Espabilemos el oído y agudicemos el corazón, para que las palabras del «maestro de escuela» puedan rehacernos.

Leer a Fernando González es captar una narración hecha vida, no es la estructuración burocrática en la que se ha convertido responder a los cánones académicos hoy, sino, dejar que la existencia se despliegue en el contacto con el otro y con lo otro. Ahora, en medio de la incertidumbre que ha provocado la nueva forma de habitar la educación, de migrar forzadamente a la digitalización, las palabras de Fernando, en su obra El maestro de escuela, permiten dejar el lloriqueo y vislumbrar una oportunidad para retornar a lo fundamental de educar. Es hora de que nuestro Manjarrés muera. Escuchemos al maestro.

Primera lección: «Si pesaran un cadáver y compararan su peso con el del cliente cuando agonizaba, comprenderían que vida es movimiento vibratorio que solivia. El infierno es la total pesantez y la infinita duración». Educar para la muerte, aquí está el gran reto de un verdadero maestro. La sociedad posmoderna ha eclipsado la muerte, la ha ido arrinconando hasta hacerla extraña y superable. Los espacios académicos deben ser lugares donde se hilvana la vida, pero al mismo tiempo, donde la muerte se hace cercana, íntima, nuestra. Palabra y conocimiento deben llevarnos a la experiencia de resemantizar la muerte; el gran hacedor de este nuevo horizonte de comprensión es el maestro, pues entiende que conocer es estar muriendo a cada instante.

Estudiar es un encuentro con la finitud, estar cara a cara con nuestra condición menesterosa. Maestro y alumno son realidades dialógicas del camino hacia la muerte, en ellos se fecunda la alternativa distinta, mediante la presencia y el diálogo, de captar la profundidad de la vida que supera los límites epidérmicos de la carne. Morir enseñando, morir aprendiendo; quien da la vida siendo maestro jamás dejará de ser alumno; quien es alumno y se aventura a ser maestro, entenderá que su condición de aprendiz lo acompañará siempre. Entre la «pesantez y la infinita duración» el maestro se erige como portador de vida que solivia la existencia.

Segunda lección: «Ahora se trata de mi invento para autocapturarnos psíquicamente en flagrante: objetivarnos. Con la introspección logramos hacerlo, pero como entes sucedidos; los actos ya sucedieron cuando tenemos conciencia de ellos». Padecemos distracciones profundas, la dispersión está fraccionándonos hasta el punto de diluirnos. Las dinámicas de hipervelocidad le están robando al ser humano del siglo xxi las posibilidades de construir una vida con sentido. Ser maestro requiere una atención especial, una dinámica de lentitud para captar el detalle donde se revela lo profundo de la vida. Enseñar es renunciar a la rapidez, es entrar por el camino de la contemplación.

La presión para producir rápidamente atrofia la delicadeza del gesto y la palabra que se donan al otro. El maestro sabe de calma, allí se teje la atención a lo importante que genera conciencia de tiempo y espacio. Estar presente es romper con la dictadura de informes, cuadernos y un sinnúmero de planeaciones que ahogan el acontecer de la vida, nos hará descubrir que estar atentos es un ejercicio que se hace juntos. En el «autocaptarnos» se expresa la sabiduría simple desplegada en la existencia compartida. El maestro es el partero de la atención profunda que permite descubrir el mundo desde otra percepción del tiempo.

Tercera lección: «Nadie goza con el bien ajeno sino en cuanto le conviene, es decir, en cuanto es suyo». El sistema académico que construimos está siendo caldo de cultivo para competencias inhumanas. La persona ha dejado de ser el centro de la educación, hay más interés en mostrar datos estadísticos que figuren en los primeros puestos, que una vida transformada en el mutuo contacto maestro-alumno. Repetir sin entender, un método calificativo competitivo, una lucha por ser mejor que el otro, son algunos síntomas de una academia enferma de poder. Lo que nació siendo un disfrute, se está convirtiendo en un negocio vulgar.

Educar para la donación es un reto exigente en este tiempo y una alternativa capaz de construir seres humanos auténticos. Compartir conocimiento, espacio, tiempo y presencia, abren una posibilidad capaz de romper el círculo vicioso por querer siempre estar en las altas esferas académicas que nos hemos inventado. El otro y sus logros no podrán ser jamás una competencia a superar, seguir en esta dinámica macabra es deshumanizar la experiencia educativa. Dilatar la existencia para entender que no me construyo solo, que soy necesitado, hará del conocimiento el acto más fecundo de darnos vida.

Cuarta lección: «Francisco, el médico, dijo que no había muerto propiamente de enfermedad, sino de relajación. Se le acabó la voluntad de vivir. Me gustó este diagnóstico». El hastío de vivir se ha convertido en una constante para muchos hombres y mujeres de este tiempo. El desarrollo de la vida ha traído consigo desafíos tremendos que van sacudiendo las bases sobre las cuales se construye la existencia. La «relajación» está asechando la voluntad, la rutina se devora los espacios y las personas, la dictadura de lo igual provoca cansancio y desolación. Aquí reside la lucha del maestro, iluminar con su palabra y su vida las oscuridades interiores de sus oyentes.

¿Vivir? Pregunta lacerante que se confronta con la realidad. Más allá de la especulación abstracta, propia de dogmáticos y metafísicos, el escenario que demanda una respuesta honda es la realidad, nuestra historia. Cuando asumimos nuestra condición finita, no queda más remedio que habitar el mundo con toda su riqueza y conflicto, reconociendo en este espacio la gran posibilidad de ser. El maestro genera voluntad de vivir, amplía el espectro de comprensión y seduce con miradas portadoras de sentido. Maestro y vida son palabras que se reclaman mutuamente, desde allí se renuncia a miradas caóticas de profetas de la desgracia, y se descubre la posibilidad de elegir y crear una realidad distinta.

Quinta lección: «Este debe ser el ideal de la escuela: silencio. […] Silencio es la virtud de no expresar sino lo que se ha meditado». La sociedad que ha democratizado la opinión se llevó por delante las palabras sabias que se tejen en el silencio. Hoy todo el mundo habla, opina, dice, aunque no sepa nada del tema. Se escudan en el derecho a decir lo que piensan sin límite alguno. Estas son las consecuencias del ruido, una multiplicación de algarabías que ensordecen y consternan.

Los maestros se forman en el silencio, allí cultivan lo que transmiten. La cátedra no es sólo lo que la palabra expresa, sino lo que calla. En este silencio es donde la elocuencia permite que la vida hable. Una buena formación académica lleva a la meditación, a entender que lo que pasa por el interior es lo que de verdad queda grabado y entendido. Desechar el silencio y la meditación es mutilar una realidad fundamental en el ser humano, es seguir alimentando la lógica quirúrgica tan apetecida en estos tiempos, de quitar lo que se considera no útil. Habitantes del silencio, allí está el ayuntamiento de la meditación, de la realidad humana en todo su esplendor.

Sexta lección: «Conocer es unificarse con el universo. […] Conocer es convivir hasta unificarse con algo, más o menos. Conciencia es objetivar lo que conocemos, y razonamiento es expresión de lo conocido por medio de palabras escritas o habladas». Si la educación no es integral deviene en adoctrinamiento. Las tendencias absolutistas en ámbitos académicos generan estragos irreparables, cercenan de manera arbitraria la posibilidad de captar ampliamente ser humano y realidad. Diversos saberes nos regalan ópticas amplias de comprensión, pero ninguno cuenta con la autoridad para decir una palabra definitiva. Somos tejido menesteroso, lo diverso es nuestro hilo. Unificarse no es uniformase, es entender que nuestras construcciones deben tener sabor a otredad.

La palabra nos muestra un pasado prominente, hemos logrado lo impensable en diversas áreas del conocimiento; la palabra también nos muestra todo lo que nos falta, terminamos sabiendo mucho de muy poco. La necesidad del otro hace su aparición, no podemos avanzar abrazados a un solipsismo alienante. Buscar la integralidad es entender que coexistimos. El maestro permite ver que «unificarse», «objetivar» y «razonar», provocan un diálogo fecundo capaz de entender lo distinto sin sacrificar lo propio.

Séptima lección: «… ya en el umbral de las sombras llegué a saber que la felicidad terrena está en proporción de la adaptabilidad social del individuo». ¿Qué oficio tiene seguir peleando contra la realidad? Muchos maestros no han podido captar que somos evolutivos, nuestra naturaleza no es capaz de quietud eterna. Las fuerzas gastadas en largos discursos que muestran la incomodidad de habitar un mundo cambiante, lo único que legitiman es la misma necesidad de cambio. El anacronismo se ha apoderado de algunos dedicados a la enseñanza. La nostalgia por el pasado, o en el peor de los casos, por la normalidad, siguen gestando dogmatismos arcaicos. No en vano, la enseñanza ha sido una institución demasiado conservadora a lo largo de la historia.

La adaptabilidad permite renunciar a ser víctimas de las conjeturas históricas y sociales. Tener principio de realidad para estar en el mundo desde otra lógica, nos regala calma y nos lleva a tener claridad en nuestras opciones. Nada podrá superar un encuentro donde se comparte la vida en gestos y palabras. Pero, ¿qué hacer si la vida no está sujeta a mis caprichos? Me adapto o sigo luchando una guerra inútil. La educación necesita mucho de adaptabilidad, allí encontrará la fuerza para renovarse, esto sólo es posible cuando los maestros entendamos que somos servidores y no amos. Quizá esta sea la lección más urgente de aprender para ser felices.

Las lecciones de Fernando González nos regalan claridad para ir caminando hacia «otra parte» en tiempos precarios como este. Atrevámonos a resemantizar la educación, volvamos a lo fundamental: ser parteros de la vida entregando la misma en la enseñanza. Así, «este maestro que fui yo y que ya enterramos, no hizo sino dificultarme el camino». El tiempo nos apremia, no ansiemos lo mismo, enterremos para siempre a Manjarrés y seamos libres.

———
* Teólogo, magíster en Teología, estudiante del doctorado en Teología de la Universidad Pontificia Bolivariana y docente en la Universidad de San Buenaventura en Medellín.

Fuente:

González Gaviria, Luis Fernando. «Fernando González y algunas provocaciones a los maestros…». Comunicación personal, marzo de 2021.

Volver arriba