La ceiba centenaria

Por Ernesto Ochoa Moreno

Eso es Fernando González: una ceiba centenaria. Sus 69 años de vida en la tierra (en «figuración») y los 31 que han pasado desde que murió («No se dirá murió, sino lo recibió el Silencio») dan, sumados, los cien que el 24 de abril se cumplen desde cuando nació en «una calle con caño» en Envigado.

Si alguien vivió con intensidad y con ahondamiento espiritual las categorías («coordenadas») de lo temporal y lo atemporal, de la vida y la muerte, de la presencia y la ausencia, ése fue Fernando González. Por eso, bajo la espuma de la superficie de todas las celebraciones y homenajes que ahora se le hacen, yo siento como una ola de fondo la urgencia de intentar descubrir, casi que dolorosamente, la lección que dejó su ardorosa y desolada existencia en busca de la verdad en medio de todas las incomprensiones que rodearon su vida. Y más que incomprensiones, en medio de todas la mentiras y la vanidad de un pueblo que, si no logra acercarse a él con desinterés y deseo de fidelidad a sus enseñanzas, puede convertir también en mentira y vanidad el reconocimiento que hoy se le hace.

Porque se corre el peligro, y uno olfatea esa tentación a cada paso, de que a la vuelta de los años, si bien se han depurado las condiciones para entender mejor la obra de Fernando González, el reencuentro con el mago de Otraparte se desvirtúe por el prurito de convertirlo en un autor de moda. Él siempre luchó contra los mitos y sería deplorable volverlo a él también un mito. Nada más lejano de lo que él intentó decirle a la juventud como «maestro de escuela» y «predicador de la personalidad».

Es un error pensar que Fernando González va a ser ahora, por obra y gracia del centenario, un autor inofensivo y que el interés que demuestra la juventud por su figura y su pensamiento es una especie de reconciliación, de absolución de todas las anatematizaciones y condenas que la sociedad le hizo en su época. Por el contrario, si se profundiza, se descubre que la Colombia de hoy, que sigue siendo catecúmena y colonial, puede estar más alejada del ideal de autenticidad y de verdad que él planteó durante su vida. Porque los vicios que fustigó, con una franqueza que sus coetáneos no le perdonaron, con el correr de los tiempos se han recrudecido y puede estar más dura la piel del hombre colombiano para recibir sus golpes o sus caricias.

No se crea, pues, que Fernando González se va a dejar domesticar. Ciertamente las nuevas generaciones se muestran ansiosas por conocer su obra y las ediciones de sus libros propician la insoslayable obligación de leerlo para no seguir recibiendo sus enseñanzas de oídas, a través de los comentaristas o en esa bruma mendaz de las leyendas tejidas en torno a los rasgos de su personalidad. Pero de ahí a creer que el escritor envigadeño es ya, por obra de los años, un pensador aséptico, hay un abismo. Su obra debe seguir siendo pugnaz, heridora, incitadora. Y tiene que llevar a lo que él buscaba: a no seguir condescendiendo con la mentira. A recuperar las raíces de nuestra condición latinoamericana y destruir sin contemplaciones la farsa en que vivimos. A implantar en Colombia la rebeldía salvífica del amor purificador, del padecimiento silencioso, del viaje iluminado por el horizonte de la Intimidad.

P.D. Cierro los ojos. Hoy mi ceiba íntima es él. Ceiba centenaria. Su sombra es pacificadora y al mismo tiempo desasosegante. Levántate, «envigadeño descalzo». Hay que seguir el viaje.

Fuente:

Ochoa Moreno, Ernesto. «La ceiba centenaria». Periódico El Colombiano, columna de opinión Bajo las ceibas, Medellín, sábado 22 de abril de 1995, p. 4A.