Historia completa de los libros publicados hasta hoy por el filósofo de la Montaña, relatada por él mismo – Su verdadero concepto sobre la personalidad del Dr. López

“Viaje a pie es caucano, huele a libertad; es el canto de un antioqueño inhibido por las montañas y los prejuicios, por jesuitas y por atavismo, que se va en busca de las ideas generales y las encuentra en el tibio Cauca, pletóricas, jugosas, más sugerentes que las palmeras”.

Por Relator

Instantes hay en que se llega a la plenitud. La investidura humana está de más cuando se habla con Fernando González. Con él se dialoga en el lenguaje del espíritu. El repórter mientras absorto seguía la inquieta movilidad de sus ojos lo oía de dos maneras: la frase que en sus labios iba quedando trunca y la idea que captada en la antena del alma continuaba su trayectoria luminosa. Micrófono de sentimientos, el repórter escuchó al hombre que ha aprendido a escucharse a sí mismo, siéntese exaltado al radiar a los lectores, esta hora de diálogo, que es la hora de la inteligencia y la filosofía:

¿Por qué empezó a escribir?

Fue resultado de un método: educado donde los jesuitas, quise desnudarme de todo lo que los reverendos padres me echaron encima, o sea, de la vanidad. Para ello, le negué al reverendo padre Quiroz el primer principio filosófico; negado éste, se deshace la cadena de eslabones que conduce hasta la aceptación de que el clero tiene las llaves de todo. Desde entonces principié a guardar libretas en los bolsillos, con el objeto de ayudarme, anotando allí, a escucharme a mí mismo; era una lucha entre la escondida personalidad y la vanidad. Jamás pensé en publicar. Me vine al Valle, a pie, sin corbata, ya casi sin ninguna vanidad, y al llegar a Pereira me oí casi por primera vez conscientemente: es que soy táctil, visual, sobre todo mi poder reside en la sensibilidad general. Ya la visión amplia, la ausencia del límite de la arruga territorial vecina, el olor a semilla, sobre todo el olor de esa familia tan caucana que son las gramíneas y la visión de la muchacha de aquí, igual a la palmera, me hicieron definitivamente enamorado de lo original, de las formas que emanan del subsuelo psíquico así como el agua del aljibe. Desde entonces soy un enamorado de lo suramericano; desde entonces, para mí el primer principio filosófico consiste en autoexpresarse. Ese es mi secreto: en el colegio de los reverendos padres yo era el peor estudiante, a pesar de que bregaba mucho por ser bueno; no tengo ninguna facultad excepcional; mi secreto consiste en que toda mi vida, todas mis energías las he dedicado a oírme a mí mismo y a expresarme. Por eso esos libritos que he escrito son míos. Por eso mismo, no por virtud, sino irresistiblemente, cuando pienso soy honrado. Mis parientes dicen que imprudente; los ofendidos, que grosero, pero yo lo hago con una gran inocencia.

Esos libritos los he sacado de las anotaciones, dándoles a éstas unidad emotiva. De suerte que mi método es vivir, y de las anotaciones de mi vida, en el curso de dos o tres años me resulta un libro, el cual publico para ganar dinero, para sentir la euforia de que guste a otros, de suerte que hay todavía mucha vanidad en mí, pero es una vanidad que me hace cosquillas; sin ella, no se puede actuar, se llega a la desnudez de Gandhi.

Como son libros-hijos (muy diferentes a los libros de documentación y de esfuerzo exterior), el autor queda extenuado; durante un año, perturbadas las funciones digestivas, en un estado de aturdimiento. No se puede dar a luz sino con dolor. Dándole al hijo la propia vida.

Quisiéramos conocer una breve historia de sus libros. ¿Viaje a pie?

Este es caucano, huele a libertad; es el canto de un antioqueño inhibido por las montañas y los prejuicios, por jesuitas y por atavismo, que se va en busca de las ideas generales y las encuentra en el tibio Cauca, pletóricas, jugosas, más sugerentes que las palmeras. Sociológicamente este fenómeno pasó con el Estado de Antioquia, cuando Rengifo llevó por allá el olor de la libertad, divino olor del río Cauca. Fue sangriento su viaje, pero es que toda obra vital exige un poco de sangre.

¿Mi Simón Bolívar?

Es el método emotivo que siempre me guió, pero ya expresado, ya aplicado a mi tierra. Allí, creo yo, conviví, sentí la Gran Colombia. Jamás mi actividad fisiológica y mental culminó tanto como durante la gestación de este libro. Me parecía que me lo estuvieran dictando. ¿Que hay exageraciones, incomprensiones? Claro, porque todo lo que avanza va por la limitación, o sea, por el camino. Sólo el espíritu no tiene limitación. Yo camino hacia Dios tropezando, cayéndome; la gracia está en que me levanto. El mayor Santander me sirvió para una caída; hoy ya lo entiendo; conozco algo de los secretos de su determinación, y, por consiguiente, me estoy enamorando de él. Siempre que uno insulte, que uno diga ‘malo’, no entendió. Pero para la belleza humana, son necesarias las debilidades.

Bacon de Verulamio decía: “No hay belleza sin cierta desproporción en las formas”. Una pequeña dosis de incomprensión, de fealdad le da sal a la obra de arte. Sin mi exageración acerca de Santander, no habría yo comprendido a Bolívar y mi libro no tendría la personalidad que tiene. Al insultarlo, yo insultaba a mi padre, pues somos muy parecidos, nuestro curso espiritual va en curva; Santander, en un veinte por ciento, es y será el padre de la Nueva Granada. Pero para entender a los demás hay que reñir con el Padre; sin ello permanecemos bajo la sugestión paterna, siempre incomprensivos.

¿Don Mirócletes?

Aquí llegué a entender mi personalidad, sus orígenes, etc. Es una biografía del subconsciente. Al mismo tiempo es la sonrisa del que ya se encuentra y que desde la altura de su propia alma contempla las formas de sus parientes, de sus conciudadanos. Hay allí mucha risa espiritual y mucho amor. Tan amorosamente he contemplado todo lo mío, que nadie se ha enojado. En tal sentido he dicho que soy una fatalidad, pues cuando uno se oye a sí mismo es tan irresponsable, tan inocente, como el hilo de un carrete que se desenvuelve. La Maldad está en la simulación; ésta es la que ofende.

Este es mi libro, el libro más mío.

¿El Hermafrodita dormido?

Es la comprensión de las formas. Un tropical, cuyo único sentido hipertrofiado es el tacto, que llega a Roma, que siente la euforia de la primavera, bañado por la luz de oro romana, tiene que vivir en el plano fisiológico. En este libro conviví con la luz, con las curvas, todo yo hecho tacto, hasta el punto de que me parecía que Roma me poseía.

¿Mi Compadre?

En este libro di un paso más en la convivencia con la Gran Colombia. Estuve al lado de un hombre suramericano. Durante la gestación y la realización de esta obra nada me importaba la moral: bueno, malo. Me importaba el hecho, era biólogo. Y en presencia del general Gómez, cuando el viejo dilataba esos ojazos hipnotizadores que normalmente parecían dos cortadas, sentía orgullo de mi Suramérica que puede producir, con la mezcla de sangres, protuberancias vitales. ¿No es grande un río porque sea sucio? ¿No sería grande Juan Vicente Gómez si tenía grandes capacidades: para encarcelar, para hipnotizar un pueblo, para humillar, para apoderarse de un conjunto de llaneros soberbios hasta el punto de manejarlos como niños? Tanta era su capacidad (depósito de energías) que su cadáver continuó haciendo el silencio durante tres días: ya no abría los ojos, pero todavía reinaba. La cantidad de energía es lo esencial; aplicarla a lo que llaman bien o mal, eso es cuestión de disciplina. Mi conclusión fue: prometedores somos, puesto que producimos estos seres humanos. ¿Qué me importa uno de estos hombres que llaman buenos si lo son por falta de gana? Son eunucos del espíritu.

¿El remordimiento?

Aquí se trata de la explicación del modo como el hombre asciende, mediante el pecado, mediante los insultos a Santander, para venir luego el remordimiento, o sea, la comprensión. Que cada día seamos más.

El motivo para este libro fue en Marsella, una muchacha que me dijo en Año Nuevo que podía besarla, a las doce. Nos asustamos; la besé, pero comencé a criticarme, a lamentarme de que no la había besado bien. Entonces se me iluminó el problema del remordimiento. Es un libro netamente psicológico, descripción de la manera como el hombre progresa en conciencia, en conocimientos, en liberalismo.

¿Cartas a Estanislao?

Entre muchos objetos que tuve al escribirlo, el principal fue amor a la obra cultural que podemos llevar a cabo los hombres libres, los liberales. Quise burlarme del liberalismo nominal; hacer comprender a la juventud que liberalismo es un estado de conciencia, premio de grandes sacrificios y disciplinas.

Es deber de todo pensador permanecer alejado de partidos políticos para conservar la libertad de crítica. Los hombres de acción deben realizar lo que sea posible; el que se dedique al pensamiento debe ser acicate. Juntos van acicate y mula y juntos realizan la obra de llegar; pero en algún sentido el acicate es enemigo de la mula.

Ya dijo Sócrates que él era tábano sobre el caballo Atenas. ¿Quién amaba tanto como él a Atenas? ¿Quién ama tanto la libertad, el liberalismo, como yo? Pero mi deber es no comprometerme.

¿Qué libro tiene en gestación?

La segunda parte de Mi Simón Bolívar. Creo que aquí aportaré mucho amor por la Gran Colombia, pues ya estoy en la edad madura y mi único odio es al odio. Me jacto de haber progresado en la comprensión de Suramérica, en amor por los destinos que me parecen los suyos.

¿Y los críticos?

Quienes critican lo que llaman grosero o vulgar en mi obra, cometen una gran incomprensión, pues ya dije que mi obra es el curso de mi vida, así como un rosal parte del humus hasta las flores. ¿Por qué exigir rosas sin rosal? ¿He querido yo hacer belleza? He querido vivirme, auto-expresarme, cumplir los destinos latentes en mí. ¿Qué tal, qué vergüenza sentiría si en mis libros no apareciera mi Envigado, mis amigos infantiles, el lenguaje de mi tierra? Sería yo un vanidoso; renegaría de mis orígenes. Todo el que simula, tiene vergüenza de su madre. No me avergüenzo de nada suramericano. Yo digo lo que voy pensando y sintiendo con el vestido con que sale. Sería un ser frustrado si fuera a importar ropas para mis hijos. Debemos, el deber de nuestra cultura consiste, en legitimarnos; en desarraigar el sentimiento de que todos nuestros modos, orígenes y formas son ilegítimos.

Al contrario, ilegítimo es la literatura suramericana que imita a la francesa y española; ilegítimas son las formas usadas en Bogotá: son europeas: la legitimidad está dentro de nosotros mismos.

Me han hecho una crítica justa: que mi vulgaridad se ha contagiado. Respondo: si me la imitan, en los imitadores es simulada. Que cada uno tenga su vulgaridad y entonces será bella. Mi vulgaridad tiene su valor en la sinceridad. Para mí es andadera, es un método. No la amo por sí misma; pero medítese en que mi profesión no es de artista, sino de hombre que se busca, de aficionado a la estrella ignota que todo hombre lleva por dentro. Voy en persecución de ella, desnudándome, envigadeño, arriero… ¿No se sacudía así mismo Francisco de Asís y se gritaba: “Este hijo de Pedro Bernardoni”? ¿Y esta misma alma desnuda no le aconsejaba a su discípulo tentado por el diablo, que le dijera a éste: “Abre la boca que me c… en ella”?

¿Qué nos dice Ud. exactamente sobre el viaje de López?

Para mí, Alfonso López tiene momentos de inspiración. Algunos de sus manifiestos son de hombre de Estado. Otras veces me da la sensación de que trota. Caballo fino que trota. Tengo para mí que hay dos tendencias que luchan en él: hombre de negocios y patriota.

Su idea grancolombiana merece todo el amor. Su telegrama al presidente de Ecuador es bello en espíritu y forma. Pero la Gran Colombia es un ideal. ¿Qué piensa hacer, qué actos, ya que se trata de un hombre de acción, de un político? Nos ha hecho saber apenas que es enamorado del ideal grancolombiano. ¿Cuál su programa activo? ¿Únicamente visitar? Es peligroso que perjudique al ideal grancolombiano, si los medios que va a emplear no son propios.

Fuente:

Periódico Relator, Cali, 29 de enero de 1936.

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