Boletín n.º 181
5 de octubre de 2020

Otraparte en la
Fiesta del Libro 2020

Jardín Botánico de Medellín

Portadas de los libros «Don Mirócletes» de Fernando González y «Prosas para leer en la silla eléctrica» de Gonzalo Arango

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Jueves 8 de octubre

Salón Humboldt
Hora: 7:00 p.m.

Ver grabación del evento:

YouTube.com/CasaMuseoOtraparte

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En los 125 años del natalicio del Brujo de Otraparte, la Corporación Otraparte se une a la Fiesta del Libro y la Cultura e invita a la presentación de Don Mirócletes de Fernando González y Prosas para leer en la silla eléctrica de Gonzalo Arango, nuevas ediciones publicadas en coedición con la Editorial Eafit. Contaremos con la participación especial de José Guillermo Ánjel (Memo Ánjel) y Jotamario Arbeláez.

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Editorial Eafit

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José Guillermo Ánjel Rondó (Memo Ánjel)José Guillermo Ánjel (Memo Ánjel, Medellín, 1954) es comunicador social-periodista y doctor en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana, donde ha sido docente en la Escuela de Teología, Filosofía y Humanidades, la Escuela de Ciencias Humanas y la Facultad de Comunicación Social y Periodismo, de la cual también fue su director. Se desempeña así mismo como columnista del periódico El Colombiano y director del programa radial «La otra historia». Sus libros han sido publicados en Alemania y Suiza, traducidos al alemán, y algunos de ellos son Abdúl Amán y su mujer Isabel Paredes, Aquí te traje el mar, De las razones del guerrero ilustrado, De lo político en Spinoza, El aire que habita el tiempo, El tercer huevo de la gallina, El tren de los dormidos y otras historias de Berlín, Historias del barrio Prado, Inventario de mujer de Buenos Aires, La casa de las cebollas, La luna verde de Atocha, La mujer de Ameghino, Mesa de judíos, Míndele 1955, Tres tratados de baja herejía, Todas las características de la tortuga, Viajando con los clásicos y Zürich es una letra álef. Es autor del cómic «Adolfo, el pájaro poeta».

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Jotamario ArbeláezJotamario Arbeláez (Cali, 1940) es poeta, publicista, editor y periodista, cofundador del movimiento nadaísta. Su primer libro, El profeta en su casa (1966), confirmó el ingenio, el humor negro, el erotismo, el desenfado y el talante mordaz que ha distinguido a los nadaístas caleños. Reprobado en Santa Librada College, hoy es su Ilustre Egresado. Ha obtenido numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora (Caracas, 2008). Es columnista de El Tiempo y El País. Otros libros suyos son El libro rojo de Rojas (1970), Mi reino por este mundo (1981), La casa de la memoria (1986), Doce poetas nadaístas de los últimos días (antología, 1986), El espíritu erótico (1990), El cuerpo de ella (1999, 2015), Paños menores (2001), Nada es para siempre (2002), Culito de rana (2010), La muerte de Jotamario (2013), Zona de tolerancia (2013) y X se escribe con J (2018). Este año publicará la antología 33 poetas nadaístas de los últimos días en convenio con la Biblioteca Nacional de Colombia.

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Foto de Fernando González y aviso de prensa de «Don Mirócletes»

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Biblioteca Fernando González - Editorial Eafit

A la búsqueda de los senderos de la libertad, Fernando González, que vivía en la antítesis como en su mundo, mientras estudiaba los mecanismos de la conciencia y descubría, a través de la figura del Libertador, las posibilidades de llegar hasta la conciencia cósmica, se topó con los turbios contenidos del subconsciente. Él, que siempre ha «estado con los descontentos; nunca satisfecho», a la vez que vislumbraba la posibilidad de la liberación por el crecimiento en conciencia, profundizaba en el conocimiento de sí mismo hasta llegar a lo más hondo de su propia alma. Como nunca ha «dicho una sola mentira» en sus libros, que son confesiones, se da a analizar los contenidos más hondos de su conciencia y como resultado de sus introspecciones crea a Manuelito Fernández, personificación de su alma en descomposición: «Manuel Fernández es Fernando González, pero éste no es Manuel Fernández. Mejor dicho: en mí vive, frustrado, reprimido, borrado por otras tendencias más fuertes, el amigo Fernández. Que es mi hijo se comprueba con el hecho de que siento deseos de llorar cuando, en virtud de la necesidad lógica de su carácter, pretende suicidarse o se va babeando detrás de una mujer cualquiera».

Alberto Restrepo González

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Don Mirócletes

Dos palabras

Me parece que a ninguno lo atormentó un personaje suyo como Manuelito Fernández a mí. Amargóme los días de mi primera visita a París, pues allá lo creé y llegó a estar tan vivo que me sustituyó. Casi me enloquezco al darme cuenta de que me había convertido en el hijo de mi cerebro.

Quise formar un personaje y rodearlo de gente y de vida observada hace tiempos. Me cogió la lógica que preside a la aparición de los organismos artísticos y casi me lleva a la locura. El 20 de agosto de 1932, a las once de la noche, entré al metro en la estación de la Magdalena, huyendo de una hermosa que me repetía: Pas cher! Pas cher! Quatre vingts francs avec la chambre…, y allá me sentí tan idéntico a mi personaje que lo oía hablar dentro de mi cráneo, y entonces terminé este libro sin que Manuelito se suicidara. Si se mata —me dije—, oiré que la bala rompe mis huesos y penetra en mi cerebro. Mi proyecto y la lógica exigían terminar con el suicidio. Pero fue imposible.

¿Cómo sucede esto? Yo no lo sabía antes. La creación de un personaje se efectúa con elementos que están en el autor, reprimidos unos, latentes, más o menos manifestados, otros. Durante el trabajo, la imaginación y demás facultades se concentran e inhiben los complejos psíquicos que no entran en la creación, y desarrollan, activan aquellos que lo van a constituir, hasta el punto, a veces, de que el autor sufre un desdoblamiento y la ilusión de haber perdido su personalidad real.

La creación artística es, en consecuencia, la realización de personajes que están latentes en el autor. Nadie puede crear un criminal, un avaro, un santo, un idiota, un celoso, sin que los lleve por dentro. Puede ser buena toda la apariencia de un artista y crear un monstruo. Pero ahí se traiciona, ahí confiesa… La observación no es bastante por sí sola para creaciones verdaderas; ayuda apenas.

¿Cómo puede ser que Manuelito esté en mí? ¿Si nunca he pensado lo que pensó, dicho lo que dijo y ni siquiera yo sabía que existieran tales pensamientos? Pues sencillamente —ahora lo veo muy claro— que estaba atado dentro de mí, dormido, con la boca cerrada, paralítico. Y no sé por qué se me ocurrió crearlo y se fue soltando y comenzó a pensar y a lo último me dominaba hasta el punto de que en París pretendió que yo fuera el paralítico y casi me hace suicidar. ¡Jamás volveré a efectuar estas experiencias!

Ya pasó. Esto lo escribo en Marsella. No quiero ver las pruebas del libro; no quiero leerlo. Eso no es mío, o mejor es la enfermedad que había en mi cerebro. Es un hijo mío monstruo. El editor me dice que es necesario quitar algunas palabras, frases y versos, y le contesto:

—Eso es de Manuelito y no quiere, desea hablar así, pensar de ese modo y hacer versos que parezcan hongos venenosos.

Pocos libros tienen tanta vida; pocos tienen personajes que vivan independientemente del autor. Como creación, es la obra mía que más me agrada. Pero no quiero leerla porque sentiré que soy Manuelito y deseo olvidar eso tan horrible.

También en San Francisco estaban Pedro Bernardoni, el lobo y los ladrones. Por eso era tan humilde. En el más santo está el asesino, y ¿qué no habrá en mí?

Lo mismo sucede en la vida orgánica, que de padres buenos salen pícaros y de bellos salen monstruos, y a veces, como hermanos, un pillo y un santo.

¿Cómo podrían aparecer, si no estuvieran en los padres? Hay muchas posibilidades en cada uno y el secreto del arte consiste en darles realidad. El valor de la obra se mide por la vida que adquiere la posibilidad que había en el artista.

Y si esto es verdad, mi libro tiene algún mérito, pues una noche en París, hace doce días, gritaba en mi dormitorio, invocando a mis buenos padres, que están en Colombia, para que me defendieran del monstruo Manuelito Fernández.

Por eso le dije al editor que no podía suprimir las palabras vulgares ni los versos negros, y ahora lo repito a mis lectoras. ¿Habrá lectoras para este libro?

El editor me decía con mucha prudencia:

—Suprímale esos pequeños lunares, pues quién quita que algún día la gloria…

Me tentó. Al oír la mágica palabra se me apareció el busto de Verlaine en los jardines del Luxemburgo; se me presentó su gran cabeza deforme en donde siempre está posada una paloma: la gloria. La mía será en Envigado, en el jardincito al frente de la iglesia en donde me bautizaron, entre las ceibas de la plaza, y será un afrechero que se posará en mi cabeza deforme también… Pero a pesar de todo, a pesar de la gloria, no puedo suprimir una sílaba.

¡Ojalá que algún día me dé a crear al santo que está dormido en mí, y entonces… pero hoy no insistan, queridos editor y lectoras!

Fernando González

Marsella, 11 de septiembre de 1932
Villa «L’Espérance», avenue Bonneveine, 63 bis

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Dedicatoria de Fernando González en «Don Mirócletes» e ilustración de ceiba por María José García Moreno

Ilustración (ceiba) por
María José García Moreno

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Columna «Última página» de Gonzalo Arango sobre su libro «Prosas para leer en la silla eléctrica»

Gonzalo Arango presentó su nuevo libro el 31 de enero de 1966 en la revista Cromos. Ver artículo completo en el sitio web de Michael Smith:

Elprofetagonzaloarango.com

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Biblioteca Gonzaloarango - Fondo Editorial Universidad Eafit

En estas Prosas Gonzalo Arango profetiza el resto de su vida, su experiencia todavía por revelar, anticipa la evolución de un hombre que conoció el menosprecio y el fracaso en la lucha, y que sigue siendo tan querido, a ya no sé cuántos años de su ausencia, por todos los que gozamos la gloria de tratarlo y lo seguimos releyendo, siempre con más cariño, como a ese muchacho legendario que al final de la representación de su drama nos descubrió el secreto, quitándose el pellejo del lobo de utilería: era una oveja disfrazada. Una oveja, no un santo para sacar en carnavales, con panderetas y lábaros de cartón, o solo un gran poeta de la palabra y de la vida, que es mucho más y mucho menos que eso.

Eduardo Escobar

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Todavía en Prosas para leer en la silla eléctrica Gonzalo Arango maldecía. Pero explicaba: «Si para algunos mi literatura es maldita, yo la bendigo porque es mi vida, es parte de mí mismo en otra dimensión de mi ser, pues para mí es igualmente sagrado el canto que la blasfemia, como ser ateo equivale a creer en Dios con una fe sin esperanza». Tiempo después, al encontrar el amor en la figura caminante de la inglesa Angelita, buscaría un nuevo lenguaje para anunciar un reino florido, que solo vino a encontrar en su tumba. […] En 1971, a los 13 años de fundado, y luego de una desgarradora crisis de conciencia, Gonzalo Arango hace de nuevo tabla rasa con su pasado y renuncia al nadaísmo, «para no seguir conduciendo a su generación al desfiladero». Muere poco después, en 1976, en accidente de tránsito. Su capilla le sobrevive.

Jotamario Arbeláez

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Prosas para leer
en la silla eléctrica

Noche de neón y niebla

Amo las ciudades que despiertan bajo los auspicios del verano. Soy, por algo más fuerte que yo, un hijo del sol. De las flores prefiero los girasoles, que son planetas. En las mujeres admiré siempre esas pieles voluptuosas quemadas por rudos veranos. En los trópicos mi espíritu se libera de la opresión mental, y se abre a todas las sedes, los más fieros apetitos, las embriagueces, hasta el éxtasis y la extenuación.

Vivo de mis sentidos. Mi cuerpo es para la voluptuosidad y la luz. Mi alma solo vibra en los climas cálidos, donde el sol la acaricia. Soy súbdito de esos Reinos.

De una ciudad fría solo podré decir que «razono», que me sobrevivo. Esos inviernos del alma son el olvido de mí mismo, la estación del pensamiento. Allí existo como una ausencia, sin el limo que me fertiliza, sin los frutos que me alimentan. La nostalgia es mortal. Entonces recuerdo de dónde vengo, cuáles son mis yacimientos, y allá voy de regreso como a una cita de amor, como al encuentro de mí mismo. Ciudades que son mi pasado, mi promesa, mis amores, con las que hago mi poesía y mi historia de hombre. Ciudades que son planetas, donde una mañana en un bar, al cruzar una calle, reconocí el Paraíso.

Bogotá es una ciudad de niebla y soles avaros. La amo en otro sentido, en el de la soledad. La amo cuando se enciende con su grave lentitud en la tarde de ceniza, con sus miles de ojos eléctricos disputando una gloria a las estrellas, porque la ciudad es otro cielo.

Aunque soy más de la carne, esta ciudad fría, melancólica, parece grata al Espíritu. Podría ser su capital. Aquí me sumerjo en la niebla, y me deslizo como un topo en los subfondos de la metafísica. Lejos del sol, un áspero sabor de muerte roe mi pensamiento y recuerdo que soy mortal. Este sufrimiento es el precio que pago por la otra cara, que es mi amor a la vida. Pero este sufrimiento funda la gloria de ese amor y le da un sentido. Pues el dolor pone un límite a la dicha y nos recuerda que la felicidad es fugitiva. En una palabra, nos hace conscientes.

En las ciudades he forjado mis sueños de hombre. Desde siempre las identifiqué en mi alma con un destino de soledad. Y nunca me defraudaron. Cada una se me entregó según mi inspiración y la fuerza de mi amor. A ellas llegaba como al encuentro de mí mismo y salía enriquecido con sus dones. El conocimiento de una nueva ciudad ha sido precedido de sentimientos de terror y fascinación, de una felicidad siniestra.

Así, con el alma en zozobra, llegué una noche a Bogotá, sumergida en el neón y la niebla. Lloviznaba, me deprimió su cielo y su inmensidad, y sentí que entraba en un exilio. Pero yo soñaba en la patria de la soledad. Por desgracia, había olvidado que esas patrias solo existen bajo el sol.

Sin dinero, sin amigos, sin nada, con una pobre sensación de aventura en el alma, mis pasos eran gateos en el azar. Tampoco me sentía perdido, pues no buscaba nada. Pensando en esa noche pude escribir una frase feliz: «El hombre no tiene sino sus dos pies, su corazón, y un camino que no conduce a ninguna parte». En todo caso era la sensación de que la ciudad me salía al encuentro como un ladrón. Pero yo era bien pobre y no tenía nada que perder, salvo una tristeza infinita. Mi piel seguía desesperadamente prendida al verano de Medellín, y de ahí esta nostalgia asesina. Este monstruo de mil ojos centelleantes lo mismo podía tragarme que abrirse a mi aventura como una promesa, y yo sabía que mi amor a la aventura era invencible. Seguí adelante, pues el que ama la aventura sabe que no hay esperanzas.

Desemboqué en un hotelucho de maleantes donde abandoné un equipaje exiguo pero colmado de poemas alucinados. Luego me sumergí en un dédalo de callecitas de suburbio sucio y oprimente. Era como entrar en la ciudad por el garaje: aquello apestaba y enfermaba el alma. Busqué un consuelo en el cielo y me guie por sus resplandores. Ellos me llevaron por entre un sistema nervioso de neones al corazón de la ciudad; por allí transitaba un ululante río de gente. Sin hacer resistencia me dejé ir en el vaivén cálido y anónimo de la multitud. Para mí, empezaba la aventura. He aquí su rostro:

Una sinfonía de cláxones dementes…

Un arco iris de neón temblando en el cielo como una constelación de ángeles ebrios…

Dos rascacielos que hacen un sándwich de cemento con la Luna…

La gasolina quemada empujando un torrente circulatorio de bichos por las avenidas…

Un vientre de rumores y latas crujientes…

Un tumulto que va o viene y hace remolinos y desaparece para reaparecer incesantemente…

Parejas que ríen, querellan, se abrazan, van a su deseo…

Otras parejas que vienen de su deseo, se deshacen, y se funden por separado en el tumulto…

Los clientes que llenan o vacían los salones de té, los bares, los restaurantes…

Los pregoneros de lotería, de vespertinos, de cajitas de ungüentos para el «Amor Eterno»…

Los compradores de lotería que más allá entran en una iglesia…

Los que leen diarios para saber si el mundo sigue tan loco…

Los que ya no esperan nada porque su corazón es un desierto…

Los mendigos que limosnean su salario de ocio o de miseria…

Un carro que atropella a un transeúnte y lo hace ensalada de tripas…

El asesino que huye en los vericuetos de la noche impune…

Un par de farolas escalando la montaña como la cola de un cometa…

Una ambulancia transportando la muerte a velocidades de sirena…

Ceniza, hollín, que forman tumores en los pulmones de las nubes…

La cartelera gigante con los ídolos de moda: luchadores, futbolistas, toreros, ciclistas, campeones, ningún santo o poeta. El enmascarado de pelo en pecho de gorila que se llama «Killer». Su rival que ha derribado titanes y se llama «El Invencible»…

Los pederastas que ramerean un idilio inconfesable y se menean como pingüinos peripatéticos…

La vieja célibe con su perrito faldero que hace pipí contra un semáforo…

El grito de un borracho perdido que a su vez se pierde en la indiferencia colectiva…

El místico que profetiza el fin del mundo y reparte bendiciones a una pandilla de mocosos…

Los gamines que se mofan de la santidad del loco y lo apedrean…

Los nuevos ritmos que chocan y se trizan con los viejos en mitad de la calle como dos edades que luchan a muerte por la última moda…

La noche que se arrastra con lentitud entre peligros y basureros…

Los rufianes de puñal agazapados en la sombra para imponer la ley del terror…

Los obreros que sacuden la noche con taladros eléctricos y tapan los dientes cariados de la ciudad…

Los doce campanazos que desatan en la catedral un aleteo de golondrinas, búhos y Ánimas Benditas…

La ramerita ambulante que me devora con sus ojos hambrientos como si fuera su cena de media noche…

Los músicos con sus guitarras templadas por el frío del amanecer…

Cinco grados de frío apuñalando la carne…

Mi esqueleto que pone fin a esta aventura bajo una bóveda llamada calabozo, sindicado de exhibir un clavel en el ojal…

Mi alma mística y pasajera del río de la muerte de donde se parte hacia un indescriptible Misterio…

Y la eterna pregunta del policía: quién soy, qué busco, qué hago aquí…

Pues si pudiera contestar, imbécil, sería Dios.

Gonzalo Arango

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Fiesta del Libro y la Cultura 2020