El concepto de filosofía
en el pensamiento de
Fernando González

~ Introducción ~

Por Santiago Aristizábal Montoya

Cuando se plantea la pregunta por el concepto de filosofía en un autor, debe indagarse en un sentido doble, pues tal concepto existe simultáneamente en dos planos no necesariamente coincidentes: por un lado, aparece como término, con un significado más o menos explícito y precisable según el uso que le dé el autor. Se trata de establecer a qué se refiere el autor cuando dice filosofía, filósofo, filosofar, etc. Pero, por otro lado, esto no basta para definir qué sea la filosofía para ese autor, pues siendo ésta un quehacer específico, habrá que definirla atendiendo al modo en que filosofa tal pensador. Así que, en este otro sentido —más profundo— de la pregunta, lo que atrae la atención no es lo que se dice por filosofía, sino lo que hace el autor cuando filosofa. De este modo, el concepto de filosofía no se muestra como dato ni como creación expresa del autor, sino como función que debe ser conceptualizada, es decir, reconstruida a partir de la obra filosófica. Y, en tanto que se crea un concepto nuevo, esta labor es un acto filosófico con pleno derecho. Más aún, emprender esta reconstrucción es en últimas pretender determinar el eje motor del pensamiento del filósofo, que es tanto como hallar las claves de su existencia filosófica. Por eso, la pregunta que anima esta investigación, la pregunta por el concepto de filosofía, es la cuestión originaria y fundante de cualquier hermenéutica filosófica que busque comprender la obra y el pensamiento de un filósofo.

En este caso trataré de reconstruir el concepto de filosofía desde tres perspectivas: su origen vital es decir, de dónde surge en la vida del autor, la función que desempeña su filosofar, o sea, para qué filosofa, y el modo de construcción filosófica, esto es, cómo filosofa el autor. Parece que en este enfoque hace falta la perspectiva de los contenidos o problemas que se desarrollan en el filosofar; pero he decidido no conferirle la misma importancia que a las otras tres, pues, por un lado, encuentro que queda subsumida en los temas de la función y la construcción del filosofar y, por otro, Fernando González (fg) no presenta un desarrollo sistemático de sus temas en sentido pleno, así que sus temáticas son tan variadas como los acontecimientos de la vida de donde surgen.

Empero, la dificultad que hemos encontrado para definir la filosofía de González estriba en que no nos viene dada ya de suyo como concepto, sino que la encontramos en su velada condición de ergámeno [1]. Sabemos (por lo menos suponemos) que en el conjunto del pensamiento de fg hay un principio activo que dirige su reflexión filosófica determinando cómo debe encararla y para qué hacerlo; indicándole de dónde tomar sus problemas filosóficos, cómo razonar y qué objetivo esperar al final (al absoluto final) de su reflexión. Es decir, lo que ahora intentamos explicitar como concepto de filosofía está presente como ergámeno en la obra de fg. El ergámeno de filosofía no es una proyección del autor al proponerse sus tareas, sino una abstracción retrospectiva que elaboramos al estudiar el conjunto de la obra ya terminada del filósofo. Lo que haremos en los tres primeros capítulos será sacar a la superficie el ergámeno generador de la filosofía gonzaliana; pero aún permanecerá invisible, difuminado: sólo se percibe por su acción y efectos, y apenas apreciaremos su forma cuando le arrojemos, en el cuarto capítulo, el velo del lenguaje, que lo transformará en concepto.

Debo advertir que en muchos casos no utilizo los mismos términos que empleó fg para denominar sus conceptos, y podrá por eso objetárseme que lo fuerzo a entrar en los esquemas académicos de la filosofía tradicional que tanto rechazó. A ello respondo con tres argumentos: Primero, que uso términos de la tradición porque me permiten globalizar y mostrar con unidad los conceptos que fg llama inconsistentemente de diversas maneras a lo largo de su obra. Segundo, no me propongo hacer una exposición de sus ideas filosóficas sino una reconstrucción interpretativa, lo cual me permite «crear» conceptos globalizantes sin traicionar su pensamiento. Y, tercero, me interesa mostrar el enlace original de fg con el pensamiento occidental y ello me exige usar las categorías acuñadas por la tradición filosófica. De este modo, lejos de mistificarlo, resaltarán más las peculiaridades de su pensamiento.

La interpretación reconstructiva que propongo aquí está fundada sobre principios hermenéuticos, por lo cual, su desarrollo se efectúa en tres momentos: una contextualización, para situarnos en el horizonte vivencial, cultural y filosófico de fg; un momento de comprensión y explicación del pensamiento de González; y por último, la interpretación, que constituye la reconstrucción propiamente dicha. Los cuatro capítulos que conforman la monografía obedecen a este enfoque metodológico. Por eso el primero intenta determinar cómo se formó el pensamiento de fg a lo largo de su trayectoria biográfica. En el segundo y el tercer capítulo presento una lectura de la obra de González desde la perspectiva de la función de filosofía que aparece en ella y del modo como se construyen sus problemas, sus conceptos y su discurso. Y el cuarto capítulo contiene la reconstrucción del concepto de filosofía, donde confluyen y se integran los elementos teóricos descubiertos en los capítulos precedentes. Ahora bien, para la reconstrucción del concepto me apoyo en la caracterización que de él presenta Gilles Deleuze, al definirlo como una estructura integradora por componentes conceptuales inseparables pero discernibles, sobre un plano de pensamiento [2].

Al ser éste un estudio hermenéutico, es necesario explicitar las preconcepciones que sirven de fondo a la comprensión, particularmente, en este caso, la noción de filosofía desde la que entraré en diálogo interpretativo con la propia de González. Yo parto de la idea de que la filosofía es fábrica de conceptos, que crearlos es su afán último y que con ellos se interpreta y pone en evidencia la realidad. En fg la relación con el concepto es distinta, porque no le asigna una función central. Crea conceptos y emite juicios, por supuesto; pero no restringe a ellos su actividad sino que los usa como un medio para vivir concienciándose: la filosofía es medio para la vida filosófica, que va más allá de los conceptos [3]. En otras palabras, los conceptos son un paso para llegar a la amencia, la ausencia de conceptos, que es intuitiva, se experimenta. Los conceptos simplemente permiten expresar el camino que conduce a aquel estado. Por otra parte, en la búsqueda de la verdad tienen tanta validez como la razón conceptual formas alternas de percepción, tales como la sensibilidad, la intuición y la mística. Esta diferencia entre mi concepción de filosofía y el uso que hace fg de los conceptos, lejos de ser un obstáculo, da pie a la postulación de mi hipótesis investigativa: que la filosofía es, para González, una creación de conceptos a partir de las vivencias, para ir más allá de ellos, regresando a la vivencia con la riqueza de lo comprendido conceptualmente.

Debo hacer una última advertencia, acerca de la forma del discurso en esta monografía. Aun sabiendo que es recomendable que en un escrito de estas características la redacción sea impersonal (en tercera persona del singular), yo alterno también con la primera persona del singular y del plural. Empleo aquélla cuando anuncio algún movimiento metodológico del que soy protagonista o cuando quiero dejar en claro que lo expresado es desde mi punto de vista; uso ésta otra (la forma plural) para enfatizar la implicación de los lectores en el proceso investigativo: al fin y al cabo, siempre en el proceso de creación escrita hay un lector ideal implícito, para quien intenta ser claro el escrito; ¿por qué, pues, no explicitarlo de una vez en esa forma plural? Y es justo hacerlo, pues toda investigación es un recorrido, un camino (met-hodos) que se cumple entre varios: el autor, el objeto o personaje investigado y los lectores posibles.

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Notas:

[1] Ergámeno (lit. el que realiza un trabajo, del v. εργαζομαι, trabajar, construir, producir) es la categoría de lo pre-conceptual que se manifiesta porque desempeña funciones dentro de un todo. Ya en griego tiene el matiz de lo factual, en oposición al logos y al rhema. Es posible figurárselo como un principio unificador tácito en los fenómenos y en su devenir, que sólo puede percibirse cuando el devenir ha llegado a su término. Es análogo al sentimiento indeterminado que mueve a alguien a una acción heroica y que sólo al final puede identificar y describir como miedo a la muerte o amor a la patria, pero que aun en su indeterminación produjo unos actos armónicos y coherentes entre sí. El estudio del ergámeno lleva a la reconstrucción del concepto.
[2] Cf. deleuze, Gilles y guattari, Félix. ¿Qué es la filosofía? Barcelona : Anagrama, 1993. p. 26.
[3] «Los conceptos abstractos, con sus juicios, resultan de la vivencia pasional. Quien no usa el cuerpo mental es víctima de ellos: vivirá en causalidad formada por ellos, lo cual se llama La Nada, o sea, el Infierno. […] El que pierde la Intimidad y queda prisionero de los conceptos nacidos del viaje pasional, es arrastrado en ese camino a los mundos inferiores y al “tormento eterno”». (lvp, p. 168).

Fuente:

Aristizábal Montoya, Santiago. «Introducción». En: El concepto de filosofía en el pensamiento de Fernando González (pdf). Monografía para optar al título de Licenciado en filosofía y letras. Universidad Santo Tomás, Facultad de Filosofía y Letras, Bogotá, 2001, pp. 1-5.