Era un deleite en llamas

Por Gonzalo Arango

Asombrosa la juventud del maestro Fernando González, el grandioso escritor de Envigado. Él inventó el existencialismo antes de que existiera. Se dice que Sartre leía y admiraba sus obras. Pero como en Colombia cultivamos un inmundo complejo de bastardos, no creemos en nuestros valores nacionales. De ahí que Fernando González sea más conocido en Suramérica y Europa, mientras en su tierra ocho años después de muerto sigue siendo un inmortal anónimo desestimado. Sólo el nadaísmo, hijo legítimo de su rebeldía, ha hecho lo posible por rescatar el inextinguible tesoro de su mensaje, de su gloria que varias generaciones le han escatimado, unos por miedo a la verdad, otros por mezquindad de alma.

Nosotros no desertaremos la misión de divulgar su obra entre las nuevas generaciones, por ser una obra que pertenece más al futuro que al pasado, por ser un escritor contemporáneo de la juventud, un iluminador de caminos, un maestro de vida.

Su permanente actualidad se evidencia en dos textos inéditos que publica el número 2 de Nadaísmo 70, y fueron escritos hace 40 años:

«Carolina» y «Poema a la vida carnal». Tanto en prosa como en poesía, Fernando González es un escritor sin espacio ni tiempo. Un clásico de vanguardia. ¡Qué estilo al evocar la vivencia sexual de Carolina!:

«Ella vivificó al demonio que habita en mí, enloquecedor, rey de infierno deleitoso: infierno, porque no podía atender sino a la imagen de la muchacha, y deleitoso, porque cada partícula mía la anhelaba. ¿Con qué voy a compararla? Con la imagen del agua en un desierto. Era un deleite en llamas».

Y luego este análisis de la pasión sexual, en torno al pecado y el remordimiento, que nada tiene que envidiar a los Pensamientos de Pascal, ni a las reflexiones morales de Kierkegaard, porque la belleza de estilo y la profundidad filosófica de Fernando González es del mismo linaje:

«Gravísimo es que se pierda por desgaste, por el uso, la pecaminosidad. Entonces se trata ya de impotente, y para éste no hay ya la dialéctica de la tentación. Ese depósito precioso, la sexualidad, es al espíritu lo que el aire al ala: la resistencia en el ala produce la elevación. El ala aquí es la represión. El que no peca ya, porque no puede, por acabado, está muerto para el ascenso. Muerto para el remordimiento, para la tentación, para todo. Perdió la posibilidad».

(Lea el resto de «Carolina» en Nadaísmo 70. Esto era apenas un mordisquito de la [palabra ilegible]).

Fuente:

Arango, Gonzalo. «Era un deleite en llamas». Periódico El País, Cali, 5 de mayo de 1970, columna de opinión «El Callejón de las Chuchas».