A los treinta años de Otraparte

Por Arturo Guerrero

En una noche como la de esta noche, hace treinta años, murió en Envigado, de un infarto cardíaco, Fernando González, el colombiano que más se ha burlado de sí mismo. «Que no haya duelo a mi ida, me voy a la Luz», había escrito poco antes. A su funeral concurrió todo el pueblo. «Mulaticos descalzos, malolientes, rodearon sus reliquias… Atrás, en la bancada, ricos y pobres», así lo recuerda el padre Andrés Ripol, su corresponsal de los últimos meses.

Frente a la pequeña biblioteca de casi veinte libros escritos y publicados por este sabio sin reverencia, uno se pregunta cuál es el secreto de su fiebre. Es que cuando un buscador se topa en la vida con uno cualquiera de esos libros, le crece en la garganta una sed de todos. Y una compulsión lo lleva a indagar con libreros viejos por toda la colección de esos volúmenes de bolsillo.

El brujo de Otraparte es un vicio, y cada uno de sus libros es una dosis que genera adicción. Sucede que no son tratados de nada, ni de filosofía ni de historia ni de política ni de mística. Tampoco son ensayos, ni novelas ni cuentos ni relatos de viaje ni poesía. Son engendros de un corazón que trata de conocerse y que deja con rabia unos garabatos sin forma, pero tremendamente estructurados.

El poder de González está en sus ideas, que son fibra, y en la forma en que las narra, que es de incendio. Cada libro es un espasmo de su existencia. Él simplemente fue padeciendo el conocimiento y plasmándolo fielmente en palabras sin lastre. Desde muy joven, cuando no había cumplido siquiera veinte años de edad, fue un viejo, y escribió precisamente Pensamientos de un viejo. Su vejez consistía en una tremenda carga de visión y de vida. Y a los sesentaiocho años, en la noche de su muerte, había llegado a ser un niño bajo el ala del silencio.

Escribió toda la vida, pero tuvo un gran lapso como de veinte años de perdición en la nada. Nadie sabe lo que sucedió en su alma rebelde, después de que en 1941 firmó su Maestro de escuela como Ex Fernando González, y cerró ese volumen con la exclamación «¡Putísima es la vida!». A sus cuarenta y seis años de edad se metió en la selva oscura, de la cual habría de salir hacia una vejez mística y vidente.

Y en 1959 emergió a la claridad con una obra tremenda, multidimensional y hereje, titulada Libro de los viajes o de las presencias, que es la travesía más lúcida hecha por colombiano alguno en torno de los inframundos y los supramundos. González, sin ayuda de sustancias sicotrópicas y apoyado únicamente en la clarividencia de sus huesos, conoció la forma de las ninfas y los céfiros, las varias muertes de los muertos, los universos sublunares.

Al final, el sabio de Envigado se había consagrado como chamán sin haber pasado por los ritos del yagé ni del yopo. Se murió como un santo, después de haber sido toda la vida un apóstata. Enseñó como un místico, tras haber reconocido: «…yo soy muy malo, […] pero soy el que más gana tiene de ser bueno».

La obra de Fernando González es un universo completo, un cosmos visceral, el caos de un hombre que se batió íngrimo con la falta de sentido de la vida. Su método no fue literario ni académico ni lógico. Fue simplemente una llaga que se dejó ser en público. Habló tremendamente de sí mismo y por eso su obra es el espejo del hombre como especie y del colombiano como raza frustrada.

Fernando González es la conciencia fulminante de este siglo entre nosotros.

Fuente:

Guerrero, Arturo. «A los treinta años de Otraparte». La Prensa, Bogotá, columna de opinión «Anarcoiris», 16 de febrero de 1994.