Conversación

El tiempo y la naturaleza

Una pregunta entre
Henri Bergson y
Fernando González

—27 de septiembre de 2022—

«El tiempo y la naturaleza» - Ilustración © Sofía Giraldo

Ilustración © Sofía Giraldo

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Nicolás Mery García es filósofo de la Universidad Javeriana de Bogotá, autor del trabajo de grado «El tiempo y la naturaleza: una pregunta entre Henri Bergson y Fernando González». Durante su adolescencia estudió Guitarra Clásica y en la primera etapa universitaria comenzó a estudiar Música y Composición. Sin embargo, la inquietud por una pedagogía menos vertical y las preguntas sin respuesta lo llevaron a la Facultad de Filosofía. Una búsqueda que no lo abandona es el estudio profundo de la cultura colombiana y latinoamericana, tanto en la diversidad de formatos que recogen y actualizan las músicas populares como en el pensamiento filosófico y la creación poética que buscan los caminos y las novedades de una herencia en tránsito. Una herencia que suena en los oídos de los niños que escuchan conversar a sus mayores, en el recogimiento comunitario, en el seno de la familia, el hogar y los amigos, o la música que los atiende en las horas cotidianas: una cierta cadencia, y una cierta multitud de ritmos acompasados en el territorio que nos ha visto nacer y los pueblos que confluyen en esta extraña gesta histórica que llamamos «nuestra».

Conversan Nicolás Mery García y José Antonio de Uricoechea, estudiante de Filosofía en la Pontificia Universidad Javeriana.

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Tengo el gusto de presentar el trabajo de grado titulado El tiempo y la naturaleza: una pregunta entre Henri Bergson y Fernando González, presentado por el estudiante Nicolás Mery García, para optar el título de Filósofo. […] En su texto, Nicolás busca un vínculo entre dos filósofos en apariencia disímiles, empezando por la procedencia geográfica de cada uno, pero que, en una lectura cuidadosa, se pueden percibir profundas coincidencias en sus propios motivos filosóficos. Esto es lo que Nicolás intenta en un escrito caracterizado por su originalidad tanto en su búsqueda de relaciones novedosas como en su apuesta escritural. El tema acerca de la comprensión de la naturaleza por parte de la filosofía y de la ciencia es un tema tan actual como el vínculo de los humanos con ella. En el recorrido que propone y emprende, Nicolás busca mostrar la vigencia filosófica de los dos autores y es llevado a pensar, a partir de ellos, esa relación entre el humano y la naturaleza que en nuestro tiempo está a punto de quebrarse.

Luis Antonio Cifuentes Quiñonez

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Nicolás Mery García

Nicolás Mery García

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El tiempo y la naturaleza

~ Introducción ~

Por Nicolás Mery García

El tiempo y la naturaleza son dos palabras para intentar referirse a la misma cosa. En los surcos de la piel de nuestras manos, si nos fijamos con detalle, se ejemplifica esta cuestión: en ellas se hacen unas líneas que son, a la vez, el producto del tiempo de nuestra existencia y una cierta fuerza creativa de la naturaleza que llamamos vida. No es solo la vejez la que delinea los intrincados laberintos de la piel, sino también el trazo de la vida misma que se ha decantado en unas formas particulares: los dedos y las huellas dactilares, las uñas y sus estrías, la piel, los nudillos, la carne, los tendones… La vida se hace a sí misma en un organismo con una apariencia singular. Apariencia que, a fin de cuentas, no podrá desligarse de su ser porque ser es también aparecer.

La ciencia nos ha dicho que esta perplejidad por el origen tiene respuestas concretas. Las formas de nuestro cuerpo responden a un código genético que se manifiesta en cada individuo por el azar de la herencia, la re-combinación y el tipo de relación que tiene el organismo con su entorno. Es decir, un ser vivo sería la suma de una programación previa derivada de la reproducción, su desarrollo propio y las interacciones que tiene con el ambiente. Pero tal explicación, por más de que alcance un altísimo grado de certeza y haga referencia, efectivamente, a algunas cosas del mundo, deja de lado algo fundamental: ¿por qué hay manos, de hecho?, ¿por qué aparecen en el modo en que lo hacen?, en concreto, ¿por qué la vida se muestra así y no de otra manera?, aún más, ¿por qué hay vida?

Para un cierto cientificismo al que le repugnan las sugerencias al misterio de la existencia, en la vida y su entorno obraría una matemática simple que se denomina «adaptación» y un azar caótico que se llama «mutación». Así, las formas orgánicas e inorgánicas serían un mero efecto inercial del movimiento cósmico, de los trajines de la materia y sus amalgamas químicas, un extraño resultado aséptico de la probabilidad y la mecánica; la conciencia, no más que la suma de una multitud de sustancias que se han organizado en un órgano concreto, a saber, el cerebro, de un organismo específico, seguramente, el ser humano: una adaptación eficiente al medio cuya formación no pasaría de la suma de unas reacciones bioquímicas. Pero, nuevamente, ¿puede ser el amor, por ejemplo, solo serotonina, dopamina y adrenalina?, ¿o puede ser un rostro solo calcio, sangre, fluidos y tejidos adiposos? Es más, ¿pueden ser todos estos elementos algo tan despreciable como “sólo eso”?, ¿no es ya la inmediata existencia un milagro que nos interpela a no abandonar el asombro? El punto radica precisamente aquí: la vida que «solo» sería una suma de componentes materiales desborda toda presunción explicativa. Encontrar la fractura fundamental de todo conocimiento frente a la realidad que vivimos no resulta sencillo, pues hay que preguntarse algo completamente extraño para la cotidianidad, una pregunta que reverbera en la metafísica, la poesía y las noches oscuras en las que el insomnio toma al silencio desprevenido: ¿por qué hay algo y no más bien nada?

Esa es la cuestión que he decidido tomar aquí como eje filosófico, en un sentido muy general. Como podrá entreverse no es un asunto zanjable, ni es deseable que lo fuera; ni siquiera resulta fácil o posible de enunciar. La llegada a la perplejidad existencial y un cierto abismo que causan las preguntas sin respuesta, es la de hacer una torre y quedar suspendido en las alturas una vez que ésta se ha hecho añicos a nuestros pies; por un breve momento sentimos como se abre un horizonte de conciencia que olvida cualquier vaga certeza dejando que hable lo que no tiene una voz. Pero la investigación concurre, como debe, hacia regiones menos abstrusas del pensamiento, mas no por ello distantes de la inquietud inicial.

El primero de los autores que escogí es el pensador francés Henri Bergson (1859-1941). Su postulación de un Universo creador me cautivó por alejarse de la visión inerte de objetos secos en la fría profundidad estelar y las mecánicas deterministas. Allí, como en casi toda su obra, el tiempo es una fuerza cualitativa que crea la diversidad del ser que percibimos en un juego entre espíritu y materia. Una visión disidente del tiempo matemático que logra atisbar una naturaleza fluida y poderosa que se escapa a los dominios de la inteligencia. La intuición, su método propio, es el medio para alcanzar esta perspectiva de la naturaleza y tener una visión más amplia de la vida.

El segundo autor es el filósofo colombiano Fernando González (1895-1964). Llegó como llegan las cosas que uno quiere más, sin buscarlas. Viaje a pie (1929) fue la puerta de entrada para ver la vocación de la creación filosófica que observa el tiempo y la naturaleza desde la obstinada búsqueda interior, desde el ejercicio espiritual. Su obra no encarna la disputa disciplinar por un rótulo oficial o la disposición por imitar figuras oscuras de un panteón ajeno y excluyente: es la decidida querencia de vivir con intensidad y pensar con libertad o, al menos, preguntarse qué sería pensar más libremente y cómo llegar a hacerlo. Desde el camino, se ve la naturaleza con el amor del viajero: fértil y abundante, intensa y seductora. Y el tiempo, ritmo de la vida y el caminante, un flujo que cada cual debe poder sintonizar para hacer su música, la única que podría realmente desarrollar.

Asimismo, perseguí una tendencia discursiva en varios autores. Busqué delinear mejor aquel adversario que enfrento desde un principio: el cientificismo y el eurocentrismo que han significado el asentamiento de una cultura que, en su versión hegemónica, prefiere intentar develar la complejidad del mecanismo cósmico, en vez de considerar la imagen misma de un mecanismo como un modelo constitutivamente insuficiente. Así, trato de observar el entramado de fuerzas geopolíticas hoy vigentes que refuerzan dicha imagen mecanicista de una naturaleza muerta y un tiempo cuantitativo.

El primer capítulo se pregunta sobre el movimiento buscando descifrar la piedra angular del pensamiento de Bergson, la intuición de la duración y el concepto de acto lógico en Fernando González. Entre esos dos polos surgen varias reflexiones y menciones a otros trabajos filosóficos que alimentaron la investigación desde mi formación e interés: Adorno y Horkheimer, Silvia Rivera Cusicanqui, Hans Georg Gadamer, entre otros.

El segundo capítulo sustenta que la experiencia del tiempo se interpreta mediante estructuras de sentido que velan su fuerza creadora. Por ello, la ciencia es un ejemplo preciso que permite ver la reducción de la experiencia vital al experimento. Desde un ángulo histórico en la época colonial, muestro que la ciencia juega un rol fundamental para desbancar otras maneras de comprender el mundo en un orden eurocéntrico que dialoga con América. Identificando una imagen clásica de la ciencia europea que tiene su fundamento en Isaac Newton, encuentro una naturaleza que se muestra como una totalidad cognoscible reducida a leyes constantes y eternas. Para elaborar esta criba de análisis me dan una mano Santiago Castro Gómez, Mauricio Nieto Olarte y, en particular, el trabajo de Isabelle Stengers e Ilia Prigogine, La nueva alianza (1983), en el cual indagan por una nueva perspectiva de la ciencia que la desembargue del prejuicio de la imagen Newtoniana.

En el tercer capítulo, elaboro la pregunta por el ser de la naturaleza desde lo que Bergson llamó la «metafísica natural de la inteligencia humana», un materialismo que la convierte en “sólo” un objeto inerte. Aquí establo un diálogo con algunos fragmentos de los manuscritos de Marx y sus consideraciones sobre la producción industrial y la conciencia humana enajenada. Unas breves menciones a Freud y Platón me permiten encontrar que, tanto en el alma individual como en el mundo que nos circunda, la perplejidad nos acecha aunque queramos obviarla con un manojo de certeza estáticas.

Al final, intento volver a la pregunta primera. La mística espiritual como el camino en el que cree Bergson para guiar la acción frente a la crisis de la civilización occidental, y una de las actitudes por las que González fue reconocido entre sus semejantes.

Buscar en el camino las honduras de la conciencia humana permite sentir la emergencia del tiempo interior que se encuentra a sí mismo como una parte integrante de la naturaleza creadora.

Fuente:

Mery García, Nicolás. El tiempo y la naturaleza: una pregunta entre Henri Bergson y Fernando González. Trabajo de grado presentado bajo la dirección del profesor Luis Antonio Cifuentes como requisito parcial para optar al título de Filósofo. Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Filosofía, Tabio, 21 de abril de 2022.

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