Presentación

Última clase

—31 de agosto de 2023—

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Ver grabación del evento:

YouTube.com/CasaMuseoOtraparte

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Luis Felipe Gómez Isaza (Medellín, 1961) es médico del Instituto de Ciencias de la Salud – CES, especialista en Medicina Interna de la Universidad de Antioquia y especialista en Medicina Vascular de la Universidad de Miami. Desde 1992 se ha desempeñado como profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia. Escritor de cuentos y crónicas de viaje, ha publicado «Cuentos del cartujo» (2013), «Cuentos de Cupido» (2015), «Cuentos de Sísifo» (2016), «Viaje a caballo» (2019), «Número 8» (2020) y «Última clase» (2023). Columnista de cuentos y crónicas de fútbol («Cápsulas de Alcasu»), es hincha del Atlético Nacional de Medellín, amante del fútbol colombiano y de su Selección.

Presentación del autor y su obra
por Carlos Alberto Velásquez Córdoba.

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Este libro es un homenaje a varios maestros que forjaron seres excepcionales convencidos de que solo el amor por los demás nos salva de la miseria y el dolor. Es también una invitación a pasar la antorcha a las nuevas generaciones, a crecer como personas para poder enseñar el mejor camino.

Carlos Alberto Velásquez Córdoba

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Luis Felipe Gómez incursionó con entusiasmo en la escritura de cortos y amenos libros de cuentos y relatos de viaje. Ahora nos deleita con su obra Última clase, narrada en su particular estilo y en la que nos trasmite realidades y vivencias personales a través de una auténtica descripción de hechos y anécdotas acompañadas de reflexiones y enseñanzas. En este libro el autor nos comparte su vasta experiencia y una visión sobre el arte de la profesión médica. Su lectura invita a inspirar a las nuevas generaciones que escogen la medicina como vocación, a que siempre la vean como un medio de ayuda al enfermo con un deseo incondicional de reverenciar la vida, de curar, aliviar, consolar, acompañar aminorando el sufrimiento, prolongar la existencia y hacerla más llevadera, y, finalmente, de asistir el bien morir.

Mauricio Jaramillo Merino

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Luis Felipe Gómez Isaza

Luis Felipe Gómez Isaza

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Pensar

Por Luis Felipe Gómez Isaza

Sigifredo Betancur Mesa, eminente neurocirujano de esa época, fue mi profesor. Llegaba siempre puntual y sin falta todos los lunes a las ocho de la mañana para dictarnos la cátedra de neuroanatomía. Era delgado, no muy alto, tampoco gordo ni flaco, más bien atlético y musculoso, blanco, de andar sobrio y recto, de manos pulcras e impecables, y de mirada seria y profunda que indagaba espíritus juveniles que apenas intuían que posiblemente podrían algún día ser médicos. Bien peinado y buen mozo, podría decir una señora de ese entonces, con su corbata ligeramente suelta, camisa blanca y de mangas cortas, pantalón ceñido y zapatos negros y lustrosos, muy activo. Se movía dentro del aula como un actor de cine, de esos que sienten la actuación en el interior del alma. Se exhibía, sus poses parecían premeditadas, creo que posiblemente le faltaba un espejo para adorarse y admirarse más. El profesor Sigifredo tenía momentos en los que se quedaba mirando el techo del salón, entraba en profunda meditación y después nos decía lo importante que era, y lo fácil que era para él la neurocirugía, así como resolver los acertijos que le traían los pacientes. Delirante y con sus ojos satisfechos de sí mismo y de sus actos, nos decía ostentoso: «Los pacientes traen el diagnóstico en una escarapela, la medicina es muy fácil». Era el profesor Sigifredo, en resumen, un narciso que alternaba entre los quirófanos y las aulas. A pesar de lo risible y lo curioso que era, siempre estaba inquieto por el acto de pensar, en realidad creo que después del colegio, fue la primera persona que me invitó a hacerlo. Luego de entrar y salir de unos dibujos anatómicos que preciosamente plasmaba en el tablero, circunvoluciones cerebrales, arterias, haces neurales, plexos y envolturas piales, se retiraba nostálgico de ellos, y se dirigía a cualquiera de sus alumnos para preguntarle:

Joven, ¿usted qué piensa del sifón de la carótida?, ¿por qué será que tiene una forma de «s» mayúscula?, ¿se ha puesto a pensar por qué está diseñado de esa manera? ¿No le parece maravillosa la forma en que se regodea y da vueltas la arteria antes de ingresar al cerebro? Me he puesto a pensar…, ¿será para amortiguar la presión de la sangre? Me inquieta.

A propósito, muchachos, ¿no les parece maravilloso pensar? Es un acto sublime, yo me quedo ensimismado muchas veces, medito y analizo por qué pensamos. ¿Interesante, no? Piensen y verán, es sublime. Es más, creo que es el momento de que piensen, después no tendrán oportunidad, aprovechen para pensar, ojalá se pudieran quedar en esas, pensando no más.

No nos enseñó a pensar, digamos que, más bien, nos invitó a hacerlo, y es que en realidad nadie le enseña a pensar a uno; es posible que nos enseñen a razonar, a solucionar un problema de matemáticas, a resolver un acertijo o a practicar la metáfora, la metonimia, la sinécdoque, pero no a pensar; acto propio y maravilloso, único en el ser que se siente vivo y con asombro.

Por ese mismo tiempo del profesor Sigifredo, me topé con la lectura de Viaje a pie del maestro Fernando González, escritor y filósofo antioqueño, quien a pesar de su estancia oculta para los jóvenes de ese entonces, definitivamente abrió las puertas de mi mente y de mi devoción por leer y por el pensar, el meditar y sentir el momento, el estar vivo, el ser crítico y observador. No he parado de leerlo y de releerlo, de tener en cuenta esa sentencia de jugar a la enemiga, de ir contra el juego común y hacerlo a mi manera, de vivir mi cadaunada, mi proceso, porque nadie más se lo vive a uno, sino uno mismo, pues uno es proceso, y uno es viaje, uno es el que piensa y se piensa. Mientras estudiaba protocolos y me preparaba para ser médico, leía y releía al maestro Fernando, me deleitaba con sus invitaciones, me sentía parte de mi viaje. A la medicina, como a una amante celosa, posesiva y compleja, siempre hay que atenderla de día y de noche con el riesgo de perderse en la vida, en la vida común, en la curiosa y graciosa entretención de los egos y de los apegos. Eso me ocurrió, la medicina me robó, me embolató. Me volví un erudito, un repetidor gracioso de lo que se recomendaba y se recomienda, en alguien quien refiere artículos, una maleta con documentos impresos que siempre acompañaba mi aura de pequeño doctorcito, un curioso conferencista que deambulaba por estas montañas y por fuera de ellas. En realidad me asombraba de mí mismo, me sentía importante, grande, pero me confundía la búsqueda de las utopías extrañas en un apego a ese curioso reconocimiento que buscamos cuando somos inconscientes. Con estos elementos risibles y mis adornos de aquella entretenida época, llegué a ser un muy destacado profesor. No solo en la universidad, también en el gremio nacional e internacional, fui editor, publiqué capítulos de libros y de revistas, fui investigador de primera línea, escritor de literatura médica. Llegué a ser un referente, pues la gente venía a verme desde las veredas cercanas y también de las lejanas, me escuchaban y me acataban, especialmente cuando recitaba la prosa que todos querían que yo les relatara. En un cuasi Sigifredo me había convertido. Mi dedicación me había permitido lograr ese objetivo que buscan los profesores y el mundo de la erudición. Intoxicado con tanta acumulación de datos y de referencias, me dirigía hacía un reconocimiento aún mayor, el tiempo no me daba abasto suficiente para disfrutar y disfrutarme, los contratos y los respectivos emolumentos me reconfortaban, el mundo académico redimía los objetivos que me había trazado cuando mi imberbe consciencia me animaba.

Mis alumnos me temían, la rigidez de mis varas medía sus temores e inconclusos procesos, ascendía y me admiraban. Sin embargo, nadie está más cerca de la luz que quien anda en la oscuridad, el problema es no reconocer las tinieblas, pues los ojos de la inconsciencia se adaptan con perfección a ellas. Las amadas crisis y la oscuridad de los sucesos que uno siempre evita, me despertaron. No fue tarde, fue en el momento justo que pude abrir mis ojos, volví al viaje a pie, volví a Otraparte, comencé a caminar, recuperé a Goya y a Soroya, volvieron los viajes del viento, volvió la tertulia con los cofrades simples y con los más complejos, me encontré con la polaridad que da la diferencia y los matices. Me encontré con la escritura, nacieron mis cuentos y mis viajes, mis recuerdos; me cambié la túnica, me llené de amor y de paciencia, comencé a compartir con mis alumnos lo simple y lo elemental; le permití a mi ser, el oculto, el que no vivía en el mundo, que hablara por mí, volví a pensar, a reflexionar. Me encontré con Sigifredo en Maracaibo con la Oriental pensando la vida y viendo pasar el mundo, aprecié que tiene nuevas canas y que ya no opera, dejó la medicina y sus egos para pensar, dejó todo. Alguna vez lo había dicho, tarde que temprano se iría a pensar, pero sigue sin enseñar a pensar. Él sólo se reconforta, solo invita a hacerlo. A esta altura de mi vida veo la medicina como un amor que pronto será recuerdo, sin embargo disfruto de este amantazgo en su fase final, nuestra relación es de cómplices y no de esclavo y amo. Ahora sé que estoy en mi propio viaje, en mi camino; la erudición quedó atrás, sé cosas elementales que comparto sin recelo, entrego sin esperar que me reconozcan, aborrezco los protocolos, las guías me limitan, solo exijo a los alumnos que tengan ganas de aprender, si no saben hoy, pero mañana traen la respuesta, soy feliz, prefiero que intuyan, deduzcan y construyan el conocimiento, no tengo ganas de seguir siendo profesor, ahora quiero ser maestro, de hecho pienso que aunque es tarde, tendré mi oportunidad. Probablemente alguno de mis alumnos, gratamente me podrá recordar sin que esto me desvele ni me interese. Posiblemente me verán en la plaza de Jericó detrás del aroma de un café y de un pensamiento, de pronto volveré a ser quien en algún momento fui. En ese instante entenderán que me salí del mundo. Cuando eso ocurra, estaré solamente dedicado a pensar.

Fuente:

Gómez Isaza, Luis Felipe. Última clase. Taller Artes y Letras, Medellín, mayo de 2023, pp. 93-99.