Y lo llamaron ateo

Por Ernesto Ochoa Moreno

A muchos que no aceptan que se diga que Fernando González fue un místico, seguramente no les va a gustar el título de este nuevo libro sobre el filósofo de Envigado: “San Fernando González, Doctor de la Iglesia”. La obra será presentada el próximo viernes, 25 de abril, en Otraparte (donde se puede conseguir), coincidiendo con un nuevo aniversario de su nacimiento (24 de abril de 1895).

“Escribí este libro para reivindicar la imagen de Fernando González, vilipendiada injustamente por los clerici”, advierte escuetamente en la solapa el autor, Daniel Restrepo González, sacerdote, por más señas, y sobrino del maestro, quien le rinde este homenaje en sus 50 años de ordenación. Es, pues, una mirada sacerdotal, eclesial, no precisamente eclesiástica, que con valentía y rigor investigativo se adentra en la obra y en la vida de Fernando González y escudriña de forma exhaustiva los textos en los que el solitario de Otraparte plantea o asume posiciones y vivencias sobre temas espirituales, teológicos, religiosos o eclesiásticos. El autor va engarzando lo que Fernando pensó y vivió sobre Dios, Jesucristo, la Virgen, la Iglesia Católica, los sacramentos, algunas virtudes, los sacerdotes, la muerte, etc. No es, como pareciera desprenderse del concepto y el tono de la obra, una defensa apologética de González para desbaratar los anatemas de que fue víctima en vida, sino un emotivo recorrido por ese viaje espiritual y místico que fue su vida. “A mí me han llamado ateo los jerarcas, y fui beato”.

Es importante destacar el paralelo que Daniel Restrepo hace entre Fernando González y San Juan de la Cruz. No es nuevo el planteamiento, ya antes estudiado por Alberto Restrepo, hermano de Daniel, valga decirlo, también sacerdote y autor de “Para leer a Fernando González”, el estudio más completo sobre la filosofía del escritor envigadeño, que se “hermana” también a la perfección con la que estamos comentando. En esta, pues, se aducen, como textos complementarios, páginas enteras tanto del místico carmelita como de Santa Teresa, en cuyos escritos bebió desde joven el “ateo” vitando de Envigado.

Echando mano del esquema, a mi modo de ver ya superado, de las tres vías (purgativa, iluminativa y unitiva), el padre Daniel estudia el proceso espiritual de González, apuntalándolo en textos precisos y preciosos de su viaje interior. A mi juicio, donde Fernando es realmente innovador a la hora de forjar una espiritualidad propia, es en su concepción del Remordimiento y, sobre todo, en su teoría de los Viajes o de las Presencias, ambos conceptos, por lo demás, tratados con propiedad en la última parte del libro. Pero sobre esto y muchos otros ahondamientos habrá que volver después. Releídos al sombrajo de esta nueva obra, cómo suenan y saben a San Juan de la Cruz los textos místicos de Fernando González.

Para entender el provocativo y, a primera vista irónico título, “San Fernando González, Doctor de la Iglesia”, hay que ir al capítulo X de la obra, en el que, haciendo gala de una deliciosa y burlona picaresca, el autor fantasea con la ceremonia en la que el Papita paisa, Manjarrés, quien asumió el nombre de Papa Tiburcio al llegar al pontificado, canoniza a Fernando y lo declara, en latín, claro, doctor de la Iglesia con el nombre de “Doctor Putíssimus”.

“Para leer este libro con provecho, hay que hacerlo desnudo, a la sombra de los árboles, y a la pálida luz de las lámparas”. Es la invitación del autor, que hago extensiva desde esta columna, que bien hubiera podido llevar por título el de la primera que publiqué, en El Mundo, sobre el “santo ateo” de Otraparte, hace ya cerca de 28 años: “De la rebeldía al éxtasis”. Ese fue el periplo vital de Fernando González. La mística, el éxtasis, como culminación de una búsqueda, rebelde por libre y auténtica. No una conversión. Lo dijo en una carta a Ripol: “No he cambiado de objetivo: desde niño u óvulo atisbo la juventud eterna y la busco y la rebusco en caños, albañales, cuevas, muchachas y viejos. Desde niño me definí como el que atisba a Dios desde su letrina; por eso, para cumplir la misión, nací en mí, una letrina, y nací en Colombia, otra letrina. Yo no soy converso: me repugnan los convertidos, ¿para dónde se convierte uno? Uno, un hombre, es cagajón que flota en el océano de la vida…” (mayúsculas del original).

Y lo llamaron ateo. Hasta razón tendrían. Aunque suene contradictorio, tal vez nadie más parecido al místico que el ateo. Y viceversa: nadie más parecido al ateo que el místico.

Fuente:

El Colombiano, sábado 19 de abril de 2008, columna de opinión Bajo las ceibas.