Para leer a Fernando González

Alberto Restrepo González
(1997)

~ 1 ~
Introducción

Fernando González es fenómeno humano único entre nosotros.

Desde niño estoy inquiriendo el proceso de su aparición y repudio; el sentido y el objeto de su búsqueda, tan dolorosa, solitaria y difícil; el significado y la validez de su mensaje, tan contradicho y deformado.

Luego de mucho cavilar sobre el enigma de su existencia, creo haber dado con las líneas esenciales de su búsqueda y con el significado de la metafísica vivencial, que constituye su hallazgo.

La filosofía de Fernando González sólo puede entenderse desde su drama vital, pues González no vivió para pensar y escribir, sino que, en razón de búsquedas y agonías personales y concretas, escribió y pensó lo que fue viviendo.

Nada hay en la obra de Fernando González que él no hubiera padecido y meditado, con dolor y gozo. Jamás intentó sistematizar conceptualmente pensamientos ajenos a sus emociones y problemas vitales de cada día: no le interesó, ni trató de conceptualizar lo que no hubiera vivido pasionalmente, surgido de su fisiología e instintividad más primarias.

Entre angustias y gozos, sin elusión alguna, vivió toda su filogenia, instintividad, emocionalidad y pasionalidad, y en un lenguaje totalmente suyo, sin otra intención que vivir intensa y auténticamente cada instante, fue consignando sus vivencias en las libretas que siempre lo acompañaron y constituyen el germen de sus libros.

Sus obras son su confesión y su itinerario, no un elenco de pensamientos y conceptos ajenos a su experiencia, pues para él vivir fue afrontar instante a instante, desde su individualidad más desnuda y su solidaridad más comprometedora, sin elusiones especulativas ni sistematizaciones meramente intelectuales, la agonía de las vivencias fisiológicas, instintivas, pasionales, mentales, religiosas y espirituales.

Por todo ello, rechazó la lectura y la interpretación de su obra al margen de las vivencias que originaron su pensamiento y su palabra:

El libro tiene que quedar tal como me nació, sin cambios, sin supresiones, porque si no, tendríamos sermonario para señoritas histéricas. […] Yo soy artista de la vida, pintor de animales en celo. (er)

La obra de González sólo se puede comprender en la convivencia y la unificación vital. Para poder asimilar integralmente su mensaje, es preciso estar tan vivo como él, participar de su arrolladora capacidad de apasionamiento por la vida; su ilimitado sentido de convivencia con las múltiples formas de la manifestación vital; su asombroso poder de penetración psicológica; su desmedida lucidez de pensamiento y análisis; su aguda percepción del futuro en las latencias del presente; su fuerza ilimitada de enfrentamiento crítico consigo mismo y con la sociedad; su incontenible voluntad de sinceridad y desnuda inocencia; su ansia inagotable de verdad; su generosa capacidad de sacrificio de todo lo bello y lo grande a cambio de la dulzura del conocimiento; su inmenso poder de profundidad metafísica y vivencia mística; su decisión inquebrantable de llegar a la comunión con la Realidad, más allá de toda representación.

El valor, la vigencia, el poder de convocatoria y la perdurabilidad de la obra de Fernando González radican en su exuberante capacidad de vivencia y pensamiento, encarnados en su inconmensurable capacidad de goce vital, poder de afrontamiento de la condición humana, inquebrantable fuerza interior para vivir luchando en angustia, contención, renunciación y sacrificio; inusual capacidad de penetración crítica a la búsqueda de la realidad esencial; asombrosa capacidad de trascendencia, al margen de sistematizaciones conceptuales y de especulaciones teóricas.

Así parezca simplismo, la única manera de clarificar qué se preguntó, qué buscó, qué encontró y cómo logró sus hallazgos Fernando González, es recorrer, paso a paso, las experiencias de su vida, instintiva y emocional, minuciosamente consignadas por él como viajes pasionales; seguir pormenorizadamente el itinerario de sus viajes mentales, en el análisis implacable a que durante sesenta años, minuto a minuto y acontecimiento por acontecimiento, sometió la emocionalidad, la conceptualidad y los juicios con que expresaba sus vivencias; penetrar, con él, al universo de la Realidad no representativa o fenoménica, en el viaje espiritual.

Por no tomarse el trabajo de deslindar lo que en la obra de González pertenece al mundo pasional y lo que pertenece al mundo mental, que dialécticamente la constituyen, y por hacer caso omiso de la dialéctica itinerante hacia la Intimidad, que la vertebra y orienta, muy comúnmente los críticos la han presentado como un cúmulo de contradicciones desvertebradas, antinomias irreconciliables, rebeldías sin causa válida ni objetivo definido y esoterismos sin fundamento.

Frecuentemente, los lectores de González, al adentrase en el laberinto de «nimiedades trascendentales», agónicamente vividas, que constituyen el material de sus viajes pasionales, tan sensitiva, emocional, apasionada, angustiosa, contradictoria, temática, viva y detalladamente presentados en sus libros, acaban creyendo que sólo se trata de una maraña asistemática de atisbos, indicios, críticas, burlas, diatribas y contradicciones, que se anulan entre sí en impresionante mezcla de penetración intuitiva y ligereza crítica, primitivismo léxico y belleza conceptual, rigor dialéctico y vacíos metodológicos que no llegan a estructurar mensaje o doctrina filosóficamente válidos, ni constituyen síntesis coherente, ni conducen a meta alguna.

Otros, al tratar de analizar su obra como mero sistema mental, conceptual y racional, estructurado, según los cánones de la filosofía especulativa de Occidente, al margen del proceso vivencial que constituyó la vida y generó el pensamiento de González, al encontrarse en presencia de reactividad y actitudes emocionales primarias, personajes populares, entorno aldeano del trópico y lenguaje terrígeno, para ellos insignificantes e impropios del rigor filosófico, han encontrado imposible la inteligencia de un proceso dialéctico válido en la filosofía gonzaliana, temáticamente coherente (desde su adolescencia hasta su muerte), como viaje experiencial y reflexivo desde la causalidad hasta la libertad, desde la representación hasta la Intimidad.

Asumiéndose desde su instintividad más elemental, sin encubrimientos, esguinces, ni huidas, Fernando González no hizo otra cosa que convivir con el universo, a la búsqueda de Dios. Toda su vida luchó por un solo propósito: realizar su existencia en el Ser; llegar a actualizar en el Ser su latencia existencial. Su obra es el itinerario de su viaje, en la pasión, la meditación y la oración, desde la representación existencial hasta la Intimidad del Ser.

Sin embargo, no es infrecuente la obstinación de muchos de los estudiosos de su obra en minimizar o invalidar su búsqueda trascendental, que deviene en experiencia mística como caminar hacia Dios en convivencia con las criaturas, viviendo – padeciendo – conociendo – amando – muriendo – haciéndose las Bienaventuranzas.

Mientras el acercamiento a la obra de González se realice al margen de sus viajes pasionales, itinerario existencial, vivo, gozoso, angustioso, guerrero, sonreído, contradictorio, beato, imprevisible, siempre creciente, raizalmente latinoamericano; mientras no se asuma el rigor nocional, crítico, analítico, metódico, coherente y progresivo con que en sus viajes mentales desnuda sus vivencias pasionales; mientras no se trate de verificar la validez de la experiencia de Dios como metafísica vivencial, su filosofía permanecerá, como hasta hoy, enigmática, confusa, inextricable, generadora de reduccionismos y mitos deformadores.

De la vida de González nos queda su filosofía, caracterizada por el sentido de la nocionalidad libérrima, pero orgánicamente creciente, que la expresa; la rigurosa lógica vital que la orienta; la implacable dialéctica libertadora que la conduce; el consistente aparato crítico que la sustenta; la teoría o método de los viajes, que la vertebra como metafísica de las vivencias, que Fernando González encarnaba como sabiduría viva, coherente, desbordante de una rara fuerza que se imponía suave y poderosamente, sin que uno pudiera saber en qué consistía.

Es doloroso que a un siglo de su nacimiento se sigan multiplicando las imágenes míticas, fragmentarias, melosas, maliciosamente deformadas, reduccionistas, europeizadas de un Fernando González desfigurado: el filósofo de Otraparte, el brujo de Envigado, el repentista incoherente, el humorista desorganizado, el antiintelectualista sin rigor mental, el asistemático sin organicidad, el esoterista excéntrico, el loco irreverente, el provinciano vulgar, el crítico arbitrario, el rebelde sin causa, el crítico procaz, el fascista conservador, el panfletario resentido, el iconoclasta anticlerical, el hereje exaltado, el devoto revestido de rebeldía, el ateo disfrazado de místico, el copiador solapado de pensadores europeos.

Como Fernando González era un maestro, el único método que conozco para entender su obra consiste en recorrer, ordenada y sistemáticamente, su itinerario vital, leyendo sus libros, y luego verificar la validez de su filosofía haciendo los viajes que él hizo, entre luchas y contradicciones, y que patentizó, gozosa y apasionadamente, a lo largo de su vida.

Viaje pasional

Viajar pasionalmente es vivir la reactividad fisiológica, instintiva, emocional, afectiva, valorativa, dentro de los determinismos de la conciencia orgánico-emocional, en el tiempo y el espacio.

Agonía, dolorosa y difícil, del complejo mundo fisiológico-emotivo, en la que González se asume a sí mismo y asume a los seres, tal como viven y se representan en su yo conviviente pasional.

El viaje pasional es la vivencia de sí mismo, de los otros y de lo otro, desde lo que representan para el yo pasional, o sea, desde lo que cada uno vive de sí, de los otros y de lo otro, según la instintividad, la fisiología, la reactividad y las formas elementales de la conciencia; desde lo que uno mismo y los otros y lo otro significan para el yo, según la imagen apasionada que el yo se va formando de ellos, en cuanto los vive temiendo, dudando, agrediendo, despreciando, gozando, insultando, sufriendo, valorando.

Al recorrer el itinerario de los viajes pasionales de González, vivimos la lucha entre las embolias hereditarias y la voluntad de superación por el método y la heroicidad; la sensualidad desbordada, que lucha entre el deseo y la disciplina, el amor posesivo y el amor sacrificial; el combate entre la avidez de gloria y figuración, y la búsqueda de libertad e intimidad; el enfrentamiento entre el deseo de acomodamiento y la exigencia permanente de contención, dominio de sí, renuncia y sacrificio, de la belleza y el goce, al espíritu; el afrontamiento de la contradicción entre la voluntad de dominio, que utiliza, y la voluntad de convivencia amorosa, que respeta al otro en su padecer y en su ser; la confrontación entre el instinto de espaciotemporalidad, encarnado en el miedo a la muerte, como voluntad de eternización en la existencia fisiológica y el goce sensual, y la conciencia creciente de la voluntad de ser, en la categoría de eternidad.

El mundo pasional o de la conciencia fisiológica, y los viajes pasionales que en él se realizan, pertenecen al universo de los contrarios: bien y mal, bello y feo, agradable y desagradable, deseable e indeseable, y es lugar donde aparecen las contradicciones irreconciliables de la obra de González.

El padecimiento de las vivencias contradictorias no sólo no es evadible, sino que tiene que ser asumido hasta que se logre consumir la pasionalidad, agotada la cual es posible realizar el viaje mental, que pone al descubierto los constructos contradictorios de la pasión.

Por razón de la estructura misma de su filosofía, no es posible entender el universo filosófico de González sin las contradicciones; pero, por razón de esa misma estructura, tampoco es posible permanecer en las contradicciones pasionales, pues sería anclarse en el viaje pasional, con exclusión de los viajes mental y espiritual, lo cual equivale a la destrucción de la dialéctica fundamental de la filosofía gonzaliana.

Viaje mental

Viajar mentalmente es vivir la actividad lógica, conceptualizadora, judicativa, raciocinadora, inteligenciadora, concienzadora, según los determinismos propios de la mente humana en el tiempo y en el espacio, para desentrañar, mediante el trabajo mental, los contenidos o imágenes o emociones o formaciones pasionales generadas a lo largo de los viajes pasionales y vertidas en los conceptos con los que, a medida que se fueron viviendo, se fueron expresando las vivencias pasionales.

El viaje mental es trabajo de desnudamiento, objetivación o concienciación, que permite descubrir qué pasionalidad encierran y expresan los conceptos, aparentemente inocuos y pretendidamente objetivos, pero vivencialmente portadores y expresivos de las pasiones que los originaron, las cuales ignora el hombre que los emplea como si fueran puramente racionales y objetivos.

El viaje mental, al desnudar los conceptos de las pasiones que portan y expresan, permite comprender la pasionalidad operante en los diversos mundos espacio-temporales y pasional-mentales, a través de la conceptualidad y los valores que los rigen; superar la oposición entre contrarios, pasionalmente generada y conceptualmente transmitida; entender la realidad viva que integra, más allá de toda oposición, los contrarios pasionales y mentales.

El universo generado por los viajes mentales de González es un universo dialéctico, ascensional, en el que no hay contradicciones, sino crecimiento dialéctico generado por la inteligencia al hacer la crítica de la pasionalidad conceptual.

La filosofía de González no tiene por objeto la construcción de un sistema conceptual, sino la comunión con la Intimidad o el Ser; pero no se realiza sin pasar por la fase o viaje mental, que purifica los conceptos de la pasionalidad que los generó y que ellos contienen.

Es posible, pues, desentrañar el desarrollo dialéctico de la conceptualidad de González, cada vez más clara, más amplia y más exacta, y discernir cómo, a través de un proceso de experiencias vitales, claridades mentales y precisiones formales, la conceptualidad de la filosofía gonzaliana crece y se estructura cada vez más.

Viaje espiritual

Viajar espiritualmente es vivir, fuera de pasiones y mente, tiempo y espacio, divisiones y contradicciones, multiplicidad y apariencia, y cualquier otra forma de pasionalidad, pensamiento y juicio. Es intuir o entender vivamente («inteligenciar»), sentir o realizar interiormente («concienciar»), la reconciliación o superación de toda contradicción entre opuestos. Es superar la conciencia fisiológico-pasional y mental-conceptual, en la forma superior de conciencia: la Amencia, que más allá de pasiones y mente, es, en la Intimidad de la Realidad, y no en la apariencia de la representación. Es ver con el Ojo Simple, o sea, llegar a la realización del principio de la sabiduría: Saber es Ser. Es ser la Beatitud o Bienaventuranzas, en la que todo es Unidad o Realidad o Sustancia o Ser o Dios o Nada de lo que existe. Es el Segundo nacimiento, o Reconciliación de contrarios en la plenitud de la Realidad, Presencia o Intimidad. Es la Beatitud, en el Silencio y la Amencia, por medio del Suicidio, dentro de la categoría de Eternidad, por obra de la Inteligencia, Presencia o Intimidad que hay en el hombre.

Realizados los viajes pasional y mental, se vive, se conoce vivamente, que pasiones y conceptos son imaginaciones y representaciones que no contienen ni expresan la realidad, sino las reacciones emocionales y mentales del yo que somete la realidad a su dominio y le impone los determinismos de la fisiología y el instinto, la pasión y el pensamiento, en categorías de tiempo y espacio.

Desnuda, ya, de asideros mentales y pasionales, gracias a los viajes pasionales que agotan los instintos, y a los viajes mentales, que desnudan la pasionalidad y la conceptualidad, la conciencia encuentra que la Realidad (así pueda percibirse manifestada fenoménicamente en el orden pasional o mental, temporal o espacial, granulada en individuos, dividida en opuestos, llamada con nombres), esencial o sustancial o íntimamente, no es nada representativo ni representable, y que por lo tanto, para llegar a vivir la Realidad, no puede haber nada de pasión, ni de pensamiento, ni de emoción, ni de conceptos, ni de juicios divisorios y calificadores, sino solamente la total superación de los conceptos, o sea, el Silencio; la total superación de los discursos y los juicios inductivos y deductivos, analíticos y sintéticos, o sea, la Intuición viva o Mirada del Ojo Simple; la total superación de la mente, o sea, la Amencia; la total superación de las coordenadas existenciales, o sea, el Suicidio Cristiano; la total superación de las representaciones o apariencias o formas existenciales, en la comunión o contemplación del Ser o Padre o Néant o Dios, lo cual, en categoría de Eternidad, constituye el Paraíso, la Beatitud, las Bienaventuranzas.

* * *

Objeto del presente estudio

El intento del presente estudio es recorrer sistemáticamente la vida, o brujería o teología o mística o filosofía o metafísica de Fernando González (que de todos esos modos llamó su búsqueda), para ver cuáles son los contenidos de su mundo pasional, en padeciendo; cuáles, los de su mundo mental, en entendiendo (conversión del mundo pasional en pensamiento, por el trabajo analítico, inductivo-deductivo de la mente conceptualizadora); cuáles los de su vivencia del mundo espiritual, en amando-orando, al llegar (superada, a través del Suicidio cristiano, la existencia pasional-mental-espacial-temporal) a la comunión con el Ser, Realidad unitotal, Esencia amor, Sustancia única, Presencia, Intimidad, Néant o Dios Padre, que fue la culminación de los viajes de Fernando González.

Se trata de trabajo didáctico, de «maestro de escuela» suramericano, para «libertos suramericanos»; es decir, de construcción didáctica, instructiva, transmisora de nociones portadoras de vivencias de sabiduría, que busca sistematizar los contenidos de la obra gonzaliana para ayudarle a entender a la gente que quiere conocer, recibir y vivir el mensaje de González.

Qué vivió, pasional, airada, gozosa y contradictoriamente, dentro de las categorías existenciales de espacio y tiempo, en la conciencia fisiológica.

Qué vivió mentalmente, qué pensó, que juzgó y qué crítica dialéctica, ordenada y progresiva realizó, dentro de la categorías mentales, para discernir los contenidos pasionales encerrados en los conceptos en los que fue vertiendo lo que había vivido pasionalmente.

Cómo pasó del existir al ser, o sea, cómo llegó de la contradicción y la convivencia con los seres, en la representación, el padecimiento y el pensamiento, a la comunión con el Ser, y cómo logró mirar, con la mirada del Ojo Simple, en el mundo de la Amencia, en la categoría de eternidad, fuera de las coordenadas espacio-temporales y pasional-mentales.

En el centenario de su nacimiento, quienes somos testigos de la lucha inconcebible, desmedida y solitaria que Fernando González sostuvo por llegar a la comunión con la Realidad, nos sentimos llamados al esfuerzo por realizar una presentación integral, orgánica, sistemática y coherente de su vida y de su obra, que tal vez aporte algo al rescate de su personalidad de hombre siempre veraz, caminante desnudo, luchador coherente, viajero hacia Dios, inmisericordemente sometido a reduccionismos atroces, mitologizaciones enfermizas, superficialidades y deformaciones lastimosas.

A riesgo de que esta obra resulte ser lo que González mismo llamó «Fernando González para niños y señoritas bien educados» (er), el presente estudio pretende constituir un manual propedéutico construido con base en superabundantes citas de la obra gonzaliana, muchas veces deliberadamente repetidas, como ayuda pedagógica a los posibles lectores que quieren comprender cómo estructuró González una filosofía orgánica cuyos temas y búsquedas fue madurando desde su niñez hasta su muerte, mientras los vivía gozosa, tormentosa y contradictoriamente en la conciencia fisiológico-pasional; los reflexionaba inteligente, crítica y progresivamente en la conciencia mental; y los consumaba, en la trascendencia contemplativa de la Amencia o Bienaventuranzas, en la conciencia espiritual.

Partiendo de su mundo ancestral, hasta llegar a la clarificación del hecho y la experiencia cristianos, trataremos de presentar, a manera de suma, cada uno de los grandes temas de la filosofía de Fernando González.

En una segunda parte atisbaremos su vivencia de Latinoamérica, su experiencia cristiana y su vivencia mística.

— o o o —

~ 2 ~
El ancestro

¿Cómo ve, Fernando González, el drama del mestizo latinoamericano? ¿Qué representa para él, y desde qué óptica lo mira? ¿Cómo asume su condición de blanco criollo? Esas son las preguntas que trataremos de responder en este capítulo, pues resulta evidente que la pregunta por el ancestro es fundamental para quien, como Fernando González, tiene un profundo y permanente sentido de la unidad vital entre los seres, y vive ascendiendo a sus raíces, como el pisquín de su casa de Otraparte. (t ii)

La noche misma de su muerte, en las últimas líneas que escribió, lo encontramos enfrentando el drama de la muerte y de la inmediatez del encuentro con Dios, desde su condición ancestral de González Ochoa:

1.° Yo soy una concreción de materia organizada que reacciona en el cosmos; 2.° Yo soy una concreción de materia organizada animal que reacciona en el mundo; 3.° Yo soy una concreción de materia organizada humana (hombre)… que… ídem; 4.° Yo soy un colombiano; 5.° Yo soy un envigadeño; 6.° Yo soy un envigadeño González Ochoa; 7.° Un González Ochoa Fernando…; y… yo soy el que conozco eso y sé que soy reacciones y que el Único o Todo no reacciona o es reacción sino Eternidad. Eternidad es categoría del Todo.

Yo tengo o soy esa idea Todo.
Soy conducente, muriendo-naciendo.
¿Qué soy yo? ¿Yo? Nada. Creatura. Acepte o no acepte soy nadie en Dios (1).

* * *

El afrontamiento de los
determinismos filogenéticos

González asume su ancestro desde la convicción de que cada individuo encarna y representa un drama necesario, determinado por la vinculación a seres y hechos pasados, en los que la representación futura de cada uno estaba presente como latencia:

¡Cuán innumerables son los caminos por los cuales puede ir nuestra vida! […] Cierto es que no puedes escoger entre ellos, que el pasado fija tu camino venidero. (pv)

La ley consiste en que toda apariencia estaba potencialmente en otra que le precedió en el tiempo, o mejor, en otras, porque todo, todo viene del coito de seres o acontecimientos. (dm)

Cada uno lleva en su estado actual toda su historia. Los individuos y los pueblos llevan en su felicidad o su desgracia los indicios de su pasado. (dm)

Cada hombre, único e irrepetible, es solidario con toda la vida pasada, y porta el alma de sus antepasados, en virtud de la necesidad lógica vital:

Aquí estoy, Lucas. Soy el instante presente. […] Al mismo tiempo soy toda mi vida pasada, todos mis ascendientes. Yo soy mi obra; soy el autor y la obra. Soy ahora nada más, pero también fui. (msb)

Indudablemente que Manuel es una resultante de fuerzas psíquicas; cuando penetremos bien en don Mirócletes, Abrahán y todos los otros parientes, sonreiremos y diremos: la vida es un serrucho en cuanto a la lógica. (dm)

Nuestro daimón natalicio es único. Nuestro ombligo de cada uno es único. […] Mi presencia fisiológica o daimón fisiológico es único. ¿Y quién otro tiene los «complejos psíquicos» que fueron mis padres y abuelos, mi gente, mis convivientes y los que nacieron de mis personales experiencias únicas? El daimón o presencia psíquica mía es única. (t i)

Por ello, entre los descendientes de una misma estirpe hay solidaridad de origen, acción y destino:

Cada hombre lleva el alma de uno de sus antepasados… El abuelo don Juan, el abuelo don José… (pv)

El camino de cada hombre se diversifica del común camino de los ascendientes, en cuanto deja de amar lo que ellos amaron:

Cuando uno se estudia a sí mismo, encuentra que su alma es hecha de pedazos del alma de los antepasados. Estos días he estado meditando en las historias que nos contaba nuestra madre y el abuelo Juan se me ha aparecido como una visión futura de mí mismo… […] ¡Todos ellos siguieron un mismo camino…! Hoy llega a mí, que me he separado de lo que ellos amaban, [el bordón con que caminaron los abuelos], y me acompaña por un nuevo sendero. «¡Ya no es la misma la senda!». (pv)

La tarea del hombre no consiste en reproducir la imagen de los antepasados, que en solidaridad de origen se remonta hasta el primer hombre, sino en autoexpresarse y patentizarse originalmente, en lucha con sus determinismos ancestrales:

Busca la manera de no parecerte a tu abuelo: esa es la máxima. La vida es como un papel que no tuviese ninguna forma por ser infinito. Y de ese papel indeterminado, cada hombre, por ser finito, recorta un figura determinada… Yo te aconsejo que no saques de ese papel el mismo muñeco que sacó tu abuelo. (pv)

¿Qué me importan los antepasados? Yo debo autoexpresarme. En los actos a que estoy habituado se manifiestan Adán, Eva y Mirócletes Fernández; ahora me toca a mí. (dm)

* * *

Ancestro y autoanálisis

A partir del análisis de la historia y la psicología de sus ascendientes, afrontó González el problema de la vitalidad continental:

El problema de la vitalidad. […] Hace cinco años y tres meses que toda mi actividad gira alrededor de este problema. Al estudiar a mis conciudadanos, al estudiar a mis parientes me guía el ansia de resolverlo. […] Resuelto, lo quedarán también el problema de América y sus gobiernos, el problema biológico. (dm)

En su ancestro materno, Ochoa, descubre el origen de su anhelo de unidad interior, que deviene en anhelo de experiencia mística:

De esta familia materna heredé mi anhelo ansioso de unidad anímica. Tú ves cómo Abrahán tiene gran impulso volitivo. En él, como en toda mi familia materna, un deseo y una idea perduran hasta realizarse. Les ocupa todo el campo mental y no hay lugar para la tentación. […] En tales individuos, la idea mística se presenta de un modo realista. Para ellos Dios es un socio comanditario, una ayuda para la realización de su ideal. (dm)

La sensualidad vigorosa, que lo acompañó hasta los días finales de su existencia:

Ahí voy con mi «yo», siendo mi «yo», […] a los setenta años soñando juegos juveniles, acariciando «esas manos enfermas»… Es mi abuelo, Macario Elías; son sus coordenadas en mí; tuvo cinco mujeres y muchos hijos en otras allá en lo que llaman la Casa Vieja, en el boscaje a orillas de la quebrada Circe. […] Entiendo que soy esas coordenadas que se disfrazan de «bondad», de «paterna castidad»…, para perpetuarse. (t i)

Yo soy el padre Elías, nieto de Macario Elías el engendrador, que engendra entendiendo, entendiendo… (t i)

¡Murciélago revoloteador! ¡Curita cocineril, velero, corruptor de menores! Porque eso eres; eso fue tu abuelo Macario Elías […]. [El padre Elías] condenado a su mundo que le apareció cuando fue puesto en la Tierra con «herencia» o individualidad, o sea, predispuesto. Una predisposición única formada por todo el pasado. (t i)

Su talante de hombre temático, dominado durante años por una idea o por un problema:

¿No recuerdas la historia del abuelo Juan, aquel viejo maniático y enfermo? Pues mira: cuando uno se estudia a sí mismo, encuentra que su alma es hecha de pedazos del alma de los antepasados. Estos días he estado meditando en las historias que nos contaba nuestra madre y el abuelo Juan se me ha aparecido como una visión futura de mí mismo… (pv)

De sus ascendientes paternos y maternos proviene su amor a la vida y a la grandeza humana:

De ambos padres heredé el amor por la vida grande y bella. (dm)

De la contradicción entre el anhelo de santidad, proveniente de los cromosomas González, y la sensualidad heredada de los Ochoas, su anarquismo sensual:

A pesar de que mi tatarabuela materna era hermana doble del mago José Félix, el espíritu Restrepo es muy ajeno a mí, por lo prevalente de los cromosomas González Ochoa, que por los primeros es una gana loca de ser santo, y por los Ochoas… ¡Los Ochoas somos muy negreros…! ¡Un anarquista, un viejo anarquista es esta piltrafa de loco sensual que habita en Otraparte! (jfr)

De la contradicción entre la autoafirmatividad de los Ochoas y la inseguridad de los González, su actitud antitética permanente:

De mi madre heredé la convicción celular de que soy yo, de que nada debe resistirme, de que soy el mejor de los hombres. Pero viene la tragedia. […] Como mi padre era un gran voluntarioso, su debilidad impresionó grandemente cada una de sus células, y yo nací sin unidad psicológica. Con una gran potencia volitiva y con un convencimiento subconsciente de mi impotencia. […] Ahí tienes explicado cómo los amigos me llaman el filósofo y al mismo tiempo los criados no me oyen, no me obedecen, llamo por teléfono y no me entienden. (dm)

En sus ascendientes Ochoa y Arango encuentra la raíz del espíritu airado que siempre lo acompañó:

Es difícil gozar del instante cuando uno desciende de gente irritable como los Ochoas. (msb)

Cuando no me domino, hablo del mismo modo que mis tíos y abuelos: dogmático, imperioso. (msb)

Mi letra del principio de este diario era diferente, más firme y voluntariosa. La última es el caballo desbocado de mi padre Juan de Dios. (msb)

¡Cuán fea y repulsiva es mi parienta… cuando habla! Siempre se desborda; parece un río de dogmatismo. Es una corriente nerviosa desenfrenada. Al oírla, me digo: «Recuerda siempre, Lucas, a tu tía, y no te enojes ni pierdas la serenidad». (msb)

Con estas cosas vivo airado. ¿No ve que tengo la herencia de los Arangos? ¡Qué duro parentesco! Por ello vivió atormentado, como serpiente en celo, aquel jesuita Fernando Arango. (ce)

La solidaridad ancestral, constituye, por decirlo así, una gran personalidad corporativa en la que pasados y futuros constituyen un solo hombre, cuya representación y agonía es casi patente:

Acaban de irse mis primas Petronila y Felisa. ¡Muy viejas! Petronila, Martina, Felisa… Yo soy, después de ellas, el más viejo de los Ochoas. Conversamos de cómo murieron y de qué todos los parientes. […] Tengo angustia por los Ochoas que han nacido, pero nada por los que murieron. ¿A qué vendrían estos nuevos? Cada vez que me hablaba del hijo de fulana, o de aquella prima, etc., me preguntaba a mí mismo: «¿A qué vendría ése? ¿A digerir qué? ¿A qué representación?». Y casi veía esas vidas, el sentido de esas vidas nuevas, y, hecho curioso, me parecía saber cómo iba a agonizar cada uno. (lvp)

En la solidaridad ancestral encuentra razones explicativas de su manera de actuar y vigorosas motivaciones orientadoras de su obra:

Todos mis actos son puras debilidades, / pues son los mismos actos de mi tío Jesús; / son los abuelos que actúan en mí… (dm)

Don Octavio Ochoa, mi tío abuelo, […] se distinguió por la blancura de los pies, por el amor a los caballos y por el celibato. Este mi tío abuelo amaba a los amigos mucho más que a los caballos, amaba piernas y brazos blancos, curvas disimuladas; amaba las raíces de los grandes árboles… Por ahí me he ido yendo para descubrir los orígenes de mi pasión por el Hermafrodita Dormido […]. Entre Tony y mi tío Octavio, acompañado por el recuerdo de ambos, estoy escribiendo mi libro predilecto, llamado Mademoiselle Tony. (ce)

* * *

El drama del criollaje
y del mestizaje

El drama latinoamericano es conjunto de múltiples y disimiles dramas, generados, todos ellos, por el drama común vertebrador de conquista, colonia y mestizaje: el del indio descubierto y conquistado, el del negro expatriado y esclavizado, el del criollo minusvalorado, el de mestizos, mulatos y zambos menospreciados y envilecidos.

Desde su situación de blanco criollo, mezclado de indígena, analiza González el mestizaje étnico-cultural, drama del hombre latinoamericano:

Criollos son los descendientes de los colonizadores españoles, que conservaron el color blanco, pues mezclados lo somos todos. (ant i)

Cristo en mí, descendiente de la hija del Cacique Ayurá. (cr)

No se trata de un gracejo; González alude al entronque del pueblo antioqueño con el pueblo chibcha, que se desentraña así, según las genealogías de Flórez de Ocariz y de don Gabriel Arango Mejía:

El general Pedro Martín, compañero de Gonzalo Jiménez de Quesada, en 1530, y una indígena chibcha, anónima, padres de Pedro Martín Dávila.

Pedro Martín Dávila y su compañera, de nombre desconocido, padres de Juana Martín.

Juana Martín y Rodrigo de Carvajal, padres de Mencia de Carvajal (la joven o la moza).

Mencia de Carvajal y Diego Ruiz de la Cámara, padres de Juana Ruiz de la Cámara.

Juana Ruiz de la Cámara y Juan Guerra Peláez, padres de María Josefa Guerra Peláez.

María Josefa Guerra Peláez y Alonso López de Restrepo, padres de Alonso de Restrepo Guerra.

Alonso de Restrepo Guerra y Catalina López Atuesta, padres de Alonso de Restrepo López.

Alonso de Restrepo López y Ana Vélez de Rivero, padres de Juan José de Restrepo Vélez.

Juan José de Restrepo Vélez y María Luisa Guerra Peláez, padres de Vicente de Restrepo Guerra.

Vicente de Restrepo Guerra y Catalina Vélez de Rivero, padres de Josefa María de Restrepo Vélez.

Josefa María de Restrepo Vélez y Miguel Uribe, padres de Petronila Uribe Restrepo.

Petronila Uribe Restrepo y Juan de Dios Ochoa (hijo de don Lucas de Ochoa), padres de Benicio Ochoa Uribe.

Benicio Ochoa Uribe y Domitila Estrada, padres de Pastora Ochoa Estrada.

Pastora Ochoa Estrada y Daniel González Arango, padres de Fernando González Ochoa.

Para González, que acepta gozosamente su mestizaje, es bueno y natural que manden los mulatos (mestizos), pues las minorías blancas son impropias para América, y el mestizaje es la fuente donde subyacen las fuerzas vitales autóctonas y está el futuro del continente:

El blanco no es de aquí. Desde tal punto de vista, es bueno y natural que manden los mulatos. (ant i)

Desde su conciencia de mestizo latinoamericano, González vive el drama racial, como crítico de la mentira de la transculturación de Europa a América, y como instigador de la manifestación de la originalidad racial y cultural latinoamericana. Desde su conciencia de blanco criollo, descendiente de vascos y asturianos, lo vive como hombre nostálgico, decadente, opinante y crítico inútil de banca de plaza pública, sepulturero de una vieja cultura y de un viejo hombre, desadaptados e inadaptables al universo latinoamericano.

Como suramericano blanco, prima en él la conciencia de cristiano vascongado, individualista, metafísico, ajeno al sentir mestizo de patrias y patriotismos:

… Lucas de Ochoa es vascongado. Ninguno de su familia, radicada en Suramérica desde 1768, ha sido «patriota». Los vascos, como los judíos, son gente separada por… Jehová. No sirven para eso de «patrias». (lvp)

En cuanto blanco, vive el drama sociológico de los criollos: minoría blanca de pueblo pobre, supervivientes agónicos, solitarios, desubicados e inoperantes, que viven de espaldas al futuro, entre el general mestizaje latinoamericano:

En Antioquia hemos quedado unos cuarenta [criollos blancos], casi todos culirrotos. Por Cali no pude ver ninguno; dicen que en Popayán hay muchos, pero muertos hace tiempos, sólo que no los han enterrado; los tienen dizque para mostrarlos al turista. De Bogotá no se sabe nada. (ant i)

Su drama psicológico es el de los blancos latinoamericanos: incapacidad de acción, por desadaptación; añoranza de la patria lejana, como conciencia de destierro; hiperestesia del sentido metafísico, a la búsqueda de indicios de la realidad de Dios y de los mundos posibles:

Barrera no sirve sino para hablar de la situación, siempre mala. Es de familia española, bellísimas uñas ovaladas y dedos puntudos, pero sucias y negras por el carbón y la mugre. […] Todos los Barreras son así, quejumbrosos, como desterrados de una patria bella que no saben en dónde queda; muchas ganas de trabajar, pero no saben. Los españoles degeneran por aquí en el trópico. Barrera y yo somos pájaros mancos. Parecemos dioses y somos opinantes de banca de la plaza. (me)

En las latencias del momento, por imperativo de las leyes genéticas y sociales que rigen el determinismo evolutivo, percibe la inminente desaparición del exiguo grupo de criollos que pueblan el universo latinoamericano:

No crea usted que existan ya «hombres blancos». Hay unos diez o treinta, muy culirrotos y muy degenerados, por ser hijos de primos, nietos de primos, bisnietos de primos y así, hasta aquellos barbudos y crueles que vinieron con Belalcázar, Robledo y Balboa. ¿No ve que la fuente blanca quedó segada con la Independencia? Cruzamientos, degeneración y vicios acabaron con los godos. Los que ahora dizque sostienen «las buenas ideas» son mesticitos, […] zambitos. (ant i)

Desapareceremos. Nuestros hijos tendrán que casarse con mulatas. Somos los últimos. (ant i)

* * *

Conclusiones

Es preciso conocer la actitud de Fernando González ante su mundo ancestral para poder explicarse su multifacética personalidad, airada, áspera, individualista, introvertida, anarquista, sensual, piadosa, religiosa, temática, metafísica, mística y enamorada de la vida.

Sin una clara visión de su posición y actitudes ante el problema ancestral, no resulta posible entender qué quería decir al repetir, incesantemente, que vivía, a la vez, la solidaridad ancestral y la lucha por la originalidad y el desnudamiento de los atavismos que encarnaron sus abuelos.

Su filosofía del ser, desde la representación latinoamericana, no puede ser entendida al margen del problema del mestizaje, que es el problema radical del continente.

Sin claridad sobre su condición ancestral y su actitud frente a ella, resulta imposible explicarse su conciencia de «filósofo de Suramérica» (n), que, como blanco criollo, vasco y asturiano, vive la desadaptación y la angustia del eclipse de los blancos, y como mestizo latinoamericano, descendiente de indígena chibcha, compañera del general Pedro Martín, es crítico implacable de los mestizos convertidos en híbridos estériles, por vergüenza de su mestizaje, e instigador permanente de la autenticidad continental y de la utopía de la autoexpresión latinoamericana.

— o o o —

~ 3 ~
La niñez

¿Fue Fernando González un converso tardío, realizador de una mística senil? ¿Los problemas filosóficos que afrontó, y las actitudes que tomó al hacerlo, son incoherentes e imprevistas? ¿Puede hablarse válidamente de un Fernando González senil, a la huida metafísica?

El objeto del presente capítulo es tratar de ver, escrutando sus obras, cómo aparecen en su infancia más temprana los rasgos fundamentales de su carácter, su personalidad, sus intereses y sus campos de lucha, y, como resultado de la búsqueda, poder avalar o improbar el postulado gonzaliano que dice:

Cada uno lleva en su carácter la ley que debe cumplir. Si atiende, desarrolla y cultiva eso, será grande como «El Ruiz». (er)

* * *

Perfil caracteriológico

En la niñez de González encontramos nítidamente definidos los siguientes rasgos de carácter y de interés existencial:

Espíritu de caminante

Infidelidad, como insatisfacción de quien anda siempre a la búsqueda de la verdad, por lo que González se autodefine como «cabezón e infiel», a natura:

«Mi madre me parió cabezón, pero infiel». ¡Infidelidad connatural! […] … cuando estaba ocupado con Teanós y con la hija de la propietaria del café «La Cigarra», iba a la iglesia de la calle Paraíso y me paraba contra una columna, buscando. […] Infiel, insatisfecho siempre, semejante a un viajero que llega y ya está de viaje, y cabezón, porque siempre, desde niño, estoy buscando la verdad. (er)

Capacidad introspectiva

Desde la infancia he vivido meditando, parado en los rincones o al pie de los árboles (er).

… no fui niño desgraciado sino hundido por mí mismo, el muchacho que vivió en la calle con caño en donde aparecí. (cr)

Espíritu agonista

… respecto de las muchachas no me han gustado sino las que no se acuestan; que las atizo, las atizo, y apenas me dicen que sí, ya no me gustan. También me acuerdo que no me gustaban sino los juguetes que no podían comprarme, los imposibles. Entonces, ¿qué principio hay detrás de estos hechos? Sencillamente que el placer lo causa la resistencia […]. (ce)

… yo agonizo desde que mi madre me parió cabezón e infiel y me dediqué a eso […]. (lvp)

Sensualidad contradictoria

Atractivo sensual y metafísico; amor y odio a la carne; lucha permanente entre el atractivo del goce sensual y el gozo de la experiencia metafísica:

… de niño metía el dedo en los frascos de perfume y chupaba, y a los siete años lo vio [su padre] pálido y tembloroso acariciándole los pechos a la negra Chinca. (dm)

¡Ay, que siempre, desde mi tierna infancia, he sido tentado duramente por la carne; ella ha sido mi gran amor y mi odio! (hd)

¡Soledad triste mi niñez, si no hubiera sido por la intensidad de los sueños solitarios, atisbando las muchachas entre las arboledas y en el huerto familiar! ¡Deleitaciones espiando a las muchachas que leían novelas mientras yo escuchaba a sus pies! (hd).

Cuando era niño, yo comía tierra y quería ver a las muchachas desnudas. Nos íbamos Conrado, Cipriano, Juan de Dios y otros, a escondernos en los rastrojos de la orilla del baño de la Ayurá para ver a las amigas que se bañaban en camisa. (hd)

Mi madre me parió cabezón, pero infiel; Dios me atrae, pero las muchachas no me dejan. (mc)

Tres son las mujeres con quienes he imitado a José: la criada Margarita, en mi niñez, cuando estudiaba donde los jesuitas y vivía con mi tío Baltasar. Con ésta fue por incapacidad material, que es el más cruel de todos los remordimientos. Teanós, de Atenas, y Tony, de Alsacia. ¡Variados remordimientos que me causan las tres mujeres que me amaron y de quienes no gocé, ya por impotencia, ya por estar enamorado de una imagen propia, o sea, enamorado de la superación! (er)

Espíritu de soledad y anarquismo

Con mi tío Silverio comía tierra; tenía doce años cuando murió. Alma pálida como su cara pecosa. Pasó como sombra. Todos lo olvidaron a mi compañero de banquetes terrenos. (hd)

Siempre he estado con los descontentos. Nunca satisfecho. (er)

Desde niño supe que de mí no emanaba virtud, es decir, que no era conjunto de maneras e instintos, sino un anárquico. (ant ix)

Sentido metafísico

Interés, admiración y capacidad de interrogación sobre los problemas metafísicos fundamentales: personalidad, conciencia, esencia, santidad:

Allí nació Manuel [Fernández], en 1895, a las tres de la mañana, con dientes, o sea el filósofo de Suramérica y de la personalidad. (dm)

No debería importarme ni el dinero, ni la fama, ni el honor, pues desde niño me apellido filósofo. ¡Cuán hermoso este nombre! Significa el esencial, despreciador de todo, menos de la conciencia. (msb)

Una mañana, durante mi niñez, amaneció una rosa en la punta de una vara alta y joven, en el patio de casa; el sol la acariciaba. Allí me quedé buscando, con el aspecto de quien busca, al menos. Cuando leí que Sócrates permanecía parado afuera, a la intemperie, durante horas y hasta días, me alegré mucho porque ya tenía un santificador. Durante la niñez y juventud me había creado motivaciones […]. (er)

Sentido moral

Voluntad de lucha y renunciación, y conciencia de responsabilidad:

¿No fui un niño monosilábico, parado en los rincones, suspenso, solitario? Mi niñez fue una preparación para renunciar. (er)

Desde la edad de ocho años busco el triunfo sobre mí mismo y desde tal edad no ha habido día que no haya una derrota. (ce)

… yo estoy podrido desde que nací y mi alma está tan insegura, que grito: ¡Ma… mamá…! (ant ix)

Dificultad para la síntesis y la afirmatividad

Desde mi niñez he vivido en el límite de sombra de la ciencia; entre ésta y lo desconocido hay siempre una zona atrayente, sombreada, pecaminosa, ilegal. Ahí es donde me ha gustado morar. La ciencia oficial no ha tenido mi amor. La revolución está entre las leyes y el porvenir, zona agradable… Entre la ciencia y la oscuridad completa hay otra, a media luz, como de amanecer; ahí he vivido. No me ha gustado lo que cualquiera puede saber si compra un libro y se sienta en un taburete. (er)

Sentido angustioso de la muerte

En nuestra aldea, allá en nuestro Envigado, nos atormentó la niñez la tumba del suicida liberal Burgos, que murió impenitente y cuyos huesos reposan en el muro sur del vetusto cuadrilátero de cipreses, en el lado que da a un platanar. Allí se apoderó el diablo de su cuerpo, el diablo convertido en musicales y dulces abejas angelitas. (vp)

¿Sabe que desde niño yo tenía el siguiente mal?: meditaba en el instante en que moriré, lo actualizaba, y me desvanecía en angustias horrendas. (rpo)

Conciencia nítida del llamamiento de Dios

Dios me llama a gritos. Desde mi infancia me está llamando a gritos, y, cuando me pongo a escuchar, parezco un diosecito. (er)

Te he llamado desde la niñez. […] ¿Qué has hecho de mis voces? (ant viii)

… y sobre todos los seres he amado desde que nací a Jesucristo y a Sócrates. Han pasado milenios y aún continúan siendo la aurora de la humanidad. (er)

… soy un nadie, un yuquero envigadeño, un transeúnte, peón azadonero que desde que lo parieron está subido en aguacates, mangos, guayabos, atisbando para «conocerlo de vista». (rpo)

¡Qué bueno escribir un librito o vivir una vida que no huela a yo, al medidor! Esa fue mi ambición desde niño. Un librito que huela a Gracia del Espíritu Santo. (t i)

… fui desde niño una inmundicia inenarrable, pero desde que dije yo fui también una gana de conocerlo de vista, tan grande, que mi patrono amado como a mi padre ha sido siempre Zaqueo… Y es tan inmenso este amor, que a veces digo, para consolarme: «¡Sí, sí, yo fui Zaqueo!… ¡Yo Lo vi de vista de ojos en Jericó!». (cr)

Dentro de la conciencia del llamado por Dios y del anhelo de hallarlo, se inscriben su tempranas búsquedas de santificación, por el conocimiento y la experiencia viva y personal de Dios:

¡Las estatuas y pinturas vestidas! ¡Qué desilusión fue la nuestra cuando hace veinticinco años le alzamos el vestido al intrépido Pablo de Tarso allá en la sacristía de la iglesia de nuestro pueblo y vimos que su cuerpo era un tablón de madera ordinaria! Comenzó así lo que ha llamado nuestra anciana tía la pérdida de nuestra fe. Desde entonces no creímos en los santos de Envigado [y] le perdimos el miedo al brioso Pablo; le perdimos el respeto y nos hicimos jefes liberales en nuestra aldea. (vp)

Sentido de vinculación radical a la comunidad eclesial

… nací teólogo; me considero gente de iglesia. Cuando me paseo por los atrios de los templos, me parece que estoy en casa. (er)

Fui a la misa de la iglesia de la calle Paraíso, a pedirle muchas cosas a la Virgen María, así: que yo estiraría mi brazo —la voluntad— y que ella me llevara para donde quisiera… «Hágase tu voluntad». Esto me lo enseñó la hermana Belén, en Envigado. (sal)

Yo creo, vivo, que así yo estoy segurísimo en la Iglesia. ¿Quién puede arrojarme si Él no quiere, y Él no lo quiere, porque desde niño, sucio como el más pintado, lector de todo lo prohibido, viajero por vericuetos, me siento amarrado a la Iglesia…? (cr)

* * *

Conclusiones

La reconstrucción de la niñez de Fernando González, a partir de sus obras, deja en claro cómo, desde sus primeros años, en la antítesis, el agonismo y el amor a la vida, vivió a la búsqueda de Dios.

Agónica y contradictoriamente, González crece como hombre proclive, por una parte, a la introversión, a la pasionalidad desbordada, a la antítesis, a la sensualidad, a la crítica implacable y al anarquismo, y, por otra, a la lucha incansable por la liberación, a la capacidad desmedida de renunciación y sacrificio, a la búsqueda permanente de la verdad, a la convivencia amorosa con la vida manifestada, a la realización de la santificación en la comunión con Dios.

Hasta el día de su muerte reiteró con firmeza la unidad de búsqueda, espíritu, actitud y propósito de su vida y de su obra.

Nada de repentismos, ni de contradicciones inexplicables: a lo largo de toda su vida y de toda su obra, dentro de un mismo espíritu, en total coherencia de actitudes y acciones, Fernando González enfrenta, asume y madura unos mismos problemas hacia un mismo objetivo: la comunión con Dios.

Los mismos cuestionamientos básicos:

… sólo interrogo lo mismo que en mi niñez. (msb)

Los mismos ideales:

… eso es lo que vengo buscando desde niño; un hombre seco, varonil, capaz de no traicionar su ideal, aunque tenga que sacrificar a todos los hombres; uno que encarne un ideal bello y todo lo supedite a ese ideal. (dm)

La misma conciencia angustiada e ingenua:

… desde la infancia me apareció la conciencia de la vejez. (dm)

Todos dicen que soy como un niño. En verdad, no puedo obrar sino como eso; mi actitud, mis modales e intenciones son de niño. (n)

A la hora de la muerte, González era el mismo de su niñez, en cuanto desde la infancia, sin cambiar jamás de objetivo, no hizo otra cosa que irse pariendo a sí mismo, a la búsqueda de Dios:

¡Yo todavía estoy vivito, está vivito aún aquel niño de la calle con caño, calle envigadeña que moría en la mangada El Guáimaro! (cr)

… soy la calle con caño que muere en El Guáimaro. (cr)

Y no he cambiado de objetivo: desde niño u óvulo atisbo la juventud eterna y la busco y rebusco en caños, albañales, cuevas, muchachas y viejos. Desde niño me definí o conocí como el que atisba a Dios desde su letrina: por eso, para cumplir la misión, nací en mí, una letrina, y nací en Colombia, otra letrina. Yo no soy converso: me repugnan los convertidos: ¿para dónde se convierte uno? Uno, un hombre, es cagajón que flota en El Océano de la Vida. Por eso dijo Pablo, patrono de los viajeros: en La Vida somos, nos movemos y vivimos. (cr)

Con su cuento, padre Ripol, usted acabó de partear a «este viejito» que habita y está pariendo hace 68 años en los aledaños de la quebrada La Zúñiga. (cr)

— o o o —

~ 4 ~
Los jesuitas

En el mundo envigadeño, de su primera infancia, y en el colegio de los jesuitas, a donde llegó a los ocho años, y estudió ocho más, Fernando González descubrió sus embolias congénitas; tomó conciencia del vicio solitario o perversión mental e imaginativa; se planteó los grandes problemas filosóficos y existenciales; definió sus actitudes fundamentales ante sí mismo y ante la vida; orientó, definitivamente, el camino de sus búsquedas.

¿Conservó González un recuerdo vivo, grato y amoroso de sus maestros jesuitas, o, por el contrario, recordó con dolor, menosprecio, rechazo y sentimiento condenatorio a sus maestros de infancia y adolescencia?

Durante toda su vida González volvió, una y otra vez, a sus años de jesuitismo para reencontrar las raíces de su drama, reafirmar sus principios, criticar su camino y luchar contra la inautenticidad y la perversión latinoamericanas; de ahí la importancia de responder el interrogante sobre la posición de González ante los jesuitas.

Objeto del presente capítulo es tratar de aclarar, desde los textos gonzalianos, cuál fue su experiencia de sus años de jesuitismo, cuál su valoración de esa vivencia y cuál la apreciación de sus maestros jesuitas.

* * *

El drama

Avergonzamiento por la incontinencia nocturna

Debido a que en el Envigado de 1903 difícilmente era posible terminar la escuela primaria, a costa de grandes esfuerzos, dada la pobreza familiar, Daniel González envió a sus hijos Alfonso y Fernando a Medellín, como alumnos internos del colegio de los jesuitas, de donde en los días libres iban a la casa de uno de los tíos paternos.

Fernando se encontró, entonces, enfrentado al drama de la micción nocturna, que compartía con Marco Aurelio, el paje de la casa, que tocaba guitarra:

Me había ido a pie por el camino para Robledo a recordar a Marco Aurelio, el paje que tenían en casa cuando mi niñez, y que se orinaba en la cama como yo. (dm)

Ya anciano, al reflexionar sobre la transitoriedad representativa del yo, recuerda todavía vívidamente la dolorosa conciencia de su yo de interno del colegio de los jesuitas, humillado y asombrado a causa de las micciones nocturnas:

… donde los jesuitas vivió humillado y meado en la cama, asombrado por el padre Aguirre. (lvp)

El afrontamiento de la embolia de la micción nocturna, y del avergonzamiento que le causaba, hizo del drama infantil de González una lucha heroica que lo llevó a descubrir el hechizo del método y la filosofía de la lucha por el crecimiento en conciencia:

[Lucas Ochoa tenía] ocho años cuando lo mandaron don Juan de Dios y su madre doña Petronila al internado de los Reverendos Padres. Lucas, en aquel entonces, se orinaba en la cama dormido. El padre Aguirre, un gigante rubio, vascongado, le dijo una vez: «No beba agua, muchacho, ni tome sopa». Ahí comenzó Lucas a reconcentrarse, a rumiar sus tristezas. Y a tal extremo llegó su obsesión que culminó en un sistema heroico que desde entonces comenzó a hacer de Lucas el hombre de los métodos, hasta llegar a ser el que pronuncia esta palabra por sílabas: mé-to-do. Quitaba el cordón a uno de sus zapatos y se amarraba heroicamente. En cinco experimentos quedó curado Lucas. Y entonces, a la edad de ocho años, escribió su primer ensayo psicológico acerca del Dolor. En él sostenía que cada célula es una conciencia. Hay que buscar el origen de las grandezas en los incidentes pequeños en apariencia. Pero no alarguemos esto; por sí mismo es demasiado trascendental. (msb)

Sentimiento de abandono paterno

Para Fernando González, su padre Daniel era un Dios:

En mi niñez, cuando mi padre me castigaba, recuerdo que, acurrucado en un rincón, detrás de una cama, me estaba horas enteras murmurando: «Viejo tripón». Y, sin embargo, mi padre era Dios para mí. Es un modo de gastar la energía, cuando sale a borbollones, en palabras gruesas y sápidas. (lvp)

Para el niño de ocho años, tímido, aldeano y solitario, el drama del envío al internado, el avergonzamiento por la incontinencia nocturna y la dureza de carácter del tío se convirtieron en sentimiento de abandono paterno.

En sus obras encontramos, persistente y dolorosamente reconstruida, la vivencia infantil del sentimiento de abandono paterno.

Crueldad el tío paterno, en cuya casa residía:

… el ebrio de don Mirócletes lo abandonó al trato cruel del tío materno, Abrahán Urquijo. (dm)

Muy niño [Manjarrés] quedó huérfano y fue criado por el tío que ya dije que le tuvo de paje aprendiz de triquiñuelas. (me)

Cuando murió el borracho, por haber bebido alcohol impotable en feria de Itagüí, el tío jurisconsulto se llevó al niño. (me)

Apego a los animales y amor elemental a la criada de su tío, como paliativo a su sufrimiento:

En las tablas de una de sus ventanas [de la casa paterna] se lee lo siguiente, escrito con lápiz y muy borroso: «El 24 de abril de 1905 murió el ternero de Manuelito». La letra es infantil, y el sentimiento que trasciende de la casa abandonada, las puertas decaídas y el letrero, es metafísico. […] Fue lo primero que escribió. […] Se revela que […] el ebrio de don Mirócletes lo abandonó al trato cruel del tío materno, Abrahán Urquijo. (dm)

El verdadero padre de Manjarrés, si lo es el que ama y no el que engendra, fue un perro, mezcla de danés y de lobo, llamado Holofernes. Parecía un ser humano, sin los defectos de éste. […] Pero el amor intenso de Holofernes fue el huérfano. […] Esa noche Holofernes salió en carrera loca hacia el riachuelo, y al otro día lo encontraron destripado por un ómnibus: «Parece que mi padre se suicidó», fue la única frase que obtuve de Manjarrés acerca de su familia. Al decir «mi padre» se refería al perro. (me)

… Margarita, / la ojiverde dentrodera de la casa / situada en la calle «San Antonio», / dentrodera / de mi tío, el cruel Ubaldo Ochoa… (ce)

Esfuerzo metódico de crecimiento personal a través de la búsqueda de razones trascendentales para afrontar su drama:

Estando de curial [en casa de su tío] dio principio a eso tan en boga entre los tímidos, que llaman «educación de la voluntad». (me)

El mundo de los sentidos es una apariencia desvaneciente, y detrás está la esencia, dice el que se hace filósofo con el primer dolor. A costa de lágrimas es como se intuye a Dios. Así, yo perdí a los siete años un ternero en quien había puesto mi amor filial, y escribí una frase sincera y profunda. (dm)

* * *

Descubrimientos positivos

Afrontando el doloroso drama de su niñez y viendo vivir a sus maestros jesuitas, González realizó los descubrimientos fundamentales que no sólo reforzaron sus determinismos ancestrales y sus rasgos caracteriológicos de infancia, sino que orientaron y maduraron sus búsquedas. Con los jesuitas descubrió las posibilidades y el valor del método; en su vida los jesuitas y el método constituyen una unidad vivencial.

Descubrimiento del método

El significado y el valor de la disciplina como camino de superación:

El jesuita es el hombre de la regla; el hombre que disciplina su inteligencia y sus pasiones; el hombre interesante; en algún sentido es el hombre superador que buscamos. Las normas de san Ignacio para unos ejercicios espirituales y para una vida son método científico y completo para hacer del alma lo que la voluntad desea. Viven los jesuitas conforme a normas preestablecidas para cada uno de sus segundos, y todos sus actos, todas sus abstenciones tienen por finalidad controlar la carne y el espíritu, doblegarlos, esclavizarlos, para llegar a ser una obra de arte, un hombre perinde ac cadaver. El hombre de la regla es el interesante. ¿Cómo pueden serlo los conformes, los que no inhiben sus pasiones, los que vibran reflejamente a toda solicitud? El hombre de la regla va cincelando día a día, en noches de insomnio, en luchas interiores trágicas y durante toda su vida, su alma conforme a su ideal. Y estos ignacios quieren ser parecidos a la imagen que tienen de Jesucristo. Los amamos y los admiramos: de entre ellos salió François-Marie Arouet, y nosotros vivimos con ellos. (vp)

El afrontamiento del dolor como método libertador de las embolias, que embellece interiormente:

Los jesuitas ejercen gran atracción en nosotros. Únicamente en los monasterios se tiene un ambiente de vida del espíritu. Allí hay tentaciones, luchas, caídas y arrepentimientos; allí hay disciplina; vive el hombre perfeccionándose conforme a un método. Las consolaciones espirituales y los estados de sequedad, esas delicias sólo las experimenta el que lucha con sus tendencias. El alma del místico es interesante como selva del trópico. […] Son figuras interesantes; son monstruos de fealdad o bellezas espirituales desarmónicas; pocos son los mediocres; santos o sátiros; espirituales o satánicos… (vp)

El método. ¡Francamente que el método es lo más conmovedor! Yo no puedo dejar de querer a los jesuitas, porque allá hablaban mucho de eso. (msb)

La posibilidad del propio perfeccionamiento a través de la introspección:

Nosotros, bachilleres jesuíticos, hemos premeditado, hemos abusado de nuestra razón desde aquel lejano año de mil novecientos dos hasta esta cima dorada en que nos encontramos. Y nada hemos ejecutado; premeditábamos en los sutiles labios de las primas y en la dulce sonrisa volteriana. Nos recordamos acurrucados en el rincón penumbroso de la capilla, al lado del confesionario, de esa severa casilla en donde tuvo sus orígenes la psicología introspectiva, revisando nuestra alma, desplegando sus dobleces, atentos, buscando los animalillos de nuestra premeditación, con fruiciones de placer superiores a las que experimenta la mujer hermosa que recorre con sus dedos sensitivos las medias de seda. Nuestro mayor pecado estaba en el goce del examen; agrandábamos el animalillo para asombrar al padre Cerón. El pecado es lo que hace interesante al hombre. […] Y nuestras almas se perfeccionaban así en el pecado; allí fue donde aprendieron los veinte tomos de los siete pecados capitales. […] Sí; nosotros somos los hijos del confesionario; esa fue nuestra universidad; allí fue nuestro maestro de psicología el diablo que con su cola prensil hurgaba y revolvía nuestras almas… (vp)

¡Qué cosa tan deliciosa es la membrana pituitaria! Para recordar los pecados, por ejemplo, nosotros olíamos; por eso, siempre conservábamos un fragmento de la ropa o de la cabellera (¡aquellas cabelleras de antaño en que se ahogaba uno!), y cuando llegaba el momento del examen de la conciencia, en el rincón del confesonario reburujábamos los bolsillos y olíamos. ¡Era como reburujar la conciencia! Se nos aparecían vivos, palpitantes, nuestros pecados, esos sueños prolongados como un mar soporífero. (vp)

Todos vosotros, queridos maestros, estáis en nuestras membranas pituitarias. ¿Cuál es ese olor? ¿Por qué no podemos definirlo? Es grueso y al mismo tiempo rápido. Al sentirlo la carne se encabrita, surge, y, al mismo tiempo, el espíritu siente dolor de contrición. ¡Eso es! No conoce la delicia del pecado sino quien peca contra la voluntad, o sea cuando el Mundo, el Demonio y la Carne, que son uno, la Mujer, tientan al espíritu […]. Gusta del pecado quien lo aborrece o lo teme. (vp)

La literatura ha sido mi panacea; es una necesidad espiritual, sucedáneo del confesonario. Tanto me confesé donde los jesuitas que si no lo hago ahora, me extingo. Mis lectores reemplazan hoy al padre Mairena y, curioso, en uno y otros he hallado incomprensión. Pero ambos han sido instrumentos y nada importa que no entiendan: la cuestión es confesarse. (er)

Descubrimiento de la moral

La moral como lucha y heroísmo:

¡El jesuita! Indudable que es la comunidad religiosa más interesante, por castos, por estudiosos y por las disciplinas psíquicas. […] El aire ignaciano es propiedad de ellos […]. Imperan en todas partes. Madrugadores, activos, completamente sugestionados de que La Compañía es el Cielo o el camino más recto para él. Tienen razón. Santa Teresa lo afirma. Son insuperables en el respeto a la castidad, inflexibles. De ahí, creemos, su triunfo. Sólo el que siga a Ignacio puede triunfar de la carne. Ninguno de ellos sobresale en originalidad, pues ésta es contraria a su espíritu, pero todos ellos son ilustrados, metódicos, gente heroica. (db)

Descubrimiento de la noción de «ancha presencia» o grandeza de alma o egoencia o personalidad o espíritu inmortal

Ancha presencia es la capacidad de vivencia de realidad y esencialidad, o sea, de humanidad:

Ancha presencia […]. Todos hemos tenido experiencia mayor o menor de lo que es ancha presencia. […] [Ser] esencial. (ant xiii)

Los jesuitas fueron para el adolescente González modelos vivos de belleza y honradez humana:

… conocí al padre Elías, que usaba un pequeño sombrero; era un gorrito sobre su gran cabeza. Fue la primera vez en que vi cómo una prenda de vestir, fea de suyo, se hacía bella por la personalidad. El alma del padre Elías irrigaba el sombrero, echaba raíces en el sombrero. ¡Cuán bello iba el jesuita! […] Entonces comprendí que era la grandeza de alma la que embellecía todo lo exterior, incluso los vicios. (dm)

Recordamos, revivimos a nuestros maestros y confesores […]. Pero el que más influyó en nosotros fue el padre Quirós, flaco, limpio, pausado y agradable en toda su persona. […] Sus dientes eran largos y gruesos, blanquísimos, y las encías, muy grandes y muy sanas. ¡Qué curioso! ¡Era el director del infierno! En el infierno de los jesuitas están los buenos libros prohibidos; es la biblioteca de los libros buenos. Así continúa el maestro Voltaire viviendo con los jesuitas, pero… ¡en el infierno y en compañía del agradable padre Quirós! (vp)

Algo de ancha presencia tuvieron aquí en Medellín el doctor Uribe Ángel, los padres Quirós y Muñoz, jesuitas. (ant xiii)

Descubrimiento del espíritu de la tesis y el espíritu de la antítesis

El espíritu de la tesis, propio de los jesuitas y de los representantes del establecimiento social, se expresa como seguridad de sí en la afirmatividad social y la integración al statu quo. El espíritu de la antítesis, que es el espíritu agonístico de González, se expresa como enfrentamiento social:

… el espíritu Restrepo es social; […] siempre todo el que sea Restrepo está visible y como en su medio en el statu quo social; […] hay una simbiosis entre lo reinante en determinado momento y el espíritu Restrepo […]. Por eso entre la Compañía de Jesús y los Restrepos hay parentesco siempre: todo padre de familia Restrepo es suegro de la Compañía de Jesús. […] Expresándome en términos hegeliano-marxistas diré: el espíritu Restrepo es un gran parásito de la tesis… (jfr)

Descubrimiento de la posibilidad de una filosofía diferente del aristotelismo occidental

A partir de la crisis del primer principio filosófico de la filosofía aristotélico-tomista, presentada por sus maestros como paradigma de verdad por estar cimentada en primeros principios evidentes por sí mismos e indemostrables por argumentos de razón, y del estudio de la filosofía moderna, presentada por sus maestros como portadora del sofisma, González intuyó la posibilidad de un nuevo camino de búsqueda de la verdad:

Cuando teníamos doce años y comenzamos a agacharnos sobre la filosofía moderna para buscar en ella esos animales repugnantes que se llaman sofismas, según hermosa expresión del padre Garcés, nos dijo nuestro maestro: «La metáfora es la madre del sofisma; no filosoféis con metáforas». (vp)

Nosotros somos jesuitas; los años de nuestra formación los vivimos en busca de sofismas, hasta el punto de que el doctor Quevedo (Tomás) dijo, cuando examinaba a uno de nosotros a causa de la estrechez pectoral: «Si este joven no abandona su odio por el sofisma, llegará a ser santo, pero morirá muy pronto». […] Durante dos años refutamos todos los argumentos sofísticos que se han inventado contra esa hermosa composición de los seres: «Materia prima y forma sustancial». (vp)

Descubrimiento del goce vital

Con los jesuitas descubrió González lo que llama los «buenos sentimientos de su corazón»: amor por los paseos a pie, alegría de la convivencia con los fenómenos, goce de la vida, sentido del diálogo, valoración de la mesura y la frugalidad, amor a las muchachas, es decir, a la belleza inocente y tentadora:

También reviviremos aquí a los reverendos padres, a quienes les debemos los buenos sentimientos que hay en nuestro corazón: de ellos tenemos el amor por los paseos a pie; la pasión por los diálogos peripatéticos, en los jardines y patios de los caserones; el ansia de tener finca raíz […]. De nuestros queridos maestros tenemos esa pasión por convertir a las muchachas, por llevarlas a casa para tocarles el corazón e impedir que sean engañadas por hombres miserables… (db)

Descubrimiento del sentido de la muerte como camino

Los jesuitas sí saben enterrar. No hay flores, porque el jesuita muerto es una flor. Van a pie los ignacios, porque el jesuita muerto ya no se apresura: comprende. No hay automóviles. No lloran ni ríen y, sobre todo, no hay mujeres que se manosean echadas en las camas, que se inducen, emanando opiniones. No hay mujeres que comen y que a un mismo tiempo ríen, lloran y se manosean, consolándose. Como en todo, es el jesuita quien posee la noción de enterrar; parece, cuando llevan un cadáver, que llevaran a guardar un vestido inútil ya. (ant ix)

* * *

Descubrimientos negativos

Fernando González descubrió que el mundo jesuítico, así como era fuente positiva de crecimiento humano, también era fuente de la perversión imaginativa mental, emocional y social, porque generaba el vicio solitario y la mirada bizca.

El vicio solitario

Entiendo por vicio solitario toda manera de efectuarse la descarga nerviosa sin que sea excitada por la realidad. (dm)

En los colegios de frailes aprendimos el miedo y la vergüenza de la realidad; nos hicieron hábiles para poseer las cosas a distancia. (ce)

La mirada bizca

El vicio solitario imaginativo mental, emocional y social es causa de la mirada bizca, o sea, de la pérdida en el mundo imaginativo-conceptual de pasiones desatadas, opuestos conceptuales e insolidaridad social, que impiden conocer vivamente la realidad una:

Un amigo mío tiene un ojo desquiciado desde que estuvo en las lecciones de cuarzo; mira siempre para adelante, mientras que el otro ojo es ágil, agarra tenazmente las imágenes. ¡Qué horrible ese ojo sin voluntad! (dm)

Las expresiones de la perversión

El vicio solitario o perversión imaginativa se expresa de tres maneras:

Perversión mental-conceptual

Es conceptualización elaborada por medio de lógica inductiva-deductiva-conceptual, o de ideas generales producidas por la mente razonante, con prescindencia de la experiencia viva y personal:

Algunos han dilapidado su juventud en los alcoholes y nosotros la dilapidamos en medio de estas graciosas mujeres desvergonzadas, las ideas generales. Los primeros principios de todas las ciencias son ideas generales. ¿Cuál de esas proposiciones amplias, cuál de esas muchachas no ha sido nuestra, no ha estado en los brazos envolventes de nosotros, bachilleres jesuíticos? (vp)

El padre Torres nos enseñaba mineralogía en el Seminario, así: «El cuarzo es blanco, de sabor tal, inodoro y abunda en…». No lo veíamos por ninguna parte. (dm)

Perversión imaginativa pasional

Es la habituación a reacción imaginativa emocional, inducida por sugestión que impide la aprehensión de la realidad y genera las inhibiciones psicológicas o embolias, y la falsa moral o moral de la culpa, que se caracteriza así:

Voluntad de encubrimiento, o miedo a la desnudez:

Manuel fue seminarista durante doce años. […] El seminarista no puede verse desnudo. (dm)

Hipocresía, generadora de suposiciones imaginativas, resultantes de la ausencia de experiencias vivenciales:

Tú extractaste mi libro, extractaste de él los himnos y las conclusiones y le pusiste camisa púdica; abandonaste la vida. […] No; así queda hipócrita; se presta para las suposiciones de estudiantes jesuíticos. […] Por eso, la historia del padre Izu es esencial en mi libro. Mi polémica con ese jesuita es la misma que tengo contigo. A él le preguntaba: «¿Por qué va a ser malo oler la ropita de Toní?». Y tú suprimiste tal escena y dejaste las conclusiones […]. […] Y suprimiste las escenas con Jorge, los celos porque Jorge pudiera mirar a la Toní. Suprimiste la escena en el café «La Cigarra». Suprimiste las frases en francés […]. […] Tú capaste a la novilla. Así como los jesuitas a la Historia Natural en que nos enseñaban a ser perversos: ¡le recortaban las páginas en que se describían los órganos genitales! (er)

Inhibición culposa, originada en complejos de moral punitiva que incapacitan para la expresión del amor:

[Manjarrés estudió] donde los jesuitas; con ellos se graduó en introspección, en creerse «condenado», «perseguido». […] … los Reverendos educan a los jóvenes de modo que cuando aman, piensan en el remordimiento y el infierno, quedando asociado el hecho del amor con tantos dolores y miserias que resulta una inhibición. (me)

Perversión social

El vicio solitario, en cuanto perversión social, se sintetiza en la mentira socio-cultural latinoamericana, amalgama de poder político-económico-social-religioso, de la que son fiel expresión los actos de clausura del colegio de los jesuitas:

Donde los Reverendos Padres habían traído una campana neumática, y, cuando «el acto público de fin de año», el hijo mayor del señor Restrepo salía al estrado y, ante las mujeres admiradas y los señores gobernadores, cogía un afrechero, lo colocaba sobre la plancha, lo cubría con la campana, manipulaba para hacer el vacío, y el afrecherito iba muriendo, hasta que el Restrepo levantaba la campana y lo mostraba, cadáver, a la concurrencia. El Reverendo Padre Rector hacía una señal, y entonces otro Padre leía: «Primer premio de física…, Juan Restrepo y Mariano Ospina Pérez, mérito pares…». Rifaban el premio, una medalla…; la ganaba el nieto de don Mariano Ospina […]. «Premio de filosofía […]». […] Estos de las medallas, estos Ospinas, Pachos y Restrepos eran los que iban al Congreso […]. (ant i)

* * *

Fernando González,
jesuita suelto

Cuando González afirma, repetidamente, que es un jesuita suelto, no se trata de gracejos, sino de la expresión de una experiencia vital de carácter signante: la expulsión del paradisíaco mundo de la inocencia envigadeña y jesuítica de su niñez, luego de la experiencia originaria del vicio solitario (perversión mental y pasional), que signa, a nivel individual, para la pérdida de la mirada simple que ve y vive la unidad de la realidad, e introduce a la mirada bisoja, que ve multiplicidad de contrarios irreconciliables y desata la angustia de la lucha dialéctica de la existencia.

La profunda y contradictoria experiencia de la pérdida de la comunión viva con la Realidad una, y la búsqueda metódica de la comunión con la Realidad hizo a Fernando González jesuita por el resto de su existencia.

Jesuitas son:

La familia agonizante de los Ochoas, a la que pertenece san Ignacio:

Nada más activo que lo ignaciano. A nosotros, vascos (en la familia de san Ignacio había Ochoas; su abuelo era Ochoa de Loyola; yo soy Ochoa), nos llama Dios por el lado de la guerra, en su verdadero sentido. (rpo)

Su egoísmo de hombre segregado:

Nosotros, los jesuitas, somos egoístas como los gatos. Es la esencia en la comunidad de los reverendos padres hermanos de la infortunada Cunegunda… Damos muchos consejos, pero el jesuita es hombre segretatus a populo. […] Nada sabe el jesuita de hambres e infortunios, sino por los libros y el confesonario. No conoce la moneda. No compra mercado. No sufre crisis. Está parado al pie del árbol de la vida, consolando a Tony… ¿Por qué no insistiría el padre Torres? ¡Qué gran jesuita hubiera sido yo! (er)

Su sentido de egoencia, independencia y anarquismo:

No; no soy derechista ni izquierdista, esto o aquello; no soy amancebado. Soy F. G. […] «… soy anarquista y jesuita». (ant ix)

Su sentido de la moral y del método, como lucha para el crecimiento interior:

… nosotros, jesuitas sueltos, somos pecadores. ¿Por qué? Porque no hemos observado las cautelas de nuestro padre Ignacio: no tocar, no mirar, etc. Hemos querido ser jesuitas sin las cautelas y sólo hemos logrado refinar el pecado. (db)

Un verdadero jesuita soltado era ese consulito, jesuita que renegó de «las cautelas» del padre Ignacio, que siempre deben llevarse en el bolsillo, a saber: no tocar; no mirar a las mujeres; doblegar los sentidos. (n)

… nuestra gran tristeza es no pertenecer a La Compañía sino por la gana. Somos jesuitas soltados, que de vez en vez vamos donde el padre Zameza a lamentarnos de nuestros negros pecados, debidos a que no llevamos, como ellos, las cautelas del padre Ignacio entre el bolsillo. (db)

… y yo como jesuita suelto […] creo que el padre Ignacio es gloria del hombre, amor y método. (rpo)

Su sentido del heroísmo y de la virtud:

En mis heroísmos y virtudes he sido jesuita expulsado de la comunidad: lo he sido en el confesonario, en la limosna, en el amor y con los sapos. Alguna vez me dio la manía de coger sapos, porque me repugnaban y quería sentirme héroe. Otra vez fue con las mujeres, para vencer la timidez. (er)

Su sentido cristiano de la tarea:

Esta revista [Antioquia] es jesuita, es decir, cristiana, pero nada tiene que ver con la política de Roma, aliada del fascismo. (ant xi)

Soy teólogo —político— jesuita soltado. No gano elecciones, pero soy partero. (ant xvi)

Su misión de «filósofo de los mulatos palanganas»:

Yo no nací seductor; soy un desgraciado gato sensual que comprende lo que no tiene. Soy el filósofo de los mulatos palanganas. (ce)

Yo soy un jesuita soltado por estos pueblos de Colombia para mejorar a mis conciudadanos. (dm)

* * *

Conclusiones

La presencia de los jesuitas en la niñez y adolescencia de González no es hecho adjetivo: sin los intensos y difíciles años de jesuitismo que vivió, no habría sido el que fue.

En el colegio de los jesuitas vivió los grandes dramas de infancia, que solidificaron su talante filosófico; adquirió el sentido del método, de la personalidad, de la disciplina, del amor a la verdad; vivió el doloroso drama del rompimiento con la filosofía aristotélico-tomista, alma de la cultura occidental; descubrió y estructuró, vivamente, los fundamentos de su filosofía; hizo la experiencia de la moral, camino de crecimiento en libertad y personalidad al margen de inhibiciones y complejos de culpa que frustran para el amor.

Con los jesuitas se perfeccionó como el hombre de la disciplina, del método, de la introspección, de la lucha moral, del goce de las cosas bellas, de la filosofía de la vivencia, de los viajes a pie.

Al romper con el mundo de la filosofía aristotélico-tomista, con el método de conocimiento mental-imaginativo, con la vivencia de la pasionalidad inhibida y fantasiosa, se hizo «jesuita suelto».

Fernando González nunca rechazó, ni odió, ni menospreció a sus maestros jesuitas; al contrario, los amó inmensamente, y siempre:

… estos ignacios quieren ser parecidos a la imagen que tienen de Jesucristo. Los amamos y los admiramos: de entre ellos salió François-Marie Arouet, y nosotros vivimos con ellos. (vp)

Para González los jesuitas son hombres admirables y providenciales, como fuerza cultural, para Colombia y Suramérica:

El único lugar en Colombia en donde nuestra juventud recibe disciplinas varoniles, con grandes deficiencias, eso sí, es en los colegios de jesuitas. El jesuita es varonil, realista, posee el orgullo cristiano y practica plenamente el celibato. Las deficiencias jesuíticas proceden de Roma, no de Ignacio ni de España. Todos hemos observado que el jesuita es generalmente varonil y de continente digno: desprecia enfermedades y muerte; enferma y muere en silencio. Al dulzarrón y manoseador, generalmente lo expulsan. Tienen grandes defectos, pero que proceden de Roma y no de Cristo. San Ignacio, duro y varonil, no tuvo un ápice de la falsedad romana. Así pues, en Colombia apenas si en los colegios de jesuitas hay algo de cultura. (ant xi)

Parece que los ignacianos fueron predestinados para Suramérica: ellos estaban creando una civilización en el Paraguay y otra en Colombia, en los llanos de San Martín, pero fueron interrumpidos por envidiosos. Hoy los únicos centros culturales que tenemos son de los jesuitas. Lo sabemos, porque entre ellos vivimos ocho años y allí estudian nuestros hijos. Los jesuitas son admirables: a) Porque practican la selección humana, único caso en el mundo […]; b) Porque practican y defienden la castidad entre ellos; de tal modo que son muy varoniles; el que resulta dudoso, lo expulsan; y c) Porque son realistas. (ant xi)

El espíritu latino de los jesuitas, antítesis del espíritu utilitario anglosajón, encarna la sabiduría y los valores humanísticos que han dignificado a América:

Ahora los persiguen solapadamente, en Colombia. ¡Eso es!: ¡arrojen al espíritu latino e introduzcan expertos, mineros y pastores sajones! ¡Arrojen a los maestros de monsieur Voltaire, a los que abrieron y embellecieron la gran hacienda de los llanos, a los que dieron al Paraguay el espíritu heroico…! ¡Arrójenlos, a nuestros maestros, para que no queden en Colombia sino los putos y putas de la gran familia liberal! (db)

¿Qué amor a la filosofía quedará por aquí, si arrojan a los jesuitas? (db)

Todo lo que los jesuitas significaron en su vida lo expresó, lapidariamente, al escribirle a Antonio José Restrepo:

Les hacen falta a ustedes ocho años de jesuitismo para poder comprenderme (ce)

— o o o —

~ 5 ~
Los problemas fundamentales

La filosofía de Fernando González nace, vivamente, del afrontamiento de tres grandes experiencias de los años de adolescencia en su Envigado natal y en el colegio de los jesuitas:

La conciencia de límite, que impide la comunión viva con el universo y origina el sentido místico de su vida y de su obra.

El vicio solitario o perversión imaginativa, que consiste en reaccionar pasional y mentalmente, de espaldas a la Realidad, y origina el método emocional y el ontologismo moral.

La negación del primer principio filosófico aristotélico-tomista, que frustra la experiencia vivencial y origina la metafísica de las vivencias.

* * *

El problema del límite

Puede decirse que el aforismo «existo, luego soy limitado», es el punto de partida y el determinante de la postura existencial, los interrogantes, las búsquedas y los hallazgos filosóficos de Fernando González.

Desde las primeras páginas de Pensamientos de un viejo encontramos ya, clara, amplia y profunda, su vivencia de la condición limitada de la existencia.

La vida es limitación fundamental:

La limitación es la gran tristeza, y la vida se fundamenta precisamente en ella. (pv)

Por razón del límite, el ser humano está determinado a ser de un único modo, entre la infinitud de vidas posibles:

Considera la infinidad de vidas posibles, y luego, considera que tú no podrás ser sino de un solo modo, que no podrás ser sino una de esas vidas, y caminar por uno del infinito número de senderos que existen… (pv)

La condición individualizada de la existencia humana origina la voluntad de sentido y de dominio:

… comprendió que mientras fuese una individualidad, trataría de dar un sentido a las cosas, trataría de dominar… (pv)

La limitación del conocimiento impide al hombre la aprehensión y enunciación de la verdad absoluta:

Considera que tu idea tiene que ser limitada, y que es consecuencia de tu modo de ser. Considera que por lo tanto es tan definible como lo eres tú. Considera que la defiendes y la afirmas como la verdad, no siendo sino tu verdad. (pv)

En las limitaciones del espíritu se originan el carácter esencialmente comparativo de la conceptualidad, las formulaciones doctrinales y estéticas y la creación de valores:

Los conceptos nacen por comparación, tienen su origen en el límite. (pv)

Con nuestro espíritu definido podemos inscribir todos los valores que deseemos en esa enorme tela incolora que llamo La posibilidad infinita. (pv)

De la limitación del espíritu surge la creación de los entes denominados el misterio, el absurdo y la nada:

No hay misterio ni absurdo sino porque nuestro espíritu es limitado. (pv)

En el deseo de superación del límite se origina el ansia de posesión, que termina en el anhelo de un infinito equivalente a la nada:

Esto que siento es el ansia de poseer más monstruosa; es la tristeza infinita de ser de un modo; de no poder gozar todas las filosofías, todas las bellezas, todas las tristezas… Ya sé yo que el ser en quien están reunidas las tristezas de Jesús, y la alegría de los niños, y el amor de Magdalena, y los odios de Swift, eres tú, tú, el lago verdoso de la nada, tú, el no ser, la muerte. Ya sé yo que tú eres la bebida extraña, desconocida, donde están reunidas todas las cosas… ¡La nada! (pv)

La tristeza radical de la existencia, como frustración de la posibilidad de infinito, es la tristeza de ser limitado:

Así mismo presenta la vida al hombre un infinito número de caminos. Y cuando uno se ha decidido ¿cómo no vivir triste al ser de un solo modo? ¿Cómo no entristecerse al no poder ir por todas las sendas y al pensar en los misterios de tantas vidas posibles? La gran tristeza es la tristeza de ser limitado. (pv)

Fundamentado en el anhelo de posesión y comunión infinitas que hay en el hombre, Fernando González enfrenta la superación del límite por medio de la ensoñación:

En el hombre hay un anhelo infinito: el anhelo de poseerlo todo, de hacerse alma de las cosas. (pv)

Inicialmente, González entiende la ensoñación filosófica como la acción del pensamiento y de la imaginación que liberan de la esclavitud de las determinaciones de la vida, por medio de creación y vivenciación de mundos y vidas posibles, más allá de representaciones y limites:

¡Oh! ¡El sueño! Por él vivimos muchas vidas distintas; él nos liberta de la esclavitud del ser. (pv)

Y tu único consuelo ¡oh soñador! es soñar las vidas posibles… […] Y mientras pasan las nubes, tirado bajo el árbol frondoso, ¡oh soñador!, suéñate todas las visiones posibles, todos los amores, y todas las tristezas… (pv)

La ensoñación conduce a la superación del límite en la disolución del alma en el universo entero, más allá de entes y palabras:

Yo disuelvo mi alma en el universo todo, y así amo todo el universo. (pv)

¡La nada! ¿Cómo gustar esta palabra? Un lago verdoso, con el verde de las algas, eternamente tranquilo… y allí la completa desaparición de todas las cosas y los seres. (pv)

¿Ser o no ser? No; ser nada y serlo todo… (pv)

Realizar la filosofía de la ensoñación, o sea, superar todos los límites por la intuición o sabiduría viva o comunión con el Ser (Universo, Sustancia Única), más allá de fenómenos, formas y conceptos, en la pura nada, será la tarea de Fernando González desde sus días de adolescencia en Pensamientos de un viejo hasta sus días finales en Las cartas de Ripol.

* * *

El problema del
vicio solitario

Desde que descubre el vicio solitario, González se entrega a clarificar la noción, precisar la naturaleza fundamental, analizar las manifestaciones individuales y sociales del vicio solitario, y a buscar el método para libertarse de la limitación que es el vicio solitario en cuanto perversión imaginativa mental, pasional y social.

El vicio solitario, la doble miseria de la perversión imaginativa que desvincula al hombre de la convivencia con las manifestaciones de la vida y lo lleva a vivir de reacciones imaginativas y de vivencias y conceptos ajenos, por carencia de experiencia propia de la realidad, es, como vimos,

… toda manera de efectuarse la descarga nerviosa sin que sea excitada por la realidad. (dm)

En el colegio de los jesuitas vivió la experiencia de la perversión imaginativa y mental en un proceso de aprendizaje imaginativo-conceptual en el que, al margen de toda experiencia personal de la realidad, los conceptos procedían de la autoridad de los profesores:

Yo, señores, fui el niño más suramericano. Crecí con los jesuitas; fui encarnación de inhibiciones y embolias; no fui nadie; vivía de lo ajeno: vivía con los Reverendos Padres… De ahí que la protesta naciera en mí y que llegara a ser el predicador de la personalidad. (n)

Con el Mono de Marceliano, en sus diálogos infantiles de esquina de pueblo, descubrió la perversión imaginativa pasional, o sea el arte suramericano de poseer las cosas a distancia y hallar el placer en los sueños:

… el Mono de Marceliano, en la esquina de la casa de don Diego Uribe, a una cuadra de la plaza de Envigado, una mañana […] me enseñó el arte suramericano de poseer a distancia todas las cosas de la vida, a Fernanda, a María Lucía y a una prima nalgona que fue mi tormento… Desde entonces mi tacto se pervirtió; aprendió a encontrar la resistencia, causa del placer, en los sueños y no en los frutos delimitados, turgentes, concretos de la tierra. Desde entonces fui proclive a ideas generales… ¡Dios le haya perdonado al Mono de Marceliano! (ce)

El descubrimiento de la perversión emocional resultó ser el descubrimiento de la versión pasional de la perversión mental, conocida en las aulas del colegio de los jesuitas:

… también para mí la mujer fue semejante al cuarzo. Recuerdo muy bien que fue en Bello, sentados en la acera de una esquina, en donde el mono Marceliano me repitió, refiriéndose a la mujer, la lección del cuarzo: «La mujer es…, para el tacto…, etc.». (dm)

Fernando González emprende la lucha contra la perversión imaginativa mental y emocional como «viaje a pie», o sea, como búsqueda de conocimiento y emoción desde el propio Yo, en convivencia con los fenómenos, y estructura métodos para abandonar el vicio solitario por el ascenso en capacidad de convivencia con la realidad:

… deseo abandonar el vicio solitario de la imaginación filosófica. Ésta nos conduce hacia abajo; es el origen del pesimismo […]. (msb ii)

Desde su dimensión fisiológica, agotando sus instintos, se enfrenta con sus inhibiciones y embolias afectivas, a la búsqueda de la autoexpresión.

En su poema «El Cielo», en Don Mirócletes y en El maestro de escuela narra González la frustrada experiencia inicial del afrontamiento de sus embolias emocionales, originadas en la perversión:

Eres, cielo, como aquella dentrodera Margarita
que no sé por qué quería dárseme
una noche en que le mostré laminitas
de cigarrillo, en la calle «San Antonio».

[…]

Le mostré las laminitas y apagué…
                              Se dejó agarrar
                              pero no acostar,
                              y así pasó,
                              sin nada,
ese amor de una noche en la calle «San Antonio»,
cerca del convento de los padres franciscanos…

[…]

Igual fue a Margarita, la dentrodera
en la casa de mi tío Ubaldo Ochoa… (ce)

Cuando salí del Seminario y me di cuenta de que toda mi niñez había sido vicio solitario, me fui por ríos y quebradas en busca del cuarzo, y lo traje a casa y lo olía y acariciaba, exclamando: ¡Que no venga a mi mente la especie cuarzo en la soledad, sino al tocarte, a causa tuya, hermosa piedra! […] A propósito, también para mí la mujer fue semejante al cuarzo. […] Cuando crecí un poco pensé que no era buena mi soledad y me fui en busca de Eva… Eva fue la coja Matea, cabe un muro del cementerio de Bello, el muro donde está enterrada la madre Dionisia, autoritaria y gorda, superiora de las Hermanas de la Caridad. […] La coja mía, mi buena coja, mi Eva coja, perdonó mis desarreglos imaginativos, mis apresuramientos […]. […] Esta intemperancia imaginativa me ha atormentado mucho […]. (dm)

Su primera experiencia amorosa fue con una joven mulata, fortísima y virgen; ella fue la incitadora y él fracasó en el trance, debido a que los Reverendos educan a los jóvenes de modo que cuando aman, piensan en el remordimiento y el infierno, quedando asociado el hecho del amor con tantos dolores y miserias que resulta una inhibición. Esto fue lo que tuvo Manjarrés con la mulata y se tornó más solitario. Una coja le salvó. La coja Elena; coja de la cadera derecha; alegre y vital. Esta buena mujer le volvió un poco a la realidad. (me)

Para González toda Latinoamérica es vicio solitario, pues íntegros el continente y el país son víctimas de la alienadora perversión imaginativa:

… pornográfica es toda esta Suramérica hija de clérigos, hombres tapados por la vergüenza a la vida. Por eso, nuestra raza es estéril, avergonzada: raza de hombres que hacen las cosas y se esconden, avergonzados de estar vivos. (er)

En Colombia, los hombres han sido educados por frailes, de sotana o no, y por eso carecen del sentido de la realidad; tienen el gatillo débil y se disparan en el bolsillo. (ce)

González encarna su lucha contra el vicio solitario continental, en la negativa a aceptar la falsedad conceptual de la interpretación social y cultural del discurso latinoamericano tradicional:

Hubo un misionero, Fernando González, que no quiso beber babas, y por eso murió en las Américas, tristemente… Este misionero no supo o no pudo vencer el mal carácter heredado de sus abuelos, Lucas Ochoa y un orejón Arango; negóse a beber las babas americanas, y murió culirroto y nuestra Compañía lo presenta como ejemplo de falta de mortificación del mal carácter… (db)

* * *

El problema del primer
principio filosófico

El principio de contradicción de la filosofía aristotélico-tomista dice: «Una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y en un mismo sentido».

Sobre ese primer principio de contradicción, que en fin de cuentas es la formulación negativa del primer principio de identidad: «Una cosa es lo que es», se estructura todo el sistema filosófico racional y fixista, aristotélico-tomista, que para el adolescente Fernando González parte de una incongruencia fundamental: construido como sistema de razón discursiva, se apoya sobre un primer principio cuya evidencia es indemostrable a través de la razón discursiva, y debe ser aceptado como evidente por intuición.

En el contexto de la filosofía tomista, la enunciación del primer principio ontológico y la afirmación de la existencia de Dios son equivalentes, ya que en Dios, perfecta unidad de idea y realidad, se identifican esencia y existencia, verdad y ser, por lo que la negación del primer principio filosófico conlleva la negación de la existencia de Dios.

Ante el rechazo de la validez del principio de contradicción, como primer principio válido de toda filosofía, el padre Quirós, su profesor de filosofía, le planteó a González la negación del primer principio como la negación de Dios: «Niegue a Dios; pero el primer principio tiene que aceptarlo».

González negó el primer principio filosófico y, con él, el Dios de la filosofía aristotélico-tomista:

… le negué todo al padre Quirós. ¡El primer principio! Negué el primer principio filosófico, y el padre me dijo: «Niegue a Dios; pero el primer principio tiene que aceptarlo, o lo echamos del Colegio…». Yo negué a Dios y el primer principio […]. (n)

La decisión de González de negarse a aceptar la filosofía aristotélico-tomista, dogmática, fixista, intelectualista, conceptual, y consagrarse al estudio de los filósofos modernos, determina su expulsión de los claustros jesuíticos. Dice la carta, enviada en 1911 por los jesuitas a Daniel González, el padre de Fernando:

… desde el año pasado se dio Fernando con sumo ahínco a la lectura, primero de obras literarias y luego este año de obras filosóficas principalmente. […] Comenzando apenas sus estudios de filosofía y no bien cimentados aún sus principios religiosos ha leído con verdadera pasión obras de Voltaire, Víctor Hugo, Kant y sobre todo Nietche (sic), las cuales han apagado en su entendimiento la luz de la fe y han secado en su corazón todo temor saludable. No cree absolutamente, afirma él a sus compañeros, en la divinidad de Jesucristo ni menos en la Iglesia Católica. Imbuido en las ideas de Nietche (sic), sostiene que hasta ahora los hombres han estado cegados con falsas preocupaciones, como el infierno, que un genio ha de hacer desaparecer para sustituirlas con otras nuevas y mejor fundadas. Así lo dice, casi de continuo, a sus compañeros; esto ha sostenido a su profesor de filosofía, el padre Quirós, y en parte también al reverendo padre Rector, sin admitir razones de ninguna clase. […] Por todos estos motivos tengo la pena de comunicarle que la Junta Directiva del colegio ha resuelto que Fernando queda excluido del colegio, y en consecuencia suplico a U. tenga la bondad de enviar por el pupitre y los libros al colegio. […] De U. atento y seguro servidor, Enrique Torres S. J. (2)

La decisión de rechazar el primer principio de un sistema filosófico, que equiparaba la negación de un enunciado conceptual y la negación de la realidad de Dios, convirtió a González en exiliado de la filosofía occidental, fundamentada en el sistema aristotélico-tomista, y en viajero extraviado a la búsqueda, desde sí mismo, de nuevos caminos de verdad:

Mucho tiempo anduvimos por un sendero de rumiantes, sin saber para dónde íbamos. Tampoco sabemos para dónde vamos al vivir. No era, pues, grande nuestra tristeza por estar perdidos, pues perdidos estamos desde que allá, en compañía de nuestros queridos amigos los jesuitas, no pudimos encontrar el primer principio filosófico. Cuando le decíamos al reverendo padre Quirós que cómo se comprobaba la verdad del primer principio que nos daba, nos decía: «Ese es el primero; ese no se comprueba». Desde entonces estamos perdidos. (vp)

Amar y abandonar el camino ha sido toda nuestra vida. […] Es que vamos irremediablemente perdidos desde aquel año aciago de mil novecientos cinco en que no pudimos encontrar el primer principio filosófico, allá en la grata compañía y colaboración del reverendo padre Quirós S. J. (vp)

La negación del primer principio fue el origen de la filosofía de las vivencias, construida emocionalmente, desde la propia instintividad, hacia la autoexpresión por el crecimiento en conciencia hasta la comunión viva con Dios:

Mi vida ha estado dedicada a devolverles a los Reverendos Padres lo que me echaron encima; he vivido desnudándome. Soy el predicador de la personalidad; por eso, necesario a Suramérica. Dios me salvó, pues lo primero que hice fue negarlo, donde los Reverendos Padres. Tan bueno es Dios, que me salvó, inspirándome que lo negara. […] Yo negué a Dios y el primer principio, y desde ese día siento a Dios y me estoy librando de lo que han vivido los hombres. Desde entonces me encontré a mí mismo, el método emotivo, la teoría de la personalidad: cada uno viva su experiencia y consuma sus instintos. La verdadera obra está en vivir nuestra vida, en manifestarnos, en auto-expresarnos. (n)

¡Morir! El mismo terror tan infinito que experimento al pensar en la muerte; el vértigo que me da al posesionarme de que moriré, del día en que entraré a la sepultura, ¿no me indican, acaso, que no moriré, sino que me iré? Pero estos no son sino indicios leves de que hay otra vida, y yo quiero saber que la hay; pero no ese saber sacado como conclusión de un libro de premisas, uno de esos libros en que todo es verdad, porque son eslabones de una cadena cuyo principio se cometió la tontería de aceptar. Y el autor dice: «¿Fue aceptado el principio? Pues esto otro está pegado a aquél, o mejor, salió de él, fue sacado de su seno, así como sale el niño del útero oculto…». (msb)

* * *

Conclusiones

El itinerario filosófico de Fernando González resulta incomprensible, a menos que se capte cómo la concienciación, planteamiento y afrontamiento de los problemas del límite, el vicio solitario y el primer principio filosófico constituyen el punto de partida de su búsqueda.

Cuando se conoce cómo González partió del afrontamiento de tales problemas, entonces se entiende por qué, desde el comienzo mismo de su itinerario hasta el final de sus días, su filosofía constituye una metafísica de las vivencias, como esfuerzo incesante de convivencia con las manifestaciones de la realidad viva en la conciencia, hasta llegar a Dios.

— o o o —

~ 6 ~
Las raíces

El problema de
la originalidad

El problema de la originalidad dice relación a los contenidos y al sujeto de la originalidad, y se resume en dos grandes cuestiones: ¿en qué consiste la originalidad?, ¿quién es original?

La incapacidad de convivencia y comunión reduce la existencia a la insularidad, el aislamiento y el autismo; por ello, la originalidad no consiste en un vano ejercicio de extravagancia y excentricidad, sustitutivas de la incapacidad de articulación de la vida y el pensamiento propios con las experiencias vitales y las realizaciones culturales de las generaciones pretéritas y contemporáneas.

La originalidad no consiste, tampoco, en la capacidad de invención desaforada de entes, sino en la acción creativa, que permite el hallazgo y la realización personalizada de la novedad a partir de la convivencia con la realidad.

La originalidad, antes que una invención atrabiliaria, es una articulación tan inédita, enérgica, personal y auténtica de los hallazgos propios con las manifestaciones de la vida y los hallazgos de la cultura universal, que sólo desde la interioridad de quien la realiza puede ser explicada y entendida.

Para González, la originalidad es el poder creador de la coherencia vital, que, al penetrar en el caos de la posibilidad, lo convierte en camino:

Crear es indicar un camino con un dedo prognata que chorree vida, con voz penetrante en el caos de la posibilidad y con neta imagen mental. (dm)

Fernando González no fue original por razón de excentricidades comportamentales, desarraigo existencial, insularidad de pensamiento, cultivo estrambótico de humorismo procaz y escatologismo conceptual, voluntad de agresividad arbitraria, pasional, acrítica y condenatoria de individuos, ideologías, sociedades y culturas.

La originalidad de González radica en su vitalidad desbordante, capaz de convivencia y comunión amorosa con las más variadas manifestaciones de la vida; su don de vivir, sin un segundo de alienación o escapismo, en tarea de crecimiento interior a través de la autoobservación y la autocrítica permanentes; su rara virtud de sentir, pensar y vivir el Ser y el universo desde las nimiedades de su medio ancestral, aldeano y latinoamericano; su decisión de asumirse a sí mismo, patentizar su propia experiencia vital, y recorrer su camino a partir de la realidad ancestral, histórica y social que encarnaba; su aguda penetración crítica de la psicología, la historia, la filosofía, los valores, la sociedad, la teología y la cultura toda; su inusitado poder de universalización de la conciencia; su coherencia metodológica para buscar la verdad viva por el padecimiento, la meditación y la inteligenciación, concientizadores; su esfuerzo por integrar la experiencia vital y cultural latinoamericana a la búsqueda filosófica universal; la novedad de su propuesta filosófica, enraizada en todas las formas de la sabiduría universal y unificadora de todas ellas, en la Teoría de los viajes o Metafísica de las vivencias, generadora de nuevas vías metafísicas, luego de la clausura de la metafísica mental-racional, realizada a partir de la filosofía kantiana.

A la búsqueda de sí, viajando en sí, dentro de sí, hacia su intimidad, González rechazó toda forma de imitación, nunca fue discípulo incondicional de alguien, se negó pertinazmente a las sistematizaciones mentales y conceptuales de escuela, jamás se matriculó en filosofía alguna.

Aunque resulta imposible encasillar la filosofía gonzaliana dentro de sistemas, escuelas o corrientes de pensamiento, sin embargo, el seguimiento de su itinerario existencial, filosófico, religioso y moral, padecido, meditado y entendido a través de los viajes metafísicos, que con sinceridad y autenticidad absolutas fue presentando a lo largo de sus obras, permite establecer, sin confusiones, los múltiples enraizamientos y articulaciones de sus vivencias, reflexiones filosóficas y experiencias ascético-místicas con la sabiduría de Oriente, Occidente y América indígena, en cuanto formas de vida, indicios de la presencia de Dios y caminos para la expansión de la conciencia.

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Las raíces nativas

Fiel al principio de autenticidad, Fernando González vivió el universo desde su yo y su mundo raizal envigadeño, aldeano, individualista, áspero, airado y, muchas veces, prosaico. Viviendo, padeciendo y meditando su cotidianidad; sintiendo como su gente, hablando el lenguaje de su pueblo, realizó, día a día, su proceso de liberación interior y se expresó desenfadadamente a sí mismo como colombiano, latinoamericano y ciudadano del universo desde su Envigado nativo:

Mi lenguaje será el de mi tierra y de mi gente, el de mi patria. Escribiré como hablo y como pienso, pues la vida del idioma y de las ideas es la del pueblo de cada uno. Se burlan de los modismos de los pueblos débiles, pero imitan los de los pueblos de carácter. ¡Mi pobre patria! Todo lo suyo es despreciado por sus hijos. El sombrero de Aguadas nos tiene que venir de Panamá. (msb)

Tampoco mutilaré mis libros. Los escribo para confesarme y si tienen expresiones crudas, es porque así soy yo, así éramos en Envigado, en donde crecí; así pienso y siento. (ce)

Es [Envigado] lugar predestinado para grande epifanía. Vi a Grecia y vi a Florencia y me volví para Envigado, a La Huerta del Alemán, que ahora se llama Otraparte. […] En esta capital de Colombia hay originalidad humana […]. […] Porque Envigado es la patria de los grandes agonizantes. (lvp)

Envigado es escenario muy propicio para padecer y meditar: la gente es individualista y no se mete en nuestra vida. El valle es solemne y muy anchas y de muchos verdes las montañas que lo enmarcan. El clima es propicio a la edad vieja. Estoy bien en Envigado. Los dioses, muchos, están cerca y aman estas noches que son como días dormidos. Estoy mejor que en París o en Roma, que tanto me agradaron. (lvp)

Para el caminito éste, y para el tropezón en guijarros, y para el jaleo con los caminantes, el Señor me dio un grito de arriero envigadeño que me ha dado excelentes resultados: «¡Ánimo, envigadeño descalzo!». (cr)

Contra el parecer de academias e intelectualidades, que se negaron a aceptar la posibilidad de trabajar los grandes problemas metafísicos y construir un universo filosófico coherente y válido a partir de personajes, lugares, situaciones, interrogantes y vivencias elementales y aldeanas, típicamente latinoamericanas, González buscó la conciliación de los contrarios y la universalización de su conciencia desde su intimidad personal y social aldeana envigadeña, nacional colombiana y continental latinoamericana:

Estamos sembrados a la patria y sus jugos deben nutrirnos. La grandeza no es posible sino absorbiendo la de la tierra. ¿Qué importan culturas extrañas? Pero en Colombia comemos lo que producen otros suelos, importamos qué leer y quien nos preste dinero y nos lo gaste, y también importamos quien nos enseñe la biografía de Bolívar. (vp)

En esos apuntes veremos funcionar la dialéctica vital con los materiales propios de esta república de Colombia, pues ella fue el lugar físico y pasional del drama. Cada inteligencia elabora con los materiales que le afectan en su lugar de habitación. Estos son, por así decirlo, la leña para el horno. En el caso presente, los materiales son el gato, los gatos vecinos, el dueño del café, el campesino Blandón, de Salgar, el expresidente Ospina Pérez y su mujer, el Rojas Pinilla y la sirvienta Lucía, que unas veces es «la mujer buena» y otras «la mujer mala». Un cualquiera dirá: «¿Y qué puede resultar de semejantes materiales?». ¡Pero, chico, si los materiales son estímulo apenas! Lo real, lo valioso está en la elaboración y en lo elaborado, que es la reconciliación de «feo», «bello», «bueno», «malo». (lvp)

En [el Libro de los viajes o de las presencias] expresé dramáticamente, dialécticamente, partiendo de mí y de mi Envigado, cómo se hace el viaje desde sus raíces, desde su yo hasta el Cristo y el Padre y el Espíritu Santo. […] Este librito […] lo viví siguiendo a Cristo con mi cruz, es decir con mi personalidad de envigadeño airado, lleno de amor y remordimientos […] (3).

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Las raíces indígenas

González se siente existir como latinoamericano.

Su metafísica vivencial se enraíza con la sabiduría intuitiva de los indígenas, capaces de comunión amorosa con la vida y sus manifestaciones, penetración de las intenciones humanas, desentrañamiento de las latencias de futuro operantes en el presente y capacidad de vivir la realidad como unidad Dios-Vida:

Padres de Suramérica, caciques que recorristeis nuestros ríos y que sabíais coger el pescado sin violencia, ¡protegedme! Indios que sabíais vadear los ríos. Indios silenciosos que mirabais de soslayo al efluvio que emana de los ojos y de todo el cuerpo humano, para conocer las intenciones, ayudadme. Indios silenciosos y sufridos que sabíais curar con las plantas de Suramérica; que ablandabais el oro, que oíais los ruidos lejanos en la selva… Padres míos, que estabais unidos a Suramérica y a su Dios como la pulpa del coco a su envoltura, libradme del mulato y del blanco que no saben de dónde vienen y para dónde van. […] Invoco vuestra sangre, padres indios. En Venezuela sonríe la aurora; allí comienza vuestra conciencia a injertar la civilización que nos precedió en Oriente a la olvidada y despreciada de Suramérica. (mc)

Su metafísica es expresión de la vivencia dramática del alma mestiza, en la que están latentes todos los mitos, místicas, supersticiones y tormentos, complejamente operantes:

Mi alma es suramericana. En mí encuentro al conquistador, al indio, al negro y a los Reverendos Padres hermanos de la desventurada Cunegunda. […] Es que somos complejos, un ensayo de la mezcla de todas las razas y en nosotros están latentes todas las supersticiones y tormentos místicos. (msb)

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Las raíces místicas orientales

Desde niño, como vimos, anduvo González a la búsqueda de Dios.

Apenas adolescente, se puso en contacto con el pensamiento y la mística orientales, incorporados a la cultura occidental por Arturo Schopenhauer, señor del mundo de la representación fenoménica cognoscitiva y de la ultrafenoménica voluntad de vivir:

Propicio es el tiempo para meditar los pensamientos de Spinoza, de los Vedas y de Schopenhauer… «El Uno Primitivo…». «Todas las cosas son fenómenos del Ser Único…». «Todo cambia, pero el Ser permanece eternamente…». (pv)

Tenemos ahora a Buda: genio de la libertad, porque todo lo aceptó; de él nos viene el conocimiento de que al Espíritu se llega por todos los caminos; que hay la oración, la acción, la meditación, para llegar a Dios. Su doctrina no es misionera; comprende que cada hombre y cada pueblo tienen las formas religiosas que les son posibles. A Sidarta Gautama le debemos el Gandhi, que ora en todos los templos y en todos los libros santos. […] A Sidarta Gautama le debemos El mundo como voluntad y representación, de Schopenhauer; le debemos los conocimientos del subconsciente y del superconsciente; toda la ciencia nueva del espíritu, Kant, Fichte, Schopenhauer, Nietzsche, Freud y Einstein; Bergson y Espinosa, son hijos de Buda. (n)

Desde su enraizamiento en la sabiduría oriental, González vivió la unificación intuitivo-contemplativa con El Ser, o el Universo o la Vida o Dios o el Néant, por la superación de apariencias o representaciones, pensamientos y juicios, yo y mente, por la universalización de la conciencia.

El descubrimiento del Uno Oriental (Cosmos-Conciencia-Dios) orientó su búsqueda filosófico-existencial a la superación del pensamiento lógico-racional-conceptual-inductivo-deductivo, característico de la filosofía y la ciencia occidentales; a la universalización de la conciencia, por la comunión con el Universo, a través del saber intuitivo; a la conquista de la quietud contemplativa, de la mística; a la experiencia de la magia, en cuanto participación de los poderes de la naturaleza, que desde los tiempos medievales, por medio del elixir de la vida, la fuente de la eterna juventud y la piedra filosofal, fuente de la sabiduría, buscaba la conquista de la inmortalidad y del hermafroditismo del conocimiento perfecto, en el que confluyen las conciencias cósmicas del Oriente budista y el auténtico cristianismo de Occidente:

En sus bolsillos van los tratados acerca de los budas, de los astros lejanos, teologías, magias y libretas… (msb)

Desde que el cristianismo se entregó a Aristóteles, dejó de ser oriental. Las conciencias cósmicas que ha tenido son aquellas que no abandonaron a Jesús. Aquí nos encontramos con Francisco de Asís: se unificó con todos los seres; llegó a compadecerse del diablo y a implorar por él. ¡Negó el mal! ¡Suprema conciencia! (msb)

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Las raíces cristianas

La existencia de González fue existencia cristiana, en cuanto fue viaje desde la vivencia del Paraíso y la Perturbación Original hasta las Bienaventuranzas y el Cristo: «Camino, Verdad y Vida», Presencia de la Intimidad, «El Entendiendo», «La Inteligencia» patentizada en espacio y tiempo:

El Libro de los Viajes o de las Presencias fue para hacer viajeros; es propedéutico, y allí se anunció que seguirían los viajes propiamente dichos. […] Tal libro fue para hacerse, porque sabiendo es siendo; viajando es siendo. Este de la Tragicomedia es siendo las Bienaventuranzas. Es un viajecito al Cristo. (t ii)

Cuando cesa la presencia de «la muerte» en nosotros, nacemos de nuevo: ya no vivimos en nosotros sino que vive La Inteligencia (o Cristo) en nosotros. (t ii)

González jerarquizó así el universo cristiano, camino que va desde las vivencias fisiológico-instintivas hasta las Bienaventuranzas:

Superior a todos, como Intimidad, más allá del espacio-tiempo de la representación, Jesucristo:

¿Creéis que Jesucristo tenía que enseñar y elevar a los hombres? Era sabiduría y cima. (msb)

Allá, en el Sancta Sanctorum, en donde no hay arriba ni abajo, de donde brota la intimidad, está Jesucristo. (lvp)

Superador, como Jesucristo, del mundo de los fenómenos y del temor a la muerte, pero desconocedor de la resurrección; maestro del conocimiento, a partir del propio conocimiento; cristiano de la era precristiana, Sócrates:

El método es un camino. Por eso Jesucristo, cuando quiso manifestar su infinita importancia, dijo que Él era El Camino. […] Hay en el corazón humano el deseo extraño de librarse del límite. ¿Será este el secreto de la grandeza de Jesucristo y de Sócrates? Los dos dominaron el universo, dieron normas al mundo, y ninguno de ellos escribió. […] ¿Qué escritor es comparable a esos dos que nada escribieron y que dominan la humanidad como dos infinitos caminos invariables? […] ¿Cuánto hace que le dieron la cicuta a Sócrates o que crucificaron a Jesucristo? De ahí para acá no hay sino sudor y deseos de rapiña. (vp)

Viajeros que vivieron la experiencia cristiana, por haberse hecho el drama de la Perturbación Original y el Paraíso: Moisés, Pablo y Kierkegaard:

Que sepamos, estos son los que han vislumbrado, vivido o sido más o menos el Paraíso y la Perturbación, a saber: […] Moisés: Fue el primero que vivió el Paraíso y narró el origen del mundo mental como la pérdida de la Presencia por haber comido el hombre del fruto dialéctico: El Bien y El Mal; la nada y el ser; los contrarios, los conceptos. San Pablo: Que vivió el Paraíso y oyó palabras inefables que no podían ser comunicadas sino en esta frase: «No vivo yo, sino que vive Cristo en mí». Kierkegaard: Intuyó la vida paradisíaca y la Perturbación; que El Hombre era allí «libre», era Libertad, y era Posibilidad o Tentación de la Inocencia; posibilidad del brinco a la dialéctica o esclavitud. Vivió los inteligibles llamados Angustia y Tentación. (t ii)

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Las raíces filosóficas occidentales

Articulación con la filosofía renacentista

La filosofía de González se articula con la filosofía occidental del Renacimiento desde dos vertientes:

Desde la ruptura con la filosofía racional-conceptual, aristotélico-tomista:

La intuición es el conocimiento directo. El que intuye dice: Lo sé —¿por qué?— porque sí; así como sé que existo; lo que intuyo hace parte de mi yo y es evidente por sí mismo. De aquí la inferioridad de la civilización occidental cristiana ante el Oriente discípulo del gran Hermes Trismegisto. El Occidente cristiano se entregó a Aristóteles, al conocimiento indirecto adquirido por deducciones, y abandonó el núcleo de la conciencia. De ahí el materialismo y la civilización mecánica. El Occidente cristiano tiene conciencia maquinista. Inventa el grafófono, la comunicación inalámbrica, el aeroplano, pero no tiene conciencia cósmica. Reinan la prostitución y la miseria moral. Aplicad el concienciámetro al hombre tipo del Occidente cristiano, Edison, y al tipo oriental, Gandhi, y veréis cuál es más elevado, cuál tiene más univérsitas. (msb)

A Platón y Aristóteles se les deben estos más de dos mil años de construcciones mentales, de creación de otros mundos, por esa definición del hombre: animal racional… (t ii)

Desde la opción por la vivencia místico-panteísta-intuicionista:

Alto, Benedicto Spinoza, el hombre más bien dotado para La Sabiduría, y sus maestros-satélites, Bruno y Maimónides, buscadores intuitivos de la realidad una y única, la verdad viva, universal y sustancial: Sive Deus sive Natura, sub specie æternitatis:

Creo, González, que tienes ya una insinuación de la jerarquía espiritual […], y… algún día te enseñaré mi biblioteca: hay unos diez; encima de ellos, alto, Benedicto Spinoza, con sus satélites, Bruno y Maimónides. (lvp)

Giordano Bruno

La vida y la obra de Giordano Bruno, experiencia viva de la universalidad de la conciencia y convivencia con los fenómenos de la vida, tienen para González gran poder consolatorio:

El filósofo, decía Giordano Bruno, tiene a la Tierra por patria; y aun al cielo, agrego yo. También afirmaba de sí mismo que era hijo del Sol y de la Tierra. […] El recuerdo de Giordano me consuela; sus palabras me calientan más que muchacha; su recuerdo me sirve para vengarme de que se marchiten las Toníes y las Taylor. En la librería Flamarión vi a una así, como Salomé, y puedo afirmar que me calienta más Giordano Bruno, a pesar de que aquélla hasta me hizo sufrir de gusto ansioso. (sal)

Su vida y su obra se enraízan y articulan con la vida y la obra de Bruno, a partir del sentido místico-panteísta del filósofo italiano, así:

Actitud de «amor a la vida en su potencia dionisíaca, en su infinita expansión» (4).

Rechazo de pedantes, gramáticos, académicos y gentes dedicadas al ejercicio libresco, que apartan los ojos de la naturaleza y de la vida, a las que Bruno satiriza en su obra Sátira del Candelaio.

Amor a la filosofía presocrática: día de los sabios antiguos; rechazo de la filosofía aristotélica y medieval: caliginosa noche de los temerarios sofistas (5).

Concepción de la realidad como unitotalidad sustancial o ser único, aparentemente múltiple, pues, como dice Ángel Vasallo, «Bruno inicia el panteísmo moderno, tanto el panteísmo de la sustancia (Spinoza) como el panteísmo del logos (Hegel)» (6):

El todo, según la sustancia, es uno […], y aunque se descienda por la escala de la naturaleza, existe una doble sustancia, una espiritual y otra corporal, al fin una y otra se reducen a un solo ser y una sola raíz (7).

Por más grande que sea la diversidad según el concepto propio, por lo cual una desciende al ser corporal y la otra no, una recibe cualidades sensibles y la otra no, […] sin embargo, aquélla y ésta son idénticas y (como a veces he dicho) toda la diferencia entre ellas depende de la contracción a ser corpórea y no ser corpórea (8).

Es pues el universo, uno infinito, inmóvil. Una digo, es la posibilidad absoluta, uno el acto, una la forma o alma, una la materia o cuerpo, una la cosa, uno el ente, uno el máximo y óptimo. No te aproximas más [a la identidad absoluta con el infinito] con ser hombre que con ser hormiga, no más con ser estrella que con ser hombre (9).

Concepción del universo desde la primitiva visión presocrática como realidad una, infinita, viva y animada:

«Primum animal et parens universorum»; «Animal sanctum et venerabile» (10).

Los otros globos, que son tierras, no son en ningún aspecto diferentes de éste (la tierra) en cuanto a la especie; la desigualdad se da sólo por el hecho de ser más grandes o pequeños, por las diferencias individuales, como en las otras especies de animales (11).

La tierra y tantos otros cuerpos que son llamados astros y miembros principales del universo […] tienen vida en sí mismos, y por ella, con ordenada y natural voluntad, a partir de un principio intrínseco se mueven hacia las cosas y los lugares que les corresponden […]. [Se mueven] por un principio intrínseco que es su propia alma […] intelectiva; no sólo intelectiva, como la nuestra, sino quizá más todavía (12).

Cualquier cosa, por pequeña y mínima que sea, tiene en sí una parte de sustancia espiritual, la cual, si encuentra dispuesto al sujeto, se desarrolla en planta o en animal […] porque el espíritu se encuentra en todas las cosas y no existe un mínimo corpúsculo que no contenga en sí una parte que lo anime (13).

El primer principio no mueve sino que, quieto e inmóvil, da poder de moverse a infinitos e innumerables mundos, animales grandes y pequeños colocados en la amplísima región del universo (14).

Digo además que este infinito e inmenso universo es un animal, aunque no tenga una determinada figura y sentidos que lo relacionen con las cosas exteriores, puesto que él tiene en sí toda el alma y abarca todo lo animado y es todo lo animado (15).

Unidad indisoluble Dios-Naturaleza, como dos infinitos que ni se excluyen ni se identifican, pues Dios es el entendimiento universal, el alma única, la forma Única del mundo; y la materia es el receptáculo único, el sustrato informativo del alma universal. Dios es todo en el mundo y todo en cada parte; mientras que la Naturaleza está toda en todo, pero no toda en cada parte. El ser es el todo, los modos del ser son las cosas: el universo es todo el ser y todos los modos; la individualidad es todo el ser, pero no todos los modos. Dios es el principio inmanente del universo, y todo ser natural es un centro del universo, pues en el Uno y Único coinciden los opuestos: máximo y mínimo, indivisible y cuerpo divisible, centro y circunferencia. El centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.

La naturaleza es Dios mismo o es la virtud divina que se manifiesta en las mismas cosas (16).

Si dices (como, en verdad, me parece que de algún modo quieres decir, para evitar el vacío y la nada) que fuera del mundo hay un ente intelectual y divino, de modo que Dios venga a ser el lugar de todas las cosas, tú mismo te sentirás muy embarazado para hacernos entender cómo una cosa incorpórea, inteligible y sin dimensiones, puede ser el lugar de una cosa con dimensiones (17).

Llamo al universo «todo infinito» porque no tiene borde, término o superficie; digo que el universo no es totalmente infinito, porque cada parte que de él podemos considerar es finita, y de los innumerables mundos que contiene, cada uno es finito. Llamo a Dios «todo infinito» porque excluye de sí todo término y cada uno de sus atributos es único e infinito, y llamo a Dios «totalmente infinito» porque Él, todo entero, está en todo el mundo y está infinita y totalmente en cada una de sus partes, al contrario de la infinitud del universo, la cual está totalmente en todo y no en las partes (si es que al referirnos al infinito, se puede hablar de partes) que podemos incluir en aquél (18).

Noción de magia como conocimiento vivo, capaz de conducir a la reconciliación de los opuestos. Bruno, contra el método científico de Telesio, afirmaba que el conocimiento y la conquista de la naturaleza viviente, «pansíquica», no se logran por el método investigativo científico racional-conceptual, sino por el saber mágico-intuitivo, que utilizando las artes mnemotécnicas intuitivas de Raimundo Lulio era capaz de captar inmediatamente la realidad y llegar al punto de unión Dios-Naturaleza:

Profunda magia es saber sacar lo contrario después de haber encontrado el punto de unión (19).

Vivencia de la religión como unidad dinámico-progresiva; conocimiento natural, filosófico y revelado, a la vez, ya que para Bruno la religión es religión de la naturaleza viva y animada, y no la «santa asnalidad» de las creencias repugnantes y absurdas, útiles sólo «para la educación de los rudos pueblos que deben ser gobernados» (20).

Con Bruno y su contemporáneo, Pico de la Mirandola, comparte González la idea de que la religión de los filósofos, desarrollada por los magos de Oriente, ampliada por los filósofos clásicos y aclarada por los teólogos cristianos, es común a griegos, orientales y cristianos, y las verdades religiosas «son raíces podadas que germinan, cosas antiguas que rebrotan, verdades antiguas que se descubren» (21).

Enraizado en la unidad y el dinamismo progresivo mágico-filosófico-religioso de Bruno, González vivencia la universalidad religiosa cristiano-pagana en toda forma de sabiduría y belleza, hasta culminar en los iconos del sacristán Fabricio y el padre Elías, presencias pagana y cristiana de la cruz, que van a Cristo por caminos diferentes:

Al mismo tiempo que buscamos en Bergson, buscamos en las disciplinas hindúes, en los museos y en la práctica de rezar el rosario. (er)

Es curioso, dirán, que sean como uno solo el padre Elías y Fabricio: el uno, presencia pagana; el otro, presencia de la cruz. El padre Elías explica así: «Vías al mismo lugar; las presencias conducen siempre al Cristo. Praesentiæ semper ad Christum». (t i)

Lucha por la liberación del límite, por medio del crecimiento en conciencia hasta llegar a la conciencia de Dios, ya que al conocer partiendo de mínimos (tal como, según la filosofía de Bruno, lo hacen los matemáticos y filósofos), se va superando el límite y se retorna a la unidad divina, de la que por multiplicación de formas se generaron mónadas, números y figuras:

Filosofar significa para él luchar contra los límites y las estrecheces que apremian al hombre por todas partes para alcanzar una visión del mundo por medio de la cual el mundo no sea ya un límite para el hombre, sino el campo de su libre expansión (22).

Ascensión, por el conocimiento vivo, hasta la unificación saber-ser, que es la realización del conocimiento en la ascensión mística, consistente en la transformación de sí mismo en la naturaleza o Dios, al lograr en el «sigillus sigillorum», grado más alto de conocimiento, superior a sensación, imaginación, razón y entendimiento, la realización de la «contractio mentis» o concentración y unificación de todas las actividades humanas en la comprensión de toda la Realidad, o sea, en la plena unificación del hombre con la naturaleza o Dios, como Acteón, que, al ver a Diana, de cazador se hizo caza.

Unificación con la naturaleza como unificación con Dios, pues «si la libertad humana fuera perfecta sería como la de Dios: coincidiría con la necesidad de la naturaleza» (De immenso et innumerabilis), pues «necesidad y libertad se identifican (necessitas et libertas sunt unum)», ya que «Dios es la naturaleza» (Lo spaccio della bestia trionfante).

Conciliación o identificación de los contrarios en Dios y el universo, como en un solo principio, fin y realidad:

No es contraria a la razón nuestra filosofía que reduce a un solo principio, refiere a un solo fin y hace coincidir en una sola realidad a los contrarios, de manera que haya un sujeto primero de uno y otro. Por tal coincidencia, consideramos que al fin queda divinamente dicho y establecido que los contrarios están en los contrarios, por lo cual no resulta difícil llegar a saber que todo pertenece a todo, lo cual no pudieron comprender Aristóteles y otros sofistas (23).

Él (Dios) es toda cosa y puede ser toda cosa: potencia de todas las potencias, acto de todos los actos, vida de todas las vidas, alma de todas las almas, ser de todos los seres […]. Y aquello que en otras partes es contrario y opuesto, en Él es uno e idéntico, y toda cosa es en Él una misma cosa, ya se trate de diferencia de tiempos y duraciones, ya de actualidad y posibilidad: para Él no hay cosa antigua y nueva, por lo cual bien dijo el Revelador «primero y novísimo» (24).

Moisés Maimónides

Son raíces de la filosofía de Maimónides, en la obra de González:

La posibilidad única de la metafísica por vía intuitiva, pues el pensamiento sólo es útil para captar y expresar conceptualmente el mundo fenoménico, y no la esencia.

La teología negativa o apofática, es decir, la vivencia de Dios como total negatividad de cosa determinada, según la experiencia que durante la Edad Media había trabajado Dionisio: «No es verdad que Dios sea una esencia. Él es una esencia supraesencial y una nada superexistente» (25), y que durante el Renacimiento habían asumido Eckhart, Ruysbroeck y el mismo Maimónides, al sostener que Dios es el Ser de quien sólo puede decirse lo negativo, pues afirmar algo de Él sería atribuirle imperfecciones a quien es la negación de toda cosa determinada, el no-ser de cada cosa, el superser, el superessente, el sobreexistente.

La supervivencia de los hombres como El Hombre, o sea como el inteligible incorpóreo, pues la diferencia entre los hombres es resultado de las diferencias corporales, que desaparecen al desaparecer los cuerpos diferenciadores y supervivir la gran alma del Hombre, en lugar de la multitud de almas y cuerpos individuados.

González realiza la experiencia que lo lleva al mundo de la mística por el camino de la filosofía, enraizado en las vivencias de Spinoza y Maimónides, que superaron, cada uno por diferente vía, la contradicción entre razón y fe: Spinoza, al contraponer filosofía y revelación, como reflexión y camino de obediencia fiducial; Maimónides, al contrario, al unificar revelación y razón, en la reducción de ésta a aquélla:

Creo que el verdadero método, es decir, el método demostrativo, que elimina la duda, consiste en dejar sentada la existencia de Dios, su unidad y su incorporeidad, mediante los procesos filosóficos basados en la eternidad del mundo. Y ello no porque yo crea en la eternidad del mundo o haga alguna concesión acerca de ello, sino porque sólo por este método la demostración puede ser segura y se obtiene una certeza perfecta sobre estos tres puntos: que Dios existe, que es Uno, y que es incorpóreo, sin que sea necesario decir nada acerca del mundo, acerca de si es eterno o creado (26).

El principio de que Dios actúa según los méritos, la libertad y la razón del hombre, desde el cual elabora Maimónides la filosofía de la conciliabilidad entre la presciencia divina y el conocimiento, la libertad y la acción del hombre, y desde el cual construye González la teología de Dios Intimidad-Presencia, cuya categoría es la eternidad; y del hombre ser-existente-patentización-representación-de-Dios, que tiene categorías de espacio-tiempo y eternidad.

Baruj Spinoza

González ve a Spinoza como el hombre más bien dotado para la sabiduría que, a pesar de haber vivido la Perturbación Original y subido hasta el Paraíso, fue incapaz de superar las categorías lógico-conceptuales, y quedó en el vacío de las oposiciones mentales y conceptuales:

Los que no les ha sido dada la gracia de viajar o ser el Paraíso y la Perturbación Original, se quedan en el vacío… Ejemplo el más protuberante es Benedicto Spinoza, que subió al Inefable, y que murió prematuramente, desgastado por el esfuerzo de hallarle explicación «lógica», «racional» a lo que él llamaba Natura Naturata, o sea, a los mundos estético y mental (Natura Naturans manifestada). No fue, no pudo hacerse la Perturbación Original, y así quedó en el vacío el hombre más bien dotado para la Sabiduría que haya existido en la Tierra. (t ii)

Son raíces spinozianas de la filosofía de González, las siguientes:

Unicidad Dios-Naturaleza (Natura naturans-natura naturata). Sólo hay una única realidad: la sustancia divina; y un único conocimiento verdadero: el conocimiento de Dios:

Todo lo que puede percibir un entendimiento infinito como constituyendo una esencia de sustancia, pertenece a una sustancia única, y, por consiguiente, sustancia pensante y sustancia extensa es una sola y misma sustancia, comprendida tan pronto bajo un atributo como bajo el otro […]. De cualquier modo que concibamos la naturaleza, o bajo el atributo de la Extensión o bajo el atributo del Pensamiento, o bajo cualquier otro, siempre encontraremos un único y mismo orden, una única y misma conexión de las causas, esto es unas mismas cosas deduciéndose unas de otras (27).

Las cosas particulares no son nada más que afecciones de los atributos de Dios o, dicho de otra manera, modos mediante los cuales se expresan los atributos de Dios de una manera cierta y determinada (28).

Determinismo del orden universal, modo de la manifestación divina, necesariamente determinado por Dios mismo:

Nada hay contingente en la naturaleza, todo está en ella determinado por la necesidad de la naturaleza divina de existir y producir algún efecto de cierta manera (29).

Ausencia de causalidad finalista en el desarrollo del cosmos y la acción de Dios:

La Naturaleza no tiene fin alguno prescripto a ella, y todas las causas finales sólo son ficciones de los hombres […]. Si Dios obra por un fin, entonces apetece alguna cosa de que está privado (30).

Supremacía del conocimiento o ciencia intuitiva, conocimiento sub specie æternitatis, propio del alma que conoce en categoría de eternidad.

La percepción sensible, conocimiento por experiencia, y la imaginación, generada por la captación de signos, constituyen los «conocimientos de primer género»; el razonamiento, conocimiento nocional, logrado a partir de ideas comunes, constituye el conocimiento racional o «conocimiento de segundo género»; el «conocimiento que procede de la idea adecuada de la ciencia formal de ciertos atributos de Dios, al conocimiento adecuado de la esencia de las cosas», constituye «la ciencia intuitiva»: (31)

Pertenece a la naturaleza de la razón percibir las cosas como poseyendo una especie de eternidad (sub specie æternitatis) (32).

La esencia del alma consiste en un conocimiento que envuelve el de Dios y no se puede sin él ni ser ni ser concebida (33).

Concepción de la filosofía como comprensión que libera de la pasionalidad, al permitir a quien ha conocido liberarse del odio, la risa y el menosprecio:

El que sabe con rectitud que todo se sigue de la necesidad de la naturaleza divina, y sucede conforme a las leyes eternas de la Naturaleza, no encontrará ciertamente nada que sea digno de Odio, Burla o Menosprecio, y no tendrá conmiseración por nadie, sino que en tanto lo permita la humana virtud, se esforzará en hacer bien, como se dice, y en mantenerse gozoso (34).

Comprensión del amor intelectual del hombre a Dios, como el amor mismo de Dios, presente en el modo de Dios que es el hombre:

El Amor intelectual del Alma hacia Dios es el mismo amor con que Dios se ama a sí mismo, no en cuanto es infinito sino en cuanto puede explicarse por la esencia del Alma humana considerada como teniendo una especie de eternidad (sub specie æternitatis); es decir, el amor intelectual del Alma hacia Dios es una parte del amor infinito con que Dios se ama a sí mismo (35).

Fundamentación de la acción moral y el derecho en el ser mismo, y no en el deber ser:

Por derecho natural e institución de la naturaleza no entendemos otra cosa que las leyes de la naturaleza individual, según las cuales concebimos a cada individuo determinado naturalmente a existir y obrar de un modo dado.

La naturaleza, considerada bajo un aspecto general, tiene un derecho soberano sobre todo lo que está bajo su dominio, es decir, que el derecho de la naturaleza se extiende hasta donde llega su poder. El poder de la naturaleza es, en efecto, el poder mismo de Dios que ejerce un derecho soberano sobre todas las cosas.

Pero como el poder universal de toda la naturaleza no es sino el poder de todos los individuos reunidos, resulta de aquí que cada individuo tiene un cierto derecho sobre todo lo que puede abrazar, o en otros términos, que el derecho de cada uno se extiende hasta donde alcanza su poder.

Así cualquiera que esté obligado a vivir bajo el único imperio de la naturaleza, tiene el derecho a realizar lo que juzga útil, ora sea llevado a la satisfacción de este deseo por la sana razón, ora por la violencia de sus pasiones […].

Y esto no debe sorprender, porque la naturaleza no se encierra en los límites de la razón humana, que sólo atiende al verdadero interés y a la conservación de los hombres, sino que está subordinada a un sinfín de leyes que abarcan el orden eternal de todo el mundo, del que el hombre es una pequeña parte. Sólo por la necesidad de la naturaleza son determinados los individuos de un cierto modo a la acción y a la existencia (36).

Construcción de la ética del ser, como ética del conocimiento que se identifica con el bien, por lo que lo conducente al bien o conocimiento, es lo bueno; la ignorancia, que separa del conocimiento, es el mal; el conocimiento de Dios, Sumo Bien, la culminación del bien y la virtud:

No sabemos con certeza de cosa alguna si es buena o mala, a no ser de la que conduce realmente al conocimiento o puede impedir que lo poseamos (37).

El bien supremo del Alma es el conocimiento de Dios y la suprema virtud del Alma la de conocer a Dios (38).

La meditación como camino de liberación de la pasionalidad:

Una afección, que es una pasión, cesa de serlo tan pronto como formamos de ella una idea clara y distinta.

Una afección, que es una pasión, es una idea confusa.

Una afección está tanto más en nuestro poder y el Alma padece tanto menos a causa de ella cuanto esa afección nos es más conocida (39).

La Beatitud o culminación de la vida filosófico-moral-religiosa, nacida de la intuición, como unidad vida-verdad-ser, que es el amor mismo de Dios:

La beatitud no es el premio de la virtud, es la virtud misma. La beatitud consiste en el amor de Dios y este amor nace del tercer género de conocimiento […]. Cuanto más goza el Alma de este Amor divino o de esta Beatitud, más consciente es, es decir, mayor es su poder sobre las afecciones, y menos padece a causa de afecciones que son malas (40).

Articulación con la filosofía moderna de Occidente

La filosofía gonzaliana se enraíza y articula con la filosofía moderna de Occidente a través de dos vías:

1.ª – El encuentro con Ralph Waldo Emerson, cuyo pensamiento y actitud, regidos por el sentido estético de la vida, conmueven y marcan profundamente, desde su adolescencia, el espíritu y los caminos de la búsqueda de González:

Sólo en Norteamérica, la patria de Emerson, el filósofo de la belleza, está apareciendo la ciencia del embellecimiento humano. (msb)

… Emerson o Carlyle: […] no puedo leerlos, porque cada proposición repercute en mí, en serie de ecos espirituales…, como si yo fuera un atambor y ellos fueran bolillos. (dm)

En sus obras iniciales, Fernando González va presentando las posturas y hallazgos filosóficos, religiosos y morales, realizados fuera del marco escolar o jesuítico o seminarístico o universitario, que en su obra son uno y el mismo fenómeno.

En Viaje a pie alude, entusiasmado, al poder operativo del pragmatismo norteamericano:

Sólo el pragmatista que lo ha ensayado [el recogimiento] durante mucho tiempo sabe la fuerza de un alma metodizada, concentrada, cuando en el momento dado lanza su deseo y su pensamiento hacia un fin determinado. […] El joven pragmatista admira lo único que hay admirable en este esferoide: el método; la capacidad de perfeccionarse que tiene el hombre; la ló-gi-ca. […] El joven pragmatista es impasible. Dice: todo esfuerzo que hagas para atraer a ti los seres y las cosas es un desperdicio; la fuerza atractiva obra cuando está concentrada en el interior. (vp)

En Mi Simón Bolívar alude de nuevo a su encuentro con la cultura norteamericana, a través de la práctica de las ciencias ocultas:

Practiqué las ciencias ocultas en la América del Norte: la Ciencia Cristiana, el Yoga, la Teosofía… (msb)

En Don Mirócletes presenta su orientación hacia una filosofía de la vida, nutrida de subjetividad cartesiana, vitalismo bergsoniano y trascendentalismo norteamericano:

El reino es, por consiguiente, de la vida, del torbellino de Descartes, del impulso vital de Bergson, del it yanqui. (dm)

Los trascendentalistas

En su encuentro con la cultura norteamericana, González se topa con el trascendentalismo de Ralph Waldo Emerson, William Ellery Channing, Theodore Parker y Henry David Thoreau, cuyos principios bien pueden sintetizarse así:

Primacía de la conciencia sobre la naturaleza.

Unidad inconfusa Naturaleza-Espíritu, según la ley propia de cada uno de ellos.

Superioridad del espíritu sobre la materia, pues todo hecho natural es reflejo o signo de un hecho del espíritu, orientador del camino a las realidades trascendentales, presentes en el fondo de todas las cosas y de todas las almas.

Fidelidad a la naturaleza y al espíritu, como camino integral a la plenitud humana.

Vivencia de la religiosidad como facultad humana connatural, ya que el hombre, al realizarse a sí mismo en la fe y la confianza en la ley propia de cada ser, genera la evidencia inmediata de las verdades religiosas.

Vivencia de la moral como conformación del hombre con la Naturaleza y con el Espíritu, ambos conformes con la Divinidad.

Vivencia de la política como actividad conciencial-natural, generada desde la conciencia y la naturaleza, y no sólo desde la experiencia y la historia.

En un discurso de 1842, el mismo Ralph Waldo Emerson define el trascendentalismo norteamericano de esta manera:

Lo que entre nosotros se llama popularmente trascendentalismo, es idealismo. […] Como pensadores los hombres se han dividido siempre en dos sectas: materialistas e idealistas. La primera clase se basa en la experiencia, la segunda en la conciencia; la primera clase comienza a pensar partiendo de los datos de los sentidos; la segunda clase percibe que los sentidos no son decisivos y dice que los sentidos nos dan representaciones de las cosas, pero no nos dicen qué son las cosas en sí mismas. El materialista insiste en los hechos, en su historia, en la fuerza de las circunstancias y en las necesidades animales del hombre; el idealista, en el poder de Pensamiento y de la Voluntad, en la inspiración, en el milagro, en la cultura individual. El espiritualista al hablar de los acontecimientos los ve como espíritus. No niega el hecho sensorio, de ninguna manera, pero no quiere ver únicamente ese hecho; no niega la presencia de esta mesa, o de esta silla, o de las paredes de esta habitación, pero mira estas cosas como el reverso del tapiz, como el otro lado, y cada una de ellas es una secuela o terminación de un hecho espiritual que nos afecta muy de cerca (41).

La filosofía vivencial de González se enraíza y articula con la filosofía trascendentalista de Emerson, así:

Unitotalidad de la vida como patentización de la sustancia única:

Las apariencias indican que el universo está representado en cada una de sus partículas. Cada una de las cosas de la naturaleza contiene todas las fuerzas de la naturaleza. Todo está hecho de la misma sustancia desconocida (42).

Sentido del hombre como dios y microcosmos:

Todo hombre es una divinidad disfrazada, un dios que se hace el loco (43).

Todas las criaturas son el hombre, agente o paciente (44).

Aceptación y asunción del espíritu y de los instintos como condición de la realización de la universalidad del hombre:

Nada es en fin de cuentas más sagrado que la integridad de nuestro propio espíritu (45).

Si cada hombre se afirma inflexiblemente en sus instintos, girará a su alrededor todo el vasto mundo (46).

Crecimiento de adentro hacia afuera, hasta el infinito, por el camino de la autenticidad que conlleva la contradicción:

El hombre es noble planta endógena que, como la palmera, crece y se desarrolla de dentro para afuera (47).

El hombre está adaptado a lo infinito (48).

Si quieres ser un hombre di lo que piensas hoy con palabras fuertes como cañonazos y mañana amplíalas también para decir lo que pienses ese día, aunque tuvieres que contradecir lo que hayas dicho hoy (49).

Búsqueda de la liberación, la independencia, la simplicidad y la belleza, como tarea esencial del hombre que quiere llegar a ser lo que es:

Librarse de los falsos lazos; tener valor para ser lo que se es; amar lo sencillo y lo hermoso; tener independencia […]. Estos son los puntos esenciales (50).

Anarquía, como ideal:

Cuanto menos gobierno tengamos, tanto mejor; cuantas menos leyes, mejor (51).

Americanidad como camino posible para el débil hombre americano, apasionado por Europa:

En América la naturaleza es sublime, pero los hombres no (52).

Día llegará en que reemplacemos la pasión por Europa por la pasión por América (53).

2.ª – Encuentro con el cogito cartesiano como primer principio de la filosofía de la libertad, que rompe con el primer principio racional-conceptual aristotélico-tomista:

Descartes, genio de la libertad, porque buscó el primer principio filosófico en el individuo: pienso, luego existo. Él nos libertó de esa cadena que parte del primer principio y que va de eslabón en eslabón hasta la divinidad del clérigo, y que llamaron escolástica. (n)

«Pienso, luego soy». ¿Es un juicio? Despachurremos los vocablos tan solemnes. ¿Qué expresó Descartes en pienso, en luego y en soy? Él estaba bregando por dudar de todo. Pienso es, pues: estoy bregando por dudar de que yo sea algo, de que exista este cuarto, estas cosas… Luego, es lo mismo que igual, es lo mismo que «traduzco aquello por esto», y soy es lo mismo que estoy dudando, y Yo es conciencia, es lo mismo que… Dijo en resumen: dudo, estoy dudando y lo sé: soy una duda sucediéndose y siendo consciente. Existo y soy consciente de que existo. El yo es un sucederse que se sabe tal. (lvp)

A partir del primer principio de la filosofía de Descartes: «Pienso, luego existo», entendido como primer principio vital-individual, González hace la crítica y construye su vivencia de la filosofía moderna de Occidente, fundada, toda ella, en el cogito cartesiano, y desarrollada desde las dos grandes vertientes antitéticas de la filosofía kantiana: el fenomenismo de la razón pura, que niega la posibilidad metafísica y magnifica la ciencia occidental; y el intuicionismo de la razón práctica, que postula la necesidad del cosmos, el alma y Dios, y fundamenta la filosofía trascendentalista-idealista e intuicionista-vitalista.

González articula su búsqueda con las búsquedas de Kant y Fichte, en cuanto estos son viajeros al paraíso, entre las brumas mentales:

Kant, Fichte, viajeros mentales, filósofos conceptuales, casi olieron el Paraíso, pero como en brumas, las brumas de la mente. (t ii)

Con la de Paracelso y Nietzsche, hombres de la antítesis, en cuanto brujos nostálgicos del paraíso, llenos de amor a la vida y a Cristo:

… mis hombres son Paracelso, Nietzsche, y ahora se me pone delante Hahnemann, con su ley del estímulo amoroso al ser vivo, para que reaccione y recupere el equilibrio perdido. ¡Es el universo de Cagliostro y de Ponce de León, el mundo de la eterna juventud, el Paraíso Perdido! (lvp)

Con la de Schopenhauer, como mediador entre Occidente racionalista y Oriente místico, cuya filosofía permite entender la necesidad de la representación histórica:

Con Schopenhauer se importaron los grandes conocimientos que a este respecto [poder psíquico] poseían los hindúes en sus escuelas y sectas esotéricas. El mundo como voluntad y representación fue verdadera revolución en Europa cristiana. «El mundo es voluntad, es representación». Esto quiere decir que la verdad es creación, apariencia. (n)

Los hombres intervienen en la historia como expresiones de la latencia, de lo que subyace y que brega por manifestarse. De ahí que el universo sea voluntad y representación. (s)

Con la de Søren Kierkegaard, como testigo de la vivencia cristiana en Occidente:

La gran contribución de Kierkegaard fue el haber vivido en el Paraíso que El Pecado fue en ese Edén: el salto de La Presencia a las presencias: Bien y Mal, a los contrarios gemelos, a la visión bisoja. Así quedó explicado vivamente que vivir en pecado es vivir la Ignorancia, vivir la Ausencia, pero que la ignorancia no es el pecado. Hasta Kierkegaard, la filosofía mental confundía pecado con ignorancia. Tal, la gran originalidad del nuevo Hamlet. (t ii)

Immanuel Kant

En su madurez, González sintetizó así la filosofía kantiana, cuyo estudio le había costado la expulsión del colegio de los jesuitas, en los días de su niñez ignaciana:

Manuel Kant fue la culminación del mundo mental. Mentalmente hizo crítica de la Mente y concluyó con esta tautología, pero que en su tiempo fue genial deposición del orgullo satánico: el mundo mental es humano; la Mente no conoce sino La Mente; no están a su alcance o en su jurisdicción El Ser, La Libertad ni La Eternidad.

Para los que hayan vivido La Tragicomedia, la Crítica de la Razón Pura trata de evidencias; dice:

Nada puede saberse mentalmente del Paraíso y de la Perturbación Original y del Cristo, porque el mundo mental fue precisamente la salida del Paraíso; la Perturbación nos hizo Mente.

Eso, y sólo eso es la Crítica de la Razón Pura de Kant. Expuesta en términos del entendiendo, es así:

El mundo de la Mente es la Mente. Ésta vive o es su mundo: no vive ni es El Ser, El Libre.

Kant, que no vivió sino la Mente, lo expuso así:

La Mente es viable en lo fenoménico; es infalible en los mundos estético y racional; no vale en el mundo del Ser; nada sabemos mentalmente del Ser, ni podemos saberlo, porque la Mente son categorías espacio-temporales y racionales. (t ii)

La filosofía de González se enraíza en la filosofía de Kant a partir de la concepción kantiana de la metafísica como estudio de los límites del conocimiento, que se limita, como Razón Pura, o entendimiento, al conocimiento fenoménico; y, como Razón Práctica, a la postulación de la necesidad del Cosmos, el Alma y Dios, como esencias, o sustancias o nóumenos, apenas inteligibles, pero no cognoscibles.

Enraizada en Kant, la metafísica que González propone y realiza, como la de Kant, es ajena a la búsqueda racional del Ser; pero, más allá de la visión kantiana, más allá de los mundos fenoménicos fisiológico-pasional, espacio-temporal, conceptual-mental-racional, en categoría de eternidad, es «Viaje» vivencial hacia el nóumeno o Intimidad, en la Amencia; a la Reconciliación de los contrarios pasional-mentales, en la contemplación de Dios; al Suicidio o Segundo Nacimiento, más allá de las coordenadas, en el Ser o la Intimidad o la Presencia o la Vida.

Son raíces kantianas en la filosofía de González, las siguientes:

La incapacidad de la mente para obrar más allá del mundo mental-conceptual, que explica los fenómenos, en las categorías del entendimiento y de los sentidos:

La Experiencia misma es una especie de Conocimiento, que exige la presencia del Entendimiento, cuya regla tengo que suponer en mí antes de que ningún objeto me sea dado, y por consiguiente a priori. Sólo conocemos a priori en las cosas lo que hemos puesto en ellas (54).

La circunscripción de la metafísica racional-conceptual al universo de la mente:

Simplemente me limito a ocuparme de la razón misma y de su puro pensar, para cuyo amplio conocimiento no tengo necesidad de ir muy lejos de mí, pues en mí la encuentro […]. Toda la cuestión se reduce aquí a saber hasta dónde puedo llegar con la razón, desde el instante en que me fueron sustraídos toda la materia de la experiencia y su concurso. La cuestión principal sigue siempre en pie, a saber: ¿qué es lo que Entendimiento y Razón, libres de toda experiencia, pueden conocer, y hasta dónde pueden extender ese conocimiento? (55)

La posibilidad de la razón práctica, para postular la realidad del nóumeno, o la cosa en sí, como cosmos, fundamento de los fenómenos del mundo físico; alma inmortal, fundamento de los fenómenos psicológicos, la libertad y la inmortalidad; Dios, fundamento del «imperativo categórico», origen de la racionalidad de los fenómenos de orden moral:

… nuestro conocimiento racional a priori […] sólo se refiere a fenómenos, dejándonos sin conocer la cosa en sí, por más que para sí misma sea real (56).

Existe una aplicación práctica y absolutamente necesaria de la Razón pura (la aplicación moral) en donde se extiende inevitablemente más allá de los límites de la sensibilidad, y para lo que en nada necesita del auxilio de la Razón especulativa, por más que deba empero guardarse de no oponérsela a fin de no caer en contradicción consigo misma. Yo no puedo, pues, admitir Dios, la libertad y la moralidad para el necesario uso práctico de mi razón, sin negar al mismo tiempo las inmensas pretensiones de la razón especulativa a vagarosos conocimientos […]. Me ha sido, pues, preciso suprimir el saber para dar lugar a la creencia (57).

Juan Teófilo Fichte

Según la crítica del mismo González, su filosofía se separa de la filosofía de Fichte, en cuanto concibe el yo como ausencia de la Presencia, y no como patentización de la Presencia, a la manera fichteana.

Sin embargo, se articula con ella como filosofía de la mediación del Yo entre el aparecer y el Ser:

Continuador de Kant que creyó encontrar explicación en el salto del Ser al Aparecer y concluyó con la soberbia ignorancia hindú de Yo igual a Ser; Yo soy Él. Cuando, precisamente, el yo es la ausencia de La Presencia, ausencia en presencia. Pero Fichte olió el entendiendo, el Mediador en nosotros. Estuvo cerca: podría decírsele, como en el juego del escondite de los niños: «¡Por ahí humea!». (t ii)

En cuanto lucha por la liberación de los límites, pues Fichte, poseído por la pasión fundamental de la superación de sus limitaciones, hizo la conversión de la razón práctica de Kant en acción moral, superadora de los límites:

Tengo una sola pasión, una sola necesidad, un pleno sentimiento de mí mismo: actuar fuera de mí (58).

En cuanto González comprende los seres como representación de la Sustancia única, y Fichte concibe la unidad Dios-Yo, en el sentido de que el Yo, la autoconciencia, el saber, son imágenes, copias, manifestaciones del Infinito, el Ser, el Absoluto o Dios, o sea que cada yo es representación de la Única Sustancia y Naturaleza, y, mientras sea yo, depende de la Sustancia y tiende hacia el infinito:

Aquello cuyo ser consiste sólo en ponerse como un ponerse a sí mismo como existente, es el yo como sujeto absoluto (59).

El yo de cada uno es él mismo, la única Sustancia Suprema (60).

Yo soy naturaleza y mi naturaleza es una tendencia (61).

El yo nunca puede llegar a ser independiente mientras deba ser yo; el objetivo final del ser racional se encuentra necesariamente en el infinito (62).

Arturo Schopenhauer

La novedad de la filosofía de Schopenhauer radica en el esfuerzo por realizar la filosofía de la intuición del nóumeno o realidad transfenoménica, que Kant había desdeñado, empeñado en hacer la filosofía de las manifestaciones fenoménicas, espacio-temporales, que era la única forma de conocimiento que veía posible.

A pesar de que González consideró la filosofía schopenhaueriana como imposibilitadora del hallazgo de la verdad, sin embargo, por razón de la naturaleza intuicionista y los nexos con la sabiduría oriental que ella tiene, la asume para la reflexión y el análisis de la historia.

Son raíces del pensamiento de Schopenhauer en la obra de González:

El mundo de los objetos como representación espacio-temporal, generadora de la pluralidad y de los opuestos:

El mundo como representación […] tiene dos mitades necesarias e inseparables. Una es el objeto. Sus formas son el espacio y el tiempo, de donde viene la pluralidad (63).

La pertinencia del mundo de la representación, dentro del cual existe el hombre, al mundo de la necesidad, en virtud de «la cuádruple raíz del principio de razón suficiente»: necesidad del devenir, que rige las relaciones entre las cosas, según necesidad física; del conocer, que rige las relaciones entre los juicios, según la necesidad lógica; del ser, que rige la representación, según la necesidad espacio-temporal; del obrar, que rige las acciones, según la necesidad moral (64).

El mundo de la intimidad del hombre, como mundo más allá de las categorías espacio-temporales, mundo de la integridad o unidad:

La otra mitad es el sujeto, y no se encuentra colocada en el tiempo ni en el espacio, pues existe entera e indivisa en todo ser que percibe […] (65).

La simultaneidad y reciprocidad del mundo de la pluralidad de opuestos, generados como representación por el sujeto pensante, y del mundo del sujeto pensante, que existe como tal por su voluntad de existir como pensante:

Pero con sólo que desaparezca este ser, el mundo como representación deja de existir. Ambas mitades son inseparables para el pensamiento, pues ninguna de ellas tiene existencia más que para la otra y por la otra; existen y desaparecen juntamente (66).

La vivencia del hombre como existente en conciencia, o sea, como cognoscente que capta la realidad dentro de su conciencia:

Nada más cierto que nadie puede salir de sí mismo para identificarse directamente con las cosas distintas de él; todo aquello de que tiene conocimiento cierto, es decir, inmediato, se encuentra dentro de la conciencia. (67).

La intuición como la fuente primera, y segura de captación de la realidad sustancial, que genera el conocimiento evidente e innegable, que representado en racionalizaciones, abstracciones, discursos y conceptos, fundamentados en la intuición directa, está, sin embargo, expuesto a múltiples errores:

Vamos a pasar de la representación intuitiva, directa, que se afirma por sí misma, a la reflexión, a las nociones de razón, abstractas y discursivas, cuya sustancia toda está tomada del conocimiento intuitivo y no existe más que con relación a él […]. La intuición se basta a sí misma; he aquí por qué no puede ser falso ni puede jamás ser refutado lo que exclusivamente procede de ella, y le permanece fiel, como una verdadera obra de arte, por ejemplo (68).

Hemos adquirido la convicción de que la fuente primera de toda evidencia es la intuición y que no hay verdad absoluta más que en la relación inmediata o mediata con la intuición. Sabemos, además, que el camino más directo es el más seguro, puesto que toda intervención de los conceptos expone a muchos errores (69).

La vivencia del conocimiento racional, como creación de la mente, que trabaja con lo que ella misma ha producido, generando, así, juicios verdaderos en el mundo mental-racional, cuya razón suficiente, que es la sustancia, es ajena a las posibilidades de la razón:

La razón es de naturaleza femenina: no puede producir sino después de haber concebido. En sí misma no contiene nada, a no ser los procedimientos del raciocinio, sin sustancia alguna. […] [E]n todas las demás ciencias, la razón toma sus contenidos de las representaciones intuitivas. Saber, en general, significa poseer en el espíritu, con la mira de reproducirlos a voluntad, juicios cuyo principio suficiente de conocimiento se encuentra fuera de ellos mismos, lo que significa que son juicios verdaderos (70).

La naturaleza no representativa ni representable de la realidad sustancial (esencia o nóumeno), que es la intimidad sustancial o núcleo de todo lo que se representa:

Fenómeno significa representación, y nada más; toda representación, todo objeto es fenómeno. La cosa en sí es la voluntad únicamente; a este título no es en manera alguna representación, y se diferencia de ella toto genere. La representación, el objeto, es el fenómeno, la visibilidad, la objetivación de la voluntad. La voluntad es la sustancia íntima, el núcleo de toda cosa particular […] (71).

La necesidad de la historia, en cuanto manifestación necesaria de la voluntad de vivir, o sea, el mundo como voluntad y representación:

Cuando se comprende que toda la ciencia del hombre no es más que voluntad, y que el hombre mismo no es otra cosa que el fenómeno de esa voluntad […], no se puede poner en duda la fatalidad de la acción, dados el carácter y los motivos (72).

La liberación de la causalidad, el espacio y el tiempo, como pura nada :

Sí, lo reconocemos abiertamente; lo que queda después de la supresión total de la voluntad, para aquellos a quienes la voluntad anima todavía, no es más que la nada efectivamente. Pero, a la inversa, para aquellos en quienes la voluntad se ha suprimido y convertido, este mundo tan real, con todos sus soles y sus vías lácteas, es verdaderamente la Nada. Esta nada es lo que constituye el Pratchna paramita de los budistas, el más allá del conocimiento; es decir, el punto en que no existe ni sujeto ni objeto (73).

Raíces filosóficas anárquicas o antitéticas

A pesar de que para la reflexión patrística cristiana había quedado claro que no existía desacuerdo entre ciencia y revelación, el antagonismo entre conocimiento sobrenatural y conocimiento natural (religión y filosofía) permaneció sin solución hasta los finales de la Edad Media, cuando, durante la crisis de la filosofía escolástica, Guillermo de Ockham y los ockhamistas replantearon el problema y acabaron por concluir que sólo la naturaleza era objeto adecuado de la investigación del entendimiento humano, mientras la revelación, o los artículos de la fe, constituía un objeto inadecuado a la razón humana, adecuado únicamente a la fe sobrenatural.

Debido al vacío de lo sobrenatural en el orden natural y racional, generado por la crisis de la escolástica, en el Renacimiento se empezó a entender la naturaleza como realidad animada, no ya por fuerzas sobrenaturales, sino empáticas; al hombre, como «naturaleza media», participe de la divinidad y de la naturaleza; a la mente, como realidad superior a la razón, capaz, sin ayuda de la gracia sobrenatural, de acción suprasensible; a la filosofía de la naturaleza, la ciencia y la magia, como vías válidas para el conocimiento de la naturaleza; a la magia, en particular, como método para lograr el dominio de la naturaleza por medio de la operación de la mente en el mundo suprasensible, como bien lo expresa la afirmación de Pico della Mirandola, en su Oratio de hominis dignitate: «La magia es la total perfección de la filosofía natural».

Así pues, durante toda la Edad Media y el Renacimiento, paralelamente a la mística o contemplación de Dios bajo la acción iluminativa de la gracia, y a la teología natural o estudio racional de la fe, la magia permanece vigente como una tercera forma de conocimiento o saber, reservado a los iniciados, que por la iluminación logran el saber esotérico o conocimiento de los arcanos del universo y del hombre.

El mago ejerce su sabiduría por medio de la alquimia, o poder de transmutación de los elementos, que produce el elixir de la eterna juventud, perpetuador de la existencia fisiológica; la astrología, o conocimiento de las correspondencias entre cuerpos humanos y cuerpos astrales, que en virtud de la unitotalidad viva del universo permite la predicción del futuro; la cábala o conocimiento de los números determinantes del universo, que permite prever los destinos universales.

Por talante ancestral, experiencias agonísticas de niñez y adolescencia, rechazo de la sistematización racional-conceptual de filosofía y ciencia occidentales, lucha contra los formalismos culturales y sociales de la inautenticidad social y moral de Colombia y Suramérica, Fernando González enraíza su vivencias en la sabiduría anárquica de alquimistas, magos y anarquistas:

Nosotros los solitarios, los de la Universidad selvática, pertenecemos más bien al Renacimiento. (n)

Vinculados con la sabiduría o magia renacentista, en cuanto expresión de la antítesis de la filosofía sistemática mental-conceptual, son iconos o prototipos del saber vitalista, intuicionista, antirracionalista, antitradicionalista y antiacademicista, Paracelso, Cagliostro, Ponce de León, Federico Nietzsche, en cuya sabiduría se enraíza la filosofía de González.

Paracelso

El núcleo de la novedad de la obra de Paracelso es el esfuerzo por superar en la experiencia de la teoría como práctica especulativa y de la praxis como teoría aplicada, la dicotomía entre teoría y praxis, especulación y acción, ciencia y sabiduría, generadas por la lógica racional-conceptual.

Paracelso investiga al hombre como perfecta correspondencia entre microcosmos y macrocosmos, que por medio de la unificación del saber empírico y el saber teórico realiza las obras de Dios.

Desde la unidad de teoría y praxis, Paracelso entendió la medicina, su profesión de iniciado, como cuádruple ejercicio de la magia: teología, filosofía, astronomía y alquimia.

La obra de González se articula con la obra de Paracelso, así:

Rechazo al engolamiento académico, que Paracelso denominaba «los rebuznos del asno».

Indomeñable decisión de originalidad, individualidad y autenticidad, expresada así, en palabras de Paracelso:

Alterius non sit, qui suus esse potest. (No sea otro, el que puede ser él mismo) (74).

Primacía de la intuición, la convivencia, la subjetividad y la experiencia vivencial, sobre la objetividad experimental, en la adquisición del conocimiento, según la doctrina alquímica que, por boca de Armand Barbault, afirmaba la irrepetibilidad de la realidad, y que Paracelso parafraseaba diciendo:

Esta ciencia es ante todo un arte que escapa a la experimentación objetiva y a la repetición banal (75).

Concepción del hombre como microcosmos (contra la concepción mecanicista de Vesalio, en la época de Paracelso, y los reductos cartesianos, en la época de González), cuya existencia culmina en la comunión materia-espíritu, en la reconciliación de los contrarios, que es el matrimonio hermético o encarnación en Melusina.

Unidad Magia-Sabiduría, como patentización del misterio de Dios:

Para él (Paracelso) la magia y la sapientia de la naturaleza se encuentran dentro del orden querido por Dios como en un misterium et magnalia Dei (76).

El hermafroditismo como símbolo de la realización de la plena sabiduría: el opus alquimicum, que separa del caos los dos principios de la materia primera: Hermes o Mercurio, que es el Sol, y el alma del mundo, que es la Luna, y los vuelve a unir en la coniunctio o boda química o hieros gamos, de cuya unión filosófica nace el Hermafrodita o Filius sapientiæ o hijo de la Sabiduría. En esta concepción alquímica del hermafroditismo, como generación de la Sabiduría, se enraíza la concepción gonzaliana del hermafroditismo como culminación o reconciliación, que en el Hermafrodita dormido tiene su arquetipo.

Federico Nietzsche

La presencia de Nietzsche en la vida de Fernando González fue la presencia permanente del maestro amado, que señaló el gran camino del gozoso amor a la vida y a la lucha, e instigó la búsqueda enamorada de Cristo:

[En Alemania] han aparecido los predicadores de la energía, de la guerra. Nietzsche —¡cómo se alegra la vida al recordarlo!— fue el goce dionisíaco. (vp)

Estuve leyendo la vida de Federico Nietzsche. Me entristece esta vida noble de un ser que buscaba el amor y el arte y sólo encontraba bajeza. Era muy bueno, muy alto, muy grande. Quien puede ser amigo como él, es muy grande. Su muerte, sus editores, su… ¡todo es conmovedor! ¿Odiaba a Cristo? No; era su gran amor. Así como su frase acerca de las mujeres y del látigo significa que la mujer es sacrificio, madre, mártir, asimismo en sus palabras acerca de Jesucristo quiere condenar la psicología del cristianismo europeo, con sus curas, su debilidad femenina, su capitalismo burgués. (msb)

Nietzsche, una mañanita en Turín, enloqueció de envidia del Cristo y escribió su última carta a unos amigos, carta loca, y la firmó así: El Crucificado. […] No le faltó sino el pasito, ese pasito milagroso y que viene por Gracia, de vivir que Cristo no es otro; que es nuestra Intimidad. Y como es de Gracia que uno se da, no es un do ut des, un concordato, pues estoy humanamente y por Fe segurísimo de que ese mi maestro de la niñez está en compañía del Señor, y diariamente digo: «¡Espérame allá, Superhombre, hombre de la flecha refulgente del anhelo humano!». Y al Señor le digo: «Acércalo a Ti, Señor, porque él me acercó a Ti. Nadie te ha envidiado tanto en la Tierra como él. Hasta que supe de él, no le faltaba sino eso de que Tú no eres “otro” y “nada niegas a los que te buscan”. Y eso de que no eres otro, sino nuestra Intimidad, eso tan grande, sólo Tú puedes darlo de Gracia al que se desnude de sí mismo…». (cr)

Desde su juventud más temprana, González encontró en la vida y obra de Nietzsche las pautas fundamentales de su metafísica, de su mística y de su actitud existencial:

El amor a Cristo y a Benedicto Spinoza:

Yo quisiera saber cuánto se debe perdonar a un pueblo que, no sin falta de todos nosotros, ha tenido entre todos los pueblos las historia más penosa, y al que se debe el hombre más digno de amor (el Cristo), y el sabio más íntegro (Spinoza), el libro más poderoso y la ley moral más influyente en el mundo (77).

La asunción de la realidad, desde la desnudez de la veracidad, virtud fundamental, generadora de la separación rigurosa entre metafísica y moral, desde la cual construye y vive González su metafísica de los viajes o de las vivencias, que conduce a la Beatitud, o intuición de La Realidad, más allá de la mente racional, el bien y el mal:

Todas las cosas están bautizadas en el manantial de la eternidad y más allá del bien y del mal. El bien y el mal mismos no son más que sombras intermedias y húmedas tribulaciones y nubes pasajeras (78).

No se me ha preguntado, pero debería habérseme preguntado qué significa, cabalmente en mi boca, en boca del primer inmoralista, el nombre Zaratustra […]. Zaratustra fue el primero en advertir que la rueda que hace moverse a las cosas es la lucha entre el bien y el mal —la transposición de la moral a lo metafísico como fuerza, causa, fin en sí, es obra suya— […]. Zaratustra creó ese error, el más fatal de todos, la moral; en consecuencia, también él tiene que ser el primero en reconocerlo […]. Su doctrina, y sólo ella, considera la veracidad como virtud suprema —esto significa lo contrario de la cobardía del «idealista», que frente a la realidad, huye […]. La autosuperación de moral por veracidad, la autosuperación del moralista en su antítesis —en mí— es lo que significa en mi boca el nombre Zaratustra (79).

Desde raíces nietzscheanas, ética y metafísicamente, asume González la liberación del «deber ser» para llegar a la desnudez de la «inocencia» creadora, expresión del ser auténtico:

Crearse libertad y un no santo incluso frente al deber: para ello, hermanos míos, es preciso el león. En otro tiempo el espíritu amó el tú debes como su cosa más santa: ahora tiene que encontrar ilusión y capricho incluso en lo más santo. Pero decidme, hermanos míos, ¿qué es capaz de hacer el niño que ni siquiera el león ha podido hacerlo? ¿Por qué el león rapaz tiene que convertirse todavía en niño? Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo […], un santo decir sí (80).

La gnoseología gonzaliana se articula con la de Nietzsche en el amor al cuerpo y el sentido de la tierra, como raíz del conocimiento vivo, originariamente pasional, antítesis del conocimiento mental-racional y científico, vano «conocimiento inmaculado»:

El yo aprende a hablar con mayor honestidad cada vez: y cuanto más aprende, tantas más palabras y honores encuentra para el cuerpo y la tierra. Mi yo me ha enseñado un nuevo orgullo y yo se los enseño a los hombres: […] ¡llevar libremente una cabeza terrena, la cual crea el sentido de la tierra! Es mejor que oigáis, hermanos míos, la voz del cuerpo sano: es esta una voz más honesta y más pura (81).

¡Permaneced fieles a la tierra, hermanos míos, con el poder de vuestra virtud! ¡Vuestro amor que hace regalos, y vuestro conocimiento, sirvan al sentido de la tierra! Esto os ruego y a ello os conjuro (82).

Vuestro espíritu se avergüenza de estar a merced de vuestras entrañas, y a causa de su propia vergüenza recorre caminos tortuosos y embusteros. Así se dice a sí mismo vuestro mendaz espíritu: el conocimiento inmaculado de todas las cosas sea para mí el no querer nada de las cosas […]. ¡Oh, sensibles hipócritas, lascivos! A vosotros os falta la inocencia en el deseo: ¡y por eso, ahora, calumniáis al desear! (83)

… ver alguna vez las cosas de otro modo, querer verlas de otro modo, es no pequeña disciplina y preparación del intelecto para su futura «objetividad» —entendida esta última no como «contemplación desinteresada» (que como tal, es un no-concepto y un contrasentido)— […]. … guardémonos, por tanto, de la peligrosa y vieja patraña conceptual que ha heredado un «sujeto puro de conocimiento, sujeto ajeno a la voluntad, al dolor, al tiempo», guardémonos de los tentáculos de conceptos contradictorios tales como «razón pura», «espiritualidad absoluta», «conocimiento de sí»: aquí se nos pide pensar un ojo que de ninguna manera puede ser pensado, un objeto carente en absoluto de toda orientación, en el cual debieran estar entorpecidas y ausentes las fuerzas activas e interpretativas que son, sin embargo, las que hacen que ver sea ver-algo, aquí se nos pide siempre, por tanto, un contrasentido, un no-concepto de ojo. ¿Dónde está la antítesis de este sistema definido de voluntad de objeto y de interpretación? […] Nuestra ciencia moderna, que no tiene fe en sí misma y que ha tenido el valor de prescindir de Dios […], sin embargo, su voz no sale clara del abismo, porque hoy la ciencia es un abismo, es una vergüenza de los que la cultivan (84).

La ciencia es hoy el refugio del descontento, de la incredulidad, de los remordimientos, de la despectio sui (desprecio de sí), de la mala conciencia; es precisamente el dolor que causa la falta de ideal, la ausencia de amor, la carencia de libertad. ¡Oh, cuántas cosas disimula hoy la ciencia! El cerebro de nuestros sabios más eminentes, su cerebro que hierve día y noche, sus manos, ¡cuántas veces no tienen otro objeto que cerrar los ojos a la evidencia de ciertas cosas! La ciencia como medio de aturdirse. ¿Conocéis esto? (85)

Desde raíces Nietzscheanas, asume González la vivencia de la desigualdad entre los hombres, partícipes de la vida, superadora permanente de sí misma, y generadora de la individualidad humana, que consiste en la superación de sí mismo a partir de la aceptación y vivencia de las propias pasiones, camino al superhombre:

Con estos predicadores de la igualdad no quiero ser yo mezclado ni confundido. Pues a mí la justicia me dice así: «los hombres no son iguales». ¡Y tampoco deben llegar a serlo! ¿Qué sería mi amor al superhombre si yo hablase de otro modo? (86)

Este misterio me ha confiado la vida misma: «mira, dijo, yo soy lo que tiene que superarse siempre a sí mismo» (87).

En otro tiempo tenías pasiones y las llamabas malvadas. Pero ahora no tienes más que tus virtudes: ellas han surgido de tus pasiones. Pusiste tu meta suprema en el corazón de aquellas pasiones: entonces se convirtieron en tus virtudes y alegrías. El hombre es algo que tiene que ser superado: y por ello tienes que amar tus virtudes, pues perecerás a causa de ellas (88).

Al hombre se aferra mi voluntad, con cadenas me ato a mí mismo al hombre, pues me siento arrastrado hacia arriba, hacia el superhombre: hacia allí tiende mi otra voluntad (89).

El sentido del hombre como viajero, camino a la liberación:

El que quiera llegar a la libertad de la razón, no tiene derecho durante mucho tiempo para creerse sino un viajero […], no puede vincular su corazón, con demasiada estrechez, a nada particular; es necesario que exista en él algo del viajero que encuentra su goce en el cambio y en la mudanza (90).

La vivencia de la belleza como ansia de posesión amorosa:

¿Dónde hay belleza? Allí donde yo tengo que querer con toda mi voluntad; allí donde yo quiero amar y hundirme en mi ocaso (91).

El sentido del instante como presencia de la eternidad en el hombre:

Esa larga calle hacia atrás dura una eternidad. Y esa larga calle hacia adelante es otra eternidad […]. Y aquí en este portón es donde convergen. El nombre del portón está escrito arriba: «Instante» (92).

La crítica de la modernidad:

Este libro es, en todo lo esencial, una crítica de la modernidad (93).

Articulación con la filosofía cristiana occidental

Søren Kierkegaard

La novedad de la filosofía de Kierkegaard es la dialéctica de la libertad, antítesis del determinismo de la dialéctica hegeliana.

La filosofía de Fernando González se enraíza y articula con la filosofía de Kierkegaard, desde la dialéctica de la libertad, así:

Concepción del devenir como posibilidad, a través de la elección interna, más allá de la representación necesaria de la dialéctica racionalista que, a partir de la identificación de realidad y pensamiento, ser y razón, sólo admite la dialéctica de los determinismos racionales, con total prescindencia de la dialéctica de la posibilidad, que opera a través de actos de elección de sí ante paradojas, según la ley de la alternativa existencial que dice: «O lo uno, o lo otro».

La posibilidad de la libertad consiste en que se puede (94).

En lo posible, todo es posible. En la posibilidad todo es igualmente posible (95).

El devenir nunca es necesario. Lo necesario no deviene (96).

El bien es la libertad (97).

Filosofía de lo cualitativo que, en oposición a los sistemas cuantitativos, generalizadores y conceptualizadores, opta por el individuo existente, la persona concreta, a quien sitúa en el centro del filosofar:

Lo que me importa es entender el propio sentido y definición de mi ser, ver lo que Dios quiere de mí, lo que debo hacer […]. ¿De qué me serviría que la verdad estuviera frente a mí, fría y desnuda, indiferente a si la reconocía o no, provocando más bien un angustioso estremecimiento que una entrega confiada? […] Lo que me hacía falta era llevar una vida completamente humana y no sólo una vida de puro conocimiento […] (98).

Sentido del hombre como síntesis alma-cuerpo-espíritu:

El hombre es una síntesis de alma y cuerpo. Ahora bien, una síntesis es inconcebible si los dos extremos no se unen mutuamente en un tercero. Ese tercero es el espíritu (99).

Búsqueda de Dios, en el universo de la posibilidad y la elección, desde la anticipación de la infinitud, en la honradez de la fe:

Ese interior actuar del hombre, ese lado de Dios es lo que me importa, no una masa de conocimientos, no como agregados causales, no como una serie aditiva de unidades yuxtapuestas, sin un sistema, sin un centro focal que reúna todos los radios. ¡Este eje de luz es lo que yo he buscado! Para que el individuo sea educado de un modo tan absoluto e infinito por la posibilidad, se necesita que él, por su parte, sea honrado respecto a la posibilidad y tenga fe. Por fe, entiendo yo aquí lo que con mucha exactitud consigna Hegel —eso sí, a su modo, siempre tan típico— en alguna parte de su obra, a saber, la certeza interior que anticipa la infinitud. Nunca alcanzará la fe el individuo que ande engañando a la posibilidad (100).

Sentido de la verdad, como apropiación de la verdad:

La apropiación de la verdad es la verdad (101).

Sentido de la inocencia como el existir anterior a las categorías de bien y de mal:

La inocencia es la ignorancia […]. El espíritu está entonces en el hombre como soñado. Esta concepción concuerda perfectamente con la de la Biblia, la cual, al negarle al hombre en el estado de inocencia el conocimiento de la diferencia entre el bien y el mal, condena todas las meritorias fantasías católicas (102).

Sentido del instante como la irrupción de la eternidad en el tiempo:

Si el tiempo y la eternidad se ponen en contacto, ella tiene que acontecer en el tiempo, y henos aquí ante el instante (103).

Vivencia de la existencia humana como nada y soledad absoluta en el mundo, que sólo llega a realizarse en el encuentro del hombre consigo mismo en Dios infinito, de quien no se puede hablar porque no lo permite la finitud de la subjetividad:

Lo que yo soy es una nada (104).

Como singular, como individuo, el hombre está solo: solo en todo el mundo, solo ante la presencia de Dios […] hasta que el individuo se encuentre a sí mismo en Dios (105).

* * *

Conclusiones

La filosofía de González es una experiencia viva de búsqueda de la Realidad, que incorpora, unificándolas, todas las formas de sabiduría universal; un esfuerzo (que culmina en la contemplación mística) por rescatar como vivencia la experiencia metafísica, imposible como proceso del entendimiento racional; un intento indeclinable de expresión de la verdad y de comunión con el universo desde el ser latinoamericano; una propuesta de asunción desde la cotidianidad aldeana de Suramérica, la sabiduría universal, precursora de la postmodernidad en Latinoamérica.

La originalidad de la vida y la obra de González, al contrario de la pretendida insularidad de la que se la ha querido revestir, es un proceso vital de universalización de conciencia, que genera enraizamientos y articulaciones tan vastos que abarcan todo el universo vital, estético, místico y filosófico, en una filogénesis y una ontogénesis siempre crecientes.

La obra de González se enraíza y articula, también, con la gnosis antigua, en la vivencia del conocimiento como realización del ser y de la liberación; con la picaresca española, en la sabiduría sonreída de la comprensión; con santa Teresa y san Juan de la Cruz, en el sentido del despojamiento absoluto y de la contemplación como comunión en la Pura Nada; con Fernando de Rojas y Cervantes, en la capacidad de vivencia de lo sagrado en las nimiedades de la cotidianidad; con Bolívar y Gandhi, en el anhelo de liberación de las conciencias y los pueblos; con Stendhal y Dostoyevski, en la capacidad de penetración psicológica; con Bergson y Maeterlinck, en la unificación de naturaleza y conciencia, como fuentes de la moral, la religión y la comunidad política; con Max Stirner y Carlyle, en el sentido del poder de la individualidad y el heroísmo; con Max Planck, en la vivencia de la teoría cuántica como categoría de conocimiento; con Unamuno y Kafka, en el sentido y la capacidad de agonía; con Teilhard de Chardin y Einstein, en la búsqueda de la plena unidad de la Vida en Dios como el Punto Omega y la ley del campo unificado.

A la inversa de lo que acríticamente se ha creído y pregonado, la filosofía de González ni es insular, ni está enraizada en el egotismo y el solipsismo del idealismo absoluto.

Si de veras se desea entender la propuesta filosófica de González, es preciso estudiar minuciosamente sus raíces y articulaciones, pues como filosofía de la intuición y metafísica de las vivencias, a su naturaleza más íntima le corresponde la convivencia amorosa con toda forma de vida verdadera y de verdad viva.

— o o o —

~ 7 ~
Comunión vital, rebelión, agonismo
moral, reconciliación de opuestos

El caminar de González, desde la instintividad hasta la Intimidad, constituye un agonismo moral en el que se encarna y desarrolla un proceso dialéctico entre la receptividad o aquiescencia, apacible y tierna, que convive amorosamente con las más disímiles patentizaciones de la vida, y el apasionamiento, implacable y airado, que se rebela, critica y demuele personajes, instituciones, doctrinarismos y dogmatismos, manifestativos de la vana apariencia.

La lucha entre la aquiescencia a toda forma de afirmatividad vital, y la rebelión contra toda forma de vanidad, vivida por Fernando González como una permanente agonía, se resuelve dialécticamente en la contemplación de la Intimidad, o «Nuevo Nacimiento», o Reconciliación, que es la superación de la oposición entre los dos grandes contrarios: manifestación auténtica de la vida y representación de la vana apariencia individual y social.

Objeto del presente capítulo es presentar la dialéctica de la liberación en la vida de Frenando González.

* * *

Convivencia con
los fenómenos vitales

Al descubrir, en su adolescencia, que el sentido del mundo es posible, puesto que el hombre es capaz de dar su espíritu a las cosas, y el universo es espejo en el que el hombre se ve a sí mismo, González decide hacer de la vida el objeto de su meditación, y de la disolución de su alma en el universo, su tarea:

El hombre da su alma a todas las cosas; el hombre se ve a sí mismo en las cosas. […] El espíritu del hombre echado sobre el mundo es lo que se llama sentido del mundo. Este es el espejo en que el hombre se ve a sí mismo. (pv)

… vivía en las montañas entregado a meditaciones sobre la vida. (pv)

La vida de Fernando González es convivencia amorosa con todas las manifestaciones de la vida, con las que se siente en gozosa comunión de origen y destino:

Se siente vivir en comunicación con todo lo creado. «Hasta allá —dice—, hasta el sol más lejano está unido a mí». Muchas veces despierta durante la noche y siente la solidaridad con las estrellas, siente que el sol está calentando el otro hemisferio y ve a la tierra que va por su camino, tan bella. (hd)

Yo no puedo vivir sino ebrio de amor por la vida. (er)

Necesito uno que ame la vida como yo, o sea como un parto. (ce)

En la conciencia de la unidad sustancial de la vida, conviviendo con los seres, realiza el viaje metafísico hacia la experiencia de comunión con la realidad esencial, más allá de representaciones sensibles y fenoménicas:

La vida es una unidad; si aislamos un hecho psíquico, lo desnaturalizamos; la vida no es fragmentaria. Nos parece fragmentaria porque la conciencia es apenas el retrato de una partícula de ella, la más saliente, pero no la principal de nuestro vivir, de nuestro devenir. ¿Hemos experimentado esta emoción? Sí; pero ella es la cresta de una de las olas del mar interior. En éste, todo es uno, no se puede concebir una parte sin el todo. (vp)

… yo soy un metafísico. (ce)

Desde su visión de la unitotalidad de lo real, en la que vida, muerte y eternidad constituyen un todo, busca la conciencia viva de su supervivencia:

La vida aún no tiene sentido para mí, pues no estoy seguro acerca de mi supervivencia. Tengo seguridad de lo que veo, oigo y toco. Quisiera saber del mismo modo acerca de mi supervivencia. […] ¿En dónde hay un argumento? Todos son débiles indicios. […] Yo no quiero comprobar mi supervivencia; quiero ser consciente de ella. (msb)

Espíritu prisionero entre la carne, filósofo, teólogo y hombre moral, atisba con fruición y fidelidad, a través de los sentidos, a la verdad desnuda (verdad viva, más allá de toda representación), cuyos indicios aparecen en las innúmeras formas de manifestación de la apariencia cambiante:

Me definiré: creo ser detective de la filosofía, de la teología y de la virtud. Mi madre me parió cabezón, pero infiel; Dios me atrae, pero las muchachas no me dejan. Me explicaré: unas diez veces he creído acercarme a la verdad, y las muchachas me han hecho caer. Ocho por ciento tengo, pues, de filósofo. El resto está entregado al mundo y al demonio, pero nunca he dicho una mentira. Resumiendo, diré que soy un hombre, espíritu que desde la carne y por medio de los sentidos atisba con fruiciones a la verdad desnuda. (mc)

Un texto del Libro de los viajes o de las presencias sintetiza el logro del arduo trabajo metafísico de Fernando González:

[Lucas Ochoa] tenía el don de vivir el drama vivo y universal de que son apariencias fragmentarias los diarios sucesos sociales, políticos, artísticos o religiosos. Todos ellos son aparentes urgencias. (lvp)

* * *

Rebelión contra la
vanidad de la apariencia

Desde niño, Fernando González vivió en contradicción permanente, insatisfecho, incapaz de síntesis:

El padre Torres sostenía [en la clase de álgebra] que nosotros éramos absolutamente incapaces de encontrar el término desconocido. […] Lo que pasa es que nuestro interior es un hervidero de contradicciones. (vp)

Siempre he estado con los descontentos. Nunca satisfecho. (er)

Apenas adolescente, ya había llegado a la convicción de que el hombre que no lleva en sí mismo la contradicción, es esclavo de un sueño:

El hombre que no se contradice, tiene el alma esclavizada por un sueño. (pv)

El dualismo razón-vida le imposibilita el hallazgo de la verdad:

Hay en el hombre una especie de dualidad que engañó a Platón y a los místicos, llevándolos a decir que el hombre es cuerpo y espíritu: por una parte, somos vida, es decir, es necesario para nosotros el fin, y por otra, el pensamiento nos dice que el fin no existe… Por una parte, somos limitados, afirmativos, y por otra, la razón nos lleva a la nada, a la ausencia de vida, de conceptos… En verdad que el pensamiento es el cáncer de la vida. El animal hombre es el más atormentado porque lleva en sí mismo su contradicción… (pv)

Vivimos de la contradicción. ¿Y cómo no hacerlo? ¿No veis que ya no existe la verdad? (pv)

La contradicción entre las exigencias fisiológicas y espirituales le dificulta la elección y le oscurece la conciencia de fin:

Todo en nosotros se enreda y contradice. Adoramos a Dios y queremos al diablo; cantamos al espíritu y espiritualizamos la carne; lloramos y reímos y no sabemos hacia dónde vamos. (vp)

La contradicción interior entre creer (aceptación de enunciados no vividos, forma de perversión imaginativa mental) y sentir (conciencia, intuición viva, vivencia de la verdad), le dificulta el progreso y la afirmatividad:

¡No progreso! No sé afirmar; sólo interrogo lo mismo que en mi niñez. Creer es lo que me ofrecen, y yo quiero sentir. (msb)

Desde su juventud se entiende como un yo en descomposición:

Mi alma es un terreno en descomposición, y por eso me gustan los sacerdotes suspensos, los excomulgados, las formas religiosas en descomposición también. Ahí siento más el misticismo. (dm)

En el Libro de los viajes o de las presencias, mirando retrospectivamente su largo camino de búsquedas y contradicciones, señala la antítesis como su lugar propio dentro del proceso de la dialéctica histórica:

[La homeopatía es] filón riquísimo, muy pariente mío, pues se trata de ciencia no oficial, de la antítesis, que es el lugar propio mío en los componentes de la dialéctica histórica: los unos viven «normalmente» en la tesis, y son los sabios oficiales, los que poseen este mundo y sus honores; los que llaman en la Unión Soviética «explotadores». Otros nacimos para la antítesis, y somos los anarquistas, rotos y pobres. Somos el «coco» y nos entierran en hoyos, y los de mañana, cuando triunfe la síntesis, nos llamarán «precursores» y nos harán bustos. […] [Yo] hallo mi deleite y descanso en las antítesis. (lvp)

* * *

Agonismo moral

La vida de González no es tragedia adusta, sino tragicomedia sonreída; pero su sonrisa no es la del cínico, refugiado en la burla por incapacidad de afrontamiento liberador; sino la del luchador que goza la pasión del combate, la alegría de la superación, la esperanza del triunfo, encarnado en el superhombre, el hermafrodita, el comunista, el beato, el bienaventurado.

El Fernando González dionisíaco, burlón, cínico, repentista y humorista, ajeno a la lucha y al sufrimiento, es otra de las falacias surgidas en torno a su figura.

Desde su adolescencia ya era una conciencia atormentada:

¡Cuán interesante, por atormentada, la conciencia adolescente de Lucas Ochoa! (msb)

En Pensamientos de un viejo plantea la lucha dialéctica entre la posibilidad de llegar (partiendo del estudio de sí mismo) a la realización del superhombre, en la comunión con el universo; o de sucumbir (como sujeto efímero, en búsqueda inútil) a la apariencia de representación y a la fugacidad de la vida:

¿Por qué no estudiarme a mí mismo, sentado apaciblemente, y no perder los ojos contemplando vidas que no son la mía? (pv)

… amo de tal manera la meditación, que jamás concibo alegría en donde ella no esté. (pv)

Estoy fatigado… Toda esa comedia de la vida me repugna. ¿Qué me importa el superhombre? ¿Seremos, acaso, más felices? No hay felicidad si no hay dolor… ¿Seremos, acaso, más grandes? No hay grandeza si no hay pequeñez… Todas esas palabras son engaños de la vida… (pv)

¡Cuán efímeros somos! […] [Si] el sujeto es efímero, todo predicado de él lo será igualmente o más. ¿Qué buscamos, entonces? ¿Para qué buscamos? (vp)

Su vida y su obra fueron combate permanente:

Siempre he sido guerrero. Mis libros son guerra. (er)

… yo predico el sacrificio, la renuncia, el heroísmo. (ce)

Desde 1926, hace diez años, vengo predicando la continencia y la dureza. (ant vii)

Todos sus actos, observaciones y experiencias, aun las más simples, se le convertían en un interrogante, en una exigencia, en un afrontamiento:

… eres [Lucas] el tipo de las nimiedades trascendentales. (msb)

Lo atormentaba la falta de claridad sobre el ideal a seguir:

… vivo según un ideal confuso y me siento intranquilo. (msb)

La conciencia de la propia pequeñez:

¡Ay! Yo no soy grande. Nada hay grande en mí sino el deseo de serlo. […] Soy un pobre juez colombiano que siente fruiciones al pensar en cualquier ser grande, en cualquier belleza, bondad o heroísmo. Soy un enfermo. (msb)

La falta de vitalidad:

Yo soy la persona que más quiere esas virtudes vitales y que carece más en absoluto de ellas. (dm)

La capacidad de bajeza, por carencia de personalidad unificada:

¡Personalidad que me atormentas y me soplas bajezas, maldita seas! ¡Hija de puta! ¡Hija de puta! (dm)

Las derrotas en su lucha por la unidad interior, la afirmatividad, la continencia y la libertad:

Ningún resultado he obtenido. Cada vez, en cada derrota, queda más débil mi poder afirmativo, mi voluntad. (dm)

Confieso que no hay día de mi vida en que no levante los ojos al cielo y en que no caiga en el pecado. Vivo levantándome y cantando la gloria de la continencia. (hd)

Cada día me hago más cobarde, porque cada día me trae una derrota. Desde la edad de ocho años busco el triunfo sobre mí mismo y desde tal edad no ha habido día que no haya una derrota. […] Otra derrota la castidad, pues en un año de ella no pude ver a Dios y oír sus órdenes. Nadie, ni Dios, me quiere por soldado. Nadie quiere emplearme en obras: soy un desocupado del espíritu, un chomeur de la inteligencia: voy ofreciendo a todos los ideales mi gran capacidad para desear ser bueno y héroe, y nadie me oye. (ce)

González vivió en guerra permanente por el desarrollo de su potencialidad volitiva:

Yo soy el animal sometido a milicia. Deseo ser una voluntad. […] Podré llegar a tener esa voluntad que casi se materializa en el cuerpo y que produce impresión de misterio. (msb)

Por el ascenso constante:

La cuestión está en ascender constantemente, mediante la lucha. Mientras más guerra, más triunfos. No deseo la paz; quiero guerra constante, constante crecimiento. (msb)

Por la conquista de la capacidad de contención:

—¿Qué deseas, Jacinto? —Que te contengas siempre, en toda circunstancia. Que sufras, Lucas, mientras te llega la respuesta a la pregunta que ansiosamente lanzaste al espacio. (msb)

Por la adquisición de la plenitud vital:

Me podría definir con éxito: el que siempre busca una cosa. Caín, condenado al movimiento, engañado por mirajes de este desierto que se llama Tierra. (er)

Hoy, víspera de la operación, me mata el remordimiento. […] Pero entiéndase que lo que me está matando es el remordimiento de haber dejado virgen a la vida. (er)

Para libertarse de la lucha entre el dolor, que acrecienta, y el goce, que disminuye, buscaba el desarrollo de la capacidad perceptiva, por medio del sufrimiento (renuncia a la satisfacción):

No quiero gozar (entiendo por gozar dar lugar a la emoción celular llamada satisfacción). Quiero sufrir para aumentar mi capacidad perceptiva. El sentido superador del sufrimiento es grande, y el poder destructor del goce es infinito. El goce destruye imperios y hombres, y el dolor los crea. El ritmo que preside la vida se compone de ascender por medio del sufrimiento y bajar por medio del goce. Yo quiero librarme de ambos: dolor y alegría. Librarme de la ley de crecimiento que preside todo lo humano. (msb)

La liberación de la conciencia fisiológica y sensual, que genera la pasionalidad e impide ascender al espíritu:

[Lucas Ochoa es] un gran sensual. Casi puede decirse que ahí está su fortaleza, pues ella le sirve para rebotar como la pelota de caucho. Es una inmundicia que mira para el cielo. (hd)

Un espíritu presa de la carne pasional, loco entre la carne. (hd)

Esta mañana pensé que hace tres años escogí espíritu y que no he obrado de acuerdo con mi decisión; una vez decidido, no se puede retroceder, so pena de muerte. Por eso es mi gran tristeza continua. Hay que progresar día a día cuando uno se decidió por el espíritu, o por el cuerpo. No se puede dudar ya durante la marcha. (hd)

¡Virgen María, líbrame de las pasiones impetuosas mías y de Salomé; deseo ser hombre controlado; no me dejes! (sal)

Entré a pedirle a la Virgen que me libre del alma fisiológica; que no me deje ir con ansia de volver; que no me deje recaer en un útero, cualquier primavera, de aquí a mil años, en algún jardín público… (er)

La liberación de la mala conciencia o conciencia del pecado, nacida de la identificación atávica entre las nociones de libertad y de culpa, para lograr, así, la perfecta inocencia, que es la sabiduría:

En mi alma encuentro todo el oscuro tormento de las amenazas y las prohibiciones. El espíritu de nosotros, los librepensadores, sufre el atavismo: somos libres, pero miramos la libertad como un pecado y como a éste la queremos. Tenemos la conciencia del pecado. […] Deseo librarme de la mala conciencia […]. El verdadero pudor consiste en la perfecta inocencia proveniente de la sabiduría. (msb)

Vivo pues, como hombre moral, en lucha conmigo mismo, derrotado casi siempre; hace cuarenta años que vivo derrotado, en angustia, amando a un santo que yo podría ser y siendo un trapo sucio. (er)

No digiero, a causa de este anhelo de ser bueno y de incapacidad para ello. Nosotros, los destructores, lo que desearíamos destruir es a nosotros mismos. […] Los hombres nos distinguimos unos de otros por el poder para efectuar la bondad. (ce)

González no se aprobó nunca, porque sabía que era apenas un esbozo de hombre:

Yo soy un esbozo de hombre, bebo y fumo. Sólo por días, después del cinematógrafo, soy una lejana promesa. […] [Durante] mi grandeza soy casto y duro como una definición bien hecha. (dm)

… eso es lo que vengo buscando desde niño; un hombre seco, varonil, capaz de no traicionar su ideal, aunque tenga que sacrificar a todos los hombres; uno que encarne un ideal bello y todo lo supedite a ese ideal. (dm)

A partir del regreso de los consulados europeos, en la década de los 30, luego de cuarenta años de enfrentamiento solitario con hombres e instituciones, en lucha contra la perversión latinoamericana, González vivió la duda de la validez de su vida y de su obra.

Teme haber errado el camino:

[Yo] estoy bajo; estoy más bajo que antes. ¿Dónde fue que equivoqué el camino? (n)

Haberse causado mal a sí mismo, y haberlo causado a otros, con sus obras:

… tengo dudas acerca de mi vida (obra). A ratos me parece que hice mal al publicar El Hermafrodita dormido; que debí atender al Gobierno colombiano a ese respecto: viviría en Francia. Mi literatura, desde Don Mirócletes, nos ha causado «males» a mi familia y a mí. Hoy me tienen por «alocado» y me odian. A ratos, deseo «virar»: ser prudente. Que la literatura sea un medio para «triunfar». Escribir lo que la gente desea. […] La revista Antioquia me ha producido unos ocho individuos que me han dicho: «Está buena la revistica». […] Además, hoy tengo como dos mil enemigos más que se alegrarán con mi muerte… ¿Soy loco o qué? ¿Por qué no rehacer mi vida? Puedo muy bien dedicar estos cortos días posibles a mejorar la imagen que tienen de mí. Pero… no es posible que yo sea un Jesús María Yepes. (ant vi)

No haber buscado a Dios con la intensidad con que debió haberlo hecho:

Mi conciencia es cristiana. Todo lo que he escrito me causa remordimiento. ¡Cógeme, Señor! ¡Tranquilízame! En mi interior oigo una voz que me reprocha y que me dice que Cristo es el único cimiento. (ant vii)

Ser un hombre inactual:

Si no me hago prudente, me aplastarán; mis enemigos están triunfando. No debo escribir: soy inactual. (ant ix)

En los años de El maestro de escuela, vive la angustiosa experiencia del complejo del «grande hombre incomprendido», o sea, el proceso de disolución del yo, o vivencia del agotamiento de los instintos de sensualidad, posesión, figuración y dominio fisiológico-temporal:

… a los cincuenta años soy iluso solitario desengañado. (me)

He bregado, pero mis actos son como huevos de gallina beata, que no echan pollos. Desde esperma he sido inactual. (me)

… hace tres años (cuatro años) que vivo en derrota, «a causa —me digo— de tener que mantener a la familia». ¡Sofismas! Debí seguir adelante, diciendo la verdad… Todo esto me atormenta. (rpo)

Superada la crisis de la disolución del yo, González vive la agonía de la solidaridad con el universo y con los hombres:

… en el fondo, yo sé que vine para la agonía. (lvp)

Sigo sucio. Bregando, bregando por ver en esa oscuridad a que descendí en ese pasaje, me pareció oír una voz que decía en mí: «Imaginar las bajezas es cometerlas, pues no se puede imaginar lo que no está en uno». […] El que imagina un adulterio o cualquier suciedad, ya lo cometió, o lo parió, o lo malparió. […] ¿Y es que no somos el diablo? ¿No somos el mineral, la célula, el batracio? (lvp)

¿O pretendes que haya alguna «inmundicia humana» que no seas tú? (t i)

Finalmente, en oración, vive la agonía del instinto de eternización espacio-temporal del yo, raíz misma del Yo, en la cual, agotado el temor a la muerte, se llega al desnudamiento del núcleo mismo del Yo, o glorificación del yo o vida eterna:

Se trata […] de la fenoménica de la glorificación del núcleo del «yo», que es la vivencia de «lo mío» y «lo tuyo», la cual lleva implícito «el deseo de vivir eternamente», que, por ser la raíz misma del «yo» (el diablo), sólo se glorifica con intensa y constante oración (oración es abrirse en forma de nada a… lo Inefable). «El deseo de ser», de «eternidad del «yo», es el Rey de los demonios mudos de que nos habla La Verdad, El Camino y La Vida. Es… ¡Luzbel! (t ii)

Esa final agonía es «el Suicidio»:

… desde que me conozco, habito en el mundo del suicidio que tiene en su centro, en un montículo, como a su Rey, al Crucificado. (t ii)

* * *

Síntesis,
en la conciliación
de los contrarios

A través de procesos de síntesis provisionales, camino a la trascendencia, se superan las contradicciones en la reconciliación de los contrarios:

Y los hay que viven las síntesis sucesivas y las van trascendiendo; están más allá de bienes y males, como idos, como locos en absoluto, tal Einstein, que a todas las tesis las llamaba provisionales, y a estos pertenece mi hombre, el Lucas de Ochoa. (lvp)

Al final de sus días, en su estudio sobre José Félix de Restrepo, resumió su vida como lucha dialéctica vital, batalla de la Inteligencia, por el padecimiento y la meditación, para superar la apariencia y hallar la Realidad:

¡Eso! ¡Eso ha sido mi vivir […]! […] He vivido, dicho, repetido, predicado que el hombre no conoce sino porque padece y medita […]: quiere decir, porque trabaja inteligentemente. (jfr)

Dos breves y densísimos textos de La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera sintetizan perfectamente la existencia de González como convivencia con las manifestaciones de la vida, rebelión agresiva contra las pretensiones de realidad de los entes conceptuales, y plena identificación final con la Vida, en la amencia:

Yo soy la amencia; quiero ser las Bienaventuranzas, el que no piensa, pero es las Bienaventuranzas; quiero ser eso despreciado en vuestra Universidad, porque se asemeja a la perfecta idiotez, las Bienaventuranzas. No hay nada sino La Vida, y nosotros somos La Vida sucediéndose. (t i)

¡Oh, Vida! ¡Nada deseo, porque te tengo! ¡Soy Vida! Contigo siempre, siempre… Lo que Tú no eres no es; ¡el deseador es imbécil! ¡Imbécil, que posee un tesoro y se angustia por un centavo falso! ¡Hideputas ideólogos, conferenciantes, escritores, filósofos, teólogos! ¡Sólo Tú, sólo existes Tú y todo eres Tú, amor mío, que eres yo mismo! ¡Te tengo tan cerca! ¡Aquí te tengo! ¡Estoy reposando en Ti, sobre Ti, dentro de Ti! ¡Eres yo mismo, amor mío…! (t ii)

* * *

Conclusiones

La filosofía de González es filosofía dialéctica. A la vez, convivencia con la vida en devenir fenoménico y lucha contra la vanidad de la apariencia, cuya síntesis, más allá de toda representación o apariencia, se realiza en la reconciliación de los contrarios.

Su vida, encarnación o vivencia de su filosofía dialéctica, constituye un agonismo moral o lucha interior por la verdad, la belleza y el amor.

A menos que se lean y entiendan como viaje a pie, o sea, como proceso de liberación o dialéctica de la libertad, la existencia y la obra de Fernando González se convierten en una concatenación de contradicciones irresolubles e ininteligibles.

— o o o —

~ 8 ~
Los campos de la lucha

La agonía existencial o filosofía vivencial de Fernando González se concretó, predominantemente, en tres grandes campos: lucha por la superación del mundo pasional, a través del dominio de la sensualidad y la conquista de la castidad; lucha por la superación del mundo mental-conceptual, en la manifestación «desfachatada» de la originalidad vital; lucha contra la perversión latinoamericana, por la autoexpresión continental y la autenticidad cultural.

* * *

Lucha entre
sensualidad y castidad

Para González la castidad es el punto de partida para la ascensión a planos superiores de realidad: contención del deseo sensual para llegar al amor, más allá del mundo fisiológico o pasional:

¡Mejor que el calor del sol en la mañana eres tú, Castidad! Porque las glándulas seminales son el origen de la vida. Y la vida es deseo. La castidad hace crecer el deseo y el corazón rebosa de alegría. ¡Te amamos, castidad de ojos provocadores, porque el amor es bueno cuando tú presides! […] ¡Somos castos para poder amar! ¡Esta es la verdad! ¡Una verdad nuestra…! […] ¿Quién dijo que hay placer en el dolor? Sólo un gran casto puede gozar cuando se raja su carne. ¡Cuán bueno es el dolor de las heridas cuando las células están tonificadas por las glándulas seminales! ¡Todo viene de ellas! El amor a todo, dinero, amigos, patria, gloria y hembras… Somos el joven casto porque queremos amar todo lo que existe en nuestra madre la tierra. Castidad es paladearlo todo, acariciarlo todo sabiamente, y no dilapidar. Somos el joven que no se deja poseer por nada, para no yacer como saco vacío. Para estar siempre activos y ser siempre amantes. […] Todo el universo es nuestro. Poseemos el universo con los sentidos. (vp)

La sensualidad gonzaliana es una mística de la continencia, como goce y lucha por la superación, hacia la sabiduría y la belleza:

La sensualidad de Lucas es la continencia, un fenómeno español y suramericano. Efectivamente, el misticismo español es sensualidad contenida. (hd)

¡A cambio de todos los goces sensuales, dame, Señor, sabiduría y belleza! (hd)

González asume la lucha por la castidad desde múltiples perspectivas:

Como lucha entre el deseo de eternidad y el amor sensual, que así porte la energía vital entorpece el paso del tiempo a la eternidad:

Queremos ser castos a causa de la eternidad y para ser siempre los deseadores de ti, Julia, del océano vivificante, de la atmósfera conductora de las corrientes de energía sideral… (vp)

Mi primer deber de filósofo es dominar el amor sensual. Por ejemplo, tengo que dominar esta muchacha que se ha entrado en mi vida […]. […] Dios mío: ¡que nada me posea! (msb)

Sólo estoy sano cuando me parece que las muchachas me quieren y yo resisto. (er)

Como lucha entre la atracción instintiva al amor fisiológico-pasional (evolutivo, carnal, reproductivo), encarnado en la mujer, y la atracción emocional a la belleza (vitalidad y divinidad), patentizada en la muchacha:

A veces tengo la manía de seguir a las mujeres, pues me parece que ellas tienen en alguna parte algún secreto. (hd)

La mujer sigue siendo para mí como larva de coleóptero; me produce náuseas. (hd)

Pero qué cosa tan curiosa es haber nacido, haberse encarnado, amar los pechos, gustar de los besos y del restregarse de los cuerpos. Indudablemente que somos antiguos gusanos, antiguos escarabajos, comedores de carne y de excrementos, no satisfechos aún. De ahí esta dualidad mía terrible: me gustan los pechos duros y erectos y después de apretarlos contra mi corazón, grita el espíritu encarnado: ¡Hijo de puta! (hd)

En mí encuentro los siguientes instintos: amor inmenso por las cosas terrenas, ríos, fuentes, plantas, minerales, muchachas. Otro inmenso amor por llegar a Dios, o sea, a muchacha que no envejezca, a la belleza modelo. (er)

Como lucha entre la tendencia instintiva al goce sensual de la belleza manifestada en las formas y el anhelo de contemplación de la belleza esencial, más allá de toda forma y de toda apariencia:

En realidad, soy un enamorado de la belleza, pero también hombre que persigue a las muchachas, que piensa a lo animal, etc., 99% hombre vulgar. Apenas si de vez en cuando puede mi alma mirar con hermosos ojos verdes a través de la inmundicia de mi conducta. (er)

¿Por qué no llevo conmigo las cautelas de mi padre Ignacio: primera, no tocar; segunda, no mirar…? Pero… ¡yo amo la tentación! En ella está el arte, la euforia. Yo moriría, si no mirara, y no tocara y no oyera a las muchachas. Dame, Señor, una ley nueva; haz excepción conmigo, así: que pueda abandonar las cautelas de mi padre Ignacio, y que no me acueste. Es lo que odio: acostarme con ellas, y esta mi amiga florentina quiere venir a dormir aquí, a esta soledad… (n)

Como lucha entre el instinto fisiológico-pasional de fecundación y perduración fisiológica y el instinto de redención y espiritualidad:

soy impropio para Venus. Veamos. Mi instinto de fecundación está contradicho en mí por el muy fuerte de redención, de espiritualidad. Así, cuando me he visto arrastrado por aquél, éste me critica tan ásperamente que me impide obrar. Obro, ¡pero de qué modo! Mis ojos son entonces de ladrón, de pecado; mi caminar, ídem. La mujer, ni me oye; no me quiere ya; huye asustada, como si la indujera mi sentimiento de pecado. Por eso he dicho que un ángel me tiene vedadas las puertas de Venus y de la política. Resulta que nunca he podido gozar con esto de la fecundación a que los hombres llaman amor. Primero, por el instinto divino, tan poderoso en mí. Procedo en todo ello con sentimiento de pecado. Segundo, porque mi sentimiento de pecado induce a las mujeres y me dicen, como Toní: «Ne fais pas ca!…». (er)

Como lucha entre el goce de la búsqueda de la verdad, en la convivencia sensual con las manifestaciones fenoménicas, y la beatitud de la intuición inmediata de la verdad desnuda, más allá de toda experiencia sensible:

Cada vez me llama más la filosofía. Con las mujeres fracaso; no sé acostarlas; me enredo; pierdo la naturalidad. (mc)

Como lucha entre el amor carnal y la conciencia de la muerte:

La conciencia del morir me ha hecho imposible el amor carnal. En el coito veo a dos próximos esqueletos que se estrujan. Además, el olor a cadáver me invade el mundo. (ant vi)

Hasta el final de sus días afrontó González esta dura lucha:

Por momentos hasta llego a creer que mi vocación verdadera son las muchachas que tienen la sinergia bien llamativa, por ahí de los 14 a los 17 años. (lvp)

¡Yo todavía estoy vivito, está vivito aún aquel niño de calle con caño, calle envigadeña que moría en la mangada El Guáimaro! ¡Qué miedo! No me lleves «vivo», sino «muerto». O sea, ¡no me lleves sino muerto del todo! ¡Aquella niña del lago Como! ¡Aquella otra de Bilbao! ¡Ay, ay, ay, ay […]! (cr)

Continuará…

Notas:

(1) Revista Acuarimántima, n.° 28, julio-agosto, 1980, p. 6.
(2) Henao Hidrón, Javier. Fernando González, filósofo de la autenticidad. Marín Vieco, tercera edición, 1994, p. 51.
(3) Vélez Correa, Jaime S. J. «Proceso de la filosofía en Colombia». En: Revista Universidad de Antioquia, n.° 1, 1960, p. 930.
(4) Abbagnano, Nicolás. Historia de la filosofía. Tomo ii, p. 120.
(5) Bruno, Giordano. Sobre el infinito universo y los mundos. Orbis, Buenos Aires, 1981, nota 98, p. 112.
(6) Ibíd. Prólogo. Cita A. J. Cappelletti, p. 19.
(7) Ibíd. Sobre la causa, el principio y el uno. Diálogo iii. Cita A. J. Cappelletti, p. 26.
(8) Ibíd. Diálogo iv, p. 27.
(9) Ibíd. Diálogo v, p. 28.
(10) Bruno, Giordano. Sobre el infinito universo y los mundos. Nota 46, p. 70; nota 94, p. 109.
(11) Bruno, Giordano. La cena de las cenizas. Diálogo iii. Cita A. J. Cappelletti. En: Sobre el infinito…, p. 15.
(12) Bruno, Giordano. Sobre el infinito universo y los mundos, p. 15.
(13) Bruno, Giordano. Sobre la causa, el principio y el uno. Cita A. J. Cappelletti. En: Sobre el infinito…, p. 18.
(14) Bruno, Giordano. Sobre el infinito universo y los mundos, p. 79.
(15) Ibíd, p. 109.
(16) Bruno, Giordano. Summa Terminorum Metaphysicorum. En: Opp. Lat, iv, p. 101.
(17) Bruno, Giordano. Sobre el infinito universo y los mundos. Diálogo i, p. 64.
(18) Ibíd. Diálogo i, p. 74.
(19) Bruno, Giordano. Opera Omnia i. Ver: Abbagnano, Nicolás. Historia de la filosofía. Tomo ii, p. 251.
(20) Bruno, Giordano. Sobre el infinito universo y los mundos. En: Opera Omnia i. Ver: Abbagnano, Nicolás. Historia de la filosofía. Tomo ii, p. 302.
(21) Ibíd, p. 388.
(22) Abbagnano, Nicolás. Historia de la filosofía. Tomo i, p. 127.
(23) Bruno, Giordano. Sobre el infinito universo y los mundos. Diálogo v, p. 181.
(24) Bruno, Giordano. Sobre la causa, el principio y el uno. Diálogo iii. Cita A. J. Cappelletti. En: Sobre el infinito…, p. 25.
(25) Obras. Pfeiffer, p. 318. Ver: Abbagnano, Nicolás. Historia de la filosofía. Tomo i, p. 565.
(26) Maimónides, Moisés. Guía de los perplejos. Primera parte, p. 17.
(27) Spinoza, Benedicto. Ética. Segunda parte, proposición 7, escolio. Aguilar, Buenos Aires, Biblioteca de Iniciación Popular, quinta edición, 1973.
(28) Ibíd. Primera parte, proposición 25, corolario.
(29) Ibíd. Primera parte, proposición 29.
(30) Ibíd. Primera parte, Apéndice.
(31) Ibíd. Segunda parte, proposición 40.
(32) Ibíd. Segunda parte, proposición 44, corolario ii.
(33) Ibíd. Cuarta parte, proposición 37.
(34) Ibíd. Cuarta parte, proposición 50, escolio.
(35) Ibíd. Quinta parte, proposición 36.
(36) Spinoza, Benedicto. Tratado teológico-político. Orbis, Barcelona, 1986, pp. 168-169.
(37) Spinoza, Benedicto. Ética. Cuarta parte, proposición 35.
(38) Ibíd. Cuarta parte, proposición 28.
(39) Ibíd. Quinta parte, proposición 3.
(40) Ibíd. Quinta parte, proposición 47.
(41) Emerson, Ralph Waldo. Ensayos. Americalee, Buenos Aires, 1943, p. 189.
(42) Ibíd, p. 72.
(43) Ibíd, p. 63.
(44) Ibíd, p. 64.
(45) Ibíd, p. 66.
(46) Emerson, Ralph Waldo. Discurso en el Templo Masónico de Boston (1841). En: Lee Masters, Edgar. El pensamiento vivo de Emerson. Losada, Buenos Aires, 1945, p. 179.
(47) Emerson, Ralph Waldo. Hombres representativos. Clásicos Jackson, México, 1963, p. 111.
(48) Ibíd, p. 134.
(49) Emerson, Ralph Waldo. Ensayos, p. 67.
(50) Ibíd, p. 196.
(51) Ibíd, p. 105.
(52) Ibíd, p. 186.
(53) Ibíd, p. 188.
(54) Kant, Emanuel. Crítica de la Razón Pura. Sopena, Argentina, p. 68, 1961.
(55) Ibíd, p. 63.
(56) Ibíd, p. 68.
(57) Ibíd, pp. 70-71.
(58) Abbagnano, Nicolás. Historia de la filosofía. Tomo iii, p. 44.
(59) Ibíd, p. 47.
(60) Ibíd, p. 48.
(61) Ibíd, p. 53.
(62) Ibíd, p. 54.
(63) Schopenhauer, Arturo. El mundo como voluntad y representación. Orbis, Barcelona, 1985, Libro i, Sección 2, p. 19.
(64) Abbagnano, Nicolás. Historia de la filosofía. Tomo iii, p. 128.
(65) Ibíd. Libro i, Sección 2, p. 19.
(66) Ibíd. Libro i, Sección 2, p. 19.
(67) Ibíd. Libro ii, Sección 1.
(68) Ibíd. Libro i, Sección 8, p. 45.
(69) Ibíd. Libro ii, Sección 15.
(70) Ibíd. Libro i, Sección 10, p. 60.
(71) Ibíd. Libro ii, Sección 21, p. 110.
(72) Ibíd. Libro iii, Sección 55, p. 110.
(73) Ibíd. Libro iv, Sección 71, p. 215.
(74) Hervás Marco, Ramón. Personajes enigmáticos. Bruguera, Barcelona, 1974, p. 58.
(75) Ibíd, p. 55.
(76) Ibíd, p. 66.
(77) Nietzsche, Federico. Humano, demasiado humano. Bedout, Medellín, 1982, aforismo n.° 475, p. 254.
(78) Nietzsche, Federico. Así hablaba Zaratustra. Bedout, Medellín, 1984, p. 235.
(79) Nietzsche, Federico. Ecce Homo. Bedout, 1982, p. 125.
(80) Nietzsche, Federico. Así hablaba Zaratustra. Bedout, Medellín, 1984, p. 51.
(81) Ibíd, pp. 58-59.
(82) Ibíd, p. 121.
(83) Ibíd, p. 182.
(84) Nietzsche, Federico. La genealogía de la moral. Bedout, Medellín, 1963, p. 122.
(85) Ibíd, p. 123.
(86) Ibíd, p. 153.
(87) Ibíd, p. 171.
(88) Ibíd, pp. 64-65.
(89) Ibíd, p. 208.
(90) Nietzsche, Federico. Humano, demasiado humano. Bedout, Medellín, 1982, p. 294.
(91) Nietzsche, Federico. Así hablaba Zaratustra. Bedout, Medellín, 1984, p. 182.
(92) Ibíd, p. 226.
(93) Nietzsche, Federico. Ecce Homo. Bedout, 1982, aforismo 288.
(94) Kierkegaard, Søren. El concepto de la angustia. Orbis, Barcelona, 1984, p. 19.
(95) Ibíd. Ver Abbagnano, Nicolás. Historia de la filosofía. Tomo iii, p. 168.
(96) Kierkegaard, Søren. De interpretatione. Ver Abbagnano, Nicolás. Historia de la filosofía. Tomo iii, p. 171.
(97) Kierkegaard, Søren. El concepto de la angustia, p. 20.
(98) Kierkegaard, Søren. Diarios. Citado por Demetrio G. Rivero en El concepto de la angustia, p. 7.
(99) Kierkegaard, Søren. El concepto de la angustia, p. 68.
(100) Ibíd, p. 193.
(101) Abbagnano, Nicolás. Historia de la filosofía. Tomo iii, p. 164.
(102) Kierkegaard, Søren. El concepto de la angustia, p. 66.
(103) Ibíd, p. 117.
(104) Abbagnano, Nicolás. Historia de la filosofía. Tomo iii, p. 163.
(105) Ibíd, iii, 176, 165.

Fuente:

Restrepo González, Alberto. Para leer a Fernando González. Editorial Universidad Pontificia Bolivariana / Universidad de San Buenaventura, Medellín, 1997, pp. 1-182.

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