Para leer a
Mi Simón Bolívar

Por Santiago Aristizábal Montoya

El recorrido que les propongo a continuación pretende servir de ayuda para una comprensión más completa de esta magnífica obra de antropología. No pretendo evitarles el gusto de enfrentarse por sí mismos a la lectura, sino que quisiera proponerles algunos criterios para la clarificación de su sentido que he descubierto al considerar el conjunto de la obra gonzaliana. Son, en concreto, tres elementos: su manera peculiar de plantear la antropología y la ética (en la que se incluye la estrategia de crearse un alter ego), el ejercicio de hermenéutica que hay en su filosofar, el método que emplea para su investigación, que es el emocional, y su modelo discursivo: la narración filosófica.

Pero antes de plantear esas herramientas de análisis, conviene tener un acercamiento a la superficie de la obra y ubicarla en la trayectoria biográfica de FG.

Lectura de superficie

La obra está concebida como un proyecto literario en tres partes y redactado a cuatro manos: figuran como sus autores Fernando González y Lucas Ochoa, su vecino. En la ficción creacional, González convence a su alter ego, Ochoa, de publicar este libro con el fin de conseguir fondos para que éste viaje por Suramérica, recorriendo el suelo donde el Libertador fue ascendiendo en conciencia, donde se formó su personalidad y se magnificó su egoencia. Gracias a esos viajes, Lucas Ochoa podría realizar su proyecto de escribir una verdadera biografía del libertador (MS, p. 87).

De las tres partes que componen el libro, la primera aparece como escrita por Fernando González y la segunda y tercera, por Lucas Ochoa. En la primera se presenta la biografía de este alter ego mediante el recurso de las libretas, que van presentando la dinámica de las vivencias y el esfuerzo por poseerse. La segunda parte es un ensayo de medición de la conciencia de Bolívar de acuerdo con una escala de siete grados, que va de la conciencia fisiológica a la conciencia cósmica (MS, p. 92s). La conciencia debe ser medida a través del estudio de los escritos y de los actos todos del individuo, por eso, en esta sección Lucas Ochoa transcribe y examina la Carta de Jamaica y el Discurso de Angostura, y en la tercera parte (“El hombre que se documenta”), estudia las acciones y el modo de ser de Bolívar, a través de los testimonios de sus biógrafos, usando el método emocional, para hacer que el Libertador nazca en él: “Así se irá creando en mí. Es una obra como la gestación, y de pronto pariré; la mañana menos esperada pariré al hombre suramericano” (MS, p. 229).

Situación de MS en la biografía de Fernando González

La vida literaria de Fernando González podría periodizarse en tres épocas: 1) la de formación y juventud, en la que hace parte del grupo de los panidas, escribe El payaso interior y publica Pensamientos de un viejo; 2) el período de consolidación filosófica, que va de 1929 a 1941, es decir, de la publicación de Viaje a pie a la de El maestro de escuela; y 3) la época del silencio y la madurez filosófica, en la que vive dieciocho años de mutismo literario, que rompe con la publicación de dos obras de un fuerte misticismo: Libro de los viajes o de las presencias (1959) y La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera (1962).

El periodo que nos interesa en esta ocasión es el segundo. Los años de maduración y ejercicio profesional en Colombia le permiten publicar dos libros: Viaje a pie, que es quizás su obra más conocida, en 1929; y Mi Simón Bolívar, escrito en 1930, al cumplirse el centenario de la muerte del Libertador. Lejos de ser una biografía, este libro presenta las reacciones que la figura de Bolívar produce en el investigador Lucas Ochoa, alter ego de FG. Aquí asoma un rasgo fundamental de sus obras: a González no le interesa mostrar la verdad objetiva de las cosas en un estudio de carácter científico, sino aquello que las cosas son para él al revivirlas. Por eso explica su método así: “Emocional llamamos nuestro método. Comprender las cosas es conmoverse; hasta que uno logre la emoción intensa, no ha comprendido un objeto; mientras más unificados con él, más lo habremos comprendido” (1). Aquí se revela un rasgo hermenéutico del pensamiento de González: comprender es autocomprenderse (léase en sentido gadameriano). Ello sustenta, además, la relación intrínseca entre vida y filosofía en la obra gonzaliana.

En Viaje a pie, aunque no de un modo tan consciente, también está presente esta forma de filosofar: los temas de reflexión son sus propias vivencias, emociones y preocupaciones vitales. Por citar un ejemplo representativo, en la mitad del viaje de los dos “filósofos aficionados”, escribe: “Como don Benjamín [el compañero de viaje] está triste, compusimos un ensayo acerca de la tristeza:…” (2). Y este rasgo es típico de toda la obra de FG. Acierta su admiradora, la escritora María Helena Uribe de Estrada, al afirmar que: “Para FG vivir y escribir es una misma cosa: escribe lo que vive por dentro o en la realidad; vive lo que escribe; al escribir, revive; las ganas se le transforman en vivencias; el temor y los sueños se le convierten en visiones” (3).

En 1931, probablemente gracias a su parentesco con el ex presidente Restrepo, es nombrado cónsul de Colombia en Génova, a donde se traslada con su familia en 1932. Al año siguiente deberá retirarse del cargo debido a las presiones del gobierno que no estaba dispuesto a tolerar sus críticas a Mussolini. Entonces recibe el consulado en Marsella, donde ejerce su cargo entre 1933 y 1934. Estos trabajos le permitirán vincularse con importantes literatos y pensadores de Europa y ampliar su visión del hombre, profundizar en su búsqueda de Dios y afinar sus críticas a los pueblos latinoamericanos. Los museos, las calles y los cafés europeos fueron escenario de sus más bellas intuiciones filosóficas. En el viejo continente concluye su estudio biográfico sobre el dictador venezolano Juan Vicente Gómez, abundantemente documentado sobre la historia de Venezuela, que publica en España bajo el título de Mi compadre. Animado por su asidua contemplación de esculturas clásicas y renacentistas, produce un libro sobre el arte y la cultura occidentales: El Hermafrodita dormido. Este largo distanciamiento también intensifica su conciencia de suramericano solitario, que debe vivir como desterrado porque sus búsquedas no son comprensibles para sus contemporáneos. Esto lo lleva a escribir Don Mirócletes, publicado por Le Livre Libre, en París. Y finalmente, de sus amores filosóficos con Tony, la niñera de sus hijos en Marsella, se gestará su obra de mayor penetración en la condición humana: El remordimiento. Su estancia en Europa le permitió empaparse aun más del deseo de sublimidad y trascendencia, en las fuentes de la cultura clásica. Por eso, al notificársele su destitución del cargo, escribe: “Mejor era quedarnos por aquí. Podríamos ser buenos. (…) Estoy seguro de que en Las Palmas no podremos ser buenos. (…) Definitivamente, allá no humea la especie humana. ¡Yo quiero que me canonicen!…; ¡yo me quedaré!” (4).

Pero no se quedó. A su regreso a Colombia vivió su época más fructífera y de mayor compromiso intelectual, publicando El remordimiento (1935), Cartas a Estanislao (1935), Los negroides (1936), la revista Antioquia (diecisiete números entre 1936 y 1945. Allí está incluida la novela Don Benjamín, jesuita predicador) y El maestro de escuela (1941), última obra de este período, tras la cual se encierra en una época de silencio filosófico, interrumpido sólo por sus proyectos y escritos políticos. Así termina este período de consolidación de su pensamiento, con la aparente muerte del filósofo, después de haber vivido su época de mayor esplendor, donde quedaron definidas las líneas fundamentales de su filosofía: los principios del método emocional, la conexión de la reflexión con el mundo vivencial, su insistencia en la vida filosófica, el empleo de los alter ego y su preocupación por manifestar lo auténtico del ser latinoamericano.

Mi Simón Bolívar como tratado de antropología y ética

La filosofía de González tiene dos salidas prácticas: por un lado es para el autor un exorcismo, una confesión (5) que necesita hacer para expresar e interpretar simultáneamente sus vivencias pasionales y ascender en conciencia; por otro, la reflexión filosófica le descubre principios morales para aumentar su egoencia, dominarse, alcanzar la vita beata y llegar a morir alegremente.

Esta ética gonzaliana no es axiológica sino teleológica, es decir, no se funda sobre unos valores determinados sino sobre lo que concibe como fin último del hombre, esto es, la manifestación de la diversidad latente en cada uno. La reflexión filosófica va ordenando la vida a ese fin mediante métodos, reglas que ayuden a la contención y desarrollo del yo. En esta perspectiva, se pregunta: “¿Cómo se consigue manifestar por canales abiertos, sin embolias, la individualidad? Mediante métodos” (6). Y expresa así su imperativo moral: “Debemos cumplir las tendencias latentes en nuestro ser” (7).

Tal modo de vida, conducido por los principios de la razón, constituye la vida filosófica, que es vivir liberándose de las mentiras, concienciándose para llegar a captar la Intimidad, y haciendo de la existencia una lucha creadora de verdad, justicia y belleza.

Me odio mucho en cuanto soy persona, o sea, odio y lucho contra mis instintos. No he logrado aprobarme un solo día. Nada de lo que hice me parece bien. Es otra la vida que quisiera para mí. Quiero ser otro. Padezco, pero medito. Tengo abundancia de instintos.

Vivo pues, como hombre moral, en lucha conmigo mismo, derrotado casi siempre; hace cuarenta años que vivo derrotado, en angustia, amando a un santo que yo podría ser y siendo un trapo sucio; llamando a Dios y oliendo las ropitas de Toní. En realidad, soy un enamorado de la belleza, pero también hombre que persigue a las muchachas, que piensa a lo animal, etc., 99% hombre vulgar. Apenas sí de vez en cuando puede mi alma mirar con hermosos ojos verdes a través de la inmundicia de mi conducta (8).

A FG le interesa más esta vida filosófica que la filosofía misma, simple medio para alcanzarla. “Vivir filosóficamente” es perseverar en la disposición de buscar en todas las experiencias la verdad y defenderla. Por eso, quien vive filosóficamente se torna incómodo e incluso amenazante para la sociedad, porque denuncia las falsaciones e increpa a otros a no soportarlas. Por actuar filosóficamente y por decir la verdad que iba descubriendo en la dictadura de Mussolini, el régimen fascista obligó a suspender a FG de su consulado en Génova. Asimismo, sus críticas e ironías contra la política colombiana le merecieron el desdoro de su nombre en el ámbito público. Muchas veces, instigado por el dolor que produce la vida a contracorriente, se ve tentado a actuar como lo que tanto ha criticado:

Esta derrota me ha hecho recuperar la razón, como la agonía a Don Quijote: Ahora sí; ahora me entregaré a dar dinero en mutuo al veinte por ciento mensual. Ya estoy curado; ya soy amigo de Alfonso López y usaré el escudito que me mandaste y que tiene el retrato de Laureano [Gómez]. Ya soy un joven que promete (9).

Sin embargo, a pesar de todo, logró mantenerse fiel a su lucha por actuar conforme a la verdad. En síntesis, “vivir filosóficamente” supone reaccionar con reflexión filosófica a todo fenómeno de la existencia (“Padezco pero medito”, dice FG) y actuar de acuerdo con la verdad descubierta. Por lo tanto, vivir así es perseverar en la búsqueda incesante de algo que nos instiga tras los fenómenos. Al respecto, señala: “Estaba muy afanado interiormente, buscando una cosa que parece que se me perdió desde que nací y que no sé qué será…” (10). La razón para entregarse a la vida filosófica es que ésta conduce al hombre a la beatitud (11) (en esto coincide FG con la percepción de la ética como camino al eudaimonismo, frecuente en la tradición filosófica). En la historia del occidente cristiano se ha relacionado la felicidad con la santidad, y justamente la palabra beato reúne ambos significados, hace referencia al que llega a la felicidad por vía de santificación. Cuando FG presenta al hombre como un ser en búsqueda, sugiere que el término de todo anhelo es Dios, bajo las diversas manifestaciones en que lo captamos (verdad, bondad y belleza) y como la Intimidad absoluta (12), que es la fuente de toda alegría, de acuerdo con la definición que propone: “Perfeccioné mi definición de alegría: ES EL PRESENTIMIENTO DE QUE YA SE VA A ENCONTRAR UNA COSA QUE NO SABEMOS Y QUE LLAMAMOS DE MUCHOS MODOS” (13).

Ser beato es descubrir a Dios en los acontecimientos de la existencia y es la superación de las pasiones, no por su negación sino por el ascenso en conciencia. Por eso, según FG, “Tenemos el derecho de gozar de todos los instintos, para sentir el dolor que causa el goce y llegar así, poco a poco, a la beatitud. Ésta consiste en estado de conciencia no sujeto al tiempo ni al espacio” (14). Entonces el análisis de lo vivido pasionalmente sirve para hallar lo más originario del yo: la divinidad que lo funda. (Para FG el hombre es manifestación, fenómeno de Dios). “Una vez confesada una vivencia con honradez absoluta, se presiente la Intimidad. (…) Hallar la intimidad en cada instante de su vida es vivir bien y es el cielo” (15). Ésta es la beatitud que el filósofo goza en vida y que le permite morir alegremente. En efecto, la filosofía es preparación para la muerte. Sólo podrá morir bellamente quien haya amado mucho la vida y la haya vivido liberándose y autoexpresándose, pues “el fin de la vida es adquirir capacidad de morir alegremente” (16) y la filosofía es medio para lograrlo. Quien no se ha conocido (concienciado) ni ha desplegado su egoencia, no ha vivido.

En esto último es en lo que más insiste la ética gonzaliana. Personalidad, egoencia, autoexpresión, fuerza vital, son todos términos que denotan la manifestación de lo que cada hombre es originariamente, esté desarrollado ya o permanezca aún en latencia. Para dar salida a toda la vida del yo, es preciso liberarlo de complejos y embolias adquiridos durante la educación o heredados de la familia y la cultura, que aparecen como hábitos o reacciones ejecutadas inconscientemente o en contra de las determinaciones conscientes, en virtud de su fuerza intrínseca. Para liberarse de ellos, FG propone frecuentemente métodos de contención y de concienciación, que pueden apreciarse especialmente en sus libretas. He aquí un ejemplo de su alter ego Lucas Ochoa intentando perfeccionarse:

Tu ley y tu moral serán estas:

1º No abusarás de nada,

2º No correrás, y

3º No desearás (17).

FG se llama a sí mismo “predicador de la personalidad” (18) y dedica muchas páginas de reflexión filosófica a este tema, estudiándolo con predilección en el campo biográfico. Hay hombres cuya personalidad excita a González, tanto porque le despiertan deseos de acrecentar su personalidad como porque le sirven para afinar sus conceptos psicofilosóficos. Estos personajes son Bolívar, Juan Vicente Gómez, Santander y, en menor grado, Mussolini. Sólo admira íntegramente al primero; los otros le resultan interesantes apenas por la forma como orientaron su fuerza vital a un fin. Pero el principal filón de su estudio de la personalidad es él mismo. Se observa así como el entomólogo vigila el coito de los insectos, hace anotaciones de lo que experimenta, reconstruye la historia de sus complejos e intenta repararlos. El libro modelo en esto es El remordimiento.

En esta labor de introspección utiliza en ocasiones un recurso sui generis: desdoblarse en personajes que actúan como su alter ego. El mismo FG lo explica así:

Se trata de un invento para autocapturarnos psíquicamente en flagrante: objetivarnos. Con la introspección logramos hacerlo, pero como antes sucedidos; los actos ya sucedieron cuando tenemos conciencia de ellos. Se logra apenas producir el remordimiento. Se trata ahora de un invento que permite al hombre estudiarse como actual (19).

El autor crea un personaje, vierte en él sus características y obsesiones (incluso las que ha procurado mantener ocultas) y lo hace actuar imaginariamente, confrontándose continuamente con él. El supuesto que justifica tal procedimiento es que “La creación de un personaje se efectúa con los elementos que están en el autor, reprimidos unos, latentes, más o menos manifestados, otros. (…) La creación artística es, en consecuencia, la realización de personajes que están latentes en el autor” (20). Evidentemente este método carece de valor científico por tratarse de un artificio literario, siendo absurdo pretender hallar verdades sobre la personalidad mediante la descripción de una ficción; pero sí ofrece un conocimiento del “lado oculto” del autor, de las potencias y complejos psíquicos latentes en su personalidad. (Semejante método es perfectamente válido en la lógica de FG). Además de concienciarse, el desdoblamiento en un alter ego le permite transgredir la terrible limitación de ser de un solo modo, angustia que lamenta desde su juventud (21). En fin, el imperativo moral es autoexpresarse, es decir, mostrar lo que cada uno es. Ésta es la teoría de la personalidad: “Que cada uno viva su experiencia y consuma sus instintos. La verdadera obra está en vivir nuestra vida, en manifestarnos, en auto-expresarnos” (22).

El ejercicio hermenéutico en MS

La filosofía de FG cumple una función hermenéutica porque es comprensión de los fenómenos vivenciales mediante una metodología propia y bien fundamentada que intenta llegar a lo originario de la vida y de la historia. El procedimiento hermenéutico está centrado en la unificación con el objeto de la interpretación. Progresivamente debe revivírselo en la conciencia, en un proceso continuo de ir al objeto para documentarse de él y volver a la conciencia para armar en ella su imagen viva. De tal circulación de ideas y sentimientos va surgiendo la representación, como si naciera un organismo viviente. Entonces se está listo para analizar ese objeto aprehendido (subjetivado) e interpretarlo, buscando en él las leyes que presidieron su devenir o determinan su modo característico de existir y, tras ellas, va figurándose la alusión a una realidad más originaria que los existentes: al Ser detrás de los fenómenos. Por eso, la hermenéutica de FG termina siendo una interpretación del Ser en el existir, es decir, en los fenómenos, y prepara el terreno para que aparezca su metafísica.

Un objeto de comprensión en la función hermenéutica son las biografías históricas (23). Aquí es innovador FG, pues se aleja del estilo biográfico restringido a la exposición de hechos encadenados y emprende biografías que interpretan los acontecimientos para hallar en ellos la fuerza del devenir que hizo posible la existencia del personaje, ya que los protagonistas de las gestas históricas no son más que manifestaciones del devenir: “Los hombres intervienen en la historia como manifestaciones de la latencia, de lo que subyace y brega por manifestarse” (24). Es necesario describir los actos del biografiado como indicadores que señalan su motivación: ¿Qué devenir urgía para que sucedieran estas cosas o surgiera tal personaje? (25) Se trata de un devenir totalizante que guía la historia, según expresa FG: “Nuestro deber es averiguar por qué ha obrado [el personaje biografiado]; qué relación tiene con Dios. Hay un principio que debe guiar al filósofo detective: LOS SUPERHOMBRES SON LLEVADOS COMO LOS NIÑOS, DE LA MANO; LOS LLEVA UNA FUERZA OCULTA” (26). Conocer la historia como proceso con una dirección precisable, permite vislumbrar el futuro, pues en tanto que el devenir es continuo, los hechos históricos revelan la tendencia que preside la historia y dejan así entrever el porvenir.

Las biografías no tienen pretensión de ser científicamente objetivas; no revelan al personaje en sí, sino a su representación en el autor: “Una biografía no es otra cosa que las reacciones que los hechos y pensamientos de un hombre producen en el que los contempla” (27). Por eso se recurre al método emocional, que permite al sujeto cognoscente dialogar imaginariamente con la representación que se forma del objeto, describiendo al mismo tiempo el objeto y las reacciones que suscita en el sujeto, hasta llegar a la unificación o conocimiento vivo, por conmoción, que es la capacidad de verse a sí mismo representando al objeto, es decir, que por el conocimiento de los “hilos madres de su psicología” (28), el personaje quede representado, vivido en la mente del investigador:

Al detenerse el tranvía, me di cuenta de que venía conversando con Bolívar. Está dentro de mi alma, metido en mis deseos, pasiones e ideas y hay una lucha terrible. ¿Será la brega poderosa de mi subconciencia por asimilárselo? ¿Triunfarás tú, hombre inquieto, hombre de a caballo, dominante? ¡Cuán hermosa su vida, cuán unificada! ¡Pero no me vencerá! ¡Vete, genio, a mi subconciencia!; ella te elaborará, te revivirá.

(…) Así echaré a Don Simón delante de mí por calles, plazas y montes y yo iré detrás, animándolo y comparándome con él (29).

Para que vaya gestándose el personaje en el subconsciente del autor y luego pueda emerger a la conciencia, es necesario un largo proceso de documentación, acercándose a él por todas las vías de acceso: sus escritos, las biografías, los lugares que frecuentaba, los campos por donde recorrió, sus retratos… y también debe escucharse lo que dicen las personas en el presente acerca de él, pues esa representación post-mortem señala también la dirección que llevaba el devenir en su vida y que sigue manifestándose en la idea que de él se han formado sus herederos.

De este modo el autor, asimilándose los rasgos esenciales del personaje, adquiere toda su belleza y energía vital, como ocurre con Simón Bolívar: “Y ahora no me interesa sino el Libertador. Desde hace días estoy sentado a su puerta y no la abandonaré hasta que me entregue toda su grandeza y el secreto de su actividad” (30). Pero si se trata de un “falso héroe”, la biografía tiene el deber de desenmascararlo, no para mostrarlo como culpable, sino para comprender las fuerzas del devenir que originaron su aparición mistificadora. En ambos casos se trata de comprender la historia y ampliar la conciencia por el conocimiento vivo, buscando en el biografiado un maestro, pues lo es todo hombre “que haya pasado por el infierno y por las siete soledades” (31).

El método emocional

Lo que FG llama método emocional, no es propiamente un conjunto de reglas para dirigir el pensamiento y llevarlo a un conocimiento seguro, sino unas reglas espirituales para ascender en conciencia y ampliar la personalidad apoderándose de la belleza y fuerza vital de los seres, que son comprendidos por conmoción cuando el sujeto se compenetra con ellos. Sin embargo, aunque la finalidad del método vaya más allá de la razón, el desarrollo de la comprensión es un proceso filosófico, regido por dos principios:

El principio fundamental es que conocer es conmoverse. Comprender es asimilarse los objetos de estudio hasta hacerse uno con ellos y sentir con ellos; es un conocimiento por conmoción: unificarse con los objetos mediante la homologación de las emociones. Esta idea se funda en el deseo de apropiarse de la belleza (energía) de las cosas y de los seres, que, en el fondo, es el deseo de unirse con Dios, manifestado en la bondad y belleza de los fenómenos. Así es posible identificarse con los demás seres: “La intuición, saber algo porque ese algo es ya uno mismo, es un juicio de identidad”. “Hay viajes a los mundos de cada semejante, y entonces, luego de trajinar por sus vidas, obras, ambientes, etc., se produce la identificación”, que permite decir: “Viví el mundo de Schopenhauer, el mundo de Pablo de Tarso, el mundo de Platón…” (32).

El segundo principio es el del conocimiento vivo: sólo puede saberse realmente lo que se ha vivido. No es real el conocimiento por referencia. Puede que se trate de ideas verdaderas, pero no alimentan el espíritu si no han sido experimentadas. Hay fenómenos que no pueden experimentarse directamente, como los acontecimientos históricos. Esos deben revivirse en la conciencia, documentándose hasta sentirlos vivos, hasta sentir emociones por esa historia. “Nadie podrá decir que así no es, cuando yo sienta que está viva” (33).

El método emocional es postulado por FG en 1930, en la Introducción de Mi Simón Bolívar; sin embargo, la idea de la conmoción como vía de conocimiento aparece sugerida ya en Pensamientos de un viejo, aunque aún no hablaba propiamente del método, que apenas estaba en gestación. Escribe allí que un sabio, viendo a un mendigo exhibir su espantosa llaga, dice a sus discípulos:

El contento de ese mendigo es tan grande cuando logra despertar en alguien la compasión, es decir, cuando consigue igualar a otro con él, como grande es su tristeza en los momentos de desconsuelo. Y tú juzgas el sufrir del mendigo, conforme al sufrimiento que esa llaga te produciría a ti… Juzgas las cosas, sirviéndote de criterio tu propio ser… (34)

En las obras biográficas es empleado explícitamente el método emocional; en las demás aparece como guía tácito de la relación filosófica con los fenómenos. En Mi Simón Bolívar es expuesto así: “Comprender las cosas es conmoverse; hasta que uno logre la emoción intensa, no ha comprendido un objeto; mientras más unificados con él, más lo habremos comprendido” (35). Y cuatro años después, en Mi compadre, se expresa de esta forma: “Revivir la historia hasta sentir que se organiza e inerva, tibia como lo está mi mano. Nadie podrá decir que así no es, cuando yo sienta que está viva. ES VERDAD, PUESTO QUE VIVE”. En el primer texto el énfasis está en la identificación o conmoción, mientras que en el segundo se pone en la vitalidad del conocimiento. No es que FG haya cambiado el método, sino que resalta en cada obra uno de los dos principios del método, esenciales y complementarios. En Santander muestra cómo se entrelazan: “Usaremos nuestro método, el emotivo: revivir la historia por el procedimiento de la autosugestión” (36). En efecto, a la unificación se llega por la autosugestión, que consiste en crear el objeto en la propia conciencia, reviviéndolo mentalmente. Se observa que el proceso de conocimiento para González es una subjetivación del objeto: no podemos conocer lo que está afuera, lo que es diferente a nosotros; es necesario traerlo a la conciencia, convertirlo en vivencia y hacer que nos produzca emociones (conmoción), pues el conocimiento no comienza por la razón sino por la sensibilidad.

Aquí hay otro punto delicado de FG: Pretende obtener verdades de un ejercicio imaginativo, aunque lo defienda argumentando que el hombre puede hacerlo en virtud de su condición de cumbre de la evolución, que lo convierte en centro del universo y lo hace contenedor de todas las formas inferiores a él. También sostiene que todos los hombres están en cada hombre en virtud de la sustancia única. Hay coherencia interna en estos planteamientos, pero parecen absurdos vistos desde otras perspectivas filosóficas e incluso desde el sentido común. Alberto Restrepo defiende el método emocional arguyendo que no es empleado para crear conceptos sino para captar la energía y belleza de todos los seres del universo (37), pero esto no lo exime de la desvinculación de la realidad por el uso de la imaginación. ¿Y no se arriesga con ello a caer en la mentira que tanto rechaza?

Modelo discursivo: una filosofía narrada

En las obras de González se reconocen tres modelos discursivos alternantes: el aforístico, el argumentativo y el narrativo, que es el que predomina en la obra que nos ocupa.

El modelo narrativo consiste en la expresión del pensamiento como acontecimiento fundado en los acontecimientos de la vida y permite mostrar el origen de las ideas en las vivencias. FG lo utiliza en todas sus obras (excepto en Una tesis), de manera especial en Viaje a pie (ahora como forma externa), Mi Simón Bolívar, Don Mirócletes, El Hermafrodita dormido, las dos primeras partes de El remordimiento y el Libro de los viajes o de las presencias. Esta filosofía narrada está profundamente ligada en su origen al ejercicio de las libretas, pues no es otra cosa que la expresión literaria de las vivencias del autor (o composiciones imaginarias a partir de ellas) y de las meditaciones que le suscitaron, a través de personajes literarios. Es la realización discursiva de su principio vital: “Padezco, pero medito”. Este modelo discursivo crea un universo de referencia para el pensamiento y establece así las condiciones de posibilidad del filosofar de FG al presentarle su vida como relato, objetivando la vivencia; y a su vez sienta las bases que posibilitarán la comunicación de lo pensado, de los conceptos que se intenta precisar para captar la vivencia, pues por medio de la conmoción que causa la literatura, conduce al lector a compartir el horizonte de comprensión vivencial del autor. Gracias a este artificio, nosotros, los lectores de las obras de González, lo suplantamos: hacemos nuestras sus vivencias y sentimos, por eso, que los pensamientos leídos van fluyendo naturalmente, como si los pensáramos nosotros. Es el método emocional dirigido hacia nosotros, para que nos unifiquemos con FG. Entonces, somos nosotros quienes olemos las ropitas de Tony y nos acostamos en su cama para ver cómo quedamos; somos quienes ascendemos al Nevado del Ruiz y nos dejamos mecer por las aguas salobres del Pacífico; somos los que perseguimos la figura del Libertador para que se geste en nosotros; y somos los atisbadores de agonías y de muchachas, que nos sentimos morir de dicha al presentir la Intimidad. Por este mecanismo, González nos hace pensar que sus ideas son verdaderas, pues explican la vida que tenemos delante (la suya). El criterio de verdad está en que las ideas correspondan con lo observado y sentido en la vida, es más, que surjan de ella como secreciones: que sean pensamiento vivo. Pero FG no nos deja por mucho tiempo en su mundo (sería un contrasentido). Nos arroja en brazos de nuestra propia vida, como diciéndonos: “Ahora, hazlo tú”. Por eso son necesarios sus exhortaciones y apóstrofes a los lectores y sus tomas de distancia en que se recuerda a sí mismo, y nos recuerda que él está solo en su camino y que cada uno debe abrir su propia brecha, que él no es pastor, sino creador de solitarios (38).

Notas:

(1) Id. Mi Simón Bolívar (MS). Medellín: UPB, 1994. p. 7.
(2) Id. Viaje a pie (VP). Bogotá: Tercer mundo, 1967. p. 59.
(3) URIBE, María H. Fernando González: el viajero que iba viendo más y más. Medellín: Molino, 1998. p. 9.
(4) Cartas a Estanislao, p. 67.
(5) Cf., por ejemplo, R, p. 27: “Tanto me confesé donde los jesuitas que si no lo hago ahora, me extingo. Mis lectores reemplazan hoy al Padre Mairena y, curioso, en uno y otros he hallado incomprensión. Pero ambos han sido instrumentos y nada importa que no entiendan: la cuestión es confesarse”.
(6) Id. Don Mirócletes (DM). Medellín: UPB, 1994. p. 20.
(7) Id. Revista Antioquia (A). Medellín: U de A, 1997. p. 217.
(8) R, p. 104.
(9) CE, p. 178 (es la última carta que dirige a su amigo Estanislao Zuleta Ferrer, el 27 de mayo de 1935).
(10) R, p. 54.
(11) “Lo único que vale es la beatitud, es decir, que la conciencia esté contenta, que se apruebe”. Nótese la relación entre filosofía y santidad: “El beato vomita al pensar en los hechos que constituyen ‘la gloria’. Por eso ‘sólo Dios conoce a los verdaderos santos’. (…) La vida filósofa o beata no tolera compromisos. Estos son del político. El filósofo trasciende las apariencias” (A, p. 341).
(12) La idea de un Dios que habita en el interior del hombre es de cuño evidentemente religioso (recuérdese el “intimior intimo meo” de san Agustín), pero FG la eleva a categoría filosófica, proponiendo acceder a Él no mediante la oración sino por la introspección racional.
(13) R, p. 54. (Las mayúsculas son de FG).
(14) R, p. 25.
(15) LVP, p. 163.
(16) R, p. 31.
(17) MS, p. 73.
(18) N, p. 14.
(19) Id. El maestro de escuela (ME). Bogotá: Norma, 1998. p. 20.
(20) DM, p. 5.
(21) Es el problema del límite, que ya aparece en PV: “Considera la infinidad de vidas posibles, y luego, considera que tú no podrás ser sino de un solo modo, que no podrás ser sino una de esas vidas y caminar por uno del infinito número de senderos que existen… (…) El límite me entristece…” (PV, p. 87). 
(22) N, p. 15.
(23) Aunque en estas biografías de personajes históricos usa algunos elementos del mismo método que emplea en la creación de sus alter ego, no conviene estudiarlas juntas, porque la intención con el personaje imaginario es conocerse, mientras que en la biografía histórica busca comprender un fenómeno social observando cómo lo vivió un personaje real. 
(24) S, p. 9.
(25) “Mi finalidad es apoderarme de su significación cósmica. Debo advertir que la patria no me importa metafísicamente” (MS, p. 238).
(26) Id. Mi compadre (MC). Medellín: Bedout, 1970. p. 162. (Mayúsculas de FG).
(27) MS, p. 10.
(28) MS, p. 236.
(29) MS, p. 234 y 238.
(30) MS, p. 85.
(31) N, p. 125.
(32) LPV, p. 209 y 211.
(33) MC, p. 9.
(34) PV, p. 30.
(35) MS, p. 7.
(36) S, p. 24.
(37) RESTREPO, Alberto. Op. cit., p. 342s.
(38) Cf. R, p. 35-41.

Fuente:

Conferencia en Otraparte, abril 22 de 2010.

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