Pisando la sombra de un martes veinticinco de agosto: ciento doce años del viaje a pie de Alfonso González Ochoa
Por Simón González Ticora
Un viejo lobo, hermano mayor de los González Ochoa
Alfonso «el Profesor» González Ochoa nació el trece de marzo de 1892 y falleció el veintidós de enero de 1941. Hijo de Daniel González Arango y Pastora Ochoa Estrada, fue el primogénito de los hermanos González Ochoa, hermano mayor así del maestro Fernando González Ochoa. Su vida se movió entre el arte, la política y la empresa.
Hombre sensible y espiritual, elegante y sociable. Son bien transmitidas anécdotas de su vida, como cuando se ofreció ser «profesor de inglés» y así enamoró ―sin saber inglés― a Laura Jaramillo Uribe, con quien se casaría a escondidas de su suegro, el terrateniente Luciano Jaramillo Jaramillo. Fue alcalde de Manizales entre 1931 y 1932, liberal como su parentela, disputándose ferozmente proyectos para la ciudad con el concejo municipal conservador. Comerciante de obras de arte, se cuenta todavía que una casaca de Simón Bolívar o un tocador de Manuelita Sáenz estuvieron entre los elementos que pasaron por sus manos. Su anticuario en Manizales, el Salón Venecia, fue destruido en el incendio de 1926. Más tarde se radicaría en Bogotá, marcando el primer antecedente para el nacimiento de la línea de los «González de Bogotá». Allí abrió su anticuario Antiques y, en medio de los acontecimientos del nueve de abril de 1948, se dice que rompió los vidrios de su propio local para que la turba furiosa que protagonizó El Bogotazo pensara que ya había sido saqueado. Un año más tarde, a ese viejo lobo ―como bien sugiere la etimología de su apellido Ochoa― lo encontraría la muerte.

Alfonso González Ochoa, 1918.
Fuente: Archivo familiar.
Alfonso fue, por sobre lo demás, todo un hermano mayor, algo así como un segundo padre para su camada. Facilitó la primera publicación de varios de los primeros libros del Brujo de Otraparte, asumiendo quizá el trágico rol de publicista que aterró tanto a Fernando o Lucas de Ochoa, no sin poner el ojo sobre estos textos y hacer sugerencias para su forma final. Esto generó discrepancias entre los dos hermanos. Sin embargo, esto no tuvo que ver ni ofuscó el amor profundo y mutua admiración que entrambos se tuvieron. En una carta de 1949 que Fernando le escribió a Laura Jaramillo Uribe, al enviudar por la muerte de Alfonso, este le dice: Bendito sea Alfonso, mi padre y hermano, el autor de lo bueno que hay en mí y en mi camino. ¡Bendito sea el grande la familia, el que todos admirábamos y esperábamos!
Los sentimientos del Profesor no eran diferentes hacia el Brujo. Más allá de sus posiciones estilísticas y quehaceres disímiles, pensaban y sentían de forma semejante, y lo diría Alfonso mismo en una carta a su hermano Fernando en 1932: Eres, definitivamente, mi filósofo predilecto… Una pasión los unía, los caracterizaba y marcó mutuamente la vida del otro, de sus demás hermanos, y de sus descendientes: la escritura. Los diarios de viaje de Alfonso González Ochoa son texto rector dentro de su propia familia y siguen hoy inspirando a las generaciones que siguieron.

Jorge, Alberto, Fernando y Alfonso González Ochoa con su padre, don Daniel. Fuente: Archivo familiar.
Bélgica, la Gran Guerra y el bisnieto
Dentro de sus historias, ha podido aprenderse que Alfonso también sintió el viaje con su cuerpo y espíritu. A sus veintidós años, viajó a Europa para realizar su objetivo de estudiar veterinaria en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica. En su diario para aquel momento de su vida, iniciado en París el miércoles primero de abril de 1914, describió sus vivencias pasando por las ciudades europeas, cómo era su vida en la antigua ciudad de Lovaina y cuando fue a estudiar francés en el pueblo de Halma. Allí, Alfonso se enteró de la crisis diplomática entre los países europeos, supo del asesinato de Jean Jaurès, quien Alfonso hasta su vida adulta reconoció como su maestro intelectual, y lo sorprendió el estallido de la Primera Guerra Mundial. Narró Alfonso en su diario de la época:
[…] A la una de la mañana comenzaron a sonar las campanas de la Iglesia inesperadamente, brutalmente; salí a la calle pensando en un incendio. Todo el pueblo estaba de pie, hombres y mujeres… y no se oía otra voz que ¡La guerra! ¡La guerra! Bélgica acaba de declarar la movilización general del ejército. —Sábado 1.º de agosto de 1914.
Alfonso consignó lo que empezó como reflexiones y nostalgias en torno a vivir lejos de su hogar envigadeño, conocer el amor en un país foráneo, decantar los nuevos paisajes culturales y extrañar amargamente su gente en Suramérica, para luego, y sin buscarlo, narrar una crónica de supervivencia a medida que veía su vida y proyecto en Europa, con sus lugares y personas, sucumbir. Con Halma invadida y su mundo allí arrebatado, le urgió entonces escapar de los fusiles alemanes, con documentación falsa, para refugiarse en Bruselas. Empero, este nunca pudo olvidar a Lovaina, su ciudad universitaria, el centro de su proyecto de estudios y vida en Europa. Así, decidió ir a buscarla, a su añorada Lovaina, en medio de la distopía, regalando a las generaciones la siguiente y definitiva entrada de diario:
Después de la larga lucha con miles de preocupaciones e ideas diferentes me resolví a salir para Lovaina, sin hacer caso de los rumores callejeros. Iba en busca de mi ropa, mis libros y mis papeles más queridos. Salí a las siete de la mañana, muy resuelto, en bicicleta que me prestó Dimitri Gamalinoff. A pesar de que llevaba pasaporte de las autoridades belgas y de las tropas alemanas, me quitó un soldado la bicicleta cinco kilómetros antes de llegar. Continué a pie; mil metros antes de la ciudad comencé a oír estruendo de cañones y tronar de ametralladoras. La carretera estaba desierta. Miré al cielo y comprendí todo el horror de la tragedia. Lovaina estaba incendiada. En las nubes se reflejaban las llamas. Continué sinembargo y al entrar a la ciudad fuí arrastrado por un torrente de treinta mil personas que huían en todas direcciones. Los gritos más pavorosos me despedazaban el alma. Las calles se cubrían de cadáveres destrozados. La multitud pasaba sobre cuerpos calientes de mujeres y niños; los cañones rugían a poca distancia contra los escombros de las universidades y de las iglesias. Instintivamente sin darme cuenta de nada más, emprendí carrera para Bruselas a donde llegué a las cuatro de la tarde, descalzo, sin sombrero y con los pies y el corazón despedazados. —Martes 25 de agosto de 1914.

Panorama de Lovaina, 1914.
Fuente: Archivo familiar.
En 2022, ciento ocho años después de lo acaecido, un bisnieto del Profesor, un pequeño lobezno autor del presente escrito, haría estudios de un semestre en Bélgica. Emprendí este viaje a la misma edad que Alfonso lo hizo, fui a estudiar (en) francés al igual que él, y nuestros romances serían con las Lovainas: él, con Lovaina, la Vieja, y yo con Lovaina-la-Nueva, la hermanita menor de la antigua ciudad que aún no existía en los tiempos de Alfonso. En Lovaina encontró Alfonso la crisis de la Gran Guerra; yo, por mi parte, viviría el cierre de la Pandemia de covid-19 y el inicio de la invasión rusa en Ucrania. Dichos paralelos me tuvieron haciendo, con el diario en mano, unas primeras correrías por Bélgica recogiendo los pasos de mi bisabuelo: en Bruselas, en Lovaina, hasta en Halma, que de aquí hace un siglo no ha cambiado «ni un pitín». Manzana por manzana, calle por calle, casa por casa. Inclusive entré al entonces convento del que Alfonso decía que robaba flores para enviar en sus cartas a Colombia, e hice mi propio «viajecito a pie» inspirado por Alfonso, de Lovaina-la-Nueva a Waterloo, acompañado por mis amistades en el momento de la locura, porque nada más loco que llegar a clase a desplegar un mapa y decir: Me voy a Waterloo a pie, ¿vienen conmigo?

Iglesia y casa cural de Halma, 1914.
Fuente: Archivo familiar.

Iglesia de Halma, 2022.
Fuente: Foto del autor.

Casa cural de Halma, 2022.
Fuente: Foto del autor.
El reencuentro con Lovaina: origen y metodología de un viaje ritual
Ahora, en la primera mitad del presente año, recibí la carta de admisión para estudiar nuevamente en Bélgica, luego de que se me cayera el plan de estudiar en Brasil. Tal como se le notificó a Alfonso de su recibimiento en el mismo país, a pesar de que sus planes miraban hacia Chile. Mi admisión ha sido para estudiar una maestría en Antropología Social y Cultural en la Universidad Católica de Lovaina, la de Lovaina la Vieja, la Lovaina de Alfonso. Desde mi recepción de la carta mientras iba a visitar a la descendencia del Brujo de Otraparte en Antioquia y reunir a varios troncos de la antigua familia González Ochoa, he sentido que estamos destinados Alfonso y Simón, como bisabuelo y bisnieto en un proyecto juntos, a retomar los estudios del primero, interrumpidos por la Gran Guerra hace ciento doce años. Y algo me dijo que tenía que hacer un viaje, un viaje a pie, uno en el que una sombra se encontraría delante y me estaría esperando.
Cuando viví en 2023 entre los paisanos yukuna y matapí del Mirití-Paraná, Noroeste amazónico, recuerdo que, mientras jugaba con los yuwaná, es decir, con los niños de estas comunidades, estos no podían con su curiosidad por mi extrañeza: me tocaban los crespos, peinaban, palpaban mi piel de kariwa («blanco») y voltearon mi pie hacia arriba para observar su planta. Fascinados, al palpar la planta de mi pie, solo dijeron que tenía pie de kerá, es decir, de recién nacido. Han pasado tres años y no dejo de pensar en ese comentario.
La afirmación de los yuwaná es, de por sí, algo nadaísta. Gonzalo Arango dijo en su manifiesto de 1958 que tenía veintiséis años y todavía no había nacido. El Brujo de Otraparte comentaría sobre esto que aquella se trataba, en efecto, de su última oportunidad. Yo mismo estoy en la víspera de mis veintiséis años y, al parecer, a duras penas ando naciendo, o no, y mis pies no son caminados, a pesar de todos mis caminos. Ante mi nueva presencia en Bélgica recogiendo el viaje a pie de Alfonso González Ochoa, mi bisabuelo, he sentido que a mí también me queda una última oportunidad, para que nazcan mis pies, y quizá algo más. ¿Cómo vas, cómo andas, cómo marcha la cosa?, preguntamos con algo de ingenuidad. No sé si voy bien, pero espero ir.
No cualquier viaje, empero, nos pare los pies. El lobo Alfonso fue forzado a caminar descalzo, sus zapatos eran con seguridad mercancía en tiempos de guerra. El soldado ha de aprender a cuidar y mantener secas sus botas, de lo contrario afectará sus pies en las largas y húmedas caminatas y se verá obligado a abandonar su calzado, lo cual puede ser aún más devastador. Alfonso intercambió un martes veinticinco de agosto tal vez su bien más preciado en medio del conflicto, su calzado, por un mejor bien espiritual: materializada en unos pies callosos, un alma recién parida.
Este es el viaje a pie descalzo de Alfonso, caminado por su bisnieto con sus propios y cándidos pies, y contado aquí luego de haber acaecido, a voz propia.
Este viaje que he emprendido no ha sido actividad física ni deportiva. Para este no hubo entrenamiento ni calentamiento. No se buscó un viaje puramente «divertido». No hubo ni bicicleta, ni audífonos, ni bloqueador solar, ni antitranspirante, ni rutas claras. Solo hubo un sombrero, unas mochilas para la cámara y la billetera, algo de merienda y, de a ratos, un par de zapatos. Este viaje a pie ha sido con incertidumbre y angustia, pero también con la certeza vital de que había que hacerlo. Ha sido tan solo un viaje con conocimiento de la historia que allá nos trajo: antes de partir, hube leído el diario de Alfonso día tras día, entrada tras entrada, en perfecta sincronía entre la fecha de hoy y aquella que leía, sobre todo desde su joven arribo en Europa. No solo las fechas correspondían a las de mi lectura todos los días, sino también los mismos días de la semana. Así, el viaje a pie se realizó un veinticinco de agosto de 1914, un martes, y asimismo fue su recreación, ciento doce años después: martes veinticinco de agosto de 2026.
Parece probable que el viaje a pie de Alfonso González Ochoa haya empezado, como cuenta este mismo en la entrada del veinticinco de agosto, por lo menos a un kilómetro del casco urbano de Lovaina. Sin embargo, la presente recreación de este viaje a pie de Alfonso y Simón parte de la Calle de Bruselas (fr. Rue de Bruxelles, neer. Brusselsestraat) N.º 97, donde contó mi bisabuelo que se alojó cuando apenas había arribado por primera vez a Lovaina. Sobre esto relataba:
Esta ciudad de Lovaina me ha ofrecido una buena impresión, y creo hallar en ella un buen retiro espiritual para mis ratos de tristeza. Creo hacerme fácil a este carácter de los flamencos simpáticos y comunicativos. Acabo de instalarme en la casa N.º 97 de la rue de Bruxelles, en el segundo piso, en un apartamento cómodo y elegante. Los dueños son dos viejecitos amables que viven con Juanita, su nieta, y Marqui, un perro encantador. No más. —Miércoles 22 de abril de 1914.
Fue esta misma calle, además, donde Alfonso, en una última ida a Lovaina acompañado de José María Yepes y Manuel Bucheli del martes ocho al miércoles nueve de septiembre, se despidieron él y Lovaina para siempre y fueron tomadas las escasas fotografías de las que disponemos para rememorar la ruptura de su vida y proyecto estudiantil en esta ciudad:
Al fin conseguí el pasaporte de las autoridades alemanas. A las siete de la mañana salí en bicicleta con Yepes y Manuel Bucheli. Ruta hasta Lovaina, negra de transeúntes a pie, en carretillas, en bicicletas, en automóviles. Más de veinte mil personas: turistas ávidos de novedad y habitantes de la ciudad que iban a visitar sus lugares destruídos. Llegamos a las ocho y media (treinta kilómetros). Desde las afueras de la ciudad se respira un ambiente de tristeza que ahoga el corazón. Banderas blancas ondean en los techos de las pocas casas que no fueron destruídas. Avanzamos.
Cementerio de ruinas, montón inmenso de piedras ahumadas. Chimeneas escuálidas y suplicantes. Con las bicicletas al hombro escalamos las ruinas para tomar fotografías. Cuadros horribles de miseria: familias enteras, que ayer ricas, se pasean por entre los escombros, implorando una limosna. Dormimos en las afueras de una granja sobre un montón de paja. —Martes 8 de septiembre de 1914.
Después de unas horas infernales, víctimas de los insectos, nos levantamos a las seis de la mañana, para visitar más tranquila y detenidamente los desastres de nuestra querida ciudad estudiantil. El sol se quebraba en las flechas del Hotel de la Ville, donde las bandas alemanas entonaban cantares cínicos. La Iglesia de St. Pedro, joya medioeval, se ofreció a nuestros ojos reducida a un gigantesco muro mordido por las balas de los cañones. De la gloriosa universidad — testigo de nuestras inquietudes — no quedaban más que algunos grifos rotos de su vieja arquitectura, esparcidos por tierra, ¿y de su preciosa biblioteca de 400 mil volúmenes, la más rica del mundo por sus manuscritos de la Edad Media? ¡No, las cenizas!
Dr. Yepes —le dije a mi buen amigo— ¿dónde quedaba nuestra casa?
Yo no sé, no puedo saber —me respondió y en silencio, cabizbajos, salimos de las ruinas todavía calientes, evitando algunas llamas que aún brotaban de los escombros y descubriéndonos ante las numerosas cruces de madera que marcaban las tumbas de los soldados belgas asesinados cuatro días antes. El ambiente estaba envenenado por el penetrante hedor de los cadáveres sepultados entre las ruinas. —Miércoles 9 de septiembre de 1914.

Ruinas de Lovaina, desde la Calle de Bruselas hacia la Gran Plaza, 1914. Fuente: Archivo familiar.
El viaje del veinticinco de agosto habría terminado en la calle o Rue Saint-Lazare N.º 19 en Bruselas, donde él mismo escribió varios días antes que se ubicaba su residencia de refugio en esta ciudad tras escapar de Halma y antes de salir de Bélgica. Así contó en su diario:
Ya estoy libre por las calles de Bruselas, con mis pasaportes en el bolsillo y todos mis papeles de identidad. Me he instalado en la calle St. Lazare N.º 19. He recobrado la calma. Acabo de recibir carta de Rosita. Es una despedida muy triste en que me cuenta que mataron a sus dos hermanos en el Sitio de Lieja y me dice que parte a curar heridos en una ambulancia de la Cruz Roja. ¡Pobre muchacha!
Esta capital es un infierno de gritos y de patriotismo. Es un altar de banderas y de colores nacionales. Patrullas de soldados recorren las calles cantando La Brabanzona. Por todas partes se ven militares como si brotaran de la tierra. Los cines y los teatros están convertidos en hospitales, lo mismo que los grandes almacenes y las universidades. Los periódicos salen de las imprentas por torrentes. Nadie trabaja. Todo el mundo está en expectativa y el mejor provecho es de los humoristas que por todos los medios explotan el patriotismo. —Miércoles 12 de agosto de 1914.
Así, el viaje a pie entre el bisabuelo Alfonso y el bisnieto Simón comienza en la Rue de Bruxelles N.º 97, Lovaina, y termina en la Rue Saint-Lazare N.º 19, Bruselas. Este trayecto comprende un poco más de veinticinco kilómetros, atravesando parte de la región belga de Flandes. Cerca de la salida y de la llegada fueron los únicos momentos en que se sacaron los mapas digitales para entender mi ubicación. El resto del trayecto, el desplazamiento se hizo sobre la base de ciertas indicaciones que había apuntado la noche anterior sobre las calles o caminos por los que tenía que pasar, no más. Si había desvíos, estos se iban a tener que asumir, y nuevos caminos iban a tener que tomarse. Decidí no hacer el viaje enteramente sobre la «Calzada Bruselense» y luego «Lovaniense» (Chaussée de Bruxelles / Louvain o Brusselse- y Leuvensesteenweg), que hubiera sido el camino directo entre Lovaina y Bruselas, sino pasar por caminos insospechados, forestales, aldeanos, semiurbanos y urbanos. Después de todo, y en sintonía con el tipo de viaje fernandogonzalino: un viaje ajeno puede servir de inspiración, pero que aquello no ofusque la autonomía y creatividad del viaje propio.
Finalmente, y terminada la exposición metodológica del viaje para entrar propiamente en él, en cada calle, camino o tramo (cuyos nombres se reconocen por las terminaciones –straat, –baan, –laan o -(steen)weg en neerlandés, o con los términos chaussée, rue, avenue o boulevard en francés) he anotado ciertos sucesos allí ocurridos y las reflexiones concisas que me suscitó cada uno de estos. He aquí entonces la breve y genuina relación de pasos del lobezno Simón, en persecución del Profesor, su bisabuelo lobo, en Bélgica.
De Lovaina a Bruselas, relación de viaje a ciento doce años de distancia
Brusselsestraat (calle de partida, hacia las 11h): La Calle de Bruselas, inicio de mi travesía (¿y peregrinación?) es conmoción, es imaginarse a Alfonso caminando por las aceras que serán — ¡oh, lobo! — pronta y nuevamente nuestras. Esta primera calle me sacará de la ciudad de Lovaina, y de allí me desviaré a caminos secundarios de toda suerte, pero todos los caminos me conducirán a mi bisabuelo. Lovaina es bella, es madura, es curtida, el resto somos como ácaros que viven superficialmente sobre ella y se los lleva un viento. Lovaina se erige sabia luego de que se hubiera querido borrarla del mapa en un fiero conflicto que sumió al mundo en oscuridad como nunca antes, evento progenitor de los horrores inefables que vendrían. Alfonso fue especialmente afectado por su destrucción. Era su enamorada, ¡es mi turno de conocerte y amarte! Algo menos joven e ingenua, ¡eres irrevocablemente hermosa!

Brusselsestraat, 2026.
Fuente: Foto del autor.
Miljboomweg: Paso por este tierno caminito, porque me he perdido de salida de la Calle de Bruselas. Pasar por aquí fue accidente de despistado, mi mente planeó desviarse por otro lado. Pero, ¡qué serendipia! Es un camino campestre a un costado de una autopista, arbóreo, conocí el algodón europeo y he inaugurado así mi propio camino. No me he devuelto, siento que el camino se orienta por la dirección que busco. He seguido y la aventura oficialmente comienza.

Miljboomweg, 2026.
Fuente: Foto del autor.

Girasoles del camino, 2026.
Fuente: Foto del autor.
Bertemweg: Frente a este sendero he decidido descalzarme y así andaré hasta nuevo aviso. Seguramente antiguo y hoy usado por entusiastas de las caminatas, este es un camino de naturaleza agrícola, cuya primera textura —una mezcla arenosa pero dura— me recordó al Mirití, a cómo se hacen los pisos de los bohíos y las malocas. El camino todo, largo, tiene realmente varias texturas: unas muy pedregosas e incómodas. Buena parte está dentro de un pasadizo cerrado y vegetal que, en definitiva, no me esperaba y que me contentó en demasía. ¡Hasta me recibió con frutos silvestres por entre las ramas y espinas! Pedí permiso a los árboles locales. Me alivió pensar en Alfonso y metaforizar las piedras.

Bertemweg y su pasaje vegetado, 2026.
Fuente: Foto del autor.

Descalzo sobre Bertemweg, 2026.
Fuente: Foto del autor.
Weygenstraat y Oude Baan: Decidí aquí ponerme los zapatos, hasta la próxima ocasión que sienta que debo quitármelos de nuevo. Sin más, he llegado a Bertem, un pueblito flamenco que el nombre del camino anterior ya anunciaba. Me rodea ganado, me abraza el sol. Oude Baan me asentó como tal en el casco urbano de Bertem, ha de ser una calle histórica, y de largo la atravesé prestando atención a la quieta atmósfera hasta llegar a la sugerente entrada al Hoogveldbaan. Noté que los hogares aquí tienen una fijación por los jarrones de porcelana decorados, como los que he visto que solían pertenecer a Alfonso.

Oude Baan (Bertem), 2026.
Fuente: Foto del autor.
Hoogveldbaan (entre las 12h30 y 13h30): Este es un camino empedrado bien sutil, bien pulcro y bonitico encontrado luego de pasar por algunas casas. La poca gente que se ve es muy cordial. Este tipo de pasajes me hacen pensar que mi camino tiene también el objetivo de resignificar y cargar de pequeñas cosas buenas el camino de Alfonso, uno trágico; el silencio es a veces, empero, inquietante, y no puedo dejar de pensar — mientras almuerzo detrás de algunos árboles y frente a unos cultivos — que caminos como este son de esos buenos candidatos de lugares extravagantes para hacer el amor.

Hoogveldbaan, 2026.
Fuente: Foto del autor.
Heerbaan: Este camino pretende hacerse enteramente a un costado de un gran bosque —me contenta utilizar esta palabra aquí, de origen últimamente germánico, como su equivalente en neerlandés bos—. Me quité nuevamente los zapatos y avancé con dificultad. Empero, más temprano que tarde, hallé un desvío para penetrar el imponente robledal (eikenbos) y hayedo (beukenbos) que se me presentaban a un costado del sendero y, pensando en la tranquilidad de mis pies y la inquietud de mi espíritu, pensé « Pourquoi pas ? », y me desvié hacia lo desconocido. Aún descalzo, serpenteé un rato por el bosque hasta darme cuenta de que había rodeado el Heerbaan, creo. Fui eventualmente regurgitado por el bosque hacia grandes campos de centeno y sobre un caminito aún boscoso de nombre Buurtweg. La poca gente que brota de por aqueste camino me sonríe. He decidido tomarlo a ver adonde me conduce.

Sendas boscosas en
desvío de Heerbaan, 2026.
Fuente: Foto del autor.

Vista al salir del bosque
hacia Buurtweg, 2026.
Fuente: Foto del autor.
Buurtweg: Esta senda ha sido para mí un constante descenso por entre árboles frondosos hacia lo que me pareció que era una aldea. Deseo destacar acá un suceso peculiar: descendiendo, escuché un estruendo por encima de mi cabeza, como si algo hubiera aterrizado aparatosamente sobre la copa de los árboles que me hacían sombra. Miré arriba y vi muchas hojas caer, los grandes árboles tambalear, algo muy grande se había posado sobre estos, pero no pude ver qué era. Tal vez quería el bosque, de su lado, saber yo qué era y para dónde iba con esos pies de recién nacido.

Señalización de Buurtweg, 2026.
Fuente: Foto del autor.
Engelbert Moensstraat, Dorpstraat, Kwikstraat, Blokstraat y Annonciadenstraat: En efecto, llegué a la población de Meerbeek e igualmente terminé pasando por Everberg, ambas subdivisiones de Kortenberg. Púseme los zapatos de vuelta. De todas estas calles solo tengo por decir que le tengo más miedo a la soledad de la aldea que a la del monte. En Annonciadenstraat me topé con la Sint-Martinuskerk de Everberg, una iglesia que ha sido de mi gusto visualizar y, junto a ella, el Oorlogsmonument Everberg, un monumento pétreo a soldados belgas caídos en la Primera Guerra Mundial. En 1914, unos hombres caían, y a otros se les caía el mundo. Algunos de estos últimos decidieron caminar.

Kwikstraat (Kortenberg), 2026.
Fuente: Foto del autor.

Oorlogsmonument Everberg, 2026.
Fuente: Foto del autor.
Ziptstraat: Un impulso me hizo quitarme el calzado de nuevo. Es curioso como a esos señores caminos pétreos y maduros se les llaman calzadas. Ziptstraat es una senda entre campos agrícolas saliendo de Everberg hacia otra sección de Kortenberg, el sol es incandescente, se trata de puro cemento caliente y sin árboles que protejan. Sin sombrero, no doy. Alfonso ni sombrero tenía… En este tramillo me he acordado de Juliette, mi primer rayo de luz al país belga. La conocí cuando tenía dieciséis años y todavía recuerdo la fascinación que me produjo aquella chica flamenca de intercambio escolar en Colombia. Todas son Juliette en Flandes. Hay encuentros cuya magnitud se entiende con los años, ¿quién diría que Bélgica se volvería un país tan importante para mí? ¿Que finalmente aprenderé en forma la lengua de Juliette, el neerlandés? Qué curioso, me he acordado también de la Julia del abuelo Fernando. En fin, decía él mismo en Viaje a pie (1929): «La perspectiva del amor es el encanto del viajero». Me salieron peladuras en las plantas de los pies, en efecto los sentía ya como magullados. Ya no se trata de espinas enterradas, estas son propiamente peladuras por caminar. Oficialmente, la parte descalza de mi viaje a pie ha terminado: mis pies han nacido.

Ziptstraat, 2026.
Fuente: Foto del autor.
Molenstraat, Kruisstraat, Sterrebeeksesteenweg y Van Ingelgomstraat (hacia las 16h): Aún en Kortenberg, mis pies están cansados y el sol no cesa: es el ocaso del verano europeo. Ya son las cuatro de la tarde, cuando Alfonso consignó que había llegado a Bruselas de su viaje a pie descalzo. Sea por haber empezado a caminar más temprano que yo, sea por haber ido por los caminos más directos, pienso igual que le rindió bastante en tiempo, máxime si andaba descalzo y sin sombrero. Quizá la supervivencia importó más. Es, en cualquier caso, sorprendente. En una rotonda ante Van Ingelgomstraat me detengo a descansar los pies recalentados y comer alguito. Luego sigo: «El bisabuelo siguió», le digo a mis pies, «No tenía opción…». ¡Nosotros sí tenemos! Y aun así, decidimos seguir. Esa es, pienso, la esencia de lo ritual. El rito es una actividad deliberada, no accidentada ni forzosa, que de manera intencionada pretende evocar la experiencia de un evento espontáneo previo, en el que el rito precisamente se basa. El viaje a pie de Alfonso es, en este caso, el incidente, y mi viaje a pie su recreación, el rito.

Kruisstraat, 2026.
Fuente: Foto del autor.
Weiveldlaan: Este ha sido probablemente el tramo continuo más largo de todo el viaje… pero no lo he sentido así por la neutralización de mis sentidos en este punto. Hice pipí entre árboles, me pregunto dónde lo habrá hecho Alfonso. Imposible caminar todo esto sin sentir las ganas. Cada paso lo voy admirando más. Weiveldlaan está lleno de outlets y, aun así, lo siento más vivo que varias de las anteriores calles residenciales, lo cual considero preocupante.

Weiveldlaan, 2026.
Fuente: Foto del autor.
Leuvensesteenweg y Steerebeekstraat: He llegado a Leuvensesteenweg, la Calzada Lovaniense, lo que hubiera sido el camino directo desde Lovaina hasta Bruselas. Luego he pasado rápida y accidentalmente a Steerebeekstraat, un lindo y arbóreo paraje periférico en la jurisdicción de Zaventem. Bruselas está cerca. Veo que he seguido alargando el trayecto pero… ¡aquel es mi camino! Unos llegan antes, otros necesitan un poco más de tiempo, pero para «allá» vamos todos con amor.
Por aquí pienso en el segundo principio de lo ritual: la experiencia generadora no se reproduce tal cual en el rito, sino que hay una recreación controlada. Con esto me refiero a que Alfonso caminó en condiciones rudísimas, mi ejercicio ha retratado una parte de dicha experiencia, por ejemplo, caminando descalzo de a tramos, pero no por completo. Hay un control en mi recreación del viaje de Alfonso para no caer, de pronto, en dañar mi propio cuerpo. Decía el Brujo de Otraparte en Viaje a pie: «La salud, la conservación de nuestra elasticidad juvenil, son finalidades del viaje», ¡no lo contrario! En esto se funda lo simbólico. Mis pasos descalzos no son tal cual lo que hizo el bisabuelo, son su símbolo. Con todo, en el símbolo hay algo de la experiencia original.

Steerebeekstraat (Zaventem), 2026.
Fuente: Foto del autor.
Hector Henneaulaan, Hermeslaan, Avenue du Bourget, Chaussée de Haecht, Boulevard du Jardin Botanique, Rue de Saint-Lazare (de las 17h30 a las 19h): He atravesado las puertas imaginarias de Bruselas, no la Bruselas de los cañones y los desdichados «alboches» transitando por sus tristes calles, sino una Bruselas remodernizada, cosmopolita, «multicultural», soberbiamente europea. Todas estas calles, empero, se me funden en un mismo relato: estoy demasiado cansado como para detenerme en cada una. He pensado en repetidos momentos del tramo bruselense que ciudad y cansancio son, definitivamente, sinónimos. En cierto punto, empero, he sacado una foto de Alfonso más o menos a mi edad, que es cuando hizo su viaje a pie, y le he prometido que terminaríamos la aventura.
Destaco de la entrada a Bruselas desde Zaventem la Brasserie Mariadal y sus lindos laguitos, frente a los que reposé, la monstruosa y fría sede de la otan por la Avenue du Bourget, la Iglesia de Saint-Servais en la larga Calzada de Haecht, el ambiente empresarial y solemne cerca del Jardín Botánico y la esperada Plaza Charles Rogier, que se conecta con la Rue de Saint-Lazare. Al llegar a la plaza, sentí esa energía más «densa» y «malsana» de Bruselas, y no demoré en hallar la Rue Saint-Lazare y observar el pasadizo por donde debió ser el número del refugio de Alfonso. Todo ha cambiado mucho, tanto en Lovaina como en Bruselas, los fantasmas del pasado difícilmente tienen materia de la cual agarrarse para seguir en los lugares. Menos mal tenemos los de este mundo la memoria y los libros: puentes entre mundos. Llegué, Alfonso; volviste, volvimos juntos y con toda la cuidadosa y atesorada transmisión de tu memoria en nuestra familia impulsando nuestros pasos.

Lago de la Brasserie Mariadal, 2026.
Fuente: Foto del autor.

Chaussée de Haecht (Bruselas), 2026.
Fuente: Foto del autor.

Plaza Charles Rogier, 2026.
Fuente: Foto del autor.
He tomado el tren en la estación del Norte de Bruselas, rumbo a Lovaina-la-Nueva, rumbo a casa.
Epílogo de un viaje
Con una travesía aún decantándose y con unos pies aún recuperándose, creo haber entendido qué significa nacer y que mis pies nazcan. Nacer parece ser el primer dolor de la vida, el dolor que inaugura la vida misma, no es una idea nueva. Lo interesante es, en efecto, que dicho dolor no trae muerte, sino vida; no es destructivo, es generativo, edificante. Después de este, no se es menos, creo, sino más. Aquel doloroso viaje a pie del hermano del Brujo de Otraparte, mi bisabuelo, con certeza forjó algo en él sin él buscarlo. Y nosotros, nosotros recreamos los viajes para buscar forjarnos en algo, tal vez, a la sombra de referentes como nuestros pasados. Es más que una penitencia. El viaje, como decía Fernando, tiene algo y mucho que ver con el amor.
Ya entiendo algo de las palabras de los dos filósofos aficionados en Viaje a pie:
El viajero goza mucho; es motivo de curiosidad y de amor; es un acontecimiento, pero solo durante ocho días; desde entonces comienzan las plazas a apoderarse de su espíritu. Después de vivir dos meses allí, solo quedan en el alma cinco o seis odios.
Bueno, en mi caso no fueron ocho días, sino ocho horas, y no serán dos meses de quedarme a vivir aquí, sino dos años, porque vine a Bélgica a estudiar en la misma universidad con la que mi bisabuelo soñó. Mi amiga Lucie Niclaes nos pide un poco de perspicacia al observar la historia continua del lobo y de su bisnieto el lobezno:
Lo ves, ¿no?
Vamos a ver cuántos odios quedan, y cuántos amores. El viaje continúa…
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¡Cuánta razón tenía el Profesor! Con convicción de que el tiempo resignificaría sus vivencias escritas, decidió legarlas a su hijo primogénito Fernán. Fernán escribiría también las suyas y las pasaría a Felipe, y Felipe, mi padre, me pasaría las suyas a mí. También han sido mías las notas de viaje de Alfonso, y ahora, este viaje a pie entre el bisabuelo y el bisnieto es de todos. Escribir —notas, ensayos, libros o, en el caso de Alfonso, diarios enteros— es fundamentalmente compartir hasta con quienes no se comparte tiempo ni espacio. ¿De qué manera puede resignificar la vida propia (y la ajena) recibir un escrito dado? ¿Qué luz puede verter para hacer aparecer las sombras de la humanidad en su historia? Así, queridos lectores del viaje, nos habla, con una adultez como viaje que aún me encuentro emprendiendo a mis veintiséis años, Alfonso González Ochoa:
Leer un diario es siempre agradable. Es como seguir las huellas, como ir detrás, pisando la sombra del que va delante. Toda emoción humana es interesante, por trivial que parezca en apariencia […] Y no hay vida ni ser humano que carezcan de todo interés.
Qué no diera yo hoy por un Diario de mi padre, por poder revivir a Don Daniel, por seguir sus huellas, por ir detrás de él, pisando su sombra! —Lunes 7 de abril de 1947, en altamar, a bordo del S. S. Asterion.

Alfonso sobre la Calle de Bruselas, despidiéndose de Lovaina, 1914. Fuente: Archivo familiar.

Simón sobre la Calle de Bruselas, sonriendo con Lovaina, porque hemos vuelto, 2026. Fuente: Archivo familiar.
Fuente:
González Ticora, Simón. «Pisando la sombra de un martes veinticinco de agosto: ciento doce años del viaje a pie de Alfonso González Ochoa». Comunicación personal, lunes 7 de septiembre de 2026.