Presentación

Martes negro

Antología de cuentos

—Martes 14 de diciembre—
Hora: 7:00 p.m.

Portada del libro «Martes negro» del taller literario «A mano alzada»

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Ver transmisión en vivo:

YouTube.com/CasaMuseoOtraparte

Tiquete solidario

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Lugar:
Casa Museo Otraparte

Entrada libre
Aforo controlado
(25 asistentes)

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El escritor Marco Antonio Mejía Torres, director del taller de escritores A mano alzada, y sus participantes, invitan a la presentación del libro de relatos «Martes negro». Autores: Adriana Gómez Mosquera, Ana María Cadavid M., Beatriz Alzate Guerra, Carmen Basto, F. Sánchez Caballero, Gloria María Posada Restrepo, Julie Rego Rahal, Lucía Mercedes De la Torre Urán, Óscar Darío Villa Ángel y Paola Rego Rahal. Las tres primeras antologías del taller son «A mano alzada» (2008), «Siempre martes» (2016) y «Rumor en martes».

* * *

Entre la penumbra de una calle solitaria, extremando el paso, alguien se apresura para alcanzar la puerta de su casa, llueve, y algo perturbador viene con prisa tras esta persona atemorizada, su destino y suerte se sabrá cuando la última página devele las causas de su fatal desaparición.

Entrar en la escritura lúdica del misterio es de alguna manera un gesto que tiene la inocencia de la infancia, desconocer el culpable, el mal, la tragedia, mientras se conserva la atmósfera cándida poblada por gente que no tiene pinta de hacer daño, y sin pensarlo el ambiente antes tranquilo es roto por un despertar agobiado tras la pesadilla; entonces, quizás tarde ya, nos damos cuenta de que allí en el paraíso de los inocentes hay un criminal que, siempre pensamos, es el otro, el más sospechoso o el más equívoco, incluso uno mismo puede ser ese asesino cuya presencia perturba una existencia, una familia, una comunidad.

[…]

La confluencia de estos cuentos sigue la pista de un asunto por el que se indaga y que debe resolverse según se aproxima su escritura a los indicios de la literatura negra y policial y al modo como cada cual logra orillarse en sus características. En el taller confluyen autores solventes que dialogan con generosidad y animan escrituras en proceso. Los lectores encontrarán la evidencia que no intentamos ocultar, las diferencias en toda antología prueban la diversidad, la experiencia, el dominio, pero la confluencia intencionada en esta publicación atiende la misión que nos congrega cada martes: degustar la lectura e intentar la escritura y en esencia compartirla. Acordemos entonces que no ostentamos que nos sea reconocida una edición de literatura negra, y me afano en definirla como una escritura gris, gris en tanto lo acaricio como un decir positivo, el tono medio en el que la oscuridad no reina, ni la blancura abunda, y que pinta la labor artesanal de un taller de literatura, el ritual cómplice de tener siempre en disposición la mano alzada.

Marco Antonio Mejía Torres
Director Taller A Mano Alzada

* * *

Asuntos internos

Por Ana María Cadavid M.

La sala es pequeña, tiene una mesa y cuatro sillas. A un lado se sientan el inspector Toro y la detective Watts. Frente a ellos se acomoda el abogado. Antes de sentarse, el fiscal reparte fotocopias y, en seguida, desde su puesto, comienza a leer el oficio acusatorio.

El inspector mira al abogado.

La detective mira la pared.

El fiscal concluye la lectura golpeando el filo de las hojas contra la mesa. Abre la puerta y llama al asistente técnico, el oficial Correa. Le hace un gesto con la mano para que entre. Le ordena que encienda la pantalla y dé inicio al video probatorio.

Play:

—A las catorce horas del día 7 de febrero del año 2019 se da comienzo al interrogatorio de la acusada, la señorita Amelia Penagos, con presencia del inspector Toro y la mía, la detective Watts.

—Empecemos —habla el inspector—, díganos cómo conoció a la joven Martina Blanco.

—Lo que me atrajo de ella fue la cicatriz… y también ese descaro de no taparla, de invitar a que le preguntaran: ¿qué te pasó?

—Empiece por el principio —dice la detective—, suscríbase a los hechos.

Amelia se acerca al micrófono.

—La primera vez que la vi, caminaba por los corredores de la universidad toda desgualetada, hablando duro, riendo duro, pisando duro; era imposible no verla. Cuando entró a la cafetería se formó una ola de silencio que la persiguió hasta sentarse con un grupito de amigos. Pregunté en mi mesa si la conocían y me dijeron que estudiaba diseño. Pregunté si era muy popular y me respondieron que era de esas personas a las que todos quieren. Pero claro, ese día no me le acerqué ni nada…

—Continúe.

—Las cosas del destino, dos días más tarde, me la encontré en los baños. Se estaba lavando los dientes, se agachó para tomar agua y ahí fue cuando se la vi.

—¿Qué vio?

—El corrientazo fue instantáneo. Ella escupió el agua y sentí otra vez esa descarga… tanto que no pude evitar detenerla con la mano para preguntarle qué le había sucedido.

—¿A qué se refiere?

—¿A qué te refieres? Me preguntó ella y yo le dije: A tu pecho, a esa línea del medio. Ah… el corazón. No es nada.

¡Cómo que nada…! Y por Dios que ella salió muy oronda de ese baño, agitando las manos húmedas, con una sonrisa, matándome un ojo y yo casi a punto de caerme al piso sin saber cómo seguir preguntando sin que se me notara la descomposición. ¡Espera! La detuve. ¿Qué te hicieron?

Al viejo cirujano llamaron con urgencia… me cantó… y con su vieja ciencia pronto lo remendó, pero dijo a los otros muñecos internados: Todo esto será en vano, le falta el corazón. Intenté recordar la melodía, pero sólo acaté decirle que si necesitaba ayuda con algo de la carrera me podía preguntar.

—¿Se fue?

—Intercambiamos nombres, teléfonos y se fue.

—Entonces, siguieron en contacto.

—Al principio la llamé para comer un helado, después le ayudé con un proyecto de diseño, pero seguía sintiendo ese pálpito y empecé a buscarla en Instagram, en Facebook… Usted sabe.

—Explíquese.

—Vi todas sus fotos, sus viajes, sus amigos, su familia… Pero cuando busqué su biografía descubrí que tenía dos fechas de cumpleaños.

Amelia se detiene mirando el espejo.

—¿A qué se refiere con eso? —pregunta Watts.

Codea a su colega y de inmediato el investigador Toro le escribe al teniente Correa, que está en la sala contigua, para que mire en el perfil de la joven Blanco las dos fechas.

—Ya no importa.

—¡Claro que importa!

—Imagino que una sea la de su nacimiento…

—Ustedes no entienden.

—Ayúdenos a entender.

—…

Toro lee en su celular:

—Agosto 30 de 1999 y febrero 5 de 2006.

— Sin duda, la primera corresponde a su nacimiento y ¿la segunda?…

—¿No es obvio?

—¿Qué pasa con esa fecha?

—Nadie lo entiende.

—¿Qué es lo que hay que entender?

—Es el mismo día en que mi vida se partió en dos.

—Continúe.

—Desde ese momento empecé a encontrarla en todas partes. Bibliotecas, cafeterías, ascensores, escaleras, pasillos, canchas y parqueadero. El destino me la ponía en todos los lugares a los que yo iba.

—¿Era solo el destino?

—¡Sí! Yo no quería verla, al principio sí, claro, sentí esa conexión, pero después de saber lo del Facebook… empecé a evitarla.

El inspector mira el celular.

—Sin embargo, hay fotos de las dos juntas en la misma red. Se nota que la pasaban bien.

—…

—¿Dónde fue eso?

—En Guatapé, la represa.

—Si usted la evitaba, ¿cómo fue que acabaron juntas en una lancha en la represa?

—…

—Abrazadas, riendo… ¡felices!

—¡No podía impedirlo! Algo superior a nosotras nos estaba juntando. Y claro, ella me saludaba como si yo fuera lo máximo, como si fuéramos amigas de toda la vida. Y yo evitándola, sin poder decir nada, con ese miedo a dormirme, a soñar otra vez lo mismo. Nadie puede entender lo que yo he sufrido.

—Cuéntelo para entenderla.

—Trece años… y todas las malditas noches ella cayendo, su mano estirada, ese vacío…

—¿Trece años?

—¿Se refiere al cinco de febrero del 2006? —pregunta Toro.

—¿Usted qué cree? Lo único que se les da bien son los números. ¿Verdad? Blancos y negros, buenos y malos, culpables o inocentes.

—Vamos a ver —dice la detective—, se la encontraba en todas partes, decía usted…

—De día y de noche.

—¿Dormían juntas?

—No sea imbécil, me refiero a que soñaba con ella…

¡Soñaba con ella! ¿Entiende? De día Martina estaba en todas partes, me llamaba, me pedía que le ayudara con alguna maqueta, pero de noche se me imponía.

—¿La soñaba?

—¡Pesadillas! —golpea la mesa— Las putas pesadillas que me han perseguido toda la vida.

—Bueno, pero concretemos… hábleme de ese cinco de febrero.

—¡Cuál!

—¿A qué se refiere? —pregunta Toro.

—Háblenos del día en que usted asesinó a Martina Blanco —agrega Watts.

—Blanco y negro… —los mira, primero a Watts, luego a Toro— buenos y malos, culpables e inocentes —mira el espejo— ¡La mierda!

—De acuerdo a los registros telefónicos, usted la citó para encontrarse en la terraza del edificio Gualanday; ese día martes, a las cinco de la tarde.

—La cité allá porque ella me lo había pedido, me lo había suplicado.

—¿Qué le pidió?

—Que la invitara a conocer el edificio en el que vivíamos de niñas.

—¿Quiénes? ¿Por qué habla en plural?

—Nosotras, mi hermana y yo… papá y mamá también.

Toda la familia, antes de que se acabara.

—¿La familia? —Watts mira a Toro y después a Amelia—. Continúe.

—¿Qué quiere que le cuente?

—Lo que sucedió durante ese encuentro entre usted y Martina.

—Lo dicho, no le interesa el origen… el porqué, sólo quiere resolverlo todo de la manera más básica, más fácil, y la vida no es fácil, pero si ustedes se empeñan en conocer solo los finales sin indagar por los orígenes yo prefiero quedarme callada —con la mano hace un gesto de coserse los labios.

—Pero si usted misma se entregó a las autoridades diciendo ser la causante de la muerte de Martina, ahora ¿por qué viene con tantos remilgos?

—…

—Está bien, está bien, le vamos a dar la oportunidad de que nos narre todo desde los «orígenes» —la detective Watts entrecomilla la palabra con los dedos.

—No es un capricho, es una necesidad y quiero que todo esto quede en la grabación.

—Hable —la detective se cruza de brazos—, la escuchamos.

—Bueno, como les dije, si bien al principio sentí esa atracción por Martina, por esa alegría de niña chiquita, y después intenté sacarle el cuerpo, había una fuerza superior que hacía que nos encontráramos en todos lados.

—Eso ya lo dijo.

—…

—Continúe.

—Es que era tan bonita, tan chistosa, que estando a su lado me sentía más liviana, casi feliz, como si de un momento a otro fuera posible olvidar a mi hermana, cuando en realidad la veía en ella todo el tiempo.

—Espere: ¿Qué tiene que ver su hermana, su familia en todo esto?

—Nada y todo —mira el espejo—. ¿Detrás de ese vidrio hay más policías? o ¿una cámara?

—Sí, así es esto —Watts se encoje de hombros—, como en las películas. ¿Por qué lo pregunta?

—Así vivo yo, sus manos, sus ojos, su voz, ella detrás de todo lo que me sucede, dictando cada uno de mis pasos… Pero cuando llegó Martina, ya no era la voz de Loli la única que me hablaba, también era la voz de Martina… Ame, ven, Ame, vamos en la moto, Ame, comamos un pastel, Ame, Ame… Me lo decía con esa devoción, mientras que debajo de su voz estaba la de Loli, Amelia boba, le voy a decir a mamá. A que no eres capaz de morder un grajo, a que no eres capaz de tirarte del columpio, a que no eres capaz de encerrarte en el closet, a que no eres capaz de tirar tu muñeca por el balcón… Hasta que ese maldito día la tiró. Lanzó a la calle a la pobre Sofy y cuando la vi estripada por los carros salí persiguiendo a Lola por todo el apartamento, la maldita Lola que me decía gallina ciega, rata calva, cucaracha negra, abrió la puerta y se fue por las escaleras y yo detrás, cuarto piso, quinto, sexto, terraza, ella salió aventando la puerta y yo detrás abriendo, buscándola con esa rabia por los buitrones, hasta que la vi subida en la escalerilla del tanque.

Los mira con los ojos brillantes.

—No se detenga, continúe.

—Ojalá me hubiera detenido… lo que siguió no lo recuerdo y sólo les puedo contar lo que después, en las terapias, en las pesadillas, en los reclamos de mamá, en los gritos de papá, pude ver, sin ver.

—La empujó.

—Ella cayó en la acera, a tres metros de Sofy. Muerte cerebral. Dos días para firmar papeles, para desconectarla, para entregar sus órganos a otros niños enfermos. Esa era la redención, dijo mamá, esa era la profanación dijo papá y siguieron las peleas, las miradas, el llanto y un médico terciando por donar vida.

—¡El corazón de Martina!

—Pensaba mucho en Loli, en cómo sería de grande, qué carrera hubiera estudiado, y cuando conocí a Martina lo supe, diseñadora, alegre, tenis rojos, camisetas anudadas en la cintura, cola de caballo y mechón rosa.

—Pero eso no justifica lo que hizo.

—¿Ustedes no entienden? ¿No se dan cuenta? Es Loli, siempre es Loli, ella salta no más para ver mi cara, todas las noches, todas y cada una de las noches… ella cayendo y yo ahí, estirando las manos para alcanzarla… ¡No, Loli, no! Y ella… ellas soñándose juntas, porque Martina me lo dijo, sin saber siquiera que yo era la hermana de su corazón, porque un corazón es el origen de todo, y ella me dijo que soñaba con una niña que la invitaba a volar, a jugar chucha libertada, a los escondidijos, los ojos vendados, del uno al cien, y eso fue lo que me pidió jugar ese día en la terraza, le dije que no, que mejor fuéramos a ver una película, pero ella me suplicó que le cumpliera ese deseo, por su cumpleaños, cinco de febrero, el día que ella renació y yo morí, pero no se lo dije, no se lo podía decir, y la seguí, sabía que una voz estaba detrás dictando cada uno de sus pasos y yo detrás cuidándola, asechándola…

—Continué.

—Mientras subíamos en el ascensor me dijo que esa noche había soñado conmigo… y tuve tanto miedo. Pero llegamos al último piso y otra vez las escaleras, la puerta metálica, los buitrones, la terraza, el atardecer, las montañas, el tanque de agua. ¡Loli, no sigas jugando así! Y ella, toda temeraria con ese viento zumbando en los oídos.

—¿Qué hicieron?

—En la mochila traía todo para celebrar, una botella de tequila, un par de cigarros y unos pasteles… Cómo negarle algo a esa sonrisa diciéndome que conmigo se sentía feliz, que era como tener una hermana, y detrás de sus pupilas ver la mirada de Loli, desafiándome. ¿A ver si puedes resistir esto? Y yo espantándola como a una mosca verde de esas que se te quieren meter dentro de la boca, de un oído, por los ojos, en la nariz, de esas que espantas con la mano y que siempre regresa reclamando tu propio aire, para robártelo, para que no puedas olvidar nunca lo que eres, lo que fuiste al lado de tu hermana muerta.

—¿Qué hicieron?

—Nada, comer, brindar, fumarnos los cigarros… y ella toda loquita escondiéndose detrás de los buitrones, diciéndome que nunca pudo ser niña, siempre en una cama, sin aire, sin alientos para jugar nada hasta que recibieron la llamada del hospital, esa dicha de un corazón compatible, la herida en el esternón, y el pum, pum, pum. Tomó mi mano, la puso en su pecho para que yo lo sintiera y vi la cara de Loli detrás de la de Martina, las dos sonriendo, felices, por fin, felices, las tres, porque yo sentí esa paz que por más de trece años quería, pero la loca de Loli salió corriendo y Martina, claro, detrás de ella y yo que no, no, por favor, no… y ahí fue cuando saltó.

—¿Saltó?

—Saltó con Loli y yo me quedé ahí, en ese mismo borde, estirando las manos…

—Usted la empujó.

—La empujé…

—¡Confiéselo!

—Ya lo dije, soy una maldita asesina.

—Las cámaras de seguridad podrán confirmar…

El inspector Toro recibe un mensaje y se levanta de la silla.

—¿Cámaras de seguridad? ¿Cuáles cámaras de seguridad?

—El edificio contiguo cuenta con un completo sistema de…

Toro interrumpe a la detective enseñándole el celular.

Ambos se miran. La detective da un puño en la mesa.

—Siendo las quince horas con cincuenta y tres minutos, la señorita Amelia Penagos, queda en libertad por peritaje de cámaras de seguridad que confirman su inocencia.

—Puede irse.

—¿Irme? Para dónde si desde hace doce años estoy condenada a vivir con el suplicio de ser la asesina de mi propia hermana… Era una niña… sí… y todo era un juego de retos, quién era la más fuerte, la más aventada, la más loca… Ella siempre fue la ganadora, hasta cuando subió al tanque y me dijo que podía ver las cumbres de los nevados, volar como un águila… y ser un ángel. Sí, todos decían que ella era un angelito del cielo mientras me miraban con ese asco, como si mis lágrimas fueran de brea… Busca en tu corazón y encontraras la respuesta, decía mi terapeuta, y encontré el corazón de Martina, tan bello, tan puro, entonces empecé a sentir ese maldito miedo a que fuera mi corazón, y no el de Loli, el que de verdad la condenara a saltar al vacío… Besé su cicatriz y adentro ese pum, pum, pum, el ferrocarril de la vida desbocado, enloquecido: ¡A que no eres capaz de saltar Manu! ¡A que no! ¡Dale! ¡Vamos juntas! ¡Con Loli!… Pero ella tampoco me dio la mano y me dejó sola.

—Salga por favor.

Amelia sale de la sala y los investigadores se miran.

—Ni modo, las cámaras muestran que la joven Blanco saltó sola…

—Prueba contundente.

—Qué idiotas —dice la detective— demorar tanto ese peritaje…

—Teníamos la pollita en la mano.

—Y nos la mataron.

—Una desdichada.

—Así es esto; lo que parecía un caso fácil, prácticamente resuelto, resulta que no, que ni siquiera había caso.

—Pobre.

El teniente Correa entra a la sala:

—¡Saltó!

—¿Qué?

—¡Que la muchacha saltó!

—No puede ser…

—¡Mierda!

Los tres salen corriendo.

Stop

—Bueno, como puede darse cuenta, señor fiscal —dice el abogado—, el inspector Toro y la detective Watts, en ese momento no podían prever lo que la joven Penagos se proponía hacer al salir de la sala de interrogatorios.

—Imposible saberlo… —Toro se encoge de hombros.

—Ella no se lo proponía —dice Watts— ¿Es que nadie lo entiende?

—En este punto de la investigación debemos atenernos a los hechos.

—Dicho esto…

El fiscal se pone de pie.

—El día de hoy: cuatro de noviembre del año 2019, se aprueban tres sesiones de terapia con el Departamento de Sicología. Y de esta manera se da por concluida la investigación de Asuntos Internos.

El abogado y el fiscal abandonan la sala.

—Amelia saltó… y no pasó nada.

—¿Para qué le da tantas vueltas al asunto? De todas maneras, Watts, los órganos de la muchacha fueron donados, incluso el corazón.

—¡Cállese, Toro! ¡Cállese!

Fuente:

Cadavid M., Ana María. «Asuntos internos». En: Martes negro. Antología del taller de escritores «A mano alzada», Medellín, noviembre de 2021, pp. 10-19.

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