Daniela

Un documental sobre el “Viaje a pie”
del maestro Fernando González

Por Eduardo Escobar

La semana pasada el país digería el duelo por el asesinato de los 11 diputados del Valle secuestrados por las últimas hordas del materialismo dialéctico, y preparaba las marchas de blanco para protestar contra la tragedia, y yo me entregaba sin arrepentimiento a la tarea necesaria y pesada pero feliz de asesorar a Jorge Mario Betancur en el proyecto de rehacer el viaje que llevó al maestro Fernando González entre Medellín y Manizales en compañía de Benjamín Correa y un caballo que convinieron en nombrar “el filósofo de Abejorral”.

El pensador envigadeño registró la aventura por pueblos de la colonización antioqueña en Viaje a pie. Libro editado en París en 1929, en el cual encontró su estilo definitivo en sabio equilibrio entre el lenguaje literario y el habla, lírico, cerrero, místico, mundano. Ya había escrito Una tesis, o El derecho a no obedecer. Y publicado, de veinte años, Pensamientos de un viejo, con prólogo de Fidel Cano, donde aún se perciben las influencias de Nietszche y Schopenhauer.

Su propósito fue conocer el océano Pacífico. Para efectos de la concisión que exigía el proyecto hecho para Teleantioquia, nosotros nos detuvimos en Manizales, la ciudad donde el brujo de Otraparte publicó luego en la Editorial Zapata dos textos memorables: El remordimiento, meditación de sus amores con mademoiselle Tony en Europa, y Cartas a Estanislao, colección de las que escribió a Estanislao Zuleta, padre, entreveradas con otras dirigidas a amigos cercanos y parientes.

En El Retiro, La Ceja, Pácora, Aguadas, Salamina, Aranzazu, ante la serenidad amenazante y oscura del río Arma, y en Neira, reflexionamos sobre el pensamiento del maestro apoyados en el texto del Viaje a pie y el paisaje que lo inspiró, y establecimos los contrastes entre el país de 1929 y el de hoy. Pablo Ospina, mi compañero de camino, hizo de modo simbólico el papel de Benjamín Correa en el documental y no me dejará mentir. El acercamiento al maestro representó una gran experiencia espiritual en esos caminos de arriería, nos ayudó a comprender su trabajo de artista y nos hizo pensar, entre las infecciones de la violencia, el duelo y las marchas impotentes e impotentes, que el país debería prestar atención al escritor de Envigado porque advirtió con lucidez el embrollado futuro, es decir, esto, señalando al mismo tiempo los derroteros de la esperanza con un pensamiento noble y saludable y su devoción por la vida.

Repetimos el libro paso por paso, haciendo incursiones someras en las obras que convirtieron a Fernando González en un escritor de culto, es decir, uno que jamás aparece en la lista de los más vendidos pero se sigue editando y leyendo pese a la indiferencia del grueso público lector ante un escritor esencial en la literatura colombiana. La mayoría de los críticos temen a Fernando González porque no se puede encasillar, por su naturaleza indefinible. Aún no advirtieron que sus obras en su diversidad de géneros y su desorden aparente son un testimonio de vida, expresión de la catarsis de un hombre que todavía ayuda a algunos a lidiar este mundo trágico y hermoso, con una prosa llena de gracias, sinceridad y humor altivo.

En el documental que Teleantioquia transmitirá en agosto dejamos consignados pueblos inmóviles, bobos de pueblo, mendigos de camino, personajes admirables como Julio, el hombre que prestó nuestro propio filósofo de Abejorral, el que nos dio lecciones de caballos en una caballeriza de Salamina, y como Daniela la campesina de trece años que habría conmovido a Fernando González como nos conmovió a todos en el equipo de grabación, en San Rafael, con su sonrisa luminosa y sus ojos claros como dos verdades. Y claro, el cóndor que nos saludó en el moribundo nevado del Ruiz demorándose con las alas abiertas en un cielo blanco sobre el desierto de arenas coloradas. Un país lleno de riquezas físicas y espirituales y de misteriosas miserias. De horizontes y abismos. Y la sonrisa gloriosa y purificadora de Daniela.

Fuente:

Periódico El Tiempo, julio 10 de 2007, columna de opinión Contravía.

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