De Viaje a pie: tiempo,
cinismo y escritura
~ Introducción ~
Por Samuel Colmenares Cortés
Durante mis años de universidad nunca escuché el nombre de Fernando González, ni entre mis profesores, ni entre mis compañeros. Nuestro encuentro, en cambio, fue entre los libros de la biblioteca de mi casa, y estuvo pulido por la casualidad y el azar. Su Viaje a pie lo leí en unas vacaciones, y cuando me decidí a hacerlo centro de la tesis, no había vuelto al libro durante varios meses. Así empecé un trabajo de investigación desde cero, con una única lectura del libro y sabiendo nada de Fernando González.
Lo que hoy sé de la vida de González es tan reducido como lo que he leído del resto de su obra textual, dado que la una se corresponde con la otra. No por falta de tiempo o ánimos, sino porque quise direccionar mis energías a un solo objetivo, su Viaje a pie, ya que pronto me di cuenta de que el deseo de «absoluto» —que es el de González—, también es contagioso pero inabarcable. Sobre los libros de Fernando González, Carolina Sanín, en su libro Pasajes de Fernando González, dice que hacer un compendio de ellos es difícil dado que «contienen todos lo mismo pero en distintos estados de desarrollo y dispuestos según diversas maneras de imaginar un organismo textual». Por tanto, y dado que sus libros lindan constantemente todos entre ellos, siempre persiste la inquietud de que la lectura de uno no está completa sin la del otro. No encontré en mis investigaciones un solo trabajo exhaustivo dedicado única y exclusivamente a Viaje a pie. Esto tiene sentido, no que no haya, sino que sea común que los autores brinquen, de obra en obra, buscando respuestas.
Si bien abundan y sobran comentarios introductorios a Viaje a pie como breves reseñas y paneos generales del libro, no hay ninguno que quiera abarcarlo absolutamente todo. Este, me temo, tampoco es el caso; queda mucho por decir. Se intentó, sin embargo, más de lo que hasta hoy se ha escrito específica y concretamente acerca del libro, bien o malamente ejecutado; poco importa. Dice Fernando González en su Viaje a pie que todo depende del ánimo: «El ánimo, esa fuerza desconocida que nos hace amar, creer y desear más o menos intensamente. El ánimo, que no es la inteligencia, sino la fuente del deseo, del entender y del obrar». Y en ese sentido intenté ser lo más fiel posible a ese maestro de Otraparte, como comúnmente se le llama a González. Por otro lado, lo que hoy sé de Viaje a pie quiero olvidarlo hasta un futuro reencuentro en el que ni él ni yo seamos los mismos.
Donde sí escuché de Fernando González fue fuera de la universidad: puros rumores. Un amigo, casi filósofo, no rescataba nada de la filosofía de Viaje a pie aun sin leerlo, y una amiga, de ascendencia paisa, no confiaba en la calidad literaria de otro libro de González, El Hermafrodita dormido, también sin haberlo leído. Siempre, frente a la figura de González —perdida y misteriosa entre la historia de la literatura colombiana—, se enfrentan las convicciones infundadas de quienes lo han sólo escuchado nombrar, contra la incertidumbre de quienes mucho o poco se han acercado a su obra. Incertidumbre, pues González es un buen aprendiz, pero un pésimo maestro. Leerlo es un desafío, y luchar por transmitir tal cual tanto su filosofía como su manera de hacer literatura es una labor casi que tautológica. Por eso muchos pecamos por querer explicarlo, circundando su vida y obra con conceptos y figuras rígidas: pura retórica. Este estudio es uno de ellos.
Pero estamos tranquilos y con la conciencia en calma los que sabemos que, también como dice Sanín: González es un «maestro, pero no uno a quien imitar». Las verdades que él encuentra en su aventura literaria y filosófica son las suyas, y prontamente «nos arroja en brazos de nuestra propia vida, como diciéndonos: “Ahora, hazlo tú”», como bien dice Santiago Aristizábal Montoya. Es, por tanto, una tesis libre de culpa y resentimiento: se ha hecho lo auténticamente posible; afirmo junto con González en su Viaje a pie: «[…] el hombre tiene lo que merece; no tendrá lo que no merece. Venga, pues, a cada uno lo suyo».
En la tesis se abordan puntualmente tres problemáticas. Primera, la relevancia del tiempo presente en que Fernando González vive y escribe Viaje a pie (1929), es decir, las primeras dos décadas del siglo xx en Colombia. Segunda, la aproximación a Fernando González como crítico cínico y lo que esto quiere decir. Tercera, la preocupación por la forma y el registro escritural en el que se escribe el libro. Estos tres elementos son, en realidad, una trenza que siempre va unida, y que por razones prácticas y de aprovechamiento, se han deslindado.
Respecto al primer apartado, que es el del tiempo, podría decir lo siguiente. José Luis Gómez Martínez en su libro Teoría del ensayo dice: «El ensayista escribe, es verdad, desde y para una época, por lo que los temas y las aproximaciones a ellos estarán forzosamente subordinados a la circunstancia del presente vivido. Pero ello no impide […] que la opción reflexiva que adopta el ensayista libere a su obra de su nota de caducidad que supone toda sujeción a un espacio y un tiempo concretos». Gómez Martínez está argumentando que un buen ensayista hará de sus reflexiones elementos móviles que no se restrinjan al espacio y al tiempo en los que fueron pensados y escritos. En esa medida, como lo dice Gómez Martínez, aún hoy los ensayos de Michael de Montaigne, por ejemplo, tienen algo que decirnos; son, en su esencia, materia prima universal y hablan en definitiva de la condición humana.
Este presente año se cumplen 92 años desde la primera edición de Viaje a pie. Esa distancia temporal siempre resuena entre el lector, pues en ocasiones se siente lo anacrónico de los temas, al mismo tiempo que otros aparecen terroríficamente hablando de nuestro ahora. Fernando González hace de su tiempo presente un paisaje cuyo fondo es lo eterno. A casi cien años de ese entonces es evidente que el libro ha perdido valor de actualidad en tanto que a las referencias más mundanas y consuetudinarias. Por tanto, saber quién fue Pehr Henrik Ling y cuáles sus movimientos, o saber del «doctor Mesmer», o del senador colombiano José María Rojas Garrido quien fuera presidente de Colombia por allá en 1866, o incluso saber quién fue Carlos E. Restrepo (suegro de nuestro protagonista), son accesorios que si bien profundizan su lectura no la enriquecen más. Por otro lado, son sus preocupaciones más «humanas» y por tanto más genuinas las que impulsan al libro a no desfallecer y a que aun hoy tenga validez y una lucidez perenne.
Es así como en Viaje a pie se entrelazan las impresiones más personales de un personaje extraordinario y controversial con relación a un momento de grandes transformaciones nacionales: el choque entre un país rural, campesino, conservador, fervorosamente católico enfrentándose a la «modernidad» que llegaba para «poner al día» al país respecto al resto del mundo. González, examinando los sucesos del tiempo presente que le ha tocado vivir, busca un ámbito universal donde tengan acogida todas sus meditaciones. La maestría de González es, entonces, su capacidad de tensar el arco de la circunstancia para desprender de ella y dejar libre una flecha que una todo tipo de distancia. No obstante, resulta necesario detenerse en aquellas primeras dos décadas del siglo xx en Colombia para darnos cuenta de cómo ningún proceso mental, por más «universal» que pueda ser surge de la nada, sino que, por el contrario, tiene su origen en sucesos concretos que funcionan como marco para la experiencia. Experiencia que marca la pauta de lo que uno es «al mismo tiempo que».
Habiendo justificado la necesidad del análisis de estas décadas, la tesis se centrará en la definición del cinismo. La fama que se ganó González siempre fue la del paisa descarado, atrevido, desvergonzado y sardónico. Comúnmente se le ha catalogado como un cínico de su tiempo, y al tipo de crítica que hacía como una crítica cínica. Me inquietaba saber hasta qué punto ese rótulo era tanto acertado como inoportuno. Primero era menester ahondar en las definiciones que el «cinismo» podría tener para no ensañarse únicamente con la idea vaga de que el cínico es el que dice lo que piensa sin ningún tipo de reparo. A partir de ahí direccionar y acomodar la investigación puntualmente hacia Viaje a pie. Respecto al cinismo se tendrá como base teórica lo dicho por Peter Sloterdijk en su libro Crítica a la razón cínica. En él, como veremos, la definición de cinismo está cargada de historia y matices como, por ejemplo, su más representativo personaje Diógenes de Sinope, o su otra acepción semántica Kinismo o Quinismo. Con estas especificaciones se intentará enriquecer la lectura de Viaje a pie al descubrir en qué erraba y en qué acertaba este tipo de aproximación que por tantos años ha hecho la crítica colombiana a la obra de González. Se parte, entonces, desde el presupuesto de que en efecto González es un cínico; el problema es: uno de qué clase. ¿Existe cierta liviandad al cobijar la figura de González bajo este término o por el contrario es más preciso de lo que aparenta? Alrededor de las definiciones que se propongan del cinismo y quinismo se formularán nuevos análisis textuales de Viaje a pie.
Por último, se abordarán los registros narrativos con los que está escrito Viaje a pie. Existe un gran debate en torno a las obras de González, respecto al género literario en donde están suscritos. Incluso hay quienes también afirman que no es propiamente literatura lo que González escribe. Autores como Efrén Giraldo o como Sergio Palacio han preferido ver en González una obra propia de un ensayista más que de un novelista, por ejemplo. No hace falta ser un experto en literatura para darse cuenta —basta con una lectura de cualquiera de sus libros— de que la forma de escribir de González no se ajusta, ni siquiera, a las más consensuadas y comunes definiciones y nociones de lo que es un discurso literario. La dificultad en organizar los libros de González según un criterio o parámetro medianamente hegemónico hace dudar a muchos críticos y a muchos de sus lectores sobre su calidad literaria. Sumado a esto el hecho de que en sus libros abunden las elucubraciones filosóficas hace que no sólo la literatura y sus estudiosos se sientan aludidos, sino también los de la filosofía.
Es así como tranquilamente se puede decir que ni es literatura, ni es filosofía lo que González escribe. Que más bien puede ser la aglutinación de fragmentos de diarios o anotaciones de sus libretas, como también apuntes biográficos con ciertos matices ficcionales. Las pinzas con las que se puede interpretar la obra gonzaliana son tantas que, a pesar de no gozar de un renombre en la historia literaria del país, sí genera mucho debate. Respecto a esto, Viaje a pie no disiente. No sólo se tratan temas propios de filosofía, de política, de economía, de arte, de literatura, acompañados de sus respectivos términos y códigos, sino que además las páginas abundan en disecciones y apartados que pueden confundir al lector: ya sean entradas de diarios; capítulos que pueden corresponder a las jornadas de viaje; transcripciones de otras libretas viajeras; pequeños ensayos y escolios; listados; anotaciones y enumeraciones, etc. ¿Es un libro de crónicas de viaje? ¿Es un libro de ensayos? ¿Qué es Viaje a pie en tanto género literario? Este indeterminismo, que no es gratuito, sino intencionalmente buscado por el autor, tiene que ver con la libertad, la originalidad y la marginalidad.
Estos tres rasgos del libro son difíciles de atomizar. Al separarlas drásticamente se corre el riesgo de que se pierda visibilidad de la intrínseca relación que ellas tienen. La correspondencia entre el tiempo histórico, el cinismo y la escritura no se dividen dentro del libro en fragmentos independientes, como aquí. Pero he intentado ir de lo macro a la micro: desde el contexto nacional, crucial y determinante tanto para el desarrollo económico, social, cultural, y personal, hasta una manifestación concreta y específica que se presenta como síntoma: el viaje y el libro. Por tanto, a continuación, se intentará dar respuesta a la pregunta: ¿Cómo y qué características tiene, en Viaje a pie, la representación del cinismo de Fernando González tanto para la escritura del libro como en su postura crítica frente a un estado de cosas relativas al momento histórico? Con esto quiero abrir una discusión alrededor de Viaje a pie sobre un saber y un poder que no reposa en las palabras ni en la retórica, sino en la concreción de las ideas. No basta vivir dentro de los discursos, en necesario encontrar en ellos la consecuencia de una vida.
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Fuente:
Colmenares Cortés, Samuel. De «Viaje a pie»: tiempo, cinismo y escritura. Trabajo de grado presentado como requisito para optar por el Título de Profesional de Estudios Literarios, Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Ciencias Sociales, Bogotá, 2021.
