Lanzamiento

4 maestros del siglo xx

Negret • Obregón • Roda • Botero

—Miércoles 28 de septiembre—
Hora: 7:00 p.m.

Portada del libro «4 maestros del siglo XX» de Samuel Vásquez

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Ver transmisión en vivo:

YouTube.com/CasaMuseoOtraparte

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Lugar:
Casa Museo Otraparte

Entrada libre hasta
completar aforo.

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Samuel Vásquez (Medellín, 1949) es poeta, dramaturgo, ensayista, músico y artista plástico. Cofundador y curador de la Bienal de Arte de Medellín. Comisario de la Bienal de Montevideo, Uruguay. Fundador y director del Taller de Artes de Medellín que congrega teatro, música, literatura y artes plásticas. Sus obras de teatro han sido escenificadas por grupos de España, Venezuela y Cuba, así como algunos grupos colombianos. Dirigió 17 obras teatrales, ha participado como miembro del Comité Organizador del Festival Internacional de Poesía de Medellín y fue cofundador de la revista «Prometeo». Poemas y ensayos suyos aparecen en libros y revistas del país y del exterior. Su poesía ha sido traducida al rumano, portugués, francés e inglés. Los montajes teatrales «El Bar de la Calle Luna» y «El Arquitecto y el Emperador de Asiria» fueron aclamados como los más importantes en el Festival de Manizales y el Festival de Teatro Hispano de Estados Unidos. Ha recibido, entre otros, los siguientes premios y distinciones: Premio a la Mejor Obra, Festival de Teatro Hispano, Estados Unidos, (1989); Premio Nacional de Dramaturgia, Ministerio de Cultura (1992); Beca Nacional de Creación, Ministerio de Cultura (1993); Premio Concurso Internacional de Dramaturgia Ciudad de Bogotá (1999); Premio de Ensayo Ciudad de Medellín (2005); Beca de Creación Ciudad de Medellín, Modalidad Ensayo, (2007); Distinción Especial Museo de Antioquia por su contribución al desarrollo del arte contemporáneo (2007); Premio de Poesía Ciudad de Medellín (2010); Premio Nacional por Reconocimiento a Vida y Obra, Universidad de Antioquia, 2011; Premio Erato de Poesía por Reconocimiento, 2015. Su compilación «20 del xx – Poetas colombianos» fue considerada por la revista «Arcadia» como el mejor libro de poesía publicado en 2013. Así mismo, es autor de «Las palabras son puentes que nos separan» (poesía), «Gestos para habitar el silencio» (poesía), «Técnica mixta» (teatro), «El bar de la calle luna» (teatro), «Negret o la imaquinación» (ensayo), «Erratas de fe» (ensayo), «otra Palabra otra» (poesía), «El olvido nos protege de la belleza» (conversaciones), «Antonio Samudio» (con Juan Manuel Roca, ensayo), «El abrazo de la mirada» (ensayo, tres tomos), «Para no llegar a Ítaca» (ensayo), «Diario de la errancia» (poesía) y «¿En qué dragones estamos creyendo?» (conversaciones, 2021), entre otras obras.

Presentación del autor y su obra
por Lucía Estrada y Pablo Montoya.

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Logo Editorial Pequeña Alejandría

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El movimiento de la plástica colombiana apenas empieza con la exposición de Pedro Nel Gómez en 1934, y tenemos que esperar hasta los años 50 la aparición emergente de las obras de Édgar Negret y Alejandro Obregón para que pueda ser considerado como un movimiento artístico con actividad permanente.

Indudablemente los artistas que introdujeron la modernidad plástica en Colombia son Alejandro Obregón en la pintura con sus bodegones, barracudas y cóndores, y Édgar Negret en la escultura con sus objetos mágicos (magic machines) y sus «kachinas», aunque, como todo en Colombia, la modernidad nos llegó tarde, casi en tiempos de la posmodernidad. Las circunstancias peculiares en las que hicieron arte en medio del yermo paisaje cultural de entonces (sin galerías ni libros de arte ni historiadores ni compradores) le agrega valentía al valor de la obra formidable de estos cuatro maestros que, como zahoríes de gran intuición supieron sacar agua en este desierto nuestro.

Samuel Vásquez

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Samuel Vásquez

Samuel Vásquez

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4 maestros del siglo xx

~ Fragmentos ~

Édgar Negret

Cuando —en los años cincuenta— Negret encuentra su voz, su palabra y su tono, va de la magia ancestral a la ciencia moderna, de los fetiches indígenas a las máquinas contemporáneas, de sus «kachinas» a sus «navegantes espaciales». Y —años después— regresa de lo científico y tecnológico a lo ancestral, asumiendo lo mítico americano. Es cuando hace sus «deidades», sus «quipus», sus «templos solares». Los materiales que ha elegido le confieren una fuerte unidad estilística, a pesar de enfrentar asuntos tan disímiles conceptual, temática y formalmente.

Varios críticos y ensayistas han dicho que Negret resalta con su obra la producción industrial. Que sus esculturas evocan el producto en serie. Me parece que estas apreciaciones, hechas con la más buena voluntad, no son exactas. No es el producto de consumo de la era industrial lo que refiere Negret, es la máquina que nos permite viajar, navegar, ir al espacio extraterrestre. La máquina que nos permite volar. El producto industrial es, casi siempre, cerrado, de consumo inmediato, desechable. La máquina en cambio se puede desarmar en sus elementos constitutivos, reemplazar las piezas dañadas, arreglar, volver a armar y la máquina sigue funcionando con eficacia. Por ello la utilización de tuercas y tornillos ha sido consustancial a la máquina. Es lo que hacemos cuando restauramos una escultura de Negret: aflojamos tuercas y tornillos, separamos sus partes, resanamos, pintamos, volvemos a armar y la maquinaria de la poesía de la escultura sigue funcionando con plena eficacia. Pienso que esto no había sucedido antes en la escultura moderna de Europa y América.

Escultura de Édgar Negret

«Puente»

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Alejandro Obregón

La primera batalla a favor de Latinoamérica en la pintura de Obregón se logra rompiendo la pared del fondo del cubo escénico y dejando ver el mar Caribe en su «Bodegón en azules» de 1956 (no fue posible conseguir imagen de esta obra), donde una vigorosa mancha azul se apodera de la parte posterior de la escena, y culmina en 1959 con su «Bodegón marino» (sin imagen aquí), en el que el mar azul ha inundado la estancia pictórica y el paisaje toma posesión de la tela convirtiéndola en un espacio abierto.

En una epifanía, aparece su estilo. Pero no como reiteración de un tema o un color, ni como la decisión de adoptar unas únicas maneras de resolver las formas y establecer la composición. No. Aquí aparece el estilo como ese combate sincero entre lo real objetivo y la visión del pintor, de donde debe salir victoriosa una síntesis poética. En esta relación dialéctica es preferible que el artista se imponga sobre lo real objetivo, a que el modelo se imponga sobre el pintor. Si el artista fracasa ante la realidad que busca poetizar, la realidad permanece intacta. Si el artista se impone poéticamente sobre lo real objetivo transformándolo, la poesía gana y eso real inédito pasa a ser parte de la realidad humana. El poder de revelación del arte toma pedazos inéditos de realidad en bruto, y los añade, transformados poéticamente, a la realidad cultural.

Obregón emprende la tarea, postergada por demasiado tiempo en Colombia, de nombrar una realidad inédita que nos envuelve y nos instiga.

«La cóndora» de Alejandro Obregón

«La cóndora» (1958)

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Juan Antonio Roda

Cuando se habla de poesía visual y observamos los ingenuos juegos tipográficos que algunos presentan como tal, o vemos la imaginación obvia que otros exhiben en sus plantillas de palabras repetidas formando un perfil que remeda el objeto que la palabra designa, no dejamos de pensar que un artista como Chagall, con esa bella evocación de su pueblo y de su infancia y su visión sincrética de niño, es, él sí, un Poeta Visual. Pensamos que, en general, la poesía visual se ha dado con más naturalidad y menos ostentación en las artes plásticas. En Colombia artistas como José Antonio Suárez y Juan Antonio Roda en sus grabados, han hecho algunos de los más genuinos poemas visuales en Latinoamérica.

Con el inicio de sus series de grabados, en 1971, Juan Antonio Roda rompe con su obra anterior: asume una poética generadora y abandona las estéticas ya establecidas a las que se había adherido. Desde ese momento no representa, no repite lo visto, no es objetivo. En sus grabados imagina, crea una visión, construye una nueva sintaxis con formas reconocibles. Y su imaginación nos hace ver. Esta visión es una función activa que agrega algo «que no estaba antes el mundo», y difiere sustancialmente de la percepción, función receptiva, propia del espectador.

Esta capacidad de mirar lo que no ha visto es una potencia creadora, y hacerlo visible a los demás, mostrarlo, es un talento artístico.

«Presagio» (1977) de Juan Antonio Roda

«Presagio» (1977)

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Fernando Botero

Tal vez sin saberlo, Botero practica el antiguo método de las oposiciones de la danza oriental: a su honda cultura del color, opone el liviano humorismo de sus temas; a su práctica pictórica europea, el mundo local de su Medellín natal. Y ese rico y erudito sentido del color se ha mantenido vivo por muchos años.

Aquellas enormes figuras se echan encima del espectador con una ternura y una dulzura que lo estrujan sin agredirlo, como el «tigre de ternura» de Cansinos Assens. Sin embargo, su placidez impasible es siempre aguijoneada con el gesto flagrante y libre de la pincelada. Esas pinceladas vehementes y palpitantes crean ritmos al interior de las formas mismas, y son animadas con un color dulce aprendido en la Italia de Giotto y sus contemporáneos.

Aquí no se trata del Drama de la humanidad, sino de la Comedia de una realidad específica, situada. Es una realidad local desmesurada, tratada con el conocimiento profundo de una técnica aprendida en la historia misma del oficio pictórico.

Anti-académico en lo formal y en lo temático, busca la más honda «academia» en una práctica pictórica fundamentada en el Renacimiento y en el Barroco.

Botero es el tema regional tratado en lengua culta y precioso oficio, como lo han hecho en Colombia Blas Emilio Atehortúa en la música, Rojas Herazo en la poesía, y García Márquez en la novela.

«Predela (San Miguel Arcángel)» (Ca. 1959) de Fernando Botero

«Predela (San Miguel Arcángel)»
(circa 1959)

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