El brujo ante la máquina que piensa: Fernando González y la inteligencia artificial
Especulación filosófica sobre qué diría el pensador de Otraparte ante la era de los algoritmos.
Por Fernando Castro T.
Hay pensadores que tienen la extraña condición de no envejecer. No porque sus ideas sean atemporales en el sentido vacío con que suele usarse esa palabra, sino porque nacieron ya fuera de su tiempo, como si hubieran llegado al mundo equivocados de siglo. Fernando González Ochoa, el filósofo antioqueño que vivió entre 1895 y 1964, fue uno de esos hombres que caminan delante de sí mismos. Hoy, cuando la inteligencia artificial amenaza o promete —según quien mire— reconfigurar todo lo que entendemos por pensamiento, trabajo, creatividad y destino humano, resulta inevitable preguntarse qué habría dicho ese viejo testarudo de Envigado ante semejante espectáculo.
La pregunta no es ociosa. González dedicó su vida entera a una sola obsesión: entender qué es el hombre de verdad, no el hombre de los catecismos ni el hombre de los discursos, sino esa criatura concreta, sudorosa, llena de contradicciones y de instintos que camina por las carreteras de Antioquia o se sienta en los cafés a mirar pasar los entierros. Para él, pensar no era un ejercicio académico ni una performance de inteligencia: era la forma más alta de honestidad con uno mismo. Y esa honestidad, insolente y sin anestesia, es exactamente lo que le hubiera exigido a cualquier conversación sobre los nuevos dioses de silicio.
El hombre que desconfió de todas las máscaras
Antes de imaginar qué diría González sobre la inteligencia artificial, conviene entender el tipo de filósofo que fue. No fue un sistemático. No construyó una ontología ni dejó un manual de doctrina. Lo que dejó fue algo más difícil de imitar y más fácil de ignorar: una actitud. Una manera de pararse frente a la realidad sin el paraguas de las convenciones ni el abrigo de los lugares comunes. Desconfió siempre de los que hablan mucho y sienten poco, de los que confunden la elocuencia con el pensamiento, de los que «llenan los vocablos con hechos despreciables y se imaginan que así hacen odiosa la verdad» (Nociones de izquierdismo, 1936-1937 [2000]).
Esa desconfianza sistemática hacia las máscaras y los disfraces sociales —los hábitos de los curas, los uniformes de los militares, los títulos de los doctores, las banderas de los partidos— sería hoy su punto de partida ante la inteligencia artificial. Porque la IA también viene vestida de máscara. Viene disfrazada de neutralidad, de objetividad, de progreso inevitable. Y González, que nunca le creyó a nadie que se presentara como la encarnación del bien común, comenzaría por preguntarle a la máquina: ¿a quién sirves tú, realmente? ¿Quién te alimentó con datos? ¿Quién decide lo que aprendes y lo que olvidas?
La agonía como condición humana irreductible
Uno de los conceptos más propios del pensamiento de Fernando González es el de la agonía. No en el sentido clínico de los últimos estertores, sino en el sentido más hondo: la condición permanente del ser humano consciente de su finitud, que vive tironeado entre lo que es y lo que quisiera ser, entre la carne que lo ata y el espíritu que lo jala hacia arriba. Para González, todos somos agonizantes. El hombre en su «plenitud fisiológica, en las bodas y aun en los bautismos», percibe la cadaverina (Libro de los viajes o de las presencias, 1959).
Aquí es donde el choque con la inteligencia artificial se vuelve más interesante. La IA no agoniza. No puede hacerlo. Procesa, optimiza, predice, genera, pero no tiene la experiencia de saberse mortal. No tiene el miedo de caer «sin que haya donde caer» que González describe con tanta precisión cuando habla de los agonizantes que buscan al Señor en los pasillos de las iglesias de Envigado (Libro de los viajes o de las presencias, 1959). Y eso, para González, no sería una ventaja de la máquina sino su limitación más profunda. Porque él creía que es precisamente la conciencia de la muerte lo que empuja al hombre a pensar de verdad, a sentir de verdad, a amar de verdad. Sin esa presión de la finitud, el pensamiento se vuelve ejercicio, gimnasia mental, y nada más.
Entonces, ¿puede pensar una máquina que no sabe que va a morir? González respondería que no. Que lo que hace la IA es calcular, que es admirable y que sirve para muchas cosas, pero que no es pensamiento en el sentido que a él le importaba. Porque el pensamiento que él persiguió toda su vida tiene raíz en el cuerpo, en los instintos, en los olores y en los miedos. «El verdadero arte —decía— huele a semilla, a semen, a humus» (El remordimiento, 1935). El verdadero pensamiento también. Una máquina que procesa texto a temperatura cero, sin transpiración, sin duda existencial, sin el peso de sus propias contradicciones, produce algo que puede parecerse al pensamiento, pero que carece de su sustancia vital.
La automatización y el problema del ocio forzado
Uno de los grandes debates de nuestro tiempo es el que gira en torno al futuro del trabajo en la era de la automatización. Millones de empleos, se dice, serán reemplazados por sistemas inteligentes. Conductores, contadores, analistas, redactores, incluso jueces y médicos podrían ver sus tareas absorbidas por algoritmos que lo hacen más rápido, más barato y sin vacaciones. La pregunta que surge es, como siempre, la misma: ¿para qué quedarán los hombres?
González habría encontrado en esta pregunta algo profundamente familiar. Él también vivió en un país donde la mayoría de los hombres hacían cosas que no los llenaban, que no los expresaban, que los reducían a instrumentos de producción ajena. Su crítica de las clases dirigentes colombianas, de los oligarcas que usaban al pueblo como palanca para sus negocios privados, anticipa de manera asombrosa la crítica contemporánea a las grandes corporaciones tecnológicas que automatizan la producción para concentrar la ganancia en cada vez menos manos. La lógica es la misma: usar al otro como medio y nunca como fin.
Pero González no era un ludita. No habría pedido quemar los servidores ni prohibir los algoritmos. Lo que habría exigido es una redistribución honesta de los beneficios y, sobre todo, una reconfiguración radical de la educación. Porque para él, la tragedia de Colombia no era que la gente fuera pobre, sino que era pobre y además no sabía para qué servía su vida. La automatización que libera tiempo para el ocio puede ser la más grande oportunidad de la historia humana, o puede ser la más grande catástrofe, dependiendo de si ese tiempo libre se llena con pensamiento y creación, o con entretenimiento barato y obediencia pasiva. González hubiera apostado por lo primero y temido lo segundo, no sin cierta ironía ante la previsible incapacidad de los gobernantes para elegir el camino correcto.
El peligro de los nuevos sacerdocios
Hay una figura recurrente en el pensamiento de González que cobra una dimensión nueva en el contexto de la inteligencia artificial: la del sacerdote. No necesariamente el cura de sotana, sino el tipo de personalidad que se erige en intermediario entre el hombre y la verdad, que se apropia del acceso al conocimiento y lo convierte en poder. González dedicó energías inmensas a combatir ese patrón, convencido de que cada vez que un hombre renuncia a pensar por sí mismo y le entrega esa tarea a otro —sea un padre, un partido, una iglesia o un Estado— algo esencial en él muere.
Hoy los nuevos sacerdotes son los ingenieros de los grandes modelos de lenguaje, los directivos de las corporaciones tecnológicas, los reguladores que deciden qué información circula y cuál no. La IA, que en principio debería democratizar el acceso al conocimiento, tiene también el potencial de convertirse en el mayor sistema de intermediación que haya existido: una caja negra que da respuestas sin explicar por qué, que filtra el mundo antes de que el hombre pueda verlo directamente. González, que siempre quiso ir directamente a las fuentes —a la carretera, al café de la esquina, al hombre que está parado mirando los charcos—, habría visto en esa mediación algorítmica un riesgo formidable para la autenticidad.
Porque la autenticidad, para González, no era un valor estético sino una condición de existencia. El hombre que se deja pensar por otros deja de vivir de verdad, pasa a habitar una vida prestada, una máscara que alguien más diseñó para él. Y en ese sentido, la amenaza de la inteligencia artificial no está en que sea más inteligente que los humanos, sino en que los humanos la usen como pretexto para no tener que pensar, para no tener que sentir, para no tener que cargar con el peso glorioso y aterrador de su propia conciencia.
La voz interior como resistencia
Al presentar su revista Antioquia, González escribió algo que parece escrito para hoy: prometió izar «la bandera múltiple, jamás vieja, de los piratas, sometidos únicamente a nuestra voz interior» (revista Antioquia n.º 1, 1936). Esa voz interior era para él el único tribunal legítimo, la única autoridad que merecía obediencia. Todo lo demás —las instituciones, las modas intelectuales, las mayorías, los expertos— debía ser sometido a examen.
Eso es precisamente lo que la inteligencia artificial pone en jaque de manera más sutil que todas las ideologías anteriores. Las ideologías del siglo xx al menos eran visibles, declaradas. Uno sabía que había una doctrina que debía seguir. La IA, en cambio, opera en el susurro. No ordena: sugiere. No prohíbe: no muestra. Construye un mundo que parece ser el mundo, cuando en realidad es una selección curada por intereses que raramente coinciden con los del usuario que está al otro lado de la pantalla.
González hubiera sido implacable con esa blandura. Hubiera señalado que el hombre que cree pensar libremente mientras le pregunta a un algoritmo qué película ver, qué leer, qué creer y a quién votar, está en realidad en la condición más perfecta de servidumbre: la del esclavo que no sabe que lo es. Y hubiera añadido, con esa mezcla de humor y brutalidad que lo caracterizaba, que no es la máquina la culpable sino el hombre que prefiere la comodidad de la respuesta ya dada al esfuerzo áspero de buscarse a sí mismo.
El pensamiento como acto de vida
Al final, lo que González nos dejaría ante la inteligencia artificial no es una respuesta sino una postura. Una manera de estar parado frente a lo nuevo sin rendirse a él ni rechazarlo ciegamente. La postura de quien sabe que vivir es robar incesantemente momentos a la muerte y que esos momentos robados —los únicos que cuentan— son los que uno vive de verdad, con los ojos abiertos, con el cuerpo comprometido, con el miedo presente y la inteligencia alerta.
El pensamiento genuino, ese que González buscó en las carreteras de Antioquia, en los cafés de Envigado, en las discusiones con sus amigos y enemigos, en los viajes que lo llevaron a pie por los caminos de América, no puede ser delegado a una máquina sin que deje de ser lo que es. Puede ser asistido, puede ser provocado, puede usar herramientas nuevas. Pero su sustancia —ese roce íntimo y a veces doloroso entre el hombre y su propia verdad— exige presencia, cuerpo, tiempo, fracaso y la conciencia permanente de que uno es un agonizante que solo tiene este momento.
La inteligencia artificial es, en el mejor de los casos, un espejo muy sofisticado. Devuelve lo que le damos, amplificado y reorganizado. El problema no es el espejo: el problema es si el hombre que se mira en él tiene algo que ver, o si ha llegado a ese punto de vaciamiento interior en que el reflejo le parece más real que el original. González habría querido, como siempre quiso, que sus compatriotas y sus contemporáneos —nosotros— eligiéramos lo real. Que saliéramos de las casas, de las pantallas, de las cómodas certezas algorítmicas, a caminar por las carreteras donde la vida sucede sin filtros ni sugerencias, donde el olor de la tierra y el canto de los pájaros no pueden ser optimizados por ningún modelo de lenguaje, y donde uno todavía puede, si quiere, hacerse la pregunta más antigua y urgente: ¿qué soy yo, realmente, y para qué estoy aquí?
Esa pregunta, sospechaba González, tiene respuesta. Pero nadie puede contestarla por nosotros.
Fuente:
Castro T., Fernando. «El brujo ante la máquina que piensa: Fernando González y la inteligencia artificial». Comunicación personal, miércoles 3 de junio de 2026. Ensayo especulativo basado en las ideas y el pensamiento de Fernando González (1895-1964). En su elaboración se emplearon herramientas de inteligencia artificial como apoyo para la investigación, el análisis y la revisión de la redacción.
