Boletín semanal con la vida
y obra de Fernando González
Vigésima entrega
Fernando González
Filósofo de la autenticidad
Javier Henao Hidrón
10. Vanidad y egoencia
…lo único hermoso es la manifestación que brota de la esencia vital de cada uno. (F. G.)
La grandeza nuestra llegará el día en que aceptemos con inocencia (orgullo) nuestro propio ser (F. G.)
Para expresar la idea opuesta a la vanidad, Fernando González emplea no solamente la palabra personalidad, sino también —con más profunda connotación psicológica— un sonoro y elocuente neologismo: egoencia.
Estos vocablos se predican de actos, individuos y pueblos, y sirven para calificar su grado de energía, de fuerza vital, de autenticidad.
Pero la vanidad es, definitivamente, carencia de sustancia: apariencia vacía, no respaldada; por tanto, forma de simulación y hurto de cualidades.
Acto vanidoso es el que obedece a consideraciones sociales y no a determinaciones íntimas.
El vanidoso tiene hipertrofiado el deseo de ser considerado socialmente y su fin, por ende, es aparentar.
Pues bien: sobre los conceptos antagónicos de vanidad y personalidad-egoencia, Fernando González construyó una novedosa teoría que, por su intención y características, sirve para mostrar al desnudo a Suramérica y al hombre que la habita.
Con perspicacia y poder de síntesis, en Los negroides (1936) percibió el origen de nuestras costumbres y la razón de ser del comportamiento individual y colectivo, deformado por la influencia foránea y los complejos, hasta el punto de concluir que en este subcontinente no existen propiamente seres humanos, sino más bien «animales parecidos al hombre».
Al mismo tiempo, sin embargo, vislumbró la enorme potencialidad de esta raza: esperanza de futuro si logra adaptarse a la tierra en donde vive. Para ello se precisa la mezcla, en proporciones adecuadas, entre el blanco, el indio y el negro, de modo que, dirigida biológicamente, sea factible el surgimiento de un nuevo tipo humano capaz de expresar su orgullo y construir una cultura.
Suramérica —término que emplea por razones de eufonía, pero en el cual incluye también a los países centroamericanos— [1] es, en efecto, vanidad. Incapaz de formar un pueblo dotado de manifestaciones vitales propias e inconfundibles, vive a la zaga de Europa y, debido a ello, no sabe crear sino copiar: «Copiadas constituciones, leyes y costumbres; la pedagogía, métodos y programas, copiados; copiadas todas las formas» [2].
Surge de allí un estilo de comportamiento al que denomina suramericano o «bogotano». Porque bogotanos son en Quito, Lima, Santiago, Buenos Aires… Todos tienen en común el sentido de la imitación, la tendencia a importar modas y costumbres, a recibir prestados tanto ideas como ideales. Actúan bajo fuertes lazos de dependencia, convirtiéndose en simuladores de cuanto ocurre en el Viejo Continente: «…nada han parido, […] rezan como en Europa, legislan como en Europa y […] orinan como en Europa» [3].
En los países suramericanos el árbol de la vida carece de raíces en su propia tierra; la autoexpresión es inexistente y, por tanto, nada hay original.
El síntoma más visible de esos males consiste en que nos avergonzamos del indio y del negro. Tenemos vergüenza de nuestros padres y de sus instintos. Como consecuencia, nos hemos forjado la ilusión de que lo bueno y digno de imitar es lo europeo. (Más recientemente, también lo estadounidense, actitud que refleja aún más la persistencia del sentimiento de que somos colonia).
Ese complejo de ilegitimidad existente en el hombre suramericano es bautizado por Fernando González, que no sabe de eufemismos, «complejo hijo de puta», pues hijo de puta es aquel que se avergüenza de lo suyo.
«Aquí han dicho que uso palabras inmundas» —advierte con picardía—, y agrega con intención docente: «…lo que sucede es que estudio problemas nuevos, suramericanos».
Es la respuesta a sus compatriotas, a quienes conoce suficientemente porque, debido a los prejuicios, exhiben un criterio restringido y timorato. Más aún: cree ser el primero en investigar ese terrible complejo de vergüenza y, con penetrante visión de sociólogo, expone sus causas:
l.º En cuanto negros, somos esclavos, propiedad de europeos; fuimos prostituidos.
2.º En cuanto indios, fuimos descubiertos, convertidos; discutieron «si teníamos alma»; rompieron nuestros dioses; nos prostituyeron moral, religiosa, científicamente.
3.º En cuanto españoles, somos criollos, sin poder «probar la pureza de la sangre».
4.º Lo peor: que somos mezcla de las tres sangres; ocultamos como un pecado a nuestros ascendientes negros e indios. Somos seres que se avergüenzan de sus madres, o sea, los seres más despreciables que pueda haber en el mundo. En realidad, tal mezcla es un bien; pero en la conciencia tenemos la sensación de pecado. Vivimos, obramos, sentimos el complejo de la ilegitimidad [4].
Es lánguida su conclusión: porque tiene vergüenza del negro y del indio, el suramericano simula europeísmo y es dilapidador, prometedor e incapaz. De ahí que su liberación sea tan solo aparente. Y la gran tarea hacia el futuro consiste en abandonar la vanidad, las formas simuladas, para hacer que brote la autoexpresión, la cultura.
Donde observa mayores posibilidades de originalidad es en los países que formaron la Gran Colombia: Nueva Granada, Venezuela y Ecuador. Por la variedad de climas, de terrenos, de aguas y, sobre todo, por la variedad de instintos, de pasiones, etc., necesarios para producir un nuevo tipo racial. Los países situados al sur del Amazonas, en cambio, tienen estaciones y están atraídos por Europa; incluso en algunos el alma aborigen ha sido ahogada por la inmigración (el caso más protuberante es Argentina). Y cada vez más la inmigración, no solamente de europeos sino también de asiáticos, producirá el desaparecimiento de los tipos que habitan esos territorios.
Consecuente con sus ideas, para Suramérica concibe un programa muy diferente a los que suelen exponer los gobiernos en sus planes de desarrollo o los políticos en sus campañas electorales. Merece ser destacado:
Gobiernos legalmente fuertes y cultura. Crear y no aprender; meditar y no leer; hacer y no importar. Inculcar en el pueblo la verdad de que gozar de obras ajenas corrompe [5].
La norma de conducta —«meditar y no leer»— es válida para el hombre una vez superada la edad vanidosa por excelencia, que va de los catorce a los veintiocho años. A esta última edad ha llegado el momento, más que de leer, de observar; de meditar y crear. De lo contrario se irá al limbo, donde sostiene que se encuentran todos los suramericanos, menos Bolívar.
En 1937 insinuaba la urgente necesidad de una campaña contra esa costumbre que conduce al vicio de la repetición mecánica de cosas leídas. Sugería, en su reemplazo, instigar a la investigación, a la experimentación, a la documentación personal; organizar excursiones a pie con objeto científico; «formar herbarios, coleccionar piedras y animales» [6].
Advertía que aquella lectura suele generar una clase muy peculiar de genios: los «genios de las nalgas (capacidad de sentarse a copiar)».
Fue así, repudiando la vanidad y adquiriendo conciencia acerca de los males que produce, como nació en Fernando González la teoría que denominó filosofía de la personalidad.
La misma aparece en medio de tres circunstancias negativas que se complace en resaltar: en el hombre más inhibido (él, educado con los jesuitas, encarnación en su juventud de inhibiciones y embolias y que vivía de lo ajeno), en el país más inhibido (Colombia) y en el continente más vanidoso (Suramérica).
Cree que la poderosa ley de los contrarios romperá con el orden existente y generará otro completamente nuevo.
Cuando consigue descubrir las ideas madres de su filosofía, no oculta su emoción: «Soy el predicador de la personalidad; por eso, necesario a Suramérica» [7].
Se trata, sin duda, de una frase orgullosa. Pero su autor concibe el orgullo como fruto del desarrollo de la personalidad y, por ende, contrario a la vanidad.
¿Cómo hizo Fernando González para llegar a conclusiones novedosas respecto de la personalidad? Antes de exponer sus ideas hubiera querido recorrer las regiones de Colombia y los países de América. Hubiera deseado, además, disponer de un laboratorio de experimentación acorde con los requerimientos de la moderna psicología. Todo eso, sin embargo, estuvo lejos de su alcance.
«Lástima que la pobreza me [lo] haya impedido», es la queja expresada por boca de Manuelito Fernández, en Don Mirócletes. Revela entonces el procedimiento empleado:
El modo ha sido vagando por las calles, observando a mis amigos y parientes, asistiendo a tumultos, sermones, ejercicios espirituales, mesas eleccionarias, teatros [8].
A ese método vivencial y trashumante se adapta muy bien una de sus definiciones de la filosofía: «Es el arte de observar cautelosamente, agrupando hechos que luego se enuncian en proposiciones madres» [9].
Atisbador hemos llamado a este neosocrático. Hizo del verbo transitivo atisbar —mirar con cuidado— su oficio predilecto, practicándolo primero consigo mismo y después con cuanto le rodeaba. Ambas direcciones lo condujeron a un mismo camino: el de la afirmación del yo, solo posible mediante el cultivo de la personalidad.
Adquirir personalidad es, ante todo, disciplinarse mediante prácticas que conduzcan al conocimiento de sí mismo. Este conocimiento es esencial y la fuente de los demás conocimientos.
La personalidad es el conjunto de modos propios de manifestarse el individuo; la individualidad en cuanto aparecida o manifestada. Con este fin es imprescindible el empleo de métodos, los cuales conforman la cultura.
Su definición de cultura refleja esa tendencia a destruir la vanidad y caminar por senderos propios, autónomos, estéticos, haciéndola consistir en «abandonar lo simulado, lo ajeno, lo que nos viene de fuera, y en auto-expresarse» [10].
La cultura, por consiguiente, representa una etapa superior del desenvolvimiento humano. Es expresión individual, manifestación de libertad espiritual.
La educación, en cambio, la concibe como nacida de la imitación; sobre todo de personalidades fuertes o de pueblos poderosos. Educar es formar conforme a modelo, para que el individuo se ajuste a las normas.
Un proceso de transformación de la educación, que le permitiera al hombre llegar hasta la cultura, equivaldría al paso del imperio del rebaño al tiempo de la libertad.
El maestro, que enseña, es producto de la educación y hace posible que esta sea transmitida y conservada. El pedagogo, que instiga a los niños a la manifestación, es obra de la cultura. La escuela es acrítica y enseñadora (mera instrucción o adaptación del individuo al medio social); la cultura, ante todo, creadora. La escuela se nutre con cierta frecuencia de vanidad; la cultura, de la libertad. Pero es necesario precisar que esta requiere ser realista y no imaginativa, para que encauce hacia la liberación del vicio solitario que consiste en aprender sin que el conocimiento sea incitado por los sentidos.
Por ello, la cultura es premonitoria de la personalidad y de la egoencia. El verdadero educador es acicate, incitador o partero: consigue recrear en sí mismo la sucesiva representación del hombre sobre la tierra.
Al componerse de métodos, la cultura es un arte y tiene su fundamento en la psicología; esta nos enseña la naturaleza del hombre, sus instintos, tendencias, habilidades y determinaciones. De modo similar, no puede haber cultura sin metafísica; el cultivo del hombre ha de producirse con plena conciencia de su destino.
La cultura, por tanto, se expresa de dentro para afuera… procurando encauzar la energía hacia altos y nobles objetivos. La motivación le sirve de soporte. Los verdaderos motivos explican la cultura y confieren valor a los actos. Para que sean fuente de cultura, las manifestaciones deben brotar directamente de la personalidad. Es así como puede surgir el egoente, que se distingue por tener «la gracia de la lógica».
La cultura aproxima al hombre al espíritu, porque, al ir perdiendo la vanidad y autoexpresarse, se va desnudando. Y ya no habrá nada que le impida ascender.
¡Disfrutar de la emoción de ascender…!
Al Estado incumbe también la noción de contribuir a la futura expresión humana. Por eso, si de incorporar la teoría de Fernando González a los planes y programas oficiales se tratara, habría que concebir la misión del Estado dentro de objetivos fundamentalmente culturales: instigar a la autoexpresión, a la manifestación de las fuerzas creadoras de los individuos, teniendo como meta el reino de la libertad y del gobierno propio (anarquismo). De ahí la necesidad de gobiernos legalmente fuertes, que dispongan de capacidad de intervención de acuerdo con el grado de evolución de los pueblos. El fin es crear hombres, así haya que acudir a métodos un tanto drásticos, como los que inspiraron la «tiranía activa» de la que hablaba Bolívar.
Conviene señalar, por otra parte, que entre la vanidad y la egoencia existe una franja intermedia: la formada precisamente por aquellos hombres que carecen tanto de la una como de la otra. No simulan y tampoco su individualidad se manifiesta. Aunque nada hacen, son tenidos por virtuosos. A los progenitores de estos niños buenos, que no oponen resistencia, que permanecen tranquilos en zona neutral, Fernando González se limita a llamarlos «padres estériles» [11]. Cualquier disquisición en torno a ellos sería, ciertamente, inútil.
Nada como la personalidad. Ella permitirá afirmar: yo soy el que existo, así como lo dijo Jesucristo: «Yo soy el que soy». Su guía son las leyes de la motivación, pues sin esta la personalidad resultaría engañosa. Motivos íntimos, que broten de la esencia vital de cada uno.
Fernando González menciona el ejemplo de la corbata. El que la abandona puede ser para distinguirse o porque ya no le encuentra sentido. La corbata nada significa: hay corbatudos vanidosos y los hay geniales. Compara a Gandhi con sir Anthony Eden: desnudo aquel y con bella corbata este; pero ambos son aguas vivas, fuentes. En ambos personajes «el espíritu sonríe en las manifestaciones» [12].
El egoente, debido a su personalidad enérgica, nos enamora, haga lo que hiciere. Su secreto está en la fuerza interna que, sin saberlo, derrama al exterior. Expresa vitalidad y esta nos subyuga, pues tiene la virtud de embellecerlo todo.
La egoencia es una fuerza tan poderosa que llega incluso a suplantar la realidad. «Hasta el entierro se lo quitan a uno los hombres de personalidad…» [13].
Tesis fundamental de su pensamiento, explica por qué prefería en los estudios biográficos y psicológicos a los seres de fuerte personalidad o, según su terminología, que reflejasen unidad psíquica: Ignacio de Loyola, Simón Bolívar, Juan Vicente Gómez, Mussolini, don Mirócletes, Tony, don Benjamín y el padre Acosta [14], el doctor Escobar… [15] Santander, en cambio, es una antibiografía. Manjarrés, el pobre maestro de escuela desadaptado, representa el tiempo de crisis en el periplo vital del autor.
Aquellos principios ideológicos sirven asimismo para entender que su imperioso deseo existencial por llegar a ser egoente —y su natural incapacidad para lograrlo— hicieron indispensable la creación de un alter ego: de un «otro yo» que, por épocas, al toque de rebato de sentimientos, angustias y anhelos, le permitiese expresar sus ansias de perfección o compartir sus vivencias. A veces mejor y más eurítmico que él, y en otras ocasiones reflejo fiel de su mundo interior; para distinguirlo utilizó diversos nombres.
Inicialmente fueron sus Juanes, Juan de Dios y Juan Matías, quienes emergen en diversos capítulos de su obra de juventud, Pensamientos de un viejo, como dos amigos amantes del diálogo filosófico.
En las últimas páginas de Viaje a pie surge Bolaños, una especie de antiego, pues se trata de un zambo suramericano dominado por la atracción de las cosas materiales y que, deslumbrado por el brillo de las metáforas, cree ingenuamente que en América hay grandes escritores y artistas; por eso, para Fernando González, es prototipo de un «ilustre poeta bogotano». Posición crítica que no obsta para que, en Mi Simón Bolívar, con el mismo nombre sea presentado un ser frío, dominador, dandi y asexual que critica y dirige los instintos de Lucas Ochoa. Pero esta disconformidad es transitoria, a causa de que Bolaños se convierte en Jacinto.
En la tarea suprema de hacer de Bolívar su vivencia íntima —de seguirlo por sus variados caminos hasta convertirlo en su hijo, sin dejarse dominar por él—, Fernando González acude sucesivamente a la ayuda de aquellos tres «yoes»: Lucas Ochoa, Bolaños y Jacinto. Con la advertencia de que estos dos últimos son el mismo personaje que, impulsado por ansias de belleza, se convierte en crítico y guía de Lucas, un importante profesor de psicología experimental que practica diversos métodos del yoga inhibitorio para estimular la evolución de su conciencia y, a la postre, estar en condiciones de emplear adecuadamente el método emocional en la elaboración de esta, su primera biografía.
Sincero consigo mismo, Lucas reconoce no haber dejado de ser «enamorado, mujerero, blando, amigo del gusto», defectos estos que desea superar; de ahí su relación permanente con un «querido amigo» que, con dureza y buenas intenciones, procura hacerlo mejor: es Bolaños, a quien luego llamará Jacinto, quizá para eludir cualquier reminiscencia con respecto al personaje de igual nombre que aparece al final del libro del pensador a pie. Aun así, Lucas acude luego a un amigo más trascendental: es el padre Elías, personificación de sus ansias espirituales y de sus mejores anhelos.
Tal es la magnitud de la tarea preliminar que emprende Fernando González, apoyado en Lucas Ochoa, y en la cual apenas se observan los destellos del nuevo método: el emocional (tan solo destellos, aunque sorprendentes, por cuanto el segundo volumen de la obra, que debía llamarse El Libertador, nunca fue publicado).
Empero, su interés en ese año de 1930 se concentraba en lograr sentir vivo a su lado a Simón Bolívar, el hombre excepcional que había recorrido miles de kilómetros por tierras de América; se había movido inquieto de un lado para otro en busca de ayuda para la liberación de su patria y de países vecinos y en procura de soldados para organizar ejércitos; había redactado manifiestos y cartas, arengado con proclamas y discursos, y soñado y delirado… hasta ver culminada su obra de dar libertad a cinco naciones.
Absorbido por esa idea, y una vez Lucas Ochoa logró trascender su ambiente psíquico y encontrarse de frente con el Libertador, Fernando González debió aceptar que estaba equivocado en la aplicación de su método. ¿Por qué? Arguye de este modo: «Creaba yo el personaje, y resulta que este debe ser real, independiente de nosotros, para asimilarnos su belleza» [16].
¿La observación anterior es válida? Creemos que solo tratándose de biografías. En las subsiguientes, sobre Juan Vicente Gómez y Francisco de Paula Santander, ya no acudirá a la colaboración de otro epígono, sino que irá directo al personaje, sin que esta variante incida en la aplicación del método emocional.
Por eso no es de extrañar que en los dos libros con los cuales concluye su itinerario filosófico, o sea en época de plenitud metafísica, resurjan Lucas Ochoa y el padre Elías, sus más fuertes «yoes». El primero luego de vivir en Tesalónica entre sefarditas cristianos —tras las huellas de Pablo de Tarso— para inspirar un proceso dialéctico de viajes interiores; y el segundo, que es su presencia espiritual, para ser actor de tragicomedia humana en íntima unión con su otra presencia, la pagana, encarnada en el cojitranco sacristán Fabricio (Fabricio Sacristán).
Entre la biografía de don Simón y las obras de senectud, el empeño por obtener el desarrollo de su conciencia y la brega por entender las manifestaciones de su yo y de su mundo exigieron la creación de nuevos seres que le sirvieran de ayuda y complemento. Porque «no es bueno que el hombre esté solo» [17]. El primero fue Manuelito Fernández…
Graduado de abogado en la cárcel, el personaje central de Don Mirócletes es de pequeña estatura, pechisacado, autoritario, y aunque alcohólico tiene egoencia y consigue lo que considera más importante: ganar los pleitos. Su hijo Manuelito, desde el primer momento, fue motivo de problemas: nació con dientes a causa de la herencia alcohólica, mordió a su madre en el pezón izquierdo y esta murió de un cáncer que allí se le formó; luego, y debido principalmente a su falta de persistencia en los objetivos, se consideró un fracasado, pero siempre soñaba con la grandeza humana, a la que amó como nadie.
No obstante que gustaba de la disciplina, de los métodos, las circunstancias y el subconsciente derrotaban sin atenuantes su potencia volitiva. «Yo soy malo —decía—, pero en mí hay otro que sabe cómo debe manejarse el bueno». Iba siempre en busca de estímulos vitales y creía que «a costa de lágrimas es como se intuye a Dios»… [18]
Después vendrá, en la época más nostálgica y dolorosa de su vida, Manjarrés, un pobre maestro de escuela sometido, por virtud de la inadaptación social, a un irreversible proceso de descomposición del yo.
Al final, en La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera, subsistirá tan solo el «pobre Elías». Este es el último y definitivo alter ego. Corresponde a la inscripción que se colocó, erróneamente, en la tumba reservada al padre Elías en el cementerio de Entremontes.
Continuará…
Notas capítulo 10:
| [1] | Los negroides, op. cit., p. 43. |
| [2] | Ibidem, op. cit., p. 13. |
| [3] | Ibidem, p. 14. |
| [4] | Ibidem, pp. 128-129 (cursivas del texto). |
| [5] | Ibidem, pp. 97-98. |
| [6] | «Nociones de izquierdismo», xxi, en: El Diario Nacional, Bogotá, 31 de mayo de 1937, p. 3. |
| [7] | Los negroides, op. cit., p. 15. |
| [8] | Don Mirócletes, op. cit., p. 166. |
| [9] | Revista Antioquia, n.º 7, noviembre de 1936, p. 18. |
| [10] | Los negroides, op. cit., p. 12. |
| [11] | Ibidem, p. 81. |
| [12] | Los negroides, op. cit., p. 21. |
| [13] | Don Mirócletes, op. cit., p. 119. |
| [14] | Don Benjamín Correa y el padre José María Acosta son los personajes centrales de Don Benjamín, jesuita predicador. |
| [15] | Sobre el doctor Escobar, véase Don Mirócletes, op. cit., pp. 169-172. |
| [16] | Mi Simón Bolívar, op. cit., p. 90. |
| [17] | Génesis 2:18. |
| [18] | Don Mirócletes, op. cit., p. 41. |
Fuente:
Henao Hidrón, Javier. Fernando González, filósofo de la autenticidad. Ediciones Otraparte, séptima edición [en proceso de revisión], Envigado, diciembre de 2018, pp. 1–167. Número total de páginas: 310.
