Boletín semanal con la vida
y obra de Fernando González

Decimoséptima entrega

Fernando González

Filósofo de la autenticidad

Javier Henao Hidrón

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8. Antinomias del consulado

(Continuación…)

En Marsella instalóse en la casa número 63 de la avenida Bonneveine, de frente al parque Borely y a poca distancia de la playa. Es casa de dos pisos, con balcón hacia atrás, y en el primero están el salón del consulado, el comedor y la cocina. Pronto la ciudad lo seduce y absorbe. Mar, calles, iglesias, cafés y muchachas.

Vivencias de un hombre de escasos treinta y ocho años, cuyo espíritu refleja una edad muy superior.

Pero enferma de peritonitis. Es una dolencia grave, que le henchía el vientre y comprimía el corazón. Su angustia llegó a tal extremo que gritaba a los médicos: «¡Quítenme esto tan horrible, por Dios!; ¡pónganme morfina!» [14]. Fue operado en la Clínica Bouchard, pero no lograba recuperarse. Entonces decidió internarse en el Hospital Saint Joseph, donde tuvo la inmensa fortuna de ser atendido con unción y cariño por dos monjas de La Presentación, colombianas, las hermanas Anselma y Dionisia de la Cruz, y, además, por un especialista.

Solo así logró estar sano, en condiciones de seguir disfrutando de las cosas bellas de Marsella.

«¡Por algo no permitió Dios que yo muriera en la clínica de Marsella!», exclama en Cartas a Estanislao. Y la respuesta que insinúa es que ahora considera posible viajar a Oriente, y de seguro caminar y atisbar por Judea, de manera que pudiese regresar con su libro ansiado: La vida de Jesucristo. En otro de sus textos dice que, meditando en su vida, comprendemos que «se puede dejar de ser inmundo animal» [15].

Y si 1933 se convierte en el año de El Hermafrodita dormido, el siguiente verá nacer a Mi Compadre y producirá las vivencias que dieron origen a Salomé.

Tras dedicarse con intensidad durante dos meses y medio a ordenar sus apuntes redactados en Venezuela para dejar listo Mi Compadre —obra terminada de escribir el 13 de marzo de 1934 y editada el mes siguiente—, emprende la elaboración de una novela psicológica acerca de la influencia de la primavera. Influencia que se manifiesta en una gata blanca (Salomé), bella virgen juguetona, y en un gato negro anhelante (Rousseau); pero que incluye también —¡oh fatalidad primaveral!— a las señoritas Tony, Baby y Taylor, y no puede dejar de reflejarse, por supuesto, en sus reacciones de hombre tentado. Escrita en forma de «diario», algunos capítulos de aquella novela fueron publicados en la revista Antioquia con el nombre de «La primavera» [16]. Ya como libro, bajo el título Salomé, la edición corresponde a 1984, año en el que, con ocasión del vigésimo aniversario de su fallecimiento, los herederos autorizaron la reproducción completa de las libretas dejadas por Fernando González [17]. Incitado por la frase con que Jenofonte describe el comportamiento filosófico de Sócrates: «Nadie como él se alejaba tan fácilmente de los seres bellos que amaba» [18], quería hacer suyas estas palabras en la primavera de 1934, ardiente y llena de vitalidad y de belleza. Penetra, pues, en la estación maravillosa del amor con el propósito de reflejar en temas tan naturales y vivos la conciencia de la música cósmica. Cada tema como una estrofa musical. «El secreto del estilo literario, y también de las otras artes, está en la música» [19].

Pero conviene precisar que, al mismo tiempo que lo invade el pensamiento de la belleza, está atormentado por un suceso personal: pronto será reemplazado en el consulado [20]. ¿Cuál es el motivo? La publicación de El Hermafrodita dormido, libro que seguía rondando en las altas esferas del gobierno colombiano, convirtiéndose en causa de un nuevo problema diplomático. El fascismo no admitía críticas y en su país de origen hacían eco a las acusaciones del gobierno italiano. Consecuencia inevitable: prescindir de sus servicios [21].

Salomé es, pues, novela donde se reflejan vivencias, sentimientos y amarguras. Escrita al ritmo de sus emociones, entregando pedazos de alma. Y semilla de donde brotó —según él— El remordimiento, un ensayo de teología moral que dedicó a dos amigos franceses: Auguste Bréal y Alban Roubaud.

A mediados de abril de 1934, Fernando González hizo entrega del consulado. Las cartas de la época reflejan su estado de ánimo. Está triste y frustrado, pues además ha quedado hundido para siempre el proyecto de viajar a Oriente, con el que había soñado de este modo:

Me detendré en Belén, en Nazaret, en el Lago, en el Jordán y en la Ciudad deicida. También iré a Grecia, Egipto y la India. Por allá están los orígenes: religiones, artes y ciencias. ¡El origen de la filosofía! [22]

Por eso dudó de la conveniencia de retornar a su patria. «Por allá no humea», le decía a Carlosé. Indignado por las pequeñeces que tenía que soportar, llegó hasta dirigir una carta al general Juan Vicente Gómez, en la cual solicitaba que le fuese concedida la nacionalidad venezolana ad honorem, o sea, sin perder la colombiana, y alguna posición en Europa, pues deseaba trabajar con los venezolanos, «cuyo carácter es más propicio para el mío» [23]. De no ser atendida su petición, probaría suerte en Caracas, o bien en Barcelona, ciudad esta última en donde habían sido editados sus libros más recientes: El Hermafrodita dormido y Mi Compadre.

Finalmente, empero, tomó la decisión de regresar con su familia a Colombia.

El 27 de junio abordó el buque «Cordillera», de la Hamburg American Line. Un mes después, Envigado lo recibía de nuevo. Pues claro, si en Colombia está Envigado y ahí…, en la finca de Pacho Pareja, hace cincuenta y dos mil años, ¡Jehová hizo a Eva de catorce años y medio! [24]

Del retorno a su tierra natal escribiría más tarde: «Vi a Grecia y vi a Florencia y me volví para Envigado, […] la patria de los grandes agonizantes». Y también: «Estoy bien en Envigado. […] Estoy mejor que en París o en Roma que tanto me agradaron» [25].

Cerca de aquel paraíso hay una agradable mansión cuyo propietario es don Eugenio Jaramillo, padre del destacado médico Ramón Jaramillo Gutiérrez. Allí se instala, convertido en el arrendatario de Villa Bucarest. Y, casi de inmediato, quedan superadas las angustias producidas por el consulado…

Durante seis años, hasta 1940, Villa Bucarest será su residencia habitual. Hoy en día, por la carretera procedente de Medellín, corresponde a una edificación situada en la margen izquierda de la entrada que conduce a la plaza principal; propiedad de por medio está la casa donde nació otro envigadeño ilustre: el médico, historiador y filántropo Manuel Uribe Ángel. La zona es propicia para reminiscencias:

Dos cuadras más arriba estaba «el café de don Jorge» (Georgia), donde Fernando González solía ir casi diariamente, en sus últimos años, a paladear un aromático café negro («tinto») y conversar con algún amigo. Diagonal a Georgia surge atractiva Casablanca, la residencia de la pintora Débora Arango [26]. Y hacia abajo…, a unos cuatrocientos metros, sobre la otra margen de la carretera…, la casa campestre que habitó a partir de 1940. Aquella que construyó en un terreno adquirido en la sucesión de un inmigrante ario y que, por este motivo, llamó primero La Huerta del Alemán; después, en los meses de profunda angustia causada por la muerte de su hijo médico, La Colmena de Ramiro; y que, tras volver a ser conocida como La Huerta del Alemán, bautizó en definitiva con el sonoro y elocuente nombre de Otraparte.

(Envigado y Villa Bucarest. Envigado y La Huerta del Alemán. Envigado y Otraparte. Una misma ciudad y dos vivencias. Cada una de estas con sabor campestre: zona verde adyacente, algunos animales domésticos y árboles propicios para meditar bajo su amable follaje. Cuán significativa resulta, por tanto, esta confesión que en 1959 plasmó en el Libro de los viajes o de las presencias, como si se tratara de resumir el acogedor entorno que, desde 1934, a su regreso del primer viaje a Europa, había representado su más fuerte incitación para el trabajo de la inteligencia y la superación del espíritu:

…los alígeros, la ninfa, el sátiro, los gnomos, todo ese universo de los ritmos movidos… es en Envigado, lugar predestinado para grande epifanía. Vi a Grecia y vi a Florencia y me volví para Envigado, a La Huerta del Alemán, que ahora se llama Otraparte) [27].

Su actividad intelectual en Villa Bucarest se tornó de singular intensidad. Allí produjo cuatro nuevos libros y una admirable revista: El remordimiento y Cartas a Estanislao, en 1935; Los negroides, en 1936; y también, a partir de este año, la revista Antioquia; finalmente, a principios de 1940, Santander.

La primera tarea consistió en poner en orden sus experiencias de Marsella, en donde la carne prepotente de mademoiselle Tony —la institutriz de sus hijos— habíale inspirado El remordimiento.

Al mismo tiempo, entre agosto de 1934 y mayo de 1935, dirigió una serie de epístolas a su entrañable amigo, domiciliado en Bogotá, Estanislao Zuleta Ferrer, las cuales constituyen el fundamento e inspiración del libro Cartas a Estanislao.

El remordimiento y Cartas a Estanislao fueron publicados por la Editorial Arturo Zapata, de Manizales, gracias a la colaboración de su hermano Alfonso. El primero, en el mes de mayo, y el segundo, en septiembre, tres meses después de la muerte trágica de Estanislao Zuleta en el campo de aviación de Medellín.

Para Fernando fue una punzada en el corazón la muerte de su mejor amigo de entonces, pero se consoló diciendo que «una existencia breve y repleta como la suya no necesita del otoño de la existencia» [28].

(¡Hasta siempre, Estanislao! Juventud filósofa, ardorosa y anhelante. Ese 24 de junio de 1935, en el choque de aviones en el que pereció Carlos Gardel, se apagó tu fuerza viril, noble y prometedora. Dejaste un hijo que recuerda y prolonga tu nombre, y es heredero afortunado de tu vocación de pensador.

Fernando González intuyó aquella vocación —tan tuya— en la frescura de la mañana envigadeña: «Nadie que tenga tu capacidad de impertinencia y tu limpieza estética» [29]. Solo hay uno que es; también para el filósofo, sus designios son inescrutables. Tu maestro y amigo tenía razón: «Todo es filosofía. Ella, en resumen, es Dios») [30].

Aquel hijo heredero es Estanislao Zuleta Velásquez. Después de cursar sus primeros cuatro años de bachillerato y con tan solo dieciséis años de edad, empezó a convertirse en uno de los más relevantes autodidactas de Colombia. Fue lector incansable de las obras de Thomas Mann, Dostoievski, Freud, Nietzsche, Marx, Poe, Kafka, Hesse, Hegel, Heidegger, Tolstói, Sartre, Kierkegaard y Camus, ya en solitario —con el apoyo de su madre, Margarita Velásquez Molina, quien siempre proveyó a sus necesidades económicas—, o bien en intensos grupos de estudio. Convertido después en profesor universitario —en Medellín, Bogotá y, sobre todo, en Cali—, fue investigador, notable conferenciante y agudo, elegante escritor. En 1980, la Universidad del Valle le otorgó el título de doctor honoris causa, reconocimiento académico al que respondió con un discurso titulado Elogio de la dificultad. Nacido en Medellín, pocos meses antes de la trágica desaparición de su padre, murió en Cali «en hora indefinida de la noche que va del 16 al 17 de febrero de 1990», a la edad de cincuenta y cinco años. Consideró siempre que lo más importante de su vida era el pensamiento: «Lo que importa es el pensamiento mismo, su diferenciación y su articulación, su mutación y continuidad» [31]. Este autor sintetiza de este modo las características humanas de su biografiado: «Un hombre asmático, insomne, bebedor, fumador, lúcido, inteligente, revelador, encantador, algo así como un conjuratus fáustico» [32].

Este Estanislao de triple generación —Estanislao él, Estanislao su padre, Estanislao su abuelo— hizo radicar la tragedia educativa del país en un método inadecuado: enseñar sin filosofía, por lo cual los alumnos no están en condiciones de ejercer la capacidad de pensar, de defender sus tesis y creencias mediante el razonamiento lógico y teniendo en cuenta las razones de los demás. En su libro Educación y democracia explica la estrecha relación existente entre educación y filosofía y exhorta al cumplimiento de este ideal: promover la educación filosófica, de manera que la enseñanza sea dada como pensamiento, pasión por la investigación y sentido de las cosas, y no como conjunto de información. El aprendizaje, insiste, estará entonces motivado por el deseo de saber algo que se nos ha hecho necesario, inquietante o interesante, o por la solución de una incógnita que nos conmueve, mas no, como sucede en nuestra educación tradicional, por la nota, la promoción, la competencia, el miedo de perder el año y ser regañado o penado. Apta para que el hombre pueda pensar por sí mismo, se convierte en la forma por excelencia de búsqueda de ampliación de la democracia dentro del sistema educativo.

A su niñez y adolescencia estuvo cariñosamente vinculado Fernando González. «González le daría al muchacho la lección definitiva para viajar a pie por sus propios laberintos y recovecos» [33].

Continuará…

Notas capítulo 8:

[14] Cartas a Estanislao, op. cit., p. 30.
[15] Revista Antioquia, n.º 8, op. cit., p. 46.
[16] Ibidem, números 11, 12 y 13, correspondientes a los meses de septiembre, octubre y noviembre de 1939.
[17] Salomé. Gobernación de Antioquia, Colección Autores Antioqueños, vol. 3, Medellín, diciembre de 1984.
[18] Revista Antioquia, n.º 11, septiembre de 1939, p. 55.
[19] Ibidem, p. 11.
[20] Por Efraín del Valle Recuero, a quien dejó el mobiliario, al fiado, y «no pagó» (Cartas a Estanislao, op. cit., p. 84).
[21] En Cartas a Estanislao atribuye lo sucedido a una acusación de Eduardo Santos, originada en exigencia de Mussolini, «de quien los Santos fueron espías en Europa, hasta 1935» (ibidem, p. 69). El doctor Santos era, por la época del problema, uno de los más influyentes políticos del país, director-propietario del periódico El Tiempo, de Bogotá, y amigo personal del presidente Olaya. Desde principios de 1930, cuando en casa de Carlos E. Restrepo fueron relacionados, se evidenció que Eduardo Santos y Fernando González no se entenderían. El Tiempo le criticó las ideas expuestas sobre Santander en Mi Simón Bolívar y también el propósito de escribir una biografía de Juan Vicente Gómez, acusándolo de haberse declarado «gomezolano», ante lo cual Fernando González reaccionó con vehemencia. Remitió entonces, con fecha 27 de febrero de 1931, una carta a Eduardo Santos en la que le decía: «Al ver su bigotico, intuí que usted me calumniaría; que siempre han sido pelo y lana motivo de intuiciones…» (publicada en Cartas a Estanislao, op. cit., p. 24). Empero, una carta dirigida por Santos a Carlos E. Restrepo sirvió para aclarar el incidente diplomático. Fernando reconoció su error y la nobleza de aquel, y en carta a su suegro, de fecha 31 de agosto de 1932, le confesó: «Cuánto daría yo ahora por no haber escrito aquello» (Correspondencia. Fernando González – Carlos E. Restrepo, Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 1995, p. 68). Después ambos se cruzaron cartas muy cordiales. Una de Eduardo Santos para Fernando González, remitida de París a Marsella en 1933, empieza así: «Mi querido amigo», y expresa «un millón de gracias por sus cartas tan cordiales, tan generosas y tan agradables»; en ella se despide con «un abrazo de su admirador y amigo». Más adelante dice no estar acostumbrado «a esa inaudita franqueza suya»; no obstante, le hace saber su «admiración y entusiasmo». En otro aparte le manifiesta: «Con razón me decía Miomandre que Ud. es uno de los espíritus más libres que él ha conocido y yo, como buen liberal, a veces resulto bastante conservador. En cambio admiro su prosa sin reservas» (carta publicada en Lecturas Dominicales de El Tiempo, 12 de febrero de 1989, p. 9, y reproducida en Otraparte.org, sección Fernando González – Vida, artículos sobre su vida y obra).
[22] Salomé, op. cit., p. 45.
[23] Carta a Carlos E. Restrepo, 4 de mayo de 1934. Archivo Carlos E. Restrepo, Biblioteca Central de la Universidad de Antioquia. Publicada en: Correspondencia. Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, octubre de 1995.
[24] La singular historia acerca del nacimiento de Eva puede leerse en Cartas a Estanislao, op. cit., pp. 111-112.
[25] Libro de los viajes o de las presencias, op. cit., pp. 28-29; 110.
[26] Débora Arango, un día de agosto de 1944, solicitó a Fernando González una recomendación personal. Con su peculiar estilo, pleno de agudeza y sinceridad, escribió: «El suscrito, Fernando González, dice que conoce a la señorita Débora Arango, artista pintora, desde niña, y certifica: que la considera como al artista pintor más original de Colombia, junto con el maestro Pedro Nel Gómez. Tiene originalidad y poderío en el manejo de los colores y genial atrevimiento en la temática. Que si se quiere incitar el aparecimiento de la personalidad americana en el arte, se debe estimular a los que se parezcan a esta artista». Débora Arango, fallecida el 4 de diciembre de 2005 a la edad de noventa y ocho años, fue objeto de homenaje de la Nación colombiana mediante la Ley 1248 de 2008. La casa en la que vivió, en Envigado, fue declarada bien de interés cultural de la Nación con el nombre de Casa Museo Débora Arango Pérez, debiendo las entidades públicas encargadas de proteger el patrimonio cultural concurrir a su organización, protección y conservación arquitectónica e institucional.
[27] Libro de los viajes o de las presencias, op. cit., p. 28.
[28] Citado por Ernesto Ochoa Moreno en el «Prólogo» de Cartas a Estanislao, tercera edición, Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, agosto de 1995. [N. del E.]
[29] Cartas a Estanislao, op. cit., p. 114.
[30] Ibidem, p. 140.
[31] Vallejo Morillo, Jorge. La rebelión de un burgués – Estanislao Zuleta, su vida. Norma, Bogotá, 2006, p. 266.
[32] Ibidem, p. 222.
[33] Ibidem, p. 55.

Fuente:

Henao Hidrón, Javier. Fernando González, filósofo de la autenticidad. Ediciones Otraparte, séptima edición [en proceso de revisión], Envigado, diciembre de 2018, pp. 1–140. Número total de páginas: 310.