Fernando González Ochoa
La escritura como respuesta filosófica a la vida: inicios de un pensamiento latinoamericano contemporáneo
~ Introducción ~
Por Fernando Castro T.
Fernando González se inicia en la escritura desde muy joven, de sus libretas conocemos manuscritos desde 1915, de algunos artículos de prensa conocemos pensamientos sueltos de su juventud desde 1911, testimonios de algunos de sus familiares nos dicen que escribía desde mucho antes apuntes de sus lecturas, diarios, cuadernos, notas, que fueron formando parte de la construcción de una obra que representa su pensamiento y su vida.
Dicen que para escribir hay que leer mucho y eso lo demuestra González en sus textos iniciales con sus referencias a Nietzsche, Schopenhauer, Verlaine, entre muchos otros filósofos, poetas, novelistas y cuentistas. Las personas que lo rodeaban sabían que era un muy buen lector, desde joven se acercó a la filosofía occidental, y de ahí que sus primeros libros tengan cierta relación con el Zaratustra de Nietzsche, al menos en el modo de escritura, aforismos, parábolas, relatos cortos, en su escritura fragmentaria. Dice Fernando González en El payaso interior: «Algunos se han preguntado ¿por qué esta forma fragmentaria? Sencillamente porque esta clase de libros son escritos por escépticos que en nada creen firmemente» [1].
Así hablaba González en su juventud, no creía en nada firmemente porque había derrumbado todas sus creencias, se había despojado de ellas. Para empezar, un viaje donde construiría sus creencias arrojadas desde su interior hacia el exterior, en un movimiento constante de mirarse a sí mismo desde afuera, extrañado, para luego dar el paso y tratar de conocer lo que había fuera de sí, lo que en filosofía se conoce como la otredad. Este texto explora entonces lo que entiendo en los primeros textos de Fernando González como interior y exterior.
Interior
El misterio de la vida nunca se revela al hombre por sí solo, no es posible encontrar una fórmula que te diga el significado de la existencia o la razón de nuestro divagar por el mundo. El hombre arrojado al mundo, el pensador que empieza en sus primeros años se encuentra en esa etapa de los «porqués» puede tomar varias opciones, una que nos lleva a ser hombres comunes que aceptamos el camino ofrecido por el contexto social en el que vivimos u otra que nos lleva a ser almas atormentadas, donde las preguntas son infinitas, nos atormentan, nos acosan, nos hacen más difícil el camino, en ocasiones lleno de tristeza, pocas alegrías, pero de gran intensidad. Los hombres que han tomado este camino son hombres que se han internado en su interior, han decidido encontrarse con lo que Fernando González llama alma, otros la llaman espíritu, otros, esencia, nombres diferentes para «eso» desconocido que se encarga de mover al hombre por el mundo.
El mundo exterior satura los sentidos, es incontrolable para un solo hombre y la masa arrastra a aquellos cuyo espíritu es débil, nuestro autor se convenció en los primeros dieciséis años de su vida que la forma de enfrentarse al mundo era primero conocerse a sí mismo, como la mariposa antes de abrir las alas y entregarse al viento. González esculcó en su interior buscando los principios fundamentales que serán la base de su pensamiento, y cimentó las bases para iniciar su proceso de hacerse humano.
El pensamiento humano ha intentado responder las preguntas básicas sobre la vida: el hombre, el mundo, las relaciones que se dan entre estos y sus implicaciones, hemos creado grandes sistemas filosóficos que responden de diferentes formas a esas preguntas que nos hacemos, Fernando González leyó, dialogó con los pensadores de todos los tiempos y tomó una postura crítica frente a ellos, esto lo llevó al escepticismo y, por este camino, emprendió la tarea de construir su propio pensamiento. De esta forma nos encontramos una de las primeras razones por las que se hace escritor: atiborrado de preguntas, de pensamientos, inició un proceso vital de escritura, escribe lo que fue siendo, pensando y viviendo, en relación con lo que fue viviendo, pero inicialmente concentrado en su interior.
Pensamientos de un viejo aparece como la compilación de aforismos, parábolas, escritos fragmentarios que inicialmente parecen inconexos pero que al confrontarlos nos muestran el proceso de un hombre que aún sin conocer a profundidad el mundo intuye su realidad y emprende el proceso que lo llevará a abrir sus manos al viento y caminar por la tierra viviendo a la enemiga [2].
Exterior
Contexto de la época
Fernando González se hizo en las tres primeras décadas del siglo xx; escribió, en ese período, diez, de quince libros; vivió el período de la «violencia», uno de los más convulsionados en la historia contemporánea de Colombia, período que estuvo orientado por la lucha hacia la modernización del país y hasta cierto punto hacia la modernidad y, por tanto, en contra de la feudalidad existente en las costumbres, en lo moral, político y económico, como tradición y pasado colonial; los años treinta fueron también de lucha contra el imperialismo yanqui que iniciaba su proceso de dominación sobre la nación colombiana.
El debate ideológico de ese entonces fue grande, profundo y transformador que, repetimos, tuvo como blanco el pasado feudal.
Para entender a Fernando González es importante analizar los períodos y contextos históricos concretos en los que vivió: Colombia en los años treinta y cincuenta del siglo xx. Entender que no fue el único intelectual que se enfrentó a la tradición semifeudal, pero que en algunos aspectos fue original.
Lo original tiene que ver con la forma como se enfrentó a una sociedad tradicionalista, a una moral y a unas costumbres atrasadas, entendiendo por «atrasado» aquello que no era expresión del capitalismo, de lo burgués, de la modernidad. Se opuso a un modo de vida que hoy se llamaría pre-moderno. Como intelectual, mantuvo una actitud crítica frente al contexto que se le presentaba, su pensamiento responde al contexto y a las situaciones de su vida, lo que para algunos lectores ha parecido como la imagen de un pensador sin ideas claras o constantes, sin embargo, el cambio de sus ideas responde al cambio del momento histórico y a su idea de que la vida no es estática, en el movimiento y en el proceso de hacerse hombre es natural que las ideas cambien, se mejoren, aparezcan unas nuevas y se desechen otras, ahí es donde radica la originalidad de su pensamiento, sus ideas, sin perder lo esencial, van transformándose por el camino.
Contexto filosófico
No se trata de escudriñar rigurosamente toda la obra para descubrir tras cada párrafo el estilo o las ideas de autores a los que Fernando González creyó importante seguir. Tampoco de hacer una depuración de todos los elementos extraños para obtener como resultado los rastros originales e innovadores. Simplemente se quiere mostrar aquello que impresionó y ayudó a formar la estructura literaria e intelectual de su obra.
Encontrar en Fernando González trazos convergentes no enseña una constante. Así como en su vida deseó experimentar todo lo humano, en lo intelectual se expuso a una infinidad de tendencias y en su debido momento se compenetró profundamente con cada una de ellas. Su obra varía al ritmo que le impone el paso de las nuevas corrientes, por lo que padece de un desmembramiento interno y una interrumpida continuidad.
En este transcurrir de su obra por entre los cauces del pensamiento y la literatura, se patentiza, en primer lugar y jerarquía la influencia de Nietzsche, a quien el autor menciona en innumerables ocasiones, en especial en su primer libro: Pensamientos de un viejo. La acogida que se le dio a Nietzsche en nuestro medio fue enorme, pero al mismo tiempo solo un reducido número de intelectuales tuvieron acceso a este pensador.
Nietzsche logra en Fernando González una vasta influencia, tanto filosófica como literaria, incidió enormemente en toda su obra. Esto lo llevó a adoptar la composición aforística de Así hablaba Zaratustra en su primer libro, esta se esparciría impregnando sus libros siguientes, no de una forma tan directa y exacta. Sabía de las cualidades del estilo:
¿Qué es un aforismo? Es el fruto, la esencia de una larga meditación. Dice al lector: si eres capaz, medita. Se comprenderá, pues, fácilmente, que nosotros, los escritores de aforismos, sólo escribimos para espíritus nobles. Los escritores del vulgo son los grandes masticadores de las ideas. Un escritor plebeyo es siempre orador.
Un aforismo sólo puede comprenderlo el que lo haya vivido; un aforismo no enseña: hace que el lector se descubra a sí mismo. Si éste no tiene en la alforja de su experiencia el porqué, el alma de la sentencia, ésta es para él una cosa vacía [3].
Es importante destacar que esta influencia se ve marcada en el resto de su obra, la mayoría de sus libros, sin necesidad de ser aforísticos, se presentan de forma fragmentaria y dan la impresión, para el lector poco experimentado, de no poseer una estructuración unitaria interna. Esta forma de escritura sobresale particularmente en Viaje a pie y en Don Mirócletes. También tomó de Nietzsche la concepción antropológica del superhombre, esto se verá representado a través de gran parte de sus libros.
En la primera etapa de su obra, menciona, también explícitamente, a Schopenhauer, con quien compartía su prematuro pesimismo acerca de la vida, el dolor que padece el hombre y la inclinación por el ascetismo y la inhibición. Le llamaron la atención los principios morales de la India por los cuales profesó una gran fe, estos temas se ven reflejados en sus escritos, sobre todo en el libro Mi Simón Bolívar. Fernando González acogió en su vida práctica técnicas como las del yoga: «[…] A los dos meses yo era un experto en yoga. Sabía que el hombre es un microcosmos y que mediante la inhibición puede dirigir su fuerza mental en la dirección que elija y percibir con toda exactitud lo que desee» [4].
La antropología de ascendiente nietzscheano es complementada en su obra con el culto a los Héroes de Thomas Carlyle y los Hombres representativos de Ralph W. Emerson, quienes propusieron como sostén de la historia a los grandes hombres, a los héroes, y la concibieron como una detallada biografía de aquellos. Y la biografía habría de ser uno de los géneros predilectos de Fernando González. En efecto, la biografía novelada o la novela biográfica estaban en pleno auge, desde Lytton Strachey quien, hacia la segunda década del siglo, la iniciara. Allí se unieron grandes escritores como Stefan Zweig y André Maurois, de forma que pone en algunos de sus escritos este género al servicio de la gran admiración que sentía por Simón Bolívar, Juan Vicente Gómez, Ignacio de Loyola y, negativamente, Santander.
Otro filósofo que hizo honda mella en su obra, tanto como Nietzsche, fue Spinoza, de quien depende: la fusión del hombre con el todo por medio del conocimiento, el determinismo de la causalidad universal, la irremediabilidad de las leyes naturales del mundo y del hombre, en fin, todo el trasfondo metafísico que sustenta su obra.
Traslucirá Fernando González en sus obras gran parte de sus vivencias, imprimiéndoles un rasgo autobiográfico y también dará preponderancia a la forma de diario, utilizada como recurso literario para dar mayor coherencia a las impresiones y reflexiones que los diferentes climas vitales propician. Este recurso es utilizado en varias de sus obras: Mi Simón Bolívar, Viaje a pie, Don Mirócletes, El maestro de escuela, entre otras.
La influencia existencialista es otra constante en su obra, pero es al final de ella donde se ve mejor representada, en el Libro de los viajes o de las presencias acudirá a menudo a categorías, variaciones del lenguaje, análisis filológicos, de procedencia claramente existencialista que darán pie a meditaciones sobre el tiempo, la agonía, la muerte, la nada, el destino del hombre, la angustia, a la manera de Kierkegaard.
Cabría, finalmente, la mención de Henri Bergson y el rechazo de la razón en favor de la intuición. Cabe decir que más que aceptar una definitiva y contundente influencia en cuanto a su pensamiento americano, la lectura de los antes nombrados, es en González, por sobre todo, una inspiración.
Hasta aquí, llegan las influencias más generales y explícitas que pudieron influenciar a Fernando González, influencias que como se ve no son definitivas, sino que varían en el transcurso de su obra. La amplitud de su pensamiento y una actitud siempre inquieta y dispuesta, le permitieron permanecer en constante movimiento. González resume esta actitud frente a la vida de la siguiente forma: «La juventud es bella aunque no se bañe. Por eso, por amor a ella, para no separármele, he querido permanecer siempre aficionado y no ser profesional. Así puedo contradecirme, no tengo obligaciones, me parece que estoy aún en el colegio de los jesuitas y que no he terminado mi documentación. Porque soy también un jesuita soltado. Me da hasta risa pensar en el asco que le tengo a la terminación de los estudios, a la vejez y a la muerte. Porque cuando uno cree que ya sabe una cosa, es porque ya se murió. Todos son muertos, menos los que nos documentamos y nos documentamos, como los jueces que se demoran y se demoran. ¿El juicio? ¡Va! Eso es matar el proceso filosófico… Lo único que sé es que la filosofía es un camino, una amistad, y no un matrimonio con la verdad. Ésta no se ha casado, es virgen, una virgen juguetona. Quien afirme que ha poseído la verdad es un… viejo sofista» [5].
Intenciones
Presento este texto entonces como una introducción al pensamiento de Fernando González. No pretendo abarcar toda la obra, ni dar cuenta de cada uno de los aspectos de la misma, el contexto anterior permite hacerse una idea general de la obra, del contexto social y filosófico en el que vivió González. Su obra, llena de influencias de todo tipo, logra apartarse de manera crítica de la tradición filosófica y cultural de la época. Este texto pretende mostrar cómo inicia este proceso, cómo sus primeras obras son el marco teórico necesario para, de allí en adelante, crear una obra que bien podría enmarcarse como pensamiento original y propio de Latinoamérica.
No voy a abordar en este texto la problemática iconoclasta y el mito ateo que ronda a Fernando González, su obra está llena de mística religiosa y sería un error pretender negar esta parte de Fernando González, quien a pesar de sus críticas a la estructura de la Iglesia católica, jamás se alejó realmente de la creencia religiosa. Los problemas que tuvo con la Iglesia no son más que lecturas mal hechas y malas interpretaciones de quienes en su momento lo leyeron y se atrevieron a censurarlo, la fe en un dios y la creencia religiosa son necesarias, entender este aspecto de la vida de Fernando González es importante para abordar su obra.
La religión, la filosofía, la cultura, el territorio, el tiempo, son parte fundamental del proceso de individuación. Fernando González haciéndose escritor, filósofo, es lo que este texto quiere mostrar.
Descargar aquí el trabajo
completo en formato pdf.
Notas
| [1] | González, Fernando. El payaso interior, (2005). |
| [2] | Esta idea se desarrollará ampliamente en el texto Viaje a pie y posterior a este, en Pensamientos de un viejo, o en El payaso interior, aún no utiliza esta idea para referirse a su forma de vida. |
| [3] | González, Fernando. Pensamientos de un viejo, (1916). |
| [4] | González, Fernando. Mi Simón Bolívar, (1930). |
| [5] | González, Fernando. El Hermafrodita dormido, (1933). |
Fuente:
Castro T., Fernando. Fernando González Ochoa: la escritura como respuesta filosófica a la vida. Trabajo de grado presentado para optar al título de Filósofo, Universidad de Antioquia, Instituto de Filosofía, Medellín, Colombia, 2013. Asesor: Eufrasio Guzmán.
