Boletín semanal con la vida
y obra de Fernando González

Quinta entrega

De la parroquia al cosmos

Los viajes de Fernando González
Alberto Saldarriaga V.
(1964)

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Pensamientos de un viejo

~ 1916 ~

La primera etapa de estos viajes la denominó Fernando Pensamientos de un viejo. La escribió cuando sólo contaba 17 años de edad. Y la maduró durante muchos años, antes de darle una forma definitiva. Esta etapa es de singular importancia, porque es el punto de partida de nuestro viajero y nos servirá como base de la pirámide que construirá piedra sobre piedra, como resultado de sus meditaciones durante medio siglo.

Sin arrogancias y desplantes, desde la iniciación de su obra se definió él mismo como un pensador serio y responsable, y no dejó dudas sobre la importancia que atribuía a sus escritos:

«Al escribir algo, pongo en ello todo mi amor, toda la energía de mi ser. Para mí son sagradas mis obras… Y sin embargo, tú vienes a hablarme de ellas: ¿ignoras que la bondad de una cosa se mide por el tamaño de aquellos que la admiran…? ¿No sabes que para que una alabanza no humille, es preciso que el admirador sea un poco digno y grande?».

Por respeto a esta perentoria admonición, el autor de estos apuntes, que en nada presume de crítico y de medidor de jerarquías, y cuya exclusiva finalidad es la de guiar al eventual lector con la sola credencial de haberlo precedido en la lectura de estas tan apasionantes aventuras, sin que ello implique la más leve veleidad de pretender influenciarle, cedemos la palabra a uno de los más preciados estilistas de estas tierras de Antioquia, a un hombre cuya bondad y sabiduría son legendarias: don Fidel Cano. Don Fidel fue el único prologuista en la extensa obra de Fernando. De ese hermoso prólogo nos permitimos reproducir algunos apartes porque, como todo lo que decía don Fidel, tenía visos proféticos; tan profundo era su conocimiento de los hombres, y tan honda su sabiduría.

Don Fidel anota:

«… pero todo esto, con ser muy brillante, no es todavía más que una aurora: el orto de la inteligencia que así se anuncia no tardará, y será espléndido. […] [Q]uiero tan sólo dar a entender que el autor tiene fuerzas para obras de más aliento que la presente, y capacidad para síntesis que ahora no ha intentado o para cuya formación ha ejercido más de humorista que de pensador; que en dejando su criterio de escéptico, puede servir más eficazmente a la verdad, la cual gusta de ser amada y buscada con fe; que cuando se haya librado del prejuicio pesimista con que hoy mira la existencia, sondea sus misterios y trata de resolver sus problemas, sacará para sí mismo y para sus lectores mayor provecho del afán con que la analiza, tal como extraerá miel de las colmenas quien vaya a esa labor creyendo en la dulcedumbre de los panales, y no quien la emprenda en la errada persuasión de hallarlos amargos o desabridos, la cual le hará estrujarlos con repugnancia y arrojarlos lejos con desdén. He querido decir, además, que en varios de los temas apenas tocados en estas páginas, habría materia para otros tantos libros».

No se equivocó don Fidel en esta profecía. Pensamientos de un viejo contiene la totalidad de la temática que nuestro viajero Fernando desarrollará durante toda su vida. Sin perder un instante la vena humorística, la cual será la clave de la estrategia para alegrarse a sí mismo, y poner un tinte muy tenue de duda en todas sus afirmaciones, con el objeto de evitar caer en lo ridículo de los trascendentalismos pedantes, tal vez su único odio permanecerá fiel a la técnica de producir risa, o sonrisa, como lampo de luz, aún sobre los cuadros más obscuros; sobre los cuadros y situaciones que analizará su espíritu, y que su elocuente y habilísima prosa dibujara en páginas antológicas. Es y será un místico humorista y alegre: esta es una de sus peculiaridades. Alegre, sin solemnidad.

Tampoco se equivocó don Fidel en vaticinar cuál sería el término de esta trayectoria que se anunció zigzagueante y que, con el correr de los años, se tornaría en cohete con línea de ascenso inexorable hacia la suprema finalidad: Dios. Todo empezó en Pensamientos de un viejo: un espíritu de selección se desnuda y no tiene reato en demostrar que busca un punto de apoyo. En La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera, 44 años más tarde, el mismo espíritu confiesa que encontró ese punto y que su razón de ser ha terminado. El círculo se completó: partió de Cristo, zigzagueó ¡y volvió a Cristo!

Este espíritu de Fernando, el cual odia las definiciones, explicó el título de la obra Pensamientos de un viejo:

«¿Pensamientos de un viejo? Sí: es preciso fijarse en que el movimiento del espíritu sirve de medida al tiempo. Nerón, por ejemplo, murió a la edad de mil años. […] ¿Os parece imposible que yo escriba estas cosas? ¿Tendré necesidad de repetiros mi descubrimiento histórico de que Nerón murió a la edad de mil años?».

Todo puede ser así. Pero quien se da a la tarea de recorrer la misma trayectoria del viajero Fernando, encuentra que, si la trayectoria encontró su órbita, el caminante se transformó en su intimidad: partió con la música interior de un poeta melancólico, cantor de crepúsculos con tintes evanescentes de acuarela; cantor de cipreses y de silencios; cantor de las cosas indefinidas del alma, y que, con el correr de los años, agarró la vida y la cantó con música casi marcial y recia. Es posible que el noble prologuista, don Fidel, tenga razón en afirmar que en Fernando hubo mucho de su morral sacado de Nietzsche y de Schopenhauer; y nos parece más bien que hubiera sido extraído del más sugestivo de los místicos de los comienzos de este siglo: Mauricio Maeterlinck. Confesó Fernando:

«Aquellos primeros escritos revelaban un hombre apasionado. No dudé en decir que era el poeta de las cosas pequeñas del alma. Sabía escoger las palabras más silenciosas, más sutiles. Recordaba a Maeterlinck».

En cambio, cuando Fernando se refiere a Federico Nietzsche, en esta primera etapa y en las subsiguientes, tiene para Nietzsche admiración certera; porque Nietzsche también anduvo buscando a Dios, y la poesía nietzscheana subyuga a cualquier espíritu sensible, y más el de Fernando, en esa primera etapa de poeta místico. No obsta para que Fernando anotara:

«Dice Federico Nietzsche que no se debe hacer caso a un pensador cuando comienza a envejecer, porque entonces está, por decirlo así, más allá de la vida. Pero las sombras que desde lo alto arrojan las nubes a la tierra, ¿no pertenecen, por ventura, a la tierra? ¿No son de la vida también los terrores que sobre ella arrojan los fantasmas del más allá, los sueños que pueden ocurrir bajo la losa del sepulcro…?».

«Todos los grandes filósofos han presentido el silencio, pero les ha sido imposible hundirse en él. Mira a Federico Nietzsche: llegó a comprender como nadie la tontería de toda palabra. Y como era un hombre, un limitador, predicó al fin la filosofía del superhombre, del gran limitador, de aquel que impone a todo su propia alma, que se hace a sí mismo medida de las cosas».

«De toda altura se cae; toda alegría es preciso pagársela a la vida con tristeza. Federico Nietzsche es para mí el hombre que a mayor altura elevó su alma. Su Canto a la noche supera en pasión a todo lo que se haya escrito… ¡Y pagó a la vida de una manera grande también! Son horriblemente trágicas las palabras que decía a su madre durante la locura: “Madre, soy bestia”. (Müter, ich bin dümm)».

«Federico Nietzsche fue uno de los hombres más atormentados. La vida y el pensamiento le hirieron de tal manera, que por último predicó el superhombre, la glorificación más atrevida de la existencia. ¡Pero no os engañéis! El lloro, cuando llega al grado supremo de amargura, se convierte en risa… y de una gran desesperación salió aquel heroísmo».

«Los alemanes son orgullosamente pesados, tienen alma bárbara, de epopeya. Ven enormes fantasmas, grandes brujos imaginarios, pero son incapaces de ser sutiles y aristocráticos… Hasta el mismo Federico Nietzsche, que parece un francés, reveló al final su origen, soñando con el oso enorme y fantasmagórico del Superhombre. De ese sueño germano le viene la popularidad… Por la parte que tiene de psicólogo, de analista, merece ser colocado al lado, quizá por encima, de los autores refinados. Ese sueño germano le hizo popular (su gran temor), y le colocó al lado de Mahoma, de Buda y de San Pablo… ¿Qué más popular, más grandioso que un fundador de religión? ¿Y qué más silencioso, más extraño para las gentes, que un analista como Spinoza? Como inventor de ideales es grandioso Federico Nietzsche, pero nosotros no queremos cosas grandiosas…; nosotros, los escépticos, admiramos al maestro por aquella cualidad refinada de analista, en la cual superó a los franceses…».

Nos parece que Fernando, místico marrullero y malicioso, no niega el influjo de Nietzsche, pero tampoco lo confiesa; en cambio seguirá a Spinoza, como lo veremos en etapas subsiguientes.

No sigue a Nietzsche y nos dice la causa:

«Y mientras tú afirmas la vida, mientras predicas la venida del superhombre, la imagen de Jesús se te presentará, camino de la aldea de Magdalena, predicando el amor… Y tu único consuelo ¡oh soñador! es soñar todas las visiones posibles. Mientras las nubes son arrastradas en rápida procesión, sueña que vas por los caminos de Galilea, tras el Maestro… ¡Y sufre y goza todos los amores, tristezas y desfallecimientos que suponen sus bienaventuranzas! Y mientras pasan las nubes, tirado bajo el árbol frondoso, ¡oh soñador! suéñate todas las visiones posibles, todos los amores, y todas las tristezas…».

El término «soñador» sólo lo encontramos en esta primera etapa de los viajes de Fernando, etapa que podríamos denominar la etapa blanda. Tampoco usará más el término «alma»… El poeta se esconderá en su recóndita morada, para dar paso al místico. No al filósofo, sino al aficionado a la filosofía, por el fatalismo de la estructuración íntima de su espíritu. En esta única etapa se mostró como poeta más que como místico y dejó páginas de gran dulzura y colorido, pese a sus tintes crepusculares.

Advierte que no será filósofo:

«A todo pensador, cuando los ojos de la multitud comienzan a mirarlo, le pica la tarántula de las afirmaciones: se hace fundador de sistemas. Además, a los treinta años, el filósofo principia a descomponerse, y en su interior nacen gusanillos como estos: ¿para qué analizar tanto? ¿A qué fin conduce este disecar la vida? ¿No sería mejor inventar una doctrina, para que los hombres vivan según ella? Es decir, a los treinta o cuarenta años comienza el descenso hacia el misterio, y el inventar salvavidas para cuando el Requiescat in pace».

Nunca pretendió construir estructuraciones conceptuales y majestuosas catedrales de conceptos. Empezó como poeta, sintiendo la vida, y quiso conservar hasta el último instante una absoluta libertad de espíritu:

«Un hombre sólo por el hecho de ser discípulo pierde la mitad de su talento. […] El filósofo que acepta un discípulo renuncia a la libertad de pensamiento».

Se impone una vista panorámica sobre la fragmentación de Pensamientos de un viejo con el propósito de hacer resaltar los viajes o aventuras de este viajero, pues su temática es muy limitada: lo que cambia son los puntos de vista, bajo los cuales la analiza. No haremos una fragmentación arbitraria sino que adaptaremos los títulos por él colocados. Son: «Desde mi tinglado»; «La amada»; «Meditaciones»; «A los silenciosos»; «La muerte»; «El jugo de la manzana». Y cabe anotar que ni en esta ni en ninguna de las etapas subsiguientes variará su modalidad de escribir unas veces en aforismos, y la mayoría de ellas en cortos fragmentos disímiles los unos de los otros; porque desde un principio estableció ser de una fidelidad absoluta consigo mismo, y escribir la vivencia de cada momento. Por ello, juzgar su obra al leer una sola o varias de sus etapas es injusto para con Fernando; es preciso leerla en totalidad porque la obra es zigzagueante, variada en estilo, en concentración y en humor. Es zigzagueante como la vida misma, pero la obra de Fernando tiene la más absoluta coherencia y podemos seguir, paso a paso, su luminosa trayectoria. Tal vez se impregnó del estilo de Nietzsche al escribir algunas de sus obras:

«¿Qué es un aforismo? Es el fruto, la esencia de una larga meditación. Dice al lector: si eres capaz, medita. Se comprenderá, pues, fácilmente, que nosotros, los escritores de aforismos, sólo escribimos para espíritus nobles. Los escritores del vulgo son los grandes masticadores de las ideas. Un escritor plebeyo es siempre orador. Un aforismo sólo puede comprenderlo el que lo haya vivido; un aforismo no enseña: hace que el lector se descubra a sí mismo. Si éste no tiene en la alforja de su experiencia el porqué, el alma de la sentencia, ésta es para él una cosa vacía».

Continuará…

Fuente:

Saldarriaga V., Alberto. De la Parroquia al Cosmos – Los viajes de Fernando González. Medellín, separata de la Revista Universidad de Antioquia, n.º 158, julio / septiembre de 1964, p.p.: 373 – 405. (El ensayo va hasta la página 569).

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