Boletín semanal con la vida
y obra de Fernando González

Vigésima cuarta entrega

De la parroquia al cosmos

Los viajes de Fernando González
Alberto Saldarriaga V.
(1964)

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Cartas a Estanislao

~ 1935 ~

Quienes nos hemos impuesto como tarea seguir la trayectoria de Fernando, encontramos mucha coherencia en las curvas y en los zigzags de su camino. En la etapa precedente, áspera y agria, nos trató de ilegítimos, vanidosos, característica de los pobladores de la Grancolombia. Y puesto que su lema es la autenticidad y su verdad, al regresar a la parroquia colombiana, y vivir la vida colombiana en el período 1935, redactó, en forma epistolar, sus impresiones y sus vivencias. Si en Los negroides nos habló con urticariante verdad, en Cartas a Estanislao continúa con tonalidad mixta: humorística y seria.

Nosotros, sus detectives, creemos encontrar, disimulados entre muchas anotaciones, los orígenes de la tonalidad panfletaria característica de una época de nuestro viajero; y esos orígenes los hallamos cuando analizaba ciertos estados psicológicos del tímido y fracasado maestro de escuela, Manjarrés. Fernando anotó:

«En seguida tratamos mal del presidente y de los jefes políticos.

Nuestra conversación en sí no tuvo atractivo para el lector; la importancia reside en que me percaté de que poco a poco nos alegrábamos. ¿Por qué? ¡Mucho ojo, lectores!

En la medida en que dábamos un vistazo a la patria, nos íbamos mejorando. ¡Caramba! Estamos al borde de la llave del secreto vital. Recuerdo muy bien que fue al pasar una vaca cuando comprendí a Manjarrés. Se me entregó el conocimiento y lo expresé en esta frase interior:

—Manjarrés y yo somos “grandes hombres incomprendidos”.

Quienquiera que tenga por encima a otro, lo es. “Yo soy tu perro, Señor, pero, ¿cúyo perro eres tú?”. El lector cesante, o el artista de menos demanda que otro, gozan cuando se maldice del presidente, o del novelista muy leído, y mientras más pobres o inferiores en la escala, más gozarán. Los libelos son medicina para los que sufren, si comprueban que los incapaces gobiernan.

La gente no sabe por qué se alegra: es porque les nace el sentimiento de “grande hombre incomprendido”. El razonamiento de la subconsciencia es:

“Los imbéciles poseen honores y riquezas; si yo estoy pobre, olvidado, es por eso, por incomprendido. La culpa la tienen los demás”.

La íntima actividad humana es objetivar los “males”, arrojando la culpa a los semejantes. Es la raíz del arte, de los mitos.

[…]

Se trata del yo como cuerpo simple. Este, a pesar de misántropo, es sociable: la humanidad le es precisa para echarle la culpa y evitar así que se disuelva la personalidad, al tener conciencia de pecado».

Tal vez abusivamente identificamos a Fernando y a Manjarrés, pero sólo así explicamos la tonalidad de esta etapa y la siguiente. Por ello, el sentido y contenido de Carlas a Estanislao es el análisis de la vida colombiana en lo que atañe a una de sus características más sobresalientes: la pasión política y nuestra avidez por el reparto presupuestal. El «grande hombre incomprendido» encontró en este libelo panfletario una válvula de escape, y se dio el lujo de decirnos su verdad. Veamos, en concreto y con nombres propios, la encarnación de los complejos y modalidades viciosas de nuestro comportamiento, pues no olvidemos que estamos enfocados por un psicólogo ambulante.

Para el lector actual informamos que en el período de nuestra vida nacional analizada por Fernando correspondió al período álgido del fanatismo político, el cual utilizaba una de las formas más bulliciosas y estrepitosas y llenaba el ambiente con las arengas de diputados, congresistas y jefes políticos; la radiodifusión fue prácticamente monopolizada con finalidades de proselitismo, la prensa escrita también fue invadida con objetivos semejantes.

El regreso de nuestro viajero de Marsella a su parroquia envigadeña no fue voluntario, y por ello, al empezar su epistolario a Estanislao, echa «la culpa» a un superior jerárquico, tal como aconteció con Manjarrés, quien inculpaba a su esposa, Josefa.

En carta dirigida al doctor Eduardo Santos, anota:

«Al ver su bigotico, intuí que usted me calumniaría; que siempre han sido pelo y lana motivos de intuiciones… […] Pues al ver su bigotico pensé que usted era un indio a quien le nació lana y me convencí de que me calumniaría, y quedé aterrado».

«Las malas tienen la cara coloradita, el bigote en forma de alas de mosca que salen de las fosas nasales y usa calzones anchos, es decir, las malas es un bogotano. Creo que con estos razonamientos queda comprobado que no tenemos ley de causalidad».

«Intuí que ese hombre de El Tiempo me causaría males; el día en que me lo presentaron, me pareció que ese hombrecillo era la malignidad encarnada, y ¡ya ve!, él es el culpable de que yo tenga que dejar aquí a “Salomé” […]».

«La acusación vino de otra parte; fue oculta, artera, envuelta en consideraciones patrióticas, cablegráfica, bajo secreto de confesión. Fue de hombre cubierto, como los frailes de Bogotá».

En plena vida de parroquia, el místico-filósofo nos da una explicación de muchas cosas, en carta a Estanislao:

«Sí, iré a Bogotá, a tu casa, a conocer a tu Margarita, apenas me pase una manía de ver fincas para comprarlas al fiado, haciéndome cargo de la hipoteca. ¿Comprendes que la serie de sueños, de hechos íntimos, de paladeos, que están encerrados en esas palabras subrayadas, son una reacción, una defensa instintiva? Moriría si no me transformara, si continuara siendo el hombre que tuvo que venirse de Marsella, dejando al Hermafrodita del Museo Nacional de Roma, a mademoiselle Tony, a la gatica “Salomé”, a Theanós, de Atenas, al mar múltiple, a todas las cosas, vírgenes aún…

¿Qué sucedió al llegar a Sabaneta, fracción de Envigado? Pues que los instintos son más rábulas que Jacinto Salazar; que mi instinto de tener finca raíz en este valle del Aburrá, creció, y habló y cubrió los gritos del remordimiento. ¡Qué bella y sutil la vida que en nosotros se manifiesta! ¡Qué sutil la voluntad de potencia, descubierta por Nietzsche! Si no fuera por ella, el remordimiento me mataría, el remordimiento de no haberme acostado con todas las cosas de Europa.

Todo el día me paso recorriendo a Envigado y hablando de comprar fincas. Toda la noche sueño con propiedades raíces, con los árboles, con los animales que voy a tener en las fincas.

Pero entiende bien: no me gustan mucho sino las que no venden, o las de precio imposible. ¿Qué significa esto? Penetremos hondo, Estanislao, pues nos hemos dedicado a la filosofía. Medita, medita bien, que respecto de las muchachas no me han gustado sino las que no se acuestan; que las atizo, las atizo, y apenas me dicen que sí, ya no me gustan. También me acuerdo que no me gustaban sino los juguetes que no podían comprarme, los imposibles. Entonces, ¿qué principio hay detrás de estos hechos?

Sencillamente que el placer lo causa la resistencia, la serie de resistencias que oponen los objetos a nuestra conquista, hasta llegar al sí. ¿Somos, entonces, unos guerreros?

¡Échame, pues, cosas duras, cosas que resistan, cosas difíciles, porque allí está la felicidad de los soldados!

[…]

En todo caso, insulté a Mussolini, porque lo amaba; amaba al Hermafrodita, porque era imposible traérmelo; ataqué a la muchacha, porque me resistía; hui, cuando dijo que sí; me hice echar de Marsella, porque ya estaba satisfecho; lloro por el Mediterráneo, porque ya me vine y ya me resiste, y ahora no me gustan sino las fincas que no me venden.

¿Qué haríamos, si no resistieran? ¿Cómo creceríamos, si no se nos opusieran?».

Continuará…

Fuente:

Saldarriaga V., Alberto. De la Parroquia al Cosmos – Los viajes de Fernando González. Medellín, separata de la Revista Universidad de Antioquia, n.º 158, julio / septiembre de 1964, p.p.: 373 – 489. (El ensayo va hasta la página 569).

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