Boletín semanal con la vida
y obra de Fernando González

Duodécima entrega

Viajando hacia la Intimidad

Fernando González: pensar
e historiar en contravía

Luis Javier Villegas B.
(1995)

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Viajero a través
de otros personajes

(Continuación)

Otro aspecto que encontramos en la producción historiográfica de Fernando González tiene que ver con su predilección por la biografía. No se trata en este ensayo de indagar las fuentes posibles de su pensamiento, sino más bien de sugerir pistas para su comprensión, a la vez que mostrar su modo de inserción en el polifacético y cambiante mundo de la historia; por compleja y discutible que se quiera su forma de historiar, no se le puede desconocer su vitalidad y capacidad de sacudimos de la estabilidad de las interpretaciones consagradas por la rutina; como lectores, a cada uno de nosotros corresponde valorar su talento y juzgar sus logros.

Haremos referencia a la muy difundida obra Los héroes, del inglés Thomas Carlyle, recopilación de una serie de conferencias dictadas en Londres en 1840; en ella partía de la afirmación de que la sociedad estaba fundada sobre el culto a los héroes, y lamentaba que la edad que le tocó vivir, el siglo de las revoluciones democráticas, hubiera querido negar la existencia de los grandes hombres y al parecer ni deseaba que los hubiese. Desde un pensamiento aristocrático, que rechazaba la nivelación propugnada por las doctrinas y partidos democráticos, proclamaba que la historia del mundo era la biografía de los grandes héroes, y en tanto durase el mundo perduraría el culto de estos. Hizo referencia a variados tipos de héroes, bajo la consideración de divinidades, profetas, poetas, sacerdotes, hombres de letras o reyes. Eso sí, y esto lo hallaremos a cada paso en Fernando González, su punto de apoyo fue que la religión de un hombre es el hecho de más importancia de cuantos tienen relación con él. El Homo religiosus, la manera como el hombre se siente ligado con el mundo invisible, lo que cree, lo que siente de corazón, y determina sus relaciones vitales con el universo, su deber y su destino en él, era considerado lo primordial y determinante fundamental de todo lo demás (54).

Desde la otra orilla, el francés Jules Michelet, en una perspectiva radicalmente diferente a la aristocrática de Carlyle, publicó pocos años más tarde su obra El pueblo. En la introducción decía al amigo a quien lo dedicó que «este libro es más que un libro; soy yo mismo»; más adelante agregaba: «He hecho este libro de mí mismo, de mi vida y de mi corazón. Es más el fruto de mi experiencia que de mi investigación». En palabras que encontramos a cada paso en la obra de Fernando, Michelet manifestaba haber realizado su indagación en documentos vivientes que le enseñaron muchas cosas que no se encontraban en los archivos oficiales. Expresaba, además, que los verdaderos escritores, a los que reclamaba que fueran literalmente artistas, estaban capacitados para llevar el sentimiento de la vida al estudio del pueblo, dado que habían abandonado el camino trillado de los métodos abstractos. Agregaba que había logrado captar la personalidad del pueblo, no mirándola desde fuera, sino experimentándola por dentro, pues la sola vista exterior y la pintura de su forma no eran adecuadas para captarla; para ello se requería una mirada cuidadosa y descubrir lo que está encubierto, pues no era posible la pintura sin anatomía.

Se ufanaba Michelet de haber logrado un lugar en el porvenir cuando señaló a la historia un nuevo objetivo y le dio un nombre nuevo, pues mientras uno de sus predecesores la llamó narración y otro análisis, él le dio el de resurrección, denominación que creía iba a ser duradera. También manifestó que la escritura de esta obra le había costado y le costaría romper muchos vínculos de amistad, por lo que con mayores veras la daría al público.

A riesgo de fatigar al lector con este despliegue de erudición, y no sin sentir que de reojo Fernando se burla de estos devaneos eruditos de quien de tanto leer no solo no digiere sino que a la vez trata de esconderse tras las palabras ajenas, máxime cuando estas vienen propaladas desde las metrópolis, parece conveniente mirar algunas apreciaciones de varios de los más connotados representantes de la escuela francesa de historiadores conocidos como el grupo de los Annales, la más prestigiosa de sus agrupaciones en el presente siglo.

Lejos está de este ensayo pretender hacer de nuestro autor un vidente profeta que se haya adelantado a su época, ni tratar de mostrar que su obra como historiador tenga el carácter de modelo que imitar. Es del caso destacar que la historia del siglo xx ha mostrado clara predilección por los procesos económicos, sociales o de mentalidad en los que se encuentra comprometido el destino de grandes grupos, con preferencia a los de pequeños grupos o personas aisladas; por otra parte manifiesta en general el interés por aquellas series de acontecimientos que afectan de una manera duradera a las colectividades, como más dignas de su estudio, sin que esto excluya la opción por el acaecer individual y de corto plazo, solo que para éste reclama su inserción en el proceso colectivo del cual emerge y al cual revierte; a la vez demerita la interpretación fundada de forma unilateral en el análisis de las intenciones de los actores.

A pesar de ello, y sin pretender que los textos aducidos se conviertan en prueba de autoridad, se busca indicar que a la par que no hay en Fernando González una utópica originalidad radical, tampoco su obra se reduce a un errar extraviado lejos de las corrientes de la historia y en los confines de la ficción. En efecto, sus temas y su postura ante ellos se enmarcan dentro de tendencias que no han dejado de tener eximios cultores que se constituyen en prenda de su pertenencia al gremio de los historiadores. Por ello es interesante constatar similitudes entre propuestas fundamentales de González en el desempeño de su oficio de historiar y las formuladas por algunos de los más destacados autores de Annales.

Al sustentar la necesidad de una nueva educación de la mirada del historiador, Philippe Ariès contrapuso el inacabamiento del conocimiento histórico a la certeza que el razonamiento abstracto da a la prueba científica, puesto que aquél no debe alejarse de la admiración primordial, y tras las apariencias debe descubrir los elementos, a menudo ocultos, que hacen de ellas una estructura coherente. El historiador se da cuenta de que hay dos tipos de apariencias, las que se captan de inmediato, y las que están ocultas, subterráneas, por lo que los contemporáneos rara vez las perciben. La lógica del sistema, concluye, no aparece de ordinario al primer golpe de vista. «Corresponde al historiador adivinarla, y luego captar su vida, y para ello no se necesita inteligencia deductiva, sino intuición, imaginación y arte» (55).

Por su parte, y en el curso de una entrevista radial en 1978, Georges Duby manifestó que los historiadores contemporáneos habían descubierto progresivamente «que la objetividad del conocimiento histórico era mítica, que toda historia es escrita por un hombre, y que cuando este es un buen historiador pone mucho de sí mismo». Admitió que, si bien se han perfeccionado las herramientas de los historiadores, el material recogido «lo usamos, de la misma manera que nuestros predecesores, al servicio de nuestras pasiones, de la ideología que nos domina y que el discurso histórico es una creación en la cual la sensibilidad y el arte de escribir juegan un papel necesario».

Más adelante agregó que lo que el historiador enuncia, cuando escribe la historia, «es su propio sueño». Y si bien es necesario tener todo el cuidado crítico frente a la información, este material sometido a la crítica —son sus palabras— lo utilizamos con la mayor libertad, dándonos perfectamente cuenta de que nunca alcanzaremos una verdad objetiva. En esta línea de pensamiento definió un acontecimiento como algo que solo toma cuerpo cuando se habla de ello. Declaró que fue su propia experiencia como escritor de historias la que le dio el sentimiento de la subjetividad de esta disciplina. De esta manera, al ser interrogado sobre cuál era, en su opinión, la utilidad de la historia, manifestó que esta sirve como entretenimiento, pues el historiador siempre ha escrito para su propio placer y para el de los demás, y a la vez ha cumplido una función ideológica, mediante el ejercicio de una pedagogía moral o nacional. Al concluir la entrevista reafirmó: «Si digo que soy escéptico con respecto a la objetividad, es porque creo servir a la gente persuadiéndola de que toda información es subjetiva, y que es necesario recibirla como tal, y por consiguiente criticarla» (56).

Continuará…

Notas:

(54) CARLYLE, Thomas. Los héroes. Madrid: Aguilar, 1985, p. 32.
(55) ARIÈS, Philippe. «Une nouvelle éducation du regard». En: L’Histoire Aujourd’hui. Magazine Litteraire, n.° 164, París, septiembre de 1980, pp. 17-20.
(56) DUBY, Georges. «Aujourd’hui, l’hislorien». En: L’Histoire Aujourd’hui. Magazine Litteraire, n.° 164, París, septiembre de 1980, pp. 20-23.

Fuente:

Villegas Botero, Luis Javier. Viajando hacia la Intimidad. Segundo puesto Concurso «Fernando González, Gran Mulato Americano». Concejo de Medellín, Comisión Asesora para la Cultura, octubre de 1995, pp.: 1-74. Número total de páginas: 101.

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