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Boletín semanal con la vida
y obra de Fernando González

Vigésima segunda entrega

Fernando González

Filósofo de la autenticidad

Javier Henao Hidrón

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12. Nacionalismo e izquierdismo

Desde mis primeros años juré enemistad a mis compatriotas nacidos y criados en ambiente de liberalismo y conservatismo. (F. G.)

Gobernado por carajos, se le embolata a uno el yo. (F. G.)

Un hombre que desde su temprana juventud había revelado una vocación tan decidida hacia la metafísica, las disciplinas intelectuales y el estar pensando por ahí, obviamente resultaba inapropiado para participar en la actividad política de los partidos.

Respecto de los dos partidos tradicionales que existían en Colombia desde mediados del siglo xix, ninguno llegó a representar para Fernando González motivo de admiración ni de simpatía. Por el contrario, abominó de todo ese juego de intereses creados, de pugnas por nombramientos y curules, y de expresión demagógica de sentimientos y opiniones.

Consideraba deprimente el espectáculo que presentaban los partidos, enfrentados todavía como hordas salvajes y «sin ningún carácter», razón por la cual decidió adoptar una actitud radical: vivir a la enemiga.

La consecuencia más protuberante de esa posición fue hacer surgir al polemista. Polemizó en libros, ensayos, cartas y conferencias. Polemizó con historiadores de la vida colombiana, con periodistas de la prensa capitalina, con sociólogos a ultranza, con miembros de la clase dirigente… y con aquellos a quienes llamaba «presidenticos».

«Me veo obligado a ser áspero y seré odiado —escribió en Los negroides—, pero ¿podría cumplir mi deber con dulces vocablos?». Ciertamente, su línea de pensamiento estuvo guiada por el desprecio a la Colombia actual, el amor a la Colombia del futuro, la prédica de la originalidad y el culto a la verdad. Sin embargo, su actitud de inadaptado social —sometido por voluntad propia a las reglas del vivir a la enemiga— y las críticas, a menudo vehementes, a personajes de la política desembocaron en la dramática decisión de retirarse de la vida pública como escritor y pensador, adoptada en 1941 en El maestro de escuela.

Jamás quiso afiliarse a ningún partido político, ni simpatizar siquiera con alguno. Cierta vez, un periodista publicó un supuesto reportaje concedido por Fernando González, en el cual este dizque afirmaba su vinculación al partido liberal. Reaccionó airado y, de inmediato, remitió al director del periódico una carta de fecha 1.º de enero de 1935, en la que dice de modo perentorio:

¿He dejado de amar a la belleza? ¿Soy, por ventura, un opinante o un borracho? ¿Qué mal hice, para que se diga que pertenezco a la horda del Mayor Santander? […] No, señor Director. No me acuerdo de haber pertenecido nunca, ni en la inocente primavera, a ningún partido político existente, mucho menos a esa cosa de aguardiente de caña, infidelidad y rapiña que fue unigénita del Mayor Santander [1].

Tres meses después, escribía:

Nosotros, los maestros nuevos, debemos odiar todo lo pasado; odio eterno a las generaciones conservadoras y liberales. Nada hay aprovechable en nuestro pasado. La historia ha sido escrita e impuesta por Santanderes y Arrublas. La única salvación está en volver al Libertador [2].

Son conceptos consignados en una carta dirigida a su amigo Estanislao Zuleta Ferrer. En ella hay una exclamación aparentemente extraña: «¡Nació mi verdadera vocación!». Pero enseguida explica:

Tengo ganas, Estanislao, de fundar escuelas en donde disciplinemos a la juventud… para asombrar al mundo. Dame que pudiéramos establecer tres escuelas, disciplinar dos generaciones, y Colombia sería grande.

Recorriendo ese camino fue como surgió en Fernando González, en su época de pensador-sociólogo-romántico, la idea del nacionalismo.

La primera tarea, como correspondía a un hombre de su pensamiento, tenía que ser la adopción de un método. Pues bien: el método para que apareciera el nacionalismo consistiría, ante todo, en mostrar el mal, describir la fealdad humana de Colombia y, por ese medio, suscitar en las gentes una reacción positiva hacia el cambio.

Quería divulgar el nacionalismo como medio para «honrar la humanidad». Y, en procura de que naciera vigoroso, buscó un canal político, para lo cual obtuvo la colaboración de otros cuantos ilusos.

De manera espontánea apareció el jefe: Bernardo Ángel, hijo del conocido industrial don Alejandro Ángel:

…el hombre llegó solo —relata Fernando González—; se me presentó y se autonombró. Desde su primer acto fue poderoso: se autonombró. ¿Cómo diablos se me había ocurrido que a un hombre haya que buscarlo? Un hombre es una protuberancia de la vida. Hay que buscar a las agujas perdidas, a las pulgas, a los seres humildes, pero ¿a un hombre? Que lo vean, que lo sientan, que lo toquen, en su esencia. ¿No ves que es protuberancia vital? Pues se autonombró y dijo que «en numerosa reunión de copartidarios lo habían elegido». Nos colocó ante el hecho cumplido. Para él, futuro es presente; adivinó nuestros votos y los aceptó [3].

Don Bernardo es un personaje a quien sigue describiendo con maestría, sin que la intención política le haga perder el sentido del humor:

Tiene las características: feo como un diablo y no tiene remordimientos, no tiene escrúpulos. Mírale la mandíbula cual herradura torcida por el uso, y la nariz, que esconde a la boca, cobijadora, poderosa. Cada palabra que salga de esa boca la olerá esa nariz. ¡Es el hombre para sacarles al balcón! ¡Hemos encontrado el hombre!… [4]

Rápidamente fundaron el periódico Colombia Nacionalista, compusieron un himno e hicieron distribuir insignias.

Y, a mediados de mayo de 1935, concurrieron a las elecciones con listas propias: Fernando González, cabeza de lista para la Asamblea Departamental de Antioquia, y Bernardo Ángel, en primer renglón para el Concejo de Medellín. Resultado: ¡19 votos!

Con su habitual ironía, Fernando González describió así el desastre electoral:

Obtuve dos votos en Puerto Berrío, uno en Amalfi y dos en Yarumal. Catorce en Medellín, que son de los candidatos y los familiares. Ninguno en Envigado y en Itagüí, en cuyos linderos…; pero más grave aún: ¡don Benjamín no quiso votar!… [5]

Esta última circunstancia, particularmente dolorosa, lo hizo exclamar: «¡No votar por mí, don Benjamín! Entonces, ¿qué es filosofía?», y terminó diciendo:

…esta derrota me ha hecho recuperar la razón, como la agonía a don Quijote […]. Ya soy un joven que promete. La belleza colombiana estaba dentro de mí, ¡era mi locura! [6]

Fernando González asimiló prontamente su primera derrota política. Todo hacía pensar que sería también la única; que no volvería a incursionar en esa áspera y esquiva actividad, propicia tan solo para individuos avezados en el arte de influir sobre el electorado y adquirir burocracia.

Pasados algunos años, sin embargo, el sarampión revolucionario emergió de nuevo. A principios de la década de los cuarenta, poco después de haber enterrado al maestro de escuela Manjarrés —su más auténtico y desgarrador yo de entonces—, resolvió organizar otro movimiento político, siempre dentro de la línea de orientación nacionalista. En efecto, junto con dos amigos suyos —el maestro Pedro Nel Gómez, notable pintor y muralista educado en Italia, y Rubén Uribe Arcila, médico, político y vigoroso orador—, fundó La Izquierda Nacional (LAIN) [7].

Al grupo pertenecieron jóvenes intelectuales y políticos en ciernes: Luis de Greiff Bravo, Froilán Montoya Mazo, Jesús Ramírez Córdoba, Ricardo y Carlos Ayora Moreno, Ricardo Piedrahíta, Hemel Ramírez y un abogado chocoano que tendría después una importante figuración nacional: Diego Luis Córdoba, a la sazón de treinta y cuatro años. En general, eran liberales de izquierda para quienes «no hay enemigos a la izquierda» y concitaban a los hombres libres de todos los partidos.

Para Fernando González, su ideólogo y fuente de inspiración fue el fallecido caudillo Rafael Uribe Uribe, a quien admiraba profundamente. En los días previos a las elecciones escribió una especie de proclama a los jóvenes, que terminaba así: «¡A votar, hijitos! ¡Que Rafael Uribe Uribe, sobrio, duro, pensador y ejecutor, nos dará el triunfo! […] Rafael Uribe Uribe debe ser el que gane estas elecciones» [8].

En los comicios de octubre de 1943, LAIN obtuvo 901 votos y consiguió elegir el primer renglón de la lista de candidatos al Concejo de Medellín: Rubén Uribe Arcila, como principal, y Froilán Montoya Mazo, como suplente.

Cuando, en 1945, el Partido Liberal presentó dos candidatos a la Presidencia de la República —Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán—, los izquierdistas nacionalistas viraron hacia uno u otro de aquellos candidatos; abandonaron así, definitivamente, el ardoroso e idealista grupo político.

Fernando González, consecuente con su posición respecto de los partidos tradicionales, permaneció neutral. Al realizarse, en mayo de 1946, el certamen presidencial, depositó su voto por Gaitán, a quien se sentía ligado por un sentimiento de amistad nacido durante una de las visitas que el jefe liberal hizo a la capital de Antioquia.

La disolución de LAIN ocurrió casi simultáneamente con la publicación, en la prensa de Medellín, de sus «Arengas políticas» [9]. Estas estuvieron dirigidas a hacer un análisis de las elecciones de marzo de 1945, en las cuales serían renovados los concejos, las asambleas y la Cámara de Representantes. Formuló entonces a los antioqueños una insistente invitación a ejercer el derecho de voto, mas no por curules, sino por hombres; esto es, por una lista de varones honrados que fuesen capaces de entender el momento crucial que vivía Colombia —sometida a los efectos disolventes de la Segunda Guerra Mundial y las pugnas políticas extremas— y preparar una juventud en la inteligencia y el trabajo metódico.

Consideraba que para lograr el objetivo propuesto era necesario organizar una «escuelita»… Una escuelita en la que se practicase el amor a la patria y que, por tanto, fuese amorosa, fría, metódica y astuta. Respecto de esta última palabra, explicaba: «Astuta como Fabre, Pasteur, Edison y los otros maestros».

Pretendía que esas elecciones de 1945 las ganara el partido que llevara la mejor gente, porque un hombre puede valer por miles. Pero era consciente del peligro de que todo fuese arruinado por un apetito cruel y desmesurado: el de apoderarse de «la cosa» —la cosa es el presupuesto—. De ahí nacen los negociados, la juventud contratista…, opuesta a la otra juventud: la del partido perdedor y, por eso, juventud llorona. ¡Pobre Colombia, ocupada por una juventud llorona y por una juventud contratista!

Fernando González concluía diciendo, a modo de sentencia ejemplar, que la política —como la educación— es amor: es el arte de crear una patria, engendrándola en nuestros compatriotas. Y lo hacía, además, con un grito de esperanza, para el cual evocaba a Rafael Uribe Uribe, pues solo un hombre de su talla, sobrio, duro, pensador y ejecutor, podría mostrar a los colombianos el camino de la victoria.

De su trabajo político quedaron, además de los desengaños, formidables páginas acerca del nacionalismo, doctrina cuyas raíces encontró en la ideología de Simón Bolívar: en ese caraqueño a quien el mejor calificativo que puede dársele es el de hombre de la libertad. «Pero pocos saben qué significa eso; creen que consiste en poder votar y ser votado. Libertad significa expresarse valerosamente…» [10].

¿Cómo juzgar esa conducta de Fernando González, insuflada de nacionalismo? Ante todo, es necesario distinguir entre el nacionalismo, que iba en serio, y el activismo político, relegado a un plano más que secundario. Para esto último no tenía vocación. Aun en plena campaña electoral de los nacionalistas, demostraba mayor interés por terminar de escribir un libro que por participar en actos públicos de proselitismo. «Cuenten conmigo» —le dice al jefe Ángel—, y le explica que está dispuesto a votar con el nacionalismo, usar sus insignias, cantar su niñez dura…, pero advierte que no podrá hablarle a la juventud sino cuando el libro quede listo, «por ahí dentro de dos meses» [11]. ¡Oh, ingenuidad! No faltaban sino cuarenta y cinco días para la realización de las elecciones…

Tal vez por eso su deseo de impulsar políticamente el nacionalismo no haya sido sino una manifestación más de esa vida picaresca a la que era tan aficionado, y sin la cual la filosofía no existe, o es apenas un remedo de amistad con la sabiduría. ¿Cómo no conceder la razón al Lazarillo de Tormes: «La vida filosófica y la picaral son una mesma», y al propio Fernando González: «No gano elecciones, pero soy partero»? [12]

Es necesario, desde luego, precisar el alcance de su posición. El nacionalismo solo es predicable como forma de expresión de su interés político o, por decirlo de otro modo, hacia afuera. Y entendiendo el nacionalismo en el sentido bolivariano del concepto: como medio dirigido a honrar la humanidad y perfeccionar su suerte.

Porque hacia adentro, en el fondo de sus convicciones, como ideal, siempre quiso ser anarquista, estado que concebía como la cima de la conciencia.

El anarquismo representa la liberación del hombre culto, por cuanto este no necesita que otro lo gobierne. En consecuencia, el filósofo debe estar por encima de las leyes y trascender las apariencias.

En Fernando González, el anarquismo está caracterizado por una doble connotación: la jesuítica y la derechista. Esto último, por cuanto el jesuita soltado entendía que a la libertad se llega por la disciplina.

Sin embargo, y aunque parezca contradictorio, fue ante todo, y a su manera, un izquierdista. Para comprender esta faceta suya, la mejor fuente de referencia son los veintidós artículos que, con el título «Nociones de izquierdismo», publicó en El Diario Nacional, de Bogotá, entre abril y junio de 1937 [13], y mediante los cuales quiso analizar algunos conceptos izquierdistas que en Colombia —decía— han sido manoseados por una prensa oligarca e impreparada.

Concebía el izquierdismo, esencialmente, como una escuela viva donde el hombre se perfecciona, pues exige conocer y trascender los estados de conciencia desde la etapa visceral hasta la comunista, que aparece cuando el hombre siente que todo el universo es suyo y es uno.

Izquierdismo que, así entendido, coincide con el auténtico liberalismo. Por eso, para imponerse, necesita disciplina. «La disciplina es nuestra y no de las fuerzas reaccionarias» [14], recalcaba.

El programa izquierdista tiene su fundamento en la escuela y la universidad: el capital al servicio de la cultura —cultivo del pueblo—. No se limita a lo instantáneo, a la satisfacción de necesidades fisiológicas, sino que vislumbra con optimismo el porvenir. Su conciencia es de futuro. Ofrece ideales para quienes sepan perseverar, despreciando la «orgía de la riqueza material».

El izquierdismo conduce al más alto estado de conciencia: la conciencia comunista, aquella que tuvieron Jesucristo, Francisco de Asís, Buda, Sócrates, Nietzsche… Para explicar este proceso de perfeccionamiento, Fernando González formula una importante ley histórica, consistente en que la evolución de la conciencia humana puede considerarse como la evolución de la noción de propiedad. Evolución que se produce en tres etapas: la primera corresponde a la conciencia visceral y a la propiedad visceral —la del hombre nómada, dueño únicamente de las cosas que consume—; la segunda, a la conciencia pronominal —mío, tuyo— y a la propiedad individual, familiar, municipal, nacional, etc.; y la tercera y última, a la conciencia comunista y a la propiedad, primero sobre los bienes comunes y luego sobre uno mismo —supresión de la oposición entre yo y tú, mío y tuyo—, hasta sentirse como propietario del universo.

Para los izquierdistas, por tanto, no existe nada estático: ni instituciones petrificadas ni verdades definitivas. Las ideas, las nociones y las opiniones evolucionan con la conciencia.

Tampoco admite el izquierdismo nada artificial. Concibe la democracia como una organización vital creada por el pueblo. Solo este confiere vitalidad a las obras y al progreso. El pueblo es la fuente única de humanidad.

En esta teoría hay un verdadero punto de convergencia entre la izquierda y la derecha: la disciplina. De ahí la validez de estas palabras: «La disciplina y el orden son izquierdistas y derechistas. El desorden, la falta de autoridad es, en política, de los partidos de centro, de la gente tímida y capuchina […]» [15].

Por todo ello, resultó altamente significativo que un grupo de intelectuales y obreros de Bucaramanga, en mensaje telegráfico publicado en la página cinco de El Diario Nacional del 3 de mayo de 1937, calificara a Fernando González como «el conductor espiritual de la juventud revolucionaria de Colombia».

La publicación en la prensa capitalina de la serie de artículos conocidos con el título «Nociones de izquierdismo» tuvo también un definido propósito político: explicar, defender y recomendar la aspiración presidencial de Darío Echandía, si bien advertía que entraba en esa lucha ardorosa no propiamente por adherir a su persona, «sino por el programa que se resume en escuela, universidad, higiene y capital al servicio de la cultura» [16]. Como contrapartida, fue vehemente su oposición a la candidatura de Eduardo Santos, que consideraba reaccionaria por estar «sostenida por los poseedores satisfechos» y tener el respaldo del periódico El Tiempo, único medio de propaganda en grande, de tal modo influyente que desde 1914 había impuesto ministros, gobernadores y porteros [17].

Continuará…

Notas capítulo 12:

[1] Carta al director de El Colombiano, de Medellín, en Cartas a Estanislao, op. cit., p. 160.
[2] Ibidem, p. 176 (cursiva del texto).
[3] Ibidem, p. 185 (mayúsculas y cursivas del texto).
[4] Ibidem, p. 180.
[5] Ibidem, pp. 208-209.
[6] Ibidem, pp. 208-211 (cursiva del texto).
[7] Rubén Uribe Arcila, quien actuó como jefe de LAIN, era médico especializado en obstetricia y ginecología. Cuando el maestro Pedro Nel Gómez cumplió ochenta años, el 4 de julio de 1979, le envió un telegrama de congratulación en el cual rememoraba: «…tú, Fernando González y yo, batallamos día y noche enseñándole a la juventud Rebeldía con mayúsculas y amor a Colombia bajo el apotegma político de: Pan, Techo, Salud y Alfabeto para todos…» (Uribe Arcila, Óscar, Medellín de mis recuerdos, Editorial Lenguaje Publicitario, Bogotá, 2010, pp. 106-107). Después de la desaparición de LAIN, Rubén fue gaitanista, representante a la Cámara y, en 1954, miembro de la Asamblea Nacional Constituyente, en representación del Partido Liberal. Retirado de la política, «quebrantada ya la salud y minada la esperanza», falleció en Bogotá en 1981, a los 75 años.
[8] Arengas políticas. Medellín, Universidad Pontificia Bolivariana, Nueva Colección Rojo y Negro, vol. 2, abril de 1997, p. 51. Prólogo de Miguel Escobar Calle.
[9] Las «Arengas políticas» son dieciocho artículos publicados en el periódico El Correo, de Medellín, entre el 3 de febrero y el 2 de marzo de 1945.
[10] Revista Antioquia, n.º 14, 15 de julio de 1945, p. 46.
[11] Cartas a Estanislao, op. cit., p. 183.
[12] Revista Antioquia, n.º 16, 18 de agosto de 1945, p. 41.
[13] En El Diario Nacional, periódico fundado por Enrique Olaya Herrera y dirigido en 1937 por Carlos Arango Vélez y Benjamín Silva Herrera, Fernando González publicó los artículos titulados «Nociones de izquierdismo», entre el 23 de abril y el 2 de junio de ese año. Posteriormente fueron reunidos en libro: Nociones de izquierdismo, Medellín, Editorial Universidad de Antioquia, Colección Celeste, febrero de 2000.
[14] Nociones de izquierdismo, op. cit., p. 17.
[15] Ibidem, p. 23. Corresponde al tercer artículo de la serie, publicado originalmente el 23 de abril de 1937 en El Diario Nacional, p. 3.
[16] Ibidem, p. 19.
[17] Eduardo Santos ganó las elecciones presidenciales de 1938 como candidato del Partido Liberal y gobernó durante el período 1938-1942.

Fuente:

Henao Hidrón, Javier. Fernando González, filósofo de la autenticidad. Ediciones Otraparte, séptima edición [en proceso de revisión], Envigado, diciembre de 2018, pp. 1–198. Número total de páginas: 310.