Boletín semanal con la vida
y obra de Fernando González
Decimoctava entrega
Fernando González
Filósofo de la autenticidad
Javier Henao Hidrón
8. Antinomias del consulado
(Continuación…)
Con agudo sentido crítico, en Cartas a Estanislao expone aspectos de la realidad nacional: el comportamiento santanderista de la clase dirigente; el vicio solitario de la oratoria; el raquitismo de las nuevas generaciones, «púberes con barbas canosas»; el estilo «pajoso» utilizado por los periódicos; la costumbre colombiana que consiste en «conversar de nombramientos»; la capacidad de opinar y la incapacidad de convencer; la necesidad de tener un pueblo sano y acabar con el paludismo, la uncinaria y ese vicio solitario que es descarga nerviosa excitada por la imaginación y no por la realidad. Así como la esperanza en un nacionalismo que muestre la fealdad humana de Colombia y discipline a la juventud.
Las cartas están dirigidas a amigos cercanos a su corazón («entiendo por amigos aquellos con quienes no tenemos negocios sino secretos»): Carlosé, don Benjamín, Alejandro López, Aquileo Calle, Auguste Bréal, sus hermanos Alfonso y Alberto y, por supuesto, Estanislao. En ellas hace desfilar a Bolívar, Santander, Juan Vicente Gómez, Mussolini y a políticos colombianos de la época: Olaya Herrera («Olayita»), Alfonso López, Eduardo Santos, Laureano Gómez… Pero es sorprendente la manera como destaca a Marañas, a quien llama «filósofo antioqueño» y menciona en cinco oportunidades [34].
En medio de todo, filosofa, oscilando entre la hondura conceptual, el humor y las palabras crudas; con estas últimas denota su profundo desprecio por ciertas ideas o determinadas actitudes. En el fondo surge el polemista, provisto de un estilo descarnado que apenas puede compararse con el que exhibe en algunos capítulos de la revista Antioquia y Los negroides.
El polemista es una constante en Fernando González, que aparece en toda su obra como meteoro deslumbrante. Sin esta capacidad de polemizar sería otro, sin duda más «pulido», más «elegante» o especial para «señoritas distinguidas», pero nada radical ni sincero. Cultura es autoexpresión, según sus palabras. Con su estilo manifiesta su individualidad, sin adornos ni tapujos. Es también cuestión de temperamento. El Ochoa chispeante. El niño grosero convertido en filósofo irreverente.
En Cartas a Estanislao sobresale esa irreverencia espontánea, picaresca, densa y sutil. Se expresa en pensamientos que requieren ser leídos en su contexto, pues de lo contrario pueden resultar más difíciles de entender que su metafísica. Es esto lo que suele ocurrir con algunos críticos, incapaces de percibir nada distinto de grosería o insultos personales.
Con todo, es bueno citar al desgaire algunos ejemplos, porque esta faceta del escritor y pensador es la que ha reunido en torno suyo a un mayor número de adversarios y admiradores:
«Olaya es mono yanqui, y mono inglés es López».
«Nuestro orador tiene la cuerda desenfrenada y habla, habla como si estuviera roto».
«¿De Laureano Gómez?… Ese es el representativo de los colombianos; así son y fueron, menos Marañas y yo. De Laureano te diré en otra carta, apenas compre un condón».
«¿Cómo mueren [los colombianos]? Confesados. Le entregan al cura unos cien pesos, en calidad de restitución de millones robados, y el cura dice a las señoras de la casa: “No se les dé nada, mis señoras, que murió con todos los sacramentos”».
«La historia ha sido escrita e impuesta por Santanderes y Arrublas. La única salvación está en volver al Libertador».
«Verdaderamente que esta tierra es fértil en bobos; produce un bobo cada cuatro años».
«…al purgatorio, inventado por san Agustín para arreglar las finanzas de la Iglesia […]».
«Realista no he conocido sino al doctor Rendón, que tenía este lema: res non verba, y res eran unos pelos quemados, disueltos en agua, que curaban las enfermedades imaginativas».
«Los poetas bogotanos son a causa del anquilostoma y el alcohol».
«Libardo lee un libro y no lo orina; tiene uremia de lo que lee. Es enfermedad bogotana».
Además de irreverente, el libro no puede dejar de ser autobiográfico. Por eso resulta también analítico y sugestivo. Ahí está el Fernando González que combina con maestría el amor y el insulto. «No sabemos amar —decía— sino insultando…». La irreverencia obra como látigo para castigar fariseos y despreciar la mentira o el engaño; y, en ocasiones, es fruto maduro que, a modo de idea madre, surge para dar explicación a un fenómeno o mostrar la verdad desnuda.
Conviene acudir, por lo demás, a su explicación acerca del vocabulario empleado y del modo de manifestar su pensamiento:
…quiero tener la inocencia de la vida griega y que en Colombia me llamen impuro. Prefiero ser hijo de la vida, palpitante, armonioso, y no un santo de palo, como esos suramericanos hijos del pecado y de la miseria [35].
Es la manera que encuentra para ser sincero, o sea, no mentir y autoexpresarse, y manifestar así las exigencias de su espíritu, incluso para gastar la energía. Por eso el aparente vaivén entre contrarios tiene esta explicación posible y admisible:
…cuando sentí en verdad que alguien era perverso, dije: «Hijo de puta», y cuando vi santidad, balbucí poemas infantiles [36].
Sí, gustaba decir las cosas serias con «alas de paloma» [37], y fustigaba muchas de las actitudes de esa «gente de azar en sus nacimientos, fortunas y estudios», de manera despiadada. El patriotismo —afirmaba en 1936 en la revista Antioquia— es lo que nos obliga a tratar duramente a estos señores. Y agregaba que, para hablar bien de ellos, para apreciarlos, hay que tener «muy ancha la conciencia». Consideraba, además, que su posición insular se debía a que Colombia es «un país inocentón» [38].
Ciertamente, la vida pasional de Fernando González fue intensa y prolongada. Cuando, inducido por Zaqueo y su hijo Ramiro, logró superarla para vivir dialécticamente otros «mundos» (el mental y el espiritual), ofreció nuevas explicaciones acerca de su vocabulario escatológico. Advirtió que no era a los individuos a quienes insultaba, sino a su propio concepto pasional, nacido de su convivencia con ellos. No es cierto, por tanto, que hubiese sido impulsado por un sentimiento de odio, pues la verdad es que «me insulto a mí mismo en los prójimos» [39].
¿Será necesario asumir una tarea adicional y presentar la visión resumida de esa polémica faceta del pensamiento de Fernando González? Si así fuese, un símil podría servir de apoyo al esfuerzo de síntesis. Se atribuye a Óscar Wilde el haber dicho, refiriéndose a Rudyard Kipling, que su obra está iluminada por «espléndidos destellos de vulgaridad». Pues dicha frase es quizá la que mejor puede servir para calificar la obra de Fernando González.
Esos «destellos de vulgaridad», tan inherentes a su modo de ser, le sirvieron fundamentalmente para forjar un estilo literario inconfundible. Enemigo de la retórica, de la hojarasca y de los refinamientos artificiales, detestaba la prosa muy bien escrita, prefiriendo en cambio la expresión de sus ideas de manera espontánea, vivencial, concisa, con originalidad y ritmo; es decir, con «el vestido y la música» del universo propio de cada fenómeno.
Mezclados la belleza literaria, la virulencia del polemista, el humor que matiza la rudeza de ciertas expresiones y hace sonreír, y la búsqueda de un mensaje renovador, osciló entre el ensayo, la novela biográfica y la biografía novelada. Cuando las ideas filosóficas, que nunca dejaron de estar entreveradas en sus escritos, adquirieron mayor vuelo y consistencia, pensamiento y estilo decidieron acabar con las novelas y evolucionar hacia la Novela, o representación íntima del bien y el mal (metafísica y metafísico en la terminología tradicional; los viajes y el viajero en el lenguaje del pensador colombiano).
Villa Bucarest se convirtió, pues, en escenario de buena parte de la labor intelectual de Fernando González en aquella década excepcional de los años treinta. Allí escribió, como se deja expresado, Cartas a Estanislao, El remordimiento, Los negroides, la revista Antioquia (números 1 al 13) y, por último, Santander.
Además de servir de sede a aquel fecundo trabajo de publicista, Villa Bucarest merece ser recordada por haber albergado a un ilustre exiliado ecuatoriano que ejerció por primera vez la presidencia de su país durante once meses (del 1.º de septiembre de 1934 al 20 de agosto de 1935): José María Velasco Ibarra.
Precisamente en el año de 1936, la Editorial Atlántida, de Medellín, publicó, de Fernando González, Los negroides, y de Velasco Ibarra, Conciencia o barbarie. En este libro, el expresidente, al relatar emocionado su actividad en nuestra tierra, escribió:
Llegué a Colombia con mis anhelos morales desplomados. […] El pueblo de Sevilla me telegrafió a Bogotá y me recordó que la vida era amplia e inagotable el servicio. Que los jóvenes del colegio de la ciudad querían que yo fuese el rector. Que sembrar ideas vale más, a veces, que administrar países [40].
Firmado por su autor en Sevilla, el 16 de abril de 1936, Conciencia o barbarie está dedicado a esa ciudad por el singular motivo de haberle recibido como a un hijo predilecto; dedicatoria que se hace extensiva a los esposos doctor Ramón Jaramillo y Gylma Saldarriaga, quienes, con Fernando González y doña Margarita Restrepo, mitigaron los días amargos del político desterrado, cuando de aquel municipio vallecaucano resolvió trasladarse a Medellín.
Durante algunos meses, Velasco Ibarra regentó en la Universidad de Antioquia las cátedras de filosofía e historia…, y en Villa Bucarest enseñó historia y ortografía, teniendo como únicos alumnos a Fernando y a Simón, los hijos menores del maestro Fernando González, quienes no podían ser más afortunados por esta circunstancia y otra adicional: disfrutaban también de lecciones de piano. La profesora: nadie menos que Corina Parral, la esposa del distinguido visitante. Fue como asistir a un concierto a cuatro manos, de primera categoría y absolutamente exclusivo [41].
Como fruto de esa noble amistad, Velasco Ibarra y Fernando González se definieron mutuamente, según frases que merecen destacarse. El primero llamó al segundo «el más original y penetrante de los sociólogos suramericanos» [42], y este, en Los negroides, dijo que aquel era «el primer gobernante discípulo del Libertador».
Velasco Ibarra, que había estudiado derecho en Quito y en París, tenía por entonces cuarenta y tres años de edad. Alto, delgado y de anteojos —como nuestro López Michelsen—, de talante intelectual, político de pura sangre y orador fogoso y convincente, al año siguiente salió de Colombia con un propósito definido: la reconquista del poder en su país. Decía que para ello le sería suficiente disponer de «un balcón en cada plaza». Después de un primer intento fallido, el objetivo lo cumplió con creces: el pueblo lo eligió presidente de Ecuador en cuatro ocasiones más (1944, 1952, 1960 y 1968); pero los militares lo derrocaron por tres veces, de modo que tan solo pudo finalizar el período constitucional de 1952-1956. En los intervalos conoció de nuevo el exilio, que cumplió preferentemente en Argentina, dedicándose a la docencia universitaria y a la tarea de escritor.
Angustiado ante la muerte de su esposa, ocurrida en un accidente de tránsito en Buenos Aires, y anciano ya, regresó a Ecuador a cumplir un deseo de mente y corazón: el de «meditar y morir» en la tierra que fue su campo de batalla, escenario de los triunfos más emocionantes y de los más crueles sinsabores. Fue así como falleció en Quito, el 30 de marzo de 1979, a la edad de ochenta y seis años, habiendo sido expresa la negativa de «El Profeta» —como lo llamaba el pueblo raso— a recibir honores militares.
Continuará…
Notas capítulo 8:
| [34] | Este Marañas, cuyo verdadero nombre era Nemesio Mejía, nació en Itagüí, población limítrofe con Envigado, en 1872. Fue un personaje del pueblo llano que vestía ropa ancha y usaba invariablemente ruana, sombrero de fieltro rojo y una mochila donde guardaba herraduras oxidadas y baratijas que ofrecía en venta a los transeúntes; su tartamudez no le impidió expresarse en frases sentenciosas, plenas de humor, que además matizaba con una risa tan espontánea como contagiosa. Sus peculiares condiciones de vida, ciertas habilidades para el cálculo y la original manera de interpretar los acontecimientos cotidianos hicieron que Fernando González lo llamara filósofo y lo tuviese por colega. Como dato curioso, Marañas es el único colombiano que figura en el Salón de la Fama del Museo de las Empresas Públicas de Medellín, Pabellón de Energía. ¿Por qué? Porque en la noche del 7 de julio de 1898, una vez encendidas en la Plaza Mayor (hoy Parque de Berrío) las primeras cien bombillas de arco, exclamó: «¡Ahora sí te jodiste, luna, a alumbrar a los pueblos!». |
| [35] | Carta a su hermano Alfonso, fechada en Envigado el 18 de marzo de 1936, publicada en El remordimiento, op. cit., p. viii (cursiva del texto). |
| [36] | En la presentación del segundo volumen de Mi Simón Bolívar, por Lucas Ochoa (Medellín, 31 de mayo de 1931; texto inédito). |
| [37] | Revista Antioquia, n.º 11, op. cit., p. 11. |
| [38] | Revista Antioquia, n.º 3, julio de 1936, pp. 68; 70. |
| [39] | Libro de los viajes o de las presencias, op. cit., pp. 152-153 (mayúsculas del texto). |
| [40] | Conciencia o barbarie, op. cit., p. 217. |
| [41] | Velasco Ibarra, tras divorciarse de la ecuatoriana Esther Silva Burbano, contrajo segundas nupcias con la pianista argentina Corina Parral Durán, en quien encontró su verdadero complemento. |
| [42] | Conciencia o barbarie, op. cit., p. 157. |
Fuente:
Henao Hidrón, Javier. Fernando González, filósofo de la autenticidad. Ediciones Otraparte, séptima edición [en proceso de revisión], Envigado, diciembre de 2018, pp. 1–146. Número total de páginas: 310.

