Boletín semanal con la vida
y obra de Fernando González

Vigésima cuarta entrega

Fernando González

Filósofo de la autenticidad

Javier Henao Hidrón

—Descargar entregas en pdf—

14. Despedida del maestro de escuela

Decir lo que sentía y pensaba fue la inmunda práctica de Manjarrés. Eso lleva al nudismo y al vivir a la enemiga. (F. G.)

El estado de ánimo de Fernando González comenzó a decaer y se agudizaron los efectos del «vivir a la enemiga», a medida que avanzaba en la publicación de Antioquia.

Los esfuerzos que realiza para poder editarla, en una época en que atraviesa dificultades económicas; la dedicación de buena parte de su tiempo a la redacción de los ensayos y comentarios que vierte en una revista mensual, íntegramente a su cuidado y bajo su responsabilidad intelectual; la incomprensión de los lectores y hasta las amenazas que recibe de parte de personas que no admiten críticas: todo esto se va conjugando para formar un opaco marco de referencia a sus aspiraciones de contribuir al ascenso en conciencia de la juventud y a la formación de una Colombia guiada por valores de justicia y autenticidad.

En febrero de 1938 aparece en Antioquia un artículo titulado «El idiota» [1], en el cual cree «haber hallado en qué consiste lo que llaman suerte en la vida social de los hombres». Descubre esta verdad: que el hombre con suerte se robustece, crece y domina en la sociedad cuando esta es apropiada a su modo de ser, y viceversa. Por eso, con los inadaptados, o idiotas, la sociedad es dura, inflexible, cruel.

Y así va «adobando el juicio de los jóvenes», hasta el punto de que terminan por aceptar las reglas tradicionales, convivir con el orden establecido y decidirse a practicar las mismas artimañas de los ambiciosos.

El peso de los acontecimientos produce entonces un desgarramiento humano, imposible de soportar. Ya no queda sino admitir lánguidamente:

…de hoy en adelante el rey será mi gallo, […] todo poder viene de Dios, y […] no escribiré más contra los gobernantes, etc. [2]

La anterior afirmación representa el preludio a los años más difíciles de su vida; el pensador adquiere plena conciencia de la imposibilidad de luchar con éxito en medio de la incomprensión y del predominio de intereses diametralmente opuestos a los suyos.

No es extraño, por tanto, que en el mismo año de 1938 decidiera irse a vivir a Chile, en procura de un ambiente propicio para su trabajo intelectual y atendiendo la amable sugerencia de la poeta Gabriela Mistral, con quien, desde la publicación de Viaje a pie, sostenía correspondencia epistolar.

Procedió entonces a vender casi todos los libros que constituían su biblioteca; el comprador fue La Pluma de Oro, librería que los adquirió con el fin de revenderlos al público. Quince días antes de la fecha señalada para el viaje, sin embargo, un violento terremoto ocurrido en el país austral impidió que el proyecto se convirtiera en realidad.

¡El viaje se frustra y ha vendido su biblioteca! Pudiera pensarse que debió ser honda su nostalgia por haberse visto obligado a desprenderse de libros adquiridos en el transcurso de varias décadas… Pero tal vez ese sentimiento no trascendió los límites normales, a juzgar por la siguiente descripción hecha años después por su alter ego, Lucas Ochoa:

Una verdadera biblioteca no contiene sino unos cincuenta libros, debajo del Sancta Sanctorum; unos doscientos en los misterios especializados, y… algún día te enseñaré mi biblioteca: hay unos diez; encima de ellos, alto, Benedicto Spinoza, con sus satélites, Bruno y Maimónides [3].

En medio de dificultades y frustraciones, un nuevo y doloroso acontecimiento sacude su espíritu: la muerte de su padre, don Daniel González, ocurrida el 1.º de febrero de 1939.

Uno de los pocos hechos reconfortantes es el viaje que emprende a la zona arqueológica de San Agustín. Lo acompañan dos amigos, almas gemelas por su amor al arte: los notables pintores Pedro Nel Gómez y Carlos Correa. Como resumen de la inquietante correría por esas tierras del Huila, Fernando González consideró entonces —según el testimonio de sus acompañantes— que las doscientas esculturas de piedra que allí se encuentran son el mayor patrimonio artístico de Colombia y, por tanto, deben ser enterradas nuevamente, para que las futuras generaciones las reciban como herencia…

El «proceso de descomposición del yo» [4] —así puede llamarse, siguiendo su terminología— llega a sus últimas consecuencias a principios de 1941, cuando escribe El maestro de escuela, obra que, al interrumpir su actividad filosófica y literaria, divide su trayectoria intelectual en dos grandes etapas: la primera, iniciada veinticinco años atrás con los pensamientos de un «niño envejecido» [5]; y la segunda, que se prolonga casi por el mismo lapso y en la cual, tras un prolongado silencio, retorna el metafísico en su más alto vuelo.

Convencido de la inutilidad de continuar el enfrentamiento con la sociedad en que vive, decide bajar la guardia y reconocer su derrota. ¡Qué dolorosamente cierto es que no podía, por más tiempo, seguir nutriéndose únicamente de sí mismo! Brota entonces una íntima y dramática confesión:

El que haya aguantado más de los cuarenta y seis años que yo aguanté debajo de la fría alcarraza, en actitud de sapo nocturno, atisbando lo que no dijo que vendría, que me arroje la primera piedra [6].

Admite que solo en la edad madura logró asimilar ciertas verdades útiles, que otros incorporaron a su comportamiento vital desde la niñez o la juventud. Quizá la más protuberante de esas verdades es la que puede enunciarse así:

…la felicidad terrena está en proporción de la adaptabilidad social del individuo [7].

Sí, ha sido un inadaptado. ¿De qué han servido los trece libros que ha escrito pensando en la juventud colombiana y americana (incluido este, donde el frustrado maestro abandona su «escuelita»)? [8]

¿Para qué una revista que es también libro, por cuanto todos sus artículos reconocen una misma y única paternidad y obedecen a un criterio de análisis vivo de la cotidianidad, que sugiere, persuade y trasciende?

¿Para qué sus prédicas acerca de la personalidad, la cultura, el conocerse y aceptarse, el método emocional, las ideas madres, la autoexpresión de individuos y pueblos, la muerte de toda vanidad?

En ese ambiente psíquico y frente a presiones sociales que habían ido debilitando su yo —su poderosa capacidad de introspección—, Fernando González produce El maestro de escuela. Es un libro-resumen de su biografía, vivencial, sincero y lleno de paradojas, cuyo personaje central, Manjarrés, maestro de escuela primaria escalafonado en quinta categoría, se cree «un filósofo» y un «postergado». Tímido y carente de naturalidad en sus movimientos, usaba bigotes colgantes y llevaba, en el bolsillo interior izquierdo del saco, un cepillo de dientes, «condecoración de todo maestro de escuela». Con los jesuitas se graduó en introspección, y estos eran los problemas sobre los cuales meditaba: si tiene «espíritu», si progresa, si siente a Dios, si posee capacidades y si lo odian o aman…

Manjarrés, casado con Josefa Zapata y padre de doce hijos, era soportado por su mujer como el «grande hombre incomprendido» que se creía; él, a su vez, se sentía opinado por ella y decía: «Un hombre opinado por la cónyuge es como planta orinada, que se marchita. Josefa tiene la culpa» [9].

Con su actitud de creerse un grande hombre incomprendido y, como consecuencia, objetivar la culpa, soportaba y contagiaba al mismo tiempo el drama del proletariado intelectual.

Objetivaba la culpa en su mujer y en el gobierno. Estos eran los causantes de todos sus males y, por supuesto, de que no hubiese podido cumplir sus mayores anhelos: ser director de educación pública y redactar una teoría del conocimiento.

(Objetivar la culpa —dice el autor— es la finalidad oculta de las filosofías morales, la raíz del arte y de los mitos, y quien quiera que tenga por encima a otro es «grande hombre incomprendido»).

Manjarrés, convencido de que para dirigirse a sí mismo y salir triunfante necesitaba acudir a otros medios, creó su doble, su otro yo, al que puso por nombre Jacinto. Él sería la inteligencia y Jacinto, el ejecutor.

Con todo, la pobreza, la angustia, los problemas en su trabajo y la incomprensión aceleraron el proceso de disolución del yo. Terminó por aceptar que «él tenía la culpa» y su destino humano quedó consumado.

Cuando Josefa Zapata, después de veintidós años de estar al lado del maestro de escuela, agonizaba, un inspector de educación acusó a Manjarrés de ser «un godo hijo de tal» [10] y este fue declarado insubsistente. Obligado por las circunstancias, empeñó los vestidos y los libros.

Viudo, sin empleo y con una docena de hijos, algunos amigos le ofrecieron ayuda. Esta se concretó —¡oh manes del destino!— en una carbonería, en la que fracasó vendiendo al fiado.

Convertido en un hombre melancólico, definitivamente derrotado, murió poco después, y el médico dio este diagnóstico: «Se le acabó la voluntad de vivir» [11]. Recibió entierro de tercera clase.

Aparecieron, entonces sí, las damas caritativas: las de «la gota de leche», las de «la columna de choque contra el mal», las «vírgenes del altar»…, a implorar por los pobres huérfanos. Cristianismo tardío, falso y blandengue, que no hizo sino irrespetar la memoria de Manjarrés y, sobre todo, sus creencias, porque era hombre de fe y, con motivo de la enfermedad de Josefa, había entonado este canto sublime:

Necesito sentir a Cristo en mí. Entra, Señor, entra y barre y embellece… ¡Tú que llamaste a Lázaro de la podre, Tú que resucitaste y comiste luego pescado! ¡Qué hermoso eres, que no robaste, no opinaste, no te disfrazaste! ¡No pesas y trasciendes, no te corrompes y renaces! ¡Empuja, pues, y derrumba! ¡Llámame con voz más urgente! Yo no puedo ir a Ti, pues «venga a nos tu reino». De mío voy a la prostitución. Empuja, urge, incita; todos son tus símbolos que me llaman, me hacen guiños. Estoy preñado de ganas de realidad [12].

En el epílogo, que expresa una penetrante psicología de la condición humana, campea la incertidumbre. El cadáver de Manjarrés hace surgir la figura de don Tinoso, el adaptado social, el calculador, el realista, aquel que no cree sino en la plata, la salud y el amor. Don Tinoso ha renunciado a filosofías y se hace profeta… de lo que vaya sucediendo. Reconoce que sin adaptabilidad social no existe la energía vital, indispensable para tener «éxito». Por tanto, será capaz de todo, ¡hasta de convertirse en el «gran lambón del presupuesto»! Y, como comprende que debe desdeñar la «gloria» futura, quiere que el busto le sea anticipado en dinero: «¡Denme el busto en plata!» [13], grita el nuevo hombre.

El idiota había muerto, dejando tras sí una dura lección: la de que no es posible contradecir impunemente la fría causalidad ni desconocer la verdad aparente.

Luego de esta confesión conmovedora —«tengo la sensación nauseabunda de que el cadáver de Manjarrés era de los dos»— [14], el autor firmaba su libro en La Huerta del Alemán, Envigado, el 12 de febrero de 1941, con el nombre de «Ex Fernando González» [15].

* * *

La dedicatoria de El maestro de escuela está redactada con estas palabras:

Homenaje a Thornton Wilder,
el creador del drama eterno
Our Town.

Entre marzo y mayo de 1941, Thornton Niven Wilder, novelista y dramaturgo estadounidense, realizó una gira por Colombia, Ecuador y Perú, enviado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos en una misión de buena voluntad y buena vecindad en las relaciones culturales.

Precedido por la merecida fama de haber ganado en dos ocasiones el Premio Pulitzer —en 1928, con The Bridge of San Luis Rey, y en 1938, con Our Town—, Wilder, profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Chicago, fue recibido con respeto y entusiasmo en los países mencionados, en los cuales tuvo la oportunidad de entrevistarse con numerosos literatos, entre ellos Guillermo Valencia, Baldomero Sanín Cano, Eduardo Caballero Calderón, Rafael Maya, Jorge Icaza, Demetrio Aguilera, Ciro Alegría, José María Arguedas, Jorge Fernández, Humberto Salvador, Romero Castillo, Xavier Abril, Jorge Basadre y Héctor Velarde.

Los días domingo 30 y lunes 31 de marzo, en La Huerta del Alemán, sostuvo intensos diálogos con Fernando González. De este dijo haber leído, con gran admiración, tres de sus libros: El remordimiento, El Hermafrodita dormido y Los negroides. Después de conocerlo personalmente, expresó su interés por estudiar en profundidad el conjunto de la obra del pensador antioqueño. Fue así como, en el transcurso de sus viajes, dijo haber leído Mi Simón Bolívar, Viaje a pie y, desde luego, el todavía reciente El maestro de escuela. (Los demás libros y la revista Antioquia le fueron enviados por el autor a su residencia en los Estados Unidos).

El antecedente más inmediato de aquella entrevista es una carta suscrita en Bogotá el 21 de marzo de 1941, en la cual Wilder manifiesta a Fernando González su deseo de conversar sobre asuntos literarios y filosóficos. «Yo hablo francés y alemán —precisaba— y estoy haciendo diariamente progreso en la lengua española».

Por razones de afinidad idiomática, los dos escritores se entendieron en francés; pero matizaron la charla con expresiones al margen, ya en inglés, ya en español.

De nuevo en Bogotá, Wilder dirigió una carta a Fernando González, fechada el 4 de abril, en la cual consigna este sentimiento: «Mi experiencia más viva, estimulante y feliz en Colombia es haberlo conocido a usted, su trabajo y su casa».

Gratamente sorprendido por la dedicatoria de El maestro de escuela, le escribe desde Quito el 11 de abril: «Es el primer libro que me ha sido dedicado», y agrega: «Non dignus sum, non dignus sum».

Tras la lectura, Wilder consideró que era al mismo tiempo «brillante y terrible», cruel y piadoso. Impresionado por su fuerza expresiva y, ante todo, por su originalidad —en el sentido grande: ser, en cada momento, completamente «uno mismo»—, sintetizó su pensamiento con este elogioso y revolucionario concepto:

Y como obra de arte, qué original.
Usted ha reinventado la novela.
Usted ha creado la Novela: Siglo xx.

La narración ha muerto. «Eso pasó y luego eso pasó y luego eso pasó» ha muerto.
Esta es la Nueva Novela [16].

Continuará…

Notas capítulo 14:

[1] «El idiota», publicado en Antioquia, n.º 10, febrero de 1938, pp. 73-75, fue reproducido después como capítulo final de El maestro de escuela.
[2] Revista Antioquia, n.º 10, op. cit., p. 73.
[3] Libro de los viajes o de las presencias, op. cit., p. 62.
[4] Ibidem, p. 219.
[5] Pensamientos de un viejo. Medellín, Litografía e Imprenta de J. L. Arango, abril de 1916, p. 146.
[6] El maestro de escuela. Bogotá, Editorial abc, abril de 1941, pp. 122-123.
[7] Ibidem, p. 121.
[8] Fernando González había considerado indispensable la formación de una escuelita colombiana y suramericana de autoexpresión, en la que se formara la juventud del futuro, libre de prejuicios y completamente adaptada a su tierra y a su medio. Es decir, una escuelita que enseñara una filosofía-camino que, partiendo de la educación, condujera a la cultura. El método se basa en el ritmo y la sobriedad, como corresponde a caminantes a pie, y el objetivo consiste en que cada discípulo encuentre su propio e intransferible camino. Hallado este, el caminante estará en condiciones de manifestar su personalidad y coadyuvar a la creación de una cultura auténtica, fundamento del desarrollo social. Pero nada hay nuevo bajo el sol. O, en otros términos, nada es original a menos que se lo juzgue en relación con determinados lugares y circunstancias. Así, por ejemplo, Lin Yutang, en La importancia de vivir (Editorial Sudamericana, sexta edición, Buenos Aires, 1943, pp. 514-518), menciona que los tres hermanos Yuan iniciaron, a fines del siglo xvi, la Escuela de Autoexpresión, llamada también Escuela de Hisingling, de Hising, que significa «la naturaleza personal», y ling, «alma» o «espíritu vital». Al reaccionar contra la literatura ortodoxa china, que tendía expresamente a manifestar las mentes de los sabios y no las de los autores y, por tanto, carecía de dignidad e independencia, la Escuela de Autoexpresión exigía que expresáramos por escrito solamente nuestros pensamientos y sentimientos, nuestros amores genuinos, odios genuinos, temores genuinos y caprichos genuinos, pues hay que expresarlo todo… sin miedo de contradecir a los sabios antiguos o a las autoridades contemporáneas.
[9] El maestro de escuela, op. cit., p. 52.
[10] Ibidem, p. 68.
[11] Ibidem, p. 78.
[12] Ibidem, pp. 108-109.
[13] Ibidem, p. 127.
[14] Ibidem, p. 12.
[15] Ibidem, p. 129.
[16] «And as a work of art how original. You have re-invented the novel. You have created the Novel: Twentieth Century. Story-telling is dead. “That happened and then that happened and then that happened” is dead. This is The New Novel». (Carta fechada en Quito el 21 de abril de 1941).

Fuente:

Henao Hidrón, Javier. Fernando González, filósofo de la autenticidad. Ediciones Otraparte, séptima edición [en proceso de revisión], Envigado, diciembre de 2018, pp. 1–218. Número total de páginas: 310.