Boletín semanal con la vida
y obra de Fernando González

Séptima entrega

Para leer a Fernando González

Alberto Restrepo González
(1997)

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~ 3 ~
La niñez

(Continuación…)

Sentido angustioso de la muerte

En nuestra aldea, allá en nuestro Envigado, nos atormentó la niñez la tumba del suicida liberal Burgos, que murió impenitente y cuyos huesos reposan en el muro sur del vetusto cuadrilátero de cipreses, en el lado que da a un platanar. Allí se apoderó el diablo de su cuerpo, el diablo convertido en musicales y dulces abejas angelitas (vp).

¿Sabe que desde niño yo tenía el siguiente mal?: meditaba en el instante en que moriré, lo actualizaba, y me desvanecía en angustias horrendas (rpo).

Conciencia nítida del llamamiento de Dios

Dios me llama a gritos. Desde mi infancia me está llamando a gritos, y, cuando me pongo a escuchar, parezco un diosecito (er).

Te he llamado desde la niñez. […] ¿Qué has hecho de mis voces? (ant viii).

… y sobre todos los seres he amado desde que nací a Jesucristo y a Sócrates. Han pasado milenios y aún continúan siendo la aurora de la humanidad (er).

… soy un nadie, un yuquero envigadeño, un transeúnte, peón azadonero que desde que lo parieron está subido en aguacates, mangos, guayabos, atisbando para «conocerlo de vista» (rpo).

¡Qué bueno escribir un librito o vivir una vida que no huela a yo, al medidor! Esa fue mi ambición desde niño. Un librito que huela a Gracia del Espíritu Santo (t i).

… fui desde niño una inmundicia inenarrable, pero desde que dije yo fui también una gana de conocerlo de vista, tan grande, que mi patrono amado como a mi padre ha sido siempre Zaqueo… Y es tan inmenso este amor, que a veces digo, para consolarme: «¡Sí, sí, yo fui Zaqueo!… ¡Yo Lo vi de vista de ojos en Jericó!» (cr).

Dentro de la conciencia del llamado por Dios y del anhelo de hallarlo, se inscriben su tempranas búsquedas de santificación, por el conocimiento y la experiencia viva y personal de Dios:

¡Las estatuas y pinturas vestidas! ¡Qué desilusión fue la nuestra cuando hace veinticinco años le alzamos el vestido al intrépido Pablo de Tarso allá en la sacristía de la iglesia de nuestro pueblo y vimos que su cuerpo era un tablón de madera ordinaria! Comenzó así lo que ha llamado nuestra anciana tía la pérdida de nuestra fe. Desde entonces no creímos en los santos de Envigado [y] le perdimos el miedo al brioso Pablo; le perdimos el respeto y nos hicimos jefes liberales en nuestra aldea (vp).

Sentido de vinculación radical a la comunidad eclesial

… nací teólogo; me considero gente de iglesia. Cuando me paseo por los atrios de los templos, me parece que estoy en casa (er).

Fui a la misa de la iglesia de la calle Paraíso, a pedirle muchas cosas a la Virgen María, así: que yo estiraría mi brazo —la voluntad— y que ella me llevara para donde quisiera… «Hágase tu voluntad». Esto me lo enseñó la hermana Belén, en Envigado (sal).

Yo creo, vivo, que así yo estoy segurísimo en la Iglesia. ¿Quién puede arrojarme si Él no quiere, y Él no lo quiere, porque desde niño, sucio como el más pintado, lector de todo lo prohibido, viajero por vericuetos, me siento amarrado a la Iglesia…? (cr).

* * *

Conclusiones

La reconstrucción de la niñez de Fernando González, a partir de sus obras, deja en claro cómo, desde sus primeros años, en la antítesis, el agonismo y el amor a la vida, vivió a la búsqueda de Dios.

Agónica y contradictoriamente, González crece como hombre proclive, por una parte, a la introversión, a la pasionalidad desbordada, a la antítesis, a la sensualidad, a la crítica implacable y al anarquismo, y, por otra, a la lucha incansable por la liberación, a la capacidad desmedida de renunciación y sacrificio, a la búsqueda permanente de la verdad, a la convivencia amorosa con la vida manifestada, a la realización de la santificación en la comunión con Dios.

Hasta el día de su muerte reiteró con firmeza la unidad de búsqueda, espíritu, actitud y propósito de su vida y de su obra.

Nada de repentismos, ni de contradicciones inexplicables: a lo largo de toda su vida y de toda su obra, dentro de un mismo espíritu, en total coherencia de actitudes y acciones, Fernando González enfrenta, asume y madura unos mismos problemas hacia un mismo objetivo: la comunión con Dios.

Los mismos cuestionamientos básicos:

… sólo interrogo lo mismo que en mi niñez (msb).

Los mismos ideales:

… eso es lo que vengo buscando desde niño; un hombre seco, varonil, capaz de no traicionar su ideal, aunque tenga que sacrificar a todos los hombres; uno que encarne un ideal bello y todo lo supedite a ese ideal (dm).

La misma conciencia angustiada e ingenua:

… desde la infancia me apareció la conciencia de la vejez (dm).

Todos dicen que soy como un niño. En verdad, no puedo obrar sino como eso; mi actitud, mis modales e intenciones son de niño (n).

A la hora de la muerte, González era el mismo de su niñez, en cuanto desde la infancia, sin cambiar jamás de objetivo, no hizo otra cosa que irse pariendo a sí mismo, a la búsqueda de Dios:

¡Yo todavía estoy vivito, está vivito aún aquel niño de la calle con caño, calle envigadeña que moría en la mangada El Guáimaro! (cr).

… soy la calle con caño que muere en El Guáimaro (cr).

Y no he cambiado de objetivo: desde niño u óvulo atisbo la juventud eterna y la busco y rebusco en caños, albañales, cuevas, muchachas y viejos. Desde niño me definí o conocí como el que atisba a Dios desde su letrina: por eso, para cumplir la misión, nací en mí, una letrina, y nací en Colombia, otra letrina. Yo no soy converso: me repugnan los convertidos: ¿para dónde se convierte uno? Uno, un hombre, es cagajón que flota en El Océano de la Vida. Por eso dijo Pablo, patrono de los viajeros: en La Vida somos, nos movemos y vivimos (cr).

Con su cuento, padre Ripol, usted acabó de partear a «este viejito» que habita y está pariendo hace 68 años en los aledaños de la quebrada La Zúñiga (cr).

Continuará…

Fuente:

Restrepo González, Alberto. Para leer a Fernando González. Editorial Universidad Pontificia Bolivariana / Universidad de San Buenaventura, Medellín, 1997, pp. 1-62.

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