Boletín semanal con la vida
y obra de Fernando González

Trigésima cuarta entrega

De la parroquia al cosmos

Los viajes de Fernando González
Alberto Saldarriaga V.
(1964)

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Libro de los viajes
o de las presencias

~ 1959 ~

Después de un largo período de silencio, durante el cual el pensador se abstuvo de publicar, y tal vez para cumplir aquella frase final de El maestro de escuela, maduró muchos aspectos de la psicología introspectiva y se decidió a publicar sus obras finales. La tercera obra de la época mística la denominó Libro de los viajes o de las presencias. Estos viajes al fondo de sí mismo los describió con la misma intención de los precedentes: tienen absoluta autenticidad y son autobiográficos. Nos parece oportuno repetir uno de los símbolos con los cuales iniciamos estos apuntes: el símbolo extraído del poema de Alfred de Musset sobre el acto heroico del pelícano, amoroso de sus polluelos: salió, al amanecer, para sobrevolar la superficie marina en busca de alimento; todo el día recorrió incansable, sin fortuna, pues ningún pez afloró la superficie salobre; al caer la tarde se resignó al retorno, pero pensó que sus polluelos lo esperaban con hambre y ansiosamente anhelan su regreso; el pelícano, en acto heroico, rasgó con su propio pico la piel del vientre, se exteriorizaron las entrañas; se acercaron a sus cegatos polluelos y ellos las devoraron; será el último festín. La tarde de la vida se aproximaba cuando el pensador decidió que, pese a lo mucho que había escrito, le quedaban muchas cosas, y que en su silencioso retiro, bajo las ceibas, había realizado muchos viajes al fondo de sí mismo; maestro nato, quiso escribirlos, para que tal vez algún lector aprovechase sus lecciones de esas incursiones íntimas. En estos fondos de la psicología introspectiva navegaba Fernando con la elegancia del cetáceo, y miraba las arborizaciones de corales, los abismos y montañas submarinos y monstruos con frialdad y sin asombro. Ya no era el atormentado descrito por el prologuista don Fidel; los años, como lima, lo habían pulido y miraba los hombres y las cosas con serenidad envidiable. Ya no era el hosco solitario resentido; era el anciano amable cuya figura atraía e irradiaba una singular sabiduría. Años de meditación y de silencio produjeron un efecto que se irradiaba en la mirada aquilina, y en el tono modulado de la voz; las niñas se acercaban como a un santo laico; y los viejos evocábamos la ancianidad de Sófocles; los jóvenes, dizque nadaístas, llenaban el vacío de sus nadas con la vida que él les infundía.

Esta etapa es muy mística y el solitario forjó un lenguaje esotérico, porque las sutilezas psicológicas no se amoldaban a la terminología usual, de ahí la escasa popularidad de sus obras últimas.

Dióse a la tarea de forjar símbolos, algunos claros, otros confusos; muchos sólo aptos para los entrenados en alto misticismo. Todos sonoros, pues su lenguaje apareció pulido, con ansias de rigor.

Hay coherencia en la temática. En la etapa El remordimiento analizó los mecanismos de la teología moral; en la etapa Mi Simón Bolívar estudió los mecanismos para ensanchar el campo visual de la conciencia. En esta etapa realizó una cartografía, y trató sobre unos «mundos» y unos misteriosos viajes a las regiones en las cuales sólo baquianos como Shakespeare, Kierkegaard, Unamuno y Kafka pueden moverse con elegancia y orientación. Con esta geografía del alma, con esta química y con esta neutralización de las pasiones sólo buscaba la neutralidad y el ansiado equilibrio y tranquilidad en los mares interiores de los hombres.

Sus inspiraciones las encontró Fernando muy cerca:

«Vi a Grecia y vi a Florencia y me volví para Envigado, a La Huerta del Alemán, que ahora se llama Otraparte. En esta capital de Colombia hay originalidad humana, ahí, a dos pasos… Salid y está en la puerta un pordiosero que es igual o mejor que las figuras de Leonardo. […] Y ese hombre que estaba hoy en la misa, arrodillado, arrodillado no, anonadado a los pies de la Virgen, al lado de su costal de pordiosero, entregado absolutamente, con la humildad de quien llama a su intimidad, es decir, sin vergüenza, desfachatadamente…: ¡no existe nadie, no hay grandes ni pequeños, no hay sino Tú, Intimidad, madre mía! Ese viejo, de cabeza mejor que la de los apóstoles de Leonardo, barba mejor también, actitudes más transparentes, era la absoluta libertad de la nada personal, consumida en la Intimidad: era el hijo de Dios. ¡Y vive aquí!».

Y empiezan los viajes. El primero es el viaje hacia la intimidad de Lucas de Ochoa. El autor se había desdoblado en dos personajes: Lucas de Ochoa y González. Lucas de Ochoa es la parte noble y espiritual del dúo. Lucas se había silenciado y González se empeñó en extraer de Lucas las confidencias, empleó hermosos procedimientos de técnica psicológica y logró su cometido. Lucas se abrió a González y le explicó la parte dramática o la dialéctica fenoménica del conocimiento de «sus mundos». «Mundo», en esta terminología mística, es el conjunto de estados pasionales y de inquietudes mentales en un instante o período de nuestra vida. Aparece el primer país submarino: el Mundo de Epicteto; Lucas conduce a González a ese mundo, y se confiesa:

«… comenzó a narrarme los hurtos que había cometido, los homicidios e incendios que había ejecutado con lógica cerrada y voluntad decidida en esos momentos sublunares en que se vive en el mundo pasional…».

En este «mundo» lo inicia en los misterios del karma, es decir, esa fatalidad que nos empuja y a cuyo impulso no podemos resistir. Recordamos que Don Mirócletes no se podía contener, ni Abrahán Urquijo, rábula y usurero, ni el mismo Lucas ante Tony y sus calzoncitos. Era el karma. Dostoyevski es el rey en ese país de Epicteto. Para luchar contra el karma se procede de dentro hacia afuera: su teoría de la cultura y del maestro como partero:

«Hay que trabajar por dentro. De dentro para fuera… Es la cultura. Ayudando a digerir los pleitos, o procesos o karmas. Esto es ser maestro de escuela y padre espiritual… Y en Colombia no hay. ¡Una escuelita y un cura de almas, González! Oiga: Primero: […]».

También desciende al país del «Proceso»; éste también es la fatalidad, «el destino», «la suerte», el rey en el «Proceso» es Kafka:

«Uno, en otero superior, afín de Kafka, es aquel solitario danés angustiado. ¡Mira! Allá pasean majestuosamente como dos reyes, por aquellos bosques misteriosos y de silencio casi palpable, beatos; sin embargo, separados también. El uno es el príncipe Hamlet. Y el otro es Søren Kierkegaard. La desesperación y la angustia en el uno, soberano de esas dos maniguas riquísimas. Y la duda en la seguridad, el ver y no querer ver, en el otro. ¡Altísimos solitarios! ¡Ay de quienes no aprendan y vivan con vosotros! ¿Ves aquel viejo enjuto y duro, con su chaqueta sacerdotal, cerrada en el cuello, que se deleita en las yerbas de la manigua de Kierkegaard? Es don Miguel de Unamuno, el vascongado».

Ese karma, ese proceso, lo traduce nuestro místico en la terminología cristiana de Occidente: El Sendero de la Cruz, de la cruz de cada cual. Pero los senderos o caminos pueden ser diferentes: Einstein buscaba el campo unificado; su karma, o su proceso, eran las matemáticas; nuestro místico entendió al genial hebreo.

Pero continúan los viajes y los símbolos: Lucas conduce de la mano a González y lo inicia en otro abismo submarino: el misterio de los infiernos. Infierno, para Fernando, es el mundo pasional en el que nos sumergimos, por terquedad y por soberbia: en este viaje se desnuda, se confiesa con autenticidad y es autobiográfico:

«Estuve en el Hoyo de los Animales Nocturnos, así: en 1941, porque no me apreciaban; porque no era para los otros el “grande hombre” que creía y quería ser, es decir, por haber vivido deleitadamente el complejo de grande hombre incomprendido, y detenídome en él con soberbia, enfrentando mi nada a la infinita Intimidad, despreciando y renegando de las beatitudes que había tenido en mi camino… Mucha pobreza económica había en casa y enfermó y murió mi hijo que era más para mí que yo, pues en su agonía yo clamaba que nos cambiaran, que él viviera y yo muriera…, y hubo que prestar el lugar para enterrar su cadáver. Escribí entonces El maestro de escuela, en que termino burlándome del espíritu y diciendo que “el rey es mi gallo”, y que “enterré al maestro de escuela que hay en mí”, y que “sería capaz de hacer lo que hacen todos, vender mi mentira“, y firmé el libro “Ex-Lucas de Ochoa”. ¡Y no impunemente se vive la soberbia de afirmar su vana persona y mucho menos se puede enfrentarla al Espíritu! Fueron años de hundimiento y perdición y de allí me sacaron Zaqueo y mi hijo, porque hace años que me di a llamarlos, a implorarles que vinieran en mi ayuda».

Y penetra en otro «mundo», el de la comunión:

«Los altísimos nunca escriben, sino que inducen con sus vidas. Esto es un mundo muy grande, el de la comunión. El fin de las artes mayores es comunicar el espíritu; hacer convivir, comulgar. Esto se efectúa por medio de la literatura, de la representación teatral, del diálogo, en el cual se usa la palabra, la acción, la mímica, el gesto, la expresividad de los ojos y la emanación emotiva de todo el cuerpo; por medio de la escultura, la pintura… Pero el summum, la vía magistral para la comunión es la ejemplaridad actuante. Por eso, el Evangelio es la vida de Cristo. La buena nueva fue su vida. Todas las artes son, pues, modos de comunicar la desnudez de la vivencia».

Continuará…

Fuente:

Saldarriaga V., Alberto. De la Parroquia al Cosmos – Los viajes de Fernando González. Medellín, separata de la Revista Universidad de Antioquia, n.º 158, julio / septiembre de 1964, p.p.: 373 – 533. (El ensayo va hasta la página 569).

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