Boletín semanal con la vida
y obra de Fernando González

Trigésima quinta entrega

Para leer a Fernando González

Alberto Restrepo González
(1997)

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~ 10 ~
El comienzo de la búsqueda

(Continuación…)

La verdad, objetividad
y subjetividad

Dada la limitación humana, que sólo permite al hombre la captación de sí mismo y de todo lo demás a través de su yo, la pregunta por el significado de la verdad queda sin respuesta:

A. —Advierte que yo no digo: la verdad, sino: mi verdad. […] B. —De lo contrario, Pilatos te preguntaría: ¿qué es la verdad? (pv)

La búsqueda de la verdad universal resulta ser una inútil búsqueda de la razón:

¡Algo espantoso sucedió al animal hombre! Apareció en él la razón, facultad absurda que busca la verdad, y la verdad no existe… (pv)

La verdad no es un hallazgo definitivo de la razón, sino un estado del corazón, que cambia según lo que se vive:

Vivimos de la contradicción. ¿Y cómo no hacerlo? ¿No veis que ya no existe la verdad? ¿No veis que la verdad para mi corazón, ahora, cuando estoy triste, es el amor a la muerte, y después, cuando estoy alegre, es el amor a la vida…? (pv)

El hombre es el creador de los conceptos y de sus propias verdades:

¡Ya no hay nada por encima de mí, puesto que los conceptos sólo existen en mi alma: puesto que soy el creador de la verdad…! (pv)

Amor, belleza y gloria se identifican con la verdad, que a su vez se identifica con la vida:

Ya que estamos en la vida, la verdad para nosotros es la vida: el amor, la belleza, la gloria… (pv)

En este sentido, sólo en la sinceridad puede lograrse la unificación entre los hombres:

… la más pequeña mentira separa las almas, y, al contrario, se unifican en la absoluta sinceridad. (pv)

* * *

La vida, camino para
llegar al conocimiento

Dado que el hombre nada conoce fuera de sí, todo lo que vive, lo vive modificado por la experiencia del yo:

Siempre te ves a ti mismo. […] Toda ciencia es imposible, hasta la psicología en la cual te habías refugiado. Todo es un sueño, coloraciones dadas al mundo por la cajita de colores, variables hasta lo infinito, que llevamos en nuestro interior… […] Nada podemos conocer porque al llegar a nosotros una visión está vestida con las galas de nuestro espíritu. (pv)

El hombre da su alma a todas las cosas; el hombre se ve a sí mismo en las cosas. […] En todo ve su personalidad: en el murmullo del agua oye sus amores, y en la paz de la noche estudia su sentimiento. El espíritu del hombre echado sobre el mundo es lo que se llama sentido del mundo. Este es el espejo en que el hombre se ve a sí mismo. (pv)

El alma del hombre, dentro de la vida, está sujeta a la vida:

No tienes dos almas: una dominadora de la otra. Tienes un alma que es esclava de la vida. (pv)

El conocimiento no se origina en la razón, sino en las experiencias vividas:

Todas estas mis aventuras de la ciudad son sagradas para mí, pues de ellas saldrá, cuando vuelva a mi retiro, una nueva visión del mundo y un tesoro grande de verdades. Toda aventura permanece en el alma, y ocultamente se va transformando hasta convertirse en hermosa idea. ¿Pero de dónde me vino esta verdad?, se pregunta con frecuencia el pensador. ¡Y quién sabe de qué aventura que tú creías pequeña, y hasta impertinente, salió aquella juguetona sentencia…! (pv)

En consecuencia, las propias experiencias vitales son el camino para el conocimiento, que constituye el sentido de la existencia:

¡Pobre corazón loco! […] Cierto día te dije: desde hoy la vida sólo será para ti un medio de llegar al conocimiento. Si amas, será para saber más… Si ríes, para saber más… Si lloras, para saber más… Si sangras, para saber más y más… (pv)

* * *

La moral como
lucha entre instintos

Los valores morales son resultantes de la condición limitada del hombre:

La vida es un infinito campo indeterminado, sin ningún sentido ni color, en donde es posible ver todos los sentidos y limitaciones… Con nuestro espíritu definido podemos inscribir todos los valores que deseemos en esa enorme tela incolora que llamo la posibilidad infinita. Y puesto que no hay nada imposible, puesto que no hay nada absurdo (lo absurdo es la manera como tú no determinas lo indeterminado), ¿por qué no buscar nuevos conceptos, nuevos valores, nuevos ídolos? (pv)

No hay acciones buenas ni malas en sí mismas:

No concibo qué sea un hombre malo, ni he visto en mi vida una acción mala. Todo hombre y toda acción, cuando se miran bien, aparecen dignos de que uno se entristezca. (pv)

Para ti es bello ese paisaje, y para mí es feo. Luego en el paisaje no está la belleza ni la fealdad. Un acto tampoco es bueno ni malo en sí. (pv)

El remordimiento tiene su raíz en los instintos, y aun antes que ellos, en las sensaciones:

Toda sensación despierta tus instintos. Y viene el disputar de ellos, pues unos desean apropiarse la cosa sentida, mientras que a otros les es molesta. (pv)

El remordimiento consiste en la lucha entre los instintos vencedores y los instintos vencidos:

[Ese] dolor que se experimenta después de toda acción, no es otra cosa que los lloriqueos de los instintos que se oponían a ella. Y esa tristeza hace que los instintos que nos impulsaron al acto se pongan a filosofar, a buscar razones para justificarse. La tristeza del pasado nos vuelve cazadores de verdades. (pv)

Una acción es el triunfo del motivo más poderoso. […] El remordimiento es el dolor de los instintos vencidos. (pv)

En el afrontamiento de la dolorosa lucha entre los instintos está la posibilidad del crecimiento humano, por lo que el remordimiento es el generador de la filosofía:

Hoy ha dicho mi ansia de consolación: «Vamos a ver a tu amiga Carmen». Y entonces contestó mi deseo de atormentarme: «No vayas…». Se trata de saber cuál de esos dos anhelos es más fuerte: suyo será el triunfo… […] Hay un gran placer en atormentarse a sí mismo… la vida… ¿Entendéis ahora por qué yo exclamo: ¡Viva el remordimiento!?… ¿Entendéis por qué yo alabo al remordimiento como al musageta de toda filosofía? (pv)

A través del cultivo de las pasiones y de los instintos, cuya lucha genera el remordimiento, la lucha, la guerra, el combate moral, constituyen el camino del hombre:

[Lo] primero que debe usted hacer para aprender a vivir, es penetrar bien el sentido de esta sentencia: no hay pasiones bellas ni feas; el temple de cada alma les da su valor. Ahora, siga usted por la vida, esperando siempre con sumisión lo que ella quiera ofrecerle. Y cuando a su alma llegue algún sentimiento, saboréelo devotamente. Aparte entonces sus sentidos de todo otro objeto, y ponga todas las fuerzas de su espíritu en la pasión del instante: en eso consiste el ser buen solitario. (pv)

¡Sean para mí, desde ahora, santos los tormentos! ¡Santo sea para mí el dolor! ¡Santo sea el remordimiento! (pv)

Continuará…

Fuente:

Restrepo González, Alberto. Para leer a Fernando González. Editorial Universidad Pontificia Bolivariana / Universidad de San Buenaventura, Medellín, 1997, pp. 1-225.

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