El camino del amor
en Fernando González

Fernando González escribió viviendo y vivió escribiendo porque cuanto hay en sus libros lo vivió en alguna forma: física, mental o espiritualmente. Y dicen que no fue filósofo. ¿Qué más quieren? ¿No comprenden que se encontró a sí mismo, que supo digerir sus vivencias?

Por María Helena Uribe de Estrada

Reunidos en torno a su vida y obra literaria permanecemos separados los unos de los otros frente a sus libros y frente a la vida misma de este ser multifacético.

Cuando hablamos con distintas personas, podemos observar cómo cada una se aferra a su Fernando González. Nadie quiere que le maten el que conoció, amó o admiró. Algunos hasta se niegan a olvidar lo que en él odiaron. Así, en vida o en muerte, según los diversos puntos de vista, Fernando sigue siendo el hombre de las controversias.

«Me he dedicado a viajar y convivir con todas las personalidades, porque entendí que las tenía todas: del asesino, del cleptómano, del estuprador, del sacristán, del santón, del hipócrita, del ladrón, del perseguido-perseguidor, del coleóptero, del chacal, del Gandhi, y del Buda». (Libro de los viajes o de las presencias).

Si él lo acepta, no tenemos derecho a protestar ante las urgencias que suscita su personalidad. Recorrió exhaustivamente todos los momentos biológicos y espirituales a que está sometido un ser humano durante su existencia. Es imposible evitar que cada uno de nosotros se quede en el aspecto que más le conmueva.

Si acaso nos unen o separan algunas apreciaciones sobre temas de Fernando González, no es suya la culpa sino nuestra. Es decir, estamos en aquella etapa de su primer libro, Pensamientos de un viejo, superada definitivamente por él en el curso de su vida. Todavía vivimos lo que él dice en una de sus páginas:

«No digas palabras porque no podría entenderte a causa de mi limitación… y entonces nuestras almas se alejarían… El hombre no puede verse sino a sí mismo… En nuestro espíritu va el ansia de un amor infinito, va la tristeza por este límite, por estos contornos que nos definen, por estas afirmaciones y negaciones que no nos permiten unificarnos en amor con el alma del amigo… Esta lejanía perpetua de las almas era la tristeza desconocida de Jesús…».

Así estamos nosotros: separados por una muralla de incomprensión mutua que tal vez algún día logremos derribar.

Respecto de Fernando creo que si me leyera en este momento no le disgustaría que yo tome nuevamente sus palabras. Y si hubiera escuchado o leído cuanta cosa se ha escrito y comentado sobre él desde su muerte, exclamaría con la misma suave sonrisa que dirigió a su esposa, a propósito de dos esculturas que le habían hecho muy diferentes entre sí por la forma y la expresión:

—¡Si éste también soy yo, Margarita! Uno tiene muchas caras…

Tal vez hoy, y ayer y mañana, cuando se escriba o se hable sobre él, Fernando repetiría esta frase. Es innegable que al leerlo buscamos nuestra propia alma. Así hizo él en su juventud. Escogía horas apropiadas, sitios románticos o severos según los pensamientos y doctrinas que saboreaba. En los Pensamientos de un viejo escribe que no lee para encontrar verdades sino para llenarse de matices de vida. Con frecuencia siente hastío de los libros, «esos pequeños objetos que se contradicen unos a otros y que encierran las limitaciones inventadas por los hombres».

Le estorba todo límite. También le resulta duro verse sometido a las modificaciones de la vida; sin embargo, las acepta con rebeldía y sumisión. (Perdónenme estos dos vocablos juntos, pero para hablar de Fernando González es necesario viajar de extremo a extremo en cada frase).

Igualmente le hiere el cambiar las cosas, el silencio y el olvido en que se sumergen. Alegría, dolor, bueno, malo, todo se acaba. «Nada es».

«Hasta mi propio deseo me hace desear el silencio absoluto. […] Tienen razón los místicos: todas estas cosas de la tierra hastían nuestro corazón y nos traen el anhelo de un no cambiar eterno».

Este anhelo que persiguió incansablemente hasta el fin la realización de sus ansias de infinito, es el aspecto de Fernando que más me sigue deslumbrando.

¿Que fue un gran escritor? Cualquiera que nazca con esta aptitud puede llegar a serlo si en ello pone su esfuerzo más o menos intenso, según sea pequeña o grande su aptitud. Otros se realizan como deportistas, como científicos, por lo que traen en sus células y en sus músculos aún no formados. Es cierto que todos tenemos en potencia nuestra realización humana, pero casi ninguno la alcanza porque le exige la más encarnizada y espiritual batalla.

Fernando González escribió viviendo y vivió escribiendo porque cuanto hay en sus libros lo vivió en alguna forma: física, mental o espiritualmente. Y dicen que no fue filósofo. ¿Qué más quieren? ¿No comprenden que se encontró a sí mismo, que supo digerir sus vivencias, que dio a sus años un sabor propio, personal, rico en sabiduría y dominio de sí? Le tachan que no dejó doctrinas organizadas ni refutaciones a otros filósofos; pero sí encontramos en él la vida hecha filosofía, la filosofía hecha vida: con sencillez, espontáneamente. Escrita con sangre.

«El primer por qué que pronuncia el hombre es el fruto del primer dolor…».

«En último término la filosofía es el camino de la muerte».

Para él, a los 16 años filosofía es «soñar». «Esa es mi diversión. Soñar mundos; filosofar, pues ¿qué otra cosa, si no aquello, es filosofar? Placer divino es este de crear mundos». Añade que el filósofo tiene que ser poeta para poder soportar el peso de las verdades y de las mentiras.

Estoy citando pedazos de Pensamientos de un viejo. Momentos de su adolescencia, cuando nos cuenta cómo siente que su infancia se hace jirones mientras emprende el «viaje», y su dolor de abandonar la «vieja estancia de los abuelos», para seguir adelante por su propio camino y sin fin determinado, porque no acepta ninguno de los que se le ofrecen. Dice en la última página:

«Se me ocurre que este libro no tiene finalidad alguna… Así como no he podido descubrir para qué nací yo, tampoco he podido descubrir para qué nació este libro… […] Pero ¿a dónde conduce este analizar…? Este pensar conduce al hombre a todas partes, es decir, a ninguna… Al final del camino puedes reír, o puedes llorar, o puedes blasfemar. Es un camino que no lleva a punto determinado».

Y pensándolo bien, ¿quién sabe a dónde va un camino si no es porque lo averigua o porque lee las señales de las encrucijadas? Pero Fernando quiere andar solo, con la única compañía de sus ansias de amar en libertad y sabiduría. Quiere ser su propio maestro.

Se siente un diosecito prisionero de la carne y de un espíritu. Se ama y se odia. Desea recorrer todas las ramificaciones del camino, pero sus pies sólo pisan en una de ellas cada vez, su entendimiento sólo capta una verdad en cada paso. Esta verdad se le convierte luego en mentira. Por eso la llama «su verdad» para que Pilatos no venga a preguntarle: «¿Qué es la Verdad?».

Ese odio por la limitación de la vida y de pensamiento lo lleva a todas las posibilidades, todas las doctrinas, para libertarse «de la esclavitud del ser».

«Es imposible la absoluta libertad, pues siempre serás esclavo del capricho de cada instante. Y si deseas vencer el capricho, eres esclavo de ese deseo. Sólo en la muerte se encuentra la absoluta libertad, porque entonces se liberta uno de sí mismo».

Pero también duda de la muerte y la analiza en la misma forma contradictoria con que consulta y acaricia la verdad y la mentira.

«El que sabe morir es porque no supo vivir». Y otras veces: «Quién sabe si es imposible morir». Esta idea de la muerte es una pesadilla perpetua. Teme y alaba los tormentos eternos, el desaparecer, o el infinito vagar que en distintos momentos le atribuye al más allá.

Habla de la vejez como de una época decadente y derrotada. No quiere morir de rodillas y repite con Nietzsche que no debe hacerse caso de un pensador cuando empieza a envejecer. Entonces desea «una muerte violenta que no le dé tiempo para pensar que se va de la vida».

Al mismo tiempo, teme salir de la infancia «porque los años nos van haciendo malos, nos van quitando la inocencia».

Este libro es la adolescencia del hombre sincero que medita en las razones íntimas de su ser para explicarse la tristeza o la alegría de cada instante. Sin embargo, no huye de la alegría, no huye de la tristeza sino que se detiene en ellas para exprimirlas y saborearlas.

Cruzan por su camino los interrogantes e inquietudes que seguirán desenvolviéndose en todos sus libros. El remordimiento, por ejemplo, está allí esbozado, veinte años antes de ser escrito. También aparecen los valores opuestos que lo obsesionarán siempre: el bien y el mal, la verdad y la mentira, la belleza y la fealdad, el yo y el tú, el espíritu y la carne. Contra ellos protesta cuando escribe:

«¿Dónde está el paisaje de la indiferencia absoluta, en donde no haya contrastes, en donde no florezcan los conceptos, las afirmaciones ni las negaciones? ¿En dónde encontrarte, mujer desarmónica, que estás más allá de la belleza y de la fealdad?».

Trata de explicarse el mal:

«No concibo qué sea un hombre malo, ni he visto en mi vida una acción mala. Todo hombre y toda acción, cuando se miran bien, aparecen dignos de que uno se entristezca».

Le duele la ausencia del amor:

«Todo acto merece compasión, y ninguno debe ofendernos. Analiza bien y verás cómo todo aquello que creías ofensivo, no lo era sino porque lo mirabas por un lado falso. Todas las acciones son hechas con el fin único de hallar felicidad. Así, sucede a medida que avanzas en la sabiduría, es menor el número de tus odios y más grande tu compasión».

Siente la necesidad de objetivar el amor. La compasión es un paso hacia adelante. Pero cuando quiere acercarse a los hombres para gozar y padecer con ellos, descubre con amargura: «Ansia de amor: eso es lo único que hay en el corazón…». Le parece que nunca podrá acercarse plenamente a los demás.

«Queremos tener a alguien cerca para amarle, y así dejar de mirarnos a nosotros mismos… […] Buscamos otro ser a quién mirar, para apartar los ojos de nuestro propio corazón…».

Pero «no puede verse a sí mismo». Entonces decide «despreciar a los hombres y despreciarse». Amará solamente lo que él quiere ser. Sus sueños.

Esta es la esencia de su actitud de protesta contra el comportamiento de sus semejantes y contra su propia humanidad. Detenerme en este punto sería atrancarme en un mero accidente, en la mitad de su largo camino. Algún día lo haré. Como estudio parcial. Así como también podría hablar del espíritu pedagógico que se respira en los libros, o el artista de El Hermafrodita dormido, o los panfletos de la revista Antioquia. Por el momento no puedo quedarme en sus gritos y acusaciones contra las lacras sociales porque considero que la solución del problema social está en el fondo más íntimo de cada miembro de la sociedad, en la interminable cadena de categorías: de mayor a menor, de fuerte a débil, de pobre a paupérrimo, siempre hay abusos. ¿Por qué? Porque no sabemos amar. Eso es todo.

Erich Fromm dice que el amor es un arte y que como cualquier otro arte se perfecciona por medio de la dedicación absoluta, y el dominio de la teoría y de la práctica. Es decir, amando. No es cuestión de buscar un objetivo ideal o determinate en el amor, ni dirigirlo a un pequeño grupo de personas (familia, amigos). Consiste en desarrollar la capacidad de amor. Alcanzada la madurez, no podríamos evitar amar a todas las criaturas sin excepción. Esa es la principal urgencia del hombre: atravesar la cárcel de su soledad. Si fracasa lo habrá perdido todo.

Hoy quiero referirme a ese amor que dio a Femando González la razón exacta de su existencia, apaciguó su espíritu, vigorizó su vejez, le hizo recobrar «la inocencia perdida de la infancia» en «El Ojo Simple del Paraíso».

No sé cómo llegó a ese amor, pero sí podría seguir copiando párrafos a través de sus libros. No hay tiempo ni espacio. Lo que él alcanzó en más de seis mil páginas y durante sesenta y nueve años no puedo yo lograrlo en estas pocas líneas, desde la mitad de mi propio camino.

Sólo sé, porque lo leí, que siempre persiguió el amor. Que en cada mujer «busca un tesoro escondido». Que desde su adolescencia ansía «confundirse con el aire, con el agua, con la brisa, en una palabra, ser todas las cosas». Desea «unificarse con el hombre en absoluta sinceridad… pues la mentira separa las almas».

Medita, se forja sueños de superación «a la sombra de su árbol frondoso», árbol que lo acompañará en todos sus escritos, árbol exuberante de sus deseos, de su fuerza, de su generosidad. Esta generosidad lo lleva a tachar de pequeño al santo porque todavía se ve en él mucho egoísmo, al hacerse «humilde para ser grande, para poseerlo todo».

El amor y el egoísmo lo aprisionan en un círculo vicioso. De aquí arranca su existencia que se va desenvolviendo como una larga o corta frase pronunciada en el transcurso de sus años. Teje amor lentamente, incomprensiblemente. Cada hilo, cada palabra, forma parte esencial de la misma obra. Muchos hilos que se vuelven una sola tela, muchos matices que forman un solo color. El hombre contradictorio, el hombre de las caras múltiples, se hace indivisible en su pensamiento y en su realización frente a la «intimidad» que encuentra dentro de sí mismo después de recorrer el mundo «a pie», en su búsqueda. La encuentra al desnudarse para hacerse nada, porque la nada es lo único que se deja penetrar: porque un vacío se llena, recibe de su espacio. Amando su propia nada llega al amor de otros seres, y desaparece el límite que lo separa de ellos.

Hasta aquí llega en el Libro de los viajes o de las presencias, y en La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera (o «el hombre que siempre quiso ser»), donde al hablar de la «Intimidad», o sea Cristo en él, nos describe: «No lo busques ni en este libro ni en ningún otro. Lo hallarás en ti mismo. Él es lo más cercano de ti, lector; es más cercano que tu yo. Pero es lo más lejano de ti, a causa de tu yo. Búscalo, muriendo…».

Sus páginas inéditas de 1963 son aún más vivenciales que los dos últimos libros.

Muchos interrogantes de Pensamientos de un viejo se despejan definitivamente. El temor a la muerte, esa «pesadilla constante», era «ausencia de la presencia». (La presencia es Dios, a la cual llega por medio de su Intimidad, es decir, por la medida humana de Cristo).

El paisaje sin contrastes ni conceptos que busca desde su juventud es el paisaje que deseaba contemplar por medio del Ojo Simple. Y pide a Dios:

«… que a cambio de los dos ojos me deje ver con el Ojo Simple, pues en este mundo hay amor y odio, verdad y mentira, negro y blanco, todo es doble como dobles son los ojos humanos».

«No me lleves todavía, que todavía sé cuándo estoy desnudo y cuándo vestido; todavía me da pena estar desnudo o ser nada; no me lleves aún, porque sería aborto, y el feto lo tendrías que poner en incubadora, que es a lo que la gente llama purgatorio o infierno; déjame nacer a tiempo, cuando el cadáver casi no se distinga de mí; cuando haya glorificado contigo mi cadáver…».

Se le aclara el misterio de su Intimidad que siempre amaga:

«En la negación, amaga. No hay criatura en quien no esté vivo el Cristo, redimiéndolo, pues Él es la Vida y todo lo que vive, vive por Él, en Él y para Él. El que desprecia, insulta u odia, es a Cristo a quien desprecia, insulta u odia. ¡Esta es la Ciencia amorosa!».

«El que se sienta rico, poderoso, atisbe La Intimidad, y poco a poco desaparecerá de él las vivencias de rico, sano, enfermo, poderoso y débil, porque sólo La Inteligencia es La Realidad. Sólo en la Intimidad hay Paz».

No hay tiempo de transcribir cómo en su Ciencia amorosa los hombres van llegando a la unidad absoluta en la Intimidad, sin dejar de ser cada uno, «yo, yo, yo…»; ni de ver cómo se van desenvolviendo sus pensamientos no «por medio de un razonamiento espacio-temporal», sino como él mismo dice «por intuición y ojo de la inteligencia».

Y todos son puntos en una larga línea que empezó a trazar desde su juventud. No podemos fragmentarlo, no podemos detenernos en un solo grupo de puntos, o en un recodo…

«Y no he cambiado de objetivo: desde niño u óvulo atisbo la juventud eterna y la busco y la rebusco en caños, albañales, cuevas, muchachas y viejos. Desde niño me definí o conocí como el que atisba a Dios desde su letrina; por eso, para cumplir la misión, nací en mí, una letrina, y nací en Colombia, otra letrina. Yo no soy converso: me repugnan los convertidos: ¿para dónde se convierte uno? Uno, un hombre, es cagajón que flota en el océano de la vida. Por eso dijo Pablo, patrono de los viajeros: “En la vida somos, nos movemos y vivimos”».

Fuente:

Uribe de Estrada, María Helena. «El camino del amor en Fernando González». El Colombiano, 15 de junio de 1968. Publicado de nuevo en El Colombiano 100 Años, «Especial obras periodísticas / 1964-1973», 3 de julio de 2012, p.p.: 12-14.

Volver arriba