El filósofo de Otraparte bajo el prisma de María Helena Uribe: dos ávidos de absoluto

Por Augusto Escobar Mesa

A María Helena Uribe [1]

Si partimos de la idea de Iser de que la lectura se torna placentera cuando la productividad del lector entra en juego; cuando «el texto ofrece la posibilidad de activar nuestras capacidades» (1987, 176), Fernando González —Filósofo de Otraparte [2] o Filósofo de Envigado— impacta y marca un derrotero en el pensamiento de una generación de lectores y de escritores antioqueños de la segunda mitad del siglo xx, entre ellos, Manuel Mejía Vallejo, Gonzalo Arango y María Helena Uribe. Pero su efecto no se quedó en el plano emocional, sino que incidió en estos lectores y escritores. Aún más, en el caso de María Helena Uribe, Fernando González tiene tal presencia, que después de su muerte la motiva a escribir un texto sobre él y, treinta y cinco años después, retorna a su pensamiento con tanta fuerza como si fuera la primera vez. Sobre la actualización de las ideas de González en Uribe y las de ella misma, será el objeto de esta lectura de ambos. Cabrían aquí las palabras de Sartre, en su conocido ensayo ¿Qué es la literatura?, en relación con el «efecto estético» (Iser, 1987, 12) o «función apelativa» (Iser, 1989, 133) de los textos en los lectores:

El acontecimiento de escribir influye como correlativo dialéctico al acontecimiento de la lectura, y ambos actos relacionados exigen dos seres humanos que actúen diversamente. El empeño aunado de autor y lector permite que nazca el objeto concreto e imaginario que es la obra del espíritu. El arte sólo existe para los otros y mediante éstos (cit. Iser, 1987, 177).

Entre los aciertos de la literatura de María Helena Uribe, además de la pertinencia de los títulos con que nombra sus textos, encontramos una escritura de impecable factura, recursividad formal, lectura diferente de la realidad mediada por un profundo espíritu religioso, autorreflexión observada en la proyección de su espíritu a través de la auscultación del alma de los otros y el suyo propio. Los títulos que escoge para sus libros son precisos, como si no hubiera posibilidad de nominarlos de otra manera; son apelativos que iluminan la materia objeto de reflexión. Como marcas indiciales e indelebles, sus títulos anuncian, revelan y ocultan a la vez, pero igual motivan a la aventura de lo que vendrá, el libro y en él, a los otros que contiene palimpsestualmente. Como diría Blanchot, siguiendo a Mallarmé: «El libro que es el Libro es un libro entre otros. Es un libro numeroso, que se multiplica como en sí mismo por un movimiento que le es propio y en el que la diversidad, según distintas profundidades del espacio en que se desarrolla, se cumple necesariamente» (1969, 254). Y un poco más allá, precisa: «sólo el Libro se identifica con el anuncio y la espera de la obra que él es, sin más contenido que la presencia antes de su porvenir infinitamente problemático, que está siempre antes de que pueda ser» (264).

La primera obra de Uribe, Polvo y ceniza (1963), es un libro de relatos por el que desfila un grupo de personajes que se preguntan por su razón de ser en el mundo, su responsabilidad ante una existencia que se revela contingente en el tiempo histórico, pero trascendente si se asume la condición de seres creados por un espíritu superior y cuyo destino es él, indefectiblemente. El título del libro de Uribe es, en la opinión de Restrepo Jaramillo, «más que un título. Es un camino en la noche» (1963, 15). Fernando González, en carta a María Helena Uribe, dice que éste es un libro que

trata de abrir grietas en la persona (persona es máscara) para conocerse desnudo o nada purísima o Dios. Eso que no tiene nombre, ni palabras porque su palabra es sustancial, nos hizo de la nada: soplos de la Nada Divina. Pero estamos vestidos; quisimos tener un mundo para ser dioses de él: nos vestimos, avergonzados de nuestra nada o desnudez cuando ya no vimos a Dios. Todo este libro es invitación a conocerse a sí mismo. Es libro de sabiduría. Usted es vasca; usted es minera; rompe, cava. Desgarra en la apariencia (la persona) para hallar al que está escondido y es Inefable. Por eso usted es tenaz en agotar las palabras, en bombardear las imágenes (cit. Uribe, 1963, 8-9).

La condición física de los personajes es la de ser polvo y ceniza, padecer la mediación de un espacio y tiempo finitos, merecer un espíritu que, liberado de las cenizas, entra a participar de un estado de iluminación perpetua; pero antes, deben padecer una y muchas muertes, porque a dicha acción humana precede la aflicción [3].

Es ésta la temática central de la siguiente obra de María Helena Uribe, Reptil en el tiempo (1986). Se trata de una novela que cuenta una historia simple, pero cuya construcción es una de las más complejas y elaboradas de la literatura colombiana de finales del siglo xx. Se habla en ella de la muerte que causa la protagonista en un instante de ira a su íntima amiga por un gesto involuntario que le acarrea una vida lastrada, culposa, difícil de redimir. Debe arrastrarse con su dolor como Sísifo o Prometeo; debe expiar la falta aunque sólo sea una víctima propiciatoria (Girard, 1972, 9-61) [4] de una culpa que la trasciende, que va más allá de cualquier intención consciente, es decir, al origen mismo del ser humano. Por eso, dice Uribe, necesitaba «escribir sobre la cárcel interna» que vive la protagonista; hablar sobre su conflicto de «fe» o la pérdida temporal de ella (Vallejo, 1986, 4).

Un acto que tiende a convertirse para el protagonista de la novela en oficio único, excluyente, casi ontológico, es la escritura (hecha arte, literatura). Es lo único que en aquel estado de aislamiento y abandono —múltiples cárceles que asume por decisión: física, corporal, mental— le permite redimirse en parte. Aunque en ella funciona como paliativo y bálsamo, no logra resarcir lo transgredido al comienzo de los tiempos. Sin embargo, con ella y a través de ella, las protagonistas de los relatos Polvo y ceniza y de la novela Reptil en el tiempo pueden soportar el peso de la culpa, aunque les implique un olvido del ser subjetivo, histórico. Para Alberto Aguirre la novela de Uribe es, «en esencia, una reflexión sobre el ser (ese “reptil frustrado”) y constituye una indagación dolida y melancólica sobre la condición humana» (1986, 3) [5]. Para Londoño Krakusin, lo que Uribe propone en su novela es un discurso sobre el discurso (2000, 342), para el cual recurre a «dos tipos de discurso: el de su mundo interior y el que le sirve a ella para comunicarse con el mundo que la rodea. Infortunadamente, ella encuentra que en éste no se expresa todo su ser y crea un nuevo lenguaje para llenar el vacío» (349) [6]. Sea lo que fuere, mediante la escritura como un espíritu ideal, los personajes femeninos pueden trascender toda materialidad gracias a la concretización o sujeto mediador, el lector —que podríamos llamar presencia ausente u otredad—. Éste posibilita la construcción de una memoria que se opone al olvido y reafirma un tiempo sin tiempo o un tiempo inmemorial, entendido como aquél que trasciende al sujeto creador y se proyecta más allá de él. Parodiando a Gauthier, la obra de arte trasciende la ciudad y su tiempo en virtud a la acción de un permanente contemplador o de un lector de cualquier tiempo en el caso de la literatura. Esa claridad tendría González cuando al empezar la escritura de su último libro La tragicomedia del padre Elías y Martina la Velera (1962) afirmaba: «escribiré un librito que no se venda hoy; que no sea de ayer, ni de hoy… un librito que si lo abren los de hoy crean que se les olvidó leer, que eso no dice nada» (cit. Uribe, 1969, 18) [7].

Precisamente siguiendo esto último y bajo el «efecto estético» (Iser, 1987) [8] del texto, Uribe, en su doble función de lectora y de co-creadora, escribe Fernando González, el viajero que iba viendo más y más (1999, en adelante fgvv), tal vez haciendo eco a aquella idea de González en Mi Simón Bolívar (1930) de que «mis lectores serán mis iguales» (cit. Uribe, 1999, 161). Esta idea se inscribe en el concepto de Iser —de su Teoría del Efecto— en cuanto que «el texto es un potencial de efectos que sólo es posible actualizar en el proceso de lectura» (1987, 11). La lectura de la obra de González marca de tal modo en Uribe que ésta construye un nuevo texto con base en los fragmentos textuales de aquél. Ella, en el proceso de lectura y relectura actualiza la obra de González y abre un nuevo universo [9]. El texto de Uribe funciona como obra híbrida, ancilar (Reyes, 1944, 31; Fernández Retamar, 1976, 79-85) [10], es decir, participa de la autobiografía, el ensayo, el testimonio, la «biografía filosófica, la biografía del pensamiento» (Aguirre, 1999, i) y hasta de la antología. Alfonso Reyes precisa, en 1944, esta función ancilar como los posibles préstamos que la literatura hace, bien sea temáticos, poéticos, noemáticos, semánticos «entre las distintas disciplinas del espíritu» (31). Uribe construye pues un texto que involucra diversas experiencias, numerosas lecturas, al igual que formas sin que prime ninguna. Conteniéndolas todas se totaliza. Se pensaría que es un texto escrito a dos manos. Uribe se apropia crítica y creativamente de toda la obra de Fernando González, cuya forma expresiva y discursiva mantiene su indefinición al igual que su singularidad y distinción en el panorama de la literatura y del pensamiento colombiano e iberoamericano porque, como sostiene Aguirre, lo que González propone desde los años veinte

no es un programa filosófico ni ideológico ni intelectual, sino un programa de vida, y esa vida la va vaciando en los libros. Por eso es que, para algunos, resulta difícil «entender» a Fernando González: es que no se trata de entenderlo, sino de vivirlo. Y para vivir a otro estamos mal entrenados. Ése es el conato de Uribe en este libro: un intento de convivencia. Que es lacerante (1999, j).

En fgvv, Uribe glosa, explica, aclara, controvierte, reafirma, exalta, goza el pensamiento de González, pero también se minimiza, se desliza, se esfuma en la obra del Filósofo de Otraparte; del mismo modo atestigua su propia percepción del mundo, se reconoce otra, distinta, única lectora porque sabe penetrar los meandros de un ser agónico que sólo otro ser doliente de afín dimensión e intensidad podría percibir. «Es innegable que al leerlo buscamos nuestra propia alma», asegura Uribe en 1964 (1969, 21). Este bucear, hundirse de Uribe en González y a la vez tomar distancia de él para justipreciar su obra es lo que Iser llama «conciencia hipostasiada» (1987, 163) entre el lector y la obra. Según éste «no podemos preocuparnos por los pensamientos de los demás más que si siguen ligados a las ideas directrices que sobreviven mutuamente en nosotros. En la lectura convertimos en tema lo que nos es ajeno» (ídem). Quiere decir esto que «la relación que organiza el lector entre el tema y su horizonte de experiencia adquiere una expresión diferente en cada momento. El tema del texto no moviliza más que algunas de nuestras disposiciones y concepciones y por eso, según sea el texto, el horizonte virtual de nuestras orientaciones se constituye en otro modo» (ídem). Así, diríase, Uribe escribe la historia del alma de un hombre —Fernando González— que transita críticamente por el espíritu de los otros y de sí. Se diría que ella se apropió del Filósofo para interpretarlo a su modo, pero sale al paso y afirma —en junio de 1964— que es lo contrario, que fue ella la que se fundió en él. «Yo soy la prisionera. Mis ideas quedaron desperdigadas entre sus libros. Pero no las voy a recoger. Su camino lleva al Silencio en la Presencia y es allí donde yo quiero ir» (Uribe, 1969, 19). Y cierta es la sujeción al «poeta de la agonía y de la vida», porque décadas después vuelve a él para pensarlo de nuevo.

Al igual que Cristina —personaje principal y narradora de Polvo y ceniza— que pide a la autora la aliente a escribir, la protagonista de Reptil en el tiempo demanda en su reclusión y soledad, los instrumentos indispensables para escribir «el ensayo de una novela del alma», que no es otra cosa que la novela del espíritu afligido de la narradora y el de otros personajes de un texto que intercalado en el principal recibe el título de Estos pies nuestros. En el libro de y sobre el filósofo Fernando González, Uribe también parece pedir oídos para saber escuchar el eco de sus pensamientos, voz para transmitir con vigor el espíritu que iluminó al filósofo en su afán de respuesta a cada incisiva pregunta que se formulaba, y palabras para guiar a otros en las múltiples lecturas que el pensador de Envigado propuso de la realidad en su osada y placentera aventura por el pensamiento.

Para Fernando González, según Uribe en fgvv: «vivir y escribir es una misma cosa: escribe lo que vive por dentro o en la realidad». Vive lo que escribe y al escribir, revive. A él «las ganas se le transforman en vivencias» (1999, 9). Por eso hay que creerle al poeta de la conciencia porque —en la opinión de Uribe— «él no miente nunca». Además de ser profundamente crítico, franco hasta la ironía, sus textos muestran un alma desnuda que no teme la controversia, el señalamiento, como efectivamente se dio con su obra y persona por décadas. Podría decirse que su obra fue su propia vida, y viceversa. Así lo percibe Uribe en 1964:

Fernando González escribió viviendo y vivió escribiendo porque cuanto hay en sus libros lo vivió de alguna forma: física, mental o espiritualmente. Y dicen que no fue filósofo. ¿Qué más quieren? ¿No comprenden que se encontró a sí mismo, que supo digerir sus vivencias, que dio a sus años un sabor propio, personal, rico en sabiduría y dominio de sí? Lo tachan de que no dejó doctrinas organizadas ni refutaciones a otros filósofos; pero sí encontramos en él la vida hecha filosofía, la filosofía hecha vida: con sencillez, espontáneamente. Escrita con sangre (1969, 22-23) [11].

Uribe renueva su claridad expositiva y conceptual cuando titula acertadamente el libro sobre González, al indicar que es el periplo de un «viajero que iba viendo más y más», que se aproxima cada vez más al interior de las cosas, de los otros y de sí mismo. Y tal como él mismo sostiene en 1959 con ecos heideggerianos: «nadie pasa al cielo llevado. Tiene que parirse a sí mismo en agonía, y nadie puede ayudar a agonizar. Se muere solo; se nace solo» (Libro de los viajes o de las presencias, cit. Uribe, 1999, 40). La suya es la aventura de un hombre que no cesa de ir de un lado a otro «soñando mundos» (Uribe, 1969, 23) [12]; buscando, más que respuestas, preguntas que, como en un abanico sin fin, se abren a otras y éstas a otras más, dejándole una estela de angustia existencial que se proyecta en cada una de sus obras desde Pensamientos de un viejo (1916) hasta La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera (1962). Este inquisicionar podría entenderse como aquello que Karl Rahner llama «el horizonte infinito del preguntar humano […], horizonte que retrocede cada vez más lejos cuanto más respuestas es capaz de darse el hombre» (1979, 51).

En los tantos viajes que Fernando González emprende física como intelectualmente, va recogiendo semillas que la naturaleza, las cosas, los hombres, la historia dejan regadas a la vera de los caminos y así, a través de ellos, observa una manera de pensar y ser del colombiano al que somete a su aguda crítica, que algunos confunden con cinismo, pero no sospechan que detrás de dicha postura lo que hay es una profunda «inteligencia indagadora» (1999, 4). Por eso, asegura Uribe, «vivió y padeció el rechazo» (8) [13]. Pero esa búsqueda de un ser arraigado a su tiempo y a su historia —como representación de un sujeto cultural que es (Cros, 1997, 10) [14]—, muestra una faceta que subraya Uribe y es la de filósofo de la interioridad, auscultador de la intimidad que, en ese viaje hacia dentro, luego de observar al hombre en su «culturidad» o «externidad», va tras una verdad prístina que precede a toda pregunta, o bien diríamos, al origen de toda pregunta, al Verbo. Indagación de una verdad que lleva al Filósofo de Otraparte al ineludible universo teológico cristiano. Es un preguntar que termina, como en los místicos, convirtiéndose en un tratado sobre el alma —«almario»— por la cierta ontologización que alcanza. También lo llama Uribe en 1964 «viaje a pie de un alma» (1969, 11). González fija su mirada de igual modo en otras lealtades que a Uribe le interesan: la infancia, la familia, la mujer, la amistad, la vanidad, la vida solitaria, el silencio, la virtud, el remordimiento, el amor y la muerte, lo bello y lo feo; de sí mismo, de la vejez, de Dios. Y acota Uribe: «Niega la verdad. Niega la mentira. Lo único que acepta es su conciencia, esa voz interior que conversa con su propio “yo” y le da órdenes. Busca esa voz en el fondo de sí mismo» (Uribe, 1969, 7-8). Así como guarda fidelidad a esto, González es asimismo infiel: a la mediocridad, a la servidumbre, al apego a las cosas, a la mentira, a la simulación. La infidelidad significa en él estar «insatisfecho siempre, semejante a un viajero que llega y que está de viaje; y, cabezón, porque siempre, desde niño, estoy buscando la verdad», afirmaba ya en 1935 en El remordimiento (cit. Uribe, 1999, 40). Quizá por eso advierte Uribe en febrero de 1965, en su artículo «El camino del amor en Fernando González», que éste se siente un

diosecito prisionero de una carne y de un espíritu. Se ama y se odia. Desea recorrer todas las ramificaciones del camino, pero sus pies sólo pisan en una de ellas cada vez; su entendimiento sólo capta una verdad en cada paso. Esta verdad se le convierte luego en mentira. Por eso la llama «su verdad» […]. Ese odio por la limitación de la vida y del pensamiento lo lleva a soñar todas las posibilidades, todas las doctrinas «para libertarse —afirma él— de la esclavitud del ser. Siempre serás esclavo del capricho de cada instante. Si deseas vencer el capricho eres esclavo de ese deseo. Sólo en la muerte se encuentra la absoluta libertad» (Uribe, 1969, 24).

Su vida es pues, en palabras de Uribe, «un irse yendo que no es la deriva; detesta los maderos agua abajo. Es un dejarse llevar que, al ritmo del vivir, resulta no casualidad, sino obediencia a la voluntad de quien rige el universo» (1999, 7). González termina convirtiéndose en «punto de referencia en el diario transcurrir», porque es «vitalidad, respiración meditativa»; es un «Maestro de autenticidad, de búsqueda» (1999, q) [15].

Fernando González, el viajero que iba viendo más y más es pues un libro de viajes, el de Uribe por la obra del filósofo de Envigado buscando asidero a sus palabras y el de Fernando González que, como un nuevo Virgilio, se pasea por los estadios del infierno o del paraíso humanos. En la opinión de Uribe, González «abre su cuaderno de bitácora, desde donde señala su Norte, el que va vislumbrando por etapas; el que persigue desde siempre y hasta siempre» (1999, r). Este guía peculiar que ella conoce «en mitad del camino de [su] vida, cuando iba por [su] propia selva… selva oscura […], tiene muchas caras, muchos nombres, muchas moradas dentro de su espíritu que irradian, entusiasman y contagian a cualquier edad, en cualquier sitio, en cualquier fecha» (r). Bien temprano, María Helena Uribe cae bajo el yugo seductor de un ideario que, apenas insinuado en las primeras páginas, se oculta en las siguientes y en ese juego especular continúa hasta al final como si cada texto y todos los textos de González fueran yoes que interlocutan, que dialogizan sin que nadie se apropie de la verdad como posesión única. En cada diálogo —virtual combinatoria infinita de palabras—, la verdad se expande y contrae según los dialogantes, pero no se deja someter y menos poseer en absoluto, aunque hace factible el puente para que el yo pueda acceder al tú, y permearse mutuamente. Un «dialogoasirse» lo llamaríamos en el sentido que el verbo del uno toma asiento en el espacio dispuesto del otro y viceversa. La presencia múltiple del yo o ese bifurcarse del ser uno lo patentiza González en Pensamientos de un viejo en pleno albor del siglo xx. Así escribía cuando apenas se asomaba a su segunda década de vida: «¡Extrañas soledades éstas! El yo se multiplica en muchos yoes: unos discuten, otros meditan, éste sueña, aquél recuerda. ¡Qué tumulto interior! Aquí está uno lleno de sí mismo, se siente a sí mismo» (cit. Uribe, 1999, 51).

En 1964, meses después de la muerte del filósofo, Uribe lee por primera vez a González [16] y queda de tal modo hechizada de este pensador que la motiva a escribir tres ensayos sobre su obra [17]. En la opinión de Alfonso Bonilla Aragón, «no hubiera creído que en Colombia existiera una mujer capaz de enfrentarse al “Problema Fernando González” con tanto conocimiento y lucidez, hasta el punto de hacer modificar criterios equivocados o prejuiciados contra el pensador de Envigado» (Uribe, 1964, 8). Uribe llega oralmente a González por la amistad entre familias, y de manera escrita luego de su muerte, así lo confiesa en junio de 1964:

Ir a su casa era entrar en un refugio donde se perdía la sensación del tiempo, de espacio, de gravitación. Era vivir el pensamiento puro, el amor puro, la esperanza pura. Salíamos reconfortados, seres nuevos, llenos de espíritu y de naturaleza. Lo admiré desmesuradamente. Pero no lo supe hasta después de su muerte. Mientras vivió, apenas si miré sus libros porque no sentí la necesidad. Me bastaba escuchar su conversación infatigable a la cual dedicó gran parte de su último tiempo. Ya, sin él lo busqué entre sus libros para seguirlo escuchando, y allí encontré el alma del amigo, igualmente juguetona o trágica, siempre profunda y atrevida, fogosa, y pura, como las múltiples expresiones de su rostro. De repente, leí que había escrito: «A los hombres no basta leerlos, hay que conocerlos» […]. Tenía razón. En realidad no bastaba conocer a Fernando. Era necesario leerlo. Mi admiración por él se redobló con su lectura. Esto lo atribuyo a su autenticidad (1969, 5-6) [18].

Desde ese momento hasta mediados de los años noventa, Fernando González se vuelve una especie de aguijón que no cesa de provocar a Uribe. Emprende entonces la relectura de sus obras con una nueva mirada, más incisiva, más crítica, más profunda, hasta imposibilitar cualquier olvido. En 1994, a los treinta años de su muerte, digita cada uno de los textos, los coteja, rastrea temáticas, busca concordancias, sigue los filones que nutren y consolidan el pensamiento fernangonzalesco. Como las moradas teresianas, Uribe va inventariando, articulando, construyendo una pirámide de pensamientos; reflexiona sobre aquellos aspectos que más le atraen del filósofo de «todaspartes» (126), por ejemplo, el exilio exterior e interior, la incomprensión de sus congéneres, el afán de viajero impenitente, la mujer, la madre, la amante, la esposa, la Virgen: los hijos y su mujer a quienes llama en 1942 «cadena de amor irrompible» (Mis cartas de Fernando González); los amigos que son, según los define en Cartas a Estanislao en 1935: «aquellos con quienes no tenemos negocios, sino secretos» (cit. Uribe, 1999, 107). Veintiocho años después y en vísperas de su muerte, González, en Las cartas de Ripol (1963), enaltece la amistad hasta confesar que en los amigos Dios se hace presente (¿un anticipo de la nueva teología?). Ellos son seres «que a veces encontramos inesperadamente y nos producen sentimientos de reencuentro, de renacimiento» (cit. Uribe, 1999, 120). También nos habla de Colombia cuando en 1962 apenas había sobrevivido a la pugna partidista de la Violencia que trajo como efecto una cadena interminable de muertes. De esa Colombia afirma que «todavía no es […], existe como ente de artificio, creación imaginaria, estatua o pintura imaginada apenas» (La tragicomedia del padre Elías y Martina la Velera, cit. Uribe, 1999, 123). Pero desde 1929, en su Viaje a pie, habla del país como «planta marchita» porque los partidos políticos han sido suplantados por «ladrones que gobiernan sin concepto de patria» (139), y diez años después se reafirma cuando en la revista Antioquia (No. 13) sostiene que, al no poseer el sentimiento de libertad y responsabilidad, los políticos y gobernantes «son meros fenómenos mortesinos de las urnas electorales, con sus fraudes, intrigas y miserias» (cit. Uribe, 1999, 140). Y en Cartas a Estanislao (1935) dice algo que podría constituir una descripción de la República de Colombia de todos los tiempos: «El gobierno ha carecido siempre de finalidad, a menos que se llame así al robar pronto, al enriquecerse de los funcionarios, a la venta paulatina de la tierra y sus riquezas» (cit. Uribe, 1999, 144). Con respecto al lugar de origen, afirma en 1962: «nuestro daimón natalicio es único. Nuestro ombligo de cada uno es único» (La Tragicomedia…, cit. Uribe, 1999, 125); idea que ya la había enunciado en 1929 al afirmar que «estamos sembrados a la patria y sus jugos deben nutrirnos. La grandeza no es posible sino absorbiendo la de la tierra» (Viaje a pie, cit. Uribe, 1999, 126).

Pero al viajero de Otraparte no le colma compañía alguna y tiene que crear su Alter ego, el padre Elías, el hombre que «quisiera haber sido y ser», el que insufla todas sus «ansias espirituales, superiores, que no han aparecido por causa del Mal. ¡Cómo quiero a Elías! Es mi espíritu en el cuerpo que anhelo. Y deseo realizarlo en un libro para ayudar a su aparecimiento en mí» (Mi Simón Bolívar, cit. Uribe, 1999, 161). Este libro debió esperar 32 años para manifestarse en su doble condición: de tragedia y de comedia, y lo llamó: La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera (1962). González y sus otros Alter egos: Juan de Dios, Juan Matías, Bolaños, Jacinto, Lucas de Ochoa, Fabricio, padre Elías [19], al igual que sus libros, terminan siendo uno solo. González es fiel aún en su alteridad y en sus contradicciones (Uribe, 1969, 6).

González, anota Uribe, fue un desterrado de todas partes, un autoexiliado en el propio país y ante el conocimiento afirmaba que es «triste ensayo el de vivir, dura práctica la de aprender» (1999, 11). Certeras son en esta ocasión las palabras, citadas por Uribe, de la crítica de arte argentina, Marta Traba, cuando señala —en los años sesenta— que entiende por qué no se habla de Fernando González en Colombia: «porque está vivo y tiene el suficiente sentido del humor para darse cuenta de que los demás están muertos» (cit. Uribe, 1999, 23) [20]. Y estuvo vivo y despierto desde la adolescencia. Cuando casi todos aceptan sin reclamo los principios filosóficos que están fundados en una moral cristiana excluyente, a los dieciséis años (1911) González se enfrenta a la severa educación jesuítica y niega el primer principio filosófico («una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo») y también a Dios. En consecuencia, es expulsado del colegio y desde ese día, afirma en Los negroides:

siento a Dios y me estoy librando de lo que han vivido los hombres. Desde entonces me encontré a mí mismo […]. Cada uno viva su experiencia y consuma sus instintos. La verdadera obra está en vivir nuestra vida, en manifestarnos, en autoexpresarnos […]. Mi vida ha estado dedicada a devolverles a los Reverendos Padres lo que me echaron encima; he vivido desnudándome (1936, cit. Uribe, 1999, 14-15).

Pero no fue éste el único motivo. Cuando todos estaban dedicados a leer obras pías, el joven González se había dedicado —según carta del rector del Colegio San Ignacio en la que anuncian su expulsión—:

con sumo ahínco a la lectura tanto de obras literarias como de obras filosóficas. Apenas comenzados los estudios de filosofía y cuando los principios religiosos no se habían cimentado, ya había leído con verdadera pasión obras de Voltaire, Víctor Hugo, Kant y sobre todo a Nietzsche, las cuales han apagado en su entendimiento la luz de la fe y han secado en su corazón todo temor saludable. No cree absolutamente […] en la divinidad de Jesucristo ni menos en la Iglesia católica. Imbuido en las ideas de Nietzsche, sostiene que hasta ahora los hombres han estado cegados con falsas preocupaciones, como el infierno, que un genio ha de hacer desaparecer para sustituirlas por otras nuevas y mejor fundadas. Así lo dice, casi de continuo a sus compañeros; esto ha sostenido a su profesor de filosofía, el P. Quirós y en parte también al Rdo. Padre Rector, sin admitir razones de ninguna clase (cit. Henao Hidrón, 1993, 51).

Voltaire y Nietzsche serán desde entonces y por buen tiempo sus pensadores de cabecera y con quienes mantiene un diálogo permanente para liberarse de la sujeción de los discursos religiosos y políticos decimonónicos que sometieron al país y a sus gentes a un estado de estatismo social y mental durante muchas décadas. En 1916, en Pensamientos de un viejo, dice: «Estuve conversando con Voltaire. Con una sonrisa en sus labios inmortales, me dijo: “A todo hombre que come la fruta del árbol del Bien y del Mal, se lo lleva el Diablo. Pero dime, querido discípulo, ¿Cómo entretener la vida si no es jugando con la serpiente?”» Más de una década después (en Mi Simón Bolívar, 1930) vuelve el filósofo a invocar a su Maestro: «¿Cómo extrañar el sabor a pecado que me deja la lectura de Voltaire? En mi alma encuentro todo el oscuro tormento de las amenazas y prohibiciones» (cit. Uribe, 1999, 189). Y en la presentación de la revista Antioquia, en 1936, de nuevo Voltaire le acompaña cuando convoca a las gentes a marchar «siempre por el camino de la verdad […] burlándoos» (cit. Henao Hidrón, 1993, 195).

Si algo caracteriza a González, además de su acerba crítica a todo lo estatuido, es su vocación de apertura a cualquier pensamiento que libere. Es un hombre con una irresistible vocación a «dejar todas las puertas abiertas» (El hermafrodita dormido, cit. Uribe, 1999, 209); puertas para observar, entrar, crecer, rebelarse, cautivar, despojar, tentar, iluminar (véase Uribe, 1999, 236). Puertas sin alas para que los iniciados entren y salgan de sus pensamientos, los del «Brujo de Otraparte» y los de sus interlocutores cuando deseen, porque no hay un solo tipo de puertas sino muchos, así como no hay respuestas únicas sino preguntas. Así lo entendieron los que con él mantuvieron un diálogo fugaz o permanente que los marcó de alguna manera: María Helena Uribe, Manuel Mejía Vallejo, Gonzalo Arango, Alberto Aguirre, Félix Ángel Vallejo, Andrés Ripol, Carlos Jiménez Gómez, Leonel Estrada, Regina Mejía, Olga Helena Mattei, entre otros (Henao Hidrón, 1993, 247-251).

Finalmente, Uribe se acerca al estado de intimidad del poeta de la contemplación, observando ese proceso lento de escudriñamiento de la verdad, la suya, porque no hay una única, válida para todos, sino que cada uno debe buscar la propia. El filósofo descubre que en ese empeño va dejando tantas pieles que duelen. «Cada verdad —señala en Pensamientos de un viejo— debe estar teñida con [la] propia sangre» (cit. Uribe, 1999, 265); «cada verdad tiene tantos aspectos como hombres hay» (269). Y una de esas verdades fundamentales es el Arte, que lo entiende como «el modo de comunicar la desnudez de las presencias. El lenguaje es arte; todo signo es arte» e «itinerario» (Las cartas de Ripol, cit. Uribe, 1999, 267). Y como itinerario, es viaje de despojamiento en busca del «camino del Amor» que es el mejor de todos los posibles, el que duele y con el que morimos porque «el supremo goce amoroso es morir en el amado» (267). González sella así el largo peregrinar en pos de una verdad reveladora, igual culmina el viaje de María Helena Uribe con la satisfacción del reencuentro con el amigo, el compañero de búsqueda, el padre, el guía iluminador, en fin, el Maestro, y el afán de absoluto, porque como bien precisa Aguirre, Uribe

padece esa sed de absoluto. Por eso persigue a Fernando González, un ávido. Y cuando está persiguiendo a Fernando González se está persiguiendo a sí misma. Esa ansia insaciable de conocimiento del otro —que nunca se alcanza— es figuración de la búsqueda dentro del propio ser. Y ésta tampoco se alcanza. Por eso, este texto no es un análisis académico, plagado de conceptos. No es tesis doctoral sobre Fernando González […]. Entonces, el único abordaje posible es éste, el que realiza María Helena Uribe. Vibra al unísono con el Viajero de Envigado […] para hacer el viaje, para ver. Lo hace Uribe. Ve las cosas que veía González. A la par que ve otras. Y el lector, si es agudo, también tendrá sus visiones (1999, i).

Con palabras de Blanchot, refiriéndose a Hermann Hesse, podríamos afirmar que: «esta búsqueda de sí mismo en su obra y por medio de su obra es atrayente. En ella reside su gran interés. Ella revela también sus límites» (1969, 189-190).

María Helena Uribe ofrece pues a los lectores una interesante lectura de Fernando González —quizá la mejor—, porque nos descubre un ser pensante desde múltiples facetas y sin otra mediación que la palabra misma del Filósofo. Nos muestra a un hombre que no se satisfizo nunca, que todo lo puso en jaque, incluyendo cada una de sus palabras; en fin, a un ser «en continuo diálogo con su conciencia» (Uribe, 1969, 15). Nos revela a un hombre que supo estar a la altura de su tiempo, pero fue desoído por su postura crítica. Su pensamiento, que sigue manteniendo vigencia, hoy más que nunca, no fue secundado, de ahí la necesidad de su rescate, porque a través de sus escritos podemos comprender en parte la razón de nuestro ser cultural, de nuestros aciertos históricos, pero particularmente de las falencias y el camino errático de las instituciones y dirigencia colombiana que han llevado al país a un estado de desidentidad cultural o de vaciamiento de realidad de lo que somos. De igual modo, Uribe ha permitido acercarnos de soslayo a su propia sensibilidad, estado emocional, forma de pensamiento, afectos, porque también ella se nos revela en la selección personal que hace de la obra de González. Aún más, el diseño peculiarísimo del texto, la diagramación que se sale de lo establecido, la diversidad de tipos de letra utilizados para dar énfasis según las «afinidades electivas», los distintos colores del papel, en fin, todo, incluyendo la rica paratextualidad y la infinidad de notas que complementan las ideas del pensador de Envigado, hacen de este texto una obra singular y de gran valor para nuevas propuestas de lectura del inagotable «Filósofo de Otraparte y de Todapartes», reconociendo, como ella misma lo señala —y siguiendo una idea de González de su libro Mi Simón Bolívar de 1930— que: «asomarse a la intimidad de un hombre, vivo o muerto, escritor o analfabeto, sea cual sea el motivo, me sabe a profanación. Por más que se piense y se pretenda comprender; aunque hurguemos en la conciencia propia y en la ajena, ni él ni nosotros encontraremos las primeras razones ni la última de nuestros actos» (cit. Uribe, 1999, 13).

El texto de Uribe constituye, sin lugar a dudas, la mejor invitación para leer y releer tanto la obra de Fernando González como la de María Helena Uribe. No en vano ante el primer texto de ésta, aparecido en 1963 (Polvo y ceniza), una crítica tan aguda como Marta Traba ya advertía que era «una escritora con estilo. Rara excepción. El monólogo es lo mejor: la frase es densa y llena de cortes inesperados». Uribe es «revelación de una escritora solitaria, con un fondo cáustico y poético» (1963). Y nada mejor terminar con Aguirre —quien hace una reflexiva y lúcida presentación del libro— que «anclada en el texto de González, éste, el de Uribe, no es paráfrasis. Es la mediación suya en simbiosis con la meditación del Maestro» (1999, k). Y ella se atraviesa de nuevo para decirnos en 1964 lo mismo que diría hoy:

Hay un proverbio chino que dice: «el mejor escondite es el corazón del hombre». Así está Fernando González: abierto, y a la vez oculto. Yo tampoco pretendo desentrañarlo. Sólo quiero hablarles de lo que he vivido a la sombra de sus palabras y de su recuerdo. Si algo hay interesante en lo que digo, pertenece a Fernando González. Lo vi en él, lo leí en él, me lo comunicó su espíritu (1969, 6).

Tal vez aquellas palabras sobre la obra de Fernando González expresadas 32 años atrás indiquen la empatía de dos espíritus que vibraban al unísono: «su obra es el drama de la humanidad. Es Adán sucediéndose en el tiempo. Es la conciencia de un hombre en su grandeza inmensurable, a través de la cual aparecen todas las conciencias del mundo con sus tentaciones, sus lamentos, sus deseos infinitos de superación» (Uribe, 1969, 6). Bajo el prisma de Uribe, El Filósofo de Otraparte se redimensiona ante sí y ante los lectores y relectores. Al leer el González de Uribe nunca se le podrá volver a leer de la misma manera. El texto mediatizado de Uribe actualiza la obra del pensador antioqueño «mediante las actividades de una conciencia que lo recibe, de manera que la obra adquiere su auténtico carácter procesal sólo en el proceso de su lectura. La obra de arte es la constitución del texto en la conciencia del lector» (Iser, 1989, 149) [21].

En fin, Fernando González y María Helena Uribe son dos escritores singulares que nos han pensado de manera distinta y siguen convocando a su lectura y a nuevos interrogantes. Uno y otra son dos seres en carrera agónica hacia lo Trascendente.

Bibliografía

Obras de Fernando González Ochoa (Envigado, 1895-1964)

Pensamientos de un viejo (ensayo). Medellín: J. L. Arango, 1916.

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Viaje a pie (novela). París: Le Livre Libre, 1929.

Mi Simón Bolívar (ensayo). Manizales: Cervantes, 1930.

Don Mirócletes (ensayo). París: Le Livre Libre, 1932.

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Mi compadre (ensayo). Barcelona: Juventud, 1934.

Cartas a Estanislao (ensayo). Manizales: Arturo Zapata, 1935.

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Los negroides. Ensayo sobre la Gran Colombia. Medellín: Atlántida, 1936.

Antioquia (revista). Medellín, Nos. 1 al 17, publicados entre 1936 y 1945 [2ª. ed., en forma de libro, Medellín: Universidad de Antioquia, 1997].

Don Benjamín, jesuita predicador (novela), en: Antioquia. Medellín, Nos. 2-17 (1936-1945) [En forma de libro, Medellín: Universidad Pontificia Bolivariana, 1995].

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Salomé (novela), en: Antioquia. Medellín, Nos. 2-17 (1936-1945) [En forma de libro, Medellín: Autores Antioqueños, 1984].

Nociones de izquierdismo, en: El Diario Nacional. Bogotá, 22 artículos, 23 de abril a 2 de junio de 1937.

Santander (ensayo). Bogotá: Librería Siglo xx, 1940.

El maestro de Escuela (ensayo). Bogotá: ABC, 1941.

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Libro de los viajes o de las presencias (ensayo). Medellín: Aguirre, 1959.

La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera (novela). Medellín: Otraparte, 1962.

Mis cartas de Fernando González (correspondencia con el padre Antonio Restrepo Pérez, 1942-1957). Medellín: El Colombiano, 1982.

Cartas de Ripol (correspondencia con el Padre Andrés María Ripol). Medellín: Labrador, 1989.

Obras de María Helena Uribe de Estrada (Medellín, 1928)

Polvo y ceniza (cuentos). Medellín: Popular Panamericana, 1963.

Fernando González y el padre Elías (ensayos). Medellín: Universidad Pontificia Bolivariana, 1969. [Colección Rojo y Negro 57; en este texto se incluyen, además, dos cuentos finalistas de concursos: «Un frío distinto» y «El cáliz»].

Reptil en el tiempo (novela). Medellín. Molino de Papel, 1986.

Fernando González, el viajero que iba viendo más y más (ensayos). Medellín: Molino de Papel, 1999.

Videos

El arte al servicio de María. Medellín: Teleantioquia, 1986.

El rostro de Dios. Medellín: Teleantioquia, 1987.

Rapsodia de Navidad. Medellín: Teleantioquia, 1988.

No estamos solos (Los ángeles). Medellín: Teleantioquia, 1991.

Otra bibliografía citada

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____________. «Una sed de absoluto», en: María Helena Uribe de Estrada. Fernando González, el viajero que iba viendo más y más. Medellín: Molino de Papel, 1999.

Blanchot, Maurice. El libro que vendrá. Caracas: Monte Ávila, 1969.

Bonilla Aragón, Alfonso. «María Helena Uribe de Estrada: Viaje a pie de Fernando González», en: Occidente. Cali, 30 de junio de 1964; y en: El Colombiano Literario. Medellín, 16 de agosto de 1964, 8.

Cros, Edmond. El sujeto cultural: sociocrítica y psicoanálisis. Buenos Aires: Corregidor, 1997.

Fernández Retamar, Roberto. Para una teoría de la literatura hispanoamericana y otras aproximaciones. Bogotá: El Huaco, 1976.

Girard, René. La violence et le sacré. París: Grasset, 1972.

Henao Hidrón, Javier. Fernando González, filósofo de la autenticidad. 2ª. ed. aum. y corr. Medellín: Biblioteca Pública Piloto, 1993.

Iser, Wolfgang. El acto de leer. Teoría del Efecto Estético. Madrid: Taurus, 1987.

____________. «La estructura apelativa de los textos» y «El proceso de lectura» en: Rainer Warning (ed.). Estética de la recepción. Madrid: Visor, 1989.

Londoño Krakusin, Margarita. «Reptil en el tiempo, La cisterna y Jaulas: locura y patriarcado», en: María Mercedes Jaramillo, Betty Osorio y Ángela I. Robledo (comps.). Literatura y cultura. Narrativa colombiana del siglo xx. Bogotá: Ministerio de Cultura, 2000, vol. iii.

Pérez Villa, Joaquín. «Polvo y ceniza no es un libro más», en: El Colombiano Literario. Medellín, 8 de septiembre de 1963, 1, 4.

Rahner, Karl. Curso fundamental sobre la fe. Barcelona: Herder, 1979.

Ramírez, Dora Cecilia. «Una novela como música polifónica», en: Boletín Cultural y Bibliográfico. Bogotá, 12, 1987.

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Vargas, Germán. «Rompiendo el silencio», en: Cromos. Bogotá, 9 de septiembre de 1986, 49.

Warning, Rainer (ed.). Estética de la recepción. Madrid: Visor, 1989.

Notas

[1] Agradezco a la escritora las observaciones y sugerencias hechas a este artículo.
[2] Otraparte es el nombre que González le dio a su casa finca de Envigado, municipio contiguo a Medellín.
[3] Según Pérez Villa, los relatos de Polvo y ceniza revelan de modo peculiar «el más original encuentro con el más allá, imaginado por un literato colombiano. Aterrador sentido del más arduo problema del hombre, presentado con voces comunes y corrientes y sintetizado en una narración más profunda y angustiosa que cualquier tratado sobre la muerte» (1963, 1).
[4] Girard demuestra en su libro La violencia y lo sagrado, que la violencia (el mal, la culpa) está en el origen de los ritos, de los mitos, de la religión, de la sociedad, en síntesis, de la civilización. La manera de canalizar dicha violencia, dicha culpa de origen es por medio del sacrificio de un «chivo expiatorio» individual que redima (Adán, Prometeo, Edipo, Jesús), o colectivo, como es el caso del hombre occidental cristiano (al sobrellevar la culpa de los primeros padres y padecer por ello en este «valle de lágrimas» hasta una segunda redención al final del tiempo en el Apocalipsis, o según el fin de cada cual) (véase 1972, 9-104).
[5] Manuel Mejía Vallejo, Germán Vargas, Jaime Mejía Duque y el mismo Fernando González —que alcanzó a conocer el primer borrador del libro— reconocieron el valor literario, estético de esta obra, «no solamente de la escrita por mujeres, como indica Germán Vargas, sino de toda nuestra narrativa» (1986, 49).
[6] Para Dora Cecilia Ramírez, Reptil en el tiempo es «larga pieza de prosa poética y a veces poesía, juego de caracteres inventados, de texturas, ritmos, numeraciones, ensayo del alma, novela narrativa, fragmento autobiográfico, fantasía, locura» (1987, 114).
[7] Cuando publicó este texto, el Libro de los viajes o de las presencias (1959) y el de La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera (1962), recuerda Uribe: «Muchos dejaron de creer en él [porque] lo admiraban por beligerante, demoledor y rebelde [y estos libros eran espirituales] […]. Hay quienes consideran “locos” estos dos últimos libros» (1969, 18).
[8] Iser llama así a determinado tipo de lectura que, aunque causada por el texto, «exige la actividad de representar y percibir al lector, a fin de conducirle a una diferenciación de actitudes» (1987, 12).
[9] Es importante anotar que la Teoría del Efecto de Iser difiere de la Teoría de la Recepción. La primera, que comparten Gadamer e Iser, se interesa por los efectos y cambios que genera la lectura de los textos en los receptores. En cambio a la segunda, que siguen Roman Ingarden, Rainer Warning, Felix Vodicka, Hans Robert Jauss, le preocupan los juicios históricos del lector (Warning, 1989, 12).
[10] El concepto de ancilar y de deslinde lo utiliza Reyes por primera vez en Latinoamérica para referirse a las fronteras imprecisas entre los géneros (véase capítulo «La función ancilar», 1944, 30-56); concepto que Fernández Retamar (1976, 79-85) retoma luego y explica al referirse a ciertos textos latinoamericanos que comparten diversas formas expresivas como textos «amulatados con otras funciones»; son textos híbridos, ancilares. «Dado, según el poeta cubano, el carácter dependiente, precario de nuestro ámbito histórico, a la literatura le ha tocado asumir funciones que en las grandes metrópolis le han sido segregadas ya a aquélla».
[11] Siguiendo esta idea última, Uribe dedica un capítulo del libro sobre González de 1999 a dicho tema y lo separa del resto del libro —de páginas de color blanco— con una página de color rojo en la que trae una cita de Pensamientos de un viejo (1916) que dice: «cada verdad debe estar teñida con nuestra propia sangre» (1999, 265).
[12] Uribe, en 1964, releyendo el primer libro de González, sostiene que para el joven de dieciséis años, la filosofía era «Soñar». Y lo corrobora con una cita de Pensamientos de un viejo en la que González afirma: «ésa es mi diversión. Soñar mundos, filosofar, ¿pues qué otra cosa sino aquello es filosofar? Placer divino de crear mundos». Sostiene luego: «el filósofo tiene que ser poeta para poder soportar el peso de las verdades y de las mentiras» (1969, 23).
[13] Y esto mismo lo había dicho en 1964: «Sus obras produjeron escándalo en los círculos sociales, políticos y religiosos; y a su alrededor se formó la leyenda del misántropo, el excéntrico, el incrédulo, el loco y “boquisucio” escritor de Envigado» (1969, 6).
[14] Cros entiende el sujeto cultural como «una instancia que integra a todos los individuos de la misma colectividad […] al tiempo que los remite a sus respectivas nociones de clase, en la medida en que cada una de esas clases sociales se apropia ese bien colectivo de maneras diversas» (10).
[15] Vale la pena anotar que en fgvv, Uribe utiliza y combina varios tipos de paginación (numérica arábiga y letras minúsculas), de ahí que aparezca esta forma particular de citación. Algo similar había hecho en Reptil en el tiempo de 1986.
[16] Para esa fecha ya había publicado Polvo y ceniza y había escrito la primera versión de la novela Reptil en el tiempo, en la que todavía no había intercalado Estos pies nuestros.
[17] Los tres artículos son: «Fernando González, el de Viaje a pie» (junio de 1964), «El camino del amor en Fernando González» (febrero de 1965), «Otra parte» (diciembre de 1965), publicados en forma de libro en 1969.
[18] Y añade más adelante: «Y cuando murió, nació realmente, para mí, este Fernando González que habíamos amado y admirado. Deslumbrada por su realización humana, más que por cualquier otra realización, me fui en busca de su juventud» (1969, 7).
[19] Nombres que utiliza Fernando González en sus distintas obras para desdoblarse. Fue un ser de múltiples conciencias.
[20] Uribe es más explícita al respecto cuando afirma que Fernando González «fue un rebelde tenaz. Amaba la rebeldía de los otros porque en ella veía todas las posibilidades de sus propias realizaciones» (1969, 37). Y agrega que fue: «Amado y escarnecido. Repudiado por sus compatriotas porque en aquella época en la que todos renegaban calladamente, hiciste públicas tus protestas. Porque mientras tus contemporáneos se reunían en corrillos de café, tú escribías y publicabas. Fuiste el silencio de los otros hecho palabra indeleble. A veces juguetón, a veces trágico, siempre profundo y atrevido, fogoso y puro como los ojos que te reflejaban: en ascenso permanente. El profeta cumple su misión o se lo traga la ballena. La suerte del profeta es el martirio y tu martirio fue la soledad y la incomprensión para realizar más eficazmente tu destino. Así tenía que ser. ¿Recuerdas lo que dijiste en Pensamientos de un viejo?: “¡pobres esos vanidosos que creyeron fácilmente en sí mismos, el día en que los aclamó la muchedumbre estúpida!”» (1969, 35).
[21] Véanse los capítulos: «La estructura apelativa de los textos» (1989, 133-148) y «El proceso de lectura» (149-164).

Fuente:

Escobar Mesa, Augusto. «El filósofo de Otraparte bajo el prisma de María Helena Uribe: dos ávidos de absoluto» (pdf). Estudios de Literatura Colombiana, Universidad de Antioquia, Medellín, n.º 8, enero-junio de 2001, pp. 53-71.